Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Somos tan frágiles
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41: Somos tan frágiles 41: Somos tan frágiles ⚠️ ADVERTENCIA ⚠️ Este capítulo contiene pasajes intensos y descripciones 🌀 que podrían malinterpretarse como insensibles ♿🧩.
El autor no busca morbo ni escándalo 💭💀, sino reflejar una visión humana, rota, pero sincera 🫧🩸.
📚 Lee con calma, empatía y corazón abierto 🫀✨.
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ 🫠🪶 NOTA DE AUTOR 🪶🫠 ¡Hemos vuelto, chicos!
🔥 ¡Siguemos vivos!
El santo del hielo….
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Nos encontramos en las praderas y los campos de cosecha de Pontinha, donde el viento mueve suavemente los tallos dorados.
21 de abril de 1964.
Helena y Galton caminaban hacia donde el Orbe de la Creación los guiara, sin saber cuán cerca o lejano estaba el lugar al que se dirigían.
Galton se detuvo de pronto.
—Escucha con atención, es necesario decir esto.
Pero no sé cómo lo tomaras.
Helena se quedó inmóvil, sintiendo el peso de su voz.
Ella no era buena con los momentos serios, prefería lo directo, sin dramatismo.
Para aliviar la presión del silencio, sostuvo el coñac que tanto había deseado, junto a un trozo de carne.
—Hey, escúchame, tranquilo.
—Si te sientes culpable por arrastrarme hasta el otro lado del continente, te perdono.
—Solo aprende a tratar mejor a las damas… ¿te parece?
Sin embargo, al mirar a Galton, Helena comprendió que el silencio no podía romperse; su mirada reflejaba preocupación, como si ella no comprendiera la situación.
—Lo siento.
—No, en serio.
Perdóname por todo lo que te hice pasar, Helena.
—La inmortalidad… es una gran carga.
Helena guardó silencio y su mirada se perdió en el paisaje.
—Este país me parece muy bonito.
No se parece en nada a São Paulo ni a Río de Janeiro.
—El panorama es hermoso.
—Lo que no entiendo es por qué vamos por el campo, en lugar de tomar rutas más rápidas.
Galton la interrumpió abruptamente: —Niña… ya sabes lo que tienes que hacer, ¿no?
—Sí, ya lo sé —dijo Helena, frustrada—.
Tengo que quedarme con el Santo del Hielo.
Me lo repites todo el tiempo; me hartas.
Es como si fueras mi madre.
Galton continuó: —Es hora de decirte algo.
Si hoy encontramos al Santo del Hielo, tendré que dejarte aquí hoy mismo.
Helena frunció el ceño.
—¿Qué?
¿De qué hablas?
—Te quedarás tú, —dijo él— con el rifle y todo.
Yo solo me llevaré la pistola, algunas balas y comida.
Te quedarás con el dinero, los mapas y esto.
Galton mostró dos orbes: el del Hielo y el del Metal.
—Espera —dijo Helena, asustada—.
¿Me vas a dejar eso?
Sabes que no puedo manipularlo, ¿verdad?
—Yo sé que puedes.
Si ya manipulas la fuerza divina, no tendría sentido que no supieras usar esto.
Solo ten cuidado y no se lo des a nadie.
—Es simple —explicó él—.
Lo sostienes en la palma; con la punta del dedo lo diriges al pecho de la persona.
El orbe entrará y quedará aferrado para siempre.
Su voz tembló apenas, como quien recuerda algo callado.
—Escúchame bien, Helena —añadió, bajando el tono—.
No se lo des al Santo del Hielo todavía.
Hazlo solo si su vida corre peligro.
El silencio pesó un instante entre los dos.
El viento movió las hojas, como si los espíritus susurraran.
—Yo iré por el Santo de la Tierra —continuó Galton—.
Creo que está más lejos de lo que pensaba: tal vez en Turquía, o incluso más allá, al otro lado del continente.
Helena lo observó sin comprender.
—¿Y por qué justo ahora decides ir tan lejos?
—preguntó, dudando.
—El orbe… señala el camino largo —respondió él, casi en un suspiro—.
No hay otra opción.
Helena bajó la mirada, con un nudo en el pecho.
