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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Tal vez podamos ser perdonados
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5: Tal vez, podamos ser perdonados 5: Tal vez, podamos ser perdonados ⚠️Advertencia: Este capítulo contiene escenas violentas y descripciones gráficas.

El autor no busca ser sensacionalista ni incomodar al lector; estas representaciones son únicamente una manera de mostrar los eventos.

________________________________________________________________ El presente, 21 de marzo de 1945.

En el frente de Stalingrado, un hombre asiático con trenzas detrás de las orejas avanzaba entre los escombros.

Su nombre era Kamei-san, el único, además de Galton, con el conocimiento necesario para atravesar la barrera espiritual de Vermot.

La escena frente a él era devastadora: multitudes se aglomeraban entre lo que alguna vez fue una fábrica.

Entre los restos de los barrios industriales, buscaban comida o cualquier cosa útil para intercambiar, aferrándose a la esperanza de la ayuda soviética.

Kamei-san se detuvo, abrumado, y susurró: —¿Qué fue lo que pasó aquí?

Hace cuarenta años, esto estaba lleno de vida… casas, mercados, personas… pero ahora, parece el resultado de una batalla campal.

A medida que se acercaba a los restos de las fábricas, los lamentos de las mujeres se volvían más claros, desgarradores, al ver cómo los niños perdían a sus padres por la falta de alimento.

Tropas soviéticas patrullaban el lugar, aumentando la sensación de desolación.

Mientras tanto, en la frontera de Dresde, rumbo a Berlín, Galton avanzaba entre soldados alemanes, sin piedad, masacrando a quienes encontraba en lugares cerrados.

No lo hacía por acelerar su búsqueda del Santo, sino por la furia que aquellos hombres despertaban en él.

Su mente murmuraba: “Esta gente es responsable de todo esto.

Siento en mi espíritu que ellos causaron la guerra contra mi nación.” El encuentro más grotesco fue con un joven de diecisiete años en uniforme alemán.

Al verlo, Galton recordó a su primogénito, Zaziel.

El chico gritó: —¡Maldito judío!

—¡Ayuda!

¡Un judío!

Con un solo movimiento, Galton le rompió la mandíbula.

El joven se desplomó, paralizado de miedo; apenas tuvo tiempo de sostener su rifle.

Galton se caracteriza por su frialdad a la hora de matar: ni un gesto, ni un discurso, nada.

Con un brazo sostuvo al joven por el pecho, sacó la daga de su cinturón y la hundió en su estómago.

Tiró con fuerza de uno de sus intestinos.

El dolor era insoportable.

El sufrimiento se reflejaba únicamente en su rostro, mientras fragmentos de sus órganos caían al suelo.

El rostro de Galton reflejaba odio puro, deseo de venganza, sin un solo atisbo de remordimiento.

Lo amarró del cuello, tomando un extremo de sus intestinos, y lo colgó del techo de la habitación.

Cuando los compañeros del joven llegaron y vieron la escena, vomitaron del horror; no podían comprender lo que tenían delante.

—¿Qué es…?

¿Es Erick?

—dijo uno de los soldados, con voz temblorosa.

No se percataron de la presencia de Galton, suspendido con una mano del techo.

Aquellos “soldados” eran apenas dos jóvenes y tres adolescentes, condenados por el animal que les había arrebatado a su compañero de armas.

Por su parte, Kamei-san había tenido encuentros con soldados que intentaban interrogarlo.

A diferencia de Galton, él los noqueaba y los colocaba en casas para protegerlos del frío mortal.

Mientras avanzaba, sentía un nudo en el corazón.

—Señor… Dime algo —susurró—.

¿Podré obtener el perdón que me libere de mis errores?

¿Podré expiar todas las malas acciones en las que fui cómplice de Galton?

No me importa si voy al cielo o al infierno; siempre que eso signifique proteger a los Santos que vendrán después de Jack.

Recordaba la última vez que intentó detener a Galton.

