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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 43

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  4. Capítulo 43 - 43 Arrebol
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43: Arrebol 43: Arrebol ⚠️ ADVERTENCIA ⚠️ El siguiente contenido puede tener algunas descripciones que podrían incomodar a ciertas personas por incluir material sensible.

El autor no pretende hacer morbo con ninguna de las descripciones mencionadas anteriormente.

Recuerde que todo lo narrado es ficción.

Se recomienda la discreción del lector.

✒️ NOTA DE AUTOR 🫠 Chicos, voy a estar ocupado estos días.

Lo bueno es que he estado escribiendo capítulos y capítulos de repuesto, pero aún así necesitan modificaciones.

Les pido que sean un poco pacientes.

Mi ciclo ya se termina después de todo.

Si ven que estoy algo ausente, por favor disculpen.

Gracias por su comprensión.

💫 _______________________________________________ En el bosque de Vermont se encontraba Dánae.

Entre tantos pensamientos que rodaban por su mente, lo único que deseaba era aliviar su estrés con el trozo de pierna de pollo que, hambrienta, devoraba con gusto.

Lo había cocinado por horas, mientras murmuraba: —Le falto pimienta…y… un poco…de laurel.

Mientras Dánae estaba fuera de la cabaña, Adelaida preparaba la comida.

Pensaba en terminar un cuadro que había dejado a medias, un paisaje del bosque de Vermont.

Quería retratarlo, porque el bosque confinado, según ella, debía tener memoria.

Mientras tanto, Nuriel seguía investigando en su habitación.

Había llegado a una conclusión: necesitaba más materiales para construir una nueva tabla estadística, algo que pudiera respaldar sus teorías, pues todo era aún muy abstracto.

—Solo hay una forma de demostrar esto…

—murmuró—.

Tengo que construir una máquina de rayos X.

Pero, ¿hacerlo desde cero?

Kamei-san era quien conseguía los metales…

¿y ahora qué haré?

Los del almacén no bastarán —pensó—.

Tendré que hacerla de herrero.

Ay, carajo.

Bueno…

manos a la obra.

Mientras bajaba las escaleras, Adelaida anunció: —La comida ya está lista.

Voy a pintar un rato.

Todavía tengo un poco de la arcilla que conseguimos en…

—¿A dónde vas?

—preguntó Dánae.

—¿Qué le pasa, Adelaida?

—añadió Dánae.

—No lo sé —respondió ella.

Desde lejos, Nuriel dijo con voz firme: —No se preocupen, chicas.

Después de analizar esto, sabremos la verdad.

Ambas se miraron confundidas.

—¿De qué verdad hablas?

—preguntaron al unísono.

Los pensamientos de Nuriel estaban difusos.

Había llegado a varias conclusiones, pero todas eran más teóricas que reales.

Abrió la puerta del segundo almacén, donde Kamei-san había recolectado oro, hierro, cobre, magneto, plomo y muchos otros materiales que podrían servirle.

—No sé cómo hacerlo —pensó Nuriel—.

Solo tengo conocimientos básicos, apenas referencias de los libros de química y física que Kamei-san me dio.

Se dio cuenta de algo: los rayos X podrían ser su única respuesta.

Tal vez la mejor manera de entender los dones de la creación era saber si había algo en su morfología que había cambiado.

—Si puedo responder esto —murmuró—, no solo entenderé cómo controlar mis dones, sino también si dentro de nosotros ocurrió una transformación.

Porque si eran capaces de soportar tecnología de los ángeles, entonces su morfología debía haber cambiado.

—Pero construir eso desde cero… será un trabajo arduo.

—Apenas sé doblar una cuchara —dijo frustrado—.

¡Tranquilízate, Nuriel!

Se repetía con insistencia.

Respiró hondo.

—Esta es la única forma de calmarme… la única forma de encontrar una respuesta.

—¡Ánimo, Nuriel!

—dijo en voz alta—.

Tienes que ver qué materiales tienes y tratar de identificarlos.

Lo bueno es que Kamei-san también me dejó libros para reconocer minerales y cómo analizarlos con pruebas básicas.

—Necesito una balanza, martillos, un yunque… muchas cosas.

Necesito herramientas —decía mientras caminaba de un lado a otro.

Desde la puerta, Adelaida y Dánae lo observaban en silencio.

—No te burles —dijo Adelaida—.

Está estresado, déjalo ser.

—Creo que se volvió un poquito loco —respondió Dánae con sarcasmo—.

