Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 La fuerza divina
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31: La fuerza divina 31: La fuerza divina ⚠️ Advertencia El siguiente contenido puede tratar temas sensibles 🕊️Incluye elementos mitológicos e históricos difíciles de hallar 📜Nada de lo narrado es real.
Se recomienda discreción al lector 🙏El autor no busca morbo, solo transmitir una historia ficticia 🎭 ✍️ Nota del autor Chicos, he estado algo ocupado últimamente ⏳Debo admitir que la fatiga lectora me está alcanzando 😮💨No pensé que llegaría este punto, pero aquí estamos 💭Tengo una corazonada: quizá deba dibujar y crear un Webtoon 🎨Tal vez adaptar Pólemos Tôn Agíon como manga algún día 🌌 ______________________________________________________________________ Un sonido surgió a lo lejos, como si una montaña entera se desplomara, resonando en la tierra, en cada continente, en cada grieta del mundo.
La tierra tembló levemente, y a lo lejos un lamento se alzó: el viento gritaba de dolor, como si el velo del mundo espiritual se desgarrara.
Un eco entre los desiertos se hacían mas fuertes con forme gritaba los vientos sobre el derrumbe de una estructura invisible: la fosa de Zhuang había caído.
A la distancia, el pozo del juicio se abría en el corazón de una de sus torres, una herida nueva que sangraba en la tierra.
Todo sucedía al mismo tiempo.
Mientras Galton permanecía en Brasil con Helena, y Kamei-san con Jack cruzaban los caminos que llevaban a la frontera entre Vermont y Massachusetts.
Ambos, separados por océanos y cielos, alzaron la mirada al horizonte con un mismo presentimiento.
El aire se volvió más denso, La tierra aguantaba los dolores de sus cavernas.
Nadie comprendía lo que estaba ocurriendo, ni qué fuerza —silenciosa, antigua— había comenzado a moverse en lo oculto.
Ante aquel sonido —semejante a un derrumbe—, Kamei-san alzó la mirada hacia la distancia.
En su mente, casi gritando, pensó con terror: “¿Qué fue eso?” “¿Por qué siento esto?” “¿Por qué siento un escalofrío?” “Como si mi alma estuviera débil” “¿Qué está pasando…?” “¿Es… el oriente?” Sus labios se movieron apenas, murmurando: —Es el oriente… Jack, confundido y tenso, preguntó: —¿Qué sucede, Kamei-san?
Al otro lado del mundo, Galton sintió el mismo estremecimiento.
El peso invisible le recorrió el cuerpo como un golpe al alma.
Miró al cielo, desconcertado, y murmuró: —Es el oriente… ¿pero en qué dirección?
¿Norte?
¿Oeste?
Guardó silencio, intentando descifrar una idea, un hecho.
—¿La bóveda de Shen… o la de Zhuang?
—susurró—.
No puede ser.
“Esas bóvedas han sostenido el equilibrio del mundo espiritual por casi dos mil años.” “Imposible que se desplomaran…” “¿O tal vez cayeron por la inestabilidad de estos días?” Su pensamiento se perdió entre el crepitar del fuego, hasta que la voz de Helena lo trajo de vuelta: —Galton, ya corté las ramas… ¿qué hago ahora?
Helena, con miedo e incertidumbre, lo miró fijamente.
—¿Qué pasa, Galton?
Él apretó los labios y bajó la vista.
—Niña… tendremos que acelerar las cosas.
—¿Acelerar qué?
¿Por qué?
—preguntó ella, confundida.
Respiró hondo.
Sus manos temblaban, pero trataba de mantener la calma.
—No… no debemos movernos aún.
Pero, sí acelerar tu entrenamiento.
—¿Por qué estás tan nervioso?
—insistió Helena.
Galton levantó la vista.
Su rostro estaba pálido.
—Tú no lo entenderías.
—¿Entender qué?
Hubo un silencio breve, denso, como bruma que se arrastra.
Finalmente dijo, en voz baja: —Creo que una de las bóvedas del oriente ha caído.
Helena frunció el ceño.
—¿Una bóveda?
¿Eso qué significa?
Galton se pasó una mano por la frente, sudando.
—Si una de esas bóvedas se derrumba… el equilibrio del mundo espiritual se fractura.
—Alguien o algo tocó lo que debía permanecer sellado.
Su respiración se volvió entrecortada.
Miró el horizonte, con miedo y resignación.
—Esto traerá consecuencias terribles.
No ahora… pero pronto.
Helena dio un paso hacia él, preocupada.
—¿Qué son esas bóvedas, Galton?
Mientras tanto, al otro lado del continente, el amanecer apenas despuntaba sobre Vermont.
