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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Es momento de decirlo
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28: Es momento de decirlo 28: Es momento de decirlo ⚠️ Advertencia: El siguiente contenido puede tener referencias religiosas ✝️ y hacer mención a eventos de capítulos anteriores 📖, con tensiones que podrían poner sensible al lector.

El autor no pretende generar morbo con nada de esto y se recomienda discreción.

📝 Nota del autor: Saben, no sé por qué puse la advertencia si este capítulo no tiene nada 🙃.

Es más, me atrevería a decir que este es el capítulo más tranquilo que he escrito 😅.

¡Ay, Dios!

¡Disfrútenlo!

🌟 ______________________________________________________________ ¿Ustedes saben cómo se enciende una vela, y cómo, lenta e inevitablemente, su luz se consume hasta apagarse?

La vela puede tener muchos significados en nuestra vida, pero a veces simboliza aquello que arde con fuerza y belleza… hasta que ya no puede sostenerse, agotada por la intensidad de su propio fuego.

Así es el amor en la vida humana: brillante y apasionado, frágil y fugaz, hermoso incluso cuando nos anuncia que algún día desaparecerá.

En la penumbra de la habitación, Adelaida y Kamei-san lo sabían.

Se acercaban con cautela, respirando a un ritmo que parecía sincronizar sus corazones.

Entre ellos ya no había distancia; cada segundo era un mundo, cada parpadeo, una eternidad.

Las dudas comenzaban a disolverse como la cera que se funde en la llama.

Sus rostros temblaban, estaban demasiado cerca.

Sus labios se rozaban apenas, y el aire entre ellos parecía contener toda la pasión del momento.

Ambos esperaban, conteniendo la respiración, midiendo quién sería el valiente que se aventaría primero.

Ambos cerraron los ojos, con miedo y deseo.

El silencio de la noche y el sonido de sus respiraciones, lo decía todo….

De pronto, un destello iluminó la habitación, arrancando sus manos del espacio compartido.

La luz cegadora hizo vibrar sus pupilas, y una voz profunda, clara y autoritaria resonó, haciendo que el suelo pareciera estremecerse bajo sus pies.

El querubín, que había guardado silencio durante décadas, finalmente habló: —Kamei-san.

Tanto Adelaida como Kamei-san se separaron rápidamente, con un sobresalto.

La emoción que compartían se rompió en un instante, dejando un silencio incómodo.

Adelaida frunció el ceño, triste por la interrupción de un momento que parecía eterno.

Kamei-san respiró hondo, frustrado por la intrusión en su cercanía.

—¿Qué es lo que quieres?

—preguntó, con una mezcla de irritación y curiosidad.

Se tomó un par de segundos antes de agregar: —Lo siento, perdón… ¿qué está pasando?

El ángel, un tanto desconcertado por la reacción, ofreció disculpas y continuó: —Kamei-san, ya sabemos dónde se encuentra Galton y el paradero del santo de la luz.

Adelaida prestó atención; hacía casi veinte años que no escuchaban nada sobre los santos, y ahora todo volvía a surgir.

—Espera… ¿Galton está recolectando a los santos ya?

—preguntó Kamei-san, con incredulidad.

—Sí —respondió el ángel—.

El tiempo ha llegado.

Los santos que Dios escogió se están dispersando por el mundo.

Pero surge un problema: Galton no parece escuchar de nuevo.

—No te confundas, Kamei-san —continuó—.

Galton no tiene malas intenciones, pero su desobediencia lo lleva a cometer errores que no están en el plan.

—Ahora debemos recuperar urgentemente al santo de la tierra, pues es quien está más expuesto a morir.

No te preocupes por los otros santos: el santo de la luz, el santo del hielo y el santo del metal.

Haremos que ellos regresen sin Galton.

—Lo que necesitamos ahora es que rescates al santo de la tierra.

El ángel habló con tono firme, pero sin severidad: —Ese es el primer mensaje que Dios te envía: informarte sobre la situación.

El segundo es que seas tú quien vaya por el santo de la tierra.

Debes recoger tus cosas y partir al amanecer.

Partirás desde Vermont hacia una tierra inhóspita que ahora está en guerra: Vietnam.

Debes traerlo a salvo.

Si fallas, podrían pasar hasta cien o doscientos años antes de que surja un nuevo candidato al don de la creación de la tierra.

Y el tercero es: —Dios te ordena, Kamei-san, a que permitas que Él te ame.

Ha visto tus oraciones y tu dolor interno.

No eres indigno de amor.

