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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Eunoia- Amor sin sombras
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27: “Eunoia”- Amor sin sombras 27: “Eunoia”- Amor sin sombras ⚠️ Advertencia El siguiente contenido, a pesar de tener escenas muy disfrutablemente normales para cualquier audiencia 🍃, contiene una referencia relacionada con el consumo de carne 🥩.

El autor no pretende ofender a ningún vegetariano 🌱 ni a quienes defienden los derechos de los animales 🕊️.

Esto es solo una referencia dentro del contexto narrativo.

Se recomienda la discreción del lector.

📖 ✍️ Nota del autor ¿Sabían ustedes que, para crear a mis personajes, además de hacer dibujos 🎨, también escuché canciones 🎧 para inspirarme en la personalidad de cada uno?

Es curioso, ¿no?

😌 A veces la música dice más que mil palabras.

🎶 _____________________________________________________________________ Kamei-san y Adelaida se levantaron temprano.

Habían planeado algo poco habitual: un momento a solas.

Todo estaba en secreto.

Fue idea de Adelaida.

Quería comer con Kamei-san, sin compañía.

—Jack y Dánae están muy ocupados —dijo, nerviosa—.

Están fabricando el trineo.

Y Nuriel… está durmiendo.

Se quedó dormido ayer y no parece que vaya a despertarse.

Tartamudeando, continuó: —Así que… ¿qué te parece si vamos al lado de la pradera, donde hay flores, y comemos algo?

Puede ser cualquier cosa.

Los días en Vermont son tan largos que casi no se nota la noche.

Creo que es lógico, ¿no?

Kamei-san no entendía del todo, pero empezaba a sospechar.

Siempre la había visto extraña cuando estaba con él.

“Bueno… lo tomaré como una forma de querer pasar tiempo conmigo —pensó—.

Si es lo que creo, francamente no sé cómo responderle.” “Se detuvo a mirarla.

No debería preocuparme tanto… solo debo asegurarme de que, si sucede algo entre nosotros, ambos podamos disfrutar el momento.” Jack y Dánae estaban a mitad del trabajo.

Los patines estaban listos, la estructura del cajón casi terminada.

Solo faltaba un poco más de madera, pero se les había acabado.

El árbol más cercano estaba colina abajo.

—Oye, ¿por qué no mejor vamos a comer?

Ya me cansé.

Mañana seguimos —dijo Dánae.

—Está bien, ¿qué quieres comer?

—preguntó Jack.

—Quiero matar a la vaca esta vez.

Ya me cansé del pollo.

—Vale —dijo Jack, asintiendo.

Mientras bajaban la colina, vieron a Adelaida y Kamei-san al otro lado, cerca del lago y las flores.

Dánae estuvo a punto de gritar, pero Jack le tapó la boca: —Oye… vámonos, estúpida.

En la cabaña, Jack la llevó a la cocina.

—No puedes molestarlos si solo quieren un momento a solas —le dijo—.

¿Por qué tanta insistencia?

—Tú no lo entiendes —respondió Dánae—.

Siendo mujer, lo entiendo.

Me enoja.

Se han tardado décadas.

¡Décadas, Jack!

—Debe haber un impulso.

—Tiene que haber algo que los mueva al romance, como en The Price of Salt, algo intenso, dramático, pero bonito.

—Me molesta.

Me hierve la sangre verlo.

—¡Ver que no pasa nada!

¡Nada, Jack!

—¿A qué te refieres?

—preguntó Jack.

—Creo que tengo una teoría sobre por qué Kamei-san no corresponde a Adelaida, y por qué Adelaida no se abrió más —dijo Dánae, bajando la voz.

Jack prestó atención: —Es porque… no es que Kamei-san no quisiera corresponderle a Adelaida.

Pero creo que aún no puede superar el luto por su último hijo —explicó Dánae.

Jack escuchó en silencio.

Parecía que Dánae sabía más que él por alguna razón.

—En una conversación que tuve con Kamei-san —continuó—, dijo que había querido salir desde hace tiempo… quería visitar la tumba de su hijo y de su esposa.

—El más cercano está en la selva de Yunann.

No puede ir ahora; no es vital para los santos.

