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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Tenemos que cambiar
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33: Tenemos que cambiar 33: Tenemos que cambiar ⚠️ Advertencia ⚠️ El siguiente contenido puede contener imágenes explícitas 🩸 e interpretaciones religiosas ✝️ que podrían alterar a la audiencia.

El autor no busca morbo, todo lo narrado es ficción 📖.

Se recomienda discreción del lector 👀.

💬 Nota del autor 💬 ¿Recuerdan que dije que estamos a la mitad de la historia?

⏳ Técnicamente sí, aunque faltan unos cuatro santos más ✨.

Por eso empezamos con los cuatro primeros 🙌.

Yo y mis matemáticas 🤓… un poco frustrante, ¿saben?

No se preocupen, pronto aparecerá el santo del hielo ❄️.

_________________________________________________________ Un recuerdo efímero.

Galton recordó por última vez cuando peinaba a su hijo por las noches cuando visitaban aldeas.

Su hijo, siendo apenas un niño, le preguntó: —Papá, ¿qué fue lo que pasó con mi mamá?

¿Por qué los otros niños tienen mamá y yo no?

La pregunta era algo difícil de contestar que respuesta tranquilizaría las dudas de un niño que siente que algo le falta.

Galton respondió: —Tu mamá, hijo, tuvo que ir al cielo para que tú vinieras del cielo hacia aquí.

—Hijo mío, mi pequeño pan con miel, tu madre te amó con todo su corazón.

—Debiste conocerla… y de hecho, la conocerás.

Quiero que mires las estrellas, Zaziel.

—Tu madre te observa desde una de ellas.

Y te aseguro, hijo mío, que lo hará hasta el último de tus días.

—Porque tu nacimiento fue tan valioso, que ella dio su vida para que tú pudieras nacer.

Zaziel, siendo un niño, apenas podía comprender las palabras de su padre.

—Papá, ¿puedo preguntarte algo más?

—dijo.

—Sí, hijo.

—¿Llegaré a tener un hermano… o quizá otra mamá?

Galton respondió: —No, hijo.

—Tú eres el único regalo que dejaré en este mundo.

—Y eso es porque…amo tanto a tu madre… tanto, hijo mío, que jamás podría pensar en otra mujer más digna de mi corazón que ella.

—Yo soy inmortal, hijo, al igual que tú.

—Y te aseguro que tu madre vivirá conmigo por siempre.

El recuerdo se desvaneció y lo golpeó el presente.

Galton estaba sosteniendo el cuello de Helena.

Reaccionó sin pensar.

Ella lloraba, jadeaba, temblando.

En la mente de Galton solo resonaba una idea: “Esta imbécil… la curo, la trato bien,  ¿y así me lo paga?

¿Intentando acostarse conmigo?” Con un grito de furia, Galton la pateó, destrozando parte de la  estructura de la choza que habían construido esa tarde.

Estaba lloviendo fuerte Y las ropas de Helena que tenían un color hueso se mancharon de lodo.

Helena, empapada, lloraba y suplicaba: —Basta, por favor…Perdón…Perdón Galton quería matarla, pero lo único que hizo fue arrastrarla con violencia, la tomó del cabello, le ató las muñecas con una  soga, con fuerza la colgó de un árbol.

—Helena grita por favor perdón bájame…lo siento La elevo a una altura de 2 metros sobre el suelo, y la dejo hay colgada, en el frio de la lluvia.

No dijo más palabras.

La lluvia caía y el árbol estaba empapando a Helena Y Helena se dio de algo, sus ropas estaban manchadas.

Esta colgada e inmovilizada.

Y los recuerdos la lastimaban.

No era un sueño.

Tal vez era un presagio O una epifanía.

O la realidad.

Al principio se negaba a creer lo que había soñado, quería convencerse era solo una coincidencia.

Pero comprendió que aquel sueño no era más que el reflejo de lo que verdaderamente era.

Ya no se estaba esforzando en zafarse Solo miraba al suelo con el alma quebrada.

Ella se decía.