Eran casi las seis de la mañana.
El cielo permanecía cubierto por una penumbra azulada.
En Brasil, el sol ya se alzaba con fuerza.
Las siete estaban por morir para dar paso a las ocho.
Jack caminaba junto a Kamei-san por el sendero frío y húmedo.
—¿Qué está pasando, Kamei-san?
—preguntó, inquieto.
La bruma les rozaba los tobillos.
Kamei-san se detuvo.
Miró el horizonte, ojos entornados, escuchando algo invisible.
—No tenemos mucho tiempo, Jack —dijo al fin—.
Ahora entiendo por qué los ángeles necesitaban que interviniera.
Hizo una pausa.
Su respiración se veía en el aire helado.
—Algo se ha quebrado en el mundo espiritual.
Algo enorme.
Jack frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
¿Qué quieres decir?
Kamei-san cerró los ojos, dolorido por la verdad.
—Una bóveda ha caído.
Abrió los ojos, fijos en la línea del oriente.
—No encuentro otra explicación.
Siento un vacío… una ausencia.
—La bóveda de Zhuang… o la de Xing.
Tal vez incluso la de Yang.
—Cualquiera de esas tres ha caído.
Jack sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y eso qué significa?
Kamei-san lo miró con seriedad.
—Si una bóveda se derrumba, Jack, no solo se altera al espíritu… también el de los hombres.
La última vez que algo así ocurrió… el cielo y la tierra entraron en guerra.
En el otro extremo del mundo, el amanecer se filtraba entre las hojas húmedas de Brasil.
Helena permaneció inmóvil, ojos abiertos por la sorpresa.
—¿Cómo que… una guerra?
—preguntó—.
¿Dijiste guerra?
Galton permaneció en silencio unos segundos.
Luego habló con gravedad: —Sí, niña.
La última vez que una bóveda cayó fue la de Setith, en la antigua Çatalhöyük.
Cuando eso ocurrió, comenzó la guerra entre los Nefilins y los Vigilantes.
Una batalla por decidir quién dominaría la humanidad.
Hizo una pausa.
Su voz sonaba más cansada que severa.
—Yo no viví ese tiempo, pero he visto siglos suficientes para entender lo que significa.
—Cuando una bóveda cae, no es solo una estructura… es una ley del cielo, el que caiga significa que el balance De la tierra esta comprometido.
—Alguien —o algo— ha alterado el equilibrio divino.
Y si eso ha pasado… entonces sí, niña, es una guerra.
—Una guerra entre ángeles y demonios.
—O humanos y demonios —Ángeles y humanos —O todas juntas….
Miró hacia el oriente, ceño fruncido.
—Pero, ¿por qué ahora?
¿Y por qué en el oriente?
—murmuró para sí—.
¿Qué diablos pasa allá?
El silencio se rompió cuando giró hacia ella.
—Helena, ¿tienes el tronco preparado?
—Sí… —respondió, algo confundida.
—Bien.
Será hora de enseñarte lo que realmente es la Fuerza Divina.
Y te advierto algo, niña: voy a ser muy duro contigo.
Helena tragó saliva.
¿A qué se refería con eso?
Mientras tanto, al otro lado del mundo, Kamei-san hablaba con Jack.
—¿Sabes, Jack?
No puedo creer que diga esto… pero creo que es momento de explicarte la Fuerza Divina.
Si entiendes el concepto, podrás ayudarme mejor en el viaje.
Jack lo miró confundido.
—¿De qué hablas?
Kamei-san guardó silencio unos segundos, mirando al horizonte.
—Voy a serte sincero.
La verdadera razón por la que te quedaste confinado en el bosque… —fue porque Galton quiso replicar lo mismo que hizo con Zaziel, pero de una forma más extrema.
Jack frunció el ceño.
—¿Replicar qué cosa?
—No lo sé con certeza —respondió Kamei-san—.
No conocí el tipo de entrenamiento que usó con Zaziel.
Pero Galton creía que la Fuerza Divina podía activarse bajo el mayor nivel de estrés posible.
Así que lo que intentó contigo, técnicamente, fue probar si el Santo del Fuego podía manifestar su poder cuando era llevado al límite de sus capacidades humanas.
Kamei-san hizo una pausa.
—Obviamente no funcionó —dijo, bajando la mirada—.
Y eso era predecible.
Se lo advertí varias veces.
No escuchó.
No tuviste el mismo resultado que Zaziel.
Jack respiró hondo, intentando procesar cada palabra.
—Entonces… ¿soy un fracaso?
Kamei-san lo observó en silencio.