Jack casi murió al caer de un peñasco.

Kamei-san intentó frenar al hombre, pero Galton lo acuchilló en el abdomen y le torció el hombro, diciéndole: —Tú no eres el elegido de Dios.

Eres solo otro fracaso.

—Si sigues interfiriendo con ese mocoso… te mataré por tu obstinación.

A diferencia de Jack, Dios no te otorgó invulnerabilidad divina… solo inmortalidad.

Kamei-san murmuró: —Galton se ha vuelto loco… No puedo permitir que mate a los elegidos.

Por más loco que esté, no puedo matar a un elegido de Dios.

Pero si intenta exterminar a los nueve, como hizo hace siglos… antes de Zaziel… entonces… lo mataré a él… o me llevaré todo conmigo.

El hombre conocido como Kamei-san recordó su origen con dolor.

No solo Galton cargaba con el peso de su pasado; él también llevaba el suyo.

Pocos conocían otro nombre suyo: Gao Li.

Mes de agosto, año 153 después de Cristo.

Gao Li se preguntaba a dónde había ido Zao Li.

¿Debí ignorarlo tanto?

—Desde que lo conocí, siempre ha sido callado.

¿Será que no quiere estar con nosotros?

¿O simplemente se fue a explorar?

¿O algo peor… que se haya lastimado y nosotros no nos hayamos dado cuenta?

—Tengo que encontrarlo.

Mientras tanto, una silueta oscura se acercaba al campamento.

Zaziel, preocupado por Zao, se preguntaba: —¡Zao!… ¿Dónde estás?… ¿Dije algo que no debía?

Un escalofrío recorrió su espalda.

La sensación de estar siendo observado lo hizo girar la cabeza de un lado a otro, pero no vio nada.

El bosque parecía más denso de lo normal, y el silencio era profundo, casi opresivo.

Cada hoja crujía bajo un paso invisible, y su instinto le gritaba que algo estaba cerca.

La figura se movía como una sombra fugaz, acercándose solo lo suficiente para dejar caer entre las ropas de Zaziel una pequeña criatura: una serpiente, roja con franjas negras.

Zaziel no percibió la presencia que lo acechaba; esta se desvaneció entre los árboles de la montaña.

Zaziel sintió un pequeño pinchazo en la espalda, en un lugar que no podía alcanzar.

Al quitarse la ropa, comprendió qué lo había mordido.

El veneno hizo efecto de inmediato.

Su cuerpo comenzó a suplicarle auxilio: sudaba como si le pidiera ayuda, se retorcía en el suelo, incapaz de controlar cada fibra de su ser.

Se desplomó.

Cada músculo de su cuerpo se tensaba, y sus cuencas oculares se volvieron blancas.

El dolor era insoportable, uno de los peores que había sentido en su vida.

Mientras tanto, cerca del campamento, Enós y Egil buscaban a Zao Li.

Esperaban encontrarlo, pero no había ningún indicio; nada que los guiara.

El aire estaba cargado; el silencio de los árboles parecía responder a lo que presenciaban.

Entre las ramas se escuchaban crujidos como si algo se rompiera, tirando con fuerza de una tela invisible, mezclados con gemidos sordos, como los de alguien que intentara gritar sin voz.

Al llegar, lo encontraron: Zaziel.

Sus brazos sostenían a una mujer, pero algo estaba terriblemente mal.

Su rostro había desaparecido; un cadáver desfigurado por mordiscos.

La escena era grotesca.

Ninguno de los dos podía apartar la vista.

Zaziel se incorporó lentamente al notar su presencia.

Sus movimientos eran fluidos, felinos, letales, pero había algo más: una frialdad que ninguno de sus hermanos podría reconocer en aquel con quien habían reído, dormido, amado y cuidado.

—¡Quédate ahí y no te muevas!

—gritó Enós, sacando su espada.

—¡Ayuda, por favor!

¡Vengan!

