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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 El silencio esta y mi voz tiene eco
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49: El silencio esta y mi voz tiene eco 49: El silencio esta y mi voz tiene eco ⚠️ ADVERTENCIA ⚠️ Este capítulo contiene imágenes y temas que pueden ser sensibles para algunos lectores.

Todo es ficción; el autor no busca morbo en ningún momento.

Se recomienda discreción al leer.

🫣📚💥 🖋️ NOTA DE AUTOR 😵‍💫🫠💛 Perdón, chicos.

Sé que estoy tardando en subir capítulos.

Estoy a una semana de terminar mi ciclo 🎓⏳, así que luego habrá más seguido ✍️🔥 (aunque igual me van a costar, no les voy a mentir 😮‍💨).

Gracias por la paciencia, de verdad.

🫂💖✨ __________________________________________________________ En el bosque de Vermont se hallaba un paraje confinado.

Un lugar donde las leyes de la física parecían no tener sentido.

O si lo tenían, no era el mismo que regía al mundo conocido.

Era un plano extraño, de belleza inefable y misterio profundo.

En la cabaña, Adelaida y Dánae conversaban en calma.

Dánae jugaba con sus pies, mirando el techo con aburrimiento.

De pronto, giró hacia Adelaida.

—Adelaida, ¿por qué dejamos a Nuriel irse solo?

Deberíamos ir por él.

—No, Dánae.

Creo que…

no puedo creer que diga esto, pero no quiero verlo por un tiempo.

—¿Por qué?

—preguntó Dánae.

—Ha estado muy extraño.

Creo que dejarlo solo y que camine buscando minerales y piedras es lo más sano.

Últimamente no sé qué le pasa…

ni cómo entenderlo.

Tal vez darle su espacio sea lo mejor.

Adelaida suspiró, mirando la ventana.

—O quizás es porque me irrita verlo siempre encerrado.

Cierra su puerta, y a veces ni quiere comer.

—Bueno, no es que tú fueras la primera —respondió Dánae.

—¿A qué te refieres?

—Yo lo intenté muchas veces.

¿Me creerás que una vez tiré una pila sin querer y se enojó conmigo?

Me armó un espectáculo, y si no fuera por Jack…

Dánae empezó a reírse, recordando la escena.

—Jack se rió tanto.

Le agarró la nariz a Nuriel, y dijo algo que lo dejó sin palabras.

Oh, Dios mío…

“debiste ver su cara”.

Cerró la puerta y nosotros seguimos riendo.

Jack pidió perdón, pero Nuriel ni lo escuchó.

Solo dijo: “Me desordenan todo”.

El silencio que siguió fue incómodo y pesado.

La risa se desvaneció del rostro de Dánae, reemplazada por una expresión vacía.

—Hay que ir a buscar a Nuriel —dijo al fin.

—Tienes razón —asintió Adelaida—.

Vamos, Dánae.

No puedo cocinar sabiendo que Nuriel sigue afuera.

Ambas cerraron la cabaña y salieron al bosque.

—¿Dónde crees que esté?

—preguntó Dánae.

—No creo que al noreste —respondió Adelaida.

—¿Cómo lo sabes?

—No sé…

superstición, supongo.

Uno tiene que aprend…

Adelaida ni siquiera alcanzó a terminar la frase cuando una silueta emergió entre los árboles.

En cuanto cruzó la luz, pudo reconocer de quién se trataba.

—¡Mira!

Está allá.

Ya regresa ¡Nuriel!

—Dijo Dánae con entusiasmo.

Adelaida se detuvo en seco.

Nuriel venía cargando pesados sacos en la espalda, treinta y tres en total, llenos de carbón, cobre, hierro, Magnetita, Pirita, Marcasita y otros minerales.

Al verlo, Adelaida y Dánae corrieron a ayudarle, pero Nuriel alzó la voz: —¡No me ayuden, tranquilas!

Yo los llevo al almacén.

El cuerpo de Nuriel se mecía por el peso, estaba agotado.

—Tranquilo —dijo Dánae—, debes estar cansado, déjame ayudarte con unos pocos…

—¡Dánae, no cojas esos sacos!

¡Quítate!

Adelaida lo miró, molesta.

—¿Por qué le hablas así?

Solo queremos ayudarte.

Esos sacos deben pesar una barbaridad.

—No.

Este es mi trabajo.

Solo déjenme, por favor.

Nuriel siguió caminando lentamente hacia la cabaña.

Las chicas se quedaron quietas, confundidas.

“No entiendo por qué reacciona así”, pensó Dánae.

—No traté de ser grosera —dijo en voz baja—.

Está cargando demasiado.

¿Desde dónde los trajo?

—Déjalo —respondió Adelaida, cruzada de brazos—.

Esta vez no le serviré comida.

