Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 El tiempo paso muy rápido
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25: El tiempo paso muy rápido 25: El tiempo paso muy rápido ⚠️ Advertencia: El siguiente capítulo puede contener imágenes muy gráficas y temas muy sensibles para la audiencia y lectores de WebNovel.El autor no pretende hacer morbo con ninguno de estos temas y se recomienda discreción del lector.
📝🫠 Nota del autor: Este capítulo va a ser un poco largo, pero es necesario.
Aquí ocurre lo que uno llamaría un time skip, aunque en realidad es un punto de transición.
A partir de ahora, los capítulos serán de dos mil palabras o menos para que sean más disfrutables😌👍.
Recuerden, chicos: ¡tomen agüita!
💧 ______________________________________________________ Adelaida despertó lentamente, con ese aturdimiento matutino que pesa en cada músculo.
Estiró el cuerpo con fuerza, como si buscara dormir un poco más.
Mientras sus ojos vagaban por la habitación y se preguntaba si realmente valía la pena levantarse.
Sus ojos recorrieron el techo, pesado y somnoliento.
De pronto, el sonido de una respiración cercana la hizo girar la cabeza.
Como si fuera un accidente o una excusa, notó un brazo extraño descansando sobre ella.
Un torbellino de emociones recorrió su mente: confusión, emoción, un pellizco de miedo.
—¿Qué hace aquí…?
—pensó—.
Ah, cierto… el idiota de Jack explotó mi cuarto.
Hace tres meses, Jack había ido a pedirle cuero prestado a Adelaida para hacerse unas botas.
Pero Dánae, como siempre, apareció de la nada y lo asustó.
Lo que siguió fue una pequeña pero potente onda expansiva que destruyó su cuarto y el de Adelaida, justo enfrente.
Dánae atravesó la pared del impacto, mientras Adelaida salió disparada junto con su cama y parte del techo del almacén, cayendo al rincón de los cerdos… Ella se llevó la peor parte.
Después de que Kamei-san los regañara por hacer tonterías, Jack y Dánae durmieron juntos mientras reparaban los cuartos, dejando a Adelaida con un extraño vacío y alivio mezclados.
Nuriel, observando la situación, ofreció su habitación para que descansara.
Ella, medio inquieta, percibió la mezcla de alegría y duda en su expresión.
Entonces vio a Kamei-san, y un pensamiento fugaz cruzó por su mente: —Esta estúpida… ¿crees que no me doy cuenta?
Para ayudarla sin decirlo directamente, Nuriel le sugirió con delicadeza: —Ahora que lo pienso bien, Adelaida… No conoces el orden de mi cuarto, y no quiero que desordenes mis archivos de investigación.
Está todo en el suelo, ¿y dónde dormirías…?
Hablando con ironía, dijo: —Bueno, no te queda de otra que dormir con Kamei-san o en la sala, como quieras.
—Aunque yo recomiendo que duermas con Kamei-san, el más responsable de todos nosotros.
Así, Adelaida y Kamei-san compartieron un momento tranquilo.
Cada instante estaba cargado de algo nuevo: cercanía, cuidado, la chispa de un vínculo que había ido creciendo.
Podría haber dormido en la sala, pero sus intenciones eran claras.
Quería acercarse más a él, intentando demostrarle, aunque fuera de manera indirecta, lo que sentía y reforzar ese vínculo que los unía.
Una noche de vino y comida terminó con ambos durmiendo profundamente… hasta hoy.
Ninguno de los dos notó el paso del tiempo; era como si sus cuerpos apenas comenzaran a acostumbrarse al bosque.
Dánae, revisando los cuartos, dijo con ironía: —¡Por fin!
Hasta que despiertan.
Dormir una o dos semanas está bien… pero ¿casi tres meses?
Eso es rutina de osos.
—Se rió— Y los dos juntitos, jajaja, qué risa.
—Bueno, espero que hagan el almuerzo.
