Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 Mis sentimientos hablaron por mí
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51: Mis sentimientos hablaron por mí 51: Mis sentimientos hablaron por mí ⚠️ ADVERTENCIA⚠️ Este capítulo puede tener escenas románticas en contexto de tiempos pasados, el autor no pretende hacer morbo con ningún tema delicado para la audiencia💓 🕯️ todo lo narrado es ficción; se recomienda discreción.
🖋️ NOTA DEL AUTOR🧐🍷 🎉 ¡Gracias a todos chicos por sus leídas!
🙏 Disculpen mi ausencia, estuve algo apartado por un buen tiempo.
Pero a partir de ahora, estaré subiendo capítulos aquí cuatro veces por semana 🗓️, para poder tomarme también un pequeño descanso, aunque solo por esta vez, intentaré subir hasta cinco o seis veces por semana.
💪📚 ¡Sigamos con la trama!
😄✨ _______________________________________________________________________ La nona preparaba el desayuno y el almuerzo.
El aroma tibio del arroz de pato se esparcía por la cocina, mezclándose con el olor jugoso de los sándwiches de cerdo recién hechos.
Después de todo lo vivido, solo buscaban un respiro tranquilo.
Helena había sido quien había planeado este día especial para Teodoro.
Aún sin darse cuenta, sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y alegría contenida.
Mientras alistaba las mantas y la canasta, la nona la observaba en silencio.
No sabía si era por la ropa de Helena, tan hipnotizante y hermosa, o por la calidez de su ser.
Solo pensaba en una cosa: “No puedo creer que diga esto, pero Helena tiene una delicadeza que no he visto en ninguna otra mujer.
Cuando camina, parece un ángel.
¿Por qué?
Se supone que esta gente no tiene clase.” Mientras la nona pensaba en eso, Helena acomodaba el sombrero y la corbata de Teodoro.
—¿A dónde vamos?
—preguntó Teodoro, curioso y nervioso.
—Te tengo una sorpresa —dijo Helena, sonriendo—.
Lo estuve hablando con la nona.
Helena se inclinó y lo besó en la mejilla.
Teodoro sintió cómo sus mejillas ardían de inmediato.
—Tranquilo, todo va a estar bien, ¿sí?
Solo iremos a un lugar especial, no te asustes.
La nona revisaba la lista de todo lo que llevarían.
Sostuvieron la mano de Teodoro y caminaron hacia la plaza.
Cada paso de Teodoro estaba lleno de fascinación.
Escuchaba sonidos que nunca había oído antes: el silbido de los trenes, el eco de una trompeta que resonaba a lo lejos.
La multitud, el bullicio y los aromas nuevos lo envolvían.
Era la primera vez que salía tan lejos de casa.
Sostuvo con fuerza la mano de Helena, buscando seguridad.
Cada mirada hacia ella lo hacía sonrojarse más.
No entendía cómo algo tan simple como un beso podía hacer latir su corazón tan rápido.
El tranvía avanzaba lentamente.
Teodoro sostenía la mano de Helena con fuerza.
“Todo es tan grande… y ruidoso… no sé a dónde mirar” Las ruedas rechinaban sobre los rieles.
El silbido de los trenes le hacía cosquillas en los oídos.
Un aroma a pan recién horneado entró por la ventana.
Teodoro cerró los ojos un instante, sonriendo débilmente.
—Calma —susurró Helena—.
Todo está bien.
Nada te va a pasar.
Solo disfruta el viaje.
Teodoro con solo escuchar su voz, siente como le arden sus mejillas.
“Cálmate Teodoro, no es momento para imaginar nada” La ciudad pasaba a través de las ventanas.
Gente caminando, vendedores con sus gritos, y los rayos del sol Cada sonido era nuevo, excitante, confuso.
La nona lo observaba con cuidado, pero confiaba en Helena.
Sabía que el joven estaba seguro.
—Pronto llegaremos al Jardim da Estrela —dijo Helena.
—¿Ahí comeremos?
—preguntó Teodoro, curioso y tímido.
—Sí, ahí podemos descansar y disfrutar un poco.
Teodoro respiró hondo, sintiendo que su corazón latía rápido.
“Me pregunto cómo vera Lisboa …” Planeaban pasar el día juntos, comer algo en un lugar bonito.