—dijo Egil, temblando, la voz quebrada y cortada por el miedo.

Enós trató de razonar con él, manteniendo firme el arma: —Zaziel… ¿puedes escucharme?

¿Qué te pasa?

—sus palabras se quebraban—.

Por tus ropas sé que es Aki… ¡¿Por qué lo hiciste?!

¡¿Por qué la mataste?!

¡Responde!

Nada.

Silencio absoluto; solo las voces de los muertos susurrándole en la mente, bloqueando cualquier intento de razonamiento.

La maldición que pesaba sobre él lo había transformado en un depredador, un animal guiado por instintos que antes jamás habría imaginado.

En un instante, Zaziel se lanzó hacia Enós, moviéndose como un simio, sus manos garras golpeando con una fuerza aterradora.

Cada arañazo desgarraba la carne de su pecho, dejando marcas sangrantes que dolían incluso en el alma de quienes lo observaban.

—¡Corre!

¡Sálvate!

—gritó Enós, con lo poco que le quedaba, mientras Zaziel seguía su ataque.

Egil reaccionó demasiado tarde.

Sus ojos se abrieron con horror al ver cómo la daga de Enós se desprendía del cinturón, volaba y se hundía en su propia cabeza.

Un golpe seco, brutal; su cuerpo cayó al suelo, inmóvil.

Zaziel ya no era él mismo.

Sus hermanos, aquellos con quienes había compartido cada alegría, cada preocupación, cada risa, ahora eran víctimas de su crueldad despiadada.

Y uno de ellos… ni siquiera mostró piedad.

Sus actos eran igual de horribles, si no más, que los de Galton.

Enós, apenas consciente, apenas respiraba; emitió un hilo de aire entrecortado, un susurro ininteligible que más parecía un lamento que un pedido de auxilio: “…Zaziel… no… me mates…” Fue en ese momento cuando Merit, Xiaoxui y Leili llegaron al lugar.

Intentaron sujetarlo por los brazos y el cuello para liberar a Enós, pero el hermano ya estaba perdiendo demasiada sangre; lo que antes era su pecho ahora mostraba el cráter que le dejaron las garras de Zaziel.

No había manera de detener al gigante.

Por más fuertes que fueran, Zaziel medía casi tres metros, y cada intento de frenarlo terminaba en dolor.

Merit, en un desesperado esfuerzo por sujetarlo, sintió cómo le torcía el brazo y le rompía la pierna, arrojándola contra un árbol.

Quedó inconsciente antes de poder gritar.

Xiaoxui apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Zaziel la sostuvo de la cadera y comenzó a morderle las costillas.

Ella intentó defenderse, acuchillándolo, pero él atrapó la daga con fuerza y la redirigió hacia su ojo.

Lo que salió de sus labios no fue un grito, sino un gemido que brotaba de su pecho, sofocado por el dolor, como si la daga apagara su voz con cada centímetro que se incrustaba.

Leili no pudo moverse; el miedo la paralizó.

Sentía como su cuerpo simplemente se sometió al poder que emanaba Zaziel.

En ese momento, Gao Li logró llegar al campamento; lo que vio lo dejó en impacto: una escena sacada del tártaro.

Cadáveres de sus hermanos, mordisqueados y desgarrados; el cuerpo inconsciente de Merit contra un árbol; y Xiaoxui, casi irreconocible, sostenida en los brazos de su hermano.

Detrás de unos arbustos, Leili se escondía, temblando, esperando que Zaziel no lo viera.

Gao Li no pudo pensar; solo reaccionó, aunque sabía que debía hacerlo con inteligencia o sería el siguiente en morir.

Gao Li tenía que enfrentarlo, ya que el único que podría hacerle frente a Zaziel era él, pues poseía un don de la creación fijo, otorgado cuando fue raptado.

A diferencia de Zao Li, podía canalizar los astros y la energía de la tierra, manifestándola como poder, pero en cantidades que solo su cuerpo soportaría; un don que había perfeccionado desde que entrenó con Zaziel.