Ya me cansé de que Jack abuse de que Nuriel cocine todo; él no tiene tiempo para nada.
Tanto Kamei‑san como Adelaida se sonrojaron, sintiendo esa mezcla de vergüenza y complicidad silenciosa.
Para romper el silencio incómodo, Kamei-san dijo: —Buenos días, Adelaida.
Fueron a la cocina para desayunar.
Adelaida comía junto a Kamei-san; a pesar de que habían pasado un par de años, ya se habían vuelto mucho más cercanos.
La casa había cambiado.
Ya no era el refugio austero de antes: ahora estaba llena de vida.
En las paredes colgaban cuadros y fotografías, y sobre los estantes descansaban discos de vinilo y un par de rollos de película que nunca se atrevían a usar.
Había cinco cajitas musicales —cada una con una melodía distinta—, juegos de té de porcelana y flores de todas las especies decorando la sala.
Entre los adornos destacaba un arte chino: delicados recortes de papel pintados a mano formaban un mural en la cocina.
La cocina misma era una obra de ingenio: el gas provenía del metano de las vacas que trajeron, canalizado e instalado por Nuriel.
Había un pequeño almacén lleno de cereales, frutos secos, carne y pescado deshidratado.
Como todo en aquel hogar, cada espacio parecía tener vida propia.
Solo con asomarse a las puertas, uno podía adivinar quién habitaba cada cuarto.
El de Jack era un caos: lleno de herramientas, bocetos y cosas sin terminar.
El de Dánae compartía esa desorganización, pero con un aire más vivaz y juguetón.
El cuarto de Nuriel era un desorden de otro tipo: montañas de libros se apilaban por todas partes —de arquitectura, zoología, anatomía, medicina, matemáticas, física — junto con manuscritos y artículos científicos cubiertos de anotaciones.
El de Adelaida, en cambio, seguía carbonizado.
No hay más que decir.
Y el de Kamei-san era demasiado corriente.
Adelaida vestía casi siempre con telas florales, suaves y luminosas.
Kamei-san, en cambio, había cedido un poco a la modernidad: desde hace un año comenzó a usar ropa sastre, aunque conservaba su cabello largo y las trenzas que eran parte de su identidad.
Con el tiempo, Adelaida aprendió a entender a Dánae.
Lo que alguna vez fue distancia, ahora era hermandad.
El bosque de Vermont, antes oscuro y confinado, había cambiado.
Ya no se sentía como una prisión de raíces, sino como un lugar tranquilo y natural.
Los árboles se mecían lentamente, las flores brotaban sin aviso, y el aire estaba lleno de aromas que no pertenecían a ese mundo.
A la distancia, la cabaña ya no era una sola: eran tres.
La tercera servía como almacén, donde guardaban los metales que Kamei-san escarbaba del suelo —oro, plata, cobre, cuarzo, plomo, hierro y otros en menor cantidad.
Canales de agua recorrían los campos, regando los cultivos.
Los insectos venenosos habían desaparecido, dejando solo abejas, lombrices, arañas, hormigas, topos y algunas moscas de fruta.
El arroz crecía sin que nadie lo tocara.
Los tubérculos y las frutas maduraban rápido.
Por decisión de Jack, los pumas y lobos que antes acechaban el valle fueron eliminados.
También construyeron escaleras hacia la colina y una torre de piedra que Kamei-san talló para almacenamiento y observación.
Cada amanecer, Jack, Nuriel, Dánae y Adelaida subían allí para organizar las tareas y elevar sus oraciones al Dios de Israel, al Dios que los había traído a ese lugar.
En el otro extremo del campo se alzaba el laboratorio de Nuriel.
Allí estudiaba la fuerza divina, observando cómo la Creación respondía a la voluntad del Creador.
Intentaba comprender los dones que Dios había confiado a los santos… y el misterio de aquel bosque que, sin hablar, lo escuchaba todo.
Pero, al final, nada de eso importaba realmente.
