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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 Las Rakshasa poseían cuerpo pero las Tian Nü cargaban con sus recuerdos
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46: Las Rakshasa poseían cuerpo, pero las Tian Nü cargaban con sus recuerdos.

46: Las Rakshasa poseían cuerpo, pero las Tian Nü cargaban con sus recuerdos.

⚠️ ADVERTENCIA DEL AUTOR ⚠️ El siguiente contenido puede contener descripciones muy explícitas, incluyendo escenas gore y referencias a capítulos anteriores.

El autor no busca el morbo ni la provocación, sino la inmersión narrativa.

Todo lo que leerás a continuación es ficción pura.

Se recomienda discreción del lector.

☕🧐📖 🍷 NOTA DEL AUTOR 🍷 ¿De verdad pensaron que me había olvidado de este personaje?

Por favor… 😌 Por algo lo puse hace capítulos atrás.

Jajaja, mentira, es broma, es broma 😏 Relájense y disfruten del capítulo, chicos.

Pónganse cómodos, que esto se va a poner bueno.

🥂🔥 ─────────────────────────────────────── Se escuchaba el crepitar del fuego rompiendo la quietud de la noche.

Cada rama que se quemaba convertía el carbón en cenizas vivas, que danzaban como pequeñas llamas sobre la tierra húmeda.

Una mujer cocinaba un animal recién cazado.

El calor del fuego le daba un respiro a una mente confundida.

En la selva de Yunnan, sentía que no pertenecía a ningún lugar.

Observándola con atención, empezaban a notarse los detalles de su aspecto.

Sus brazos no eran normales; no parecían tatuados, sino ennegrecidos, como si los hubieran sumergido en petróleo bajo la luz naranja.

Su rostro pálido mostraba grandes ojeras y una nariz ganchuda, pero lo más inquietante eran sus ojos: carmesí con vetas marrón-anaranjadas.

Llevaba ropa de otra época, quizá de los años veinte.

A su alrededor, el suelo estaba muerto como si, la tierra hubiera erosionado.

Un círculo de cinco metros rodeaba el lugar, flanqueado por pilares de piedra, restos de una vieja ruina olvidada.

La mujer murmuró con voz cansada: —Si hubiera llegado más temprano, tal vez lo habría detenido.

Lo más probable es que ya haya partido… Lo liberaron.

Se masajeó los hombros y respiró hondo: —Tengo que moverme ahora… Me sorprende que no me encontraran.

—No se si eso es un augurio.

—Maldita sea…

Ella solo pensó: “No entiendo… me petrificaron, pero no fue él.

Estuve así por años en esa cueva.” “No tiene sentido que no me encontrara.

Además, ¿Estaré en un limbo?” “¿O ya estoy muerta y aun no me doy cuenta?

De él se puede esperar de todo.” Sin embargo, el silencio se quebró.

Sintió otra presencia a lo lejos.

Volteó, intentando identificar si era humano o espíritu.

“No es un Mòshī, es una persona.” Ella parecía una figura nacida de la luz de la luna, pero su sombra no proyectaba una mujer, sino la nada.

Ella no tenía sombra, a pesar de estar ahí, como si la oscuridad misma la reclamara y la mantuviera pegada a su piel.

Caminó lentamente hacia la sombra de un árbol, cada paso casi silencioso, como si el mundo contuviera la respiración al verla acercarse.

Como un espectro, desapareció entre la penumbra apenas iluminada por la luz temblorosa de la fogata, fundiéndose con las sombras.

Entre los árboles se distinguía un movimiento sutil: un mono.

El humano que se acercaba era una jovencita.

La fogata iluminaba su rostro mientras miraba a ambos lados.

Solo vio carbón vivo y carne dorándose sobre las brasas.

Rodeó la fogata y siguió su camino, inconsciente del peligro.

Se dirigía hacia el círculo de piedra, a unos metros de la fogata, sin saber qué le esperaba si lo pisaba.

La muerte era invisible a la vista, unos pasos bastarían para acabar con su vida.

Entre las ramas, el mono comenzó a moverse violentamente.

Su cuerpo se tensó, como si algo dentro de él estuviera empujando por salir.

Se columpió hacia la joven y, en pleno salto, su morfología empezó a cambiar: los huesos crujieron, alargándose; los músculos se estiraron bajo la piel.