Con voz firme dijo: —¡Zaziel!

Bájala.

Zaziel bajó el cuerpo de Xiaoxui, pero, como respuesta a la advertencia, expulsó fuego por las manos y la boca, quemando parte del rostro de Lei Li.

—¡Zaziel!… entiendo.

No hace falta ser un genio para saber qué debo hacer… Me imagino que mis hermanos ya intentaron hablar contigo.

Pensar rápido en la batalla es normal para un guerrero, así que, por favor, no me culpes por lo que está por pasar.

Dicho esto, desenvainó su espada.

Con el terror recorriendo su cuerpo, se puso firme en posición de combate.

—¡Zaziel!

—gritó—.

Me duele empuñar una espada con la intención de matar a quien considero mi hermano.

Zaziel respondió con un grito penetrante, como si en su voz resonaran miles de voces.

En ese momento, Gao entendió que Zaziel estaba poseído.

Lo supo porque él no era así.

Aquel muchacho gentil había desaparecido, reemplazado por la sombra de una abominación.

Gao murmuró: —Perdóname por lo que voy a hacer.

Se lanzó con gran velocidad, apuntando directamente a sus ojos para cegarlo y evitar otra tragedia.

Sin embargo, Zaziel lo sostuvo de las piernas cuando intentó saltar hacia él y lo lanzó contra un árbol; el impacto hizo crujir sus huesos.

—Sé que está poseído, pero… ¿la posesión le dio más fuerza?

¿O ya la tenía?

—pensó Gao Li.

Con el impulso del árbol, se lanzó directamente hacia su cuello, consciente de que tenía que matarlo.

—Si no lo mato, Merit y Leili morirán.

—Tengo que ir con todo… o llevármelo conmigo —pensó Gao Li.

Sin embargo, Zaziel lo detuvo y lo embistió contra el suelo.

En el forcejeo, Gao lo pateó en la cara intentando liberarse, pero Zaziel levantaba su cuerpo e invertía la situación una y otra vez.

Gao logró liberar una mano, sacó su daga apuntando al ojo de Zaziel y se liberó por un instante, intentando pensar: —No puedo… seguirle el ritmo.

Zaziel percibió su cansancio y lo embistió de nuevo, ahorcándolo con la mano izquierda, mientras que con la derecha pretendía matarlo usando su don de la creación, impregnado en llamas.

En ese instante, Lei Li tomó valor e intentó arrancarle los ojos para salvar a Gao.

—Perdóname… no podía moverme.

Por favor, no te mueras, Gao —dijo Leili.

Pero Zaziel lo sostuvo del cuello y, con un golpe, lo lanzó contra un árbol cercano, rompiéndole costillas y fracturando el tronco.

Fue entonces cuando Gao se dijo a sí mismo: no puedo contenerme, debo acabar con él.

Canalizó por completo su don de la creación, concentrando su espíritu en un aura violeta con destellos que recordaban la esencia de las estrellas.

Sostuvo su espada y se puso en posición, consciente de que solo tendría un movimiento que no podría repetir por falta de entrenamiento.

Se impulsó hacia el cuello de Zaziel, pero él lo sostuvo del brazo justo cuando estaba a punto de alcanzar sus ojos, levantándolo y embistiéndolo contra una roca.

Gao sintió cómo su brazo se quebraba y su rostro era golpeado una y otra vez contra el duro impacto.

Por un momento pensó que todo estaba perdido.

Fue allí cuando se oyó un grito diciendo: —¡¿Qué fue lo que pasó?!

Era la voz de Galton.

Al ver a su hijo en ese estado y a los demás, pudo hacerse una idea de la magnitud de la tragedia.

Con su amplio conocimiento del mundo espiritual, sabía exactamente lo que le estaba sucediendo a Zaziel.

Su corazón se quebró al verlo así.