Porque tenían todo el tiempo del mundo.
Las guerras ya no existían dentro de aquel bosque.
Solo había una paz… extraña, profunda.
Una calma que parecía no tener fin.
Por eso Jack recordaba el bosque confinado con un sabor amargo.
Cuando era maltratado por Galton, el bosque respondía a ese dolor: se oscurecía, se volvía hostil.
Era como si el bosque mismo compartiera su trauma.
Pero eso ya había quedado atrás.
Ahora todo había cambiado.
Finalmente, se daba la oportunidad de amar.
Jack tenía ochenta y un años, pero su rostro seguía siendo el de un joven.El don de la creación había congelado su edad en apariencia, deteniéndola entre los veinte y los veinticinco.
Adelaida, aunque aún cojeaba, trataba de acercarse más a Kamei-san.
Y aunque el tiempo parecía no afectarla, Vermont era diferente.
Allí el tiempo pasaba de otra forma: lenta, suspendida, casi irreal.
Lo único que existía era la paz.
Desde la partida de Galton, nada volvió a ser igual.
Él no había regresado desde 1946… y parecía no tener intención de hacerlo.
Adelaida ya era una mujer madura.
Un mes atrás había cumplido treinta y ocho años.
Nuriel tenía treinta y cuatro, y Dánae —ahora de veintisiete— solía pasar los días leyendo o escribiendo cartas que jamás enviaría.
Ese día, Nuriel exploraba los límites del bosque.
Había algo en su mente que no lo dejaba tranquilo; hablaba casi en voz alta: —Hay algo extraño en este bosque.
—Aunque seguimos sin poder salir… ya no me incomoda.
Este lugar se ha convertido en mi hogar, y no siento el impulso de irme.
Miró alrededor, observando cómo la luz se filtraba entre los árboles, con un ritmo casi orgánico.
—Empiezo a notar patrones en su comportamiento: la forma en que el follaje responde a la temperatura, los ciclos lumínicos irregulares, la forma en que los sonidos parecen adaptarse a nuestra presencia.
—Podría tratarse de un ecosistema altamente sensible… o de algo más.
—Creo que me equivoqué al suponer que este bosque pertenece solo a un plano adicional.
—Estoy comenzando a formular una hipótesis alternativa: que este bosque es, en sí mismo, una entidad viva.
—No una suma de organismos aislados, sino un sistema integrado —una conciencia biológica y espiritual compartida.
—O… tal vez… una combinación de ambos.
Entonces recordó las palabras de Kamei-san, dichas muchos años atrás: —Existen dos tipos de espíritu: el que conforma las cosas inertes y el que conforma la vida orgánica.
Nosotros somos vida.
El espíritu responde al ser viviente.
Nuriel bajó la mirada, en silencio.
Pensó para sí: —Si eso es cierto… entonces ¿por qué este bosque actúa como un organismo vivo?
—Hay evidencia empírica: las plantas no siguen los patrones descritos en ningún tratado botánico.
—Reaccionan a estímulos externos, pero no de manera predecible.
Parecen responder por otro favor que no comprendo.
Se rascó las manos, incómodo.
—Podría ser una forma de homeostasis ambiental… o algo más complejo.
—Hay momentos en que siento que el bosque escucha.
—Que las raíces se comunican entre sí, y con nosotros.
“No solo materia viva… sino una red espiritual consciente.” —Un sistema de respuesta colectiva.
Si eso es cierto, entonces este bosque no contiene vida: —Es la vida misma.
Guardó silencio un momento.
A pesar de haber superado en parte el trauma de los campos de concentración, Nuriel seguía siendo reservado, introspectivo.
Ya no era el mismo joven de antes.
Ahora vivía para investigar, para comprender la estructura invisible de la Creación.
No solo entrenaba la fuerza divina: su espíritu resonaba con ella.
El don de la creación fluía en él como una corriente silenciosa, tan natural como respirar.
