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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 El destino con raíces entrecruzadas
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40: El destino con raíces entrecruzadas 40: El destino con raíces entrecruzadas ⚠️ ADVERTENCIA ⚠️ El siguiente capítulo puede contener material sensible 🩸 relacionado con la violencia intrafamiliar y escenas confusas.

Algunos fragmentos podrían resultar incómodos tanto para lectores hispanohablantes 🇪🇸 como angloparlantes.

El autor no busca el morbo ni la provocación con este contenido.

Recuerda que todo lo narrado es ficción 🕯️.

Se recomienda la discreción del lector.

🙏 📝 NOTA DEL AUTOR 🫠 Chicos, llegamos a una de mis partes favoritas de la historia 💫.

Me pregunto, cuando adapte el boceto de Teodoro a webcómic, lo que me da miedo es como se lo tomaría el publico femenino🧐🍷 si es que existe🤷.

Gracias por seguir leyendo ❤️.

______________________________________________________________ 20 de abril de 1964 Lisboa despertaba entre luces doradas.

Los edificios majestuosos reflejaban el amanecer, las calles se extendían hasta el corazón de la ciudad, abrazando el Monasterio de los Jerónimos y los barrios que reposaban junto al río Tajo.

Una postal hermosa… si no fuera por la sombra del desastre político que se cernía sobre los años sesenta.

Pero ese esplendor quedaba muy lejos de la dirección hacia la que apuntábamos.

Más allá, entre colinas y olivos, el aire olía a simpleza, una simpleza con capas, propia del norte de aquella tierra, en Odivelas.

Allí, en una finca blanca de muros gastados y tejas viejas, una casa grande reposaba entre el rocío y el canto de los gallos.

Sus ventanas verdes temblaban ante la primera luz del día.

Era un rancho elegante, casi una reliquia de otro tiempo.

Dentro, un jovencito dormía bajo una manta suave y tibia.

El silencio era tan puro que se oía hervir el agua en la cocina.

Desde allí, una voz firme y cariñosa rompió la calma: —Joven Teodoro, a comer, levántese.

El muchacho se incorporó con torpeza, tanteando el aire.

Sus manos buscaron el muro, la madera.

Caminó despacio, guiado por las barandillas que su nona —cuidadora— pidió poner al padre para evitar caídas.

Era un chico hermoso, de rostro ambiguo y sereno.

Su cuerpo delicado no alcanzaba el metro cincuenta.

Tenía cabellos rizados, piel clara con pecas y pómulos marcados.

Pero había algo más en su figura, algo que dolía mirar.

Sus ojos eran blancos, con venas finas y rojizas alrededor, como si una herida antigua aún respirara bajo la piel.

Las marcas parecían leves, pero ardían en el recuerdo: silenciosas, aunque expresivas.

Frente al espejo, su rostro se revelaba inmóvil ante la perspectiva.

Era joven, tenía marcas, como si su piel hubiera tocado un agente externo, y por pura intuición por el reflejo del espejo, podemos ver sus ojos.

Te tenían un aspecto de quemaduras, blancos, pero muy antinatural.

Este jovencito era ciego.

Mientras secaba con su toalla, su nona como todas las mañanas le grita desde el comedor: —¡Joven Teodoro!

¡vamos, ya está lista la comida!

El jovencito se movía con dificultad hacia el comedor, por medio de las paredes.

—Buenos días Teodoro.

—Necesito que usted coma primero, para que yo pueda ir al mercado.

Se sentaron a la mesa.

Había variedad en el desayuno: pan con queso, mermelada, leche, té y algunas aceitunas.

La nona continuó sirviéndole con paciencia.

—Escúchame bien —dijo—.

Las cosas irán mejorando poco a poco, ¿ya?

Después de desayunar tengo que ir al mercado; necesito pegar unas fichas, porque la señorita Cintia renunció ayer.

—¿Cintia?

—preguntó él.

—Sí, hijo.

Necesitamos una nueva ama de llaves, alguien que me ayude, porque no puedo hacerlo todo en la casa.

Mínimo tres personas.

Madame Beauchêne no podrá ayudar; se mudará para asistir a su hija.

