Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Cuando no hay amor hace frío
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42: Cuando no hay amor hace frío 42: Cuando no hay amor hace frío ⚠️⚠️ ADVERTENCIA ⚠️⚠️ El siguiente contenido puede describir indicios de abuso infantil, violencia intrafamiliar y descripciones gráficas.
El autor no pretende hacer morbo con ninguno de estos temas.
Recuerda que todo lo narrado es ficción.
Se recomienda la discreción del lector.
🫠✒️⌨️ NOTA DE AUTOR ⌨️✒️🫠 No daré comentarios.
El capítulo es algo medianamente largo.
Solo diré que, hace poco, tuve que aceptar que me basé en una historia para entender mejor a Teodoro.
No diré más.
________________________________________________________ Una mano gentil acariciaba a Teodoro.
Se había quedado dormido, y los recuerdos lo arrastraban suavemente.
Los días posteriores al suceso con su padre se mezclaban con la melancolía de aquello que había perdido… y que aún conservaba.
—Mamá… —susurraba.
Y en su mente, revivía la voz de su madre, cálida y cercana: —Cariño, mi príncipe, ¿de dónde habrás salido, hijo mío?
Tú no tienes los ojos de tu padre, solo los míos.
Teodoro, aún atrapado entre el sueño y la memoria, respondió: —Mamá, la profesora me preguntó si yo era una niña.
Se sorprendió cuando le dijiste que era un niño… Soy un niño… Ella sonrió, acariciándole el rostro con la ternura de siempre: —Hijito, esas personas tienen mucha envidia de ti.
Muy pocos nacen con la fortuna del cielo para tener la belleza que tú tienes, Teodoro.
—¿Por qué me pusiste ese nombre?
—preguntó.
—Porque quiero que sea un nombre de alguien que persiga sus sueños.
Teodoro es digno de tu rostro y de tu alma.
—Yo te quiero, mamá… —susurró él, mientras las lágrimas le humedecían el rostro.
El recuerdo se desvaneció como un suspiro.
Teodoro abrió los ojos.
Se había dormido después de comer, y las lágrimas, tibias y húmedas, le recordaban que lo que sintió había sido real… aunque solo en su memoria.
Aquel recuerdo de su madre entristecería a cualquiera, sobre todo cuando no la ves desde hace tanto tiempo.
Durante unos segundos permaneció quieto, mirando el techo sin realmente verlo.
El silencio le pesaba en los oídos, como si algo dentro de él se quebrara lento.
Se llevó una mano al cabello, despacio, y al sentirlo, algo se tensó en su pecho.
El eco de la voz de su padre regresó de golpe, como un cuchillo que no había terminado de entrar.
Su respiración se volvió pesada.
Cerró los ojos, apretando los puños.
Y entonces, sin pensarlo, se incorporó bruscamente, lleno de rabia, furioso consigo mismo.
Con los pies descalzos avanzó unos pasos, buscando aire, buscando algo que doliera menos.
Pero lo único que encontró fue su cama, y la pateó con fuerza, con todo lo que tenía.
El golpe resonó en la habitación pequeña.
El dolor lo hizo caer al suelo, donde el cuerpo se dobló sobre sí mismo, como si quisiera desaparecer.
Golpeó el piso de madera una y otra vez, arrancándose el cabello entre sollozos.
—¡Yo no soy una niña!
¡No lo soy papá!
—gritaba.
Las lágrimas corrían sobre su rostro, calientes.
Las palabras de su padre le habían herido profundamente.
No solía afectarle tanto los comentarios ajenos, hasta que fue su propio padre quien lo dijo.
Jamás le había hablado así, pero esos insultos, sumados a los de su madre, le rompieron algo dentro.
—¿Por qué no me dejan ver a mamá?
¿Por qué no me dejan?
¿Acaso mamá no quiere verme?
—repetía.
Esa cinta de oro que son sus cabellos castaños, sus párpados grandes, sus cejas marcadas, sus pómulos altos y sus labios rojos… era difícil no ver la belleza de este joven.
