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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 Como describir lo que siento
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45: Como describir lo que siento 45: Como describir lo que siento ⚠️ Advertencia⚠️ El siguiente contenido puede mencionar imágenes explícitas, descripciones discriminatorias y racistas propias de la época.

El autor no pretende generar morbo con esto.

Estos elementos son importantes para la trama.

Se recomienda discreción al lector.

🫥🫡 🫠✍️ Nota del autor: Chicos, se acerca algo grande.

Además, quiero adaptar esto a un webcomic —y sí, voy a hacerlo—, porque hay cosas que no puedo mostrar solo en papel.

Se vienen cosas enormes.

💧 Un nuevo santo Dios mío… esto va a ser increíble.

🌊🔥 ___________________________________________________________ Jack y Kamei-san se encontraban en la proa del Liners-Tras-Pacifico, respirando el aire salado después de casi un mes de travesía desde San Francisco.

Hoy era 15 de mayo de 1964, y la costa de Yokohama se extendía ante ellos, bañada por la luz suave del amanecer.

Barcos pequeños se deslizaban entre faros que parpadeaban, y la ciudad parecía despertarse con cada ola que rompía contra el muelle.

Kamei-san vestía ropas que combinaban la sobriedad japonesa con bordados chinos de su tierra natal, y su porte sereno parecía absorber la calma del mar.

Jack, con sus rasgos mediterráneos, contrastaba con el exotismo de su acompañante, reflejando la mezcla de mundos que los había traído hasta allí.

—¡Genial!

—exclamó Jack, apoyando las manos sobre la barandilla—.

¡Ya llegamos!

El Liners-Tras-Pacifico se acercaba al muelle.

Pronto serían retenidos para la revisión de documentos y equipaje, un formalismo que Kamei-san parecía aceptar con tranquilidad.

Mientras tanto, observaban cómo los trabajadores descargaban maletas y mercancías, cómo el muelle vibraba con el rumor de motores y el graznido de las gaviotas.

—Sabía que tendríamos que esperar, pero… —dijo Jack— no entiendo por qué estamos sentados aquí.

El aire olía a sal y a ciudad, y cada detalle parecía darles la bienvenida a Yokohama.

Era el inicio de algo nuevo para Jack, un país desconocido, una tierra con otro idioma extraño, y una curiosidad por preguntar de todo.

Jack aún le costaba procesar ver a tanta gente en el lugar que incluso desde EE.UU se mareaba al ver a la gente pasar, tan rápido como multitud.

En su mente decía: “No puedo creer que existan tantos humanos, sabía que existían, pero cansa a la vista verlos pasar, son tanto como arroz.

“ “Dios mío, me duele la cabeza.” Jack aun le costaba entender algo tan cotidiano como la multitud, pero aun era algo tímido con las personas.

—Mira, Jack —respondió Kamei-san—.

Siempre he hecho todo a la antigua.

Pero debo admitirlo: la ingeniería moderna hace este viaje mucho más fácil.

—¿Tú ya habías viajado antes en barco?

—preguntó Jack.

—Sí, pero nunca en un crucero —contestó Kamei-san.

—¿Cómo que nunca en un crucero?

—se sorprendió Jack—.

O sea, como… —Sí —interrumpió Kamei-san con una leve sonrisa—.

Antes compraba barcos, los abandonaba y luego los vendía.

No era muy inteligente.

El diálogo se interrumpió cuando llamaron sus boletos, del grupo G-07, asignado para su revisión: —¡Cabina 12B, pasajero 134, Kenji Satō!

Soltó una voz fuerte en un japones nostálgico llamando al pasajero: —Me llaman, Jack.

Quédate aquí.

Kamei-san se levantó y se dirigió hacia la cabina, sin embargo, Jack aun esta muy nervioso de estar en un lugar como este: —¡Pero tú no te llamas Kenji!

Kamei-san murmuró algo en chino, con una mezcla de nervios.

—Silencio.

“Carajo, Jack ha veces si pareces un niño” El interrogatorio duró casi dos horas.

Aunque sus nombres eran japoneses, su aspecto despertaba sospechas.

Kamei-san mostraba rasgos chinos, y Jack no parecía japonés.

Jack no podía contestar nada, pues desconocía el idioma.

Kamei-san actuó como intérprete, calmando la tensión.

Su carisma y japonés antiguo hicieron sonreír al oficial, quien finalmente les otorgó el pase.

Nadie supo cómo lo hizo reír.

Y como forma de alargar su estadía en Japón dijo: —Mi propósito es cumplir con el deber filial y presentarme ante un familiar que reside en Sagamihara —añadió, desplegando la formalidad propia de épocas pasadas, como si se tratara de un señor de edad.