No sé qué le pasa últimamente, pero al menos me tranquiliza que esté en casa.

—Oye, ¿puedo preguntarte algo, Adelaida?

Adelaida la miró con una ceja arqueada, esperando con curiosidad la pregunta.

—¿Por qué quieres tanto a Nuriel?

Adelaida sonrió suavemente.

—Él es mi hermano.

—Pero no se parecen en nada —dijo Dánae.

—Eres rubia, y él tiene el cabello oscuro y rizado.

Tus cabellos son como hilos trenzados, los de él…parecen una escoba vieja y usada.

—No tienen parentesco, ni siquiera en la nariz.

He visto hermanos parecidos, pero ustedes no…

Adelaida la miró con seriedad, expresando bien su postura.

—lo siento, no quería decir eso…

Adelaida la interrumpió, con calma.

—Tranquila, Dánae.

Se acercó, la abrazó y la besó en la mejilla.

—Él es mi hermano porque así lo he decidido.

Me rescató en Groenlandia, y yo lo rescaté desde Dresde, Buchenwald, el Monte de Harz…

incluso Noruega e Islandia.

—Nos hemos protegido mutuamente.

Y aunque no entiendo qué le pasa, no podría odiarlo jamás.

Nuestros pueblos han estado en conflicto, pero él nunca me ha visto de esa forma.

Pasaron un par de horas.

Adelaida preparó la comida, mientras Dánae descansaba sin hacer mucho.

Entonces recordó algo que Jack le había dicho tiempo atrás.

—Jack, ¿de dónde vienes?

Yo soy de Stalingrado, Rusia —Dijo Dánae.

Jack miró hacia el horizonte, dejando que el viento  intentara apaciguar las memorias que aún cargaba en el corazón.

Todavía no sabía cómo manejar todo lo que sentía.

Jack sonrió.

—Solo sé que en mi pueblo había un lago.

No sé de dónde vengo realmente.

Escuché hablar de Dios antes de llegar aquí, pero no sé si hablamos del mismo.

Le revolvió el cabello con el puño, sonriendo.

—No te preocupes por eso, Dánae.

—No debo pertenecer a ningún lugar más que aquí con ustedes.

“Adelaida, Kamei-san, Nuriel y tú…

son mi familia.

No me importa de dónde vengo, solo me importa estar con ustedes” “Ustedes son mi hogar, y el lugar donde pertenezco” Jack la empujo de manera juguetona y dijo con una risa ligera: “Y te aseguro una cosa estúpida, Voy a estar aquí para siempre, por ti.

Porque tú eres mi hermana favorita.” El recuerdo se desvaneció lentamente.

Dánae estaba sentada frente a una vereda, junto a la entrada de la cueva.

La oscuridad se extendía frente a ella, silenciosa, inmóvil, casi viva.

Esperaba, con una fe que dolía, ver aunque fuera la silueta de Jack regresando.

Los recuerdos llegaban en ráfagas.

Fragmentos del pasado se mezclaban como ecos perdidos entre el viento: su infancia, los juegos con los vecinos cuando aún vivía en Stalingrado, y aquella vez con Kamei-san y Jack.

Tenía apenas quince años.

Aún se recuperaba del golpe de Galton, pero reía sin miedo mientras ellos la alzaban.

Jack la sostenía de las piernas, Kamei-san de los brazos, y entre risas la lanzaban al aire como si el cielo aún pudiera sostener su alegría.

En esos días, Dánae se sentía viva.

El mundo dolía menos, o tal vez nada importaba.

Su figura paterna y su hermano se habían ido, y ella arrastraba una desconexión emocional que ni el tiempo podía curar.

No era falta de amor hacia Adelaida, pero ella nunca terminaba de estar presente.

“Conozco a Adelaida.

Ella me ama, pero no siento ese amor que profesa a Kamei-san”.

“Quizá se preocupa tanto porque Kamei-san lo note, que se olvidó de nosotros…” Dánae apretó los puños, temblando.

Su voz se quebró en la penumbra.

—No…

no, tranquila, tranquila…

Ellos van a regresar.

Tienen que regresar.

Ellos no morirán…

—No me van a dejar —dijo Dánae, y como si fuera una señal de su subconsciente se dio un cachetazo.

—Tranquila —se obligó a sí misma—.

Has esperado por Kamei-san casi un año, puedo esperar mas tiempo….

El silencio devoró las últimas palabras que pronunció, y la respuesta del vacío dejó el eco de su propia voz con una intensidad abrumadora.

Por más que intentara pensar con calma, su mente la empujaba a preocuparse, a angustiarse.

No es una adulta… pero tampoco una niña, y aun así parece no ser ninguna de las dos.

Salió de la cueva con cada latido cargado de pensamientos, sintiendo su existencia y su conciencia vibrar al unísono.

