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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 Necesito ayuda
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32: Necesito ayuda 32: Necesito ayuda ⚠️ Advertencia ⚠️ El siguiente capítulo contiene descripciones gráficas relacionadas con temas sexuales, trauma y violencia psicológica.

El autor no busca morbo, sino mostrar una realidad humana.

Todo lo narrado en esta obra es ficción.

Se recomienda discreción del lector.

💬 Nota del autor 💬 ¿Saben chicos?

Yo puedo llegar a identificarme con Helena.

Helena es uno de esos personajes que no estaba planeado, y aun así, me alegra haberla escrito.

No me arrepiento de haber tocado este tema.

Nunca en mi vida escuché que una prostituta pudiera ser elegida para una profecía.

Ojalá no sea el primero, pero sí uno de los pocos que rompe con ese estereotipo.

Me duele profundamente haber descubierto la realidad de Brasil en 1964.

Es una herida histórica, una que pesa incluso desde la ficción.

Creo, sinceramente, que gente como Helena es increíble,  Una mujer empoderada  Helena para mi, si es el Santo de la Luz.

✨ ✍️ Tholio, 2025 ____________________________________________________ Ya había caído la noche.

Kamei-san y Jack llegaron al pueblo fronterizo.

Era Brattleboro, entre Vermont y Massachusetts.

Un sitio lo bastante próspero como para mover oro.

Un irlandés, dueño del negocio, lo administraba junto a sus dos hijas.

Tenía esa calma tensa de quien aprendió a ganarse el pan mirando a los ojos a los clientes.

El negocio prosperó hacía diez años, gracias al oro que Kamei-san les traía.

Aunque nunca supieron que aquel metal era divino.

Kamei-san ocultó esa información, queriendo probar si el irlandés era un hombre digno de confianza, o solo otro más que se vende por unas monedas.

El irlandés, sin saberlo, había levantado su fortuna.

Llegó como emigrante, sin techo ni dinero, con la ropa gastada y los sueños en la espalda.

Podría decirse que Dios, de algún modo, le había tendido una mano.

Recordaba cómo lo conoció.

Kamei-san estaba en el mercado cuando vio a un hombre detenido por vender fruta con un carrito sin licencia.

Como emigrante ilegal, aquello podía costarle la cárcel.

Kamei-san entregó todo el dinero de su día y hasta su carrito de frutas como soborno para evitar que se lo llevaran preso.

El hombre se sentó en el pavimento y rompió a llorar.

Entonces Kamei-san se acercó y preguntó: “¿Cuánto cuesta esa manzana?” El irlandés levantó la mirada.

Una manzana se había caído de su carrito.

—Vete al diablo… ¿quieres burlarte de mí, no?

Kamei-san se sentó junto a él, en el suelo, y le pagó veinte dólares por una manzana.

El irlandés lo miró, incrédulo.

“Esta manzana vale mucho porque la vende usted.

Nunca me burlaría de alguien tan trabajador.” Con el tiempo, Kamei-san ayudó a la familia con unos ciento treinta y ocho gramos de oro en pequeñas pepitas.

“Di una excusa tonta, como que las hallaste en el río.

Son auténticas.

Con esto tendrás para unos días.

Tus bebés necesitan comer.” Pero el irlandés no hizo eso.

Pasó toda la noche fundiendo el oro en una fragua improvisada, mezclándolo con un tenedor de plata.

A la mañana siguiente, fue con un joyero de la zona.

Al principio lo echaría por su aspecto, pero el hombre, curioso, revisó el anillo.

“Si tú hiciste esta porquería a mano —dijo— no podrás venderla en ningún lado, pero… este oro es extraño.

Brilla demasiado.

¿De dónde lo sacaste?” “Del río, señor.” El joyero lo miró de reojo.

“No tienes trabajo, ¿verdad, chico?” —No, señor.

Algo se le movió al joyero en el pecho.

“Si quieres aprender cómo se trata el oro de verdad, ven mañana.

Necesito a alguien con hambre de esto.” Pasaron ocho años.

El joven trabajó junto a aquel hombre, aprendiendo el oficio y los secretos del metal.

Después, fundó su propio negocio.

Le puso por nombre Aoife, en honor a su esposa, quien dio a luz a sus gemelas.

Los tiempos fueron buenos para aquel hombre: —¡Hey!

¿Cómo estás, Eamon?

—saludó Kamei-san.

Eamon levantó la mano con sorpresa.

