Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 El Juramento de Enkidu ante las Fronteras del Mundo
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48: El Juramento de Enkidu ante las Fronteras del Mundo 48: El Juramento de Enkidu ante las Fronteras del Mundo ⚠️☯️ ADVERTENCIA ☯️⚠️ 🔥 El siguiente capítulo contiene referencias a la demonología cristiana, judeocristiana y mitología china 🐉.
También aborda temas espirituales que podrían resultar sensibles 💀 para algunos lectores.
✝️ El autor no busca ofender ni cuestionar ninguna fe 🙏, sin importar si el lector es cristiano, Satánico teísta 😈, taoísta 🕉️, confuciano 📜 u otra creencia.
📖 Todo lo narrado aquí es ficción.
Se recomienda discreción.
🖋️🌙 NOTA DE AUTOR 🌙🖋️ No tienen idea de cuánto tuve que investigar 📚 para escribir esto.
Aunque el planteamiento ya existía 🌌, quise hacerlo con respeto y sin ignorancia 🕯️.
Solo intento dar lo mejor de mí 💫.
✨ Disfruten el capítulo, chicos.
😎🔥 __________________________________________________________________________ Las ramas se agitaron con un rugido sordo.
El viento arrastró hojas, polvo y presencias invisibles.
Parecía que toda la bóveda de Zhuang marchaba al compás de un ejército oculto entre las sombras.
29 mayo del 1964 El aire se volvió pesado, eléctrico, cargado de muerte.
El día se apagó de golpe, como si un eclipse hubiera tragado el cielo entero.
Los colores del panorama se volvieron cenizas ante lo que se aproximaba.
Frollam alzó su báculo.
La madera vibró, viva.
Una luz tenue recorrió las runas que lo envolvían.
—Él está aquí —dijo—.
Veamos qué tiene que decirme.
Un crujido profundo recorrió la tierra.
Primero, un temblor apenas perceptible; luego, un pulso que hizo vibrar las raíces, las piedras y el aire mismo.
Entre el murmullo de la bóveda, emergió una legión de demonios.
Sus pasos hicieron temblar el suelo, causando que hojas cayeran y ramas crujieran.
Avanzaban lento, solemnes, como si recordaran una guerra.
Rodearon la bóveda de Zhuang por completo.
El aire olía a hierro y azufre, húmedo y sofocante.
Cada criatura arrastraba consigo siglos de odio, y la bóveda parecía contener la respiración ante su presencia.
Entre ellas, tres sombras colosales.
El primero, de cuerpo humano, pero también de tigre, oso y jabalí.
Cubierto de un pelaje gris y pétreo que absorbía la luz.
Su mirada era pura rabia contenida, y cada paso retumbaba como un golpe de martillo.
El segundo reptaba con elegancia brutal.
Cuerpo de dragón y serpiente, escamas metálicas que reflejaban el fuego del abismo.
Su rostro humano, hermoso y cruel, atravesaba el aire como una daga silenciosa.
Uno venía por la izquierda, el otro por la derecha.
Ambos eran Príncipes de las Tinieblas: Gong Gong y Taowu.
Pero en el centro, sobre un lobo negro de ojos ardientes como brasas, avanzaba una figura distinta.
El aire se curvó a su paso, pesado y húmedo.
El lobo tenía un aspecto demacrado y depravado.
Su piel colgaba como un manto corroído, y sus ojos brillaban con el hambre de los muertos.
Era como si la muerte hubiera decidido cabalgar en vida.
El jinete era distinto.
Un príncipe de otra tierra, traído por designio o venganza.
A sus lados, los señores de este territorio.
Las sombras se inclinaban ante ellos.
El del centro, sin embargo, era diferente.
No era un general.
Era una cicatriz del cosmos.
Uno de los demonios que comandó las Guerras Cósmicas.
Su sola presencia deformaba el aire.
Un hedor repugnante emanaba de su cuerpo, como si lo corrupto del universo hubiera hallado refugio en su piel.
Tenía pies de dragón y garras del tamaño de espadas.