“Mi mamá me dijo que fui un error, Galton me dijo que mi don fue un error, Mis sueños me dijeron que soy un error.” “Creo que soy un error, creo que no me darán la oportunidad” “Creo que nunca tuve un lugar en ningún lugar” Ella se que hay, llorando, con dolor mientras que el frio de la madrugada mas la lluvia la bañaban.

Galton no durmió.

Se quedó junto a la fogata, en silencio, observando las llamas.

Eran las cuatro de la mañana.

Paso una hora y pasado ese tiempo.

Pero el silencio de la noche y la lluvia se detuvieron, la luna salió, y con un destello.

Un ángel de menor rango apareció Tenía la apariencia de un joven de cabellos rizados y no se parecía en nada a los querubines que se presentaban.

Se sentó en el suelo de la choza elevada, miro a Helena llorar y hablo: —¿Sabes algo?

Siempre repites el mismo  patrón, una y otra vez.

—Viene un santo hacia ti, y de alguna manera… terminas lastimándolo.

Galton solo lo miro con ira, los ángeles eran sagrados pero distantes para él.

—¿Por qué parece que tu ira te nubla el juicio ante todo?

Es como si disfrutaras hacer sufrir a la gente.

Galton permaneció en silencio, mirando el fuego.

El ángel observó a Helena y dijo: —Desgraciadamente no puedo bajarla.

Me encantaría hacerlo, pero… ella no tiene la culpa.

Galton gritó: —¡¿Que no tiene la culpa?!

—¡Se subió encima de mí, me besó, me tocó!!

—¡Quería acostarse conmigo!

—Nada me indigna más que eso El ángel respondió con calma: —¿Por qué te indigna tanto?

Galton murmuró: —Porque no siento nada…  nada más que repugnancia.

—Me da asco tan solo verla.

El ángel lo miró fijamente.

—Puede ser…Pero lo cierto es que eres un hombre tan complicado que no puedes sentir amor ni afecto por nadie.

El ángel continuó: —Galton, te hemos estado observando  todo este tiempo.

—Desde niño fuiste un mentiroso.

—Un vago.

—Un holgazán.

—Luego te metiste al comercio ilegal de esclavos, te metiste en problemas… y después, Cristo te eligió.

—Nadie puede explicar cómo te sentiste Mas que tú.

—Para ti no hay ningún santo es digno.

—¿O…es una forma de decir…que tu no te sientes digno?

Hubo un momento de silencio: —¿Sabes algo, Galton?

—Antes de llamarte así, te llamabas  Thiago, ¿no es cierto?

—Interesante.

Te llevaste bien con ese niño británico.

—Y estuviste con ese niño por mucho tiempo.

Él fue quien te motivó a llegar hasta Vermont, ¿no?

—Ese niño fue el que te impulsó a cambiar tu nombre de Thiago a Galton.

—¿Sabes algo, Galton?

—Los ángeles creen que tu odias a todos… Pero por todo lo que vi de ti —Yo no creo que tú la odies.

Yo creo que te odias a ti mismo.

—Te odias por lo que le pasó a Zaziel.

—No puedes perdonarte el hecho de haber encerrado con vida a tu propio hijo.

—No tenías por qué hacerlo.

—Tú sabías perfectamente que tu hijo era inocente.

—El haber comido carne humana por estar poseído,  no tenía nada que ver con él.

—Él no lo hizo por voluntad.

—Tú sabes que fue inocente.

—Y el problema del Pozo del Juicio es que,  una vez que lo encierras, no puedes volver a abrirlo  a menos que nosotros lo permitamos.

—Y no es voluntad de Dios liberar a Zaziel, por alguna razón.

—Me doy cuenta —y todos los ángeles también— de que la raíz de tu ira no proviene del vacío.

—Proviene de la enorme culpa y tristeza que sientes.

—Llevaste tu inmortalidad de la peor forma posible.

Galton solo respondió: —¿Y qué quieres que haga?

¿Que la libere?

—¿Que la lleve con su familia?

No voy a hacer eso.