Mientras Nuriel reflexionaba en silencio hacia el oeste del bosque, al sur, en dirección a la cabaña, Dánae se bañaba en la cascada junto a Jack.
Competían por ver quién hacía el chapuzón más grande, riendo como si fueran niños… o hermanos.
Dánae lo miró con una sonrisa burlona.
—Sabes, lo supe desde que te conocí: ibas a ser un aburrido… y mírate, sigues siéndolo.
Anciano.
Jack frunció el ceño.
—Oye, no me vengas con esas estupideces, ¿sabes?
¿Sabemos… qué…?
—¿Sabemos qué?
—preguntó Dánae, arqueando una ceja.
Jack bajó la mirada.
—Mierda… no se me ocurre nada.
Olvídalo.
Ella soltó una carcajada y le dio un par de palmadas en la espalda.
—Sabes, Jack, me sorprende que no tengas sentido del humor.
Pero no importa, te quiero así: tonto y lento para inventar algo ingenioso.
—Ya cállate —dijo Jack.
Ahora era una mujer adulta, segura, libre.
Reía sin miedo.
Mientras tanto, Adelaida preparaba la comida dentro de la casa.
Kamei-san apareció detrás de ella, en silencio, con esa calma habitual.
—Mujer —dijo—, ¿quieres que te ayude?
—Ah… sí, claro.
Perdón, estaba distraída —respondió Adelaida con una sonrisa nerviosa—.
Por favor, ayúdame.
Todo parecía hermoso y tranquilo, pero había algo en el aire… una sensación difícil de nombrar.
Adelaida se detuvo un instante, con la mirada perdida.
—¿Por qué siento que estamos perdiendo la noción de los años?
—susurró—.
Se supone que ya tengo treinta y ocho, pero… no puedo creer que un día me dormí y, cuando desperté, habían pasado tres meses.
No es una metáfora: dormí tres meses, literalmente otra vez.
Kamei-san cruzó los brazos, pensativo.
—Eso se debe a que el bosque confinado de Vermont no es solo un lugar físico —dijo con tono sereno—.
Es un entorno espiritual, y reacciona al estado del alma.
—Si nosotros estamos en calma… el tiempo también lo está.
O tal vez —añadió con una media sonrisa— es solo mi imaginación.
Hizo una pausa breve antes de continuar: —Nuriel está investigando ese fenómeno.
Y aunque no tenemos resultados concluyentes, técnicamente el bosque se comporta como un ser vivo.
Al menos, es mi hipótesis actual.
Su voz bajó un tono.
—Incluso Dánae ha llegado a dormir casi un año seguido.
Eso me inquieta.
Es una de las razones por las que prefiero pasar temporadas fuera… —Allá afuera, el tiempo fluye con más consistencia.
Pero aquí dentro… Miró hacia la ventana, donde la luz oscilaba como si respirara, y dijo: —Pero no me desagrada, creo que tú y yo… digo, nosotros podríamos vivir aquí para siempre… ¿no?
Adelaida bajó la vista, sonrojada, mientras Kamei-san le rodeaba la cintura con suavidad.
Y justo en ese instante, la puerta se abrió de golpe.
Nuriel entró de una patada y exclamó: —¡Mierda, no he conseguido nada!
Adelaida y Kamei-san se apartaron, incómodos, como si los hubieran sorprendido en algo.
—Nuriel… ¿qué sucede?
—preguntó Adelaida.
—Parece que no llego a nada —dijo él, con la voz cargada de frustración—.
No tengo los materiales suficientes.
—Me he dado cuenta de que, para investigar los fenómenos espirituales de este bosque, necesitaría a alguien como Kamei-san.
—Pero Kamei-san es demasiado ambiguo, y sinceramente… estoy a punto de rendirme.
Se pasó las manos por el cabello, agotado.
—Lo noté porque he ido al límite del bosque más de una vez, y cuando creo que estoy por romper la barrera… termino del otro lado.
—Es como si estuviera dando vueltas a una pelota.
