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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 52

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  4. Capítulo 52 - 52 La tierra de los mártires
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52: La tierra de los mártires 52: La tierra de los mártires ⚠️🔥 ADVERTENCIA 🔥⚠️ Este capítulo menciona hechos históricos de la Segunda Guerra Mundial 🪖⚔️ y la Guerra Fría 🥶🔫.

Incluye guerras chino-japonesas 🇨🇳🇯🇵, conflictos en Corea 🇰🇷🇰🇵 y la guerra de Vietnam 🇻🇳🪖.

Se tocan temas sensibles como pobreza y vulnerabilidad 👨‍👩‍👧💔🌏.

El autor no busca morbo.

🙅‍♂️ Todo es ficción.

📖✨ Se recomienda discreción del lector.

👀🙏 📝✨ NOTA DEL AUTOR ✨📝 Chicos, gracias por seguir leyendo.

💛🙌 Aprecio su apoyo tras dos semanas fuera.

⏳🤍 Busco una plataforma con menos censura 😣🚫✂️.

Subirlo como webtoon sería terrible 😓💥.

Creo que GlobalComicsx es buena opción.

🌐💡 Los mantendré informados.

📢👀 Cuando termine el volumen de Kosmogenesis 🌌⚙️, vendrá el formato web antes de continuar Ancheronbound 🚀🔥.

Gracias por acompañarme.

✨🌠❤️ ______________________________________________________________________ 8 de junio 1965 Vietnam Era hora de descanso en la base de Quin Nhon, las luces del taller estaban apagadas y los soldados, por fin, podían relajarse un rato.

Algunos tomaban café, otros fumaban la lechuga del diablo, y un grupo pequeño se había armado una mesa de póker sobre unas cajas de motores.

En la mesa habían puesto tres premios absurdos, pero perfectos para ese tipo de noche: una reproductora, la foto de una actriz… y una tanga usada.

Uno de los soldados la había traído.

“De mi novia”, dijo orgulloso.

Y aunque a los demás no les importaba en absoluto, la apostaban como si fuera un tesoro nacional.

El recluta Harris estaba encendido: —¡Loco, ríndete ya!

¡Dale, hermanito, ríndete!

¡Por algo somos como somos!

El recluta Adams, ya harto, le respondió: —¡Por favor, hermano!

¿Por qué no mejor te callas y me comes la verga?

¡Mira, mira!

¡Sólo mostremos las cartas!

¡A ver, muéstralas!

¡A mí no me vas a asustar!

¿Qué crees, que me dan miedo los negritos?

Harris soltó: —Ay sí, claro… como si fuera a tenerle miedo a una niñita rosada.

Los demás en la mesa los cortaron: —¡Calma, calma!

¡No jodan el suspenso!

¡Todavía no salen las cartas!

A unos metros, Collin estaba sentado sobre una llanta, escribiendo en un cuaderno lleno de grasa.

Anotaba de todo: motores, repuestos, logística, ideas para un prototipo de trituradora para un negocio de chocolates… y, si eso fallaba, quizá retomar la idea de la universidad.

Antes ni le interesaba, pero ahora le sonaba como una puerta entreabierta.

Pensó: “Estoy cansado de esta rutina.

Quiero algo más.

Quizá volver a enlistarme fue una mala idea… o la única correcta.” “Cuando esto acabe, no pienso volver” “Mamá va a estar feliz de tenerme en casa.

Y apenas llevo unos días aquí… fantástica decisión, Collin”.

En eso Carl lo llamó desde la mesa de póker: —¡Collin, Collin!

¡Imbécil, deja ese cuaderno!

¡Ven!

¡Harris está por ganar la tanga!

—¿En serio?

—se levantó Collin.

—¡Sí, sí, sí!

¡Ven, ven!

¡Vamos!

—¡Listos, listos!

¡Redoble!

¡Redoble!

—gritaron todos, golpeando sus piernas como si fueran tambores.

Y al fin las cartas cayeron sobre la mesa.

Harris tenía (escalera de color al nueve).

Victoria absoluta.

El tipo agarró la tanga triunfante, se la pasó por la nariz y dijo: —Mmm… qué rica está tu hermana.

Todos se estallaron: —¡Qué estúpido eres, parcero!

Pero el ambiente se congeló cuando la puerta del taller se abrió de golpe.

El Sargento entró, con esa manera de mirar suya, amenazadora e inquietante.

Lo más perturbador era lo siniestro de su caminar; parecía como si sus botas hicieran un chillido, casi el relincho seco de un caballo de la muerte.

Detrás de él apareció el jefe Mecánico.