Llevaron refrescos, frutas, un plato francés de la nona, panes y sándwiches.
También dinero extra, por si querían comprar algo afuera.
Su destino: el Jardím da Estrela.
Al llegar, el sol cálido se filtraba entre los árboles, y una sombra fresca cubrió a la familia.
La nona estaba emocionada.
Hacía mucho que no compartía algo así.
“¿Quién mejor que el muchachito Teodoro?” “Esto lo he planeado desde hace semanas, no es sano que esté en casa todo el día.” Se inclinó hacia Helena y le susurró al oído: —Ten cuidado, Helena.
Vigila a Teodoro, no tardes.
Helena asintió, comprendiendo, y se retiró por un momento.
—Espérame aquí, Teodoro, ¿sí?
—dijo—.
Tengo que ir a la dirección que me dio la nona.
Es por un regalo para ti.
Teodoro no quería que se fuera.
Sin que la nona lo notara, Helena le dio otro beso.
—Espérame aquí, ¿está bien?
Teodoro se alteró de inmediato.
Aunque se sentía seguro con la nona, no estaba tranquilo sabiendo que Helena no estaba junto a él.
—¿Teodoro, te pasa algo?
—preguntó la nona.
—¿Cuándo va a regresar Helena?
—dijo él.
La nona lo miró intrigada.
—¿Por qué te preocupas por ella?
—No, no me preocupo por nadie —respondió Teodoro—, solo no me agrada que esté allá.
Se va a perder.
La nona, con frialdad seca, contestó: —Por favor, es una muchachita y una mujer.
¿Cómo se va a perder en este lugar?
Además, le dejé una ubicación exacta.
Por favor, Teodoro, no pienses mal.
—Está bien, está bien… —murmuró él.
Sin embargo, cuando Helena regresó, trajo algo que sorprendió a todos.
Teodoro sonrió genuinamente, algo que no pasaba en años.
Hace unas semanas estaba deprimido: los comentarios de su padre, el aislamiento, todo lo habían dejado sin brillo.
Pero últimamente, la nona notaba algo.
La conexión entre Helena y Teodoro era distinta, luminosa.
Como si la sola existencia de Helena iluminara su sonrisa.
—¡Helena!
—gritó Teodoro, luego se tapó la boca al instante, no quería que la nona notara cuán preocupado estaba por ella.
La nona sonrió con cierta picardía.
—Bueno, estás pequeño, tiene sentido.
No te preocupes, no se lo diré a Helena.
Pero me sorprende que tengas esos gustos, joven Teodoro.
—Bueno… —suspiró él— tiene sentido.
No la estás viendo.
Si vieras su rostro, no estarías tan preocupado por ella.
Pero Teodoro no pensaba así.
“No es eso… ella es la respuesta a todo lo que alguna vez quise desde niño.” Helena traía un par de bizcochos, golosinas de merengue y café de un local que la nona le recomendó cerca del parque.
La nona empezó a bromear: —Oye, Helena, ¿sabías que el joven Teodoro ha estado muy preocupado por usted?
—Sí —dijo Helena sonriendo—.
Soy nueva en esto.
Tiene sentido que el joven Teodoro se preocupe por mí, ¿verdad?
Teodoro se puso rojo como un tomate.
No sabía qué responder.
Después del desayuno, la nona y Helena empacaron las cosas y se levantaron para ir a una tienda de libros.
Helena y Teodoro querían explorar los prólogos, descubrir cuál le interesaría más, cuál le gustaría tener.
Todo gracias al bolsillo generoso de la nona.
Al ver a Teodoro frustrado por haber dañado un par de libros, la nona decidió comprarle cuatro.
—Si compro más de cuatro, me voy a la bancarrota, francamente —dijo.
Teodoro, con emoción, eligió: “El Señor de los Anillos” — J.
R.
R.
Tolkien, “Las crónicas de Narnia” — C.
S.
Lewis, “Los viajes de Gulliver” — Jonathan Swift, “Los Miserables” — Victor Hugo, y “Veinte mil leguas de viaje submarino” — Julio Verne.
Estaba encantado.
Helena no podía evitar sentirse feliz al verlo sonreír.
Su timidez no le quitaba esa luz que parecía un rayo de sol.
—Dime, Teodoro —preguntó Helena suavemente—.
¿Qué historias te gustan más?