De sus brazos emergieron plumas que se abrieron paso como agujas de luz; su boca se deformó hasta convertirse en un pico afilado, y su cola se desplegó en un abanico de plumas que temblaba con el viento.

Para cuando tocó el suelo, el mono ya no existía: en su lugar se erguía un águila enorme.

Elevó el vuelo y, en picada, se lanzó sobre la señorita.

Sus garras, del tamaño de un oso tibetano, la derribaron al suelo.

—Lárgate de aquí si no quieres morir —dijo con voz femenina, mezclando tonos humanos con algo extraño en mandarín.

La jovencita no logró gritar.

El impacto de ver a un animal hablar la dejó inconsciente al instante.

El animal notó que aún respiraba; a pesar de todo, había logrado salvarle la vida.

Mientras el águila lo olfateaba con cuidado.

El ave miró en varias direcciones, sus ojos atentos, calculando el instante perfecto.

Lentamente, comenzó a cubrir con sus plumas el cuerpo de la mujer, como un manto protector.

Al igual que antes, su forma empezó a cambiar: las plumas se aflojaron y cayeron una a una, flotando en el aire como si perdieran su propósito.

Cada pluma que caía revelaba una piel diferente debajo, transformando la textura y la forma.

Las garras se encogieron, alargándose en patas, y el pico se ablandó, convirtiéndose en labios delicados.

Un pelaje fino comenzó a extenderse por su cuerpo, recorriendo sus extremidades mientras la forma aviar cedía lentamente.

El cambio era gradual, fascinante, casi hipnótico; cada centímetro del ave mutaba en carne, pelo y movimiento humano-animal.

Finalmente, el águila dejó de ser ave: sus alas se plegaron, su estructura se dobló, y se transformó completamente en un chimpancé.

El simio arrastró a la jovencita hasta un árbol cercano a la fogata.

La posicionó para que pudiera descansar con normalidad.

Sus ojos reflejaban melancolía mientras miraba al cielo, como si recordara algo perdido.

Bajo la luz de la luna y las estrellas, el pelaje de su cuerpo comenzó a caer lentamente, dejando crecer cabello humano.

Sus extremidades inferiores tomaron forma: pantorrillas y muslos definidos, con músculos tensos y armoniosos.

Su pecho se infló, la cintura se afinó, y sus ojos adquirieron un intenso color carmesí.

El cambio final fue silencioso pero impresionante: su cuerpo se volvió completamente humano, aunque la energía animal aún vibraba en cada fibra de su alma.

La luna volvió a iluminarla, y la fogata también.

Una mujer desnuda.

Hermosa, pero con un pentagrama negro marcado en el pecho, como si hubiera sido grabado a calor.

Su mirada estaba perdida y confundida, cargada de historia.

Recogió sus prendas con calma y se las puso, cada movimiento medido, preciso, lleno de elegancia.

Era el mono, el águila, el chimpancé… No había duda alguna.

Era Xiaoxui.

_____________________________________________________ Esto estaba sucediendo en el pozo del juicio, en la bóveda de Zhuang.

El eco de aquel lugar parecía atravesar continentes.

Mientras tanto, en Néouvielle Massif, España, Galton había corrido todo el día, aun con la fatiga mordiéndole los huesos.

Moverse así no era habitual para él.

Después de Groenlandia, su fuerza divina se redujo a la mitad.

Acurrucado en la nieve, solo pudo contemplar las estrellas.

Recordó las palabras de su hijo Zaziel: “Papi, papi, mírame… mi mamá está en una de esas estrellas”.

La frase lo atravesó.

Fue como si el cielo le abriera la mente de un golpe: las estrellas comenzaron a pesarle, a observarlo, a recordarle cada error, cada fracaso que arrastraba como una condena.

“Me doy cuenta de algo”.

“No sé si es el frío o yo estoy comenzando a despertar”.

“Lo cierto es que no he sido inteligente”.

“Miro el pasado, y no entiendo cómo o por qué hice eso”.

“matar, castigar, insultar”.

Las palabras resonaron en su cabeza como si alguien más se las gritara desde adentro.

