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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 Mi Atrición me susurra desde la vereda
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47: Mi Atrición me susurra desde la vereda 47: Mi Atrición me susurra desde la vereda ⚠️ ADVERTENCIA ⚠️ El siguiente capítulo puede contener descripciones explícitas sobre contextos médicos en Vietnam y referencias a la Segunda Guerra Mundial, incluyendo invasiones chino-japonesas, duelo y muerte.

Estos temas pueden resultar sensibles para algunos lectores.

El autor no busca el morbo ni promoverlo en ningún sentido.

Todo lo narrado es completamente ficción.

Se recomienda discreción al lector.

✒️ NOTA DEL AUTOR 💻 🫠 Quisiera no tener tantos trabajos y exámenes 😔 _____________________________________________________________ A lo lejos se recortaba la silueta de un joven soldado, plantado en su uniforme gastado como si fuera parte del terreno.

El sol apenas rompía el horizonte, dejando un brillo cobre y polvoriento sobre los techos metálicos del campamento.

A la orden seca de su superior, el muchacho llevó la trompeta a los labios: era el wake-up call que ponía en marcha a todo el que respirara ahí.

21 de mayo de 1964.

Otra mañana más… o eso parecía.

Porque esto no era cualquier parte del mundo.

Estamos en Vietnam.

Más exactamente, Qui Nhon: una base logística del ejército estadounidense, donde el día empezaba antes que el miedo y siempre sin garantías.

No es el frente; aquí no se oyen disparos, solo motores y grúas.

El crujido de cajas de munición se acumula sin pausa.

El ambiente vibra con un ruido que recuerda que la guerra sigue.

También aquí, detrás de las líneas, nada se detiene del todo.

De todos los sectores, el más activo era el almacén de reparos.

Allí trabajaban las secciones de Ordnance y Quartermaster.

Revisaban motores, reparaban vehículos y piezas dañadas.

Los talleres se dividían en pesada, armamento y aviación ligera.

Cada uno llevaba su ritmo marcado por las urgencias del día.

Los repuestos llegaban desde el puerto y se registraban rápido.

Luego se enviaban al frente según la prioridad establecida.

Distribuyen armamento, clasifican piezas de aviones y equipo.

También mantienen trato con los vietnamitas del pueblo cercano.

Un hombre cruza el almacén cargando una caja.

—Tenemos cerveza para la tarde, chicos —grita, con una sonrisa que ni el polvo logra apagar.

Y ahí aparece nuestro protagonista.

Un muchacho de diecinueve años, en su segundo servicio en Vietnam.

Alto, barba descuidada, curtido por el calor y por un ruido que ya ni registra.

—Hey, Collin —le dice su amigo desde una mesa llena de grasa.

—¿Qué pasa, loco?

—responde sin levantar mucho la vista.

—¿Tienes aceite?

Collin sonríe.

—Sí, necesito aceite… para lubricar a tu hermana.

Ríen.

Humor de taller, humor de guerra.

—No, hablando en serio —añade—.

¿Tienes?

—No tengo, hermano.

—Bueno, iré al almacén.

Collin MacKenzie.

Hijo de granjeros del norte de Idaho, cerca del pueblo de Moscow.

Su padre, William Johnson, trabaja la tierra; su madre, Margaret MacKenzie, viene de familia canadiense, de esas que hablan poco y creen que el trabajo resuelve todo.

Collin no fue a la universidad.

Nadie tuvo tiempo para soñar eso.

Aprendió a reparar tractores, a cambiar bujías, y terminó aquí: en Qui Nhon, donde el ejército lo necesita más como mecánico que como soldado.

No sabe de política.

No sabe de ideologías.

Solo sigue el camino que le quedó más a mano.

Su amigo de la infancia se enlistó, y él simplemente lo acompañó.

Si tan solo supiera todo lo que está ocurriendo más allá del taller… Pero mientras camina al almacén, lo único que tiene en mente es: “¿Habrá sido buena idea meterme en esto?” “No digo que el trabajo sea malo… pero me pregunto cómo es el frente.” “Papá siempre decía que un hombre de verdad  tiene que vivirlo todo.” “Y que un hombre se prueba cuando mira a la muerte y vuelve  como héroe.” “Si quiero que vuelva a tomarme en serio, tengo que hacerlo bien.” “Sostener un rifle es genial, pero creo que esto es más importante.” —¡Apúrate, apúrate!