—Me gustan… los viajes, los mundos lejanos, aventuras… —susurró él.
Helena tomó su mano con delicadeza: —Entonces sígueme.
Lo condujo hasta un estante que sabía le encantaría.
Teodoro palpaba los libros, fascinando por cada textura, mientras Helena describía suavemente los títulos.
Por un instante, el mundo se redujo a ese toque y a esa voz.
La nona pagó y los acompañó de vuelta.
En casa no había libros como esos.
Teodoro, al escuchar los prólogos, se quedaba fascinado, sin saber por cuál empezar, pero feliz de sentir cada historia.
Helena le dijo suavemente: —Tranquilo, yo te los leeré cuando lleguemos a casa.
La nona lo vio con ternura.
No lo percibía como algo romántico, sino como un lazo amistoso.
Era como si Helena fuera una hermana mayor para Teodoro, según su perspectiva.
La nona los dejó de nuevo en el parque.
Comieron un poco, almorzaron, y la nona aclaró tres cosas… Primero, que Helena cuidara de Teodoro.
Aunque parezca mentira, Helena ya se había ganado la confianza de la nona.
Y esto se debía a tres razones.
La ropa de Helena explicaba mucho.
Era clásica, elegante y casi celestial, como si hubiera sido tallada por los mismos ángeles.
Tenía un efecto hipnótico y una fragancia que parecía nacer de su piel.
Hasta la persona más desconfiada podía confiar en ella sin entender por qué.
Ese regalo angelical le había servido bien, sin tener que hacer mucho en realidad.
La nona dijo: —Ya vengo.
Voy a dejar este documento y después de eso nos vamos a casa, ¿está bien?
Ahí podrás leerle los libros a Teodoro.
—Joven Teodoro, no haré nada imprudente.
—Cuida a Teodoro, Helena —añadió.
—Está bien, señora —respondió Helena—.
Y por favor, cuídese usted también.
—No hables con ningún extraño, ¿de acuerdo?
Helena asintió con la cabeza.
Era la primera vez que notaba que la nona se preocupaba por ella.
La nona se retiró apurada.
Confiaba en Helena, sí, pero como toda mujer mayor, no confiaba ni en quienes confiaba.
Una contradicción muy de su época.
Apenas se fue, Teodoro insistió: —Helena, por favor, solo un libro.
Solo uno.
—Disculpa, joven Teodoro, pero no —dijo ella.
—Qué mala eres —respondió él, fingiendo enojo.
Helena sonrió.
—Guau, tan emocionado estás por leer estos libros.
La verdad, no les veo tanta magia.
Pero al ver su rostro, suspiró.
—A ver, tranquilízate… ¿Por qué tienes tanta fascinación por los libros?
No quiero juzgarte, pero… eres ciego.
—No es como si pudieras leerlos —añadió.
Teodoro bajó la cabeza.
—Hubo una época en la que sí podía leer.
Helena lo miró en silencio.
Teodoro continuó con voz baja: —Mi mamá me enseñó a leer.
Ella me relataba muchos libros.
—De hecho, me llamo Teodoro por un autor que a ella le gustaba.
De su libro “La señora Cornelia” de Miguel de Cervantes.
—Ella decía que yo era como ese joven, ese caballero… pero no me parezco en nada.
—Lo dijo con desánimo.
Helena observó su rostro.
Veía el dolor escondido tras su voz.
—Helena, no sé qué decirte.
Es horrible no ver nada.
Antes conocí el mundo, y ahora no lo conozco.
—Lo peor es que mi mamá… no sé qué pasó con ella.
Se supone que está en un hospital.
Debería visitarla, pero la nona dice que no debo hacerlo.
—Creo que me oculta algo —susurró.
—Por favor, no se lo digas, ¿sí?
No le digas que te conté esto.
Helena le dijo con suavidad: —Sigue hablando.
Lo hizo con una voz calmada, como si intentara consolarlo sin palabras.
Teodoro respiró hondo.
—Amo los libros porque eran mi único contacto con otro mundo que no fuera mi hogar.
“Leer era ver.
Y ahora solo escucho ecos del mundo que perdí.” Teodoro bajó la cabeza.
—Nunca he visto nada de este mundo —murmuró—.
Y me molesta, porque camino por él sin poder decir si es hermoso o no.
