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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50 - 50 Quiero llorar pero ya no queda agua en mis mares
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50: Quiero llorar, pero ya no queda agua en mis mares 50: Quiero llorar, pero ya no queda agua en mis mares ⚠️ 𝗔𝗗𝗩𝗘𝗥𝗧𝗘𝗡𝗖𝗜𝗔 ⚠️ El siguiente contenido puede mencionar hechos relacionados con la Segunda Guerra Mundial 🕯️, incluyendo referencias al Holocausto Judío, y también situaciones vinculadas al estrés postraumático 🧠💥.

El autor no busca generar morbo ni trivializar estos temas.

Todo lo narrado es ficción 📘.

Se recomienda discreción del lector 👀.

✍️ 𝗡𝗢𝗧𝗔 𝗗𝗘 𝗔𝗨𝗧𝗢𝗥 ✍️ Chicos, perdón por no haber subido casi nada estas últimas dos semanas 😅📉.

Estuve reventado con los exámenes 📝🔥, pero ya terminé el ciclo por fin 🙌✨.

Apliqué la típica jugada de salvar el ciclo en una semana 🎯⏳ y luego solo quedé esperando mis notas como si fuera final de temporada 💣👀.

Gracias por la paciencia 🙏💛.

Desde ahora sí voy a subir capítulos de manera más seguida 🚀✨… y seguiré así hasta que comience el próximo ciclo, en marzo 📅😎.

_______________________________________________________________ Una voz suave emergió en la penumbra del recuerdo, encendiendo un brillo tenue en medio de la oscuridad.

Eran destellos del pasado, esos que despiertan cuando el amor de una madre atraviesa el tiempo y regresa en forma de la misma canción que nos arrullaba antes de dormir.

En campos de flores, en campos de nubes, en campos de soles, en campos de amor… En campos queridos, en campos de conejitos, en campos de niñitos — ahí estás tú.

Duerme, mi pequeñita, duerme, mi lucecita.

Mi corazón, vamos a esos campos… Danaé abrió los ojos, despertando con ese dolor agudo que solo traen los recuerdos del pasado.

El eco de la canción perdida le apretó el pecho y, por un momento, le costó incluso respirar.

Se incorporó con lentitud.

Al mover el cuerpo, el ardor de las lesiones que le había dejado el rayo.

Vestirse sin que le doliera, parecía tocar heridas abiertas: cada prenda rozaba rozaban, zonas sensibles, y aun así, ella apretó los dientes y siguió en silencio.

Cuando por fin logró ponerse de pie, se calzó con una torpeza dolorosa y bajó las escaleras.

En la cocina, Nuriel y Adelaida estaban ocupados preparando su comida; la trituraban con cuidado, siguiendo la dieta especial que ella necesitaba.

Al verla entrar por su propio pie, los dos se quedaron petrificados.

No esperaban verla de pie, ni despierta, ni mucho menos vestida.

Ellos iban a subirle la papilla.

Pero Danaé, como si nada hubiera pasado, simplemente dijo: —Buenos días, chicos que hay de desayunar, quiero pan con mermelada.

Dánae no era una chica rencorosa.

Cuando vio a Nuriel durante el desayuno, lo único que dijo fue: —Así que sí puedes usar los rayos, ¿eh?

Bueno…

me sorprende.

Ay, Dios mío, no puedo creer que diga esto, pero el pecho me duele por tu culpa.

Bajó a la mesa con lentitud, su andar rígido revelando el eco del impacto que aún vibraba en su cuerpo.

Se sentó despacio, exhaló hondo, y se untó pan con mermelada que Adelaida acababa de preparar, cuyo aroma dulce contrastaba con la tensión cargada en la habitación.

El silencio de la mesa reflejaba el furor contenido de Adelaida, un clima asfixiante que volvía incómodo incluso desayunar.

—Mira, Adelaida, sé que estás molesta con Nuriel, pero te voy a pedir que no sigas así, ¿de acuerdo?

No estoy mal…

solo me dolió muy feo.

Ya estoy bien, así que no pongas esa cara.

