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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 El Santo de la Luz
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26: El Santo de la Luz 26: El Santo de la Luz ⚠️ Advertencia: El siguiente contenido puede contener material sensible y leves indicios de tortura psicológica.

El autor no pretende generar morbo ni banalizar estos temas.

Recuerden que todo lo narrado es ficción.

Se recomienda discreción al lector.

✍️ Nota del autor: ¿Saben?

He estado pensando en tomarme unos días.

He estado muy ocupado últimamente y siento que, quizá, debería descansar un poco…

Pero luego pienso y digo: “No.

Si lo hiciera… tal vez significaría amarme, sí, pero…” …también quiero ver qué pasa si doy un poco más de mi amor para que esta historia siga avanzando hasta su punto final.” “No lo hago por las vistas.

Lo hago porque quiero ver qué sucede cuando uno sigue, incluso cansado, pero con el corazón puesto en lo que ama.” ❤️‍🔥 —Tholio; 2025 ______________________________________________________ Hiperventilando, sentía cómo la daga cortaba las cuerdas que la mantenían retenida.

El sonido del metal era lo único real.

Aquel hombre cortaba con fuerza, y ella sabía que, si gritaba, perdería su única oportunidad de escapar.

Esperaba que terminara de cortar las sogas, una tras otra, sin moverse, sin respirar demasiado.

En un impulso, pensó que su tacón bastaría para patearlo y correr.

Pero Galton la levantó antes de que pudiera intentarlo, sujetando con violencia sus muñecas.

El grito se le escapó sin poder contenerlo; fue el reflejo puro de alguien que no puede defenderse.

Entonces vio su oportunidad.

Lo golpeó con la entrepierna y logró soltarse por un instante.

Pero no fue suficiente.

Para inmovilizarlo necesitaba más fuerza, más coraje, más tiempo.

Galton levantó la voz y dijo: —Si querías patear, debías hacerlo más fuerte.

La tomó del vestido.

Ella ya no razonaba; solo se movía por miedo.

—¡Ayuda!

¡Ayuda!

—gritó.

Y como una orden militar, Galton, con fuerza en su voz, dijo: —¡Siéntate!

Ella perdió el valor para mantenerse de pie.

Helena no tenía el coraje para negarse, y como una respuesta automática de su cuerpo, se sentó, dejando caer su peso con debilidad.

Llorando, trataba de limpiarse las lágrimas.

Tenía tanto miedo que trató de taparse la boca para evitar jadear por el impulso del miedo.

Mientras prestaba atención a los alrededores.

Sus ojos miraban el entorno oscuro de la selva: húmeda, penumbrosa, desolada, una inquietante atmósfera.

La madrugada era helada y calurosa al mismo tiempo.

Se oían los cantos de los anfibios, y en los árboles crujían las ramas por el peso de los reptiles.

Una fogata tibia ardía cerca, con medio pollo asándose sobre ella.

El hombre frente a la niña la miraba con ira, pero también con un cansancio profundo.

Sus piernas no dejaban de temblar; se movían sin control, como si su cuerpo reaccionara solo a la abstinencia de la marihuana.

Estaba acostumbrada a fumar casi a diario, y después de horas inconsciente, ahora su cuerpo le recordaba lo mucho que la necesitaba.

Cada estremecimiento era más intenso, por el frío que calaba los huesos y por la mirada de Galton, fija sobre ella, evaluándola.

Sus ojos reflejaban juicio y amenaza, como si decidiera en cada segundo qué tan soportable sería su castigo.

Helena mantenía la mirada baja, temblando de pies a cabeza, mientras un nudo de terror se le formaba en el estómago.

Por encima de todo, estaba la memoria de la bestia dorada de cuatro cabezas que había visto, y la voz que hablaba como Dios resonando en su mente, no podía procesar todo al mismo tiempo.

Su respiración era rápida y superficial, y de vez en cuando apretaba las manos contra las piernas, intentando controlar el temblor y el pánico que la recorría.