“¿Por qué lo hice?” “Desde que soy inmortal, me doy cuenta de que la gente jamás entenderá lo que soy… porque yo ya no cuento los años.” “Supongo que el dolor de envejecer sí es una bendición.” “Te da conciencia de la vida… y también de lo idiotas que somos como personas.” “Me pregunto qué es peor… el diablo o el hombre.” —Dios… muchas veces miro al cielo y me pregunto —susurró— qué pasará conmigo cuando muera y me pidas cuentas de todo lo que hice.

—Solo miro el cielo… y siento que, incluso viviendo para siempre, soy demasiado pequeño para pedir volver a ver a Batuya y a Zaziel.

—Dime cuándo moriré… tal vez… no tengo derecho a eso.

—Ya olvidé por qué estoy aquí.

—Por qué hago todo esto si al final… terminaré fracasando.

—Dime cuándo nací; apuesto que mi madre me recuerda, pero yo no la recuerdo.

—Es como si yo no hubiera nacido.

—O si nací… fue solo para hacer daño.

—Cuándo nací, cuándo lloré… no recuerdo ni mis días de gozo.

—La vida para mí no tiene un camino.

—Para otros sí… pero para alguien como yo, siento que mi existencia sobra en esta vida y en todas.

—Por qué no puedo moverme… —Por qué no puedo amar… —Por qué no puedo sentir… —Por qué dejé de ser hombre para convertirme en un muerto.

—Cuándo perdí mi vida… —Cuándo perdí mi amor… —Cuándo dejé de soñar… —Cuándo dejé de reír… —Helena me devolvió algo de eso… pero ahora no tengo nada.

—Dios… dime por qué nací.

—A qué vine realmente a la tierra.

—Dime por qué me creaste.

—Admítelo… te equivocaste.

—Otros lo hubieran hecho mejor que yo.

Y como si sus palabras se quebraran bajo su propio peso, comenzó a orar.

—Señor, cuida a Helena.

Esa niña no sabe nada.

Estoy cansado.

Solo espero que el Santo de la Luz proteja al Santo del Hielo.

—Me estoy agotando… pero tal vez era necesario llevar a Helena a ese lugar.

—No sé cómo ni por qué… pero algo me lo gritaba desde dentro.

—Sé que mi misión era llevar al Santo de la Luz a Vermont.

Pero no podía ir santo por santo… tardaría años, y esas cosas del inframundo… esas cosas los están cazando.

—Lamento no seguir siempre lo que dices —susurró, roto—.

Está bien… lo acepto… pero esta vez sí me arrepiento de no haberte hecho caso.

—Me doy cuenta de que casi nunca pienso bien las cosas… que siempre lo arruino… —Dime… ¿me estás condenando?

—Envías tantos ángeles tras mis misiones… —¿Por qué?

—Solo déjame descansar… ya no puedo más… déjame morir… ya no quiero vivir… por favor… mátame… —Quiero morir… —Ya no quiero pensar… ya no quiero caminar… ya no… Galton empezó a llorar sin llorar: un llanto seco, sin expresión, sin vida.

Su cuerpo estaba tirado en la nieve helada, como si la tierra quisiera tragárselo para que por fin descansara.

Entonces un ángel apareció a su costado, sentado con una calma que dolía más que la propia desesperación: —Dios aún no te dejará morir.

Él quiere que vivas… —Él no quiere que termines así.

—Él cuidará de Helena… —Y también de ti.

Galton habló con la voz quebrada, casi un suspiro: —Helena… solo espero que esté bien.

Es una tragedia… —Por mi culpa ahora es inmortal… llevará la misma carga que yo… Luego, mirando la nada, preguntó: —Dime… ¿Dios se equivocó conmigo?

—Dime, ángel… ¿Él sabía que mataría a esas personas y aun así me dejó hacerlo?

El ángel lo acarició como quien toca una herida abierta: —Dios no se equivoca.

Tampoco permite nada sin consecuencias.

—Galton, no creas que Dios no te pedirá cuentas por todas las vidas que cargas.

—Él es justo.

Sabe que fallaste, como sabía que fallarías, y sabe que volverás a fallar.

Si no te detiene… es porque hacerlo te quitaría la libertad.

—Y no pide alabanzas por gusto.

—Los humanos y los ángeles alaban para no olvidar quién los creó… y cómo agradecerle.

Galton quedó inmóvil en la nieve, tocando su piel como si quisiera sentir algo, lo que fuera, mientras el cielo inmenso lo iluminaba sin consuelo ninguno.