No dijo ni una palabra; simplemente se cruzó de brazos, como quien ya sabe que alguien metió la pata… y está esperando a ver quién respira primero.

El Sargento miró a todos y habló con una calma peligrosa: —¿Saben qué me molesta?

Que uno quiere leer, tranquilo… y al otro lado de la pared suena como si hubiera una tribu del Congo.

No sé si están adorando al sol, a la luna, o a qué mierda.

El Sargento se detuvo por un momento.

Vio al recluta Harris temblando de miedo.

Y peor: la punta rosada de la tanga se veía clarito, asomándose desde su bolsillo izquierdo.

—Recluta Harris —dijo el Sargento.

—Sí, señor.

—¿Qué tienes en el bolsillo izquierdo?

—Un pañuelo, señor.

—¿Tanto te gustan los pañuelos rosados?

El Sargento metió la mano y sacó, con total delicadeza, la tanga.

—Recluta Harris… pregunta seria: ¿qué es esto?

—Es… —¿Qué es esto, maldito mono de mierda?!

—Es una tanga, señor.

Es una tanga.!

—Ah, una tanga.

¿Es de tu madre?!

—No, señor.

—¿Es de tu hermana?!

—No, señor.

—¿Me estás contradiciendo mono!

—No, señor….

El Sargento lo abofeteó sin pensarlo.

—Por esta estupidez han hecho tanto escándalo.

Par de maricas.

Les doy hasta la cuenta de tres para ir a sus camarotes o los fusilo en fila india.

¡Uno!

¡Dos!

¡Ahora!

¡Largo!

El movimiento fue instantáneo; todos salieron disparados.

Antes de que Harris cruzara la puerta, el Sargento gritó: —¡Y tú, Harris!

¡Deja de coquetear con el recluta Davis!

¿O ahora me vas a decir que también te gusta la choco malteada?

¡Lárguense, par de maricas!

Mientras todos se largaban, el Sargento apoyó una mano en el hombro de McKenzie.

—Tú no, McKenzie.

Te quiero ver en mi oficina.

—Tu nombre está en una carta esperando en mi oficina.

Hay algo de lo que tenemos que discutir.

Collin estaba desconcertado, no tenia ni idea de por que lo llamaban.

“Oh, mierda… ¿ahora qué hice?

¿No la habré cagado?, ¿verdad?” Mientras eso estaba sucediendo, a varios kilómetros al norte, Kamei-san y Jack se dirigían hacia Haenam-gun, en el distrito de Jeolla del Sur.

Kamei-san estaba extrañamente alegre, casi saltando mientras caminaban.

Jack lo miró, curioso.

—¿Por qué estás tan emocionado?

Kamei-san soltó una risa ligera.

—Antes de salir del puerto me enteré de algo, Jack.

El lugar al que vamos… ya no es japonés.

Y no tienes idea de cuánto me alegra eso.

—¿Cómo?

¿Ya no es japonés?

—preguntó Jack, sorprendido.

—Cuando llegué aquí por primera vez —continuó Kamei-san—, la armada japonesa ocupaba estas tierras.

Expropiaban a los campesinos, les quitaban todo.

Esos mismos campesinos fueron quienes me ayudaron a llegar hasta donde estaba Dechen.

—¿De verdad?

—replicó Jack.

—Sí.

Llegaremos allá en unos minutos —respondió Kamei-san, ajustando su abrigo—.

Perdón por la demora en Fukuoka.

Conseguir un barco hoy es casi imposible.

Antes bastaba con pagar y listo, pero ahora hay papeleos, notarios… incluso el barco que usamos no está a mi nombre.

El titular es un tal Hashimoto.

Jack soltó una risa cansada.

—Ah, con razón te demoraste tanto.

Pero me lo habrías dicho, ¿no?

—¿Y qué hubieras hecho, Jack?

—respondió con una sonrisa triste—.

Acompañarme, supongo.

Pero no hacía falta.

Lo importante es llegar.

—¿Y cómo es el lugar?

—Hermoso.

O eso espero.

Dicen que mejoró mucho tras la guerra.

Al menos ya no hay tropas japonesas aquí… y créeme, eso me alivia.

Jack lo observó en silencio mientras Kamei-san bajaba la voz.

—Mi esposa y mis hijas estaban en contra de la guerra —dijo—.

Sabían que yo era chino, y sabían que la guerra solo trae muerte.

Aun siendo japonesas, nunca cayeron en la propaganda del Imperio.

Miró el mar un instante.

—Sí, necesitábamos dinero.

Éramos pobres.

Pero matar, expropiar… gente igual que nosotros… era inhumano.