Si lo fueras, no te habría encomendado estas misiones tan especiales.

Eres un hijo de Dios, y el Espíritu Santo y Jesucristo te acompañarán en tu viaje.

—Debes partir lo antes posible, y si llegas en meses, será aún mejor.

Mucha suerte, ancestro del astro.

Mientras tanto, en la selva de Brasil, ya amanecía.

Helena caminaba detrás de Galton, atenta a cada palabra.

Galton se detuvo y la sostuvo del hombro: —Escúchame bien, Helena.

No voy a estar siempre para cuidarte.

Por eso iremos a ese monte y te explicare secretos de hace 2000 años.

—Te enseñaré a usar tu don de la creación— susurro intenso y con emoción dijo —El don de la luz, y también a redireccionarlo.

—Te volveré el guerrero más fuerte que haya entrenado.

Se detuvo un momento, con la mirada seria.

—Lamento mucho, Helena… lo de tu familia.

—La razón por la que nunca lo toqué ese tema a profundidad.

—Es porque perdí la mía hace tiempo, y todo fue por culpa mía.

—Quiero ahorrarte ese dolor.

—No significa que no seré duro contigo, pero quiero que sepas que intento ayudarte.

Helena no supo con tomar sus palabras.

Recordaba la violencia que había visto en él la primera vez, pero en estos últimos dos días, Galton parecía más pacífico, casi razonable.

—Me gustaría que me hablaras más bonito… así te dejaría de tener tanto miedo, señor —dudosa y tartamudeando dijo—.

Lo siento, perdón… no dije nada.

Galton la observó con seriedad.

—Hay muchas cosas que no sabes.

Te las contaré a su debido tiempo.

Iremos viajando de pueblo en pueblo, de esta selva hasta la frontera de Colombia, y luego tomaremos un barco a Europa.

No sé dónde está el Santo del Hielo, pero el Orbe de la Creación apunta hacia él.

Debemos encontrarlo.

Se acercó un poco más: —Helena… te necesito para esto ahora.

¿Está bien?

Ella se quedó helada.

“De la nada, le pedía ayuda después de todo lo que había pasado” —Está bien… —dijo finalmente—.

¿Hacia dónde vamos?

—Vamos a esa colina.

Vamos —respondió Galton.

Mientras Helena y Galton se dirigían a la colina, la escena cambió suavemente a Vermont, Estados Unidos.

De vuelta en Vermont, Kamei-san se alistaba.

Cambió su ropa de sastre por la de viajero, más cómoda y armoniosa que la última vez.

Preparaba su campera, la brújula y todo lo necesario para el viaje.

Esa noche, Adelaida no pudo dormir.

Se quedó despierta, mirando el techo, con el alma hecha un nudo.

Sentía que sus sentimientos no importaban, que había algo en ella que no lograba atravesar el muro invisible que separaba su corazón del de Kamei-san.

En su mente, una voz insistente la atormentaba: “Soy una estúpida… No entiendo por qué ahora Dios lo llama, justo ahora.

Tuve casi dos décadas para intentar algo, para decirle lo que siento, y no avancé más que ayer.

Y justo cuando avanzo, cuando por fin se atreve a mirarme de esa forma, ahora tiene que irse…” Se giró en la cama, tapándose el rostro con la almohada.

“Pienso que Kamei-san no me ve más que como una niña.

Me doy cuenta de cómo me habla, cómo me mira… con ternura, sí, pero no con deseo.

Y eso me duele.

Me molesta sentir que no soy suficiente, que soy yo la insistente, la torpe, la que no entiende el momento.

Si estuvo a punto de besarme, ¿por qué no lo hizo?

¿Será que no le gusto?

¿O que me tiene lástima?

No lo sé.

Pero duele.

Duele tanto que quisiera gritar, y no puedo ni siquiera llorar en voz alta.” La vela, ya consumida, dejó la habitación en penumbra.

Adelaida se quedó en silencio, con el corazón ardiendo y los pensamientos en espiral, hasta que el amanecer comenzó a asomarse por la ventana.

Horas después, Kamei-san se preparaba para partir.

Su figura, vestida de viajero, se veía extrañamente solemne.

Llevaba la brújula colgando del cuello, y su rostro reflejaba la mezcla amarga de quien se despide sin saber cuándo volverá.

Se quedó en la puerta y dijo a todos, excepto a Nuriel, que aún dormía en su largo letargo: —No hago esto en años.

Se rió un poco, con una mueca cansada.