Ya me lo esperaba.

—No estaba muy bien desde que llegó.

—Pero si quiere, puedo ayudarlo a jugar.

—Ten más respeto, Dánae —le advirtió Adelaida.

—Lo siento —replicó molesta—.

No soy una loca de la ciencia como ese erudito con los dedos negros.

¿Sí?

Así que no me vengas con sermones.

Yo me voy.

Adelaida solo pensaba en una cosa.

“Creo que el hecho de que Kamei-san y Jack se fueran del bosque afectó demasiado a Nuriel.” —Nuriel, sé que intentas ocultarlo —murmuró—, pero se nota que los extrañas.

—Por favor, solo no te aísles de nosotras, esta bien.

Nuriel dijo con una sonrisa —No te preocupes, Adely, yo estoy bien.

Adelaida solo sonrió y se retiró, pero Nuriel notó cómo, en cuanto se alejó, su rostro cambió: de alegría a una expresión cargada de preocupación.

Tal vez sí extrañaba a Jack y a Kamei-san.

—Dios… por favor, no seas egoísta…Que no mueran a mitad de camino.

Mientras todo esto sucedía en el bosque confinado de Vermont, Helena se encontraba en Lisboa, mucho más al noreste.

Fuera de la casa de Teodoro, conversaba con un ángel entre los cultivos.

El ángel recitó solemnemente lo siguiente.

Ante la presencia del ser celestial frente a Helena, ella solo arqueó una ceja, mirando la copa en su mano.

—Bueno, ¿quieres beber conmigo?

Digo, hay un poquito más.

No es bonito beber sola, ¿eh?

—dijo riendo.

El ángel respondió con voz firme y autoritaria: —Helena, Dios te ha mandado una nueva misión.

O mejor dicho, reafirmar la que te dio Galton.

Helena soltó un bufido y dijo: —¿Otra más?

¿No es suficiente con lo que ya hago?

Estoy estresada, se me quemó el dinero, apenas tengo comida.

Bebió otro sorbo antes de continuar: —Y bueno, no me molesta cuidar al… Se emoción de más, pensó en él y no pudo evitar decir lo siguiente: —¿Lo has visto?

O sea, ¿has visto al muchachito?

Dios mío, ¿has visto a Teodoro?

Rió, apoyando la copa contra su mejilla.

—Tiene una cara tan hermosa, tan angelical.

No digo que tú no te veas bien, pero… ¡Dios, Teodoro es un amor!

El ángel la observó con una ceja arqueada.

—¿De qué hablas?

—dijo con calma.

Helena bajó la mirada, ruborizada.

—Lo siento, sí, lo siento.

Es que nunca vi un hombre con esas facciones.

Parece un querubín pintado en una iglesia.

Suspiró, como si recordarlo la ablandara.

—Es muy bonito.

Dios mío… —murmuró.

Luego, con una sonrisa torpe, añadió: —Bueno, él es guapo, y yo… no digo que no lo sea, solo que… tú me entiendes, ¿no?

Alzó la botella, ofreciéndola al ángel.

—¿Quieres un poco?

—preguntó con picardía.

El ángel la miró en silencio y dijo con firmeza: —Presta atención, Helena.

El ángel caminó despacio alrededor de Helena y habló con calma: —Helena, Dios te ha escogido para una misión, El sabe que en estas circunstancias, tanto tu como Galton necesitan ayuda.

Helena frunció el ceño, incrédula: —¿De qué hablas?

—preguntó, rascándose la sien.

El ángel continuó, sin prisas: —Galton te ordenó cuidar a Teodoro, pero la forma en que lo haces es poco eficiente.

Por eso hemos venido a ayudarte.

Abrió la bolsa y enumeró como quien dicta un mandato: —En esta bolsa, Helena, hay siete vestidos, cuatro pantalones, siete bivirís, diez ropas interiores y cinco pares de zapatos.

—También hay aretes, un par de anillos, joyas y sombreros.

El ángel clavó la mirada en ella: —Dios te ordena lo siguiente: lávate el cuerpo.

Y quema las ropas que te dio Galton; no te servirán.

—Además, no debe quedar rastro alguno de que un inmortal te entregó estas prendas.

—Lavarás tu cuerpo y te untarás las cremas que preparamos.

Los ángeles nos hemos encargado de confeccionar todo esto a tu medida.

La ropa era extraña: estirable, ligera, seda y algodón, pero no provenían de esta tierra.