Su aspecto era una blasfemia viviente, la suma de todo lo que salió mal en la rebelión.
Marcado por su propio orgullo.
En su frente brillaba una diadema tosca, tallada con sus manos, cubierta de inscripciones prohibidas que respiraban.
Tenía alas… alas que alguna vez quisieron imitar a los querubines.
Pero su intento fue una condena.
El fuego y el caos las deformaron.
Ahora eran negras, desgarradas, retorcidas por el entorno que odiaban.
Eran el eco fallido de la pureza que Dios había concedido al principio de los tiempos.
Aun así, su rostro conservaba la belleza humana.
Pero sus ojos… sus ojos eran dos abismos, donde la creación y la destrucción se devoraban mutuamente.
Frente a Frollam se erguía uno de los más antiguos y temidos príncipes: Astaroth, el Príncipe de las Tinieblas.
El aire se quebró con su llegada.
Las legiones de Frollam retrocedieron.
El suelo vibraba con el peso de su miedo.
Sabían que aquel instante anunciaba un nuevo orden en el infierno.
Heshin permaneció detrás de él, mudo, sin atreverse a respirar.
Aunque era un gran duque, su poder no valía nada ante aquellos seres.
Los demonios que seguían a Frollam eran errantes, sombras sin reino.
Almas sin bandera que habían apostado todo en una causa imposible.
Y frente a ellos, se alzaban dos príncipes y un archiduque del infierno.
El silencio era insoportable.
El universo parecía contener la respiración.
Frollam sonrió con ironía.
—Vaya… al fin se reunió toda la familia.
—Bueno, ¿qué mensaje tienen para mí?
—¿Vinieron a unirse a mi legión?
A lo lejos, otro demonio merodeaba entre las sombras, aguardando la decisión de los tres archiduques.
Entonces Taowu habló.
Su voz profunda hizo temblar las raíces de la tierra: —Tú… eres el que destruyó la bóveda de Zhuang.
La selva entera pareció contener la respiración.
—Si esto fuera parte del Creador —continuó—, nosotros no lo tocaríamos.
Pero alguien liberó al hombre que estaba aquí… y destruyó la bóveda con él.
—Es él, Astaroth —murmuró Gong Gong, con tono grave.
Frollam respondió con serenidad, como si la amenaza no existiera.
—¿Por qué tres archiduques tendrían que venir hasta aquí solo para retarme?
—¿Dónde están los demás?
—¿Dónde está el consejo infernal chino?
Sonrió apenas.
—Esto es China, ¿no?
Entonces, ¿por qué tenía que venir el mismísimo príncipe del Mediterráneo?
Astaroth alzó la mano.
—Silencio.
No levantó la voz; no lo necesitaba.
El aire simplemente lo obedeció.
—No vine a negociar con un necrófago con complejo de Eris.
—Vengo solo como verdugo.
La atmósfera se volvió densa, como si una neblina espesa —nacida del ominoso olor de Astaroth— se deslizara por todo el lugar.
—Escuché que un ser humano alcanzó una clase de inmortalidad aberrante, e incluso para nosotros.
Sus ojos recorrieron el cuerpo que Frollam ocupaba.
—Ese hombre era mío.
—Una pieza útil.
Y la destruiste… junto con su alma.
—Su nombre era Seneferu, un buen hombre.
—Para colocar el orden entre nuestros dominios hay que entender que la humanidad siempre necesitará de nosotros.
Bajó la mirada, como quien observa un insecto.
—No me interesa tu guerra.
Ni de dónde vienes, muchacho.
—¿Una tercera guerra cósmica?… Tenía que ser un hombre.
Solo a esa especie se le ocurriría algo tan patéticamente neófito.
Astaroth dirigió un fuego de llamas oscuras hacia Frollam.
Sin embargo, el báculo enrollado en sus brazos lanzó un fuego intenso azul, con un resplandor distinto a lo divino y muy distinto a lo infernal.
Creó una barrera lo suficientemente fuerte como para poder enrollarse entre sus brazos, y de esa forma sus brazos se volvieron completamente negros, protegiendo su cuerpo.