No tiene sentido… Llevo diez años investigando y no logro nada.
Francamente, estoy frustrado.
Kamei-san lo observó con calma.
—Creo que deberías dormir —dijo, sin levantar la voz.
Adelaida aprovechó el silencio para murmurar: —Hay algo que me intriga… ¿cómo es posible que las verduras que cultivamos no se pudran?
Nuriel levantó las manos, exasperado: —¡No lo sé, mujer!
¿Está bien?
¡No lo sé!
—No entiendo por qué lo que sembramos hace un año sigue fresco al cosecharlo.
—Tampoco entiendo por qué los árboles parecen gritar cuando los cortamos… —Ni cómo el césped parece cantar cuando lo pisamos.
Hizo una pausa.
Golpeó la mesa.
—Este lugar es demasiado extraño.
Es… es… no sé qué decirte.
No hay una respuesta científica.
No hay una prueba lógica.
Parece todo ilusorio.
—Debe ser nuestra percepción.
De pronto su tono cambió, más reflexivo: —La mejor forma de investigarlo sería consultando a alguien ciego.
—Tal vez así se entienda de otro modo.
—O a un sordo… —No, mudo no.
Mudo no serviría.
Se giró hacia Kamei-san: —¿Qué dices tú, Kamei-san?
—Arráncame los ojos y puedes probarlo —respondió Kamei-san con sarcasmo.
Nuriel resopló.
—Ay, carajo… ¿sabes qué, Kamei-san?
Te haré caso.
Me iré a dormir.
En ese momento, Dánae irrumpió en la cocina de un portazo.
Su voz resonó con su clásico tono sarcástico: —¡Adi!
Escúchame bien: no vayas a cocinarme, ¿sí?
Voy a salir con Jack.
Adelaida la miró con sorpresa.
—¿Y a dónde?
Jack apareció detrás de ella, visiblemente entusiasmado.
—Tenemos una idea.
Últimamente, por alguna razón que no entendemos, Dánae dice que el monte está cubierto de nieve —dijo Dánae—.
Y yo… no la veía desde hace años.
Literalmente, años.
¡Y eso me encanta!
Jack la interrumpió con emoción.
—¿Y sabes qué?
Vamos a cortar un árbol, hacer un trineo y lanzarnos a toda velocidad.
Uno tan resistente que hasta atraviese la tierra si hace falta.
Adelaida frunció el ceño.
—Nieve… ya ni recordaba esa palabra.
Jack soltó una carcajada.
—Pero ya en serio, ¿qué es la nieve?
—Te va a encantar —añadió Dánae—.
Es como tierra, pero helada.
Jack la miró confundido.
—¿Y eso se come?
¿Por qué estás tan emocionada?
Kamei-san intervino con calma.
—No se preocupen.
Adelaida y yo nos quedaremos aquí.
Dánae tomó sus herramientas y se acercó a Jack.
—¡Vamos, Jack!
Deja a los dos tórtolos solos.
Luego, con tono burlón, miró a Adelaida: —No te preocupes, Adeli.
Te dejo solita con tu novio.
Seguro se la van a pasar besuqueándose.
“Sé que desde hace años le tienes ganas.” Adelaida se sonrojó al instante.
Y aunque Dánae no estaba del todo equivocada… no había dado ni un solo paso con Kamei-san.
Ni uno que destacara.
—Ya vete, por favor… no molestes —murmuró, intentando disimular.
Jack la tomó del cuello de la campera y dijo: —Dánae, vámonos ya.
Déjalos en paz.
Antes de salir, Dánae se giró, con esa mezcla entre broma y amenaza: —Oye, Kamei-san… siempre te vi como un padre, pero si haces algo con Adelaida, te juro que no la veré como mi madre.
Eso sí sería raro.
Jack suspiró y la empujó hacia afuera.
—Vamos, estúpida.
El silencio llenó la entrada por unos segundos.
Luego, a coro, y medio a regañadientes: —Vamos a comer.