Adelaida asintió en silencio.

—Está bien, Dánae —respondió con calma.

Dánae terminó de comer rápido y se levantó con una energía fingida, como si su cuerpo todavía se quejara por dentro.

—Bien, bien…

voy a ver mis siembras de cacao.

Francamente, me olvidé por completo de ellas, y saben que no vivo sin el chocolate.

Así que ustedes quédense aquí, ¿sí?

—Hasta luego, Nuriel.

Hasta luego, Adelaida.

Pero en su voz se filtró una leve angustia que ni el aire del bosque, fresco y vibrante, pudo disimular.

Aunque no le guardaba rencor, su corazón seguía dolido, como si la herida fuera más profunda que cualquier golpe físico.

Sin embargo, no fue a los campos de cacao.

En cambio, caminó hacia el sur, arrastrando pensamientos que no quería afrontar, hasta el lago rodeado de flores, donde el agua brillaba tranquila como si nada en el mundo pudiera lastimar.

Quiso bañarse, distraerse, reír, soltarse un poco y dejar que la brisa le limpiara las ideas.

Pero no pudo.

“¿Por qué me siento tan sola?”, pensó.

Era quizá la primera vez que experimentaba la verdadera soledad.

Mientras tanto, en la cabaña, el silencio que había dejado Dánae se sentía espeso, casi incómodo.

Nuriel se colocó el gorro de trabajo con un gesto automático, como quien intenta mantenerse ocupado para no pensar demasiado.

—Bien, tengo que trabajar, Adelaida.

Me retiro.

Gracias por la comida.

—Espera —dijo ella—, voy contigo.

No quiero quedarme aquí lavando platos.

Ya no es divertido…

me aburre.

Leí todos los libros, y ya no sé qué hacer.

Se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro largo, de esos que nacen cuando la soledad aprieta más de la cuenta.

Con una sonrisa triste añadió: —Cuando estás acompañado, hasta lo cotidiano se vuelve más fácil.

Pero desde que Kamei-san y Jack se fueron…

no pensé que me afectaría tanto.

Sus ojos bajaron un instante, como si buscara las palabras correctas en el suelo.

—Y, sinceramente, nunca imaginé que extrañaría a Kamei-san.

Supongo que ya es hora de pasar tiempo contigo, ¿no crees?

Nuriel sonrió apenas, una expresión discreta, pero sincera, como si ese pequeño gesto aliviara un peso que también cargaba.

—Entonces ven.

Vamos, te daré un gorro también.

Ambos salieron hacia el taller, el aire fresco golpeándoles el rostro, y tomaron las herramientas: dos hachas y un machete afilado.

El bosque los recibió con ese olor a tierra húmeda y madera viva.

Nuriel comenzó a talar el primer árbol, justo al lado de la cabaña.

Ató una soga en dirección a la colina, asegurándose de que cayera hacia allí.

Un solo corte, firme y preciso, y el árbol cedió con un chasquido profundo.

El golpe reverberó por la tierra y el tronco quedó tendido al pie de la colina.

Pero algo extraño ocurrió.

La cicatriz del corte empezó a cubrirse con nueva corteza, como si sanara sola, como si el bosque respondiera al daño con una rapidez imposible.

—Ese árbol volverá a crecer en dos semanas —dijo.

—Está bien —respondió Adelaida.

—Agarraré el machete.

Cortemos las ramas primero.

Y así, bajo el sol que caía implacable, el ritmo de las herramientas marcaba el tiempo.

Entre golpes secos y el aroma a savia fresca, Adelaida pensó en silencio: “Sigo molesto con él, por lo que le hizo a Dánae, pero conozco a Nuriel y sé que él no haría eso con malicia.” “¿Qué lo mantiene tan alterado?” “De Nuriel solo hablo de la vida, de cómo nos divertían nuestros padres.

Nunca tocamos otros temas.” “Le gustan los libros, las teorías absurdas que compartía cuando éramos jóvenes…

pero nada más.” Miró de reojo a Nuriel, con una mezcla de ternura y duda.

“Creo que ya es momento de preguntarle.