Empezó a hiperventilar.
—No sé por qué mamá me puso un nombre como Teodoro.
No tengo nada de caballero.
Soy pequeño, ciego… y mi padre dice lo mismo.
“¿Cómo podría ser alguien así?” Las lágrimas volvieron.
Era normal en él.
Era un muchacho melancólico.
—Extraño a mamá… —susurró—.
No tienes idea de cuánto la extraño.
Solo quiero que me diga si me abandonó o si… No terminó la frase.
Sintió un brazo rozar su cintura y otro sostenerle la mejilla.
Manos delicadas.
Ya había sentido esa calidez antes, pero ahora esas manos tocaban sus labios.
Helena lo estaba consolando con un beso.
El mundo se detuvo.
Teodoro no esperaba esa reacción.
Las hojas flotaron, los pájaros cantaron como si celebraran un amor nuevo.
—Ya dijiste suficiente —dijo Helena, temblando—.
No digas eso.
Tu madre tal vez va a regresar.
¿Está bien?
No digas eso, Teodoro.
No llores.
No me gusta verte llorar.
—Ya te he visto así antes, y me duele —continuó—.
Escúchame, yo… te leeré tu libro cuando lleguemos a casa.
Y lo haré hasta donde tú quieras, ¿sí?
—Y… lo siento.
No sé por qué hice eso.
Es que yo… yo no… yo no… Teodoro, intentando romper el silencio, susurró: —¿Me besaste?
Helena se quedó muda.
Su mente era un torbellino.
“¿Qué mierda acabo de hacer, Dios mío?” “¡Me dejé llevar!
¡Estaba llorando!
¡Solo quería consolarlo!” “¿Por qué… por qué lo besé?” Su corazón se aceleró.
“Tranquila, Helena.
Solo fue un impulso.” “No, no hay excusa.
¡Él tiene catorce!
¡Yo tengo dieciocho!” “¿Qué hago, Dios mío?” Mientras su mente se quebraba, Teodoro notó que ella hiperventilaba.
Su corazón latía con fuerza.
Y él… no estaba mejor.
Ambos estaban rojos como tomates.
Guardaron silencio total.
Helena pensaba una y otra vez: “No le gustó… no le gustó…” “Controla tus impulsos, Helena.
Esto nunca te había pasado… bueno, sí, pero…” “Has besado a muchos hombres, ¿por qué ahora tiemblas?” Por otro lado, Teodoro se había ido.
Su mente flotaba lejos.
“Un ángel sobre un carrito…” “Viajando al espacio… entre estrellas llamadas María y Antonia…” “Y el sol me pregunta: ‘Teodoro, contéstame…’” Despertó del ensueño.
Frente a él, Helena tartamudeaba: —Perdón… yo no… yo no… Teodoro interrumpió: —No, no… está bien.
Yo… no me disgustó.
Hizo una pausa, con un leve rubor.
—De hecho… creo que me gustó.
Helena se quedó sin palabras.
Teodoro tampoco.
Ambos estaban más tiesos que una piedra.
Aun así, supieron que quizá no fue tan malo.
Teodoro buscó los hombros de Helena con torpeza.
Helena comprendió lo que buscaba.
Esta vez el acercamiento fue lento, suave.
Se permitieron disfrutar el momento.
Chocaban entre sus mundos íntimos.
Entonces Helena apartó a Teodoro de golpe: —Espérate, por favor, espérate.
—dijo entrecortada— Cálmate, ¿sí?
Las nonas pueden llegar en cualquier momento.
—Por favor, no se lo digas a la… —murmuró Helena.
—Claro que no —respondió Teodoro—.
Si tú no lo dices, ¿por qué lo haría yo?
Mientras discutían en susurros, vieron a la nona.
—Chicos, ya entregué la carta, vámonos a casa.
—anunció ella.
Ambos chillaron como ratas asustadas.
Se callaron a la vez: —Sí, vamos a casa.
—dijeron.
En el trayecto, permanecieron un poco distantes.
El silencio entre ellos era raro, punzante.
Para romperlo, Helena dijo al entrar: —Bueno, ya llegamos.
¿Qué libro quieres que lea?
Teodoro, fingiendo normalidad, dijo: —Eh… Julio Verne.
Sí, quiero Julio Verne.
