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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 El caudal hacia Lisboa
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39: El caudal hacia Lisboa 39: El caudal hacia Lisboa ⚠️ Advertencia ⚠️ El siguiente capítulo puede contener referencias a temas sensibles y lenguaje violento.

El autor no busca generar morbo ni controversia 🙏 Todo lo narrado aquí es ficción 🕊️ Se recomienda la discreción del lector 👁️‍🗨️ 📝 Nota del autor 😔💀😵‍💫✍️ Hey chicos 💫 Lamento mucho no haber publicado nada en estos últimos siete días 😭 He estado full atareado y, sinceramente, algo frustrado 🥲 Tenía una racha de 30 días seguidos en WebNovel 😩🔥 y justo esa noche… pum, revisé y no había escrito nada 💀 La racha se reinició a tres días 💔💔💔 Encima tuve exámenes 📚🤯 y quiero que cada capítulo tenga coherencia y corazón ❤️‍🔥 Nada de contradicciones ni cosas a medias, porque, aunque esta sea una novela corta, ¡quiero hacerla bien!

💪📖✨ Cuando termine la obra, haré correcciones gramaticales y de coherencia, para que puedan disfrutarla aún más 🧠🔍💫 Pero bueno…

¡HEMOS VUELTO, CHICOS!

😎🔥 Gracias por seguir aquí 🙏💙 Disfruten los nuevos capítulos, que iré publicando día por medio ⏰📆💥 — Tholio, 2025 🪶😌 ____________________________________________________________________ 20 de abril de 1964 SS Atlântico Sul La noche estaba limpia, despejada, y el Atlântico Sul avanzaba como un gigante dormido sobre el mar.

El aire salado rozaba la piel con suavidad, pero había algo extraño en esa brisa: un silencio que no era natural.

Eran las dos de la mañana.

El barco se mecía entre olas mansas, tan tranquilas que daban miedo.

En la primera y segunda clase, las copas chocaban, las risas se perdían entre el humo y el perfume caro.

En la tercera, el cansancio olía a sudor y tabaco; algunos dormían, otros apostaban lo poco que tenían.

Nadie imaginaba que, bajo esa calma, el barco ya estaba a punto de despertar.

El barco estaba a solo un día del puerto de Lisboa.

A pesar de la cercanía, la línea de comunicación insistía en mantener la disposición; era un día especial para la tripulación y, además, una petición particular exigía atención.

El cabo António Pereira, guardia de seguridad, recibió la notificación por la primera línea interna del barco —un canal exclusivo para transmitir órdenes y cambios de turno—.

La voz al otro lado decía: —Cambio de turno.

Necesito que me hagas un favor, compañero.

Envía esto al capitán.

—¿Qué es eso?

—preguntó Pereira, ladeando la cabeza.

—Una carta del subalterno.

Pide ascenso y quiere que lo recomienden.

—Ah… claro —respondió Pereira, con desgano, dejando que la voz se desvaneciera en el zumbido de los motores.

Mientras tanto, el cabo López bajaba desde primera clase hacia la cabina del capitán.

Murió un suspiro entre sus labios: —Bueno… mi turno se acabó.

Al fin podré dormir.

Dios, ya no lo soportaba.

Al girar en el pasillo, se cruzó con su compañero, el cabo Hernández Duarte, apoyado contra la pared metálica.

El centro de mando, normalmente un hervidero de actividad —administración, logística, economía, mantenimiento y seguridad—, estaba sorprendentemente vacío esa noche.

Todo el corazón del Atlântico Sul latía allí, pero parecía latir en silencio.

—¡Qué noche tan loca, eh!

—dijo Hernández, soltando una risa seca que resonó entre las paredes metálicas—.

Puta madre, me encantaría beber un poco.

López lo miró con cansancio, sin imaginar que esa sería una noche movida, tal vez una que recordarían.

—Oye, ¿y el resto dónde está?

—No lo sé, solo estoy yo.

Me dijeron “cambio de turno” y me posicioné aquí.

—Ay, qué mal.

A mí me despertaron solo para no dormir.