El ángel lo miró y dijo: —Dios es bueno con todos los seres humanos.

Dios es bueno con todos sus hijos.

La verdadera pregunta es: —¿Por qué tú haces lo que Dios no hace?

—Dios ha sido muy misericordioso contigo, Galton.

—Te ha dado más de una oportunidad para que regreses.

—Pero no quieres.

—Técnicamente, eres como Israel.

Galton lo miró con ira.

—¿A qué te refieres?

—preguntó.

El ángel respondió: —Israel.

Siempre diciéndole que haga algo, y nunca lo hace.

—Siempre pidiéndole que sea justo, y es injusto.

—Siempre pidiéndole respeto, y aun así, lo pierde.

—Israel, no debía terminar así.

—El plan original, era que Israel se volviera la nación más prospera del mundo y esparciera La fe de Dios a todas partes.

Pero…

el que terminó cumpliendo ese trabajo, fueron los gentiles.

—Los templos, y todo lo que Dios construyó para Israel, ya no existen.

—Y no existen porque la soberbia les ganó.

—¿Tienes idea de lo hermoso que habría sido el mundo si tan solo Israel hubiera obedecido?

Galton lo miró de reojo, sorprendido.

El ángel continuó: —Dime algo, Galton.

¿Vas a cometer los mismos errores que tus antepasados?

—¿O vas a hacer algo diferente?

—Yo te sugiero que liberes a Helena.

—Helena es una chica destruida por dentro.

Lo que menos necesita ahora es que la rechaces.

—No te pido que la aceptes ni que la beses.

No pedimos eso.

—Pero te pedimos… que seas algo que ella jamás ha tenido en su vida.

—Que seas algo que tú sabes ser.

Algo que puedes darle.

—Aunque con defectos… pero puedes hacerlo.

—Porque tú lo experimentaste hace muchos años, y creo que puedes hacerlo otra vez.

Galton preguntó con desprecio: —¿Y qué es eso que tanto sé y que  puedo darle a esa estúpida?

El ángel respondió: —Ser un padre.

—Helena nunca tuvo un padre.

—Conocemos a Helena mucho mejor que tú, Galton.

—Dios mandó examinar su vida mucho antes  de que tú la eligieras, mucho antes de que fuera  nombrada el Santo de la Luz.

—Helena es producto la aberración de un hombre.

—Su madre escapó cuando tenía catorce años a Río de Janeiro.

—La acogieron su tía y su prima.

—El lugar era muy pobre, Galton.

—Tan pobre, que Helena tuvo que trabajar desde muy niña…No tuvo opciones.

—El lugar donde vivía era una cueva de ladrones.

—Un sitio que no era el mejor, pero se podía vivir.

—Ahora con pocos años se volvió una favela.

—Helena tuvo que cargar con muchas cosas: —Con el abandono de su padrastro.

—Con la muerte de Juan, su segundo hermano.

—Dios la bendijo con un cuerpo hermoso y escultural… y, desgraciadamente, ella lo usó para poder ganar algo de dinero.

—Dios veía que Helena, ella se guardaba sus lágrimas por las noches.

—Y es algo interesante… ver cómo nunca perdió la fe en Dios.

—Oraba todas las noches —o al menos, las que podía— solo para pedirle… que le mandara un mejor cliente.

—No tienes ni idea de lo feliz que fue cuando llevó sus primeros dólares a casa.

—Saltó de alegría al entregárselos a su madre, a su abuela, a su tía… y ella se quedó con un solo dólar.

—Tenía quince años.

—Y estaba tan contenta… que no le importaba, si le dolía sentarse, había logrado traer comida para esa semana.

Galton lo miró sorprendido al ángel.

Y el ángel, antes de desaparecer, le dijo: —Galton, es muy difícil para ti mostrar amor.

—Y eso es porque no te amas a ti mismo.

—Trata de perdonarte un poco, ¿quieres?

—Dios me envió con la orden de que liberes a Helena y la bajes del árbol.

—Pero no pienses que los ángeles no tenemos sentimientos.

—Somos espíritu, Galton.

