Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Estamos saliendo de la cueva
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29: Estamos saliendo de la cueva 29: Estamos saliendo de la cueva ⚠️ ADVERTENCIA ⚠️El siguiente material puede tener contenido de violencia explícita 🩸 y de referencias a la mitología judía ✡️ y perspectivas teológicas 📜.
El autor no pretende ser pretencioso con este tipo de temas, que puede poner delicada amucha gente.
Y recuerde que todo lo narrado aquí es ficción 🎭.
Se recomienda la discreción del lector 👁️.
📝 NOTA DEL AUTOR : ¿Saben?
El día de hoy fue muy difícil para mí 😮💨.
Así que solo diré…Mañana, lo bueno de todo, es que mañana es Maratón de Bocchi the Rock 🎸🔥.Así que ahí es lo único que voy a decir.
________________________________________________________________________ Aquella mañana, en el bosque confinado, las aves cantaban con devoción, sus trinos se alzaban al cielo, llenando el aire de una armonía sagrada.
La luz de Dios tocaba cada rincón del bosque, dorando hojas y ramas.
Y sus cantos se elevaban en hosanna ante el decreto del Creador, que llegaba al oído del santo del fuego.
Jack escuchaba maravillado; era la primera vez que Dios le hablaba directamente, un llamado a salir y descubrir el mundo que Él había creado con tanto misterio y cuidado.
El querubín dijo con alegría, para emocionar al elegido que saldría por primera vez a conocer el mundo.
El querubín lo observó con calma, y su voz sonó como un viento suave entre los árboles.
—Ve, Santo del Fuego.
Acompaña a Kamei-san y cumple tu misión más allá de este bosque.
Hizo una pausa, bajando un poco la mirada.
—Pero ten cuidado, Jack.
El mundo al que irás no es como este.
Fue creado por Dios, pero su belleza no siempre es bondadosa.
Luego, con un leve brillo en los ojos, añadió: —Encomienda tu corazón al Altísimo… y no olvides Dios está contigo…Jack.
El querubín se desvaneció.
El resplandor que había llenado el aire se disipó lentamente, como si el cielo exhalara después de contener la respiración.
Poco a poco, todos fueron recuperando la compostura.
El silencio que quedó no era vacío, sino reflexivo.
Los vientos, ahora cálidos, rozaban la piel con suavidad, tocando el alma como una promesa… una afirmación del futuro.
Fue entonces cuando Kamei-san sonrió, con esa mezcla de alivio y asombro que solo deja el destino cuando decide mostrarse.
—¿Qué estás esperando, Jack?
Ve por tus cosas, te espero.
Jack no dudó ni un segundo.
Apenas oyó la orden, se impulsó con alegría y saltó desde la altura con fuerza.
Ni siquiera bajó las torres con cuidado: se lanzó con tal fuerza que la tercera torre tembló bajo sus pies.
El suelo crujió cuando cayó, y sin perder tiempo, corrió hacia la cabaña.
Allí recogió lo que llevaría consigo: la mochila que le regaló Kamei-san, los mapas de Nuriel, provisiones, un cambio de ropa, su daga y su cuaderno de anotaciones.
Mientras revisaba el equipo, no podía evitar sonreír.
La idea de contarle todo lo que vería afuera a Dánae, Adelaida y Nuriel lo llenaba de una euforia casi infantil.
Tomó aire, se pasó una mano por el cabello y, con una sonrisa contenida, fue directo al cuarto de Nuriel.
Todavía dormía.
Jack se inclinó un poco y le gritó con entusiasmo: —¡Nuriel, no lo puedo creer!
¡Por fin voy a salir!
¡Estoy tan emocionado!
Dejando a Nuriel un poco desordenado, Jack corrió hacia la salida.
Abrió la puerta con tanta fuerza que el marco cedió y se astilló al paso.
Siguió corriendo, ligero, como si algo dentro de él lo empujara hacia las torres de la entrada.
En cada salto se notaba su alegría, una emoción que le subía por el pecho.
Y cuando por fin alcanzó la cima, su cuerpo ardía tanto que de su espalda se elevó un tenue humo, tan emocionado estaba que ya estaba quemando sus ropas.
—¡Kamei-san, vamos!