Por eso, aunque los vestidos eran de época y se ajustaban a su tono de piel y a la forma de su cuerpo.

—Dios quiere que cuides a Teodoro, Helena —dijo el ángel—.

Mañana irás a esa casa.

Llevarás el maletín con la ropa.

—La ordenarás y te desharás por completo de esa arma.

También borrarás todo rastro de lo que haya quedado aquí, incluidas las botellas de coñac: entiérralas.

—Después irás a esa casa y solicitarás trabajo: ayudante, ama de llaves —la nona te dejara vivir en esa casa—.

Helena quedó enmudecida.

Abrió la boca, la cerró, levantó la mano, la bajó.

Sus ojos iban y venían, como si buscaran una salida.

Quiso saltar, pero también quedarse inmóvil.

Un torbellino de emociones la atravesó.

No sabía cuál procesar primero, así que las sintió todas a la vez.

Respiró hondo, con voz temblorosa: —¿Qué…?

Espera, espera un momento.

¿Tratas de decirme que quieres que yo vaya a conseguir trabajo ahí?

—O sea, no es que me crea inútil, pero siempre he dicho que hay que traer dinero a la casa.

Esa era mi prioridad…

pero no lo sé.

No lo sé, de verdad.

Helena tragó saliva.

Por dentro, el miedo se disfrazaba de sarcasmo.

A pesar de su carácter fuerte, no conocía otro trabajo fuera de su zona segura.

Además, no se sentía motivada.

Mucho menos para solicitar empleo como ama de llaves.

—¿Te das cuenta de que me van a pedir cosas como mi nombre, mi identificación, el lugar donde vivo?

Por eso nunca he ido a trabajos así de formales.

No sé cómo sea…

pero no lo sé.

El ángel dio un paso, la miró fijo.

Su voz sonó como viento entre vitrales: —Hablamos con la nona en sueños.

Tuvimos que cambiar su espíritu, Helena.

Esa mujer tenía —o tiene— prejuicios contra la gente de color.

Helena desvió la mirada, murmurando: —¡Ay, carajo!

¿Quieres decirme que es otra de esas blanquiruchas que siempre dicen que la gente de color caquita debe estar en la…

Se detuvo.

Apretó los labios, respiró.

—Mira, estoy disfrutando del vino, ¿sí?

No hagas que me moleste.

Se dejó caer sobre la silla, frustrada.

El vino no calmaba su ansiedad.

El ángel volvió a hablar, sereno, con esa calma que solo tienen los que no son humanos: —Hemos hablado con la nona a través de los sueños.

Dijimos que una mujer de colores hermosos, como el café y el chocolate, vendría a alegrar su casa.

—Y que si tanto desea ayuda, debe dejar que esa mujer de puro corazón la asista.

Helena sonrió, ladeando la cabeza: —Ay, gracias.

Es una forma de decirme que soy bonita, ¿verdad?

Luego parpadeó, confundida: —Oh, espera…

¿qué?

¿Cómo que colores como el café?

¿Estás bien?

El ángel la observó sin pestañear: —Dijimos que una mujer del color del café, con el cabello esponjoso, tocará su puerta esta mañana.

Su voz bajó un tono, grave, solemne: —La voluntad de Dios dicta que la nona necesita de tu ayuda.

Y que tú debes obtener ese trabajo, Helena.

—De la misma forma que tu misión es proteger al santo del hielo.

Es la voluntad de Dios que ambas cosas se cumplan.

Helena suspiró.

—Tal vez estoy algo ebria, pero no sé si pueda hacer algo así.

¿Tengo que hacerlo?

Francamente, esto es una tortura para mí.

Se llevó las manos al rostro.

—Trato de no estresarme, ¿de acuerdo?

Ya no tengo la lechuga del diablo para fumar, ya no tengo alcohol, no tengo nada.

¿En serio me vas a quitar todo eso?

No estoy diciendo que…

solo pido un poquito de, no sé…

El ángel levantó una de las copas y preguntó: —¿Por esto vives, Helena?

Helena lo miró sin entender.

—¿De qué hablas?

—¿Por esto vives, Helena?

—repitió él—.

¿Vives por el alcohol?

¿Vives para fumar y tener relaciones?

¿Eso es lo que tú eres?

Helena no supo qué contestar.

El ángel prosiguió: —Si Dios te ha escogido para ser el santo de la luz, es porque no existe nadie más en todo el mundo, ni en los siglos venideros ni en los pasados, que manipule mejor el don que tú.