—Sí, vamos a comer.
—Vamos a comer.
Mientras tanto, a miles de kilómetros al sur, las cosas no olían a paz.
De Vermont, el mundo se deslizaba hacia otro punto del continente… Era de noche, lejos de Río de Janeiro —alrededor de las nueve— y la selva olía a humedad.
Helena apareció atada a un árbol, desde el pecho hasta las piernas.
Miró el río, las sombras, las huellas en la tierra y susurró, sin entender: —¿Qué…?
¿Cómo…?
Helena apareció atada a un árbol, desde el pecho hasta las piernas.
Miró el río, las sombras, las huellas en la tierra y susurró, sin entender: —¿Qué…?
¿Cómo…?
Todo le olía a sueño: la droga, el hotel, el vacío entre un recuerdo y otro.
Hiperventilaba, a un paso de gritar presa del pánico, pero tragó saliva.
Sintió que, si gritaba, todo podía empeorar.
Un ruido seco la sacudió: algo cayó entre las ramas como si hubiera esperado ahí, oculto.
Un hombre encapuchado emergió sosteniendo una serpiente.
Con un gesto cortante separó la cabeza del cuerpo; la cabeza rodó y el chasquido se mezcló con el crepitar de la fogata.
La impresión y la desorientación la golpearon al mismo tiempo.
Helena jadeó, con el pecho apretado, el sudor helado corriéndole por la espalda.
Sintió que la sombra frente a ella podía hacerle daño… y el miedo le arrancó un grito ahogado: —¡Ayuda!
¡Ayuda!
¡Ma…ma!
El hombre se acercó con calma.
La daga rozó su cuello y quedó clavada.
Luego, le tapó la boca con la mano para que dejara de gritar.
Helena sentía cómo la valentía se le escapaba al darse cuenta de que no podía ni moverse.
El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que parecía a punto de salírsele por la boca.
Sus ojos temblaban, como si su miedo se reflejara incluso en su propia percepción.
—Cállate, niña —dijo con voz dura—.
Lo hago por tu bien.
—Imagínate: despiertas desorientada y te topas con cualquier animal, eso sería un problema; los santos somos fuertes… pero podemos perder la vida.
—Se descubrió la cara, y como una silueta —una epifanía de algo ya antes contado—, pudo ver que aquel hombre tenía unos cuarenta años, barba áspera y un físico que no necesitaba demostraciones.
Hablaba con arrogancia.
No había duda: era Galton.
Sentado junto al fuego, despellejando la serpiente como si fuera un trofeo, preguntó con voz áspera: —¿Sabes cuánto tardé en encontrarte, niña?
Dios parece más empeñado en ponerme pruebas cada vez que aparece un santo.
Helena tembló; la mirada se le perdía entre la daga y el río.
Galton la observó con una mezcla de fastidio y resignación, y dijo sin rodeos: —Te lo diré claro: esta vez quiero hacerlo distinto… Eres el santo de la luz… y tengo que llevarte a Vermont.
—Pero antes tengo que ayudarte a controlar tu don…Me ayudarás a encontrar al santo del hielo… Esta vez no voy a hacerlo como la última vez, no después de lo que pasó.
—Si eso acelera más mi muerte, entonces que así sea.
Helena no entendía.
Negó con la cabeza, asustada.
Galton apretó la mandíbula.
—Niña —advirtió—, si intentas agarrar la daga, te tiro la cabeza de la serpiente a las piernas.
¿Lo quieres?
Ella negó con la cabeza.
Pensó rápido; sabía que cualquier movimiento en falso podía empeorar la situación.
En ese instante la noche se partió con algo que no pertenecía al monte: apareció un querubín, descendiendo del aire como quien baja por una escalera invisible.
Este querubín era distinto: mientras el anterior tenía cabeza de buey, león, águila y rostro humano, este poseía cabeza de reptil, de jaguar, de hombre y de oso.
—¡Por fin apareces!