Su ceja levantada y expresión reflejaba su opinión, aun sin decir palabras.
—No, Jack.
Tú no eres un fracaso.
Eres una víctima.
Nunca debiste cargar con esa responsabilidad.
Debimos habértelo dado cuando fueras un joven pensante… no un niño.
Hizo una pausa.
Sus ojos temblaron entre culpa y memoria.
—Y en cierto modo —continuó— ya te lo he dicho antes… pero quiero pedirte perdón, Jack.
No pude defenderte.
O, mejor dicho, no quise.
Me dio miedo enfrentarme.
Me dio miedo morir.
Irónico, ¿no?
—esbozó una sonrisa amarga—.
Un inmortal temiendo la muerte.
El viento se coló entre las hojas, como si guardara silencio.
En medio del aire frío, los pasos de Jack —el Santo del Fuego— se acercaron despacio.
Puso una mano sobre el hombro de Kamei-san.
—No tienes que pedirme perdón —dijo con calma—.
Ya te dije que te perdoné.
No hay deuda entre nosotros.
No negaré que dolió… pero no quiero pensar en eso ahora.
Lo único que importa es que estén bien.
Quiero que sepas que al viajar contigo, te demuestro que no guardo rencor.
El único culpable fue ese hombre… y ya no está.
—Así que tranquilízate, Kamei-san.
No te odio.
Kamei-san respiró hondo.
Estuvo a punto de quebrarse, pero contuvo las lágrimas.
—Está bien —dijo al fin, recomponiéndose—.
Si eso piensas de mí… lo aceptaré.
Pero escucha, Jack, hay algo que necesitas entender.
Jack se tensó.
La voz de Kamei-san cambió: más grave, profunda.
—Avanza conmigo.
Te explicaré qué es la Fuerza Divina.
Si logras comprenderla, no solo ayudarás: quizá lleguemos a casa antes de lo que imaginas.
El aire se volvió más denso.
—La Fuerza Divina —prosiguió Kamei-san— es el poder de los ángeles.
Permite sostener lo intangible y volverlo materia… o disolver la materia hasta convertirla en espíritu.
Es un don que no fue hecho para los humanos.
Por eso se transmite a través de los orbes.
Jack lo escuchaba con atención.
—Nosotros somos distintos, Jack.
Tal vez lo más cercano a un “superhombre”.
Tenemos la fuerza de un elefante, la agilidad de un felino… y la ligereza de una pluma.
Cuando se nos otorga el Orden de la Creación, recibimos tres dones: El primero, la inmortalidad; el segundo, la creación; y el tercero, los dones del espíritu.
Kamei-san hizo una pausa, bajando el tono.
—Fusionar esos tres es lo que algunos llaman la conexión del santo.
Pero nadie ha logrado dominar el tercero.
Ni siquiera Galton.
Porque el tres no es solo un número… es un concepto.
Un equilibrio.
Y ese equilibrio aún está perdido.
Jack asintió lentamente, tratando de entender.
—La Fuerza Divina —prosiguió Kamei-san— es la armonía entre espíritu, alma y cuerpo.
Solo cuando los tres se alinean, el poder se manifiesta.
A veces de formas simples, como levantar un peso imposible; otras, en actos grandiosos, como moldear la realidad misma.
Mientras tanto, en Brasil, Galton explicaba lo mismo a Helena.
Ella seguía haciendo sentadillas con un tronco al hombro, empapada en sudor.
—Helena —dijo Galton—, la Fuerza Divina se sostiene por medio del estrés… pero empiezo a entender cómo funciona.
Lo comprendí con Jack, y también con el Santo del Viento y el Santo del Rayo.
Hizo una pausa, observando las brasas que ardían en el suelo.
—Cada santo que he conocido ha sido distinto.
Y creo que ahora entiendo por qué Dios los eligió.
Adelaida, la del viento, podía mover el aire con solo respirar.
Era libre, cambiante, impredecible… como el viento mismo.
El del rayo, en cambio, era concentración pura: toda su energía enfocada en un solo punto.
—Y tú, Helena… —la miró con serenidad—, tú eres la Luz.
Helena se detuvo, jadeante.
—La Luz necesita propósito —dijo Galton—.
Si encuentras el tuyo, despertarás la Fuerza Divina.
Y así, separados por miles de kilómetros, Kamei-san y Galton pronunciaron las mismas palabras: —La Fuerza Divina es la unión entre espíritu, alma y cuerpo.
Solo en armonía se manifiesta la verdadera creación.
El viento sopló en direcciones opuestas.
Pero en ambos lados del mundo, el eco fue el mismo.
Galton miró el horizonte.