De verdad, ya soy su hermana.” “Ya han pasado varios años desde aquel entonces.

Y tal vez ahí esté la causa de su turbación”, pensó Adelaida, mientras Nuriel seguía cortando, llorando casi por inercia con cada golpe del hacha.

El sonido de las ramas cayendo se mezclaba con el viento, hasta que ella, sin más, habló.

—Nuriel, puede que te incomode lo que diré.

El joven detuvo un instante el movimiento.

Con voz cansada, respondió: —Bueno, sí, puede que me incomode.

Pero las preguntas incómodas sirven para pensar lo que haremos después.

Dime, ¿te sientes cansada por el trabajo?

—No —dijo Adelaida, negando con la cabeza—.

No se trata de eso.

Se trata de ti.

Nuriel se quedó inmóvil, el hacha suspendida.

Giró apenas el rostro, desconcertado.

—¿De qué hablas?

Ella respiró hondo.

Su voz sonó firme, aunque cargada de cuidado.

—Nuriel, solo te conozco desde que salimos de Buchenwald.

No sé nada de ti, ni de tus padres, ni de cómo llegaste allí, aunque sé que tu origen es judío.

El silencio que siguió pesó con dureza.

Nuriel la observó fijamente y murmuró: —¿Por qué quieres saber eso?

—Porque creo que ya es momento de entenderte.

Hablar de lo que pasó podría aliviar tu alma, liberar aquello que no te dejas sentir.

¿No lo crees?

La respuesta de Nuriel fue inmediata, afilada como un tajo de su hacha.

—Tú no tienes que saber nada de eso, Adelaida.

Ni tú, ni Dánae.

No deben saber lo que hacía tu pueblo, ni lo que hicieron con nosotros.

Ella dio un paso atrás, pero no retrocedió del todo.

—Bueno, sé un par de cosas —admitió—, lo que me contó el Dr.

Wilhelm…

apenas fragmentos.

Pero puedo soportarlo.

Por favor, ¿no quieres contarme cómo llegaste a Auschwitz?

El hacha cayó al suelo.

Los ojos de Nuriel se endurecieron.

—No vuelvas a mencionar ese nombre.

Te lo aseguro, Adelaida, puedes culparme todo lo que quieras con Dánae, pero eso no tiene nada que ver.

Su voz se volvió casi un rugido: —Una cosa no tiene que ver con la otra.

Y no vuelvas a mencionar la puerta del infierno.

¿Me entendiste?

Adelaida permaneció quieta, el corazón golpeándole el pecho.

Luego dejó el machete en el suelo.

—Está bien, Nuriel.

Me retiro.

El joven apretó los puños.

La respiración le salía pesada, airada.

—Adelaida —dijo ella suavemente—, te lo dije hace mucho tiempo: no quiero ser una salvadora, ni pretender redimirme por lo que hizo mi pueblo.

Sus ojos se humedecieron, pero su voz no tembló.

—Aquí no existen pueblos ni ideologías.

Solo estamos tú y yo.

Y me duele que no confíes en mí, que no creas que también merezco saber la verdad.

Nuriel resopló con fuerza, como un toro conteniendo la furia.

Se dejó caer sobre un tronco recién cortado y bajó la mirada.

—¿Quieres saber cómo llegué hasta allá?

—preguntó.

Su voz salió ronca, como si viniera de muy lejos—.

¿De verdad quieres saberlo, Adelaida?

¿Así, tanto?

Alzó la vista con una media sonrisa amarga, casi juvenil, como quien intenta bromear para no quebrarse.

—Es que a veces eres bien dramática… —murmuró.

Adelaida lo miró con angustia.

—Quiero entenderte —dijo con voz temblorosa—.

Esta vez quiero hacerlo.

Tenemos la oportunidad… ya no están Kamei-san ni Jack, y Dánae está quién sabe dónde.

No sé dónde queda ese sembrío de cacao que tanto menciona.

Pero por favor, dime… quiero saber quién fue mi hermano y de dónde viene.

Nuriel la observó en silencio, sin parpadear, como si midiera cuánto dolería recordar.