Miró el horizonte hacia la cabaña, con la decisión encendida.

—¿Sabes qué voy a hacer?

—susurró, más para sí que para nadie.

—Bajaré hasta la cabaña y sacaré a Nuriel y a Adelaida de aquí.

Vamos a jugar, aunque sea por un rato.

—Hace tiempo que no juego con Nuriel —murmuró—.

Él ha jugado pocas veces, pero ya llegó la hora.

No puedo seguir ignorándolo; le di su espacio, sí, pero no puede quedarse encerrado para siempre.

—Si se aísla más, entonces no podre alcanzarlo—se repitió.

El es mi hermano también, quiero que tangamos algo como lo que tengo con Jack dijo en voz baja, tratando de convencerse, de armarse de valor.

La frase se convirtió en un mantra tembloroso.

Entonces pasó: una roca se desprendió en la entrada.

El crujido le retumbó en el pecho; algo se encendió.

Aquel sonido mínimo activó en Dánae una mezcla de alarma y memoria.

Lo primero que salió de su boca fue un nombre: —¡Jack!

Se giró con esperanza, pero la realidad la frenó en seco: solo estaba disociando, y cada vez le ocurría más.

Recordó lo que Jack le había dicho sobre la soledad: “Cuando te encierras, inventas voces para no perder la cordura” —Jack dime la verdad, nunca te lo pregunte— murmuraba Dánae con lágrimas— Cuanto tiempo estuviste solo…como para decirme esto.

Con esos pensamientos, se obligó a incorporarse: —Vamos, vamos a jugar.

Se encaminó hacia la cabaña, directo al cuarto de Nuriel, con la alegría que siempre la acompañaba.

Llegó a la cabaña dando los saltitos que tanto la caracteriza.

Se trepó por la ventana de su cuarto para asustarlo, pero justo en el salto decisivo se dio cuenta de que él no estaba allí.

Allí notó algo: papeles y anotaciones casi todas empaquetadas.

Algunas inútiles, otras cuidadosamente guardadas; todo ordenado.

Llamo a Adelaida desde la habitación: —¡Adelaida!

¡Donde esta Nuriel!

¡No está en su cuarto!

—¿Por qué no está en su cuarto?

—preguntó Dánae.

—Está en el establo—respondió Adelaida desde la cocina—.Creo que fundirá lo que trajo, por que escucho la fragua y el horno.

Dánae puso una expresión que dejaba ver lo traviesa que era.

Frotó las manos y murmuró: “Perfecto… me lo dejó más fácil.” Con sigilo, se dirigió al garaje, lista para molestarlo a modo de broma.

Al entrar, encontró a Nuriel completamente concentrado, trazando un mapa mental.

Anotaba la base de metales, cómo comprimirlos en láminas, los tubos; planificaba sin máquinas industriales: molinos, corriente del río.

Sus anotaciones sonaban a una invención en marcha, casi absurda: un plan para generar electricidad y fabricar herramientas desde cero.

Nuriel parecía redescubrir principios que para otros ya eran viejos.

Pero Dánae no pensaba en metalurgia; su plan era más simple: jugar.

Se acercó sigilosa y lo sorprendió con un grito juguetón: —¡Hoy vamos a jugar, Nuriel!

¡Prepárate!

El susto funcionó, pero lo que ocurrió después no era lo esperado.

Nuriel se sobresaltó; recuerdos enterrados volvieron con fuerza.

En su rostro se encendió algo antiguo: ira, miedo y memoria.

Se giró con una velocidad que heló a Dánae; la tensión creció.

Sus manos empezaron a chispear, cargándose como si fueran voltios.

En un instante, sus palmas brillaron, como si se encendieran por dentro.

De él brotaron tres tipos de luces: azul, amarilla y roja.

Cada tono pulsaba con una emoción distinta, intensa, desbordante.

Su mente aún no procesaba lo ocurrido; su cuerpo actuó por instinto.

Giró bruscamente, buscando defenderse de su propia confusión.

Las palmas de Nuriel chocaron contra el pecho y el abdomen de Dánae.

El contacto liberó una fuerza divina y descontrolada.

Casi nunca usaba su don de la creación junto con esa energía.

Pero esta vez, el impulso fue tan brutal que la lanzó por el aire.

Dánae salió despedida, ligera como papel, golpeando el marco de madera antes de caer al suelo.

Rodó colina abajo, hasta terminar ocho metros más abajo, inmóvil, aturdida.

El eco del impacto cortó el aire como un trueno.

Nuriel se paralizó al darse cuenta de lo que había hecho.

No había querido dañarla; su cuerpo reaccionó solo.

Por un instante creyó ver un uniforme alemán, un soldado.

Su mente confundió el presente con el recuerdo del miedo.

Se quedó quieto, temblando, antes de correr hacia Dánae.