—Ah, está bien.

López empezó a caminar.

Pero al dar los primeros pasos, notó algo inquietante.

El aire se volvió denso, pesado… Era como si el aire asfixiara con cada paso que daba.

No se escuchaban voces, ni pasos, ni siquiera el mar.

El pasillo, normalmente lleno de actividad y ruido, ahora parecía un túnel de silencio.

Las luces parpadeaban como recordándole que algo no estaba bien.

Al llegar a la puerta del salón del capitán, notó algo extraño: estaba forzada, doblada, como si alguien la hubiera destrozado con una llave Stilson.

Empujó sin dificultad; la puerta ya estaba rota.

Dentro, el caos.

Todos los oficiales yacían en el suelo, inconscientes.

El olor a sangre se mezclaba con el del metal.

—¡Hernández!

¡Hernández!

—gritó López, desesperado.

—¿Qué pasa, hermano?

—respondió una voz temblorosa.

—¡Imbécil!

¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—No sé… unos dos, tres minutos.

Recién me cambiaron.

¡Mira, carajo, ven acá!

¡Mierda!

Hernández corrió hacia él.

Al entrar, vio al capitán Rodrigo Salgueiro tirado en el suelo, la cabeza abierta por un golpe brutal.

Los demás oficiales estaban iguales: noqueados, desarmados, humillados.

Los cajones habían sido saqueados, abiertos, con papeles desordenados por todos lados.

—¡Llama al oficial de mando del bloque D, rápido, está con Felix!

—gritó López—.

¡Dile que hay un botín, carajo, un botín!

¡Corre, mierda!

¡El capitán está muerto!

Mientras tanto, en el bloque de segunda clase, una silueta femenina se deslizaba por los pasillos oscuros.

Sus pasos eran apenas un susurro entre el eco metálico, y la penumbra parecía doblar su sombra, haciéndola más alta.

El corredor estaba silencioso, solo roto por su respiración y el crujir lejano de las tablas bajo los pies de algún guardia.

La figura se detuvo frente a una anciana.

—Hijita, ¿qué buscas?

¿Tu habitación?

La tercera clase está más abajo —dijo la mujer, con voz amable.

Fue entonces cuando la silueta se definió: era Helena, alta, imponente, un metro ochenta de sombra femenina.

Su rostro, oculto entre mechones negros, apenas visible.

El silencio del pasillo se volvió pesado, sofocante, como si las sombras la observaran mientras respiraba.

La mujer esperó respuesta, pero lo único que oyó fue un susurro quebrado: —Perdóneme, señora…

Un golpe seco retumbó, haciendo vibrar el metal.

Helena había golpeado la nuca de la anciana con precisión mortal.

Cayó desmayada sin emitir un sonido.

Helena retrocedió horrorizada, temblando.

—Dios mío…

¿por qué hice eso?

¿Por qué hice eso?

¿Por qué hice eso?

—repitió, con la voz rota.

Empezó a temblar, a sudar frío.

Su cuerpo reaccionaba antes que su mente.

—Maldita sea… no la maté.

No la maté.

«Galton me dijo que tuviera cuidado…» «Que la fuerza divina se incrementa con el estrés… eso quiere decir que…» «¿Estuve estresada cuando vi a la señora?» «Mierda, esto no tiene sentido…» Intentó cargar a la mujer desmayada.

Su cuerpo era increíblemente pesado, imposible de sostener aun con su fuerza divina.

La desesperación la empujó a mirar la habitación más cercana.

Como en un acto de enmienda, forzó el cerrojo con un golpe violento.

La puerta se rompió.

No sabía cómo arrastrar a la anciana hasta el interior, y habló en voz baja: —¡Dios mío…!

¿Qué me está pasando?

—susurró, la voz rota.

Con cuidado, la acostó en la cama de la habitación.

—No volveré a hacer eso, maldita sea, Galton —murmuró, temblando.

Esa mujer podría ser mi abuela, pensó, paralizada por el shock.

—Tranquilízate… tranquilízate —se dijo, con voz que no sentía propia.