—Eso quiere decir que eres una escogida.

Eres el santo de la luz.

Eres la estrella.

Eres la santa de Orión.

Tu don es más importante de lo que piensas.

Aunque parezca mentira, la luz puede dañar la creación si se intensifica demasiado.

Por eso, la luz es el contraste perfecto contra los demonios y los malos espíritus.

—Helena —dijo el ángel—, han estado pasando cosas muy extrañas.

Lo que dijo Galton es cierto.

Han estado desapareciendo no solo santos, sino también otras personas.

Fuerzas más allá del cielo las han raptado.

Y sin mencionar el terrible peligro que corre el cielo, que está enviando protección tanto a los ángeles como a ustedes.

Es posible que ocurra otra guerra cósmica.

Helena dijo: —Espera…

¿de qué hablas?

A lo que el ángel respondió: —Eso no es de tu incumbencia.

Solo te lo menciono para que entiendas la gravedad de la situación.

—Dios te ha mandado para que vayas a proteger al santo de hielo.

—Escúchame bien, Helena.

Eres una escogida de Dios.

Actúa como tal.

—Si te damos todos los beneficios de esto, es porque sabemos perfectamente tu situación.

Sabemos cómo se ha construido todo esto para ti.

—A pesar de seguir órdenes, no somos ajenos a los sentimientos.

El ángel comenzaba a desvanecerse, y la oscuridad alrededor empezó a disiparse.

Solo dijo lo siguiente: —Helena, creo que es el momento… no te digo que dejes de sentir miedo.

—Pero sí tomes la decisión de vivir y ejercer tu libre albedrío con coraje.

—Vive Helena y se mejor que nosotros.

Después de esto, Helena perdió por un momento la vista por el destello del ángel.

Luego se sentó, pues aquel peso la había derribado.

Notó tres cosas.

No solo el ángel estaba hablando, parecía que también hablaba el Espíritu Santo.

Vio una segunda presencia, mucho más atrás del ángel.

Esa presencia no tenía forma, pero podía sentir el abrumador poder que emanaba.

Helena lo pensó por un momento y se quedó sentada.

No sabía qué pensar ni qué responder.

Todavía quedaba un poco de vino.

Sin embargo, pensó y dijo: —Por favor…

está bien, solo por hoy.

Mañana volveré a beber, porque sin esto no vivo, carajo.

Se levantó y fue a buscar la fuente de agua más cercana.

Mientras todo esto ocurría, Jack y Kamei-san estaban en el crucero que hacía viajes turísticos entre Estados Unidos y Japón.

Kamei-san dormía, mientras Jack escribía varias cosas en su cuaderno.

Entre ellas, una carta para sí mismo.

Una forma de distraerse.

_____________________________________ “Adelaida, Dánae, Nuriel.” “Dánae, mi hermana para jugar y hacer tonterías.

No tienes idea de cuánto te extraño.” “Hermosa mujer de cabellos dorados y ojos de zafiro.” “No sabes cuánto le haces falta a Kamei-san y a mí.” “Puedo notar que no duerme por las noches cuando piensa en ti.” “Y mi hermano del alma, Nuriel.

No imaginas cuánto los echo de menos.” “Tengo que aceptar que no conocía el verdadero valor de extrañar a alguien.” “Extrañar desde casa da cierta paz, aunque con un fondo de angustia.” “Pero hacerlo mientras estás en movimiento es una sensación completamente distinta.” _______________________________________________ Jack sintió el vaivén del barco y murmuró: —No sé qué debería hacer ahora.

Estoy acostumbrado al aburrimiento, pero…

Esto no es normal para mí.

Cerró su cuaderno, uno de tantos que ya tenía, y decidió salir para ver el mar.

Subió las escaleras hacia la proa.

Ya había amanecido, pero Kamei-san aún dormía, ligeramente ebrio de la noche anterior.

Jack apoyó los brazos en la barandilla, dejando que la brisa marina rozara su piel bronceada.

Aunque no quería cortarse el cabello, recordó Vermont y el motivo por el que lo hizo para el viaje.

No podía ocultar las cicatrices del rostro, pero al menos podía disimularlas.

La ropa que llevaba era algo vieja, y lo único que pensaba era: —Chicos, encontraremos al santo de la tierra y lo traeremos a Vermont.

Volveremos a casa.

Mientras las horas pasaban, las aves se elevaban hacia las nubes, como una promesa al cielo y a sí mismo.

Jack solo quería entender su alma.