—¡Hey!

¿Cómo estás?

¡Hace tiempo!

Ven, entra.

Seguro traes oro para mí.

—Yo te lo compro, tú me lo das, todos felices.

Pero Eamon notó al joven detrás de Kamei-san.

Se le heló la sonrisa y se agarró el bigote.

—¡No puede ser!

¡Ah!

¡Dios, muchacho!

¿Qué te pasó en la cara?

Jack dudó.

No sabía qué responder.

“¿Tengo algo malo en la cara?” —Tranquilo, Eamon —dijo Kamei-san—.

No te preocupes, es un buen chico.

Eamon, desconfiado, bajó la mirada y mostró su arma.

—¡Muchacho!

Tienes cara de hood.

Jack la vio.

No por miedo, sino curioso.

Analizó la palabra.

—¿Hood?…

—repitió.

Se volvió hacia Kamei-san—.

¿Kamei-san, Hood que es… es alguien que vende madera?

Eamon soltó una carcajada breve, una mezcla de sorpresa y burla.

No esperaba una respuesta tan ingenua.

—¿Saben qué?

Olvídalo.

Mejor entren.

Ambos cruzaron la puerta.

para entrar a la casa de aquel hombre.

________________________________________________________ Mientras esto sucedía en Brattleboro, por las siete de la noche, en Brasil ya eran las nueve.

Galton seguía trabajando desde la tarde, sin detenerse ni un segundo.

Preparaba una casa semiimprovisada.

Enterró troncos para levantar el suelo cortado y apartar la humedad que subía desde la tierra.

Con el machete fue moldeando la madera, golpe a golpe, hasta obtener tablas caminables.

El sonido seco del metal se mezclaba con el canto de los insectos nocturnos.

Helena dormía en el césped toda la tarde.

Se había noqueado al caer de la colina.

Entre árboles y rocas, sufrió raspones severos.

Nada grave, pero sí doloroso.

Galton la vio dormida.

Inconscientemente, ella mantenía las manos entre las piernas, frotándose con fuerza, Como si su ansiedad no la dejara en paz ni siquiera al dormir.

Respiraba con dificultad, agitada, en un hilo.

“Desde que la rapté no ha dejado de hacer eso.” “No es como Adelaida, ni Nuriel, ni Jack.” “Me da lástima tan solo verla.” La ató de manos y pies para que descansara sin hacerse daño.

—Perfecto.

Mejor dejarla así —dijo Galton.

—Es molesto verla moverse mientras duerme.

Colocó un tronco a la altura de la estructura, Encendió una fogata para preparar sopa.

Era una mezcla extraña, casi una plasta.

Papilla de papa, yuca, hongos y raíces.

Usó melena de león, Reishi y Ashwagandha.

La sabía que estos hongos eran medicinales Vio que Kamei-san se lo daba a Jack para poder dormir.

Creía que, si lo replicaba, podría ayudarla.

No sabía mucho, pero tenía fe que funcionaria.

Los hongos los trajo de sus viajes a China.

Visitó la tumba de su hijo en ese viaje.

Helena, sintió el calor de la fogata, y también el olor de comida, abrió lentamente los ojos.

Ya no estaba en el suelo.

Estaba sobre mantas acolchonadas.

Cubierta con piel de animal.

Tenía un paño húmedo en la frente.

Y estaba atada de manos y pies.

Se sintió nerviosa al principio.

Galton exhaló con voz alta.

—No la saques.

No te desates.

Niña, ¿tú sabes que te tocas por las noches?

Helena se quedó desconcertada.

—¿yo hago que?

—No lo hagas —dijo Galton—.

Es lamentable verte en ese estado.

Sostuvo un peine de madera grueso.

Tenía separaciones de cuatro centímetros.

Se acercó con la papilla en mano.

—Niña, cómete esto.

—¿Qué es eso?

—Toma esto y este té de anís.

Te sentirás mejor.

—Sé que no has dormido bien estos días.

“Necesito a un santo fuerte.” “No me sirve un santo enfermo.” Helena empezó a comer con delicadeza.

— ¿Qué es esto sabe raro?

— dijo con disgusto Galton con voz grabe como si un regaño se trata dijo.

—Cómelo, o te arrojare al rio otra vez Helena obedeció, aunque no le agradara el sabor, se decía a sí misma.

“Esto sabe mal parece como si probara el hígado de pollo” Galton desató su moño y se colocó detrás de ella.

—¿Qué estás haciendo?