¿Por qué el mundo se empeñaba en atormentar a Teodoro?
¿O era él mismo quien se atormentaba?
¿O ambos?
Tal vez fue una maldición nacer en esa época, y otra igual haber estado ciego en la misma.
La habitación donde estaba ni siquiera era un cuarto, sino un almacén.
Su padre lo había ordenado así.
Sentía vergüenza de que alguien lo viera ciego.
Si un vecino o algún amigo se asomaba, podría descubrir la verdad.
Por eso lo enviaron a ese almacén cuya única ventana, a dos metros de altura, solo servía para ventilar el encierro.
Teodoro vivía entre sombras, aislado del mundo.
En esa casa solo quedaba su nona, que había salido a pegar más carteles, olvidando las órdenes del padre.
Teodoro permaneció un largo rato en silencio, con la mirada vacía, dirigida al suelo.
Aunque no podía ver, sabía lo que sentía.
Se frotó los ojos con fuerza, y volvió a llorar.
Entonces, presa de la frustración, comenzó a desordenar todo su cuarto.
Buscó entre sus flautas —tenía tres—, entre su ropa, sus zapatos, sus libros.
Los arrancaba, uno por uno, con violencia, como si cada página fuera un grito que necesitaba destruir para poder respirar.
Porque, a pesar de que los estaba guardando, era la misma nona quien leía esos libros para Teodoro.
Se sentía impotente por no poder leerlos otra vez.
Y fue ahí cuando sus manos tocaron una tijera.
Era una tijera escolar, de las que usaba para el colegio.
—No soy una niña papá —dijo.
Pensó para sí mismo: “Todos me tienen lástima, porque perdí la vista.
¿Por qué son así conmigo?
Yo no nací así…” Agarró la tijera, sosteniendo con fuerza un mechón de su cabello.
Tomó casi la raíz y con dificultad comenzó a cortárselo: —Ya verás, papá…
yo no soy una niña.
Yo no soy una niña.
Después de eso, tras hacerse daño en la parte izquierda del cabello, escuchó un ruido en la cocina.
Se asustó.
Sabía que si su nona lo encontraba con la tijera, sería un problema.
Entonces trató de esconderla.
Buscó un gorro, cualquiera, por miedo.
Estaba cerca de los cajones, tanteando, desesperado.
Lo encontró, se lo puso y se arropó en la cama.
Teodoro ni siquiera sabía la hora, pero eran las cuatro de la tarde.
Mientras se cubría con las sábanas, escuchó un sonido de platos rotos, y luego una voz femenina que no era la de su nona.
—Mierda…
no puede ser…
¿ahora qué hago?
—susurró.
—Carajo…
ya está bien, no hay problema… —repitió la voz ajena.
Teodoro, temblando, dijo con duda: —¿Nona…?
No recibió respuesta.
Aquella voz no le resultaba conocida.
No quiso levantarse.
Ni siquiera levantarse la sabana.
Pero entonces recordó las palabras de su padre: “Pareces una niña.” El eco de esa frase le atravesó la mente.
Al principio el miedo lo controlaba todo, pero luego murmuró con rabia contenida: —Yo no soy una niña.
No lo soy un cobarde.
Su respiración se volvió agitada.
Tomó su flauta, como si fuera un arma.
El terror no se iba, pero la vergüenza lo empujaba a actuar.
Abrió con cuidado la puerta de su cuarto.
Cada paso hacia el pasillo hacía temblar su cuerpo.
Podía oír cómo alguien recogía los platos rotos.
Y también…
masticaba algo.
Pensó, es un ladrón.
Y apretó su flauta con fuerza.
—No soy inútil… —susurró entre dientes—.
No soy un cobarde.
Aterrorizado, avanzó hasta el marco de la puerta.
Estaba listo para autoproclamarse hombre, para probar que su padre estaba equivocado.
El recuerdo lo atravesó como una daga.
Y, sin contenerlo más, gritó con toda su fuerza: —¡No soy un cobarde!