Tal vez era eso la libertad, o una emoción que no podía procesar porque aún no conocía el mundo real.

Pero ahora lo estaba conociendo, junto al hombre que consideraba su padre, en medio del mar.

Lo único que pensaba era: ¿cuándo volveré a casa?

Ese es el precio de la libertad: desanclarse de todos los que amas.

Y vivir con el miedo constante de sentirse perdido en el mundo.

Una sensación que pocos entienden, porque la mayoría ya exploró, o aprendió más o menos cómo funciona todo.

Pero Jack no sabía nada.

Ni de dónde venía, ni quiénes fueron sus padres, ni el país al que iba.

Para él, todo era un mundo de ensueño.

Y solo dijo para aliviar su angustia: —Los extraño chicos.

Pasó horas mirando el mar desde la proa.

Mientras las olas del Pacífico arrullaban los pensamientos de quienes seguían su viaje, en Lisboa, Helena se inclinaba sobre una fuente de agua, dejando que el agua corriera por su piel.

Ella notó que las ropas que los ángeles le dieron se ajustaban bien, pero las faldas eran demasiado largas.

—Ay, Dios mío, parezco una monja.

¿Por qué tengo que vestir así?

—dijo frustrada—.

—Bueno, habría hecho la falda más corta, pero si viene del cielo, no puedo quejarme.

Tomó su maletín y siguió las instrucciones del ángel al pie de la letra.

Enterró las armas y también quemó las prendas que Galton le había dado.

Se ató el cabello, se puso las cremas que el ángel le indicó, y se perfumó.

Pensó para sí: —Tranquilízate, Helena.

Sí, tranquila.

Solo tienes que tocar la puerta y te van a contratar.

—Aunque no sé cómo va a ser eso.

Mientras tocaba la puerta, se oyeron los pasos de la nona acercándose a la entrada.

Pero nuestra atención debe centrarse en Teodoro.

Teodoro soñaba cosas confusas, aunque entre ellas apareció Helena.

Soñó que lo abrazaba y lo sacaba de su encierro para explorar el mundo.

Era la primera vez que tenía un sueño alentador y no una de las pesadillas habituales provocadas por la ausencia de su madre y su padre.

Se rascó los ojos, repitiendo su rutina matutina.

La misma voz de siempre.

—Joven Teodoro, al desayunar —dijo la nona.

Él pensó que sería otro día igual.

—Ya voy —respondió con desgano.

Se lavó los dientes, la cara, y se dejó guiar hasta la cocina.

La nona hablaba emocionada: —Hoy es un día espectacular.

Iré al mercado, y por fin haremos todo lo que había planeado para la casa.

Mientras hablaba, Teodoro apenas escuchaba.

Su mente estaba atrapada en el recuerdo que Helena le había dejado.

Aunque lo regañaron, y pese a todo lo ocurrido, Teodoro sentía por ella algo nuevo, algo que jamás sintió por sus padres.

Pero sus pensamientos se rompieron, cuando la nona interrumpió sus pensamientos: —Hay otra persona en la sala, ¿no lo has notado, Teodoro?

—¿Otra persona?

—Sí, la nueva ayudante de cocina.

Por fin limpiaremos y pintaremos la casa.

¿Qué te parece?

Teodoro solo murmuró: —Sí.

—Muy bien, preséntate —ordenó la nona con disgusto.

Entonces, la mujer de vestido largo y presencia imponente retumbó en los sentidos de Teodoro.

No supo cómo reaccionar ante su voz reconocible.

—¿Cómo está, joven Teodoro?

Me presento: mi nombre es Helena.

Desde hoy trabajaré aquí para usted.

Helena pensó para sí: “¿Así habla la gente pudiente?

Dios mío, qué agotador.” Teodoro volteó sorprendido.

—¿Helena?

La nona confirmó: —Sí, es la jovencita Helena.

Bueno, me voy al mercado.

Apúrese, señorita Helena.

La nona mostró una mueca de asco.

—Sí, ya voy —respondió Helena.

Antes de que la nona saliera, le susurró a Teodoro al oído: —Ahora podré cuidarte más de cerca, Teodoro.

Luego sonrió, como siempre.

—Ya voy, señora —repitió dulcemente.

Teodoro no pudo procesarlo.

Ni siquiera terminó su desayuno.

Estaba completamente rojo, por la vergüenza…

o por lo que sentía.

Y lo único que pensaba era: ¿Helena va a trabajar aquí ahora?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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