—le gritó su compañero.

—Ya voy, ya voy —respondió, saliendo de sus pensamientos.

_______________________________________________________ Mientras Collin retomaba su trabajo, al otro lado del mundo, a miles de kilómetros de distancia, la historia seguía con Kamei-san y Jack, cerca de la frontera entre las prefecturas de Hiroshima y Okayama.

Caminaban rumbo al pueblo de Shōbara.

El cielo tenía un tono gris, el aire olía a tierra húmeda, y sus pasos marcaban un ritmo lento sobre el sendero.

Jack terminó rompiendo el silencio.

—¿Qué sucede?

¿Sabes?

Sé que lo que te dijo ese doctor te pudo haber afectado, pero creo que deberías alegrarte.

Kamei-san bajó la mirada sin detenerse.

—Por lo menos no hay guerra aquí.

¿Verdad?

¿Estás afectado por eso, verdad?

—insistió Jack.

Kamei-san respiró hondo antes de hablar.

—Para ser sincero, sí estoy afectado por eso, Jack.

De hecho, no me había enterado hasta ahora.

Se quedó quieto un instante, apretando los puños.

—Enterarme de esta forma no me agrada.

Y justamente vamos para allá.

Jack giró hacia él, incómodo, buscando algo que decir, pero Kamei-san lo cortó antes.

—Te voy a pedir, por favor, que no comentes nada de esto.

¿Está bien?

—Está bien… —respondió Jack, con un tono más bajo.

Kamei-san levantó la mirada, más firme.

—Pero… ¿no has pensado que tal vez ese hombre solo inventaría esas historias?

Jack se encogió de hombros, intentando sonar ligero.

El intento murió al instante.

—No son ningún invento, Jack —respondió Kamei, firme—.

De hecho, tiene sentido… estuve allí y sabía cómo estaba la situación.

Jack guardó silencio.

El sonido de los grillos llenó el espacio entre ambos.

—Por favor, no comentes nada de esto a Adelaida, ni a Dánae, mucho menos a Nuriel, sobre lo que oíste.

Jack asintió con una mueca nerviosa.

—Sí, está bien, Kamei-san.

—No comentes nada.

Jack respondió: —Tranquilo, lo bueno es que todavía no hablo japonés… así que no tengo ni idea de lo que estaban diciendo con detalle.

Kamei-san estaba muy alterado.

El pecho le ardía y la respiración apenas respondía, como si su propio cuerpo intentara asfixiarlo.

Se estaba perdiendo en sus pensamientos.

Kamei-san apretó el pecho.

Le ardía.

Su respiración fallaba, como si su propio cuerpo quisiera cerrarle la garganta.

Jack apenas entendía palabras sueltas, pero vio de inmediato que algo estaba muy mal.

Y entonces, casi sin voz, Kamei-san susurró: —No puedo creer que todo esto haya pasado en tan poco tiempo… El resto no salió de su boca.

Pero en su mente, todo cayó como una tormenta violenta: “La Invasión de Manchuria”.

“El Incidente del Puente Marco Polo” “La Batalla de Wuhan” “Las Batallas de Jaljin Gol” “La expansión marítima japonesa” “Los ataques en el Pacífico Sur” “Los bombardeos sobre Chongqing” “La Batalla de Manila” “Las batallas navales del Mar de China y el Pacífico Occidental” “El bombardeo masivo de Tokio” “Pearl Harbor” “Hiroshima” “Nagasaki” “Okinawa” “Los rumores de los experimentos médicos…” Cada recuerdo, cada nombre, cada sombra de una historia que él apenas empezaba a aceptar… Todo se le mezclaba, se le clavaba, lo hundía.

Y entre todos esos dolores, uno brillaba  como un golpe final: “Pero lo que más me duele… es lo que pasó con la ciudad de la flor del Yangtsé” “Nanking” Kamei-san terminó enterándose de todo este desastre por el hijo de un amigo que había muerto.

Su amigo se llamó Masayuki Takahashi.

Había fallecido hace dos décadas, pero su hijo, quien luchó en las guerras niponas, fue quien heredó su casa en la prefectura de Okayama.