—A ver, tranquilízate… no tomes decisiones precipitadas.
Galton guardó silencio.
En sus ojos había algo más que miedo; era culpa, quizá resignación.
—Helena… alguien nos está siguiendo —murmuró.
El aire se detuvo.
Ni un ave, ni un insecto.
Solo el murmullo del campo, como si la tierra contuviera la respiración.
—¿Qué dijiste?
—susurró ella.
—Nos están persiguiendo, Helena —repitió él, más bajo—.
Están cazando a los santos.
Antes de venir por ti, los orbes de la creación empezaron a girar de forma extraña… »En pocas palabras… comenzaron a flotar violentamente.
Los veintiocho orbes se elevaron, moviéndose sin control.
Yo estaba allí, con el querubín.
Y él me dijo: —Galton —declaró el ángel—, debes ir inmediatamente por el Santo de la Luz.
—Alguien está raptando a los santos —continuó el ángel—.
Los elegidos por Dios para esta era… también los están tomando.
Solo quedarán el Santo del Hielo, el Santo de la Luz y el Santo del Metal.
—¿Quién los está raptando?
¿Viene del cielo?
—preguntó Galton.
El ángel hizo una pausa.
Su voz se volvió grave, distante.
—Eso no es de tu incumbencia, Galton.
Pero te aseguro que no viene del cielo.
Helena se llevó una mano al pecho.
Su mente era un torbellino.
¿Así que era por eso?, pensó.
¿Por eso no me llevó a Vermont?
¿O es que… ya nos estaban siguiendo desde Brasil?
Galton la miró con preocupación, como si adivinara sus pensamientos.
—Por eso elegí creer en ti, niña.
Vámonos.
Tenemos que apresurarnos.
Si no lo hacemos ahora, pueden incluso raptarlos.
Alguien los está cazando.
El ángel no quiso decir más… aparte de eso.
—Pero los santos ya no están —dijo Galton.
—¿A qué te refieres?
—preguntó ella, confundida.
Galton le señaló los orbes.
—Mira bien, Helena.
Algunos brillan… otros están grises, como si se hubieran apagado.
Eso significa que ese santo ya no existe en este siglo.
Helena se quedó helada.
—Espera… entonces, ¿qué les pasó?
¿Los mataron?
Galton desvió la mirada.
—No lo sé… Helena no supo qué decir.
Como tantas veces, hizo lo que mejor sabía: suavizar el peso de lo inevitable.
Caminó hacia él, se puso a su costado y murmuró: —Está bien.
Sabes qué… olvídalo todo, ¿sí?
No te preocupes.
Voy a cuidar al Santo del Hielo.
Le tendió el coñac.
—No, niña, no quiero —dijo Galton al principio.
—No, tú sí quieres —replicó Helena, con una media sonrisa.
Galton lo vio, destapó el corcho y bebió un poco.
Exhaló despacio, intentando recuperar el aire y la calma.
Helena lo observó en silencio.
Luego sonrió con suavidad.
—Tranquilízate, ¿sí?
Bebe un poco más si quieres.
Llegaremos al Santo del Hielo.
Yo cuidaré de él mientras tú vas por el Santo de la Tierra.
Galton la miró con un gesto cansado.
Helena insistió, casi como si se hablara a sí misma: —Todo va a salir bien.
¿Está bien?
—Tal vez me demore un año, niña… o tal vez dos —respondió Galton.
Helena se quedó helada.
—¿Cómo que un año o dos?
¿Qué tan lejos está?
—Viajar por mar es más rápido que por tierra —explicó él, sereno—.
Créeme, a veces el mar es más fácil… no hay obstáculos.
—Escúchame bien, Helena: esos orbes que te di, guárdalos.
No los muestres ante nadie.
La seriedad volvió a su rostro.
—Si me tardo un año y no regreso…agarra al Santo del Hielo y vuelve sola.
Si no regreso en dos años, no quiero que mi ausencia los exponga.
¿Te quedó claro?
Helena bajó la cabeza.
—Sí, me quedó claro —respondió.
El viento sopló de nuevo, barriendo las últimas palabras, como si quisiera borrar la conversación.
Caminaron sin hablar durante horas, hasta que el paisaje cambió.
