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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Atrapados en el Maelstrom
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34: Atrapados en el Maelstrom 34: Atrapados en el Maelstrom ⚠️ Advertencia ⚠️ El siguiente material puede contener descripciones sobre la teología judeocristiana y sobre otras religiones del Mediterráneo que pueden resultar sensibles para algunas personas.

El autor aborda temas delicados relacionados con la fe y la espiritualidad.

No se busca generar morbo ni poner en duda la existencia de la esperanza.

Todo lo que se narra en este texto es ficción,  y se recomienda la discreción del lector.

🖋️ Nota de autor🫠 Dije que soy creyente, y lo repito: creo tanto en la razón teológica en la experiencia espiritual.

Ambas conviven en lo que escribo.

A veces me cuesta creer que el Tholio de doce años imaginara algo tan denso.

Necesito un café para digerir todo esto.

— Tholio, 2025 Caminaba en dirección a una casa en particular.

La aldea quedaba lejos de toda institución, aislada del ruido del mundo.

Los niños ya regresaban a sus hogares, los granjeros guardaban sus herramientas, y un anciano se enjuagaba el cuerpo con agua fresca, bajo la luz  rojiza del atardecer.

Aquel viejo era su amigo, Lee.

Al verlo, una sonrisa arrugada se formó en su cara.

—Vaya… si me visitas, debe ser porque ya no volveré a verte en vida —bromeó, con esa voz cansada.

Frollam sonrió también, como quien recupera un pedazo de normalidad.

—En eso quedamos.

Lee dejó el balde a un lado y le hizo un gesto para que entrara.

—Anda, pasa.

—Te invito algo de beber… Hace tiempo que no tengo compañía.

Entraron, y al principio todo olía a madera y a comida de pueblo; a cosas simples.

Pero el aire dentro de la casa volvió pesado: un silencio que raspaba, como si algo esperara en las esquinas.

Lee percibió ese cosquilleo en la nuca, y por un instante su alegría cambió rápidamente a preocupación.

El anciano, aún intentando mantener la calma, se sentó frente a Frollam.

—Por cierto —dijo Lee—, ¿puedo preguntarte algo?

—Habla.

—Shīfū, ¿en serio va a hacer todo eso?

—Si has venido hasta aquí, es porque tienes algo en mente.

—Tal vez esta sea la última vez que te vea, viejo amigo.

El agua de los platos le traía recuerdos a la mente.

Cada recuerdo le pesaba.

—¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Solo esta noche —respondió Frollam—.

Después de esto me iré.

—Probablemente no volveré a verte.

Lee tragó saliva.

Hubo un latido largo de silencio, y luego, con la voz más baja, dijo: —Entonces, ¿qué te parece si traigo un poco de baijiu para celebrar?

En una forma de romper el silencio dijo: —Si termino ebrio, no te perdonaría el culo aun siendo un anciano.

Lee lo miró con fastidio.

—Yo ya estoy viejo para esas cosas, y usted ya muy loco como para volver a desear eso.

El anciano, inquieto, miró hacia la ventana: —¿La legión… te esperará afuera?

—Sí —dijo Frollam sin vacilar—.

Ellos se encargarán de espantar a los espíritus malignos.

—Por ahora no me sirven.

Solo me sirven los caídos.

La frase cayó como una piedra.

Lee apretó los dedos contra el borde de la mesa.

Sabía, en lo profundo, que “caídos” no era nombre de cuento.

Frollam, lo vio apenas podía moverse, y recordó, todos los siglos que pasaron juntos y dijo: —Oye, Lee.

¿Sabes?

Aún puedes cambiar de opinión.

—No es que te haya olvidado.

—De hecho, me haces falta.

—Tengo un cuerpo para ti.

Puedo volver a hacerte joven otra vez.

—¿Qué dices?

Tú ya conoces lo que hago y sabes el plan.

—¿Por qué no mejor vienes conmigo?

—Vamos a hacer la rebelión juntos.

Lee se rió, pero el reír fue seco.

—Lo siento, maestro —Shīfū—, yo ya he hecho mi vida aquí.

—Y no quiero saber nada que tenga que ver con eso.

—Ya me he retirado, por favor.

No me pida hacer lo que me está pidiendo.

Frollam lo miró con una mezcla de tristeza y dijo: —Está bien, Lee.