“Mi mente me pesa, no puedo moverme…el brillo de las estrella me recuerda que la vida no fue hecha para vivir por siempre… la muerte es un regalo…¿No sé si Dios me estaba eligiendo o me estaba condenando?” ________________________________________________ Mientras tanto, al otro lado del mundo, en la selva de Yunnan, la señorita despertaba.

Solo se había desmayado unos minutos.

El sonido de la fogata volvía poco a poco, suave, hipnótico, como si alguien respirara con ella.

El aire olía a ceniza húmeda y hojas podridas.

Estaba atada de los tobillos, pero no de las manos.

Cuando abrió los ojos de golpe, vio a Xiaoxui frente a ella.

Un nudo le apretó la garganta.

Estaba en medio de la jungla… y frente a ella había una mujer completamente desnuda, con la piel brillando por el vapor del fuego.

Xiaoxui notó su sobresalto.

Antes de que el miedo le subiera a la voz, avanzó despacio.

Cada paso crujía sobre la tierra mojada, como si la selva misma contuviera el aliento.

Se detuvo frente a ella.

Sin abrir la boca, extendió una brocheta de carne asada.

El humo tibio se mezcló con el aire tenso entre ambas.

—¿Quieres?

—preguntó con voz serena.

La joven asintió, temblando, y tomó el alimento como quien acepta un arma sin saberlo.

Xiaoxui señaló un hundimiento oscuro entre la maleza.

—¿Ves ese hoyo de ahí?

Por nada del mundo te acerques.

Su tono se volvió afilado, casi clínico.

—Si lo haces, tu espíritu se desplomará de forma permanente.

Una pausa.

La mirada de Xiaoxui se volvió fría como un metal mojado.

—Perderás tu alma —continuó—.

Es como caminar por un campo minado: un paso mal dado… y tu cuerpo se hará trizas.

No quedará ni un hueso que rescatar.

Comenzó a caminar en círculos alrededor de la fogata, como si vigilara algo invisible.

—Avísales a los de tu aldea que no se acerquen.

Este lugar está completamente maldito.

Quisiera sellarlo… pero no puedo.

La señorita la miraba con una mezcla de terror y una curiosidad que no sabía controlar.

—Tú… ¿qué eres?

—preguntó, apenas respirando.

Xiaoxui sonrió sin alegría.

—Soy muchas cosas —respondió—, pero si te sirve… soy un error.

Se acercó a ella de nuevo.

Su sombra se proyectó sobre las brasas, pareciendo moverse por sí misma.

Sus ojos carmesíes la encajonaron.

—Escucha bien —dijo con voz baja, firme—.

Si no quieres morir, no digas que me viste.

No digas que te hablé.

Su rostro quedó a pocos centímetros del suyo.

—Y no creas que, si lo haces… no iré a buscarte.

Se inclinó hasta quedar a unos centímetros de su rostro.

—Voy a buscarte —susurró—.

Y te juro que no saldrás con vida.

Ni tú… ni quienes escuchen tu historia.

La chica asintió, temblando como una hoja.

Los labios de Xiaoxui temblaron por un instante, como si luchara contra algo dentro de sí.

—Por favor… no dejes que nadie se acerque a ese lugar —logró decir.

Y entonces su cuerpo volvió a cambiar.

La transformación comenzó en la piel: la chica vio cómo, poco a poco, los brazos de Xiaoxui se cubrían de un pelaje suave.

Un par de orejas redondeadas brotaron entre su cabello.

Su nariz se encogió y se alargó, moldeándose hasta tener la forma puntiaguda de un mapache.

Su cuerpo entero se compactó, ligero, y una cola esponjosa emergió detrás de ella.

En cuestión de segundos, donde había estado la mujer, ahora había un panda rojo.

—No digas que me viste —advirtió el panda, con una voz tenue pero perfectamente clara.

Tomó un pedazo de carne entre las patas y se perdió entre los arbustos sin hacer ruido, como si hubiera sido parte de la selva desde siempre.

La chica, paralizada, terminó de comer en silencio.

Quería volver a casa.

Y la razón por la que estaba allí era tan simple que ahora parecía ridícula: se había perdido.

Sabía que si contaba lo que había visto, nadie en su aldea le creería.

Además, llevaba tanto tiempo fuera de la comunidad que ya no entendía sus costumbres.