Luego habló, más calmado: —Siéntate, Adelaida.

Lo que te voy a contar… son cinco años de mi vida antes de conocerte.

Si no me falla la memoria.

Ella asintió, y él comenzó, respirando hondo: —Viví en Polonia con mi padre.

Él era banquero, y mi madre trabajaba en la biblioteca local.

Tenía dos hermanas gemelas.

Un día, de la nada, nos dijeron que éramos una porquería.

Basura para Europa.

Y nos llevaron a un rincón de la ciudad, donde metieron a familias enteras en un solo bloque.

—Compartía una habitación con más de veinte personas —continuó—.

Mi papá casi nunca estaba.

Decía que hacía lo necesario para que pudiéramos comer algo.

Nunca supe de dónde sacaba el dinero… y nunca le pregunté.

—Mi mamá no comía.

Mi papá tampoco.

Los únicos que comíamos éramos mis hermanas y yo.

Y así estuvimos casi dos años.

No sé cuánto exactamente.

Solo recuerdo el hambre.

Su mirada se perdió, como si viera a otro niño en su lugar.

—Los chicos se peleaban por un trozo de pan.

Los adultos nos gritaban si teníamos un plato de sopa.

Escondíamos las papas en los abrigos.

Había gente que mataba por una papa.

Confinaron a todo un pueblo allí, tu nación, Adelaida… la nación alemana.

Encerraron a casi toda Polonia en guetos.

Nosotros estábamos en el de Varsovia.

Algunos fueron enviados a otros lugares, aunque solo se oían rumores.

Un día mi padre llegó con unos papeles.

Estaba emocionado.

Decía que íbamos a trabajar en una fábrica.

Y lo hicimos, por unos meses.

Allí empezamos a escuchar cosas.

Rumores de que Varsovia estaba siendo trasladada a un lugar llamado Treblinka.

Lo oí en una conversación entre mi madre y mi padre: decían que nos mandarían a trabajar.

Algunos dudaban que realmente fuéramos a trabajar para el gobierno nazi.

Otros juraban que nos enviarían a levantar nuevas ciudades con nuestra propia mano de obra.

Nadie sabía la verdad.

Y ahora entiendo lo que realmente significaba “trabajar”.

Yo no conocí Treblinka.

Solo escuché de otros campos esparcidos por Polonia y Alemania.

Pero pronto, todo cambió.

Teníamos una vida, al menos, estable.

Ya no nos golpeaban.

Trabajábamos para el ejército alemán.

Hasta que un día, sin aviso alguno, se acabó.

Nos ordenaron subir a un tren.

Decían que iríamos a otro lugar.

Nos llevaron, sin explicación, a lo que tú conoces como Auschwitz.

La entrada decía: “El trabajo los hará libres.” Ahora sé de qué hablaba.

Era una mentira, Adelaida.

La vi con atención cuando me trasladaron a Alemania.

Y lo único que pude pensar fue: “Sí, el trabajo nos iba a liberar.” Porque, técnicamente, sí… esa era la única forma de liberarse de ese maldito lugar.

Yo estuve allí, logré sobrevivir por muchas personas.

Una señora que vendía cigarros.

Varias madres que escondían a sus hijas debajo de los taburetes.

Un anciano que necesitaba poesía.

Y, sobre todo, porque mi padre era el único que intentaba ayudarme.

Me pasaba comida por tráfico —o eso dijeron—.

Una señora juró que él lo hacía, pero esa comida casi nunca me llegaba.

No lo sé… no lo sé… no lo sé… Apenas me llegaban migas.

Al anciano lo mataron.

A la señora también.

Las mujeres que me daban pan o un poco de agua amanecían muertas al día siguiente.

No sé qué les pasaba a los soldados, pero las mataban sin razón alguna.

—No pienses que sus disparos eran simples, Adelaida —dijo Nuriel.

Sus cuerpos caían como si fueran solo carne.

Nada más.

Nadie protestaba.

Nadie hacía nada.

Lo único que podías esperar en ese lugar era la muerte.

No había otra salida.

Intentaron engañarme.