Frente a ellos se alzaba una casa.
Estaba en medio de campos agrícolas, destacando por su forma.
No era una mansión, pero sí una casona amplia, de un solo piso, con techo alto y elegante.
Tenía el aire de alguien con fortuna, pero sin ostentación.
—Bueno… el orbe nos lleva hasta acá —dijo Galton—.
Iremos por los costados, Helena.
—No quiero que sepan de tu existencia.
Helena observo con atención.
—Esta casa me parece muy bonita.
—Vamos, Helena —dijo Galton.
La casa del Santo del Hielo se alzaba en una ligera colina, rodeada de árboles que formaban un punto ciego entre ventanas y muros.
Mientras se acercaban, el sol comenzaba a caer, tiñendo el campo con un resplandor helado.
—Vamos, Helena —repitió Galton, esta vez más bajo—.
Vamos a ver.
Galton se apartó del camino y se internó entre los árboles.
El terreno era denso, cubierto de arbustos y ramas mojadas.
Se agachó entre los matorrales para no ser visto.
Agarró el rifle y lo examinó con fastidio.
La mira estaba empañada, llena de gotas.
—Maldita porquería, ni siquiera puedo ver —gruñó.
—¿No que no íbamos a acercarnos?
—susurró Helena.
—Tengo que ver quién es el Santo del Hielo —respondió—.
Además, esta basura tiene agua por dentro.
Galton bajó el arma con un suspiro y la apoyó en el suelo.
Permaneció en silencio unos segundos, mirando la casa.
El viento agitaba las ramas y el orbe brillaba, impaciente, como si lo llamara a subir.
—Está bien —murmuró al fin—.
Solo echaremos un vistazo.
Subieron por una ladera empinada hasta quedar frente a la casa.
El Orbe de la Creación brillaba en la palma de Helena, y su luz temblorosa apuntaba directamente hacia una ventana del piso superior.
—Ahí —dijo Galton—.
Está ahí dentro.
Se arrastraron con cuidado entre las hojas mojadas hasta alcanzar una posición donde pudieran ver sin ser vistos.
Dentro del cuarto, un niño estaba sentado, tratando de tocar una flauta de madera.
Sus dedos se movían torpes, pero el sonido que salía era dulce, casi celestial.
Llevaba un traje sastre un poco grande para su cuerpo, mocasines oscuros y el cabello largo que caía sobre su rostro.
Helena se quedó mirándolo, fascinada.
—Guau… es muy bonita —susurró apenas, con miedo de que el sonido de su voz rompiera la melodía—.
Parece un ángel cuando toca.
El niño, interrumpiendo su nota, levantó la cabeza.
Giró levemente hacia la ventana, como si los hubiera oído.
La luz del cuarto se reflejó en sus ojos… y entonces Galton lo notó.
Sus pupilas no seguían nada.
Eran opacas, quietas, como un lago sin fondo.
—Mierda —susurró Galton—.
Es ciego.
Helena abrió la boca, sorprendida.
Pero antes de poder decir algo, escucharon cómo una puerta se abría dentro de la casa.
—¡Vámonos!
—dijo Galton, tirando de ella.
Ambos se alejaron entre los árboles justo cuando una voz entraba en el cuarto.
—Ya regresé, joven —dijo la nona con ternura.
Desde lejos, Helena miró a Galton.
—Es ciego… es un niño es ciego.
Y andrógino, Dios parece una niña.
—Sí —dijo él, encendiendo un cigarro con manos temblorosas—.
El Santo del Hielo… no puede ser.
Galton se dejó caer sobre el suelo húmedo, exhausto, con la mirada perdida en el horizonte.
Le irritaba pensar que un niño ciego fuera elegido para semejante profecía.
Helena, en silencio, solo pensó: “De espaldas creí que era una niña… pero al verlo, fue como ver la obra de Dios tallada en un hombre.” “Es simplemente hermoso.” Sin embargo, sus pensamientos se vieron opacados por las quejas de Galton.
—Maldita sea, Dios… ¿por qué siempre escoges a gente rara?
—gruñó.
Helena, al verlo así, se acercó y le tocó el hombro.
—Tranquilo, todo va a estar bien.