Pasados unos minutos de silencio incómodo, fue Helena quien intentó dialogar con el hombre: —Escúchame bien… yo no sé… no… no… no… no… sé… Se tapó de inmediato la boca, cerró los ojos y agachó la cabeza hacia el suelo.

No pudo contener las lágrimas ni los mocos que le salían del pánico.

Galton, esta vez, no se sentía indiferente ante la situación.

Algo en su interior se movió, y recordó las palabras de Batuya: ___________________________________________ “Thiago… recuerda que las personas sienten miedo todo el tiempo.

Incluso yo.

El miedo forma parte de nosotros, y muchas veces es necesario… nos hace conscientes de lo que realmente importa.

El miedo, a veces, es obediencia… y también respeto.

No insultes el miedo de los demás.

Porque el miedo, al igual que el amor, es sagrado.

Ambos vienen del alma.” ___________________________________________ Galton rompió el silencio y dijo: —Mi nombre es Galton —respondió él, firme y calmado.

Helena, con la fragilidad de su voluntad, dijo: —Mi nombre es Helena.

Pasó otro momento de silencio, hasta que ella dijo con voz apagada: —¿No eres un Dios, verdad?

—¿Qué cosa?

—preguntó Galton.

—Es que tú… saltaste desde una altura considerable.

¿Cómo hiciste para lanzarte del árbol a esa altura?

Caíste como… —Como cinco metros —insistió ella.

Galton la miró, sin alterarse.

—Lo que tengo, niña, se llama fuerza divina.

Es algo que todos los santos tienen, incluso tú.

Helena trató de calmarse, respirando hondo.

—¿Fuerza… qué?

—Quiero hacer esto civilizado —dijo Galton—.

Te he raptado.

Te saqué de allí, de esa cosa que parece un hormiguero lleno de criminales.

Peor que la zona roja de mis tierras.

Hizo una pausa.

Sacó agua de su cantimplora y se la ofreció: —Toma.

¿Quieres un poco?

Helena no se negó, nerviosa.

—Helena —dijo él—.

Así te llamas, ¿no?

—Por fin, un nombre fácil de aprender.

—¿Dónde estamos?

—preguntó Helena, aún más desconcertada.

—¿Qué no es obvio?

—respondió Galton—.

Es la selva.

—No, en serio —insistió ella—.

¿Dónde estamos?

No estamos en Tijuca, obviamente.

¿Dijiste “raptar”?

¿Qué es eso, o sea, secuestrar?

¿Qué significa eso?

¿Secuestro?

No entiendo.

Galton se levantó, tranquilo, y habló con calma: —Está bien.

Mejor te lo demuestro.

Galton se acercó al árbol más cercano.

Se detuvo frente a él, erguido, como si aquel tronco fuera un testigo inconsciente del poder de la creación.

Solo levantó el puño.

El árbol se estremeció violentamente, como si la fuerza de un rayo le hubiera impactado en la corteza; el tronco crujió y se partió, cayendo con un golpe que hizo vibrar la tierra y salpicó el río cercano.

Los animales que vivían allí salieron disparados, chillando y batiendo sus alas o patas, asustados.

Helena, viendo aquel espectáculo de fuerza, quedó congelada.

El sonido del impacto y su eco retumbando en la selva la atravesaron como un martillo.

Por un instante, dejó de temblar.

Sintió, con cada fibra de su cuerpo, que aquel poder era suficiente para convencerla de que no podría escapar.

No necesitó más gestos.

Galton caminó de nuevo a la fogata, con calma se sentó: —Eso es lo que soy: un santo, un inmortal.

Igual que tú —dijo, mientras la observaba.

—¿Cómo que igual que yo?

—murmuró Helena, incrédula.

—Niña —continuó Galton—.

No hagas más preguntas.

Esta vez estoy demasiado cansado para discutir, y no deseo tomar esta vez el camino de la violencia.

—Te llevo buscando desde hace años, tres para ser exactos.

—Lo último que necesito son tus preguntas.

Helena apretó las manos con tanta fuerza que sus dedos temblaron.