¡¿Quién eres?!
¡¿Qué has venido a hacer aquí?!
El grito retumbó por toda la casa.
Las paredes devolvieron el eco, como si respondieran.
Aquella persona, que estaba comiendo una rebanada de pan con jalea y mermelada, se sobresaltó con tal fuerza que se golpeó el pecho y gritó, cayendo al suelo.
Uno de los vidrios rotos estaba detrás de ella, y al caer se golpeó la espalda contra una alacena.
El intruso transpiraba del susto.
Más que miedo, fue una mezcla de sorpresa y pánico.
—¡Mierda!
¡Eres tú!
Dios…
me habías asustado.
¡Oh, Dios mío!
—dijo, tosiendo, jadeando, entre risas nerviosas.
Teodoro, aún temblando, pero con voz firme, gritó: —¡¿Quién eres?!
¡¿Quién eres?!
La chica se levantó.
Y Teodoro sintió un terror.
Un terror enorme.
Porque oyó que lo que se había levantado podía medir incluso más que su padre.
Es como un sexto sentido que te indica qué tan grande es la amenaza, a pesar de que no ves.
Y con cada paso que daba, el piso de madera rechinaba.
Como si lo que estuviese caminando hacia él pesara más de lo que aparentaba.
Teodoro se asustó al punto en que empezó a agitar su flauta una y otra vez, en dirección a que no la apuntaran, en dirección a que no le hiciera daño.
—Atrás, aléjate, vete de aquí, vete de mi casa.
Este es mi casa, soy un hombre, soy un hombre.
Teodoro estaba llorando.
Porque a pesar de que estaba tratando de protestar contra lo que él creía que era una mujer o un hombre, lo cierto es que, en el fondo, no sabía ni siquiera qué significaban esos conceptos.
Ni siquiera sabía qué significaba lo que estaba diciendo.
El muchacho estaba herido.
Solo quería ser aceptado.
Pero no encontraba eso ni siquiera en su madre, que alguna vez lo hizo y ya no está aquí.
Y su padre tampoco lo acepta.
La única que lo acepta tan y como es, es la nona.
Pero a pesar de todo el esfuerzo que ha hecho, no es suficiente para tratar el enorme vacío que tiene Teodoro.
Sin embargo, al sentir la mano del atacante, se aterró.
La mano de la persona era enorme y gruesa, además tenía una gran fuerza.
Teodoro sintió terror, estaba con el corazón en el pecho.
Sin embargo, se tranquilizó, porque sintió unos labios gruesos en sus mejillas que lo trataban con cuidado y un susurro que lo dejó helado, diciendo lo siguiente: —Un hombrecito tan guapo como tú no debe patear ni golpear a las mujeres.
¿No te parece?
Teodoro se tranquilizó.
El miedo no le permitió recordar que la voz que había escuchado era de una mujer.
La chica se levantó y trató de calmar a Teodoro.
Vio que estaba llorando también.
—Tranquilo, no llores.
Y Teodoro empezó a sobarse los ojos con mucha fuerza, diciendo: —No estoy llorando, no estoy llorando.
Soy un niño, los niños no lloran.
A lo que la chica dijo lo siguiente: —Eso no es cierto.
No te digas eso.
Mis hermanos también lloraban.
Sí, es cierto, los hombres deben llorar poquito para impresionarnos a nosotras las mujeres.
Pero eso no significa que no puedas llorar.
—Si Dios te dio lágrimas, entonces es para que puedas usarlas también.
¿No crees?
Teodoro se quedó helado.
Sin embargo, todo esto se fue al caño cuando la voz simplemente empezó a toser violentamente, diciendo lo siguiente: —Lo siento, ¿tienes trago?
Por tu culpa, tarado — Tocio con fuerza— Por tu culpa tengo medio pan atorado en el pescuezo.
A lo que Teodoro respondió: —Creo que hay agua en la alacena.
Sin embargo, la chica empezó a buscar y no encontró nada.