Si vamos, disfrutaremos el viaje.
—Claro que sí —respondió Kamei-san—.
Ahora estoy más confiado, ya no siento tanto miedo.
Adelaida se dirigió a Jack, lo abrazó con fuerza: —Eres un idiota… quemas mi cuarto y ahora te vas.
Lo besó en la frente y añadió, acomodándole el polo: —Por favor, regresa con Kamei-san, ¿sí?
Vuelvan los dos sanos y salvos.
El mundo es peligroso, Jack… cuídate.
Dánae, haciendo puchero, cruzó los brazos: —¿Quieres decir que te vas… y… qué pasa con el trineo, estúpido?
Jack la miró y le dijo, sonriendo: —Voy a volver, Dánae, para terminar ese trineo.
Dánae, con lágrimas en los ojos, respondió entre sollozos: —Por favor, regresa pronto… Me dolió que Kamei-san se fuera, y ahora tú también.
Jack la miró con suavidad y trató de calmarla: —Puedes jugar con Nuriel.
—¡No!
—contestó Dánae, con un hilo de sarcasmo que apenas ocultaba su tristeza—.
¿Cómo voy a jugar con él?
Es un aburrido.
Un silencio inquietante los envolvió.
Se posicionaron frente a la entrada de la cueva.
El viento soplaba hacia afuera, arrastrando consigo el olor húmedo del bosque.
Eso solo podía significar una cosa: el árbol ya se había doblado …la salida estaba abierta.
Jack y Kamei-san permanecieron allí, inmóviles, mientras el aire se llenaba de una extraña expectativa.
Por un instante, el mundo pareció contener la respiración.
Entonces Jack, con la voz temblorosa entre los nervios y la esperanza, rompió el silencio: —¿Crees que podremos encontrar al Santo de la Tierra pronto?
—preguntó Jack, intentando disimular la emoción en su voz.
—Con la brújula, tal vez —respondió Kamei-san—.
Aunque… ya no recuerdo cómo es el mundo allá afuera.
Llevo provisiones, oro, plata, metal… muchas cosas para intercambiar, pero no sé cómo está el mundo ahora.
Me atrevería a decir que cambia tan rápido que ya ni sé cómo habrá sido en veinte años.
Jack lo observó, incrédulo.
Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que el eco lo delataría.
Kamei-san lo miró directo a los ojos y preguntó, con una mezcla de duda y esperanza: —¿Estás listo para descubrir cómo es el mundo ahora, Jack?
—Nunca estuve más preparado en toda mi vida —respondió Jack con firmeza—.
Siempre quise salir… y esta vez no pienso negarme.
Sin esperar respuesta, tomó aire y se adentró en la cueva.
La oscuridad lo envolvió por completo.
Las estalactitas colgaban del techo como dientes de un gigante dormido.
El camino se estrechaba, torcido, hasta que al fondo apareció una luz tenue… una promesa, un destino esperándolo.
Kamei-san, viendo cómo Jack desaparecía entre sombras, respiró hondo.
Luego se volvió hacia Adelaida y Dánae, con voz suave pero decidida: —Chicas… espérennos.
Nos vamos.
Jack abrazó a Dánae por última vez y besó a Adelaida en la frente, como si en cada gesto intentara guardar ese instante en la memoria.
Luego, con el corazón latiendo a mil por hora, entró en la cueva.
Kamei-san corrió tras él, murmurando para sí mismo: —No puedo creer que a Jack le hayan dado permiso para salir… Cuando Jack emergió al otro lado, se quedó inmóvil frente al lago.
Nunca había estado fuera del bosque confinado.
Todo le resultaba… ajeno.
Los árboles permanecían quietos, sin la música ni el pulso del bosque de Vermont.
El cielo, de un azul casi hiriente, carecía de estrellas.
A lo lejos, un par de torres se erguían, desafiando su imaginación.
El lago era común, turbio incluso, nada del cristal que había soñado.
Antes de que Kamei-san dijera una palabra, un crujido retumbó a sus espaldas: la madera del árbol que marcaba la entrada al bosque escondido se cerraba, como si el mundo antiguo se despidiera de Jack con un último suspiro.
Jack respiró hondo, con un nudo en la garganta, y murmuró: —El mundo real… no es como me lo imaginé.