Se mordía el labio, conteniendo algo más que miedo, y las venas de su cuello parecían bombear piedras.

Algunos podrían llamarlo valentía… pero la valentía desaparece cuando comprendes que quizás quedarte en silencio sea lo mejor para tu supervivencia.

El peso de ser elegida por Dios, siendo tan joven, aplastaría hasta el más apto, y quemaría al más orgulloso de los hijos de Adán e hijas de Eva.

—Sabes —dijo Galton, rompiendo el silencio—.

Siempre he creído algo: los elegidos son mártires.

Helena lo miró, intentando entender, pero sus ojos reflejaban solo miedo y confusión.

—Los elegidos siempre cargan con tragedias —continuó él—.

Hércules, Cristo, Buda… todos tuvieron sus cargas y murieron de alguna forma.

—Ser inmortal solo añade otra capa al peso de ser un elegido, especialmente si eres un santo.

Galton lo vio, y no pudo negar que no estaba actuando como hace unos años.

Su mente se preguntaba: “¿Por qué siento tanta empatía por esta niña?

No lo entiendo.

La veo y me da asco.

Es una prostituta.

Pero, ¿por qué siento que… por qué veo a mi hijo en casi todas las personas que conozco?” “¿No puedo dejar de culparme, mi querido Zaziel?” Galton, como una forma de revertir la angustia por ira, se levantó, y sujetando a Helena de los cabellos, la arrastró al suelo.

—Escúchame bien, Helena —dijo—.

No quiero contradicciones, no quiero protestas, y no quiero lloriqueos ni lamentos.

Galton, jalando su cabello con firmeza, la lanzó al río.

—¡Vas a bañarte!

¡Y vas a limpiarte todo eso!

¡Te desvestirás y despídete de tu ropa!

¡No tendrás absolutamente nada!

¡Lávate el cuerpo, la cabeza, el cuello, absolutamente todo!

¡Te dejaré aquí tu ropa, la ropa nueva que usarás!

—No te preocupes —continuó—.

No necesitas tallas.

Esta ropa es específica para cualquier tipo de cuerpo, porque vamos a viajar.

¡Necesito que duermas, porque probablemente vas a caminar todos los días a partir de ahora y vas a necesitar recuperar fuerzas!

¡Y te aseguro una cosa, niña!

Lo he dicho antes con el santo del viento y te lo diré contigo.

¡Yo no tengo escrúpulos por las mujeres!

Helena sintió miedo.

Nadie la había jalado jamás del cabello con tal fuerza.

Con un solo golpe, Galton había destruido un árbol, y ahora la lanzaba al río como si nada.

Le dolía la cabeza, pero no podía pensar.

Solamente por nerviosismo, se estaba desvistiendo mientras lloraba.

Todo lo que hacía era lavarse el cuerpo.

—¡Niña!

¡Será mejor que te apresures en bañarte!

—dijo Galton—.

¡Hay lagartos en el agua!

¡Si te quedas mucho tiempo, incluso los pescados podrían hacerte daño!

Helena se lavó con rapidez.

Galton, mientras tanto, se sentó junto a la fogata y pensaba: “No puedo ir a ese lugar.

No puedo ir a Vermont.” “Jack… sabía que algún día se revelaría.” “Pero nunca me imaginé que, a pesar de que lo hiciera, no la fuerza pegarle, no sé por qué no tuve fuerza ese día.” “Me doy cuenta de algo: la inmortalidad te vuelve loco.” “Entre más años pasan, más me doy cuenta de que quedo obsoleto.” “Y entre más avanzan las nuevas civilizaciones, más siento que estoy fuera de lugar, que no pertenezco a esta época.” “Cuando veo a los santos, no me imaginé que Dios sería muy selectivo al escoger a personas que para mí son impuras y defectuosas.” “Pero… ya no puedo hacer nada.

No con todo lo que ha pasado.” Helena se preocupó.

“¿Lagartos?

¿Caimanes?

¿Pescados… pirañas?” pensó.

Su corazón latía rápido, pero intentó mantener la calma.