—dijo ella, nerviosa.

—Tranquila, niña.

Todavía tienes hormigas en el cabello.

—Te quedaste dormida en el césped.

Son hormigas grandes, negras, del tamaño de un frejol.

—Quiero ver tu espalda y curarte.

Tengo una papilla que puede ayudarte.

—¿Qué es esa cosa?

—Es un desinflamante.

Si se hace roncha, te rascarás.

—Esto aliviará la comezón.

Mientras comía, Galton la peinaba suavemente.

Aplicaba la crema con cuidado.

Helena tomó el té y se relajó.

Sentía que estaba siendo consentida de alguna forma.

El peine tocaba su cabeza y no pudo evitar sentir al principio dolor por que se atoraba.

Sin embargo, Galton aplico aceite de oliva en su cabello para facilitar la búsqueda de las hormigas, y para no no hacer sentir más incomoda a Helena.

Galton pensó: “Zaziel tenia el cabello alborotado y también lago con helena, recuerdo cuando era un niño, y su cabello se enredó” “Parece que una niña quería peinar a mi hijo, no la culpo mi hijo era guapo lo heredo de su madre” “Mi Zaziel” Sin embargo, Galton se dio cuenta que Helena, Apenas podía mantenerse sentada, su Cansancio se reflejaba en sus ojos.

Galton después de aplicar la medicina en su espalda y brazos.

La recostó suavemente —Galton, eso sabía raro.

—Muy feo, un poco asqueroso…

Pero estoy tan…relajada.

—¿Qué es eso?…

¿Qué me diste?

—Un tranquilizante —respondió Galton—.

Receta de hongos que me enseñó Kamei-san.

—Mañana volveremos a entrenar.

Y por favor, no te toques más.

—Es desagradable.

—¿Hongos?

—dijo Helena.

—Sí, niña.

Ahora por fin vas a dormir tranquila.

Galton miró con fastidio.

La lluvia comenzaba a caer.

La choza improvisada resistía bien.

Las palmeras no tenían fugas.

Gracias al barro y las hojas.

—Gracias, Galton —dijo Helena.

Galton la miró fijamente.

Ella, se sentía confiada, Por primera vez, desde que lo conoció.

—Nunca me he sentido tan relajada.

Siento que mi cuerpo flota.

—Estoy ligera, pero tan cansada.

—No puedo…mover los brazos…ni las piernas.

—Hasta me da sueño…mover…los ojos.

Y con una mirada que reflejaba todo lo que sentía: —Gracias, Galton.

Gracias…

Se quedó dormida de inmediato.

Un silencio decoro el sonido del ambiente, por un momento.

Inmediatamente la lluvia regreso, como respuesta  a las dudas que tenía, un escenario más que perfeto para hacerse preguntas Para reflexionar o para tomar otro camino: “El mundo espiritual se sacudió esta mañana, Tengo que acelerar las cosas y entrenar a esta mujer” Pero su fastidio se convirtió en fatiga, al mirar como Helena dormía, no vio a una mujer, vio a una niña desamparada.

Que fue consentida y que después de días sin dormir bien, ahora duerme profundamente.

“¿Por qué siento empatía por esta niña?” “No tiene sentido.” “¿Por qué la ayudo así?” “Es fastidioso, pero verla dormir me calma.” Miró el horizonte.

La lluvia aumentaba.

La fogata seguía protegida.

Bajo el techo de la choza.

—Si la bóveda ha caído…

No nos queda mucho tiempo.

—Puede ser una señal divina.

O algo mucho peor.

“Solo espero que sea mi imaginación.” “Lo que sentí esta mañana.” Sin embargo, aquella pequeña escena que podría haber traído paz para la mañana siguiente —el siguiente paso hacia la fuerza divina—, se convirtió en un escenario horrible.

Helena dormía profundamente.

Aun así, llevaba de nuevo las manos entre sus piernas.

Era madrugada, y lo único en su mente era un revoltijo de recuerdos, pensamientos y miedos.

Parece que, esta vez, al dormir, los espíritus la atormentaban.

Mientras soñaba, estaba de vuelta en aquel hotel de Río de Janeiro.

Llevaba puesto un vestido hermoso, acampanado, el mismo que soñaba tener cuando tenía doce años.

Le quedaba perfecto.

Era bonito, sí, pero debía atender a los clientes.

Y los clientes entraron.

americanos, hombres maduros, jóvenes, incluso mujeres.

