Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 44
- Inicio
- Todas las novelas
- Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español
- Capítulo 44 - 44 La acrimonia del corazón
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
44: La acrimonia del corazón 44: La acrimonia del corazón Advertencia ⚠️: El contenido puede mencionar campos de concentración y dudas ante la fe cristiana ⛪.
El autor no busca morbo 😶🌫️.
Todo lo narrado es ficción 📖.
Se recomienda discreción del lector 👀.
Nota de autor 🫠✒️: Recolectar los minerales para la aleación de acero es un trabajazo ⚒️.
Hacerlo desde cero, solo, es aún más laborioso 😅.
____________________________________________________________________ La cueva estaba viva.
El agua corría por las paredes y caía hacia una cascada.
Cada gota que tocaba la roca sonaba como un pulso, marcando el ritmo del lugar.
Nuriel no estaba en la cabaña.
Llevaba dos semanas en el noroeste del bosque, subiendo la montaña donde Kamei-san solía sacar los minerales.
Antes de irse, le había dicho a Adelaida y a Dánae que estaría fuera un tiempo, que necesitaba recolectar materiales para continuar su proyecto.
El aire era frío, denso, cargado de niebla.
Las raíces de los pinos se enroscaban entre las piedras y el suelo temblaba con una vibración baja, casi imperceptible.
El bosque respiraba.
Cuando llegó al pie de la montaña, se detuvo un instante.
El ascenso era empinado, cubierto de musgo y piedra húmeda.
A cada paso, el sonido de la grava se mezclaba con un rumor subterráneo, como si algo profundo respondiera a su peso.
Dentro de la cueva, instaló su lámpara y extendió sobre una mesa improvisada los materiales que había logrado reunir: —A ver… —murmuró, frotándose las manos ennegrecidas—.
Tengo hematita, magnetita, pirita, algo de bauxita… cobre, aunque oxidado… un poco de malaquita y calcopirita.
Oro… platino, solo unos gramos que dejó Kamei-san.
Pero sigo sin hierro puro.
Y sin fluorita no puedo estabilizar la refracción para los rayos X.
El eco de su voz se deformó en las paredes de la cueva.
Miró las vetas que brillaban a la luz.
Eran como venas, extendiéndose por la roca.
—Lo curioso —dijo en voz baja, casi riendo— es que aquí nada se agota.
Sacó su martillo, golpeó una de las vetas, extrajo un trozo de mineral verde.
Lo observó, lo guardó en su bolsa, y cuando volvió a mirar… el hueco en la pared había desaparecido.
El mineral estaba de nuevo ahí.
Entero.
Intacto.
—Es como arrancar una planta y verla crecer otra vez en el mismo lugar.
—se dijo—.
Este bosque no deja de regenerarse.
No es solo suelo y piedra… está viva.
Todo este bosque lo está.
No nos deja tomarle nada, solo nos presta lo que quiere.
Guardó silencio.
El goteo constante del techo acompañaba su respiración.
Miró el trozo de mineral en su mano.
Estaba tibio.
—Quizá sea por eso que el oro no nos enferma… —susurró—.
Nada aquí pertenece del todo al mundo físico.
Se sentó sobre una roca, sacó su cuaderno, y escribió una frase: “La materia aquí parece obedecer a un principio distinto de conservación.
No hay pérdida.
No hay una equivalente a concepto nulo o yo lo estoy entendiendo de otra forma.” Entonces levantó la vista.
El aire a su alrededor comenzó a vibrar con un zumbido débil.
Sus pensamientos se hundieron en lo que más lo obsesionaba: sus dones.
Comenzó a hablar en voz alta, para mantener su mente ocupada.
—A veces pienso que mi don debería tener una base termodinámica… pero no la encuentro.
—La energía que emano no parece responder a un gradiente de temperatura ni a una variación de entalpía.
No hay flujo de calor ni transferencia de masa.
—Surge de un punto de equilibrio inexistente.
Es energía ex nihilo, violando el primer principio de la termodinámica.