Fue ahí donde pudo contarle a Kamei-san todo.

Hablaron solo de la guerra.

El hombre, de cierto modo, estaba arrepentido.

Se sentía repugnante, sobre todo porque actuó, según su perspectiva, como un cobarde.

Ya conocía a Kamei-san de antes, pero jamás imaginó verlo de nuevo, y menos en su vejez.

Se arrepentía completamente de todo lo que había pasado.

Cuando se enlistó, no cuestionó nada.

Solo dejó que su fanatismo por el orgullo y el patriotismo japonés guiara sus decisiones.

Mientras hablaba, Kamei-san sintió que se le helaba la sangre.

No solo porque ignoraba todo lo ocurrido en Japón en los últimos cuarenta años, sino porque había partido en 1929.

Se había apartado del país.

La única razón por la que se quedó fue para enterrar a sus hijas Hana y Sora, antes de visitar a Dechen.

Ellos eran quizá las pocas personas que sabían de la inmortalidad de Kamei-san.

El hombre se inclinó con elegancia y dijo: —¿Cree que alguien como yo pueda vivir dignamente?…

…lo siento… yo no… —Tranquilo, no te estoy condenando… —Por favor… se lo pido.

Usted es el único que podría juzgarme.

Usted vive por siglos… usted es lo más cercano a un Kaiō-sama, a un dios… Kamei-san caminaba mientras pensaba en su nieta Hana.

Recordaba los detalles que aquel hombre le había contado.

Como soldado, entendía la situación del país.

Sabía que a Kamei-san le interesarían esos temas, pues en el fondo —aunque no lo admita— le tiene cariño a Japón.

Se casó con dos mujeres japonesas y tuvo descendencia allí.

Miró al cielo y murmuró: “Si me hubiese enterado de todo esto, no habría enterrado a Sora ni a Hana en Hiroshima.

Ahora, quizá ni pueda identificar su tumba.” Kamei-san estaba triste, pero comprendía todo.

Luego le dijo a Jack: —Voy a ser sincero contigo.

No tengo favoritismo por ningún país.

Las tierras me parecen solo una forma tonta de conservar poder para los poderosos.

—Pero después de lo que me dijo Takeshi, no estoy a favor de ninguno.

De lo que sí estoy en contra… es de todos.

Jack lo miró con una ceja arqueada.

—¿A qué te refieres?

Respondió Kamei-san.

—El país no tiene la culpa.

—La culpa es de quienes quieren velar por la guerra.

—Ahora que lo pienso mejor…

jamás estaré a favor de ningún país, sino del pueblo que lo conforma.

—Todos los países son una basura.

Jack ponía declaraciones ocultas, más allá de sus respuestas pero todo era un muy ambiguo, algo imperceptible.

Kamei-san siguió caminando.

En un par de horas llegaron a Hiroshima.

Querían saber si la bomba había impactado en ese lugar.

Cerca del norte, donde un lago rodeaba las montañas, en una línea de pequeños pueblos rurales, estaba el sitio.

Jack notó enseguida que Kamei-san buscaba algo.

Se adentraron en las montañas mientras el sol se oponía.

Las estrellas volvían a aparecer.

—Ya hemos caminado todo el día —dijo Jack—.

¿No prefieres descansar?

—Ya vamos a llegar —respondió Kamei-san—.

Cuando lleguemos, descansaremos.

A lo lejos, Jack distinguió algo entre los árboles.

La densa maleza oscurecía el entorno, pero insectos brillaban débilmente, iluminando el camino.

Se oían ranas y grillos, mezclándose con el crujir de hojas secas bajo sus pies.

Kamei-san se detuvo.

Con voz baja y quebrada, susurró: —Gracias, señor.

Si es cierto lo que me contó, entonces agradezco que la onda expansiva no haya llegado hasta acá.

Jack avanzó despacio.

Algunos campesinos sabían que había unas diez lápidas.

Había incienso, y aunque no eran de su familia, respetaban aquellas tumbas.

Las lápidas estaban bien colocadas, rodeadas por una circunferencia de piedra.

Cada una tenía una poesía escrita en chino.

Kamei-san mostró melancolía y dijo: —Jack, te presento a mi familia.

Jack bajó la mirada, cuidando sus pasos.

—Mira, Jack, te presento a la familia Takeda (竹田家).