Ella lloraba, doblada del dolor, mientras Adelaida observaba desde la distancia.

Oía el estruendo y bajó de inmediato, usando su don del viento para descender con prisa maternal.

Al verla tendida, el corazón de Adelaida se encogió.

Dánae lloraba sin control; el dolor le atravesaba el pecho.

Le costaba respirar, recordando otra herida del pasado.

El golpe le trajo de vuelta la patada de Galton, aquel día.

Esa vez la había dejado en cama cuatro meses.

Ahora, el ardor en su abdomen era idéntico, insoportable.

Las lágrimas le nublaban la vista y apenas podía hablar.

Estaba hiperventilando, sin poder pensar, sin poder calmarse.

Adelaida se arrodilló a su lado y la abrazó con fuerza.

—¿Por qué lloras?

—preguntó, desesperada.

Nuriel se acercaba también, con la culpa grabada en la mirada.

—Yo… no sabía que estabas detrás —balbuceó—.

Fue un reflejo.

Adelaida notó entonces que la ropa de Dánae estaba quemada.

La tela chamuscada, el olor a ozono…

lo comprendió al instante.

—¿Qué fue lo que hiciste, Nuriel?

—gritó con furia contenida.

—¡Tú la lanzaste!

— —¡No!

—replicó él, con voz rota—.

No la vi.

Fue un accidente.

Pero Dánae interrumpió con un grito ahogado.

—¡Ya basta!

—dijo entre sollozos—.

¡Cállense, los dos!

Lo siento… solo quería jugar con Nuriel.

Eso era todo.

Trató de ponerse de pie, temblando, el dolor en cada respiración.

—Ya no importa —susurró—.

Me voy a mi cuarto.

Sus pasos eran torpes, su respiración entrecortada.

Lloraba en silencio, intentando no romperse del todo.

—Dánae, espera…

—dijo Nuriel, acercándose con culpa.

Pero ella lo detuvo con un grito que estremeció la tierra.

—¡Aléjate!

…

Solo…déjame en paz— Dánae caminaba con dolor, apenas visible se dirigió hacia la cabaña cojeando Subió la colina sola, sin mirar atrás, con el pecho ardiendo.

Adelaida, con el ceño fruncido, miró a Nuriel en silencio.

—¿Qué es lo que hiciste?

—preguntó con la voz temblando de ira—.

¿La aventaste desde esa altura?

¿Estás consciente de eso?

Su tono era más de madre herida que de simple reproche.

Nuriel alzó la vista, desconcertado, buscando palabras.

—No…

bueno, sí, pero no es como piensas, ¿de acuerdo?

Estaba concentrado en mis cosas…

apareció de la nada…

me asusté y simplemente reaccioné.

Yo no quería…

Las palabras se quebraron antes de terminar.

Las excusas, sin embargo, no pesaban nada ante Adelaida.

Su mirada cortante lo atravesó como una sentencia muda.

No había justificación posible para lo que había hecho.

—Nuriel, no sé qué te está pasando —dijo con firmeza—.

No sé qué te ha estado ocurriendo estos días, pero escucha bien: si vuelvo a verte hacer algo así, no voy a quedarme callada.

Y si de verdad le cayó un rayo, me sorprende que no la mataras.

El silencio cayó como plomo entre ambos.

Adelaida respiró hondo, conteniendo su rabia.

—No sé por qué estás tan alterado ni qué te sucede.

Pero si vas a seguir con tus experimentos, hazlo lejos.

Señaló hacia el bosque, su voz firme y dolida.

—Hazlo del otro lado del río, donde no molestes a nadie.

Dánae ya la está pasando mal desde que Jack y Kamei-san se fueron.

Y tú…

tú ni siquiera lo notas, porque no pasas tiempo con ella.

—Yo a veces sí lo hago —continuó—.

Pero tú, Nuriel, no.

No sé por qué Dánae se te acercó hoy…

tal vez buscaba jugar, tal vez solo quería un poco de ti.

Ella respiro profundo, y luego exhalo.

—Ya no importa.

—Ahora mismo no quiero ver tu cara.

Las palabras fueron cuchillas en el aire.

Adelaida se dio la vuelta y caminó hacia la cabaña.

Sus pasos resonaron fríos sobre la tierra húmeda.

Solo el silencio acompañó a Nuriel en ese instante.

Él se quedó quieto, sin poder levantar la mirada.

Sus pensamientos eran un nudo, un laberinto sin salida.

Tal vez estoy haciendo las cosas mal…

pensó con amargura.

No sabía qué hacía ni en qué se estaba convirtiendo.

Alzó los ojos al cielo, gris y denso como el remordimiento.

Señor…

¿qué es lo que me pasa?

El viento respondió con un murmullo apagado.

Y Nuriel sintió, por primera vez.

Verdadero miedo de sí mismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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