Se lavó rápido, evitando atraer cualquier fiera, reptil o pez.

El agua helada le calaba hasta los huesos, pero sus manos obedecían con rapidez mecánica.

Cuando vio la ropa que Galton le daba, frunció el ceño.

El pantalón era extraño: parecía una pieza completa, pero se ajustaba a cualquier talla.

Dependiendo de tu tamaño, podía ser pantalón o short de mangas largas.

Las botas sí le quedaban.

Eran especiales: ligeras divisiones entre el dedo grande y el resto, con cuero atado al pantalón.

Una especie de Taby modificada.

El polo era normal… demasiado medieval para la época, con capucha.

No había ropa interior.

Improvisó con una tela de lino, como una bufanda; si supieras usarla bien, podía servir.

Finalmente, acomodada, Helena se sentó.

—Duérmete, niña —dijo Galton—.

Nos hacen falta tres años para recorrer de aquí hasta Europa, y no quiero quejas.

Ahí tienes cuero para dormir en el suelo con hojas y ramas.

—Duérmete… Ella no lo dudó, no razonó, solo obedeció.

Se recostó, sin hablar.

Trató de acomodarse en la cama más incómoda en la que podrías dormir.

Galton la observó y solo la vio por horas, pero llegó un momento en que se dijo: “¿Cazaré para que pueda comer más tarde?” Galton se adentró en la jungla nocturna a cazar.

Encontró un capibara grande y lo mató sin dudar.

Lo bañó en un río cercano antes de regresar a la fogata.

Mientras caminaba de vuelta, pensaba: “Voy a cocinar todo esto mientras ella duerma.

Partiremos en la mañana, y esta vez me tomaré mi tiempo.” “El mundo se ha vuelto muy peligroso.

Tampoco es como si ella viniera de un lugar privilegiado para viajar sola.

Tiene que ir conmigo.” “Cosas extrañas están pasando.

No sé si los demás lo saben, pero… el mundo espiritual ha estado demasiado inestable.

Si la llevo a Vermont, puede que tenga razón.” “¿Qué pasará con los otros dos?” “¿Qué pasa si los demonios, por alguna razón, se enteran del plan de los santos?” “O que incluso los encuentren antes que nosotros.” “Por eso necesito entrenar a Helena y que me acompañe.” “Kamei-san no lo hará.

“Y no voy a permitir que ninguno de los demás salga.” “Además, Jack no es apto.” “Los demás ya están demasiado lejos y no tengo buena relación con ellos como para pedir ayuda.” Mientras él pensaba todo esto, Helena lloraba.

Estaba arrodillada por alguna razón, temblando de miedo y agotamiento.

Aunque no lo pareciera, Helena era católica.

Qué contradicción, ¿no?

Trabajaba en un oficio tan peligroso como la prostitución, y aun así oraba.

Entre sollozos murmuraba: —Señor, Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre… Dijo todo el credo.

Recitó hasta la Virgen María.

Luego tocó el tema de su madre y su abuela: —Por favor te pido, Señor, que cuides a mi mamá y a mi abuela, a Marcos y a mi tía María.

María debe estar muy preocupada por mí, igual que mi mamá… Siguió orando a Dios: —No sé dónde estoy, Señor.

No sé ni siquiera dónde estoy.

—Estoy muy asustada.

Y no tengo idea si podré escapar.

—Tengo miedo de escapar.

—He pensado en correr, pero ¿a dónde iría?

—No sé ni siquiera dónde estoy.

—Y aunque pudiera hacerlo, creo que este hombre me haría daño.

—Lo mejor tal vez será quedarme a su lado… Comenzó a llorar.

Apretaba una mano en su corazón y la otra entre sus piernas.

Su cuerpo empezaba a estremecerse.

—Necesito hierba… —Necesito hierba… Empezaba a llorar de frustración.

Helena era adicta a la marihuana, al mismo tiempo que a las relaciones.

Esta situación no solamente la estresaba, sino que no tenía ni idea de cómo afrontarla.

Era valiente, porque era consciente de que no podía escapar de Galton.