Las pasarelas se abrieron, y pudieron pisar Yokohama, donde lo antiguo y lo moderno convivían: rickshaws junto a autobuses motorizados, templos con techos curvos junto a almacenes de madera y ladrillo, carteles de neón recién encendidos mezclándose con faroles de papel.

El aroma a té, pescado fresco y aceite de cocina flotaba en el aire, mientras los transeúntes cruzaban las calles con rapidez, algunos vestidos a la manera tradicional, otros con trajes occidentales.

Jack sonrió, embobado por el bullicio, los colores y los sonidos de la ciudad: —Esto es increíble… Y como si fuera una bienvenida a las islas del sol, una hermosa pieza de la época sonaba en los altavoces: “Kyu Sakamoto – Sukiyaki”.

—Qué bonita canción —mencionó Jack.

—Bueno, hay que ir avanzando —respondió Kamei-san.

—¿Que?

Pero… —Vamos Jack tenemos que llegar a Vietnam —Pero mira este lugar es increíble, no es como EE.UU es algo más no se familiar… —¿No te gustaría visitarlo?

—insistió Jack.

Kamei-san se rió un poco.

—Lo siento, Jack, pero no podemos hacer eso.

Quiero ir a casa lo más rápido posible.

—Y además —continuó—, aunque me gusta Japón, que eso no lo voy a negar, la comida aquí no es tan rica.

Prefiero mil veces la comida china.

—Ah, bueno —dijo Jack—.

Está bien.

Se desilusionó un poco, pero entendió la situación.

Kamei-san le recordó: —Además, recuerda que venimos aquí no por turistear.

Venimos porque debemos buscar el santo de la tierra.

—¿Eso le dijiste a los guardias?

—preguntó Jack.

—No —respondió Kamei-san—.

Si les hubiera dicho algo así, probablemente no nos habrían dejado salir del muelle.

—Oh, Dios mío.

—Jack tragó saliva—.

Eso quiere decir que…¿mentiste?.

—Sí.

No tengo ningún familiar conocido aquí, ni siquiera un amigo.

La gran mayoría murió hace dos siglos.

—¿Dos siglos?

—dijo Jack, incrédulo.

—Claro que sí —confirmó Kamei-san—, pero debo reconocer que ahora está irreconocible, como todo lo que pasa en este mundo.

—Muy bien, Jack —añadió Kamei-san—.

Lo bueno es que, a pesar de la inspección, logré guardar casi todo el fajo de billetes dentro de mi ropa.

—Conociendo bien los puertos —continuó—, tienen la horrible costumbre de robar dinero.

No sé si en Japón es igual, pero no quiero experimentar.

—Jack, escúchame —dijo Kamei-san—.

Trata de no hablar mucho aquí.

No sé cómo es Japón ahora, pero la gran mayoría de los japoneses son racistas.

—Así que, por favor, te pido que no digas nada.

No menciones nada, y por favor, no hables chino.

—No tienes idea de cómo los japoneses odian China —añadió—.

Por eso, aunque amo este país, también le tengo un ligero odio.

Aunque sinceramente creo que las cosas han mejorado.

Jack percibió un poco del resentimiento de Kamei-san hacia Japón, y a la vez, un amor que no se distinguía del todo del odio.

—Bueno —dijo Jack, ignorando el comentario—, ¿quieres ir a comer?

¿En serio quieres comer?

Aquí las cosas no las hacen con sal, ¿no?

—Bueno, hay cosas que sí y otras que no —respondió Kamei-san—.

Pero la gran mayoría no lo hace.

Y francamente, no me gusta.

—Pero bueno, qué importa.

No te preocupes.

—Ahora lo que tenemos que hacer es lo siguiente —continuó Kamei-san—.

—Debemos pasar desapercibidos por la ciudad porque soy una persona civilizada, Jack.

No me gusta llamar la atención como cierto imbécil.

—Lo que tenemos que hacer es llegar a Fukuoka.

—¿Y para qué?

—preguntó Jack.

—Llegaremos porque es el pase más sencillo para comprar un bote y seguir hacia el sur de Corea.

—Si vamos al sur de Corea, será más fácil llegar a Vietnam —explicó Kamei-san.

—¿Tú crees?

—preguntó Jack.

—Oh, claro que sí.

Si llegamos al sur de Corea, podemos recargar provisiones e ir a una de las islas en Taiwán.

—Si vamos allí, podremos ir de puerto en puerto hasta Vietnam, que está justo en el este de Tailandia.

—¿Cuánto tardaremos en llegar allá, Kamei-san?

—preguntó Jack.

—Si salimos rápido de esta ciudad y vamos por las montañas, llegaremos más rápido —explicó Kamei-san—.

Así podremos conseguir varias cosas silvestres que no hay en los mercados.

—Pero ¿sabes qué es lo bueno de Japón?

—dijo Kamei-san—.

Su sake.