Decían que si resistíamos un poco, lograríamos algo.

Pero no se pudo.

Simplemente no se pudo.

—¿Qué crees, Adelaida?

¿Que los soldados los mataban así nomás?

Los azotaban.

Los pisaban.

Los llevaban a zanjas.

Les disparaban en la nuca.

Nos mataban con perros.

Nos colgaban como si fuéramos cucarachas.

¡Y aun así… nosotros fuimos tan imbéciles como para creer que todavía valía la pena seguir vivos en ese infierno!

Después de mucho tiempo, trabajé en una vereda.

Allí conocí a una chica francesa llamada Élodie.

Fue en ese instante que Adelaida prestó atención.

Había escuchado ese nombre antes, pero era la primera vez que Nuriel lo mencionaba.

—Élodie fue… fue la mujer de quien estuve enamorado.

—La amé.

—La amé con todo mi corazón.

Era un idiota de catorce años, tal vez, pero mi amor por ella fue real.

—¿De acuerdo?

—dijo Nuriel, con la voz temblorosa—.

Ella tenía veintiún años, pero eso no importaba.

Entré al bloque médico gracias a ella.

Élodie me salvó la vida.

—Si hubiera seguido trabajando afuera, no habría durado un mes más.

Me salvé por mis rasgos italianos y polacos.

—A pesar del odio hacia los alemanes, mi altura me mantuvo fuera de las cámaras de gas.

Así es, Adelaida.

Las cámaras de gas.

Te lo diré otra vez: Ciclón B.

Esa porquería mató a casi todo mi pueblo.

Y no solo a nosotros.

Mataron italianos, polacos, franceses, ingleses.

—¿Quieres saber cómo era?

—susurró Nuriel—.

Yo estuve cerca de una.

Era una cámara donde arrojaban polvo comprimido, y asesinaban a todos como si fueran ollas a presión.

Una muerte silenciosa, sin gritos, sin fuego.

Solo el sonido del metal cerrándose sobre el alma.

Podías oír cómo la gente moría.

Y no morían rápido, Adelaida.

Morían lento.

Muy lento.

—Yo estuve en el bloque médico.

Ahí solo existían aberraciones.

—Sombras de lo que alguna vez fueron personas.

—Fue entonces cuando supe que mis hermanas habían sido llevadas allí.

Y también mi madre.

A mí no me llevaron por… no lo sé.

¿Entiendes?

No lo sé.

Ni siquiera sé cómo los seleccionaban.

Nuriel comenzó a jadear.

Su voz se quebró entre ira y desahogo.

Y de pronto gritó, como si el aire mismo lo traicionara: —Creía que los alemanes tenían corazón… ¡Pero no es cierto!

¡No es cierto!

Violentaban a Élodie.

La llevaban a los almacenes cada día.

La violaban como si fuera un objeto.

Ella no pidió eso.

Solo era una estudiante.

Una muchacha que fue traída a ese infierno porque simplemente les dio la gana.

La vieron con rasgos “impuros”, y eso bastó.

Al doctor Weill también le hicieron lo mismo.

Eran personas inocentes, Adelaida.

Solo trabajaban en una clínica.

A mí me enseñaron todo: a coser, a callar, a entender qué es lo “importante”.

Adelaida lo observaba, atónita.

Era la primera vez que veía a Nuriel tan furioso.

El bosque parecía reaccionar ante su rabia.

El sol comenzó a apagarse.

Las nubes se ennegrecieron, como si la naturaleza escuchara su dolor.

La maleza perdió color, volviéndose un verde oscuro, casi podrido.

Entonces Nuriel siguió hablando, con una voz más áspera que antes.

—Tú no sabes lo que les pasó a todos, Adelaida.

No lo sabes.

No lo sabes.

Toda esa gente murió por nada.

Nos hacían trabajar sin descanso.

Nada era suficiente para ustedes.

Nada era suficiente para tu pueblo.

—Gente como tu padre —dijo con amargura—.

Gente con ese mismo uniforme.

—Nos azotaban, nos disparaban, ni siquiera perdonaban a los niños.