Dánae se acercó, nerviosa: —Oye, hombre nutria… promete que vas a regresar.

¿Está bien?

Kamei-san la miró y respondió: —Voy a regresar por ustedes.

No quiero irme, solo debo hacerlo, Dánae.

Sin embargó, ella no quería conformarse solo con un chiste y con el corazón bien puesto para dar una despedida digna.

Lo abrazó con fuerza, aferrándose como si temiera perderlo.

—Promete que vas a regresar… —susurró—.

La última vez te fuiste casi un año.

Me dejaste con Jack… por favor, vuelve.

No nos dejes.

Jack observaba la escena en silencio, con una seriedad que hablaba más que las palabras.

Kamei-san asintió, conteniendo la emoción: —No voy a fallar.

El ángel me dio indicaciones: si recupero al Santo de la Tierra, debo traerlo de vuelta aquí, a Vermont.

Los otros tres santos vendrán por su cuenta… o al menos eso entendí.

Entonces Adelaida se acercó.

No dijo nada al principio.

Solo lo abrazó, temblando, tratando de que ese instante durara un poco más.

—¿Cuándo vas a volver?

—preguntó, con un hilo de voz quebrado.

Kamei-san bajó la mirada y le dio un beso en la frente.

—No lo sé, mujer… —respondió con suavidad—.

Tal vez demore meses… o años.

Adelaida sintió el pecho arder.

Tragó saliva, forzando una sonrisa, pero las lágrimas se deslizaron sin pedir permiso.

Se apartó antes de que él pudiera decir algo más.

Subió las escaleras con pasos rápidos, y al cerrar la puerta de su habitación, se derrumbó sobre la cama.

No tuvo valor para verlo salir.

Sabía que si lo veía marchar, su corazón terminaría de romperse.

Llegó a las torres de la entrada, separadas por tres metros cada una, en dirección a la cueva donde debía adentrarse.

Se detuvo un instante en la primera torre, apoyando las manos sobre la piedra fría.

Cerró los ojos y dejó que la brisa le acariciara el rostro.

Luego, saltó a la siguiente torre.

Y otra.

Cada salto era un pequeño acto de liberación, un intento de disipar la tensión que le recorría el cuerpo y la mente.

Al llegar a la entrada de la cueva, Kamei-san se quedó inmóvil.

Miró el oscuro túnel, respirando hondo, su pecho subiendo y bajando con un ritmo contenido.

No era prisa lo que sentía, sino una especie de atracción silenciosa, un peso que lo mantenía allí, contemplando el lugar donde su destino lo esperaba.

Sus pensamientos vagaban, calculando rutas, recordando rostros, sintiendo la gravedad de lo que debía hacer, mientras los minutos se estiraban como hilos invisibles.

El tiempo pasó, tal vez diez, veinte minutos, sin que él lo notara, inmerso en la quietud, en el silencio que lo envolvía.

De pronto, un sonido lo sacudió: su nombre, gritado con fuerza y urgencia.

—¡Kamei-san!

Era Adelaida.

Saltaba de torre en torre, un pie tras otro, sin detenerse.

La leve cojera que le dejó aquel oso en Groenlandia aún persistía, pero no la frenaba.

Cada salto era un estallido de determinación y coraje.

Kamei-san, sorprendido, dio un paso atrás, el corazón latiéndole con fuerza: —¡Adelaida!

¡No te acerques, baja, por favor!

Pero ella no lo escuchó.

Con una ráfaga en su pie izquierdo, su don de la creación la impulsó hacia adelante, Llevándola torre por torre, Kamei-san se dio cuenta que ella no estaba tocando las torres, las estaba usando para impulsarse.

Elevándola hasta aterrizar suavemente a su lado.

Kamei-san parpadeó, un destello de orgullo y alivio recorriendo su pecho: —Wow… has estado practicando, ¿no es cierto?

Controlas mejor tu don.

Adelaida lo miró fijamente, con la determinación mezclada con nerviosismo.

—Mira, escúchame, Kamei-san… —dijo, con la voz temblorosa pero firme—.

Estaba muy nerviosa.

Tenía tantas cosas que decirte… El impulso de venir hasta aquí me hizo sentir tantas cosas que no podía dejar pasar.

Pensó para sí misma, con la urgencia de un secreto que debía soltar: “Si no se lo digo ahora, me arrepentiré.

¿Qué pasa si no regresa?

¿Qué pasa si muere?