No te veía hace un año.
Dime… ¿es ella o no?
Estoy de buen humor; te creeré si digo que estoy equivocado.
Todos nos equivocamos.
El querubín lo miró con dureza y respondió como dictando un decreto: —Ella es el santo de la luz.
Galton lanzó un insulto.
—¡Carajo!
¿El santo de la luz va a ser una prostituta?
No tiene sentido.
No tiene cabida.
—Nunca entendí por qué Dios escogía mujeres… pero da igual.
—Lo entiendo: es para dar un supuesto equilibrio cósmico, pero esto sí no parece nada de nada.
—Dios escoge a los más aptos —replicó el querubín, impasible—.
Si eligió a Helena, es porque no hay nadie mejor en esta época —ni en la próxima— para manejar ese don.
Vas a llevarla a Vermont.
Es la orden.
Galton se tensó; deseaba evitar ir a Vermont, por decisiones más allá de Jack.
—Quiero entrenarla —replicó—.
Que me ayude a encontrar al santo del hielo y al del metal.
El mundo se volvió demasiado peligroso como para caminarlo.
El querubín no titubeó.
—Lleva a Helena a Vermont.
Es la orden.
Galton protestó, buscando resquicios: —¿Por qué no me dan un compañero?
¿Por qué todo esto tiene que ser a mi cuenta?
No lo entiendo.
—Ya tuviste un compañero.
Se llamó Kamei-san… y lo despreciaste.
—Estuviste a punto de matar al Santo del Rayo, al del Viento, al de la Naturaleza y al del Fuego.
Dios no olvida lo que hiciste con Jack.
—Comprende… Dios le permite hablar a los ángeles de vez en cuando.
—La humanidad siempre culpa al Creador por sus errores.
Jamás se hacen responsables.
—Echan sus culpas sobre ídolos o sobre otros hombres.
—Creen que rebelarse es independencia, que eso los hace diferentes.
Creen que con un discurso pueden desafiar al Dios de los Ejércitos.
—Pero no son más que idiotas.
—Si supieran todo lo que hemos hecho, todo lo que hemos intentado para ayudarlos… y aun así no han querido.
—Los malos actúan; los buenos no hacen nada; y los expectantes creen que todo esto es un espectáculo.
Creen que solo son leyendas.
—Ahora los que se llaman “buenos” se sientan a echar cargas pesadas sobre la gente y a provocar injusticias, sin medir el peso que sus decisiones tienen en los cielos.
—Creen que sus ofrendas, sus diezmos, su falsa fe son escuchados por el Creador.
—Dios no oye nada que nazca de un corazón soberbio ni actos que se parezcan a los ritos de Babilonia.
La voz del querubín se volvió como una sentencia: —Los santos que Dios está escogiendo son prueba de que Dios ama a la humanidad.
Pero ustedes no aman a Dios.
—Dios sabe que son inocentes, pero ustedes eligen vivir como pecadores.
Si eso es lo que quieren, Dios los exterminará y rescatará solo a los que merezcan entrar.
—La Nueva Jerusalén es demasiado pequeña para toda la humanidad.
—Cuando estén delante del Juicio y vean al primer hombre ser juzgado, pedirán misericordia.
—Tendrán miedo.
—El hombre puede vivir por su propio amor, pero si Dios le quita Su amor del espíritu, lo único que pensará será en cómo morir.
—De amor se vive, porque el amor sostiene los pilares del acto más puro de la Creación.
El ángel desapareció.
Helena estaba impactada, y como respuesta de su mente frágil, gritó con toda su fuerza.
El aire se le escapaba mientras intentaba liberarse, haciéndose daño con la fricción de las cuerdas.
Parecía haber visto lo más aterrador de su vida, algo que escapaba a toda comprensión.
Galton solo se quedó mirando la fogata y dijo: —Primero iremos por el santo del hielo y junto con el metal iremos a Vermont, y para eso necesito al santo de la luz.
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