Pero eso no significaba que no sintiera.

Por más que quisiera aparentar ser una mujer, en el fondo seguía siendo una niña.

Galton pensó: “No entiendo todavía por qué la escogiste.” “Creer en ti no significa que sea el santo de la luz.” “Pero voy a confiar esta vez.” “Porque no me queda otra opción.” Galton se acercó.

Inmediatamente Helena empezó a secarse las lágrimas.

—¿Volviste?

—preguntó ella.

Galton dijo: —Escúchame bien, niña.

Será mejor que olvides a tus padres.

Si es que tienes.

Probablemente Dios ya se los está llevando y no te hayas enterado.

—¿Qué?

¿De qué hablas?

—preguntó ella, temblando.

Galton suspiró: —Ya se lo he dicho a Nuriel.

Se lo he dicho a Adelaida.

Y se lo he dicho a todos los santos con los que me he topado.

—Cuando Dios te escoge como santo, por alguna razón, ya sea tu mamá, tu papá o tus hermanos… todos terminan falleciendo.

—Ninguno sobrevive un día después de que te nombran santo.

—Así que mejor ora porque ellos estén en el cielo y no sigan sufriendo, sea lo que sea que van a sufrir por su muerte.

—Ese es el peso que vas a llevar para toda la eternidad.

Ella, al oír eso, se quedó completamente en silencio.

El entorno era oscuro, y a pesar de no tener pruebas, Puso ver verdad en sus palabras, no lo pensó, solo lo aceptó.

Esto no era la favela.

En la favela podía relajarse, divertirse.

Tal vez no tenía lo suficiente, pero podía vivir con eso.

Pero esto… esto estaba destruyéndola en más de un sentido.

Así que Helena solamente se secó las lágrimas y dijo: —Muy bien.

Me acostaré.

Se acostó y se durmió.

Estaba muy cansada.

El golpe la había afectado gravemente.

Galton solamente se quedó observándola y pensó: “Es el primer santo que veo que realmente hay razón.” “Adelaida era un fastidio.” “Nuriel era demasiado… siempre me llevaba la contraria.” “Pero esta niña no.

Por alguna razón es demasiado cooperativa.” “¿Por qué será?” “¿Qué la estará llevando a rendirse tan rápido?” “Solo tiene dos opciones muy obvias.” “La primera es que me tiene miedo.” “Y la segunda es que en su hogar no tiene nada que perder.” “O, si tiene algo que perder, probablemente lo aceptó muy rápido por el hecho de que tuvo contacto con Dios.” “No lo sé.” La fogata seguía resonando.

Los pensamientos de Galton estaban ordenándose.

Y él dijo en voz baja: —No es que yo me quiera rebelar.

—Si tan solo supieran por qué escogen a los santos.

—Si tan solo supieran de qué se trata la profecía, estarían diciendo que las medidas que yo estoy tomando son demasiado leves y debería tomar más extremas.

—Nadie sabe nada.

—Porque si lo supieran, o no harían nada o simplemente dirían que no es su problema.

Galton seguía mirándola.

—No puedo explicarlo.

No puedo explicar por qué estaba tan molesto cuando conocí a Nuriel, a Adelaida y a Jack.

—Y ahora no puedo entender por qué no me siento así.

—No puedo entender por qué me siento tan… devastado.

—Porque me siento… como si estuviera muerto.

—Porque me siento… con un cansancio como si no tuviera ganas de vivir.

Mientras todo esto pensaba, Helena se estaba llorando por dentro.

En el fondo ella tenía que ser fuerte; siempre fue la fuerte.

Siempre deseó ser la fuerte y, a pesar de todas las decisiones que tomó, lo hizo porque era la mejor forma en la que podía desenvolverse en su entorno.

Ella pensó lo siguiente: “No sé qué estaba esperando.” “Si mi mamá, mi tía María, mi abuela y Marcos están muertos, entonces… todo lo que yo he trabajado, todo lo que yo he ahorrado no sirvió de nada.” “Trabajé por… nada.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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