Por eso se rindió y volvió.

Fue hace un año.

—Me imagino que por la cantidad de mujeres e hijos que tuvo Kamei-san… Algo me dice que eso explica por qué no acepta a Adelaida como pareja.

—También explica por qué no te visitó cuando estabas con Galton —agregó Dánae.

Jack reflexionó y luego dijo: —Cambiemos de tema, Dánae.

Voy a hacer tu estofado de carne.

Dánae lo miró unos segundos: —Tú no te merecías eso, Jack.

—De verdad que no lo merecías.

Jack guardó silencio y luego dijo: —Ninguno se lo merecía.

Lo bueno es que ese idiota ya no está aquí.

Prefiero no hablar de eso.

—No escondas ese dolor, Jack —dijo Dánae—.

Ya lo hablamos.

Tú y yo somos como hermanos.

Me enoja que Adelaida no haya podido acercarse lo suficiente.

—Y me enoja que Kamei-san no pueda visitar a sus hijos.

No sé por qué dolor esté pasando, porque yo nunca he tenido hijos y no es como que me interese tenerlos ahora.

—Tampoco sé cómo se hace.

No sé cómo se hace… ¿cómo se hace esa cosa?

—No sé, mujer —dijo Jack—.

¿Sí?

No tengo ni idea.

Creo que lo único que sabría es Kamei-san… y él no es el más interesado en eso.

Y Nuriel, bueno, ya lo estás viendo.

Acaba de hibernar.

No sé cuándo se levantará.

—Por cierto —dijo Dánae—, no vimos al querubín, ¿cierto?

—Es cierto —respondió Jack—.

No lo veo desde hace años.

—La última vez que apareció fue solo para anunciar al santo de la tierra, el santo de la luz, el santo del hielo… y… creo que… se me olvidó su nombre.

—El santo del metal —acotó Dánae.

—Sí, exacto.

No… ¿por qué no ha llamado?

No entiendo.

Dijo que estos santos no nacerían en esta época.

Pero… no entiendo en qué época estamos ni si ya comenzó.

—Lo cierto es que ya han pasado años —dijo Dánae—.

Pero tal vez deben pasar otros años más.

—No tenemos prisa, Jack.

Este lugar es extraño.

Yo cuento los años, pero podría haberme equivocado en algún mes, en algún día, en una fecha.

—Entonces no sabemos ni siquiera en qué año estamos —continuó—.

Lo único que puedo deducir es por Kamei-san.

Salió a comprar discos, música y películas.

—Sabemos que son desde el año 50, 52, y los discos de vinilo del 58 y 59.

Pero no hay una fecha exacta.

Por lo menos podemos intuir nuestra edad.

Jack se quedó pensando.

Luego dijo: —Si quieres que avancen entre ellos, como dices, tienes que dejarlos en paz.

—Sí, pero no puedo —respondió Dánae—.

Me da cólera.

Me da rabia.

Adelaida no se merece esto.

Tampoco Kamei-san.

¿Por qué los dos?

No lo entiendo.

—Dánae, están comiendo en el lago… A solas… ¿Eso no es avanzar?

—dijo Jack.

—Sí —dijo ella, molesta—.

Como por diez años se quedaron estancados.

—¿Y tú cómo supiste que a Adelaida le gustaba Kamei-san?

—preguntó Jack—.

Si es que “gustar” significa algo, porque no sé qué significa.

—A ver —dijo Dánae—, que te guste alguien es extraño.

No es como nuestra relación.

Gustar es desear que esa persona sea parte de ti y tú parte de ella.

—Es cuando sientes cosas en el interior —continuó—.

Quieres compartir tiempo con él o ella.

Sientes que tu mundo debe compartirse con alguien más.

Es compartir más que otra cosa, algo profundo.

No como tú y yo, sino algo que le da origen a la vida.

Jack se quedó pensando.

Luego dijo: —Ahora que lo pienso… nunca me lo he detenido a pensar, pero tal vez era ese instinto… o ese principio… lo que hizo que mis padres me tuvieran a mí.

No estoy seguro de cómo se hace eso.

No sé ni siquiera cómo… se hacen… los bebés.

Es extraño.

—O sea, ¿cómo lo hacen?