—Tanto juzgaste a Galton, ¿no?

¿Lo recuerdas?

El imbécil con el que cargamos en Groenlandia.

—Pues déjame decirte algo —rugió Nuriel—.

Galton es mil veces mejor que todos los alemanes que estuvieron en Auschwitz.

Al menos él mostraba algo de piedad.

Esos alemanes no.

Nos miraban como si fuéramos ratas.

No tuvieron compasión ni por las niñas.

Ninguna, Adelaida.

—Eran potwory… unos cholerni potwory —escupió—.

Nos masacraron a todos.

Y lo peor… lo peor de todo —murmuró— es que a Élodie ni siquiera le dieron el tiro de gracia.

No hicieron ni siquiera eso que, para ellos, era “digno”.

No.

No les bastó.

Élodie… según el Dr.

Weill, esta vez se resistió.

Trató de negarse ante aquel hombre.

Y… ella… fue arrastrada del cabello hasta el patio.

Yo estaba junto a la ventana, ordenando material.

Pudimos verlo todo.

Pudimos verla luchar.

Intentar liberarse.

No pudo.

No pudo.

Quedó arrodillada.

Esperando.

Ya sabía lo que venía.

Esperaba el plomo.

Pero no tuvo esa suerte.

No sé kto był tym nieszczęsnym gnojem (quién fue el infeliz) … el maldito desgraciado… —ten cholerny skurwysyn… Nuriel apretó los dientes, temblando.

Adelaida lo miró sin atreverse a parpadear.

— Nie mam pojęcia, który skurwysyn wpadł  na pomysł, żeby przyprowadzić psy.

(No tengo idea de quién fue el hijo de puta que pensó en traer perros) … para comérsela viva.

Élodie nie umarła w godzinę… ani w dwie.

Krwawiła całą popołudniową ciszę, jakby jej życie wyciekało razem z ostatnim światłem dnia.

Jej ciało leżało tam, porzucone, zimne, jak coś, co już nie należy do świata.

Nikt jej nie pochował.

Nikt nawet nie drgnął.

Przyszedł tylko ten, który zbierał ciała, i przeciągnął ją jak kawałek szmaty na stertę zwęglonych zwłok… na kupę niczego, na popiół wspomnień.

Ona nie miała nikogo.

Jej matka już była martwa.

Jej ojciec też.

Została sama… zupełnie sama (Élodie no murió en una hora, ni en dos.

Tardó toda la tarde en desangrarse.

Su cuerpo quedó allí, tirado.

Nadie la enterró.

Nadie hizo nada.

Solo vino el que recogía cuerpos y la arrastró hasta una pila de cadáveres.

Cuerpos carbonizados.

Montones de nada.

Ella no tenía a nadie.

Su madre había muerto.) Nuriel intento respirar, estaba perdiendo la fuerza para ponerse de pie.

Su padre también había muerto.

Solo le quedaba el Dr.

Weill.

Y ella solo quería ser enfermera.

No sé cómo acabó en ese infierno.

—Yo era alguien normal, Adelaida.

Tenía familia, casa, muebles… No sé cuándo empezaron a decir que ya no éramos personas.

No entiendo qué pasó.

Toda mi vida se derrumbó.

Y el Dr.

Weill lo sabía.

Quería salvarme.

Me dijo que Buchenwald era mi única oportunidad.

No quería verme en Auschwitz.

Lo entendí cuando dijo: —No quiero verte más en este lugar.

Meses después, una carta de recomendación me llevó a Buchenwald.

Estuve allí solo unos meses.

Me asignaron como soporte médico.

No sé qué hice para terminar luego en el bloque de armas.

Nuriel apretó los puños.

—No sé a dónde iban a enviarme.

Era “Dora” o algo así.

Fue entonces cuando Galton me sacó de allí.

Y fue ahí cuando te conocí.

—Lo único que pedía era morir.

Adelaida lo miró en silencio.

No esperaba esa reacción.

No esperaba tanta rabia contenida.

Nuriel tenía los dedos ennegrecidos.

Los ojos hundidos, la mirada perdida.