Así que simplemente abrió el grifo y tomó el agua del grifo.
Teodoro dijo lo siguiente: —Mayormente hervimos aquí el agua para tomarla.
No la bebemos del grifo.
A lo que la chica dijo lo siguiente: —¿Cómo sabes que estoy bebiendo del grifo si tú eres ciego?
Teodoro dijo: —Puedo escucharte.
—¿Ah sí?
Espera…
¿Tú escuchas que yo bebo el agua de acá?
—Sí.
—A ver, corazón.
Dime más.
¿Qué más sabes?
—Has estado comiendo.
—Sí, es cierto, pero es porque yo te lo he dicho.
—Te has comido un pan.
Y por cómo huele, parece que te has agarrado la jalea.
Me doy cuenta de que te la has agarrado con las manos, porque tu mano es pegajosa.
La chica se quedó muy sonrojada, porque eso era de muy mal gusto.
Y fue en ese momento cuando Teodoro soltó la pregunta: —¿Qué es lo que estás haciendo aquí?
¿Por qué estás robando en mi cocina?
Ella lo miró y preguntó: —¿Por qué tienes ese gorro?
¿No tienes calor con eso?
A lo que Teodoro dijo: —Responde primero lo que te he dicho.
Ella suspiró.
—Dios mío…
he tenido hambre.
Está bien.
Tenía un montón de fajos de billetes, pero…
bueno.
¿Cómo te explico que mientras estaba haciendo mi fogatita, bastantes de esos billetes se fueron a la basura?
—Se quemaron.
Y me quedé para un par de días.
Y bueno…
todo eso fue una completa decepción.
Y cuando quise ir al mercado, bueno… No es como que tenga ollas para cocinar, ni mucho menos nada.
Así que solamente me fui pidiendo menús.
Y… bueno, pues… me quedé sin coñac.
Y ahora estoy aquí, es que me dio hambre, discúlpame.
Sí, tengo hambre.
A lo que Teodoro dijo: —Pero no puedes comerte mi comida.
La voz, con la comida en la boca, respondió: —Claro que sí.
Es mi deber cuidarte.
Creo que la comida es lo mínimo que merezco.
Teodoro preguntó: —¿Cuidarme?
¿De qué?
La chica tomó una pequeña pausa, tragando lo que tenía en la boca.
—Teodoro, no sé si me vas a creer esto —dijo ella—.
Pero eres el santo del hielo.
¿Sí?
Dios te escogió para algo importante.
Eres el elegido de una profecía.
—¿Una profecía?
—repitió él.
—Sí, y yo estoy aquí para cuidarte y protegerte.
Soy como una clase de… ¿guardián?
No sé… ¿centinela?
Ay, no sé, velo como quieras.
Teodoro arqueó una ceja.
—Yo no creo en cuentos de hadas.
A lo que ella respondió: —Créeme que yo tampoco creería en cuentos de hadas, si no lo hubiera visto con mis propios ojos.
Te entiendo perfectamente.
—Sí sabes que no puedo ver, ¿verdad?
—dijo Teodoro.
—Lo siento, es que a veces se me olvida.
—respondió ella.
Sin embargo, la chica notó algo extraño.
Mientras comía, dijo lo siguiente: —Oye, ¿por qué te has querido cortar el cabello?
—¿Qué?
Yo no me he querido cortar nada.
—contestó él.
Ella, aún relajada, siguió comiendo y hablando vulgarmente: —Mira, Teodoro, tú eres un muchacho bastante atractivo.
Y te he estado observando desde las ventanas por días.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—preguntó él.
—Eso no importa.
—dijo ella.
Y continuó hablando mientras masticaba—.
¿Sabes?
Siempre te he estado viendo desde lo lejos.
—¿Desde lo lejos?
—repitió él.
—Sí, desde lo lejos.
Y lo cierto es que eres un muchacho raro.
Tienes un estante de libros que no puedes leer.
Sé que te gusta tocar la flauta de vez en cuando.