Zaziel lo vio y se lanzó contra su padre, pero con un solo movimiento, Galton lo noqueó.

Se sentó, sin saber cómo reaccionar, preguntándose: ¿en qué me equivoqué?

Se suponía que ellos tenían la invulnerabilidad divina.

A su alrededor, los cadáveres de los santos yacían inmóviles.

—¿Qué… fue… lo que pasó…?

Galton sintió cómo todo lo que había construido, todo en lo que había puesto su fe, se desvanecía ante sus ojos.

Sin embargo, permaneció allí, mirando al vacío.

A pesar de tener la fuerza para ayudar a Gao, lo observó con indiferencia mientras sangraba en el suelo.

Solo Lei Li se acercó para levantarlo, solo observando cómo Galton miraba a su hijo con ira, tristeza y culpa; en él se reflejaba el rostro de un hombre cansado.

Con la ira que lo caracterizaba, les dijo a los dos: —¡No se muevan!

Si se van de aquí con los elementos de la creación, les aseguro que… Galton no tenía ni fuerzas para hablar.

Después, Merit —una de las pocas sobrevivientes de la masacre— se apoyó entre los tres, intentando curar sus heridas.

Galton permanecía inmóvil, observando a su hijo dormir durante horas, y en su mente solo resonaban preguntas: —Dios, ¿por qué?

—¿Por qué has permitido esto?

¿Por qué con mi hijo?

Pasó toda la noche observándolo.

Sabía lo que debía hacer, pero hacerlo le costaría el alma.

Gao Li se acercó y le contó todo: La desaparición de Zao Li, lo sucedido con Zaziel y el desenlace de la tragedia.

Sin embargo, antes de que Gao Li terminara su explicación, Galton lo interrumpió: —No me sigas hablando más… Si continúas, me volveré loco.

Gao Li no tuvo más opción que descansar.

A pesar de que quería enterrar a sus hermanos, estaba demasiado lastimado para hacerlo.

Así, permanecieron inactivos durante tres días.

Ante un ambiente deprimente, Merit, Lei Li y Gao Li finalmente encontraron la fuerza para ponerse de pie.

Arrastrando los cuerpos de sus hermanos, que ya apestaban a putrefacción, los llevaron a enterrar cerca de la cueva, colocando una lápida sobre cada uno.

Intentaron lavarlos y purificarlos, pero pronto se dieron cuenta de que no podían.

Lo peor de todo es que Galton podría haberlos enterrado, pero su indiferencia dejaba claro que las sospechas de Zao Li eran ciertas.

No solo no los defendería; tal vez el único a quien protegería sería a su hijo… pero ahora yacía tendido en el suelo.

Sin embargo, con todo eso, su alma se quebró al llegar el momento de sellar a su hijo.

Una de las técnicas que los ángeles le habían enseñado a Galton era el pozo del juicio.

Esta técnica, un don de la creación, estaba destinada a llevar hasta él a quien eligiera a los primeros santos.

El propósito de esta técnica era prevenir cualquier tipo de catástrofe: servir para salvarse o proteger a los santos de una crisis que pudiera poner en peligro sus vidas.

Pero esta vez no lo usaría para eso.

Lo usaría para cerrar y condenar a su hijo hasta el día del juicio.

Pronunciando las palabras que los ángeles le enseñaron, su hijo, Zaziel, despertó.

Ya no estaba bajo el trance; lo primero que vio fueron los cadáveres de sus hermanos.

Al notar la mirada de Gao Li, supo que estaba despertando.

Todos se colocaron en posición de combate, pero Galton les advirtió: —¡Él es mi hijo!

… —¡Si se atreven a lastimarlo, les aseguro que sufrirán… que me suplicarán que los mate!

Zaziel no entendía lo que sucedía.

Estaba completamente confundido.

Buscaba a Zao Li, y de pronto despertó con el cuerpo dolorido, el estómago ardiendo y la boca lastimada por tanto gritar durante el trance.