Su voz sonó más a confesión que a sorpresa.
Y en ese instante entendió que ya no habría regreso.
El bosque quedaba atrás, y lo que lo esperaba afuera era completamente suyo: un mundo nuevo, desconocido…y sobrecogedor.
Mientras Jack y Kamei-san dejaban Vermont, al otro lado del mundo —en la espesura de la selva brasileña—,Galton y Helena se encontraban en una colina.
Ella estaba sentada, agotada, mientras Galton caminaba a su alrededor, explicándole con detalles extensos el plan: cómo sería el proceso de entrenamiento y todo lo que debía comprender antes de acompañarlo en su viaje.
Helena estaba perdida en sus pensamientos.
“Por lo que entiendo…” “¿soy una especie de elegida?” “¿Qué puta merda significa eso?” “No entiendo nada.
¿No se supone que los santos son estatuas en las iglesias?” “Este hombre está completamente loco… y encima es peligroso.” “Intenté escapar, pero cuando me vio, supe que no llegaría ni a la esquina.
Me rendí de inmediato.” “Y además… la criatura que vi me dijo que era un querubín.” “No sé exactamente qué carajo es eso.” “Dijo que era un ángel, pero… ¿no se supone que los ángeles son hermosos?
Esa cosa tenía tres cabezas.
Parecía más una bestia que un—” —¡Helena!
—rugió Galton—.
¡Deja de distraerte y concéntrate!
Helena levantó la vista, furiosa.
—¡Hijo de puta!…
perdón, ¿qué estabas diciendo?
Galton la observó con calma, aunque la vena de su frente parecía a punto de explotar.
Al ver que no prestaba atención, decidió reprenderla a su manera: la hizo colocarse en posición de resistencia china, con un tronco enorme sobre los hombros.
Estaba en la posición de caballo —también llamada “taburete chino” —,con las piernas flexionadas como si estuviera sentada, cargando peso hasta que los músculos ardieran.
—¡Esta cosa pesa demasiado!
—gritó Helena.
—Puta merda!
—continuó, jadeando—.
¡Me cago en todo!
Essas formigas de merda estão me subindo pelas axilas!
—Galton, deixa eu baixar o tronco, por favor!
—Ai, ajuda!
—añadió arqueando la espalda —.
¡Pesa demais!
Galton suspiró, imperturbable.
—Tenemos que aprender a despertar tu fuerza divina —dijo con calma.
Entonces pensó para sí: “Esta vez debo ser más paciente con esta niña.“ “Aunque no me guste el método, debo aceptar que si Jack se volvió tan violento e inestable por todo lo que hice.” “Quizá sea hora de intentar otro camino.” “He estado pensando mucho en eso… en todo lo que pasó.” “Pero ahora debo concentrarme en enseñarle a Helena lo que realmente significa la Fuerza Divina.” “Su forma de pensar es muy desordenada.
Si voy a entrenarla, tengo que convertirme en su verdadero maestro.” «Tengo que acortar el tiempo —pensó Galton—.Aunque dije que serían tres años… debo acelerar el proceso lo antes posible.
Porque si no lo hago…» Mientras meditaba sobre cómo dirigir la enseñanza del Santo de Luz, un grito desgarró el aire.
—¡Ey, hijo de puta!
¡Esto pesa demasiado!
¡Por favor, ayúdame!
Galton se acercó sin dudar.
La abofeteó con precisión y la lanzó colina abajo junto con el tronco.
Mientras descendía tras ella, pensó con el ceño fruncido: «Tengo que hacer todo lo posible por reformar a esta niña.
Si no lo hago, las cosas se volverán aún más difíciles de lo que ya son.» Helena intentó levantarse, pero perdió el equilibrio y rodó hasta chocar contra un árbol.
Por suerte, el tronco siguió cuesta abajo y no la golpeó.
Galton llegó en un instante.
La vio llorar por el golpe, pero no perdió tiempo.
La sujetó del hombro con firmeza y la arrastró de nuevo hasta la cima de la colina.
La colocó en el centro, la miró con frialdad y ordenó: —Ponte de pie.
Helena obedeció.
Se limpió las lágrimas, apretó los dientes y tragó su orgullo.