Hizo una pausa y lo miró con ternura, casi como una madre.

—¿Sabes, Teodoro?

Esa mujer te ha cuidado desde que estabas en el vientre de tu madre.

—Así que, si la vuelves a ver, dale su saludo respetuosamente, ¿está bien?

Sin embargo, la mente de Teodoro estaba en otra dirección.

—¿Cuándo podré ver a mamá?

La mirada de la nona se perdió en el pan.

El silencio de su alma la delataba; no era la primera vez que Teodoro preguntaba por su madre.

—Los doctores dicen que aún no se recupera, Teodoro.

No es momento para visitarla.

—Ya llevo casi cuatro meses sin verla.

¿No debería haber sanado?

—preguntó él.

—Joven Teodoro, ¿qué le parece si terminamos de desayunar?

—propuso la nona.

—Está bien, nona —respondió él.

Un leve movimiento agitó la calma: alguien tocó la puerta.

—¿Quién es?

—preguntó ella.

Al abrir, vio al padre de Teodoro.

El hombre entró diciendo: —Dios mío, Nona, si toco rápidamente es porque estoy apurado.

—Lo siento, no tengo tiempo para formalidades.

—Necesito buscar un documento, o no podré regresar a la capital.

—¿A la capital?

—preguntó ella.

—No, mejor dicho, recuperar el capital.

—Lo siento, mi mente aún está en mi consultorio.

—Mira, toma esto —dijo, entregándole una carta—.

Registra esto a mi nombre, por favor.

Puedes hacerlo, ¿de acuerdo?

Y cuida mejor a Teodoro.

Subiré tu sueldo.

—Ya, pero…

pero ten esto aquí, por favor.

—Tengo que vender el terreno, Nona, o no podré seguir manteniéndolos.

Por cierto, no vas a contratar otra ama de llaves, solo una.

Si quieres que suba tu sueldo, no sigas pegando afiches.

—Pero, señor…

—No quiero discusiones ahora, ¿sí?

Mientras discutían, Teodoro pensaba: “Siempre me ve.

Puedo escuchar cómo avanzan sus pasos solo para verme, pero yo no puedo verlo a él.

Solo puedo sentir su voz…” “Y cuando él viene, no siento que sea mi papá.

A pesar de que es su voz, no siento que sea mi papá.” “Siempre que llega a casa no puedo evitar pensar en que él ya no me quiere.” Teodoro es un muchacho que siempre está disociando.

Su mente es el único refugio frente a la realidad: tan solo un medio de escape, pero también su cárcel.

Porque su imaginación convive con los recuerdos que desgarran su alma.

Un vistazo al pasado.

—¡Carajo!…

¡no puede ser!

—¡Teodoro!, ¡Teodoro!, ¡escúchame!

—¡Lourdes!, ¡mierda!, ¡trae agua, trae agua!

—¡Mi amor!…

¡mi amor!, ¡tranquilo!, ¡tranquilo!, ¡tranquilo!

¡No te va a pasar nada!, ¡no te va a pasar nada!

—¡Mira arriba!, ¡mira arriba!, ¡por favor!

¡No te frotes los ojos!

“Aún recuerdo ese día… El dolor que sentí en los ojos me hace frotármelos cada vez que estoy nervioso.” “Mi nona me dijo que no lo hiciera, pero no puedo evitarlo.” “No puedo evitar llorar mientras me los froto.” “A veces me pongo una toalla mojada para aliviar la picazón.” “El doctor dijo que la lejía que me cayó ese día me dejaría ciego para siempre, no había cura.” “Pero en eso no estaba mi atención, sino en cómo me cargaban ese dia” “En cómo mis papás intentaban mantener la calma mientras escuchaba su desesperación” “El primer contacto con esta realidad fue por medio del dolor, ¿será que fue como un segundo nacimiento?” “Mamá dice que los bebes lloran cuando los traen al mundo, yo hice lo mismo, pero al revés” “Mis ojos me ardían y dolían, e incluso aún me duelen, como si me hubieran lanzado una piedra.” “Mamá estuvo distante desde ese día, y mi papá se fue con su otra familia.” “Me enteré por mi mamá.” “Ella me dijo que él era un desgraciado… pero no lo sé.” “Solo sé que no me siento bien cuando papá está en casa.” “Me da miedo cuando veo y oigo que se desabrocha el cinturón” “El escucharlo me da miedo” “Me da miedo.” “Pero a veces no era tan malo, me daba curiosidad cuando la venia con mis hermanitas” “Ellas me visitaban.