—Por el aprecio y el amor que te tengo, te prometo que voy a hacer algo.

—Voy a… en tu honor.

Hizo una pausa que parecía contener un abismo.

—Porque eres tal vez la única persona a la que he llegado a apreciar.

Se rió, pero contenidamente; su mente estaba en otro lado.

—Perdón… no puedo evitar recordar los buenos momentos que pasamos.

—Esos momentos juntos.

—Pondré un centinela aquí, y cuando mueras, voy a enterrarte en este lugar.

Derribaré esta casa y sobre ella pondré un obelisco por ti, Lee.

—Hasta que no te vayas, no iniciaré la rebelión por ti.

Lee abrió los ojos como quien enfrenta un chiste que no tiene gracia.

Es bonito, pero no tiene gracia.

—¿Usted… enterrarme a mí en honor?

—balbuceó—.

Eso no es muy propio de usted.

Frollam y Lee sonrieron, pero con una alegría que reflejaba una época dorada, en donde él no estaba tan concentrado en ese sueño ambicioso.

—Tranquilo —dijo—.

Recuerda una cosa: los hombres tenemos trabajo, pero fuera del trabajo somos otra persona.

—Esa es mi frase—dijo Lee —Si, pero, con algo tuyo tengo que quedarme.

Lee se levantó como para romper la tensión y dijo con voz más ligera, fingiendo naturalidad: —Está bien.

Voy a ir a la tienda, acá a la vecina, para ver si tiene ajo.

Para poder comer bien, pues, ¿no?

—Tal vez traiga licor —añadió Lee.

—No me responsabilizo de lo que pasará.

Si hay licor, tú o yo terminaremos como unos imbéciles.

El anciano dijo: —Ya cállate.

—Jajaja… Frollam no podía evitar recordar que Lee solo tenía 13 años cuando lo encontró.

Trabajó con él por 200 años, pero a diferencia de los demás, fue Lee la mejor compañía que tuvo en toda su existencia.

Estaba tranquilo, pero aun así le dolía ver cómo su aprendiz envejecía.

Y dijo para sí: —Ya lo intenté, pero me di por vencido, no es lo mismo sin Lee.

Sin embargo, pasado unos minutos, la luz de las velas se apagó abruptamente.

La puerta empezó a agitarse con ligereza y luego con fuerza.

Él permanecía sentado, observando.

La puerta se abrió lentamente y, acto seguido, se cerró con igual lentitud.

Las velas que iluminaban la choza se apagaron, dejando encendida solo la del centro de la mesa.

Era Heshin.

Caminaba, y su cuerpo traslúcido comenzó a tomar forma.

Su espíritu trató de adoptar una apariencia que pudiera ser visible para Frollam, y se sentó frente a la mesa, adquiriendo la figura apenas perceptible de un hombre barbudo, algo obeso.

Se sentó frente a Frollam sin pedir permiso.

El druida lo miró con desaprobación y dijo con voz grave: —Sabes que a Lee no le agrada que ustedes entren a esta casa.

—Como dije anteriormente, respeta la memoria de mi amigo.

El demonio —ya completamente transformado— alzó la mirada.

Su voz sonaba como si hablara desde un parlamento.

—No estamos ahora para ser cordiales, y lo sabes.

Vengo a hablar sobre lo que habíamos acordado.

El demonio hizo una pausa.

—Cambié de opinión.

—No vamos a hacer nada.

—No iniciaremos la tercera guerra cósmica.

____________________________________________________________ Mientras esto ocurría en China, al otro lado del mundo, Galton y Helena escapaban de la policía.

Las balas se escuchaban con potencia.

El aire las hacía silbar; tres policías a la izquierda y dos a la derecha.

Lograron ocultarse en un edificio abandonado, justo en frente del puerto comercial de São Paulo.

Helena casi grita, pero Galton le tapó la boca inmediatamente, escalando el edificio hasta el último piso.

—No se supone que lo único que teníamos que hacer era pasar desapercibidos.

—Bueno, era obvio que el marinero no se iba a callar, —dijo Galton—.

Creo que exageraste al cortarle los dedos.

—Lo lamento, me sentí nerviosa, —respondió Helena—.

No quería cortarle los dedos, solo amenazarlo.

No pensé que… —Ay, niña, sabía que manipularías bien la fuerza divina, pero no tanto, —dijo Galton, nervioso.