Solo engendra odio.

Los coreanos aprendieron a odiar a los japoneses, y con razón.

—¿Y tú?

—preguntó Jack en voz baja.

—No podía hacer nada.

Estaban armados.

Si me resistía, morían inocentes.

Obedecí… esperando mi oportunidad.

Prometí volver, pero quizá ellos mismos hallaron su camino.

Suspiró.

—Supongo que ya es mi costumbre… abandonar a la gente.

Jack lo miró serio.

—Deja de decir eso, ¿quieres?

No es agradable.

Kamei-san sonrió con tristeza.

—Tienes razón.

Mira, ya estamos llegando.

Jack miró la costa y sonrió incrédulo.

—Genial… no puedo creerlo.

Ojalá aún haya gente que te recuerde.

—Claro que sí.

Muchos me ayudaron, ¿sabes?

—dijo Kamei-san—.

Si no fuera por el arroz que me dieron o por quien me prestó una balsa en secreto, jamás habría llegado a China.

Guardó silencio un momento.

—Crucé todo el país, de Japón a Yunnan y luego a Nepal.

Si no fuera por ellos, habría muerto.

Lo curioso es que, siendo chino, me ayudaron sin dudar.

Al llegar a la orilla, Kamei-san y Jack aseguraron el barco para que la marea no lo arrastrara.

Luego avanzaron hacia la costa.

El cielo se oscurecía; estaba por llover.

Los pescadores del muelle volvían rápido, y los niños que jugaban corrían a casa.

Pero algo inquietó a Kamei-san.

Ya no ondeaba la bandera del Sol Naciente, y eso lo aliviaba.

Aun así, al mirar con atención, notó algo triste: pese a casi cuarenta años, todo seguía igual.

El tiempo parecía detenido allí.

Kamei-san observó el lugar con extrañeza y melancolía.

—No parece que la civilización haya cambiado mucho aquí —dijo.

Pensó unos segundos y suspiró.

—No importa… vamos a buscar refugio ya.

Pasaron junto a varias casas.

Algunas estaban vacías; otro medio derrumbadas.

Kamei-san reconoció varias.

Eran hogares de quienes, tiempo atrás, le dieron arroz, pan… incluso una daga para defenderse.

Ahora ya no estaban.

Era como si hubieran desaparecido del mapa.

Mientras avanzaban, vio algo que lo detuvo en seco: una niña, con otros dos niños, entraba en una casa que estaba por caer.

El silencio del lugar se mezclaba con la lluvia.

Jack también los notó.

—No puede ser… —murmuró—.

Esta lluvia es más fuerte que en Estados Unidos.

¿O será porque estamos en el campo?

Kamei-san hizo una pausa, recordando.

—En Vermont no llovía así… en el bosque siempre hacía sol.

No entiendo por qué.

—Es normal, Jack.

Tranquilo —dijo Kamei-san, con voz suave.

Entraron más al pueblo.

Las chozas eran de barro y paja; casi no había caminos, solo veredas resbalosas.

La gente apuraba el paso, temiendo que cedieran con la lluvia.

Golpearon una puerta.

Una anciana apareció.

—¿Sí?

Buenas… —dijo con cautela.

—Buenas noches, señora —respondió Kamei-san, mostrando un fajo de billetes—.

¿Nos permitiría pasar la noche aquí?

La anciana lo miró con desconfianza.

Jack, confundido, murmuró en inglés: —¿Por qué nunca me enseñaste coreano?

Kamei-san le susurró: —No hables chino, por favor.

La mujer frunció el ceño, pero al final dijo: —Pasen.

No son de aquí, ¿verdad?

—Ah… no, señora —respondió Kamei-san con respeto—.

¿Cuál es su nombre?

—Sun-hee —contestó la anciana.

Kamei-san la miró sorprendido.

—¿Sun-hee?

¿Hija de Hyang-sook?

La pequeña Sun-hee… La mujer abrió los ojos.

—¿Quién es usted?

Kamei-san sonrió débilmente.

—¿No me reconoces?

—¡Santo cielo!

¡No puede ser!

—exclamó ella, cubriéndose el rostro—.

¡Kamei-san!

¡No has cambiado nada!

¿Entonces es cierto?

¿Eres inmortal?

Él asintió con sarcasmo.

—Sí… pero, por favor, no se lo digas a nadie.

Jack soltó una risa incrédula.

—Oye, eres un mentiroso.

—¿Qué?

¿Por qué?

—dijo Kamei-san, sorprendido.

—Porque medio mundo ya sabe que eres inmortal.