—Bueno… yo —dijo Teodoro con recelo.
—Sé poco más de ti, pero no lo suficiente.
No es como que pudiera investigarte mucho.
De hecho, es horrible dormir en el suelo.
Teodoro sintió una mezcla de lástima e intriga.
—¿Estuviste vigilándome por semanas?
—preguntó.
—No, solo una… creo.
No sé.
Creo que solo fueron un par de días.
—¿Cómo sabes que me he cortado el mechón?
Tengo un gorro.
—dijo Teodoro.
—Sencillo —contestó ella—.
Porque uno de tus mechones está cortado solo hasta la altura de tu mejilla, además así no se usa un gorro.
—Sin mencionar que te cortaste la mejilla, con el filo de la tijera.
—¿Por qué te cortas un cabello tan bonito, Teodoro?
—Eso no te incumbe.
—dijo él.
—Vamos, por favor, cuéntame.
—¿Qué es lo que te pasa?
Si querías un corte, podías haber ido con tu nona, ¿no?
—¿Cómo sabes lo de mi nona?
—preguntó Teodoro.
—Eso no importa.
—respondió ella.
Teodoro se puso nervioso.
Ella le tocó las mejillas suavemente y dijo: —A ver… vamos a ver.
Era la primera vez que Teodoro tenía contacto con otra mujer.
Lo extraño era que, aunque sus manos eran frías, no se sentían como las de su nona.
Sus manos podían ser tan grandes como su cabeza.
La señorita le quitó el gorro con cuidado, y empezó a peinarlo con los dedos.
—Cuéntame… ¿por qué?
¿Por qué parece que lo cortaste con violencia?
—Creo que cortarte el cabello siendo ciego, no es lo más inteligente.
—Eso no te importa.
—dijo él.
—Debería importarme.
—replicó ella.
—No soy una persona seria, de hecho, no me tomo nada enserio, a menos que la situación sea una mierda.
—Pero sé reconocer cuando alguien está mal.
—Tal vez tú tienes tu sentido loco para saber si estoy comiendo o no, pero yo también tengo mis sentidos.
Ella lo miró con calma y añadió: —Además, no me mientas.
Sé que lloras mucho.
Teodoro se quedó por un momento callado.
—Es que no soy una niña —dijo finalmente.
La chica arqueó una ceja: —Eso me quedó claro desde que oigo tu voz y desde que sé que el cuarto donde duermes es de un niño.
—No… parezco una niña —respondió Teodoro.
—¿Quién dice que te pareces a una niña?
—replicó ella.
—Quien te dijo semejante estupidez.
—Quien fue el adefesio, quien fue el envidioso.
Teodoro se quedó por un momento en silencio, y sus lágrimas empezaron a caer, ella quedo anonada, no sabía toco una fibra sensible.
—Es que mi padre me dijo que me parezco a una niña, y que no quería verme con el cabello largo la próxima vez.
Ella dio un suspiro profundo.
Entendía perfectamente por qué Teodoro lloraba.
Sintió impotencia al verlo morderse los labios cada vez que escuchaba la palabra padre.
—No sé cómo sea tu padre.
De hecho, yo al mío debí mandarlo a la mierda, porque me abandonó cuando nací.
También mi padrastro.
—No he tenido una buena relación con los hombres.
—Tampoco con los padres.
—Siempre quieren darte órdenes y controlarlo todo.
—Ellos jamás se equivocan y siempre dicen que nosotras, las niñas, somos unas inútiles y exageradas.
—Los padres son unos desgraciados para mí —dijo ella con tristeza—.
Creen tener poder sobre ti, sobre tu mamá, tus hermanos, incluso sobre ti misma.
—Luego quieren tener hijos solo para abandonarlos.
¡Qué gran ejemplo!
—Encima de todo, te pegan porque vienen ebrios.
Y cuando gestionan el dinero, siempre lo gastan en sus vicios: alcohol, hierba… y no digo que esté mal, pero no al punto de dejarnos sin comer.