Galton comenzó a caminar a su alrededor, su voz resonando con la calma del que ha visto demasiado: —Para enseñarte a controlar tu don, primero debo mostrarte cómo funciona.
Cómo operan los dones de la creación, cómo actúa la fuerza divina…y cómo combinar ambos.
Porque son distintos.
Helena lo escuchaba en silencio.
El miedo la mantenía rígida, con el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía respirar.
Su única meta era no provocar otro golpe.
Galton se detuvo frente a ella.
Sus ojos, duros y antiguos, la atravesaron.
—Los dones de la creación son, técnicamente, un don espiritual —dijo en voz baja—.
Una maquinaria de los ángeles.
Helena lo miró, confundida.
Galton prosiguió: —Es la mejor forma de explicártelo.
Así como el hombre inventó la rueda, las industrias, los animales de carga…o incluso las armas que usan hoy.
Los ángeles también recibieron la potestad de crear ciertas cosas.
Su tono se volvió más grave, casi reverente.
—Algunos usaron ese poder para el bien: los querubines y todos los que permanecen con Dios.
Otros, en cambio, lo usaron para la guerra.
Un ejemplo de eso son las espadas…y todas las armas antiguas conocidas por la humanidad, transmitidas por los hijos de los Nephilim.
Ese conocimiento fue heredado, siglo tras siglo, hasta perder su origen.
Galton levantó una mano, y su voz adquirió un que parecía contener siglos de memoria: —El don de la creación proviene directamente de Dios, pero su manifestación depende de la maquinaria que los ángeles usan para redirigir por completo la energía del universo.
Es una forma de imitar los dones angelicales…y adaptarlos al cuerpo humano.
Hizo una pausa y la miró fijamente.
—El cuerpo humano también está hecho de engranajes espirituales.
Somos una maquinaria viva.
—Tener vida no significa carecer de piezas.
Somos una sola cosa, y al mismo tiempo, muchas en una.
—Por eso podemos buscar, encontrar… y aprender.
Helena trató de no llorar.
Le dolía la cabeza, el cuerpo, el orgullo.
Pero lo escuchaba con atención.
Algo en su voz la mantenía despierta.
—Los dones de la creación —continuó Galton—, otorgados por el Orbe de la Creación, son regalos concedidos por Dios a través de los ángeles.
Dios permite que esta maquinaria llegue a la humanidadpara cumplir una profecía.
Su mirada se endureció.
—Una profecía de la que ahora no puedo hablar, pero es vital que todos los santos entiendan esto: no fueron elegidos al azar.
No fueron elegidos por lo que son.
Fueron elegidos para un propósito mayor: equilibrar el cosmos.
Hizo una pausa.
El viento sopló entre los árboles, levantando polvo y hojas a su alrededor.
—Algo está ocurriendo —dijo finalmente—, no solo en este mundo.
La profecía tiene que ver con eso.
—Por eso no existe nadie, ni en las eras pasadas ni en las futuras, más apto que ustedes.
Se inclinó apenas, mirándola directo a los ojos.
—Y tú —dijo con voz baja pero cortante—, eres la única entre millones de almas a lo largo de los siglos.
Helena solo pensó una cosa: que ese hombre estaba completamente loco…o que, peor aún, decía la verdad.
Porque, vamos, ¿Quién demonios habla con tanta seguridad sobre ángeles y maquinaria divina como si fuera una clase de profesor?
Pero claro… Galton tenía fuerza sobrehumana.
Y la había sacado de Río de Janeiro sin que nadie —nadie— pudiera detenerlo.
Así que, entre aceptar que estaba loca o aceptar lo que él decía, eligió lo segundo.
Por pura resistencia mental.
—Así que escúchame, Elena.
Hoy vas a aprender todo lo que necesitas saber.
¿Qué son los dones de la creación?
¿Qué es el sol?
Todo eso está ligado a lo mismo: al poder que Dios entregó a los santos.
Te voy a dar algunos indicios de la profecía, para que entiendas por qué estás aquí y por qué es tan necesario que cumplas tu papel.
Y, sobre todo, para que comprendas por qué iremos primero por el Santo del Hielo…y no te llevaré a Vermont todavía.
Es la única forma de proteger la integridad de los santos.
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