Al principio, ninguno tenía rostro.

Y lo que esas cosas hicieron fue rodearla, en medio de la cama.

Ella no entendía nada, respiraba rápido, temblaba.

Entonces, esas personas comenzaron a sujetarla.

Y, sin explicación, empezaron a teñirse de sangre, desde la cabeza hasta cubrirse casi por completo, como si se bañaran en ella.

Pero esa sangre no era roja.

Era bordo.

Un tono oscuro, casi negro.

La sujetaron de brazos y pies.

Helena intentó gritar, pero no pudo.

La voz se le ahogó en el pecho.

El hotel se derrumbó en silencio.

Y de pronto estaba en el vacío.

Todo era nada.

Solo cuerpos amontonándose como una montaña para ella, arrastrándose entre la sangre negra que se extendía por todas partes.

Helena temblaba.

No entendía nada, no sabía dónde estaba, ni qué era ese mundo que su mente le mostraba.

Entonces, un recuerdo la jaló al pasado.

Era su madre.

“Hijita, vas a trabajar con tu abuela.

Te pagará un par de centavos.

Pórtate bien y no te comas los plátanos, ¿sí?” La niña sonrió y salió de casa.

Y el recuerdo giró, como si el mundo diera vueltas alrededor de un torbellino de emociones.

Ahora Helena tenía 14 años.

Estaba frente a la casa de un vecino en la favela.

Su tía le dijo: “Helena, solo tienes que practicar, ¿entiendes?

Practicar.

Yo estaré al costado, no te preocupes.” “Voy a escuchar lo que hace ese hombre.

Él te va a pagar.

Ese dinero será tuyo, no mío.

Solo quiero que entiendas cómo funciona esto, ¿está bien?” Helena estaba asustada.

Su tía la llevó al cuarto.

Una chica de 14 años, con su tía, entrando al cuarto de un hombre de 57.

La puerta se cerró de golpe.

Y solo se escucharon sonidos de como ella.

Abandono su inocencia Solo por dinero.

Y en ese ruido, se selló el destino de lo que sería su futuro.

Una Helena prepotente de quince años.

Frente al espejo, se maquillaba con torpeza.

Iba a salir con su nueva amiga, Cintia.

Y su madre, desde la cocina, gritaba a su tía.

“¿Le enseñaste qué?

¡Por eso sale por las noches y no me doy cuenta!” Corrió hacia Helena.

“Hija, por favor, no te vayas.” Pero Helena gritó.

“Mamá, por favor, ya soy una adulta.

Ya tengo que ver por el dinero.

Tú encárgate de la ropa, yo me encargaré del dinero.

Mi abuela se encargará de la comida, yo me encargaré del dinero.

No te preocupes, voy a estar bien.

Por favor, no molestes.” Su madre se quedó quieta, llorando.

Helena salió, sin mirar atrás.

Y volvió al escenario.

La montaña de cuerpos seguía ahí, frotándose entre sí, cubiertos de sangre negra.

El vestido hermoso también se manchaba, y ella murmuraba con culpa.

“¿Por qué le dije eso a mi mamá?

¿Por qué no le dije cuánto la amaba?” Entonces el recuerdo se quebró.

Su padrastro se había ido de casa.

Había descubierto que ella no era producto de un amor, sino de una abominación.

Y recordó cómo cada día, sin descanso, hacía lo necesario para llevar dinero a casa.

A cualquier costo.

Las voces la rodearon.

“Querida.

Hermosa.” Eran rostros sin cara, cubiertos de sangre.

“¿Por qué lloras?

No hiciste nada malo.” Helena negó.

“Sí, sí hice algo malo.

No debía responderle así a mi mamá.

Tal vez ella tenía razón.” “Tal vez no debía haber hecho esto.

Ni siquiera puedo tener una pareja.

Mi primer novio huyó cuando se enteró de lo que hacía.” Su voz se quebró.

“Me siento tan sola.” Pero las voces insistieron, suaves, como si se rieran dentro de su cabeza.

“¿Sola?

Si siempre estás rodeada de hombres.

A veces de mujeres.

¿Por qué deberías sentir vergüenza, si esto es lo que eres?” Helena tembló.

“No.

No es cierto.” “Eso es lo que eres.” “Desde que naciste, Helena.

Desde tu nacimiento fuiste así.” “¡No, por favor, basta!” “Acéptate tal y como eres.” “Eres un error.” “Eres la degeneración.” “Esto es lo que eres.” “Una puta.” Y Helena comenzó a gritar Negando todo como con impotencia porque estas voces tenían su voz.