—dijo Jack—.

¿El padre y la madre se juntan y de la nada… aparece un bebé?

¿O es como las plantas, que hay que plantarlo para que salga?

—No tengo ni idea de cómo se hace eso tampoco —dijo Dánae—.

Ahora que lo pienso, mi madre siempre contaba que los bebés los traía una señora… Llegaba y dejaba el bebé en la canasta, en los orfanatos.

Pero no sé más.

Nuriel debería saberlo.

—Bueno, dejemos este tema… cerrado —dijo Jack—.

¿Quieres comer carne?

¿Mato a Bessy o a Juni?

Dánae se quedó pensando.

—Mmm… Bessy está muy flaca.

Mata a Juni.

—Eres una cínica, de verdad, fuera de bromas —dijo Jack.

—No es mi culpa que me guste tanto la carne —respondió Dánae—.

Ustedes me mal consintieron demasiado.

Mientras tanto, las horas pasaron.

Dánae y Jack comieron.

Adelaida y Kamei-san terminaron su picnic y volvieron a la casa.

Habían pasado un buen rato juntos y parecían menos estresados.

Kamei-san pensaba: Bueno, creo que está bien.

No me voy a preocupar por esto.

Adelaida, en su mente, decía: Ok, ok, ok… no te pongas nerviosa, ya estamos conviviendo juntos, sin compañía, trata de no cagarla.

En ese momento, vieron a Jack y Dánae intentando un equilibrio con las piernas.

Dánae estaba parada de manos y Jack sobre sus piernas, tratando de mantenerse.

—¿Qué están haciendo?

—preguntaron Kamei-san y Adelaida.

—¿No es obvio?

—respondió Jack—.

Estamos aburridos.

Tratamos de ver quién soporta más tiempo al otro.

—Sí, ella está perdiendo —dijo Jack.

—Cállate, apenas acabo de conversar unos treinta minutos —dijo Dánae—.

No es lo mismo.

—¡Ya bajen de ahí, par de idiotas!

—les gritó Kamei-san entre risas.

Después de tal espectáculo, se sentaron, tomaron té y aligeraron la comida.

Todos se fueron a dormir, excepto Adelaida y Kamei-san.

En el bosque ya anocheció, el cielo estrellado, como si el lugar fuera un espectáculo estelar.

Adelaida vio que Kamei-san terminaba su té.

—Muy bien, me iré a dormir.

Te espero en el cuarto —dijo.

Adelaida detuvo su mano: —Kamei-san, puedo preguntarte algo?

Kamei-san se detuvo: —Me preguntaste… ¿qué sucede?

Adelaida tenía un nudo en la garganta.

A pesar de que el día había sido tranquilo, no podía negar que los pocos pasos que daba hacia Kamei-san eran fruto de años de distancia.

Él siempre había sido amable, sí, pero también emocionalmente inaccesible cuando se trataba de hablar de sí mismo o de lo que sentía.

Adelaida pensó: “Eres un hombre, lo entiendo.

Sé que te guardas las cosas para ti mismo, y al principio creí que eso era normal.

Pero ahora me doy cuenta de que los hombres callan cuando algo les duele de verdad… y no quiero ignorarlo.

No voy a ignorarlo.” Nerviosa, haciendo pausas entre palabra y palabra, dijo: —Tú dijiste que tuviste muchas mujeres, hijos y nietos —dijo Adelaida—.

Por tu aspecto no parece que hayas vivido tanto, pero por cómo hablas, me has convencido de que es cierto.

Dime… Kamei-san… ¿por qué no vas a verlos?

La pregunta impactó a Kamei-san.

Quiso ignorarla, o al menos esquivarla, pero pensó: “Vaya, no te vas a rendir… Ya me has preguntado esto cinco veces… Supongo que no estarás tranquila hasta que te dé una respuesta.” Kamei-san respondió con seriedad: —Mis nietos no tienen nada que ver, ni mis hijos ni mis esposas con los santos.

Quise visitarlos, pero no quiero recibir la ira divina de Dios.

—Quiero obedecer al pie de la letra esta vez.

—Quiero ver qué pasa si obedezco.

—Además, debo protegerlos a ustedes.