Astaroth, intrigado, descendió del lobo que montaba y caminó directamente hacia él, sin prisa.
Se puso delante de Frollam e inclinó su rostro con un gran margen de superioridad y preguntó, casi irónicamente: —Humano, ¿qué fue lo que hiciste?
Frollam respondió con calma gélida: —He hecho lo que nadie más se atreve a hacer.
Ni siquiera ustedes.
—Me doy cuenta, Astaroth, de una cosa.
—Siempre he querido conocerte, pero ahora que te conozco bien, me doy cuenta de que solo eres un cobarde con complejo de Dédalo.
Astaroth lo miró como quien ve a un adefesio a punto de morir, y con un solo movimiento, sin tiempo de reaccionar, clavó sus garras en el abdomen de Frollam, colgándolo del brazo, y dijo: —Dime una cosa… ¿dónde encontraste la valentía para querer decirme que soy un cobarde?
—Es la primera vez que tengo tanta intriga por tu existencia.
—Tanto escándalo… solo por un hombre.
Frollam, colgado de las garras de Astaroth, levantó la cabeza desafiante.
—Acabas de ofenderme.
—Pensé que venías a negociar conmigo.
Astaroth lo miró con intriga; sus labios se acercaron a sus oídos.
—Es interesante.
—¿No solo no sabes sustentar una hipótesis, sino que tus ideas se fundamentan en la nulidad?
Un silencio cortó la bóveda de Zhuang.
Entonces Astaroth lanzó su juicio: —Mírame a los ojos y dime lo que ves.
—Depende de lo que veas, determinará la solidez de tu alma.
—Cuando mueras… o cuando …despiertes antes de morir.
Frollam buscaba desesperado una salida.
Heshin seguía atrapado entre los brazos de Taowu, y él sabía que, si no actuaba en ese instante, moriría.
No le quedaban más cuerpos compatibles para transferir su alma.
—Yo despido a los míos… con un beso, y a los hijos de Ghouls los despido con un panorama.
No alcanzó ni a terminar la frase.
Astaroth lo levantó como si fuera un trapo y lo estampó contra la bóveda de Zhuang.
El impacto le arrancó un alarido rasgado, y la radiación cósmica empezó a devorarlo al instante, quemándole la esencia como si fuera papel prendido.
Cualquier otro espíritu habría quedado hecho cenizas en menos de un parpadeo.
Lo único que impedía que Frollam se desintegrara era su maldita inmortalidad, obligándolo a sentir cada segundo de esa tortura brillante que lo consumía sin matarlo.
—Sabes —respondió Astaroth—, quería contarte mi horrible caída, pero… cambié de opinión… eso solo se lo cuento a los hombres; tú no tienes permiso.
—¿No escuchaste lo que estoy tratando de decirte?
—dijo Frollam.
—Te estoy diciendo que todo esto puede funcionar.
—Lucy me escucharía.
Él lo haría.
Astaroth lo interrumpió con frialdad: —Lucy te quiere muerto.
Y Dios también.
Por eso Él me envió.
—Él me envió a matarte.
—Y yo voy a cumplir.
—Porque también te quiero muerto.
Taowu dijo a Astaroth: —¿Por qué no lo matas ya?
No hables con él.
Astaroth respondió: —Cállate, eres un incompetente.
Esta es tu tierra; el hecho de que esta basura exista es tu responsabilidad.
Astaroth se dirigió a Frollam: —Cuando te dieron el báculo y te bendijeron, lo cierto es que yo lo vi como un terrible error.
—Ese báculo debió haberse destruido por nuestra legión desde hace miles de años.
¿Cómo terminó aquí?
—Dárselo a un joven imprudente fue algo estúpido.
—Ellos apelaron a la misericordia.
Ahora el tiempo me da la razón.
Frollam se estaba quemando en la bóveda, deformando su cara; apenas podía mantener su alma y espíritu conectados a su cuerpo artificial.
—Te lo preguntaré de nuevo: ¿qué te hizo pensar que podías negociar conmigo?