—Si el cuerpo humano es un sistema biológico cerrado, regido por la conservación de la energía, ¿cómo canalizo una descarga de mega voltios sin sufrir desintegración térmica inmediata?
—Mi sistema nervioso debería colapsar ante un diferencial de potencial tan extremo.
—He intentado cuantificarlo.
—Las descargas parecen originarse en una región nodal subcutánea, quizá un vórtice bioeléctrico donde los potenciales de acción se superponen en resonancia.
—La intensidad no corresponde a ninguna dinámica neuronal conocida.
—Es como si la conciencia fuera un condensador cuántico, liberando energía en forma de fotones coherentes al alcanzar cierta frecuencia…¿tal vez la voluntad?
—Un rayo natural surge de una ruptura dieléctrica entre regiones de carga opuesta.
Lo mío, en cambio, carece de soporte atmosférico: no hay ionización del aire ni diferencia de potencial entre nube y tierra.
—El rayo nace dentro de mí, como si la frontera entre materia y espíritu sufriera una descarga espontánea.
—Tal vez mis llamados “dones de la creación” no sean milagros, sino una manipulación anómala de la entropía: una transferencia directa de energía potencial a energía cinética eléctrica, un proceso que subvierte el equilibrio entrópico.
Sin embargo, entre todas sus hipótesis, esa era la que más lo frustraba.
No porque era inconsistente, sino porque no podía probarla.
—Claro… —bufó, golpeando una roca con la punta del pie—.
Lógico, sí.
Tan lógico como que Popeye sea el padre del genoma humano… y Alicia del País de las Maravillas la hermana perdida de Sadi Carnot, enseñándole a hornear panecillos de canela.
Soltó una carcajada breve, hueca.
—¡Qué estupidez!
El eco de su voz se perdió entre las paredes húmedas de la cueva.
Nuriel inhaló despacio.
El aire estaba denso, casi vibrante, como si las partículas mismas contuvieran electricidad.
Cada vez que hablaba de sus dones, el bosque lo escuchaba.
Y afuera, como si respondiera, el cielo tembló con un relámpago.
Esta…
parece que hay una tormenta afuera.
Nuriel vio las piedras y dijo lo siguiente: —Será mejor llevármelo todo.
Tendré que ir por las otras piedras.
Nuriel había recolectado todos los minerales posibles de esa área, ya que tenía otros sacos esperándolo al pie de la montaña.
Sin embargo, cuando se dispuso a escalarlo todo, dijo: —No sé si esto va a contestar mis preguntas, pero lo cierto es que…
“No importa lo que haga, cada vez que intento responder algo, termina siendo todo lo contrario.” Un ángel apareció en medio de la cueva y le susurró: —Nuriel…
—¿Quién está ahí?
—preguntó él.
Un leve destello iluminó la cueva, sin ser tan cegador como para interrumpir su labor.
El ángel se presentó delante de él.
Pero, por alguna razón, tomó la forma de una mujer, muy similar a su madre.
Nuriel arqueó una ceja, volteó y dijo: —¿Cuál es el mensaje?
Dime, por favor, que Kamei-san y Jack regresaron.
El ángel respondió: —Lamento interrumpirte, pero Jack y Kamei-san no han regresado.
—¿Entonces para qué has venido aquí?
—dijo Nuriel.
El ángel tocó las manos negras de Nuriel con delicadeza, reflejando compasión.
A pesar de su santidad, aún tenía las marcas de Groenlandia, recuerdos de su pasado.
Sus manos, aunque móviles por su invulnerabilidad, seguían siendo una cicatriz viva.
El ángel habló: —Dios me ha ordenado que te detengas un momento.
Sé que tienes dudas, pero ¿por qué no le preguntaste a Él directamente cómo funcionaban los dones de la creación?
Nuriel contestó: —Porque lo cierto es que en el fondo no quiero saber nada.
A pesar de que creo en Dios, no estoy conforme con cómo hace las cosas.
Y si le hubiera pedido saber cómo funcionaba, seguro me habría dado algo vago, sin sentido.
Soltó la mano del ángel con violencia.
