Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 El Peso mis Decisiones
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3: El Peso mis Decisiones 3: El Peso mis Decisiones ⚠️Advertencia: Este capítulo contiene escenas violentas y descripciones gráficas.
El autor no busca ser sensacionalista ni inconveniente al lector.
Estas representaciones son exclusivamente una maniobra de matar los eventos gráficos que se narran.
Se recomienda discreción del lector.
_________________________________________________________________________________ Galton contemplaba el panorama de las ciudades destruidas.
Nunca antes había estado presente semejante catástrofe.
Gracias a su percepción más allá de lo humano, pudo intuir la magnitud de la tragedia.
Se encontraba en Dresde y, por un instante, sintió que el fin de la humanidad estaba cerca.
El paisaje parece extraído del infierno: casas ennegrecidas como carbón, cadáveres apilados… No muy lejos, descubrió un campo de concentración: Natzweiler-Struthof.
Sumido en su melancolía, su mente viajaba al pasado, registrando que, un sentido hombre, llevaba más de mil años viviendo entre los mortales.
Nos situamos en Dresde, Alemania, el 20 de marzo de 1945.
Galton estaba sumido en sus recuerdos, reviviendo el momento en que conoció al Mesías.
Tan absorto estaba, que casi un soldado le cuesta la vida: una bala rozó su mejilla.
Se encuentra en el cuarto piso de un edificio destruido, mientras el soldado lo observaba desde el primer piso a través de un cráter dejado por los bombardeos.
El hombre no tenía idea de lo que significaba estar frente a alguien como Galton.
Este lo miró con fría determinación; la escena se desplegaba ante él como un águila que acomoda sus alas antes de lanzarse a cazar.
Justo cuando el soldado tenía un desesperado en el cartucho, Galton saltó al abismo y aterrizó sin hacer ruido.
Sujetó al hombre por el crimen y clavó sus dedos en sus ojos: —Dime, miserable hombre, ¿a cuántos de mis hermanos tienes mate?
¿Qué es esa cosa que portas para matar?
Maldigo el día en que los hombres inventaron estas cosas.
El hombre solo podía gritar.
—¿Quieres que te deje vivir?
—preguntó Galton.
—¡Ya basta!
Por favor, tengo esposa e hijos —replicó el soldado.
Galton no entendía su idioma, pero respondió: —Me espero que pase si sigo incrustando mis dedos… ¿hasta revivir tu cráneo?
¿Cuánto tardes en morir?
El hombre se retorcía, pidiendo clemencia.
Galton pensó… y pensó… hasta decir: —No perderé el tiempo.
Estamos en una guerra sacada de una epopeya.
Y si no encuentro a esa niña, la matarán antes de que yo pueda raptarla.
Para entender todo esto, hay que retroceder casi dos mil años, al tiempo en que Galton aún era joven y conocido por otro nombre: Thiago.
Thiago envió que su propósito era más importante que su propiedad vida.
Decidió creer que Dios quería Santos guerreros y malinterpretó las palabras de Jesús.
Fue trasladado a China, a montañas y selvas que luego se conoció como la provincia de Yunnan.
Allí, Dios envió un Querubín que, con un cedro, le otorgó inmortalidad, une no invulnerabilidad: él podía morir, a diferencia de los Santos que vendrían después de Jack.
La inmortalidad de los Santos era particular: podían comer, une no lo necesitaban del todo; aun así, era necesario hacerlo al menos una vez cada seis meses.
Dios le dio gran adaptabilidad y poder.
Los ángeles le entenaron, en una bolsa de cuerpo, receptores cristalinos parecidos a monedas, cada uno con el poder de la creación: la fuente del espíritu capaz de manifestar la materia sin respirar las leyes de la física.
El Santo del Fuego fue el primer elemento de la creación.
Thiago lo comprendió y asignó los primeros 25 dones a los futuros 25 Santos, enfermando sus estilos de combate.
Los dones se asignaron jerárquicamente entre los 45 Santos.
Con el tiempo, Thiago se volvió un experimento en la guerra.
Participó en conflictos ajenos para conocer las batallas y entender lo que significa ser un soldado.
Abandonó la milicia de Yunnan tras un evento que le favoreció: una aldea remota ardía por la resistencia.
Allí vio la oportunidad de crear al soldado perfecto.
Vio niños sin hogar, los raptó y los entrenó para ser soldados perfectos, futuros Santos.
Thiago se desvió de las enseñanzas de su pueblo.
Seguro niños y los reeducó, convencido de que así lograría la voluntaria de Dios.
Pero, en vez de formar Santos oradores, les dio armas y los convirtió en soldados.
Sin embargo, ninguno despertaba su talento; Dios jamás los eligió.
Los niños, aunque inocentes, no eran los Santos, y por eso sus cuerpos no podían adaptarse a la inmortalidad.
La ira por este fracaso llevó a Thiago a un arrebato.
Se dirigió al joven que lo había salvado de la guerra, dispuesto a imponerle una profesión que no le correspondía.
El niño aspiraba a cumplir la profecía; tenía esperanza en el Dios que le había otorgado el título de Santo.
Se llamaba Liang.
Como otros niños en el refugio oculto a la vista de las aldeas, había perdido a sus padres por conflictos que no entendía.
Aun así, creía haber encontrado un propósito: hacer justicia con su don.
Preparaba la cena para él y sus hermanos, también raptados por Thiago.
Pero Thiago no pensaba como ellos.
La guerra había torcido su mente; estaba convencido de que había cometido un error y que la única forma de extraer los dones de la creación era a través de la muerte.
No consideró los sentimientos de Liang, ni siquiera si lo amaba por haber tenido la ilusión de ser rescatado.
Perdió toda noción de lo correcto y lo bueno.