Estaba compuesta por Takeda Haru (竹田春) y Takeda Aiko (竹田愛子), mis dos esposas, junto a sus hijos Takeda Nao (竹田直), Takeda Michi (竹田道), Takeda Aya (竹田綾), Takeda Yumi (竹田由美), Takeda Ren (竹田蓮), Takeda Kenta (竹田健太), Takeda Sora (竹田空) y la menor, Takeda Hana (竹田花).

—Son mis hijos y nietos.

Al menos, los que pude trasladar.

No vivía en Hiroshima, en realidad.

Vivía más al norte.

Escogí este lugar porque escuché que era más tranquilo.

—Tengo más hijos, pero están enterrados en otros lugares.

Cuando mis hijas se casaron, solo una se quedó: Takeda Nao.

Se casó, pero no pude enterrarla junto a su marido; nunca lo encontré.

—Salió a cazar y no regresó.

Intenté buscarlo, pero no hallé su cuerpo.

Tal vez se fue por miedo…

sé perfectamente lo que eso significa.

—Y estos mis nietas.

Las últimas de esta familia fueron Sora y Hana.

—Unas gemelas, hermanas.

—Una murió cuando cumplió trece años.

—Estaba gravemente enferma.

Hana fue la única que llegó a la vejez.

Nunca tuvo descendencia.

—A pesar de que soñaba con casarse, fue víctima de un incendio que le desfiguró gran parte del rostro.

—Nao, mi hija, la acompañó hasta su vejez.

Haru falleció a los ochenta y dos años.

Hana fue la única.

—Es como si mi tercera generación…no pudiera multiplicarse más allá de lo basto.

—Tal vez tenga nietos de mis nietos, pero no los conozco.

—Estuve con Hana en sus últimos días.

Ella me motivó a buscar a Dechen, aunque ya había dicho que me odiaba.

Eso es otra historia.

—Aquí está toda mi familia, Jack.

La familia que quise y que, por tonto, también abandoné.

Me hubiera gustado ser más valiente antes.

—Verlos en estas lápidas me da una profunda tristeza.

Tantas cosas que pude haber hecho con ellos.

—Tal vez podía haberlas llevado a Vermont.

—Pero simplemente no lo pensé.

Kamei-san caminó hacia un costado y comenzó a desenvolver sus cosas.

—Vamos, Jack.

Ayúdame a desempacar.

Descansaremos unas horas, encenderemos incienso y luego me iré.

Tal vez no vuelva a verlos.

El ambiente se tornó melancólico, el viento soplaba entre los árboles, intentando disipar las dudas.

Jack preguntó: —¿Cuántas lápidas hay en todo el mundo, Kamei-san?

Kamei-san clavó la mirada en el suelo, como si cargara un pecado entero.

Su memoria, tosca y vieja, seguía escupiéndole lo que tanto quería olvidar.

—Hay muchas… —En Nanking, en Yunnan, en la selva profunda, Sagsai, en Lahachowk, en Sagada, en Voronikha, en Chiang Rai, aquí diez en Hiroshima, y la última de todas, Dechen.

No quise enterrarlo en su casa.

No quería que nadie lo molestara, así que lo enterré al norte, cerca de un lago de sal.

Ahí sé que nadie intentaría desenterrarlo.

—He tenido varias familias, Jack.

—La familia Liang, los Takeda, los Borchin y Altan, los  Suwan y Norbu.

El último de todos fue Dechen Norbu, el último al que enterré.

—Estas son las únicas familias a las que he vuelto.

Con algunas pasé largos periodos.

Tuve más, sí, pero nunca hallé su paradero.

Después de Dechen, no quise tener más— la voz se le rompía al recordar.

El silencio del bosque se volvió más denso.

Las luciérnagas parpadeaban entre las sombras mientras el incienso se consumía.

Ese ambiente, casi sagrado, empujó a Kamei-san a seguir hablando, como si el dolor necesitara salir de una vez.

—Fui un tonto, Jack.

Un inútil total para formar una familia.

—Y seguro pensarás que soy cruel… no puedo culparte.

Cuando uno vive demasiado, aprende a soltarlo todo, incluso lo que debería haber cuidado desde el inicio.

—Te convences de que libertad es lo único que importa.