—Ya traje a Adelaida y a Galton a Vermont.
El inmortal imbécil ya se fue.
Mi hermana está aquí.
Eso es todo lo que quiero.
No quiero saber nada más.
El ángel preguntó: —¿Tienes algún resentimiento contra Dios?
—¡No como crees!
No es como que sus acciones fueran cuestionables.
—Como, por ejemplo, el que nos abandonara en Groenlandia.
—Él no te ha abandonado.
Estuvo ahí para ti.
—¿Ah, sí?
¿También estuvo el día en que el oso mordió a Adelaida?
¿O cuando el único hombre que podía protegernos, Galton, perdió su fuerza?
¿Y nadie supo más de él?
—¿Qué son los orbes de la creación?
¡Ah, claro!
No nos lo van a decir.
Todo lo tengo que hacer yo solo.
Porque sé que Dios no quiere que toquemos su terreno.
Pero si nos dieron la profecía, ¿por qué nos dieron los orbes para empezar?
Todo esto me parece una tontería.
El ángel intentó suavizar las cosas.
Quiso convencer a Nuriel.
—La razón por la que he venido aquí —dijo— es porque quiero que entiendas lo contrario.
—Dios no te va a detener.
—No estás haciendo nada malo, pero la dirección que tomas sí lo es.
—Estás guardando resentimiento hacia Él y hacia el pasado.
Nuriel contesto con ironía y protesta.
—¿El pasado?
Por favor.
Si de verdad guardara resentimiento, no estaría en este bosque.
El ángel responde: —¿Entonces dónde estarías?
¿Afuera?
¿En el mundo, donde habrías envejecido?
—Eso sería mucho mejor que todo esto.
—¿Quieres decir que habría sido mejor no haber estado con tu hermana?
—¡Ya cállate!
—Dijo Nuriel Se dirigió hacia la salida y comenzó a bajar por la montaña.
El ángel trató de acercarse, pero esta vez tomó otra forma: la de su padre.
Con una voz distinta dijo: —Detente ahora.
Esto no es lo que Dios quiere.
Dios quiere arreglar las cosas, Nuriel.
—Si quiere arreglar tanto las cosas y toma la forma de mi padre, entonces entiendo las prioridades de Dios.
Quiere solucionarlo todo con todos, cuando en el fondo eso no es verdad.
—Allá afuera, las personas creen en Dios a ciegas.
Pero yo ya sé que existe.
—Y ahora pregunto: —¿Tan descarados son para tomar la forma de mi padre y mi madre?
—¿Ahora qué harán?
—¿Tomar la forma de mis hermanas?
—¿De Élodie?
¿Del Dr.
Weill?
—¿Crees que eso me da paz?
No.
Es una forma de chantaje.
El ángel comprendió perfectamente lo que Nuriel estaba diciendo.
Así que tomó una forma distinta, no para amenazar sus sentimientos, sino para hablarle como igual.
El ángel habló: —Estoy aquí porque me importas, Nuriel.
Nos preocupamos por ti.
¿De verdad crees que somos seres insensibles?
¿Crees que disfrutamos de las desgracias humanas?
Y Nuriel le restregó en la cara, diciendo: —Sí.
Porque si no fuera así, entonces habrían intervenido en los campos de concentración.
—Hubieran intervenido en esa maldita guerra donde murieron miles de personas.
—Hubieran intervenido en la cantidad de enfermos que llegan a los hospitales por culpa de personas que ni siquiera sabemos quiénes son.
—Yo creo que sí.
Porque si tanto somos su hijo más preciado, entonces ¿por qué nos abandonó?
O al menos, eso es lo que yo siento.
—Por una parte creo que sí está con nosotros, pero solo cuando le conviene.
Y así como él me ve como una herramienta, entonces yo lo veré también como una.
El ángel dijo lo siguiente: —¿O sea que todo lo que hicimos por ti, eso es lo que estás tratando de decirnos, Nuriel?
Nuriel volteó con fastidio.
—¿A qué te refieres?
—dijo.
—Yo soy uno de los ángeles que intervino por ti en los campos de Auschwitz —respondió el ángel—.