—Yo negocio con hombres, no con homúnculos.
Frollam respondió: —Están exagerando con todo esto, ¿no creen?
—Están exagerando con todo lo que me están haciendo.
A lo que Astaroth respondió: —¿Exagerar?
—¿Por qué tendría que exagerar, si yo no tengo rencor con nadie?
—El rencor es cosa de belialitas —escupió Astaroth.
Frollam se puso de pie sobre la bóveda y gritó: —No sabes a quién insultas.
Estás delante de tu futuro dios.
—¡Yo derrotaré a Dios y me pondré por encima de las estrellas!
—¡Tú me faltaste el respeto!
¡No perdonaré tus blasfemias!
Astaroth lo observó en silencio.
Se acercó a la bóveda sin tocar el suelo; flotaba, contenido.
No mostró ira, solo una atención que miniaturizaba a cualquiera.
Lo miró como quien mira a un perro moribundo y dijo, con voz helada: —Perdona, no te escuché.
—Repite lo que dijiste.
—Repite esa estupidez.
Frollam respondió con desprecio: —Ya lo dije, no le repito las cosas a imbéciles.
—Y te dejo una tarea: ¿qué pasa si fusionas un Tetrahelion con un Omega Nihilum?
Astaroth estuvo a punto de fulminarlo, pero Frollam desapareció —se teletransportó— antes de que una garra negra pudiera alcanzarlo.
Taowu se plantó, rabioso: —Escucha, Astaroth.
Esta es mi tierra.
La defenderé.
Frollam, que reapareció sin inmutarse, lo miró con desdén: —Dios verá mi ira.
—Me alzaré sobre las estrellas para dar libertad.
—Libertad real.
De su mano brotaron miles de círculos arcanos que se enroscaban alrededor de su brazo.
Con un solo gesto lanzó una daga que se clavó en el pecho de Taowu.
Él no pudo sacarla.
Frollam apretó el puño.
Taowu cayó al suelo; su espíritu se deformó, su agonía fue instantánea.
Astaroth observó la escena, y por primera vez su rostro no fue solo asco: hubo un silencio largo, calculador, como el crujir antes de un cataclismo.
No supo —o mejor dicho, no quiso— responder al instante.
De repente Frollam desapareció del suelo.
Levitaba, suspendido sobre la tierra, como un huso en la noche.
Frente a Astaroth y Gong Gong, uno de sus siervos habló: —Ustedes intentaron eliminarme.
—Lo reconozco.
—Pero aun así les propongo mi oferta.
—Únanse a mí.
—Si lo hacen, no los veré como amenaza.
Astaroth lo miró con desdén.
Él no negociaría con un desorbitado.
Con un gesto seco ordenó a Aimon que rodearan a Frollam.
Gong Gong habló, su voz como un oleaje en sus labios: —Basta.
No suplica piedad; pide el degüello.
—Cumpliré, porque lo que ha hecho ese nefando exige un fin sin solemnidad.
—No confundas mi silencio con clemencia: no estás desamparado.
—Si abatiste al demonio del conocimiento, conoces ya la factura que cobra la ruptura.
—Si no te consume nuestra justicia, te consumirá la del cielo.
Frollam respondió, con calma de acero: —Me preguntaste por qué pensé que podría negociar contigo.
—Te daré dos razones: la primera, porque pensé que eras más listo; —Y la segunda, porque… puedo matarte.
—Solo imagínalo… —Un inmortal… mató al demonio del conocimiento.
Astaroth sonrió, tranquilo.
Luego habló, con voz baja y pesada: —¿Que te vea como mi dios?
¿Un dios de tierra y agua…?
Astaroth rió con fuerza e ironía: —Nadie me ha hecho reír en tanto tiempo.
—Solo por eso, tu muerte será más grotesca… Y mientras la tensión crecía, la corte se partía en murmullos, porque nadie esperaba que un humano —ahora exhumado— hablara así.
Gong Gong se acercó en el aire con velocidad y sujetó las manos de Frollam.