Aunque sea inmortal y santo, no significa que esté a salvo.” Se acercó un paso más, con el corazón golpeándole el pecho, dejando que la emoción impregnara cada palabra: —Kamei-san, escúchame bien… Me pareces un hombre fabuloso y sensacional, ¿sí?

Eres el opuesto absoluto, de lo que me enseñaron y de lo que yo quería antes de conocerte.

Desde niña me enseñaron a esperar a un príncipe… pero tú no eres nada de eso.

Eres mucho mejor.

Comenzó a tartamudear, nerviosa, pero valiente.

Se aproximó lentamente, y Kamei-san, sin poder contenerse, la sostuvo de la cintura: —Escúchame, tienes que regresar, ¿está bien?

Tienes que regresar.

Adelaida no escuchaba sus palabras.

Su mente viajaba al pasado: su infancia, la voz de su padre contándole historias, las risas de su madre y de sus hermanas, Constanz y Christa.

El viento agitaba su cabello, y en sus ojos brillaba una mezcla de miedo, amor y una necesidad desesperada de que él comprendiera lo que sentía.

Recordó el día en que todo cambió: los extranjeros, el llanto, el momento en que se llevaron a su familia a Berlín.

Recordó también los años de calma junto a Nuriel y cómo, poco a poco, había aprendido a acercarse a Kamei-san.

Y recordó sus palabras pasadas, como un eco grabado en su memoria: “El amor se tiene que expresar de muchas maneras,  Adelaida.

No solo con sentimientos y acciones,  sino también con lo que responde el espíritu.” “Si tu espíritu quiere expresarse, veamos qué  dibuja para reflejar lo que siente.” Adelaida lo recordó con claridad.

Entonces Kamei-san, rompiendo su silencio con urgencia: —Adelaida, escúchame bien.

No quiero preocuparte, ¿está bien?

Pero tengo que irme, ¿entendido?

Ella lo miró directo a los ojos.

Por un instante, el mundo se detuvo.

El aire se volvió denso, cargado de algo que dolía y sanaba al mismo tiempo.

Las sombras temblaban en las paredes de la cueva como si respiraran junto a ellos, y la luz que se filtraba por la grieta parecía envolverlos en un silencio dorado.

Todo se volvió más lento: su respiración, sus pensamientos, el ritmo del universo.

Adelaida sintió que su cuerpo se movía solo, como si un hilo invisible tirara de cada músculo, guiado por algo más profundo que la razón.

Con un impulso poderoso de su pie izquierdo, saltó.

Sus piernas se cerraron alrededor de la cintura de Kamei-san y él, sin dudar, la atrapó en el aire, firme y seguro.

El mundo se detuvo.

El corazón de Adelaida ardía como un incendio, su mente gritaba con intensidad, cada fibra de su ser vibraba entre miedo y deseo: un acto de valentía… de locura… o de ambos.

“No te vayas… Kamei-san… yo te amo… no te vayas.” Y ella solo acerco sus labios, lentamente sosteniendo sus mejillas.

Sus labios se entrelazaron con los de Kamei-san con fuerza, respirando, jadeando entre pausas, con la pasión torpe de quien se atreve por primera vez.

No había aprendido a besar, pero en ese momento fue valiente.

Cada vez que se separaba para tomar aire, volvía a buscar sus labios con la urgencia de alguien que teme que el mundo termine al soltar.

No era solo deseo: era necesidad, era alma, era su manera de decir “quiero saber a qué sabe tu amor, quiero saber a qué saben tus besos, quiero sentir lo que es ser amada.” Sus lágrimas comenzaron a caer mientras lo besaba.

Temblaba, tartamudeaba, pero no retrocedía.

Entonces habló entre suspiros y llanto: —Por favor… dime que vas a regresar… Por favor, dime que vas a volver.

No quiero quedarme sola.

Siempre que la gente se va y yo me quedo, por alguna razón no vuelven… y yo siempre me quedo aquí, con cosas que decir.

Por favor… te pido que regreses.

Las lágrimas cayeron más rápido, y su mente gritó entre el temblor del pecho: “Soy una estúpida… una idiota… ¿qué estoy haciendo?

¿Y si no me ama?

¿Y si no me quiere?

Ya estoy aquí… ya no puedo huir.

Si él no me quiere, entonces respirar é para disfrutar este momento todo lo que pueda.

Pero por favor, Kamei-san… dime que me amas.

Dímelo… yo te amo.” Kamei-san finalmente comprendió.