—Papá, ¿qué estás haciendo?

—preguntó Zaziel, con la voz entrecortada.

En ese instante, la tierra se abrió.

En un parpadeo, un agujero gigantesco se formó: un pozo de unos 50 metros de circunferencia, que casi se traga a Gao Li, a Merit y a Lei Li.

Se pronunciaron los siguientes diálogos: —¡Este es mi castigo por haber creído que tú eras el santo!

—Padre, ¿qué estás haciendo?

—¡Por aquellos a quienes tú has matado, debo condenarte al confinamiento, porque no tengo el valor de matarte, hijo mío…!

Gao, al ver que Zaziel ya no estaba en trance, le pidió a Galton que, por favor, se detuviera.

No sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero sentía que tal vez no volvería a ver a su hermano.

En ese momento, Zaziel, desesperado, gritó: —¡Gao!

¡Merit!

¡Lei Li!

¿Qué está pasando?

Y, como si fuera un hecho inevitable, la Tierra se tragó a Zaziel.

Dios observó todo y envió un querubín para dar la noticia.

El querubín vio cómo el pozo se cerraba y cómo la Tierra había engullido a Zaziel.

Dijo entonces: —Este muchacho ha sido solo una víctima.

Por más atrocidades que haya cometido, alguien lo obligó a hacerlo.

Pero Galton no escuchó y replicó: —Él mató a los santos.

El querubín insistió: —Dios te dará la libertad de hacer con él lo que consideres correcto.

Pero, cuando estés frente al juicio, él te mostrará cuál era realmente su voluntad… y tendrás que asumir las consecuencias.

—No solo de eso, sino también de los niños que mataste antes de estos santos.

Gao Li escuchó y comprendió parte de los hechos, aunque aún tenía preguntas.

El ángel, extendiendo una de sus alas, le entregó una planta.

Galton, sorprendido, preguntó: —¿Qué es esto?

La planta emanaba el don de la creación.

El querubín explicó: —Dios me envió a una cueva infestada de demonios.

Tuve que purificarla.

Allí estaba el don de la creación de Zao Li.

Te diré solo esto: ese muchacho ya no está en el campamento, y probablemente no regresará.

Al ver la planta, Galton extrajo el don de la creación.

El don de Zao Li no tenía nada predeterminado; era puro y sin explorar.

Pero, al entrar en contacto con la planta, ese poder se transformó en un don definido, un nuevo don que ahora se atribuía al santo de la naturaleza.

El querubín le dijo entonces: —Lo siento mucho, Galton… Solo te diré esto: el Mesías escogió a mucha gente, pero pocos entienden que ser escogido… no significa que seas intocable.

Y, en un destello, el querubín desapareció.

Volvemos de nuevo al año 1945, Stalingrado.

Kamei-san reflexionaba sobre lo que significaba estar en este lugar y en esta época: —Francamente, no puedo decir que mi vida haya estado llena de fracasos, pero las tragedias que viví siguen arrastrando mi pesada carga.

Después de lo que pasó, pasamos noches con Galton tratando de entender qué estaba sucediendo.

Sin embargo, Galton le quitó a Lei Li y a Merit el poder de la creación.

A mí, por alguna razón que no comprendo, no pudo quitármelo.

Al darse cuenta de eso, simplemente se rindió y desapareció.

Me quedé en esa cueva con mis hermanos un par de días más.

No teníamos intención de salir, y una mañana simplemente no los encontré.

No parecía que se hubieran ido por voluntad propia; parecía como si los hubieran raptado.

Lo supe porque dejaron sus cosas; no se llevaron nada.

—Y, francamente, me deprimí hasta el punto de vagar por el desierto durante años.

Ni siquiera sé cómo terminé en un par de islas, a lo que hoy se conoce como Japón.

Estuve allí, en las calles.

Nadie se metía conmigo; sabían que podía inmovilizarlos, porque, aunque me comportaba como un vagabundo, no dejaba de ser un guerrero.