Miró al horizonte y murmuró: —Yo no te odio, Adelaida.

Eres la primera alemana que conocí.

Porque esa gente, la de los campos… No eran personas.

Eran demonios.

Demonios con uniforme.

¿Y sabes lo peor?

—Lo peor de Auschwitz no era morir.

Creo que morir era lo mejor.

—Lo peor era creer que podías salir.

Tener esa esperanza podrida.

Esa esperanza asquerosa.

—La única forma de salir de Auschwitz era muriendo.

Nuriel alzó la vista.

—Así que sí, Adelaida… No sé qué te dijeron de los campos.

Pero escucha.

—Los campos eran el festival del tártaro.

Nos mataban por gusto.

Por hambre.

Por frío.

Jugaban con nosotros.

Y Europa entera… no hizo nada.

Nada, Adelaida.

Solo miraban el espectáculo.

Un circo montado con cuerpos.

Una función infernal.

¿Y lo peor?

Que luego vienen a decirme que soy un elegido.

¿Yo?

¿En serio?

¿Y toda esa gente no importaba?

¿Nadie más era apto?

¿Por qué Dios no hizo nada por mi padre, mi madre, mis hermanas?

Nos dejó morir.

No detuvo el odio.

No movió un dedo.

Nada.

Nuriel miró a Adelaida y dijo: —No sabes cuánto odio a los alemanes.

No sabes cuánto odio a tu pueblo.

No tienes idea de cuánto los odio.

—Solo a ti… Tú eres la única que no odio.

Ni siquiera te veo como alemana.

Te veo como mi hermana.

Y a tu familia igual.

—Pero Alemania… Nuriel comenzó a retirarse hacia la cabaña.

Y dijo casi en un susurro, como si cerrara un ciclo: —Tu pueblo… no tienes ni idea de cuánto les deseo la muerte.

Nuriel caminó en dirección a la cabaña.

Adelaida no pudo pensar.

No supo cómo reaccionar.

Se quedó sin palabras.

Solo una memoria le vino a la mente.

La época en la que su padre regresó temporalmente por una fecha festiva.

Quería pasar tiempo con sus hijas, antes de que la guerra empezara.

Entonces Adelaida le había preguntado: —¿Papá?

—¿Qué pasa, hijita?

—¿Por qué nosotros debemos sacar a esa gente?

¿Por qué debemos expulsar a los judíos?

Digo… no sé… ¿ellos son malos?

Su padre respondió con calma: —No, hijita.

Son malos.

Son la escoria de Alemania.

Esa gente no tiene clase, ni respeto, ni nada.

—Son el problema de este país.

Pero gracias a lo que hacemos, podremos por fin sacarlos de aquí.

—Y podremos expulsar a todos los judíos de Europa.

O al menos esa es la idea.

—Pero eso es solo un concepto.

Primero debemos sacarlos de Alemania.

—Aunque francamente creo que sí podremos.

Esa basura saldrá dentro de poco.

A Adelaida se le caían las lágrimas al recordar las palabras de su padre.

Y él solo añadió: —Todo es por el bien de ustedes, hijitas mías.

Todo es por el bien de ustedes.

Fue entonces cuando Adelaida se llevó una mano a la boca y murmuró: —No es cierto… papá… no me digas que sí dijiste eso.

No me digas eso… Se tapó la boca con la mano, temblando.

—No, papá… no me digas eso… ¿A cuántas personas mataste?

Adelaida se quedó sola, apoyada en el tronco.

El silencio del bosque la envolvía.

Mientras tanto, Dánae estaba junto al lago.

Su mente divagaba, jugando con una piedra.

—Dios mío… Dios, ¿puedes escucharme?

—Creo que eres el único con quien puedo hablar.

Te pido, por favor, que Jack y Kamei-san estén bien.

—Tráelos con bien, por favor… Y te pido… te pido… que no me hagas extrañarlos tanto.

—Amén.

Dánae, al terminar la oración, miró hacia el cielo y susurró: —Me pregunto… ¿cómo será el cielo?

Me pregunto si mis padres están ahí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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