Y ahora, con esta edad encima, entiendo lo miserable que fui.

—La inmortalidad nunca se iba.

A veces me veía al espejo y solo le rogaba a Dios envejecer, envejecer junto a mi esposa.

—Más de una vez me dijeron que estar conmigo dolía.

Yo seguía joven, firme… y ellas se marchitaban.

Temían que las cambiara por otra, por alguien joven.

Y quizá… quizá no estaban equivocadas.

Al final, sí les rompía el corazón.

Jack miró a Kamei-san con tristeza; entendía sus palabras, pero no el peso de tantos años vividos.

Kamei-san suspiró y murmuró: —Lo siento, Jack.

Esto no es importante.

Desempaca todo.

Dormiremos unas horas aquí.

Luego partiremos a Fukuoka.

Jack obedeció en silencio y pronto se quedó dormido.

Pero Kamei-san siguió arrodillado, iluminado solo por una vela frente a las diez lápidas.

—Hana, soy yo, tu abuelo.

Siempre te verás hermosa, pase lo que pase.

Hagas lo que hagas.

Haku, lamento no decirte cada mañana que eras hermosa.

—Y tú, Kenta… casi lo olvido.

—Sonrió—.

Fui yo quien quemó tu kimono.

Culpé a Hana, pero fui yo.

Fue un accidente.

Lo siento tanto.

Rió entre lágrimas.

Luego cayó en silencio.

El temblor en su respiración lo delató y las lágrimas siguieron.

—¿Por qué hago esto?

Ustedes no me escuchan.

Están en el Sheol, durmiendo…No hay forma de que me oigan.

—¿Por qué no les dije nada…cuando debí hacerlo?

El aire se volvió pesado, casi detenido.

En ese instante, un ángel apareció y puso su mano en el hombro de Kamei-san, que lloraba en silencio.

—Suéltame —dijo Kamei-san, con la voz rota.

El ángel respondió: —Creo que ya es suficiente, ¿no crees?

—¿Qué haré con Adelaida?…

¿Qué voy a hacer ahora?

…Yo no sé amar… y tú lo sabes —dijo con dolor.

—Sí sabes amar, Kamei-san —respondió el ángel—.

El problema es que no supiste cómo hacerlo en ese tiempo.

Te aseguro que todos tus descendientes y esposas… Dios hará una excepción con ellos.

—Si haces las cosas bien, podrás verlos después del Juicio Final.

Todas fueron inocentes.

Todos fueron buenos hombres y mujeres.

No llores su pérdida, Kamei-san.

Dios te está haciendo sentir otra vez.

Eso es porque ahora haces lo correcto.

Kamei-san hiperventilaba.

—¿Sabes?…

Debiste ver a Hana cuando era bebé.

Tenía una sonrisa hermosa… lloraba con fuerza.

Las lágrimas caían.

—“Cuando tengo miedo… está bien.

Tengo miedo.

Sé que no me escuchan, pero no quiero repetir el mismo error.

Voy a lastimar a Adelaida… yo no, yo no, yo no debería…” Terminó por quebrarse diciendo: —Dios, mátame… eso es lo que merezco.

Soy un maldito bastardo… yo los abandoné por miedo.

El silencio fue absoluto.

Solo la vela crepitaba.

—Creo que debo detenerme —susurró Kamei-san.

El ángel respondió con delicadeza: —No cometerás el mismo error.

—¿Y sabes por qué?

Porque ahora hay dos grandes diferencias.

La primera es que Adelaida es inmortal.

Y la segunda, vivirás en Vermont.

Sé fuerte, Kamei-san.

Resiste todo lo que puedas.

—Dios no se ha olvidado de ustedes.

Y ha protegido el lugar donde descansa tu familia.

Al menos, para que puedas visitarlos una vez más.

Mientras Kamei-san se quebraba, con la voz hecha pedazos, Jack lo escuchaba todo.

No se movió.

No intentó abrazarlo.

Solo lo miró desde la sombra, sin decir una palabra.

“Yo extraño con mi corazón a solo tres personas —pensó—.

A Nuriel, a Adelaida… y a Dánae.

“Pero Kamei-san… él parece cargar con más que eso.

No puedo imaginarlo.

Ni siquiera en concepto.

Cuánto debe de pesarle… cuánto debe de doler su ausencia.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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