Dios nos ordenó no intervenir en la masacre de los judíos.
Era parte del destino, y el concluir de los caminos.
Gracias a eso ahora Israel volvió a nacer, como una forma de resistencia hacia la tiranía.
Los que murieron ahora están en el Sheol, y el juicio que vendrá será el que les dé justicia.
Nuriel respondió: —¿Entonces quieres decirme que Dios necesita que una desgracia ocurra para hacer justicia?
¿Y así afirmar una “justa justicia” por una tragedia que Él pudo haber evitado?
¿Te das cuenta de lo estúpido que suena?
—¡Tú los llamas “judíos”, pero había más que eso en esos lugares!
—¡Había gitanos, franceses, italianos!
¡Como yo!
—¡O acaso sus muertes son menos importantes!
—¡Ustedes son iguales que esos malditos nazis!
—¡Judíos o no, seguimos siendo personas!
¡No nos etiquetes por algo que no pedimos!
El ángel respondió: —No podemos tocar el libre albedrío de nadie.
—Ay sí, el libre albedrío —dijo Nuriel—.
No me vengas con estupideces.
Si tanto le interesara a Dios la individualidad de cada uno, nos habría dejado escoger nuestras decisiones en medio de esta tierra.
—A mí no me dejaron opciones.
No tuve opciones.
No tengo opciones.
Soy el santo del rayo, ¿no es cierto?
Tanto es mi desgracia que no puedo usar mis dones.
Y la razón por la que no puedo usarlos es porque soy casi un ochenta por ciento agua.
—¿No lo has pensado?
Tal vez los ángeles, por ser espíritu, pueden usarlo.
Si es que el espíritu se puede llamar “concepto”.
—Un concepto.
Al igual que los orbes de la creación son un concepto.
Dios es un concepto.
Los ángeles son un concepto.
—Y aunque al principio no creía en eso, fue al verlos cuando sentí la horrible carga que son para la creación.
—Si Dios trata de reconciliarse conmigo, no hay nada que Él pueda hacer ahora.
—Porque para empezar, mi madre no está.
Mi padre tampoco.
Mis hermanas, menos.
Y la mujer que yo amaba, Élodie, tampoco está.
—Mi segunda figura paterna, el Dr.
Weill, ya no está.
—Ahora Él trata de compensar todo lo que pasó, enviándome a un bosque donde las cosas se regeneran.
Sí, tengo que aceptar que me interesa este lugar.
Y también me interesan mis hermanas, Dánae y Adelaida, que me esperan en esa cabaña.
—Pero ellas no tienen idea de lo que sufro cada día.
De cómo recuerdo en sueños todo lo vivido en los campos.
De cómo cada día me pateaban, me escupían, me decían que era un judío de mierda.
—Todos los días escuchando lo mismo: que yo no tenía valor.
—¡Tal vez yo tengo valor!
— dijo con la voz quebrada.
En este momento Nuriel no puede procesar todos sus sentimientos a la vez.
—¿Esa es la justicia de Dios?
¿Eso es lo que Él tanto defiende?
¿Oprimir a los judíos, oprimir a cualquiera, para luego venir como un salvador y decir que nos liberó?
—¿Ese es el Dios que quiere reconciliarse conmigo?
El ángel dijo: —Dios te escogió de entre todos los judíos en Auschwitz, Nuriel.
No hay nadie en ningún siglo que sea más capaz que tú de ser el santo del rayo.
—Porque el santo del rayo debe canalizarse en una sola dirección, sin mirar a los costados.
Pero su energía puede ramificarse y contener su ira hacia lo divino, reflejando el poder y la justicia de Dios.
—Si Dios te ha escogido, es por esa razón.
Dios te ama.
Y porque te ama, se llevó a tus padres y hermanos.
No por soberbia, sino porque ya no tenían nada más que hacer en esta guerra, incluyendo a Élodie.
Nuriel respondió: —Sí, claro.
¿Y qué?
¿Estoy aquí para recordar su memoria?