Al notar un hilo de sangre que bajaba por la oreja de la señora, sus palabras se volvieron duras, casi mecánicas: —Ya no hay forma de que te delaten.

—La única que podría denunciarte ahora… está dormida.

El miedo la devoraba; respiraba atropelladamente, casi sin voz: —¿Por qué hablo sola?

¿Me estoy volviendo loca?

—¡Carajo!

—sollozó—.

No tengo nada… apenas proceso la muerte de mi mamá.

—He dormido en la selva por días… —continuó, como si listara pesadillas—.

—Casi mato a un hombre en el puerto de São Paulo… —Casi muero ahogada tres veces… —su voz se quebró—.

—Me colgaron de un árbol… —Y estuve días en un cuarto que olía a orina…

—dijo, espasmódica—.

—Pero matar…

matar…

«Helena, tranquila», se ordenó en voz alta, atropellada, urgente.

—Lo único que tienes que buscar ahora…

—balbuceó—.

Ahora…

Su estómago cedió por la tensión extrema.

La comida insípida de la noche se le escapó por la boca y la nariz; vomitó sobre la alfombra.

Comenzó a llorar, con sollozos cortos y punzantes: —Mamá…

cómo te extraño…

Lloró apenas unos segundos y, de inmediato, se abofeteó.

—¡Helena, ya cállate!

No tengo tiempo…

—No tengo tiempo… Se apoyó en la mesa, las manos temblando, buscando aire y agua.

Al lado de la jarra de agua había otra, de cristal, con whisky.

Lo vio y, por un instinto desesperado, lo bebió de un trago como si fuera agua.

—Qué rico… cómo te extrañé… —susurró, con la voz temblorosa.

¿Beber o mantener la cabeza fría?

—¡No, mierda, no!

Recuerda lo que dijo Galton… —se reprendió.

Mantas, ropa, zapatos y una tabla grande de madera para flotar… —Espera… ¿o sea que nadaremos?

—Ese hijo de puta no sabe… no sé nadar… —gruñó para sí.

—Mierda… Helena tomó un sorbo más, solo un poquito, para calentar el cuerpo.

—¡Gracias, Señor!

—murmuró—.

Cómo lo necesitaba… De repente, la tranquilidad se rompió.

La alarma del SS Atlântico Sul retumbó por todo el buque viejo, sacudiendo el aire.

El altavoz tronó con la voz del nuevo encargado de guardia: —Atención, les habla el capitán Salgueiro, por favor escuchen.

Permanezcan en el salón de recreo y cierren todas las puertas.

La seguridad protegerá dormitorios y la zona de fiesta local.

Se han detectado dos intrusos armados a bordo.

No es un simulacro.

Repito: obedezcan las órdenes de seguridad; estas personas son hostiles.

Helena escuchó el estruendo de la bocina en el pasadizo y, paralizada, dijo: —¡Esta situación no puede ser más caca de lo que es!

El sonido resonó por todo el corredor metálico, vibrando en las paredes y haciendo eco en su pecho.

—Genial…

justo lo que me faltaba —murmuró, apretando los dientes.

Recogió mantas, la mochila y lo poco valioso que pudo salvar.

—Tengo que llegar a la proa —se dijo—.

¡Tengo que llegar a la proa!

No pienses en lo valioso ahora.

Solo muévete, solo muévete.

Mientras el caos reinaba en el barco, Galton permaneció agazapado en la proa, esperando, observando cada movimiento de los guardias a través de la penumbra.

El aire frío le pegaba en la cara, mezclándose con el olor a metal y sal.

Ató con disimulo una soga a la base de las barandillas que rodeaban el borde.

Llevaba consigo su rifle de escuadrón, los mapas que consideró valiosos, una brújula y el dinero del departamento de economía, todo atado como una mochila improvisada.

Su posición era deliberada: permanecer invisible a primera vista.

Nadie vigilaba esa parte del barco; todos estaban concentrados en proteger a los pasajeros.

Galton analizó la situación, mordiéndose el labio mientras controlaba la respiración: —Sabía que no podríamos irnos sin una orientación.