Respiró hondo, se levantó… pero no avanzó más de un paso.

Su cuerpo simplemente dejó de responder.

Se quedó fijada al suelo, como si la oscuridad misma la hubiera tocado.

Primero, porque aún no comprendía nada de lo que había visto.

Y segundo, porque lo que tenía enfrente no podía existir.

No bajo ninguna ley de la vida.

Algo se acercaba.

Algo que parecía humano… pero no lo era.

Era como si un montón de cadáveres hubiera sido remendado, cosido con furia, y arrojado al mundo para que caminara.

Una abominación avanzaba hacia ella, cada paso más grotesco que el anterior.

Medía casi dos metros.

Cuerpos, miembros y pedazos sin lógica convivían como si compartieran un solo latido.

Tenía ojos por todo el cuerpo, cuatro bocas, dos narices, cinco brazos, dos piernas… y cinco colas que se arrastraban como serpientes famélicas.

La criatura era completamente negra, como si hubiera sido moldeada con hollín vivo.

Trató de hablar.

Lo que salió fueron gruñidos, golpes de aire, y un idioma imposible que se quebraba antes de formarse.

Hasta que por fin, con esfuerzo, articuló: —Has visto… a un ente.

La chica no entendió.

Su mente gritaba que aquello era un sueño, pero su cuerpo sabía la verdad: los sueños no huelen a muerte.

Después de ver a una mujer transformarse, la chica creyó que nada en ese lugar podía ser real.

Pero el ente volvió a hablar, esta vez con un tono que le raspaba el alma: —¿Dónde está el ente?

La criatura la agarró de golpe.

Manos, brazos, extremidades imposibles la sujetaron del pecho, de la pierna, del cuello… como si cada parte del monstruo quisiera reclamar un pedazo suyo.

La levantó del suelo y la sacudió con violencia.

Ella intentó zafarse, pero era inútil: su fuerza era la de una niña enfrentando un terremoto.

Ni siquiera tuvo tiempo de pensar.

Solo esperó, suspendida, a que algo terrible sucediera.

La aberración la giró bruscamente.

Cuatro mandíbulas se abrieron a la vez, todas apuntando a su cuello.

—¡Ayuda!

—gritó ella, desgarrándose la voz—.

¡Auxilio… por favor…!

Pero nadie la escuchó.

Nadie podía hacerlo.

Y la mujer-animal, la única capaz de defenderla, ya se había ido.

No quedaba nadie en esa selva maldita que pudiera salvarla.

La primera mandíbula alcanzó su cuello.

La chica soltó un grito que el bosque devoró, y luego… nada.

Su cuerpo dejó de reaccionar.

El monstruo la mordió con una fuerza monstruosa: la cabeza se desprendió con un chasquido seco, brutal, y su cuerpo quedó colgando, inerte, como un trapo roto.

Era la imagen más cruel de la humanidad.

Porque aquello no era obra de Dios.

Ni siquiera del infierno.

Era obra del hombre, del potencial de horror que llevamos dentro cuando se nos permite deformarlo.

Quizá los humanos somos peores que los demonios.

La criatura comenzó a devorar el cuerpo de la chica pedazo por pedazo, nervio por nervio, hasta que en cuestión de segundos no quedaron ni los huesos.

Solo quedó el cráneo, caído tras el desmembramiento.

El ente lo tomó con delicadeza macabra y lo acercó a sus múltiples ojos.

Lo observó con curiosidad, casi con fascinación infantil.

Con sus garras, abrió el cráneo como si destapara una fruta, rompiéndolo con una precisión quirúrgica.

Entonces sus manos comenzaron a mutar: no en tentáculos de pulpo, sino en apéndices flexibles, vivos, como los filamentos sensibles de una medusa.

Cada tentáculo vibraba, respiraba, explorando el aire… como si buscara más.

En uno de los orificios distinguió algo familiar: los recuerdos de la chica.

Su cuerpo reaccionó como un resorte.

Los reconoció uno por uno, como si fuesen piezas encajando en un rompecabezas grotesco.

Supo hacia dónde había ido la mujer del cambio de formas… y también entendió que ella había quemado sus ropas para evitar ser rastreada.

Astuta, pero no suficiente.

Entonces, la criatura abrió la boca y dejó escapar un grito.

No era un sonido humano.

Ni animal.