—Te entiendo perfectamente, Teodoro.
Tal vez tu padre no sea como el mío, pero te aseguro que odio la palabra papá.
Para mí eso significa desgracia.
—Si él no fuera un hijo de puta, tal vez…mi hermano…seguiría vivo.
Teodoro se quedó inmóvil ante tales declaraciones.
Sentía nerviosismo, pero también una extraña empatía.
—Me siento igual que tú —dijo Teodoro—.
No se lo digas a mi padre, por favor.
La chica se rió: —Por favor, si tú crees que tu padre es una porquería, disculpa, ¿tú crees que tu padre es una porquería?
—Sí —respondió Teodoro.
—Ah, bueno, ahora sí.
Si tú crees eso, yo pienso lo mismo de mi padre.
—Mi padre es una basura completamente.
Tuve que sacar a mi familia adelante por culpa suya.
—Nos dejó en deuda y no pudimos montar nuestro puestito.
—Que viejo de mierda… bueno, aunque no era mi padre, era mi padrastro.
Teodoro se quedó recordando cómo su madre lo acariciaba.
Tal vez la forma en que jovencita sostenía sus manos le hacía sentir un poco de aquel afecto.
En un intento de acercarse a ese sentimiento, aferrándose a la mano de aquella mujer, con miedo dijo: —¿Cómo te llamas?
Ella sonrió, sintió aceptación por su parte.
Con voz suave, ella respondió: —Mi nombre es Helena.
De repente se escuchó la puerta abrirse, el cerrojo ceder.
Teodoro se asustó, dejó de sentir la mano de Helena un momento.
—Helena, creo que es la nona.
Tienes que correr… Pero Helena ya no estaba en la cocina.
Desapareció apenas escucho la puerta, se fue por la ventana de la cocina.
Cuando la nona entró, encontró un escenario peculiar: uno de los mechones de Teodoro cortado, platos rotos, pan con jalea y mermelada por todos lados.
Además, había desorden en la comida y los cereales, y el vino ya no estaba.
Cualquier cuidador habría reaccionado fuerte.
La nona lo regañó y comenzó a golpearlo.
Eran golpes de corrección, como los de cualquier madre cuando haces una tontería.
Mientras eso sucedía, Helena trataba de esconderse detrás de los arbustos de la casa.
—Mierda, puta madre, ahora me siento mal… lo siento, Teodoro, soy una cobarde —dijo en voz baja.
Cuando llegó a su escondite, lo primero que hizo fue sentarse.
Y con un grito interno lleno de emoción dijo: —No puede ser, le toqué el rostro, Dios mío, es muy bonito, es más bonito de cerca.
Mientras pensaba bebía y encontraba un alivio en vino de su mano, Helena se pensó: “Odia a su padre…interesante…” Tomando para desahogar sus sentimientos, con cada sorbo se sentía más relajada, era como recuperar el aliento: —Ay, Teodoro, ¿qué voy a hacer ahora?
A este paso no podré cuidarte por mucho tiempo.
—Tendré que acostumbrarme a robar de tu casa, y siento que eso te puede meter en problemas.
Dios, soy una idiota —murmuró.
Mientras miraba el cielo, dijo entre pensamientos difusos: —Galton, no sé si podré con esta misión.
Esto es muy aburrido y cansado.
Pero la calma cambió cuando el aire empezó a susurrar.
La brisa del viento era cálida, no fría.
Los árboles se tornaron más oscuros, y la atmósfera cambió con un estallido de poder.
En ese momento, un ángel apareció a su lado.
Helena arqueó una ceja; ya estaba algo ebria.
—Bueno, después de verlos tanto en Brasil, ya no me sorprende que aparezcan así de la nada.
—¿Es eso, o estoy ebria y veo la luz de un faro?
—dijo.
El ángel respondió con voz serena: —Helena, tenemos una nueva misión para ti.
—¿Una misión?
—preguntó ella.
—Sí, hija —dijo el ángel—.
Dios te ordena cumplir una misión solo para ti.
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