Empuñó su espada y, por la espalda, atacó a Liang.
Los demás niños, que lo habían recibido con alegría, quedaron paralizados por el miedo.
Solo se escuchó el crujido de los granos… Thiago limpió la espada con calma y se dirigió al siguiente niño.
Su fe en el propósito ya no importaba.
Ninguno pudo escapar; pedían ayuda, imploraban clemencia… pero nada.
No hubo intervención divina, ningún llamado de Dios que los librara del sufrimiento.
Solo quedó un silencio helado, roto exclusivamente por el silbido de los árboles: el frío sonido de la muerte que se había instalado allí.
Thiago había matado a Liang, el primer Ancestro del Fuego, antecesor de todos los que vendrían antes del verdadero Santo.
Pero su terquedad y obstinación no terminaron allí: el destino marcó la aparición de un segundo ancestro, un paso intermedio antes de que Jack, el auténtico elegido, asumiera finalmente su lugar como el verdadero Santo del Fuego.
Ante los cadáveres, Thiago sostuvo su mano sobre su pecho y, mediante el orbe, logró extraer el don de la creación.
Este poder, capaz de manifestarse de formas misteriosas, respondió a su llamado, une él apenas comprendía sus letras.
En ese instante, un estímulo lo recorrió: había obtenido lo que buscaba, pero a un precio que ninguna guía divina podía justificar.
Con la carga de los recuerdos y las sombras de los niños que había perdido, Thiago renunció a la idea de seguir buscando a los Santos de la profesión.
No fue hasta el año 83 dC que rompió con lo que, para su pueblo, estaba estrictamente prohibido.
Por necesidad de amar, se casó con una mujer del Medio Oriente, de las tierras del sur de Mongolia, llamada Batuya.
Ella comprendió su melancolía y aceptó su silencio.
Aunque su matrimonio había sido arreglado por su madre para que no quedara sola, ella vio en él algo más que un trato: vio a un hombre que necesitaba ser amado, y decidió amarlo.
Era una mujer sencilla, capaz de acompañarlo en sus recuerdos más oscuros, cuando aún conservaba algo de humanidad.
Sus palabras lo siguieron toda la vida, une solo una de ellas quedaría grabada en lo más profundo de su ser, marcando su destino para siempre.
Thiago permanecía pensativo, cargando con el peso de su pecado y sin querer aceptar la abominación que había cometido contra aquellos niños.
Fue entonces cuando Batuya lo miró y le preguntó: —¿Qué te pasa, Thiago?
Dime, ¿en qué piensas todos los días?
Él guardó silencio, conteniendo su angustia, hasta que respondió: —¿No te has preguntado si un hombre que es susceptible a la ira puede tener una vida como esta, aun con los pecados que cometió?
Ella se sentó sobre sus piernas, buscó sus manos y lo besó suave en la mejilla, diciendo: —Sabes, si estás habitando de ti, creo que en el fondo le das mucha importancia al valor de las cosas.
Mi madre me lo dijo cuando perdí a mi padre, y yo te lo diré porque te amo: la vida no tiene un valor, solo importancia, porque si nosotros le damos un valor a la vida, nos volveremos arrogantes y creeremos que unas vidas valen más que otras.
Hizo una pausa, mirándolo a los ojos, dejando que sus palabras calaran en él, y continuó: —Thiago, yo te amo y no sé en qué obras tanto, pero sí tengo claro que mi calor te ayuda a calmar tus pensamientos, y esa es la razón por la que nunca te dejo.
Tres años después de su compromiso, fruto de su amor, nació un hijo.
Pero, como si fuera un reflejo de su pecado, su mujer murió en el parto.
Sus últimas palabras fueron: —Una lista comida y ropa, esté bien.
Solo dame unos días antes de partir a la aldea vecina y darles la noticia de tu hijo.
Sé que lo esperan mucho, así que dejaré que tú le pongas un nombre.
Esa misma noche, perdió mucha sangre, y al amanecer ya había fallecido.
Thiago sintió que aquello era un castillo… o tal vez un llamado a retomar la misión que Dios le había recibido: encontrar a los 45 Santos.
Movido por esa mezcla de dolor y determinación, decidió llamar a su primogénito Zaziel.
Con apenas un bebé en brazos, y usando el primer orbe de la creación, el del fuego.
En su ira, creía que su hijo debía ocupar ese lugar.
El amor por Zaziel, mezclado con la frustración de no haber conseguido que los otros niños despertaran sus dones, lo llevó al borde de la demencia.
Creía escuchar la voz de Dios… pero no era Dios.
Su soberbia había atraído demonios que manipulaban su mente.
Así, un paso más hasta la profecía se acumuló.
Convencido de que nueve eran suficientes para formar la base de los 35 Santos, comenzó a reclutarlos.
A cada uno le asignó un don elemental de la creación: fuego, agua, tierra, metal, hielo, luz, rayo y uno más enigmático, el astro.
Sus elegidos fueron Lei Li, Aki, Zao Li, Mérito, Xiaoxui, Egil, Enós, Gao Li… y, por supuesto, Zaziel.
Por fin sentía que podría cumplir el propósito que Dios le había encomendado en la Tierra.
Pero la realidad era otra.
Ninguno de ellos eran los elegidos, y sus acciones desobedientes desencadenaron consecuencias que escapaban a su control.
Una tragedia se avecinaba, una que lo conduciría —inevitablemente— hasta los verdes Santos.
Y así, el nombre de Thiago desaparecería, dando lugar a un monstruo que el mundo llegaría a conocer como Galton.
Como suele decirse: para que las nuevas generaciones encontraran su camino, sus ancestros tuvieron que deshumanizarse para abrirles ese camino.
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