Muchas ideas cruzaban su mente, pero recordó lo que el ángel le había dicho: “No pienses que no eres digno de amor.” Sostuvo el rostro de Adelaida y, con voz quebrada, dijo: —Adelaida… no me quiero ir.

De verdad, no quiero irme.

Quiero quedarme aquí, contigo.

Quiero quedarme para siempre… pero tengo que partir.

La miró con tristeza y determinación: —Aunque llores, no puedo quedarme ahora, pero prometo regresar.

La tomó suavemente de las mejillas y la besó correctamente esta vez.

Adelaida sintió cómo su espíritu se estremecía, emocionado.

Era extraño, porque a la vez que ella se conmovía, Kamei-san también expresaba todo lo que sentía por ella.

Con ese beso se transmitieron mutuamente todo lo que sus almas habían callado durante años.

Después de separarse, Kamei-san acarició su cabeza y sus mejillas: —Voy a regresar, Adelaida.

Y voy a terminar lo que tú comenzaste.

—No pienses que esperaré a que alguien más venga por el Santo de la Tierra.

—Tampoco pienses que lo que empiezas no lo terminaré yo.

Me haré responsable de ti.

Su voz tembló, pero se mantuvo firme: —Tú eres libre de amarme todo lo que quieras.

Después de tantos años… casi cien, casi doscientos… voy a amarte con toda mi fuerza.

—Porque no tengo miedo de decirlo: Adelaida… he amado a otras mujeres, sí… pero eso no significa que no te ame a ti.

—Ahora que lo demuestras, te llevaré en mi corazón en cada viaje.

—No tengo miedo contigo.

Tal vez porque eres inmortal, al igual que yo.

Eso me da seguridad para expresarte todo lo que siento, Adelaida.

La volvió a acariciar, con una ternura que dolía: —No pienses que te voy a dejar.

Voy a regresar… por Dánae, por Jack, por Nuriel… y principalmente… por ti.

—Cuando regrese… quiero que me cuentes todo lo que no has podido expresarme… hoy.

—¿Crees poder soportar eso?

¿Crees poder soportar a alguien…como yo?

—¿Tú crees que puedes amar a alguien como… yo, Adelaida?

Yo… he vivido demasiado… tengo casi dos mil años.

—¿Crees que puedes amarme tal como soy?

Adelaida comprendía lo que Kamei-san sentía.

Lo besó una vez más y dijo: —Si te beso ahora… es porque sí.

Porque realmente creo que puedo amarte… Kamei-san.

Porque ahora lo hago… y te amaré cuando vuelvas.

Cuando regreses, prometo contarte todo lo que no pude expresarte.

Los dos juntaron sus frentes y se abrazaron, respirando al unísono.

Dánae y Jack estaban al final de la torre.

Dánae bromeó: —Ay, por fin… hasta que lo hicieron.

Ya estaba cansada de esperar.

Jack respondió: —De verdad, sabía que iban a avanzar, pero no pensé que sería tan de golpe.

Dánae replicó: —¿De golpe?

Tardaron demasiado.

Se tenían muchas ganas desde hace años… pero ninguno dio el primer paso.

—No es hasta que él se va que… bueno, eso es un poco cobarde… pero al mismo tiempo un poco valiente por parte de Adelaida.

—Estoy feliz por los dos.

Solo espero que Kamei-san no tarde tanto… para no dañar los sentimientos de Adelaida.

Sin embargo, Jack estaba pensando en otra cosa.

Se decidió… y dio un impulso para saltar de torre en torre.

Dánae gritó: —¡Oye, espera!

¿No se suponía que me dijiste que no deberíamos molestarlos?

Jack le respondió desde la altura: —¡Ven, Dánae!

Necesitamos probar algo.

A esa distancia, Jack aterrizó y vio a Adelaida y Kamei-san juntos.

Obviamente, se sonrojaron.

Adelaida estaba a punto de apartarse por la vergüenza, cuando Jack dijo: —No, no, no, tranquilos.

No estoy aquí para molestar ni nada.

—Les doy toda mi bendición.

Ustedes se ven muy bien juntos.

Los dos se calmaron un poco, aún avergonzados, pero entendieron la indirecta de Jack.

Dánae venía detrás de él y Jack le dijo con voz firme a Kamei-san: —Kamei-san, hay que intentarlo una última vez.

Kamei-san preguntó: —¿De qué hablas?

—No estoy de acuerdo con que vayas solo.

Quiero ir contigo, ayudarte a buscar al Santo de la Tierra, alguien tiene que proteger tu espalda.

—Yo cubriré tu espalda y tú la mía, no puedes ir solo.