Eran buenas conmigo; jugaban conmigo, a pesar de que soy ciego.” “Pero la señora Antonia es mala.

Me pellizca cuando me acerco a mis hermanas.” “Ya no me visitan.” “Los recuerdos de mi madre son lo único que conservo de mi mundo antes de dejar de ver.” “El hospital fue horrible.” “Solo las enfermeras eran buenas conmigo, y la única que me visitaba era mi nona.” “¿Por qué mamá no me fue a visitar, ni mi papá?” “Creí que mis padres vendrían a cuidarme… Mi madre se mantuvo alejada cuando me llevaron a cirugía, y no lo entiendo.” “La nona decía que ella se sentía culpable, pero yo creo que mi madre dejó de quererme.” “Ya no podía ir al colegio, mis amigos ya no me visitaban.

Ya no puedo leer.” “Apenas puedo orientarme para ir solo al baño.” “Pero desde que mamá enfermó, siento que ella empezó a quererme otra vez.” “Ella me sonreía y lloraba cuando me abrazaba.” “Pero no sé por qué ahora no me dejan verla.” “Me dijeron que solo necesitaba una cirugía y nada más.” “Pero siento que ellos no me dicen la verdad.” “Sé cuándo la gente miente y cuándo dicen la verdad.” “Tal vez es porque tartamudean cuando quieren inventarme algo, es obvia su respiración.” “La nona no me dice nada.” Mientras él pensaba en esto, el silencio de la casa se mezclaba con el crujir de una puerta lejana.

El eco de pasos resonó en el pasillo; su padre salía de la habitación de su madre.

La madera cedió con un golpe seco.

El aire pareció tensarse.

Mientras caminaba, le decía a la nona: —Señora.

Señora, por favor, considérelo, ¿sí?

El hombre dijo: —Mira, solo te diré una cosa, y que te quede claro, nona.

—Si te subo el sueldo, te aseguro que la otra persona que quisiera venir a trabajar aquí no lo hará, por la poca cantidad de dinero que se le restará por tu sueldo intacto.

—Porque, para empezar, el lugar está muy alejado.

—Y segundo, porque esta casa no necesita tres, sino dos empleadas como máximo.

—¡La única razón por la que yo te quiero subir el sueldo es porque te vas a quedar más tiempo aquí con Teodoro!

—Señor —lo miró la nona con rostro frío—.

—Por favor, no hable así enfrente de Teodoro.

El hombre se molestó.

Su voz se volvió dura, cortante: —Tú sabes bien lo que pasó… no me mires así.

—Sabemos que aquí yo no soy el malo.

—Lo sé —respondió la nona bajando la mirada.

—Pero el no tiene la culpa… El hombre giró hacia Teodoro, con esa mezcla de rabia y culpa que solo un padre puede ocultar mal.

Con la voz seca y grave, como no temiendo a lastimar los sentimientos de su hijo, hablo: —Oye, ¿por qué tienes esos pelos tan largos?

—¿Qué?

—preguntó Teodoro, inseguro.

A pesar de no ver, sabía en qué dirección se encontraba su padre.

Dudó por un momento y dijo: —¿Papá… qué pasa?

El hombre volvió la mirada a la nona, con tono de reproche: —Nona, ¿por qué Teodoro tiene esos cabellos largos?

—¿Le llegan hasta el hombro?

—No, no, no, señor —respondió la nona—.

El joven Teodoro es muy, pero muy bonito.

—Es un muchacho muy guapo… como usted.

—Una de las peticiones que me dejó la matrona Lourdes, cuando estaba internada en el hospital, fue que dejara al joven Teodoro… con su cabellito largo.

—¿Qué matrona?

—preguntó el hombre, frunciendo el ceño.

La nona bajó la cabeza.

—Eso fue lo que me dijo, señor… El padre era un hombre de carácter ensimismado por el miedo.