—¿Protegernos de qué?

—preguntó Adelaida—.

¿Qué es lo que está pasando en el mundo que está tan peligroso?

—No lo sé —dijo Kamei-san—.

Pero no es seguro ir a donde están las tumbas de mis esposas, hijo y nietos.

Se puso serio y volvió a sentarse en la mesa.

—¿Por qué no vas a visitarlos?

—preguntó Adelaida—.

Si yo tuviera la oportunidad de visitar la tumba de mi madre, de mis hermanas o de mi padre, iría a hacerlo.

—Pero no sé si ellos están en una tumba siquiera.

—Murieron en la guerra y probablemente estén enterrados en algún lugar que desconozco.

—Por eso hice el altar de piedra detrás del jardín… pero, ¿por qué tú no vas por ellos, Kamei-san?

¿Acaso no te importan?

Adelaida dejó caer un par de lágrimas.

Sentía que aquel hombre se guardaba demasiadas cosas, y eso la hacía sentirse excluida.

Le angustiaba que él no hablara, que no se abriera con ella en particular.

—Adelaida —dijo Kamei-san—, no pienses que nunca me importaron.

—Lo cierto es que, hace mucho tiempo, fui irresponsable, Adelaida.

—Tuve hijos de los que nunca me enteré hasta años después, y otros que dejé por creer que mi individualidad era lo mejor.

Me decía: “¿Para qué?, si eventualmente morirán y yo seguiré vivo.

Que hagan su vida como quieran.” —Qué idiota fui… Adelaida… lastimé a mucha gente.

No es que no lo superara, lo sabía, y sabiéndolo, lo hice… Es como si no hubiera aprendido nada… Y ahora que ellos partieron y yo estoy aquí, me duele no haber estado con ellos.

—Y si estuve, fue por poco tiempo… para luego irme de aventuras, a esperar que Galton encontrara a los nuevos… —Creo que entiendo a Jack… Nadie quiere ser el elegido de una profecía.

—Esa estupidez me llevó a ser lo que soy ahora —dijo—.

Por eso quiero hacer las cosas bien.

No es que me compare, pero comprendo a Galton en algún aspecto.

Adelaida lo escuchó atentamente y dijo: —Galton… puedo entender tal vez el porqué de su ira.

—¿A qué te refieres?

—preguntó Adelaida.

—Cuando he estado viajando con mis esposas, Galton se quedó en un lugar confinado por mucho tiempo —explicó Kamei-san—.

Todos aquí lo estamos experimentando.

—Pero siendo solo una idea, este bosque es espíritu en su totalidad, y si responde a las emociones que tenemos, entonces puedo entender por qué Galton se volvió tan violento.

—Galton era violento, pero no tanto como la última vez lo vi —continuó—.

Era extremista, pero no al punto de lastimar a los santos ni romperles los huesos.

Tal vez se debió a que lo abandoné también.

Adelaida se quedó pensando.

—¿De qué hablas?

¿Cómo que lo abandonaste?

—Me siento culpable por lo que le pasó a Galton —dijo Kamei-san—.

Cuando su hijo murió, él se fue.

Lo volví a encontrar y volvió a ser otro bosque confinado.

—¿Otro bosque?

—preguntó Adelaida—.

¿Ha habido más de uno?

—No, es el mismo bosque, pero en otras ubicaciones —respondió Kamei-san—.

Cuando lo ubicas en un lugar diferente, toma otra personalidad.

Como un renacimiento.

—Antes estaba en la selva de Yunann.

Luego en un desierto, cerca del Sahara.

Cuando el querubín mandó a Galton a ubicarlo en otro lugar, era porque el Santo del Fuego estaba por nacer, tardó cincuenta años en hacerlo.

No entiendo cómo lo hizo, porque solo cavó un hoyo profundo y de la nada surgió todo esto.

Adelaida se quedó en shock.

Kamei-san sostuvo sus manos y dijo: —Adelaida, no pienses que no me preocupo por mis hijos.

Ellos ya no están.

Están en el Sheol… durmiendo.

Despertarán en el día del juicio.

El amor que tuve por ellos es lo que me motiva a quedarme contigo… con ustedes.