—No somos ciegos que obedecen sin pensar.

—A veces también nos perdemos en el camino.

—A veces también pensamos… y también amamos.

El ángel lo miró con una leve sonrisa y dijo: —Yo te he visto, Galton.

—Te he observado durante mucho tiempo.

—Tú no eres un ser malvado.

—Pero si la dejas colgada… entonces demostrarás que eres igual que los que condenaron al mesías.

—Tienes casi dos mil años, Galton.

—Yo ya ni los cuento.

—Si a ti te pesa la inmortalidad, imagínate a mí.

—Yo estuve ahí cuando el primer humano  se arrastraba sobre la tierra.

—Yo estuve ahí cuando vi morir a todos mis hermanos  en la gran guerra cósmica.

—Yo estuve cuando el Cordero fue crucificado.

—Yo estuve en los comienzos de las estrellas, Galton.

—Si tú tienes a alguien por quien llorar, yo también.

—Todos tenemos a alguien a quien llorar, Galton.

—El cielo no es ajeno al dolor de la pérdida.

El ángel desapareció.

Y Galton se quedó unos minutos pensando.

Recordó lo que Batuya le había dicho una vez: “Las vidas no tienen valor, Thiago, solo importancia.

Es tu decisión si te importa la vida.” Pasado un momento, Galton comenzó a recordar por qué no había cambiado en tanto tiempo.

En su mente, dijo: “Todo esto para mí es muy complicado.

Parece irreal.” “Me da rabia, ver a Kamei-San tan sabio y feliz.” “Me da ira verlo feliz porque yo… yo perdí el tiempo.” “No exploré el mundo como él lo hizo.” “Lo único que hice fue encerrarme en el desierto de Mongolia” “El bosque confinado… quedarme ahí para morir de hambre.” “No sé cuánto tiempo estuve allí.… simplemente no medí el tiempo.” “Pero según Kamei-san, cada visita suya equivalía a un siglo.

Si calculamos bien, estuve encerrado siglos.” “Apenas logré salir hace 200 años.

Ya no soy capaz de medir el tiempo.” “Apenas me acostumbro a la realidad.” “Apenas puedo decir que tengo 2000 años.” “Ni siquiera lo entiendo.” “Ni recuerdo qué hacía en ese lugar.” “Siempre me siguió la sensación de la culpa” “Tal vez Dios se equivocó conmigo.” “Otras personas lo habrían hecho mil veces mejor que yo.” “¿Por qué Dios me escogió a mí?

No entiendo.” Entonces vio a Helena.

Y volvió a resonar la voz del ángel: “Vas a cometer los mismos errores que tus antepasados.” Galton agarró una daga.

Iba a desatar a Helena.

Ella lo vio acercarse.

—No te preocupes, niña —dijo—.

Voy a bajarte de ahí.

—Hagamos un trato, ¿sí?

Olvídate de la fuerza divina.

Me doy cuenta de que no… no sirves para esto.

Es demasiado para ti.

—Así que te llevaré a Vermont.

—Te pondré a salvo.

—No estás lista para este viaje ni para lo que pasará.

—Estás ansiosa todo el tiempo.

—Me doy cuenta de que tus ganas de fornicar son más fuertes que tú.

—Y eso lo entiendo.

—Bueno… no lo entiendo, —Pero lo respeto.

No podré comprender lo que sientes.

—Solo puedo llevarte a un lugar seguro, Helena, para que los demonios no te encuentren.

Helena apenas prestaba atención.

no dejaba de mirar la daga de su cinturón.

La bajó lentamente.

Cada tirón hacía que sus muñecas dolerán más.

Su propio peso la afligía.

Cuando llegó al suelo, Galton notó que no podía mantenerse de pie.

—Ven, niña, vas a descansar unas seis horas, y luego partiremos en la tarde —dijo.

Pero Helena vio que Galton se le cayó la daga.

Ella no lo pensó tanto, se estiro y tomo la daga.

Pero Galton tomó su muñeca con fuerza.

—¿Qué crees que estás haciendo?