Su voz sonó más grave.
— Helena, yo no soy una buena persona.
Es difícil para mí sentir arrepentimiento a pesar de todo lo que he hecho.
Cuando vives mucho, entiendes que a veces hacer el mal para lograr el bien… es necesario.
Solo así se crean los cimientos de las generaciones que siguen los ideales de Dios.
No sé qué pensarás de mí.
No puedo empatizar contigo.
Por eso te digo que los olvides De todo, será mejor para ti y podrás llevar tu inmortalidad sin que duela tanto.
Concéntrate en desarrollar la Fuerza Divina.
Así podrás ayudarme a cuidar al Santo del Hielo mientras busco al Santo del Metal y de la Tierra.
Helena… tú eres el Santo de la Luz.
Y por primera vez en mucho tiempo, voy a creer en un santo real.
Voy a confiar en ti, en que tú eres la Luz.
Sin embargo, antes de que pudiera continuar, Helena lo interrumpió con un grito.
Un grito seco, desgarrado.
Un pedido de auxilio que cruzó las montañas y alcanzó incluso las campanas lejanas de las iglesias perdidas en la selva.
Helena gritaba diciendo: —¡Galton, por favor, ayúdame!
¡Lo siento, no escuché lo último que decías!
—¡A filha da puta!
ayúdame!
¡Las hormigas me suben por la espalda y las axilas!
¡Creo que están detrás de mi nuca!
Galton solo dijo: —Solo necesitas agua, niña.
En ese instante, vio su equilibrio al borde del colapso.
Helena estaba justo cerca del borde de la colina.
Con un toque de su dedo, empujó su pecho ligeramente.
El tronco cayó antes que ella.
Y entonces, Helena rodó.
Como un péndulo fuera de control, su cuerpo giró y bajó la pendiente.
“Puta madre… hijo de puta… carajo…” murmuraba mientras rodaba.
Se golpeó con un árbol en el camino.
Y finalmente, cayó al río, empapada y noqueada.
Galton la observó y con una pequeña mueca en su rostro dijo: —He vivido tanto tiempo… pero creo que es la primera vez que un santo me da tanta gracia.
—Está bien —continuó—.
Voy a curar tus heridas… aunque no sé cómo.
Mientras todo eso pasaba, Kamei-san y Jack ya estaban llegando a un pueblo fronterizo cercano a Massachusetts.
Kamei-san le dijo lo siguiente a Jack: —Escúchame, Jack.
Pasaremos la noche con un amigo.
Él es quien me intercambiará el oro por dinero, y luego pensaremos cómo viajar.
¿Te parece bien?
A lo que Jack dijo: —No tienes ni que preguntarme, yo no sé nada de nada.
Ambos se rieron, y Kamei-san respondió: —Está bien, chico.
Entonces te voy a mostrar cómo es el mundo y te voy a dar unas pequeñas pautas de cómo funciona la sociedad.
Y cuando Jack entró al pueblo, no pudo evitar sentirse maravillado por todas las personas que caminaban por el lugar.
Había mucha gente, todos vestidos de formas distintas.
Algunos con ternos, otros con jeans, y otros con ropas más casuales.
Señoritas en grupo con vestidos de flores, y también había una pequeña comunicación entre todos.
Había muchas cosas que detallar, pero solamente era un centro público.
Algo normal para cualquiera, pero para Jack era algo completamente nuevo.
Tal vez era incluso la entrada a un mundo confinado como el que había antes.
Y con una pequeña sonrisa le dijo a Kamei-san: —Kamei-san, dime una cosa.
¿Existen más mundos confinados?
Porque este me parece un mundo confinado.
Kamei-san lo miró con una ceja levantada diciendo: —¿A qué te refieres?
—El mundo al que me estás haciendo entrar parece un mundo completamente nuevo y distinto al mío.
Kamei-san, al principio, no lo entendió.
Solo dijo: —Avanza, no te preocupes.
Sin embargo, pensándolo bien, se dio cuenta y dijo lo siguiente: “Este muchacho de verdad no sabe nada.
Se me había olvidado por completo que esta es la primera vez que sale al mundo.
Me sorprende que no esté asustado.” “Es más, está tan maravillado que se pierde mirando los letreros de los refrescos.” “No sé si fue buena idea traerlo o no… pero me da tranquilidad que esté a mi lado.” Kamei-san miró al horizonte y pensó: “Dios, ¿qué está pasando?” “Solo espero que haya sido mi imaginación.” “Porque si una de las bóvedas del oriente cae, significa que toda la humanidad podría estar en peligro.” “O quizá… existe la posibilidad de otra guerra cósmica.”
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