Dios mío, no tienes ni idea de cómo lo adoro.

—¿En serio?

—preguntó Jack, sorprendido.

—Bueno, más o menos —respondió Kamei-san—.

Los rusos tienen un fervor más fuerte por su alcohol, creo.

—¿En serio?

—replicó Jack, curioso.

—Ay, no lo sé, Jack —concluyó Kamei-san—.

No suelo estar mucho tiempo en Japón.

Es un país complicado.

—Tranquilo, Jack… no odio Japón —dijo Kamei-san—.

Lo que odio es su fanatismo.

—Dijo Kamei-san con sarcasmo— El tan aclamado orgullo al país del sol naciente y que tenemos que purificar Asia —No tienes idea de como me jode que el pueblo japón catalogue de forma inferior, altanera y soberbia a mi pueblo.

—Y lo sé porque lo vi… y lo viví —añadió con voz seria—.

Es horrible que amenacen tu tierra por un ideal de expansión, y que amenacen a tus hijos.

Esa es otra razón por la cual fui a la guerra.

Jack se quedó anonadado, sin embargo, Kamei-san cortó: —Olvídalo, ahora debemos concentrarnos en ir a Fukuoka.

__________________________________________________________ Mientras todo esto ocurría en Japón, en Lisboa…

Ya era medianoche.

Teodoro se despertó sobresaltado: otra pesadilla.

La casa estaba casi en silencio.

Solo Helena seguía despierta, caminando nerviosa de un lado a otro en medio de la sala.

La nona no estaba; había salido a visitar a su hermana enferma.

¿Por qué dejaría la casa si apenas conocía a Helena desde hacía unos días?

Muy simple: el padre no regresaría hasta dentro de dos meses, y necesitaba a alguien que cuidara del niño mientras tanto.

Además, aunque al principio la nona tenía sus prejuicios hacia la gente afrodescendiente, terminó respetando a Helena muy pronto.

El primer día que Helena trabajó, acompañó a la nona al mercado.

Todo iba bien… hasta que un hombre intentó tocarla indebidamente.

O eso creyó, porque en realidad le puso las manos encima a la nona.

Helena reaccionó al instante, sin pensar en las consecuencias: lo agarró del cuello y estuvo a punto de mandarlo al infierno, pero lo soltó antes de armar un escándalo.

Fue hacia la nona preocupada: —¿Está bien, señora?

—le preguntó con furia contenida—.

¡Ese imbécil!

¿Cómo se atreve a hacer algo así?

La nona se sintió protegida.

Y aún más cuando vio a Helena cargar todas las bolsas del mercado sin el menor esfuerzo, como si fueran plumas.

Regresaron al mediodía.

Antes de que Helena organizara su nueva habitación, la nona le pidió que guardara las compras y ordenara la casa.

Helena lo hizo todo con calma, dejó el lugar impecable y al final, mientras miraba su cama recién tendida, pensó con una sonrisa: “Este trabajo no es agotador.

Por fin tengo mi propia cama.

Si mamá pudiera verme ahora…

estaría tan orgullosa.” Mientras fantaseaba al ver su nueva cama y cómoda, Helena fue observada por la nona desde la puerta.

La anciana no pudo evitar sentirse mal por ser algo prejuiciosa y murmuró: “Esta niña es un biscocho con manjarblanco.” Sin embargo, la tranquilidad de los primeros días se vio interrumpida por una noticia terrible: la hermana de la nona se había caído por las escaleras de la casa de su sobrina y estaba gravemente mal.

La nona entró en una lucha moral.

No sabía si debía dejar que Helena cuidara a Teodoro por cuatro días sin supervisión de un adulto.

Pidió permiso al padre de Teodoro, pero él se negó rotundamente a que abandonara la casa.

Helena, al ver la situación vulnerable de la nona, le propuso quedarse con Teodoro y cuidarlo ella misma.

La nona se negó al principio; sin embargo, Teodoro terminó convenciéndola de que lo mejor sería ir a ver a su hermana enferma.

—Nona, tú siempre me cuidas.

Tranquila, no se lo diré a papá.

Además, si él se entera por terceros que te fuiste, podría despedirte.

Confía en Helena.

La nona dudó.

Tuvo una guerra interna, pero recordó el sueño del ángel y comprendió que tal vez era el destino.

Así, finalmente, la nona se fue.

Antes de marcharse, pidió a Teodoro que la llamara si Helena hacía algo indebido.

Y con eso pasó el primer día.

Era medianoche.

Teodoro se despertó.

Helena seguía en guardia.

—Helena, ¿qué haces despierta?

—preguntó él.

—¿Y tú?

Deberías estar durmiendo —respondió ella.

—No puedo dormir.

—Ay, Teodoro…

si te soy sincera, yo tampoco puedo.