No me agrada decirlo, pero no controlo del todo mi fuerza; solo quería noquearlo… y creo que lo maté.

—De todas formas, no podías huir por los botes que están arriba de la nave.

Apenas conozco la nave, pero investigarla un día antes y saber dónde estaba el capitán fue suficiente.

El tiempo se arrastraba.

Pasaron diez minutos.

Helena no había regresado.

—Maldita sea, Helena, ¿qué estás haciendo?

—susurró Galton, apretando la cuerda hasta sentir el dolor punzante en sus manos.

Primero dejó la bolsa cerca de la proa, cuidadosamente suelta, para que un tirón la hiciera caer al mar, asegurando que fuera segura para Galton.

Luego, con movimientos fluidos y calculados, comenzó su avance.

Se deslizó por los corredores metálicos, evitando a los guardias que custodiaban la sala de primera clase.

Los vigilaban para resguardar la seguridad de los pasajeros, pero Galton era un fantasma en la penumbra.

Bajó hacia segunda clase, haciéndose pasar por un civil entre las sombras.

Fue entonces cuando vio algo que lo detuvo un instante: Helena, tambaleante y ebria, sostenida por dos hombres.

Lloraba, repitiendo una y otra vez, con sollozos cortos: —No hay más whisky… no hay más.

Uno de los soldados la identificó al instante: —¿Es ella?

—Sí, señor.

Es una de las polizonas confinadas.

—La hallamos en una habitación pública.

Se nos ordenó resguardarla hasta llevarla ante un consejo judicial por no tener identificación.

El hombre dio la orden con firmeza: —Llévenla a la cámara.

Mientras tanto, Galton se movía entre la multitud, sigiloso, ojos atentos a cada movimiento.

Murmuró: —Carajo, Helena… La siguió sin ser visto.

Un soldado comentó: —Señor, parece que intentó robar algo.

Robó mantas, ropa, zapatos y otras cosas de valor.

El oficial asintió y mandó a un superior a buscar al otro polizón, si es que había más.

Galton avanzaba con cuidado, invisible, hasta la proa del barco, donde planeaban interrogarla.

Entonces Galton tocó el hombro del teniente y dijo: —Oye… mira hacia el cielo.

—¿Hacia el cielo?

—preguntó el hombre, desconcertado.

Galton sacó la pistola oculta bajo el abrigo y disparó.

Rápido, preciso, apuntó al superior y a los dos soldados que estaban por interrogar a Helena.

Las alarmas retumbaron por toda la nave, estruendosas.

Galton no dudó.

Pateó la bolsa que había atado en la proa; cayó al agua y él levantó a Helena, cargándola sobre los hombros.

—¡Galton!

¿Qué haces?

—gritó ella, aterrada.

—Lo siento, niña —respondió—, pero no quiero que te ahogues.

Y sin más, saltó con ella al mar.

La bolsa cayó detrás, sumergiéndose entre olas negras y saladas.

Desde la cubierta los soldados abrieron fuego, disparando, mientras el agua los recibía con golpes fríos y violentos.

Galton nadó, esquivando balas y olas, mientras Helena gritaba entre miedo y frío, aferrada a su espalda.

Galton sujetó a Helena y la sumergió bajo el mar, con firmeza.

—Helena, aguanta la respiración… traga todo el aire que puedas — susurró, antes de hundirse con ella.

Le tapó la boca para evitar que se ahogara esta vez.

Bajó con fuerza, al menos un metro y medio bajo la superficie.

El agua lo envolvía todo.

Los disparos aún se oían, lejanos, hasta que lentamente cesaron.

El barco avanzaba, incapaz de detenerse, aunque los polizones ya no estaban.

Galton solo debía asegurarse de no escuchar más fuego.

Helena estaba a punto de desmayarse; su cuerpo agotado contenía el aire con desesperación.

Sentía cómo el agua invadía sus oídos, su garganta, su pecho, como si quisiera poseerla entera.

Galton comenzó a ascender lentamente, sosteniéndola.

Sabía que ella no sabía nadar.

Cada metro que subían era un instante de tensión extrema.