Y como respuesta ante lo que, para él, era una ofensa, tomó unas tijeras como quien empuña un arma.

Se dirigía con paso brusco hacia su hijo.

Teodoro estaba asustado.

Su padre nunca fue un hombre dócil.

El cuándo aún vivía en esta casa solía ser agresivo con el todo el tiempo.

Teodoro podía sentir los pasos de su padre, el ya intuía su propósito, casi todos terminan igual: —Voy a cortarte esos mechones de niña.

La nona lo detuvo a tiempo.

—No, señor, por favor… no.

Sostenía la camisa del hombre con fuerza, como si supiera lo que ocurriría si llegaba a tocar el cabello de Teodoro.

—Como quieras, nona —dijo él con voz baja, cargada de veneno—, pero voy a decirte algo.

—Cuando regrese, te aseguro una cosa: no quiero ver a mi hijo con esos mechones.

—¡Es ridículo!

—¡Es idéntico a una niña!

—¡Él no es una niña!

El padre se volvió hacia Teodoro.

Cuando hablaba, no eran palabras: eran órdenes.

—¡Escúchame!

—Voy a regresar, y espero verte como un hombrecito, y no como una niña.

—Esa era una horrible costumbre de tu madre.

—¡No soy gentil como esa puta!

¿¡Entendiste!?

Teodoro asintió con la cabeza, mudo.

El hombre giró de pronto y cacheteó a la nona.

El golpe resonó como una puerta cerrándose.

—La próxima vez que quieras hacer algo así, seré yo quien corte tu cabello, nona.

Teodoro temblaba.

Sabía lo violento que era su padre.

Eso bastaba para desorientar a cualquiera.

Indefenso.

Vulnerable.

Después de eso, el padre se fue, cerrando la puerta con violencia.

La nona respiró, temblando.

El aire volvió a llenar la casa.

Las tijeras estaban en el suelo, unas tijeras de metal, grandes de sastre.

El niño estaba encogido, con los labios temblando.

El silencio le pesaba más que el miedo.

Luego, su voz se quebró.

—¿Papá me odia?

—preguntó, entre lágrimas.

La nona se acercó despacio, arrodillándose a su altura.

Su voz fue un intento torpe de calma, temblando también.

—No te odia, Teodoro— dijo entre lágrimas.

Teodoro levantó el rostro, buscando un punto en la oscuridad.

—¿Odia a mamá?

Siempre los he visto pelear, pero… no sé.

—Soy una niña… ¿me veo mal?

—Papá… Teodoro no evitar quebrarse.

Sus manos comenzaron a moverse con desesperación, buscando sus ojos, frotándolos con fuerza.

Respiraba entrecortado, jadeando.

—No, no, no, joven Teodoro —dijo la nona, tomándole las manos—.

—Tu padre está demasiado frustrado, ¿está bien?

Él apenas asintió, la voz rota: —Por favor, llévame a mi cuarto.

—Estoy tan desorientado… no sé dónde está mi cama.

La nona lo sostuvo con ternura, guiándolo.

Cada paso era un sollozo contenido.

—Santo Dios… —susurró ella—.

—Teodoro es un niño bueno…el no merece esto.

__________________________________________________ Mientras estas personas intentaban consolarse, a unos kilómetros de distancia en otro panorama.

En las orillas del mar, lejos del puerto de Lisboa, en la costa de Parede, dos figuras emergían del agua.

Galton y Helena salían tambaleándose, exhaustos.

El frío los mordía, el cuerpo les temblaba.

El agua de la alta mar estaba casi bajo cero aquella madrugada.

La primavera ya se asomaba en el horizonte.

A pesar de ser santos, eso no significaba que no pudiesen morir por hipotermia.

—Al menos ya llegamos —dijo Galton, respirando con dificultad—.

—Niña, escúchame… el sol ya salió.

—Para evitar que te enfermes, quítate la ropa, así podremos secarnos con la fogata y… Galton arqueó una ceja al verla.

Helena se estaba enterrando en la arena, buscando el calor del suelo mientras el sol la tocaba.

Helena dijo con los dientes temblando del frio.

—Lo…lo…lo…si…si…siento, Galton, no…no te escuche…la arena esta calienta.