—Sí, se llamaba así —confirmó ella—.
Claro.
La nona no comprendió nada.
Entraron, cenaron y recogieron las cosas.
Helena trapeó antes de sentarse a leer.
La nona se quedó en una silla, escuchando.
Helena leyó el prólogo y el primer capítulo.
A eso de las nueve, la nona se quedó dormida.
Teodoro interrumpió en voz baja: —Helena, yo… —empezó—.
—No digas nada —lo atajó ella—.
¿Quieres que siga leyendo?
—No —dijo él—.
Mi mente… lo siento, Helena.
Te he distraído.
Perdón.
—habló con timidez.
Helena le sonrió con ternura: —¿Sabes?
Creo que sí eres un príncipe.
Teodoro alzó la cara sorprendido.
—¿Yo?
—murmuró—.
—Te ves como uno, hablas como uno, actúas como uno.
—Yo soy… ¿cómo se dice?
Plebeya.
—rió ella bajito— Así que no te preocupes por lo que pasó, ¿está bien?
—Sí —respondió Teodoro con timidez—.
¿Vas a dormir ya?
—preguntó Helena.
—Sí —dijo él, ya acostado.
Cuando Helena se despidió, Teodoro tiró del ruedo de su vestido como pidiendo algo más.
Ella supo lo que quería decir: acercarse.
Se inclinó, sostuvo sus mejillas y lo besó en la frente.
Teodoro sintió el corazón a mil.
—Hasta mañana, Teodoro —susurró ella.
Despertó a la nona: —Teodoro ya se va a dormir, levántese.
—dijo.
—Ah, sí, sí, hasta mañana, joven Teodoro.
—respondió ella, y le dio un beso rápido en la frente, ritual cotidiano.
La nona se fue a dormir.
Helena pidió un té antes de subir a su cuarto.
—Por favor, organiza y limpia mañana —le dijo la nona—.
Helena subió con el té, pero no logró dormir.
Teodoro tampoco podía conciliar el sueño.
“¿Qué fue esto?
¿Qué somos ahora?” —pensó Helena.* “¿Y si todo cambió anoche?” —se repetía.* Teodoro miró al techo, inmóvil.
“Amo los libros… Creo que no esta tan mal.” —se dijo en voz baja.* Por más que estaba echado en su cama, Teodoro no podía dormir.
Estaba demasiado alterado.
Helena, por su parte, bebía té con la jarra temblando entre sus manos, iluminada por una sola vela.
El cuarto de Helena había cambiado.
Ahora se veían cartas, dibujos y libros apilados.
Se había esforzado tanto para que Teodoro volviera a sentir la magia de la lectura.
Sin embargo, no podía dormir.
Mientras bebía el té, pensaba una y otra vez en su imprudencia.
“¿Por qué hice eso?
Ahora no podré verlo a la cara…
Soy una estúpida.” Llevó una mano a la frente.
—Señor, ¿qué tengo que hacer?
Ay, Dios mío…
“No puedo creer que diga esto, pero Galton tenía razón.
Se supone que debo cuidarlo, no enamorarme de él…” “¿Qué es lo que me gusta de Teodoro?
No entiendo…
Sí, es bello, pero…
¿por qué desde el principio me atrae?
No puedo pensar cuando está cerca.
Solo quiero consentirlo, protegerlo.” “¿Será esto amor?
Creo que lo arruiné todo.” Helena miró una de las cartas que nunca enviaría a su madre, una carta de desahogo para expresar cuánto la extrañaba.
“¿Qué es lo que me gusta de Teodoro?” “Tengo que ser más prudente la próxima vez.
Estoy aquí para proteger al Santo del Hielo.
Eso es lo que debo hacer.” “No sé si esto está permitido…
Solo dejaré que las cosas pasen.” Suspiró, apagó la vela y se recostó en la cama.
Pero su mente y su corazón seguían latiendo, uno contra el otro, durante horas.
Sabía lo que sentía.
Ya lo había sentido antes, pero nunca tan intensamente como hoy.
No sabía qué decir, ni qué pensar.
Miraba al techo, deseando dormir, pero el sonido de su corazón era un tambor que latía por el joven al otro lado del cuarto.
Teodoro estaba igual, sin cerrar los ojos.
Helena se cubrió el rostro con las manos y murmuró: —Mierda…
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