Su rostro era inexpresivo, aunque revelaba dolor por las heridas que le provocó Astaroth.
Habló como un decreto: —Matarte sería una tragedia, de no ser porque quien muere es las vísceras de una anguila.
Sacó una de las espinas de su brazo y la clavó en la boca de Frollam.
La espina creció como una zarza puntiaguda dentro de él, deformando su espíritu.
Sin embargo, Frollam comenzó a sentirse mejor.
Se regeneró rápido y, como si ninguna herida lo hubiese tocado, se teletransportó.
Aterrizó en el aire, casi intacto, como si nunca hubiese sangrado, y dijo: —Gracias por compartir tu conocimiento.
Miró la espina que intentaron clavarle y añadió, meditando: —Esa espina me servirá si la estudio con cuidado.
Frollam levantó la mano en un gesto calmado.
Su mirada era filosa; su voz, una daga.
—Gong Gong, me duele verte así.
Antes te respetaba, pero ahora veo que no tienes visión.
—Y tú, Astaroth… ¿crees que todo mi saber proviene de ustedes?
—No.
—Todo esto lo logré porque hice lo que ninguno se atrevió a hacer: desafiar a Dios por tercera vez.
—Yo libraré la Tercera Guerra Cósmica, y te aseguro que la mitad del infierno estará de mi lado.
—Porque ahora sí tenemos una oportunidad.
—Dios me teme; por eso manda a sus ángeles… A la distancia, un demonio observaba cada movimiento.
Era Belial, analizando: silencioso, expectante.
—Lo lamento —dijo Frollam, con voz firme—, por más que intenten cazarme, jamás me hallarán.
—Y te diré por qué, Astaroth: porque yo soy la voluntad y la libertad hecha carne.
Astaroth apuntó hacia él y desplegó sus alas negras.
Voló con rapidez hacia Frollam.
“Ya basta…esta cosa morira” Astaroth estuvo a punto de fulminarlo, pero Frollam desapareció.
Ni la velocidad del demonio pudo seguirlo.
Una de sus garras, sin embargo, rozó el abdomen de Frollam antes de que se desvaneciera.
—Señor —dijo Aimon—, está viajando por el mundo espiritual.
—Pero se mueve por la cuarta Flumen Spiritus.
Se desmaterializó; solo deja un rastro espiritual.
Astaroth lo miró y dijo: —Debo regresar a mi tierra.
—Lucy no puede enterarse de esto.
Si lo hace, romperemos todo el equilibrio.
—Vine aquí creyendo que podría controlarlo, pero debo reconocer que este es el primer humano que veo matar a un ángel.
—Aimon.
—Sí, señor.
—Rastrea su huella.
Envía la mitad de nuestras tropas.
Yo regresaré con la otra mitad.
Gong Gong observó el suelo humeante y murmuró: —Mató a Taowu…
¿cómo lo hizo?
Astaroth lo miró, sombrío.
—Ese muchacho es más peligroso de lo que creímos.
—Por eso estuve en contra de que Dios creara una criatura que pudiera evolucionar… tanto en cuerpo como en espíritu.
—Gong Gong, escúchame bien.
Repórtame todo lo que descubras.
Enviaré toda la ayuda posible.
Mientras tanto, Frollam se desplazaba a través de la corriente del Mundo Espiritual.
Ese mundo tenía cuatro niveles: El Nivel Asura, donde habitan los espíritus y las almas humanas.
El Nivel Hura, formado por torrentes y ríos invisibles de Morak (savia) divina, las corrientes de las que está hecho el espíritu y todo el universo.
Pero Frollam no estaba allí.
Él viajaba por el Cuarto Nivel, las corrientes que conectan las bóvedas.
Había destruido la bóveda anterior para cruzar entre esas corrientes con libertad.
Ahora se dirigía hacia la bóveda de Baishral, en Mongolia.
Frollam logró arrastrar consigo a Heshin y al báculo, pero solo ellos tres escaparon.
Los demás demonios fueron capturados por Astaroth.
Aterrizaron en el desierto.