Era como si dentro llevara miles de gargantas retorciéndose al mismo tiempo.

Un eco que parecía subir desde el fondo del infierno.

Ese grito no era furia… era un llamado.

Y su manada respondió.

Sombras enormes comenzaron a levantarse entre los árboles.

Criaturas como ella, deformes, hechas de pura aberración.

Las habíamos visto encorvadas… pero al incorporarse entendimos la magnitud del problema: casi siete metros de altura.

Siete.

Metros.

Ya habían localizado a nuestra protagonista.

El panda percibió el peligro y no lo pensó: corrió.

Corría como si el suelo quemara.

Podía sentir, a través del pelaje, la vibración de esas bestias acercándose a toda velocidad.

La amenaza ya estaba encima.

Para despistarlas, cambió de forma: se convirtió en serpiente.

Se lanzó contra la maleza, deslizándose entre tierra, raíces y humedad.

Pero el miedo la nublaba; necesitaba pensar, moverse, sobrevivir.

Volvió a transformarse, ahora en una rata.

Se metió en madrigueras estrechas, buscando una salida, cualquier salida.

Pero subió de nuevo a la superficie: tenía que comprobar que no hubiese presencias cerca.

Solo quería escapar del bosque.

De la jungla entera.

Emergió para despistar a quien rondara cerca… y vio un lago.

La idea cruzó su cabeza como un latigazo: “Tengo que salir de aquí.” “Tengo que salir.” La rata se convirtió en un pez.

Se lanzó al agua y nadó con todo su cuerpo, dejándose arrastrar por la corriente que llevaba al río.

Avanzó tan rápido que aprovechó el impulso del agua para transformarse otra vez, esta vez en un reptil.

Trepó a una roca que sobresalía del lago y tomó aire unos segundos.

Fue entonces cuando un destello iluminó la selva.

Una voz susurró: —Xiaoxui… La oscuridad se abrió como un telón.

Una figura bajó del vacío.

No era un simple ángel: era un querubín.

Cabeza de panda, cuerpo de serpiente, rostro humano.

Su presencia no solo impresionaba… aplastaba.

Como si el aire se volviera más pesado a su alrededor.

—Xiaoxui, ese es el nombre que te dio tu madre, hermosa mujer del loto —dijo el ángel—.

Dios te ha escogido para ir en contra de lo que ocurre hoy en día.

Xiaoxui lo miró con un enojo que le ardía en la garganta.

—He estado llamando a Dios desde hace años… ¿por qué ahora me responde?

El ángel inclinó la cabeza, casi con tristeza.

—Porque Él quería salvarte.

Quería que vivieras.

Pero preferiste buscar a Zaziel Y ahora el destino del ancestro del fuego se entrelazó con el del ancestro del rayo.

—Xiaoxui —prosiguió—, Dios te ha escogido.

Toma mi mano si quieres vivir.

Él te dará la redención que anhelas.

Te liberará del cuerpo que te confina.

Te dará una muerte pacífica.

Restaurará todo.

Pero Él te necesita.

Debemos evitar una tercera guerra cósmica.

Detrás de las sombras, las bestias se acercaban, crujiendo, respirando como si cargaran odio en los huesos.

Xiaoxui, en forma de lagarto, volvió a ser mujer y se sostuvo sobre la roca, temblando.

—Ven conmigo —dijo el ángel—.

Déjame ponerte a salvo.

Esto debes decidirlo tú.

Si te arrebatamos sin tu permiso, no estaríamos respetando tu voluntad.

Xiaoxui miró hacia atrás.

El bosque se movía.

Algo enorme se arrastraba entre los árboles.

Su respiración se rompió.

—Dime una cosa… ¿Zaziel irá por Galton?

—Así es —respondió el ángel, sin dudar.

El miedo se le clavó como un dardo.

—Sácame de aquí, por favor.

Xiaoxui tomó su mano.

El mundo se quebró en un destello blanco.

Ambos desaparecieron en la luz.

Las bestias llegaron al río segundos después, rugiendo con una furia que parecía quemar el aire.

Golpeaban el agua, desesperadas, frenéticas, gritando como si anunciaran un mal presagio: —¡Dos entes!

¡Dos entes!

¡Dos entes!

¡Dos entes!

Y en ese eco salvaje, algo en el cielo pareció despertar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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