Kamei-san respondió, con un atisbo de sonrisa: —¿Sabes qué?

¿Por qué no?

Hay que intentarlo una última vez.

La última vez casi te expulsó desde el otro lado de las torres.

—Tal vez… pero no es lo que Dios quiere, Jack… Dios quiere que te quedes aquí… Es necesario que los santos estén seguros.

Jack se quedó en silencio un momento, con el peso de la preocupación en su pecho, y luego dijo: —No entiendo por qué tienes que hacer todo esto solo.

Estarás en peligro.

¿Quién podría cuidarte la espalda?

Kamei-san respiró hondo, con la mirada fija en el horizonte: —Creo que hay varias razones por las que no permitirían que fueras, Jack.

No tienes experiencia en el mundo.

—Solo Nuriel y Adelaida tienen experiencia.

Dánae no tiene control de su don y tú no sabes cómo es allá afuera.

En medio de la discusión, un viento ancestral se levantó, girando con fuerza sobrenatural, como si la propia tierra contuviera el aliento.

Las hojas, la hierba, hasta el aire temblaban ante una presencia que no se veía, pero se sentía en cada fibra de su ser.

Y entonces, desde lo alto del cielo, surgió una voz inmensa, profunda, que parecía nacer del universo mismo y atravesar los siglos: —Jack Fürts… mi elegido… Jack… mi pequeño rebaño… Jack… Jack… No era solo un sonido: era poder, eternidad, y justicia mezclados.

Cada palabra resonaba en los huesos, vibrando en el aire, retumbando en la tierra y en sus corazones.

Adelaida, Jack, Kamei-san y Dánae se quedaron paralizados, con la respiración contenida.

La reverencia no era solo espiritual, sino física: cada latido parecía sincronizarse con la voz divina.

En ese instante, una chispa surgió del aire y se convirtió en una llama que ardía con la intensidad de mil soles condensados en un solo punto.

De ella emergió un querubín, flotando con majestad sobrenatural.

Sus alas brillaban con luz pura, iluminando todo alrededor como un faro que atravesaba el tiempo y el espacio.

Su mirada parecía atravesar las almas de los presentes, viendo todo lo que habían sido y todo lo que serían.

Con voz clara, profunda y resonante, habló al oído de Jack: —Jack Fürts, Dios me envía para decirte esto: Dios bendice todo lo que sucede aquí.

Han progresado mucho pese a no poder salir.

Ha escuchado tus oraciones y tus lágrimas.

Tu padre no tiene culpa, ni tu madre ni tu hermana.

Todos son inocentes.

Lo que pasó aquel día no tuvo nada que ver contigo.

Fuiste víctima de todo esto.

—A pesar de todo, Dios te concede permiso para salir de Vermont.

Ha visto tus frustraciones y tu corazón, Jack.

Has puesto tu espíritu y tus fuerzas en conservar lo que tienes, y eso le ha agradado.

—No hay muchos hombres que hagan lo que tú hiciste.

Por ser el santo que mejor controla su don y tener un corazón justo, Dios te permite salir.

—Acompaña a Kamei-san en su viaje.

Él protegerá tu espalda y tú la de él.

Se dirigirán a Vietnam.

El querubín elevó su mirada hacia todos, y la luz que lo rodeaba se expandió, creando una esfera de fuego y paz que parecía suspender el tiempo.

La voz del querubín se volvió solemne, resonando en cada árbol, en cada hoja, en cada latido del mundo, como un eco eterno que nadie podía ignorar: —Recuerden esto… No es solo un viaje.

Es la prueba de sus espíritus, la chispa que encenderá un destino que trasciende mortales y santos.

—El mundo entero los observa.

Yo, que sostengo la fuerza del Creador, guiaré el hilo de sus pasos.

—Caminen juntos, con valor, porque incluso en la oscuridad más profunda, la luz del deber y del amor jamás se extingue.

El viento giraba alrededor, levantando polvo y hojas, y la llama del querubín iluminaba sus rostros con un brillo cálido y sagrado.

Cada respiración se sentía cargada de historia, de sacrificio y de destino.

Kamei-san y Jack comprendieron que estaban ante algo que superaba su comprensión, algo que cambiaría no solo sus vidas, sino el curso de todo lo que conocían.

Un presagio intenso y magnífico los envolvía, y, por un instante, el tiempo se detuvo.

El mundo entero parecía contener la respiración mientras ellos se preparaban para dar el primer paso hacia algo inmenso, épico… irrevocable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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