Colgada en medio de la nada, Helena gritaba.

“No, por favor.

Basta.

Yo no soy nada de eso.

No quiero estar aquí.

Quiero volver con mi mamá.

Quiero volver con mis hermanos, con mi abuela, con mi tía.” Pero ya se le había dictado la sentencia.

Los cuerpos amorfos comenzaron a moverse, frotándose unos contra otros, hasta formar una sola bestia.

Tenía cabeza de cocodrilo, de oso, y de hombre.

Las tres hablaron al mismo tiempo.

“Helena, ¿por qué te avergüenzas?

Te encantó, te gustó, te gusta, y se nota.” “¿Crees que negándolo serías más digna de ser un santo?

No.

Tu madre se equivocó contigo, tu tía se equivocó contigo.

Tú eres un error.

Incluso Galton lo reconoció.

Tu rincón en la creación es un error.” “Tu nacimiento, tu trabajo, todo.

¿Y sabes qué?

Te gusta ser un error.

Porque si no te gustara, no estarías aquí.” Los cuerpos comenzaron a rodearla, a sujetarla de brazos y piernas.

La lamían como si quisieran disolverla.

Ella gritó desesperada.

“¡Suéltenme, por favor!

¡Suéltenme!” Entonces apareció un hombre, El primero que atendió, mirándola Lascivamente.

La besó, y su lengua con tanta fuerza que la estaba ahogando.

Entraba por su boca, por su nariz, por sus ojos.

Y en medio del horror, escuchó una voz.

“Helena, se nota que eres elegida por Dios.” El tono era de burla.

“Se nota que, si eres un santo de luz, solo eres porquería.” “Eres eso, Helena.

Una puta.

Una niña que quiere creerse mujer.” Helena abrió los ojos de golpe.

Había despertado.

Vomitó sobre sí misma.

Era lo que Galton le había dado.

Su cuerpo temblaba.

La cuerda que él le había atado, estaba rota.

Había luchado con toda su fuerza.

Sus manos seguían entre sus piernas.

Se encogió, en posición fetal.

“Mamá… mamá… Marcos… mamá…” “Perdón… perdón… perdón…” Se llevó las manos a la boca, cubiertas de vómito.

No tenía nada para limpiarse.

Solo el miedo.

Su respiración era corta, agitada.

Llevaba días así, más de una semana y media sin fumar, sin tocar a nadie, sin alivio.

La ansiedad la estaba matando.

Los ejercicios de Galton no servían, ni su medicina, ni sus palabras vacías.

Helena lloró unos minutos más.

Trató de calmarse.

Recordó el agua que Galton había hervido.

Tomó un poco, se enjuagó, escupió.

Luego volvió a beber.

Se pasó un trapo húmedo por el cuerpo.

Miró a Galton dormir.

Y en su mente murmuró: “Es una locura…” “Pero ya no puedo seguir así.

Necesito ayuda.” Se arrastró hasta él.

Gateando, y lentamente con delicadeza logro sentarse  sobre su estómago.

Temblaba.

Sabía quién era Galton.

Sabía lo que representaba.

Ni siquiera le parecía atractivo.

Era un hombre barbudo, de casi cuarenta años.

Y ella lo decía en susurros, apenas respirando.

“Galton… lo lamento mucho, pero realmente necesito ayuda.

Ya no puedo seguir así, por favor.

Solo una vez… solo te pido ayuda, por favor.” Helena estaba a un solo paso de cometer un error.

No pensaba.

No razonaba.

No había una voz en su cabeza diciendo detente.

Parecía que, por fin, aceptaba lo que era.

Estaba asustada.

Se sentía sucia, nerviosa.

El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo dentro del silencio.

Era como un tambor pequeño, resonando en el vacío.

El sonido de la vida y del miedo mezclados, golpeando su pecho una y otra vez.

Mientras tanto, Galton apenas reaccionaba.

Su respiración era pesada, lenta.

Todavía dormía.

Apenas sentía la presencia de Helena.

También había probado un poco de la sopa.

Dormido, soñaba.

Y en su sueño, veía a alguien: Batuya.

En el sueño decía: “Thiago… tú me amas, ¿verdad?” Y el sueño se desvaneció por que abrió los ojos se dio cuenta que Helena estaba intercambiando sus labios con los suyos.

Helena está cometiendo un error.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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