Suspiraba ella; por el estrés que sentía, se sentó en el sofá, mientras Teodoro no sabía el porqué de su preocupación.

—¿Es por la noticia de la radio?

—dijo él.

Helena reaccionó igual que un gato asustado.

—¡No!…

no es eso —dijo con una voz evasiva.

—Si te asustan los terroristas del Atlántico Sur, no vendrán aquí.

Helena soltó un chillido nervioso, casi como el de un hámster.

Teodoro sonrió.

—Por qué haces esos sonidos, me recuerdas a mis conejos.

Helena no vio nada de gracioso en esto.

En verdad, estaba demasiado estresada.

—Si tienes miedo, yo puedo cuidarte —dijo él con inocencia.

Helena no pudo evitar ruborizarse.

—Ow… Teodoro, no puedes evitar no ser un amor de hombre.

Él respondió nervioso: —Bueno… es que… yo… no… pero… —Jajajaja —rió con fuerza— y encima me haces reír, eres el paquete completo, Teodoro.

—Está bien, Teodoro.

Ya me siento más tranquila.

Pero tú deberías dormir.

—Es que no puedo —respondió él.

—Vamos, muchacho —dijo Helena.

Y sin aviso, Helena sostuvo el pequeño cuerpo del jovencito por las piernas y la nuca, cargándolo delicadamente.

Teodoro se tensó al sentir el peso de su propio cuerpo en los brazos de Helena; no pudo evitar sentirse incómodo, avergonzado e incluso intimidado por la confianza con la que ella lo sujetaba.

—¡Bájame!…

No soy un niño.

Llevó sus manos al rostro, por lo rojo que estaba.

Helena contestó: —Hasta que no cumplas veinte, seguirás siendo para mí una criaturita.

—¿Qué?…

Eso no tiene sentido, ya soy un hombre.

—¿Ah, sí?

¿Qué edad tienes?

—Catorce años.

—Oww, la criaturita de metro sesenta tiene catorce años, ay Teodoro, estás una lindura.

Ella llevó a Teodoro a su cama y lo acostó con cuidado, y luego se sentó al lado suyo.

—¿Quieres que te lea un cuento?

—No soy un niño…

pero sí… por favor.

—Pero no te duermas esta vez —bromeó él.

—Por favor, ¿cómo crees?

—dijo ella.

Buscó en uno de los libros de su estantería y, al poco de leer las primeras tres páginas del prólogo, se quedó dormida, como si el libro fuera un somnífero.

—¿Helena?

—Ah sí, perdón y… —“Y recordar…

imaginar…

permite imaginarse…” —“¿No es imaginarte?” —la corrigió Teodoro.

—¡Ay!

¡Discúlpame!

¡Fui muy poco al colegio!

—se disculpó ella, riendo.

—Tranquila —dijo él—.

Mi nona suele leerme los libros.

No tienes que hacerlo si no quieres.

Helena pensó: “Mierda, se me olvida que no puede ver.” “La lectura, tal vez fue una de sus pasiones.” “No sé cómo perdió la vista, pero, si no puede leer solo…” “Entonces… yo seré sus ojos.” Volvió a intentarlo.

—“El hambre atroz de yo…” Se detuvo.

Suspiró.

—¿Sabes qué?

—dijo, rindiéndose—.

Soy una mujer práctica, tú te duermes, ¿vale?

—Está bien —respondió Teodoro.

Helena se sintió mal, pero una idea le cruzó la mente mientras sonreía con ternura.

—Ya sé lo que necesitas.

—Hasta mañana, Helena… —murmuró él, medio dormido.

Sin embargo, Teodoro sintió algo más que solo sus pensamientos; sintió cómo las manos enormes de Helena sostenían sus mejillas, imponentes y cálidas.

Helena acercó sus labios delicadamente hacia su nariz, recordando lo que su madre hacía cuando era pequeña.

“Hay mamá, qué buenas costumbres me dejaste además del trago.” Lo besó en la nariz y en la frente.

Lo acarició con cariño y susurró: —Hasta mañana, Teodoro.

Salió con el libro en la mano y cerró cuidadosamente la puerta.

El corazón de Teodoro no dejaba de latir.

Su mente estaba en todos lados y en ninguno a la vez.

Solo pensaba: “¿Me besó?” Mientras tanto, Helena trataba de concentrarse en la lectura: A Menina do Mar, de Sophia de Mello Breyner Andresen.

Era el libro que había sacado del estante, con una lámpara en la mano.

“El niño se sentaba todos los días en la playa a mirar el mar.

A veces el mar estaba calmo y azul, otras, verde y furioso…” Mierda, qué aburrido… La mente de Helena no estaba en la lectura, sino con su madre.

Solo podía pensar en una cosa: “Mamá… perdóname, por favor… debí hacerte caso.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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