—¡Ay, mi pierna me duele!

Seguido de esta escena absurda, Galton encendió la fogata.

Puso la ropa de Helena sobre la fogata para secarla más rápido.

Colocaron el mapa que robaron, en sima de la arena con piedras para que el viento lo la soplara.

Colocarían así la el orbe para de esta forma buscar a que dirección esta el Santo del Hielo.

Helena dijo: —El Santo de Hielo es un niño europeo.

—Bueno, ya estamos aquí, ¿no?

Esto es Europa, ¿no?

—dijo ella.

—Sí —respondió Galton—.

Estamos en Europa.

Esto es Portugal.

—Las cosas ahora mejoran.

—No podíamos hacer nada en Brasil.

—Necesitamos ahora una dirección, podemos iniciar la búsqueda.

—Será ahora más fácil ir por tierra.

—Sé que no puedes seguir mi paso.

—Soy muy rápido, así que te cargare.

¿Te parece bien?

—preguntó Galton.

—Me parece bien —respondió Helena.

Mientras él sacaba los orbes de la creación dijo: —Bueno, vamos a ver dónde estás.

—Ahora solo falta que Dios elija un perro para ser el Santo —musitó.

—Aunque francamente no me sorprendería.

—¿No estás diciendo blasfemias?

—preguntó Helena, incrédula.

—Por favor —respondió Galton—.

La última vez elegí al santo del Hielo, venia de Egipto.

—¿Que contradicción no?

—Dijo con descaro.

Mientras coloca el orbe de la creación sobre los mapas, el orbe comienza a flotar.

La dirección del gancho apunta con un triángulo hacia el noreste.

El aspecto del orbe de la creación es semejante a una moneda.

Pero cuando se abre, como si de una almeja de mar se tratara, toma su segunda forma.

Toma la forma de un Icosaedro.

Dentro de él está un Octaedro, y en estas dos representaciones de la realidad se encuentra un Tetraedro que apunta a una dirección.

A donde apunte, los orbes de la creación señalan siempre a los santos.

Son espíritus también; además de seguir órdenes, poseen conciencia propia.

Para diferenciarlos, debe observarse con atención.

Si la punta del orbe es de color dorado y su volumen relativamente mayor, significa que el santo se encuentra en otro continente.

Pero si la punta es más delgada y del mismo color que el orbe, entonces el santo está cerca del lugar.

El orbe es como un cristal: dentro de él puedes ver las formas, ver cómo se mueven sin descanso, y si prestas atención, puedes deslumbrar el código de la creación, el lenguaje de la creación.

Está conformado por Trigonarchatrias, que le dan base al Theozogloss de lo existente.

El Theozogloss es la estructura de todos los espíritus, de todo lo creado.

Si entiendes este lenguaje y sabes cómo tocarlo, eres capaz de comprender cómo se hace la vida y todo lo que conforma el universo.

El orbe les decía que el santo no estaba lejos de aquí.

—Está acá —dijo Galton.

—¿Qué?

—respondió Helena, incrédula.

Galton se puso feliz: —¡Está acá, no puede ser!

—exclamó.

—Cómo que un golpe de suerte… —¿De qué hablas?

¿Está aquí, en esta tierra?

—preguntó ella.

—Sí, Helena, el Santo del Hielo es portugués —confirmó él.

—Eso no lo vi venir —dijo ella, sorprendida—.

Genial, ¿y ahora qué?

—Como está cerca, parece a un par de kilómetros, no es lejos.

—De hecho, me sorprende que sea portugués, eso no lo vi venir.

—Escucha, Helena, iré al pueblo a pedir cosas.

¿Recuerdas que robamos dinero?

—Este dinero será para que tú puedas comer, pero, como te lo prometí, iré al pueblo por coñac.

—¿Y ahora qué te pasa… por qué estás tan amable?

—No, solo estoy feliz.

Pensé que el santo era griego.

—Esto nos facilitará las cosas.

“Solo espero que todo salga bien.

Tendré que dejar a Helena aquí.

Espero que todo salga bien.” “Señor por favor protégenos, si la bóveda cayo es porque el fin se acerca”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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