—Creo que tengo que aceptar que, para mí, el hecho de que Dios no existiera, o fuera solo un concepto, habría sido más agradable que enterarme de que sí existe.
—Y ahora que sé que existe, me doy cuenta de que nada volverá a ser como antes.
Nuriel suspiró, conteniendo algo roto dentro de él.
El ángel tomó una última forma.
Ya no cambió más.
Mostró su verdadero aspecto.
Sus vestiduras eran blancas, su cabello frizado, su piel clara, y sus ojos, cristalinos.
Tan parecido a un humano, y al mismo tiempo tan lejano a su concepto.
El ángel lo miró a los ojos, tocándole las mejillas, y dijo: —No voy a convencerte de que no odies a Dios, pero sí te diré algo, Nuriel.
—Nosotros te amamos.
Y Dios también.
—Tal vez tardes en entender su amor, pero quiero que sepas que Dios no disfruta las injusticias.
—El orden que creó, la justicia y el universo, los hizo por una sola razón: —Para que todos, justos e injustos, tengan la oportunidad de redimirse.
El ángel simplemente desapareció.
Y con ello, también se desvaneció, en cierto modo, una de las dudas que Nuriel tenía.
Pero esa duda quedaría solo para él.
Aunque una de sus preguntas había sido respondida, la respuesta no le agradaba.
Miró hacia el cielo y comprendió que no era el único ángel allí.
Había treinta y dos más, suspendidos sobre las nubes.
Y no fue hasta que Nuriel los ignoró y siguió caminando cuesta abajo, que los ángeles comenzaron a desaparecer.
Nuriel descendió hasta el final de la montaña.
Decidió regresar a la cabaña, avanzar con su proyecto Rayos X, y analizar mejor la morfología de su cuerpo.
Apenas vio las bolsas, no lo pensó dos veces.
Había un cajón enorme, una estructura de tablas que le permitiría cargar los ocho sacos llenos de minerales a la vez.
Con su fuerza descomunal, levantó todo y caminó.
Ya estaba acostumbrado a eso, pero no pudo evitar recordar Groenlandia, cuando cargó a Galton y a Adelaida por kilómetros de nieve helada, y el porqué de sus dedos ennegrecidos.
El silencio lo acompañaba.
El atardecer caía, y la tristeza llenaba su mente.
No por lo que el ángel le dijo, sino por lo que aquello podía significar.
Tal vez era un sentimiento que no podía responder.
No porque no supiera cómo, sino porque no quería permitirse ser débil.
“La debilidad es el patrón que los opresores usan para manipularnos.” Eso pensaba Nuriel.
Creía que cualquiera que quisiera imponerle algo era un opresor; alguien que buscaba quitarle su libertad.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
No hizo ningún gesto, ningún sonido, ningún sollozo.
Solo dejó que cayeran.
Un rostro inexpresivo.
Y dentro de él, los recuerdos: su hogar, su familia, la mujer que amaba, el doctor.
Todo.
“¿Por qué cada vez que cambio de lugar no encuentro paz?”, se preguntó.
Creyó que en la fábrica la hallaría.
No fue así.
Solo encontró opresión.
Auschwitz no fue mejor.
Buchenwald tampoco.
Pensó que Islandia sería distinta, pero Groenlandia lo enterró bajo su frío.
Todo lo que dejó atrás, solo por una estupidez de Galton, por negarse a ir más despacio.
Nuriel, con la mirada vacía, murmuró: —El ángel me pide que pida perdón a Dios.
Pero creo que es Dios quien debería pedirme perdón a mí.
No creo haber nacido solo para sufrir.
Y si nací para eso, entonces Dios no quiere perdón.
Quiere que no piense.
Siguió caminando.
Y aunque no lo sabía, los ángeles aún lo protegían desde lejos, evitando que tropezara, observando en silencio.
Mientras tanto, Nuriel repetía en voz baja, una y otra vez, como un mantra desesperado: —Tengo que mantener mi mente ocupada.
Mi mente siempre debe estar ocupada.
Debo mantenerla ocupada.
Mi mente tiene que estar ocupada.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com