—Un día simplemente me bañé, me vestí y creí que tal vez ya debía darle un nuevo rumbo a mi vida.

Pero no tenía fuerzas para ello.

No escuchaba la voz de Dios, no escuchaba nada, y, además, no tenía certeza de si lo que iba a hacer sería correcto o aceptable a los ojos de Dios.

Todo lo que sucedió me sigue pesando hasta hoy.

No fue hasta que un día una pequeña niña me dio el impulso que necesitaba: —Kamei-san, hermanito.

—Ah, disculpa —sonrió la niña—.

Perdón, es que te confundí con mi hermanito.

¿Puedes ayudarme a encontrarlo?

Por alguna razón que no entiendo, la niña me confundió con su hermano.

Pero no me molestó en lo absoluto.

La dejé en la casa donde vivía, y creo que la sonrisa que me regaló al confundirse me dio el impulso suficiente para recordar no solo a mis hermanos, que están enterrados, sino también a Merit y a Lei Li, que aún están desaparecidos.

De vez en cuando me acercaba al pozo del juicio, donde estaba Zaziel, y le hablaba de lo que pensaba, de mis esperanzas y de mis planes.

—Zaziel, ¿puedes escucharme?

—dijo Gao, ahora llamado Kamei-san.

—Estoy completamente convencido de que tú no tienes culpa de nada.

Merit y Lei Li están desaparecidos.

—Te prometo que yo los voy a encontrar… espero que aún sigan con vida… te prometo seguir visitándote para averiguar alguna forma de sacarte de aquí.

—Tú no mereces estar ahí.

El único que podría sacarte de aquí sería Galton.

Pude ver que te quitó el don de la creación y tu inmortalidad, pero estoy seguro de que el pozo te mantiene con vida, incluso si pasan años.

Espero que sea como pienso, hermano.

—Escúchame, Zaziel.

Volveré aquí de nuevo dentro de diez años, para darle flores a mis hermanos y hermanas.

Y te aseguro una cosa: sea quien sea que te hizo esto, si lo llego a encontrar, le haré pagar por todo lo que hizo.

Después de diez años, volvió a encontrarse con Galton, en el Mediterráneo, y le dijo: —Dime la verdad, ¿por qué no me quitaste mi don de la creación?

A lo que él respondió: —No hay razón; simplemente no puedo quitártelo.

—Dime cómo puedo sacar a Zaziel del pozo.

Sin embargo, no respondió.

Su castigo aún le pesaba, y una condena más fuerte que eso era que él era inmortal, siendo originalmente solo un hombre.

Solamente son recuerdos, porque nunca pude encontrar a Merit ni a Lei Li.

Pero ahora tengo una misión, además de sacar a Zaziel del pozo a espaldas de Galton, pues mi nuevo nombre es: —Kamei-san.

—Una forma de expresar mi nueva ancla: la fe.

A lo que simplemente optó por ese nombre.

Aunque estaba mal pronunciado, era un nombre adecuado para poder llevar la pesada carga que tenía.

Mientras pensaba todo esto, caminaba entre la gente con una niña cargada en brazos.

La niña tenía los dedos morados por el frío del invierno de Stalingrado.

No tenía zapatos, estaba hambrienta y con fiebre.

—Llegué a tiempo.

Esta niña es mi esperanza, y estoy seguro de que ella llenará el vacío que dejó Zao Li.

—Pues esta niña rusa no solo cambiaría el destino de los últimos ancestros de los santos, sino que era el verdadero santo de la naturaleza, una elegida de Dios, enviada por los querubines para ser reclutada.

Una niña de cabellos rojizos, pecas y con unas cejas particulares, con la forma de una de las colas de una mariposa, asemejadas a la curva que tienen la cola de los cerdos o de los zorros.

Particularmente hermosa, desnutrida, de tan solo 8 años.

Su nombre era… Danae Valcliev.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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