—Fue un accidente, —se excusó ella—, pero también es su culpa, digo, porque no cooperó más.

—Olvídalo.

Ahora debemos saltar al muelle.

—Pero para que tú evites las balas, te agarraré de la cintura y te aventaré al agua.

—Eso es un buen plan… me gusta… espera, ¿me lanzarás al agua?

Galton no perdió el tiempo.

Helena gritó, aterrada, apuntando al agua desde nueve metros de altura, a una distancia de quince metros.

—¡Espera!

¡¿Cómo que saltar al muelle?!

—gritó Helena.

—Sí, niña —respondió Galton—.

Vamos a nadar hasta el barco.

—¿Qué barco?

—Mira ese.

Parte hacia Portugal.

Es nuestra única entrada a Europa.

No sé si es comercial o turístico.

Nos lo dio el marinero.

—¡¿Lista, niña?!

—preguntó Galton.

—¡Espera!

—dijo Helena—.

¡Yo no sé nadar!

¡Puta madre, no sé nadar, Galton, espera!

Galton la lanzó con tanta fuerza que no fue recta al agua.

Giró como un gato en el aire, cayendo torpemente.

Ni siquiera aterrizó bien, como un panzazo.

—Mierda —dijo Galton—.

No le enseñé a aterrizar.

Espero que no se haya roto el culo.

Galton saltó tras ella.

Bajó del edificio, rompiendo codos de policías mientras descendía.

Les arrebató tres pistolas y, con todo el impulso, se lanzó al agua, llegando al fondo.

Al mirar a Helena, noqueada, pensó: “No puede ser… ni siquiera floto.

Aunque me alegra, de lo contrario le hubieran disparado a la bunduda.” Cuando los policías llegaron al final del muelle y no vieron cuerpos, el oficial al mando gruñó: —¿Saben qué?

Quiero coger a tu mamá, João.

Váyanse a la mierda.

—Ya es problema de Mobidic —respondió uno de los suyos.

El jefe soltó un suspiro de frustración.

—Reporten a seguridad del muelle.

—Hay dos sospechosos en el agua —Un hombre barbudo, como si nunca hubiera visto una navaja de afeitar, y una chica negra, con el trasero del tamaño de la cara de Hernández.

Los policías se retiraron, aunque obedeciendo a gritos.

—¡Ya carajo!

—exclamó el jefe—.

Hija de perra, ¡muévanse!

—¿Y dónde está el resto de mis hombres?

Galton sostenía con su mano derecha el cuerpo de Helena, mientras nadaba bajo el agua.

Tomándose su tiempo, subió a la superficie con dificultad y logró identificar el barco.

Con su daga, se enganchó al metal del casco para mantenerse a flote.

Le dio respiración boca a boca para reanimarla, y con los dedos enderezó su nariz.

—Mierda, no pensé bien la situación.

Lo bueno es que tengo la mochila.

Sin eso, no habría forma de subir al barco.

—Al menos me tranquiliza que ella esté respirando.

Pasaron las horas, y ya estaban en mar abierto.

El frío era intenso, pero Helena empezó a recuperar la conciencia.

Por momentos lograba respirar con normalidad, aunque cada ola traía agua que la obligaba a tragar más de la cuenta.

—Estoy mojada y me duele la cabeza… —dijo Helena.

Empezó a vomitar.

—Oye, oye, no hagas eso —gruñó Galton.

—Lo siento —murmuró ella.

—Maldita sea… ¿te mareaste?

—Ajá… lo siento.

—Ahora ya tengo más manos, —dijo Galton—.

Yo sostendré la daga.

Cuando la quite, iremos a esa parte de allá arriba.

—¿Ves que el barco tiene dos pisos?

—continuó—.

No sé si es comercial o turístico.

—Me da igual.

Toma la mochila y haz un nudo con el tenedor para subir a la barandilla.

—No podemos usar la escalera de marinero, esta del otro lado.

—¿No nos escucharán?

—preguntó Helena.

Es que yo creo que no sé a dónde apuntar.

—Ay, puta madre, —dijo Galton—.

Está bien, lo haré yo.

Tú sujeta la daga.

El barco se movía violentamente y las olas eran cada vez más grandes.

Galton amarró un extremo de la soga al tenedor y se enganchó a la barandilla del timón.