Lo bueno es que… al menos es bonito, ¿no?
Galton giró la cabeza, arqueando una ceja.
—Niña, sé perfectamente que tienes hambre.
Pero hacerlo con un niño me parece… terrible.
Extraño.
—¡Yo no estaba hablando de eso!
—replicó Helena, ofendida.
Galton resopló y murmuró: —Yo conozco a las mujeres.
Sé cuándo quieren algo… y cuándo no.
Se levantó, sacudiéndose el polvo del abrigo.
—Muy bien, Helena.
Ya sabemos dónde está el Santo del Hielo.
Ahora sí te voy a pedir que lo protejas.
Helena lo miró, con una mezcla de firmeza y tristeza.
—Lo protegeré.
Esperaré tu regreso, te lo prometo.
—Un año, Helena.
Solo un año.
Si las cosas se ponen mal, huye con él y ponle el orbe.
—La invulnerabilidad divina lo cuidará mejor que yo.
Ella bajó la mirada y sonrió apenas.
—Bueno… fue divertido.
No te conozco desde hace mucho, pero tengo que admitir que eres raro.
Galton asintió, sin mirarla directamente.
—Helena… perdóname.
—¿Por qué dices eso?
—preguntó ella, confundida.
Él suspiró, cansado de sí mismo.
—Perdón por quitarte tu vida —dijo, la voz baja—.
Por raptarte de una forma tan violenta, por arrastrarte a algo que ni tú ni yo pedimos.
Miró hacia el suelo.
Su voz tembló, no por tristeza, sino por el agotamiento de fingir humanidad.
—Perdón también por seguir haciéndolo —continuó—.
Porque, aunque sé que está mal, solo conozco este camino.
—Hay un plan más grande que nosotros, Helena… pero esta es la única forma que sé de actuar.
Se frotó el rostro, como queriendo borrarse.
—No estoy diciendo nada coherente, lo sé.
Solo que… ya no sé sentir de otra manera.
Helena lo observó en silencio.
Tenía una ceja arqueada, el cuerpo levemente inclinado hacia él, como quien intenta descifrar un idioma que no domina.
Sus labios se curvaron en una sonrisa breve, más de nervios que de burla.
—Pues está bien —dijo, casi cantando—.
Te perdono por sacarme de mi casa, decirme que mi madre está muerta, tenerme en la selva, arrojarme a un río, desnudarme, ponerme estas prendas horribles.
—Colgarme de un árbol, golpearme más veces de las que puedo contar y casi matarme un par de veces.
Hizo una pausa y respiró hondo.
—Ah, y por lanzarme al mar, hacernos pasar por polizones, ponerme en peligro en un crucero del que ni siquiera recuerdo el nombre.
—Y por quitarme mis tres joyas doradas: el alcohol, la marihuana y el sexo.
—Te lo perdono.
No soy rencorosa.
La sonrisa se le fue apagando poco a poco, como una vela al final de su pabilo.
Si todo esto tiene que ver con una profecía —pensó—, y si de verdad fui elegida, entonces… tendré fe.
Por esa fe voy a ser valiente, al menos esta vez.
Galton la miró en silencio.
Su rostro parecía tallado en culpa antigua, de esa que ya no duele, pero deja sombra.
—Helena… —dijo al fin, con voz baja—.
Tal vez no debería decirlo, pero eres el santo más valiente que he visto.
Ella soltó una risa seca.
—No, solo soy una estúpida a la que le gusta beber y fumar.
No soy nadie especial.
—Está bien, niña —murmuró él, aunque la palabra niña le pesó más de lo habitual.
Pasó un momento.
Helena bajó la vista y murmuró: —¿Crees que estoy lista para esto?
Puedo hacerlo, pero… quedarme sola aquí, observando… Galton no respondió de inmediato.
Solo la miró, y en ese silencio había algo parecido a ternura.
—Sé que podrás hacerlo, Helena —dijo finalmente—.
Eres una chica muy fuerte.
Ella tironeó un poco del abrigo, un gesto pequeño, casi infantil, como si intentara aferrarse a algo que no entendía del todo.
No sabía si buscaba consuelo, afecto, o simplemente permiso para sentir.