Al salir, notó que el barco ya quedaba atrás, cada vez más lejos.

Las bolsas flotaban, con aire dentro, y un trozo de madera resistía, agujereado por las balas.

Helena respiró con alivio absoluto, escupiendo el agua que casi la había ahogado.

Pateó sin control, como un perro lanzado al agua.

—¡No me quiero ahogar!

¡No me quiero ahogar!

—gritaba.

—¡Helena, ya cállate!

—le gritó Galton, firme pero preocupado.

Ella se detuvo un instante, sollozando aún.

—¡Estás ebria!

—le reprochó él.

—¡No, no estoy ebria!

—respondió, temblando entre lágrimas.

Galton la miró serio: —¿Estás bien?

¿No te dieron?

¿Ninguna bala te rozó?

Helena se sorprendió por la preocupación en su voz.

—Creo que estoy bien —dijo, aún temblando.

—Está bien, está bien —respondió él con alivio.

Luego la abofeteó suavemente.

Helena rompió en llanto, como niña.

Galton la sostuvo firme y le dijo: —Pudimos haber muerto.

Tienes suerte de que bajáramos con las bolsas.

Tienes suerte de tenerme, niña.

Te iban a fusilar.

¿Crees que no lo sé?

¿Para qué crees que te llevaron a la proa?

Iban a ejecutarte.

No tenía otra opción.

Helena seguía llorando, aferrándose a los hombros de Galton.

—Quiero irme a casa.

Quiero irme a casa —dijo con la voz quebrada.

Galton no pudo evitar sentirse mal.

Sabía que Helena era valiente, pero aún era una jovencita, atrapada entre tantas amenazas.

Pensó para sí mismo, con un nudo en el pecho.

“Ay, Helena… serás valiente y grosera en peligro, pero aún eres inocente en muchas otras cosas” —pensó Galton.

—Helena, Helena… cálmate, ¿sí?

Mírame.

Mírame.

Tenemos que llegar a la playa, ¿entendido?

Según el guardia, estamos a un día de Lisboa, el puerto al que debíamos llegar.

Ya estamos en Portugal.

Lo bueno de todo esto —continuó Galton— es que los orbes de la creación no se cayeron.

Pero hay que tener cuidado: si uno toca el mar, no habrá forma de recuperarlo.

Son como el plomo: pesados.

Helena lo miró con asombro.

—¿Tendré que nadar?

—preguntó con miedo.

—No, niña —respondió Galton con una mueca cansada—.

Voy a nadar por ti, porque eres una inútil.

Helena bajó la mirada, triste ante su comentario.

Galton suspiró y agregó: —Tranquila.

Vamos a llegar a la playa.

Y cuando lleguemos, veré que no te hayas enfermado.

Conociendo bien a los mortales, sé que pueden enfermarse incluso con esta temperatura.

El agua está demasiado helada para una persona normal.

Tenemos que apresurarnos, ¿de acuerdo?

No podemos vacilar.

Galton sostuvo la tabla con esfuerzo, temblando del frío.

—Helena, voy a llevar los sacos en mis hombros.

Tú ponte encima de mi espalda.

No te sientes, échate.

Hazlo así para que pueda nadar fácilmente.

Pero tus piernas no las pongas a la par con las mías.

Imagina que estás montando un caballo, pero agachada, ¿de acuerdo?

Si no lo haces, me hundiré y no podré llevarte.

—Está bien —respondió Helena, débil, obedeciendo.

Y con esa posición, Galton comenzó a nadar, cargando con Helena, los sacos y su propio cansancio.

Ambos intentaban sobrevivir, en medio del mar, casi en la frontera de Lisboa.

Una niña alcoholizada y un hombre agotado, sosteniendo la vida entre el frío y la fe.

Lejos de allí, en Lisboa, en una zona rural y silenciosa, un jovencito descansaba.

¿Sería este muchacho lo que Galton estaba buscando?

¿O acaso una respuesta al misterio del santo?

El joven dormía tranquilo, sin saber que su destino estaba a punto de torcerse, y que su vida pronto daría un giro irreversible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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