Con fuerza escaló hasta arriba.

—¡Oye, hijo de puta, no me vayas a olvidar aquí!

—gritó Helena—.

¡Ya me empieza a dar frío!

—¡Shh!

—respondió Galton—.

¡Cállate, niña!

¿Quieres que nos oigan?

Le arrojó la soga con un pedazo de madera para que se sujetara.

Luego, subiéndola con cuidado, la sostuvo de la cintura.

Por el cuero, las manos estaban tan hinchadas que un mal movimiento y Helena caería al océano.

Entraron a una habitación sin cerrojo, amueblada.

—Esto no me da buena espina, —dijo Helena.

—Tenemos que ir al almacén, —respondió Galton—.

Si nos encuentran, podrían sacarnos del barco.

—¡Tengo hambre!

—exclamó Helena.

—Después de vomitar y tragar un litro de agua, ¿tienes hambre?

—dijo Galton.

—¡Está bien!

Vamos a ver dónde está el almacén.

—Me duele el estómago, la cadera, la cabeza, los ojos, las tetas y me quiere dar calambre cuando me muevo.

Galton comenzó a reír, diciendo lo siguiente: —Perdón, me dio risa como caíste al agua, me recordaste como un día aventé a una rata sin querer de árbol.

Helena lo miró con fastidio: —Así yo soy la rata.

_______________________________________________________________ Mientras tanto, en China, Heshin discutía con Frollam.

—¿No se supone que habíamos llegado a algo?

—preguntó Frollam.

—¡Sí!

¡Pero cambió cuando destruiste la bóveda de Shuang!

—dijo Heshin—.

Eso fue una completa estupidez.

¿Con qué propósito?

—¡Esa era la idea!

—respondió Frollam.

Hubo un momento de silencio.

—No estarás planeando una nueva base allí, ¿verdad?

—preguntó Heshin.

—Se robaron al querubín y al serafín que investigábamos y no hemos tenido base por años.

Creo que es hora de tener  una no crees.

—respondió Frollam—.

—Olvídalo.

Me llevaré a mis hombres, Frollam.

Me rindo, —dijo Heshin.

—¿Me sigues por casi dos mil años y ahora renuncias?

—replicó Frollam.

—Sí, voy a renunciar… No puedo hacerlo de nuevo.

No puedo ir a otra guerra.

—No me vas a convencer de lo contrario, —dijo Heshin—.

—Tú no conoces a Dios.

—Si lo conocieras, lo último que querrías sería retarlo.

—Por eso quiero retarlo —dijo Frollam—.

Tal vez soy su creación, pero como en las epopeyas, algún hijo del cielo tiene que rebelarse.

—Si hubo un valiente —continuó Frollam—, ¿por qué el infierno estaría en mi contra?

Solo debo convencerlos.

—Convencerlos… ellos quieren matarte.

—¡Ya no se puede acceder a esa zona!

Liberaste a Zaziel y diste poderes alquímicos.

Además, no solo experimentaste con querubines y serafines, también con marqueses y condes del Sheol.

—¡Nos estás poniendo en peligro a todos!

—exclamó con ira.

La casa se movió como si un pequeño temblor la azotara.

—Voy a contarte la historia, —dijo Heshin—.

Tal vez cambies de opinión y podamos rendirnos ante Samael.

—¿De nuevo?

—dijo Frollam—.

Ya me cansé de escuchar la misma historia.

—Esta vez te diré la verdad, —respondió Heshin—.

Puse a todos en peligro y solo decir la verdad puede cambiar tu decisión.

—A ver, —dijo Frollam—.

Desahógate, quiero oírte.

Levanto una ceja con brazos cruzados con fastidio.

Heshin se levantó y dijo: —Sabrás por fin la verdad, Frollam.

—La guerra cósmica, la segunda guerra por la Tierra, —Y por qué no quiero iniciar la tercera.

—La mitad del infierno quiere matarte, y solo nosotros dos estamos aquí.

—Solo dos legiones.

Y estamos pensando en abandonarte.

Frollam se quedó pensando.

—Entonces, ¿por qué no mejor me desahogas y cuentas todo?

—Si supieras todo lo que sentimos, Frollam, —dijo Heshin—.

La gran guerra de los ángeles… es una herida que aún no cierra.

—aun me duele recordar todo lo que paso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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