Galton la observó, y por un instante vio otra figura.
Zaziel.
El nombre le atravesó la mente como un disparo.
Entonces, sin pensarlo, le nació despedirse con un abrazo.
Helena no se movió, solo dejo que Galton se acercara.
Sus brazos fueron torpes, casi mecánicos, pero dentro de esa torpeza había algo humano, frágil.
—No seas tonta, Helena —susurró contra su cabello—.
Si ves que las cosas se ponen mal, escapa con el Santo y con el Hielo.
Es una orden… y cuídate.
No quiero que te pase nada malo.
Helena se quedó rígida.
Esa calidez era nueva, incómoda, casi dolorosa.
Ya la había sentido antes, pero nunca tan cerca.
Y, en lugar de apartarse, devolvió el abrazo con fuerza, con rabia contenida.
—Gracias, Galton —dijo entre dientes—.
Voy a hacer un buen trabajo esta vez.
Ya no me voy a equivocar.
—Tú no te has equivocado, niña —respondió él.
—No lo has hecho.
De hecho… lo has hecho espléndidamente.
Eres una mujer extraordinaria.
Helena no dijo nada.
Solo sintió cómo esas palabras se le clavaban por dentro, como si, por primera vez, alguien reconociera el dolor de su silencio, de sus bromas, de su fuerza disfrazada.
Helena solo pensó: “¿Por qué siento tanta tristeza?
No es hora de llorar… ¿por qué me siento tan sola?” El pensamiento se le deslizó por dentro como un eco, uno que no buscaba respuesta, solo un poco de alivio.
Se separaron lentamente.
Helena se sentó en el suelo, agarró el trozo de carne y el coñac, y miró hacia atrás.
Galton la observaba en silencio.
Le tocó el hombro con suavidad y añadió: —Adiós, Helena.
Que Dios te proteja.
Después de eso, solo se oyeron los pasos alejándose.
Primero lentos, luego más distantes, hasta que el sonido se perdió entre los árboles.
El silencio volvió como una manta fría.
Helena permaneció quieta, mirando el vacío.
Recordó algo que él le había dicho en la selva de Río de Janeiro: “Elijo confiar en ti esta vez… porque es mi decisión.” Ella había fingido dormir aquella noche, pero sí lo escuchó.
Claro que lo escuchó.
Y ahora, con la garganta apretada, pensó: “Yo también confiaré en ti.” Giró, con la intención de decírselo en voz alta, pero Galton ya no estaba.
Solo quedaba el aire moviendo las hojas, como si la tierra misma se lo hubiera tragado.
—Bueno —dijo Helena, con media sonrisa—, supongo que las despedidas no son lo mío.
Se llevó el trozo de carne a la boca, masticando sin hambre.
Mientras masticaba, dejó que el pensamiento le pesara, como si cada palabra se hundiera dentro de ella: “Soy una idiota… una estúpida.
Si llegué a sentir simpatía por el hombre que me secuestró, entonces sí, debo aceptar que el viejo era algo raro.
Y yo… más aún.” Suspiró, se recostó contra un tronco y murmuró: —Va a ser muy aburrido quedarme aquí.
El orbe del Hielo seguía brillando a su lado, como si el mundo no supiera que Galton ya se había ido.
Helena se quedó sentada allí, mirando hacia la casa.
Su rostro era un reflejo de tristeza, aunque sin expresión clara.
Solo se distinguía algo en ella: el peso de un corazón que, poco a poco, se quedaba solo.
Trató de convencerse de que no pasaba nada, pero sabía que nadie volvería para acompañarla a cuidar al Santo del Hielo.
Y eso —más que el frío o la oscuridad— era lo que realmente dolía.
Ya estaba anocheciendo.
Las luces dentro de las casas comenzaban a encenderse, una a una, como si el mundo siguiera su curso sin ella.
Y Helena, afuera, solo presenciaba el frío.
Recordó entonces que alguna vez tuvo una casa así.
Era pequeña, de madera, llena de imperfecciones, y olía a humedad… pero era suya.
Se quedó en silencio, bebiendo el coñac con lentitud, tratando de exprimir hasta la última gota, como si en ella se escondiera el calor que el mundo le había negado.
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