Ella no apuntaba a él, la daga apuntaba a su cuello.

—Tú solo tienes que presionarlo… Te he visto romper árboles, ¿no?

—Por favor, hazlo… ya, solo hazlo… No quiero saber nada.

—Ya no quiero saber nada.

Galton la vio quebrarse.

Ella comenzó llorar, su voz solo reflejaba un alma rota.

—Galton, ¿por qué no acabas conmigo ya?

—Soy un error.

—Desde el principio, fui un error.

—Ya no…quiero nada.

—No puedo con esto.

—Solo…libérame, por favor.

—No volveré a verte… ni a mi familia.

—Solo haz que esto termine.

—Apuesto a que mi madre no me extraña —Siempre fui una mal agradecida.

—Era un dolor de cabeza para mi mamá.

—Pero tu dices que ellos murieron.

—Y te creo, por que no me queda más… —Soy un error….

—Soy un error… —En todo sentido —mi nacimiento —Mis decisiones —Yo soy eso —Por favor hazlo rápido —Así ya no seré un fastidio para nadie Ella se quebró su voz sonaba como de una persona que ya pensaba solo anhelaba un respiro, decía la verdad, ya no le quedaban lágrimas, las uso todas.

Dios lo vio desde los cielos.

Galton también.

Por primera vez, se conmovió.

No por las lágrimas, sino por lo que ella le pedía.

Ahora tal vez podía empatizar.

Porque, al igual que ella, el ya no tenía fuerzas para vivir.

Solo quería acabar con todo.

Galton sintió lástima.

Se veía reflejado en Helena.

Tomó el pañuelo que había usado para secarle la frente cuando dormía, y limpió sus lágrimas.

Sabía que no podía mantenerse de pie, así que con delicadeza la cargó.

Helena ya no pensaba ni reaccionaba.

Solo dejaba que Galton hiciera con ella lo que quisiera.

La colocó en la cama, la arropó, y se sentó a su lado.

La limpió, embarrada de lodo.

—Qué complicada eres, niña —¡De verdad qué complicada eres!

—Trato de ayudarte, fui amable contigo… yo no entiendo.

¿Por qué hiciste esto, Helena?

¿Qué ganabas con ello?

Hizo una pausa.

—Quiero creer en ti porque ya  no tengo más opciones.

—De verdad, no tengo más opciones.

Helena guardo silencio, ya uso todo lo que podía.

Galton siguió regañándola: —No pienses en eso Helena Pensar en eso el lo peor que le puede pasar a un inmortal.

—Helena… —casi negándose a sí mismo.

—perdón.

—Lo siento.

—Tal vez no hice lo que Dios quiso.

—Ahora debo concentrarme en arreglar mis errores.

Por favor, no pienses en morir.

—Aguanta el viaje, ¿sí?

—Casi maté al Santo del Viento y al Santo del Rayo por estupideces.

—No quiero repetirlo.

—Tengo que confiar en lo que Dios dice.

—Te doy una última oportunidad.

Volveré a confiar en ti, Helena.

—Prometo que no te volveré a golpear.

Me cansé de golpearte.

—Solo quiero que llegues a salvo.

—Es una promesa….

Sin embargo, Helena no escuchó lo último.

Se durmió.

El cansancio la venció.

Galton solo la observó.

No pensó.

No dijo nada.

Dejó que la mañana iluminara todo.

Cuando el sol tocó su rostro, se dio cuenta: “Es solo… una niña.” Y Galton con decisión pensó en su hijo y su esposa, en los santos y en todos: “Helena, Santo de la Luz, te prometo enseñarte  la fuerza divina.” “No porque no tenga opciones, sino porque tú eres mi única opción.” “Te volveré el Santo más poderoso que haya entrenado.” “No por fuerza, sino por la destreza y fortaleza de tu corazón.” “No volveré a golpearte.” “Encontraremos al santo de la tierra, del hielo y del metal… y te llevaré a Vermont” “Tu vida, Helena, no tiene valor, pero tu vida si me importa.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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