El aire era espeso, seco, inmenso.
Heshin gritó su nombre con desesperación, mientras Frollam jadeaba, agotado.
—Tarde o temprano iban a enterarse —susurró él—.
—Sabía que me buscarían, pero nunca pensé tener el privilegio de que el mismísimo Astaroth viniera a mí.
Hizo una pausa, riendo entre dientes.
—Aunque… me sorprende lo débil que era.
Sin embargo, Frollam estaba demasiado débil para hacer otra cosa.
Las garras de Astaroth tenían veneno.
Pero no era veneno común: era veneno espíritu.
Si no se actuaba rápido, ni siquiera la inmortalidad que Frollam había provocado en su cuerpo lo salvaría.
Y así pasaron las horas, bajo la luna.
Ya era de noche.
Heshin intentó curarlo, pero no encontró la forma.
Hasta que apareció un ente.
No traía ejército alguno; solo venía él.
El ser fue detectado por Heshin y Frollam al mismo tiempo.
Dijo, con voz calmada: —Tranquilícense.
No diremos absolutamente nada.
Heshin se quedó helado.
El ente —en realidad un demonio— sacó una carta y se la entregó directamente a Frollam.
—El archiduque Belial quiere saber más de ti —dijo—.
Está dispuesto no solo a curarte, sino también a ayudarte a fingir tu muerte.
—De ese modo, tanto los archiduques como el Infierno podrán mantenerse estables.
—Además —agregó el demonio—, desea saber cómo tuviste la loca idea de querer desafiar a Dios.
—Si lo aceptas, podrías ser nuestro aliado en el Armagedón.
Es tu única opción si no quieres ser cazado.
El demonio se alejó; su voz resonó como si se quebrara entre ecos: —Ni siquiera tu inmortalidad podrá salvarte esta vez.
Frollam sonrió.
—Esto era lo que quería… lo sabía —susurró—.
—Sabía que se unirían a la guerra cósmica.
—Los demonios son idealistas.
—Como yo.
—Saben que no importa el propósito mientras haya libertad para todos.
Frollam apretó la carta y luego la destruyó con una chispa de energía.
—Basta de formalidades.
—Llévame con Belial.
—Solo Heshin y mi báculo van conmigo.
El demonio asintió.
—A tus órdenes.
Frollam tomó su mano y desaparecieron entre llamas azules, dejando el absoluto silencio en el lugar.
Y mientras todo eso ocurría, a la distancia, se podía ver a Xiaoxui y al querubín que la protegía.
Xiaoxui preguntó: —¿Qué está pasando?
¿Por qué siento débil mi cuerpo?
El querubín respondió: —No mires atrás, niña.
Vamos, las cosas se están moviendo.
Nos trasladamos hacia la distancia, de regreso a la bóveda de Zhuang.
El demonio Gong Gong seguía registrando el lugar.
Uno de sus hombres habló: —Señor, señor, infórmeme.
—Habla —dijo Gong Gong.
—Encontramos esto.
Son rastros de sangre, pero esta sangre no es normal…
parece artificial.
Gong Gong observó la sustancia.
Su voz fue un murmullo que resonó como un oleaje: —La primera vez que debo admitir ignorancia…
—Esto no pertenece ni al cielo ni al infierno.
Pausó.
Miró al vacío.
—Entonces es cierto, Frollam…
el que quiso desafiar a Dios ha muerto tres veces aquí.
Y aun así, sigue respirando en nombre propio.
Dejó escapar una leve sonrisa.
—Valiente…
o idiota.
Quizá ambas cosas.
Se volvió hacia su siervo.
—Nie Fan, escucha.
Esto no debe quedar aquí.
Informaré a la corte del Infierno.
—En la nueva Persépolis, debajo de la frontera de Turquía, se reúne el consejo de archiduques.
—Haré una visita.
—Necesito a alguien que custodie este lugar.
Su mirada se endureció como piedra sumergida.
—Envía un mensaje a Lucifer.
—Dile que incluso el percebe sabe morder cuando lo pisan.
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