—He abandonado a todos, Adelaida —continuó—.

Mi inmortalidad me llevó a cometer muchas estupideces.

—Creí que necesitaba independencia, pero terminé alejándome de mis esposas, de mis hijos… incluso de Galton.

—No me iré de aquí, y no lo haré porque… La miró directamente a los ojos.

—No me iré porque los amo a todos ustedes.

Y porque los amo, me quedaré.

Adelaida sintió el impulso de abrazarlo.

Percibía su dolor, su culpa, su cansancio.

Lo atrajo hacia su hombro y, con lágrimas temblando junto a su oído, susurró: —Yo también los amo.

Pero me duele que no puedas visitar a tus nietos, a tus hijos, a tus esposas… si alguna vez tuviste la oportunidad.

—Es el peso que debo cargar por mis errores —dijo Kamei-san—.

Dios me ha perdonado, pero eso no significa que deba olvidar.

Tengo que aprender de todo esto y… Kamei-san hablaba con dificultad; sus palabras pesaban tanto como sus lágrimas.

Las verdades se le escapaban por los ojos y por la voz.

—Adelaida… no tienes idea de la culpa que siento.

—Ya no quiero equivocarme más.

No usaré mi inmortalidad para hacer lo que quiera.

Ahora tengo un propósito: estar aquí, con ustedes.

—No pienso…separarme de ustedes.

Adelaida lo vio llorar por primera vez.

Era un llanto cargado de culpa, pero también de humanidad.

La imagen serena de aquel hombre se desmoronaba, y entre los pedazos, parecía surgir una nueva forma de él, un molde distinto.

Ella le pasó los dedos por las mejillas y murmuró: —Eres un gran hombre.

No llores.

Lloró también, y añadió entre sollozos: —No llores, porque no te veo como alguien malo.

—Eres un hombre que se equivoca, pero que ahora busca hacerlo bien.

Si decides que eso es lo correcto… entonces está bien.

Los dos se miraron a los ojos.

Y algo sucedió: sus almas comenzaron a entrelazarse.

En ese instante, quisieron consolarse del único modo que el corazón les permitía: entregándose por completo.

Quizás por ingenuidad, o quizás por el deseo que ambos llevaban dentro.

El futuro, con todos sus prejuicios, no existía.

Solo la oscuridad de la habitación, una vela temblando, y ellos dos… solo ellos, en medio de la nada.

Kamei-san había tenido muchas mujeres… y otras que quizá jamás llegó a conocer.

Pero con Adelaida… “¿Por qué le hablo de esto a ella?”  “Adelaida no sabe nada”.

“¿Por qué me mira así?

¿Por qué le confié todo esto?” “¿Por qué estoy tan nervioso?…

¿Por qué… se ve tan hermosa?” Adelaida, por su parte, estaba atrapada entre el deseo y los valores que había aprendido bajo el régimen nazi.

Le tomó años liberarse de aquellos prejuicios, pero ahora, al verlo frente a ella… “Kamei-san, no llores.” “Quiero consolarte.” “Quiero ser parte de tu dolor para aliviarlo juntos.” “No sé por qué te veo de esta forma… solo escucho mi corazón,  y mi corazón no quiere dejarte llorar.” “Eres inmortal… y yo también.” “Tal vez… tal vez Dios lo permita.” “Tal vez eso es lo que quiero.” “Quiero tenerte, Kamei-san.” Sus labios se acercaban, como si dos mundos a punto de colisionar se reconocieran por primera vez.

“¿Qué estoy haciendo?

—pensó Kamei-san—.

¿Qué estoy haciendo…?” Por una vez, no estaba pensando.

Esta vez se dejaba llevar.

“Kamei-san… si tú lloras, yo lloraré contigo.

Y si me lo permites, quiero compartir mi vida contigo” —pensó Adelaida.

Estaban muy cerca.

El acercamiento era lento, silencioso, tembloroso.

Ambos titubeaban, pero ninguno se apartó.

Un solo paso los separaba de colisionar.

Los dos cerraron los ojos.

La llama de la vela tembló una última vez… y se extinguió sola, para que, cuando la mecha se consumiera por completo, no quedara testigo alguno de lo que estaba por suceder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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