—Bueno… quizá revelé un poquito de más —admitió con ironía.

Jack alzó una ceja.

—¿Un poquito?

Casi medio mundo sabe que los inmortales existen.

—Sí, pero solo un poquito —insistió Kamei-san, encogiéndose de hombros.

Sun-hee miró a Jack con curiosidad.

—¿Y quién es este jovencito?

¿Su hijo?

Jack, sin entender, murmuró: —No entiendo nada de lo que dice, señora.

—Obviamente no —rió Kamei-san—.

Ella habla coreano.

Y sí, él es mi hijo.

—He oído que los japoneses ya no dominan esta tierra —dijo ella—.

Y no imaginas cuánto me alegra.

Pero su rostro se ensombreció.

—Sí… aunque quizá su partida fue el menor de nuestros problemas.

Kamei-san frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

La mujer suspiró y se sentó.

Empezó a relatar lo ocurrido en los últimos años.

Contó cómo los japoneses resistieron hasta el final y cómo muchos murieron, entre ellos su padre y su madre.

Ella escapó a Seúl, se casó, tuvo hijos… Pero esos hijos también fueron a la guerra.

Ahora cuidaba a sus nietos en el granero.

Dijo, con voz quebrada, que Corea ya no era la misma, que estaba partida en dos.

Y aquello había ocurrido apenas una década atrás.

Relató cómo muchos campesinos huyeron al ver la situación.

Otros migraron a refugios, pero al cabo de meses debieron volver.

Al terminar, Kamei-san sintió una punzada en el pecho.

No solo por lo que oyó, sino porque sabía, en el fondo, que todo aquello siempre fue posible.

Creía que Japón había desmantelado el lugar, pero ahora veía que no fue el único culpable.

—Sun-hee… —susurró con tristeza.

—Está bien —dijo la anciana, secándose las lágrimas—.

Lo que más me duele es cuidar sola a estos niños.

Suspiró, mirando al vacío.

—Aún conservo el terreno de mi padre, así que decidí volver.

Mientras más al sur, mejor.

Así los mantengo lejos de la guerra.

Su voz tembló.

—Si vieras cómo era Seúl hace diez años… cadáveres por todos lados.

Hombres, mujeres, niños.

Ni eso bastó para detenerlos.

—Los del Norte eran crueles —continuó—.

Ponían bombas en los cuerpos para matar a quienes los enterraban.

Ni los muertos descansaban.

Bajó la mirada.

—A mi amiga Yeon-shil la acusaron de comunista.

No teníamos opciones.

Los del Norte llegaron, nos amenazaron, querían todo.

Solo buscábamos comida… y aun así la mataron.

Tragó saliva.

—La asesinaron en una zanja, sin juicio.

Esta guerra nos rompió.

Prefiero vivir pobre aquí, sin ver sangre, que volver a esa pesadilla.

Guardó silencio y añadió: —Aunque la guerra terminó, temo que vuelva.

Los del Norte provocan al Sur constantemente, y yo ya estoy cansada.

Soltó una risa amarga.

—Tal vez suene absurdo, pero… prefiero que los japoneses vuelvan con su imperio antes que vernos matarnos entre nosotros.

Las lágrimas cayeron sin control.

—Yo lo vi, Kamei-san.

Vi cómo la guerra nos destruyó.

Ahora solo esperamos que algo cambie, aunque nadie crea ya en eso.

Miró el horizonte, derrotada.

—Si esto sigue igual, prefiero quedarme aquí.

Desde esta parte del país podríamos huir a Japón… o incluso a China.

Cualquier cosa sería mejor que ver morir a mis nietos.

Sun-hee rompió en llanto.

Kamei-san la miró con compasión.

Ya no era la niña que recordaba, sino una mujer marcada por el dolor.

Observó los cuadros viejos en la pared: algunos quemados, otros rotos.

En uno se veía a Sun-hee joven, casándose; en otro, con sus hijos pequeños.

Y entonces lo entendió todo.

Se acercó despacio.

—Sun-hee… ven acá.

Déjame abrazarte, por favor.

Kamei-san se sentía culpable.

No sabía todo lo que había pasado.

Al ver el mapa con “Corea del Norte” y “Corea del Sur”, jamás imaginó que el país estuviera realmente dividido.

Mientras tanto, Jack salió de la casa.

No quería interrumpir.

Había dejado de llover y el aire olía a tierra mojada.

Vio a unos niños correr desde la vieja casa abandonada que había notado antes junto a Kamei-san.

Se acercó con curiosidad.

Pensaba en lo que había escuchado sin entender las palabras, pero sí el dolor.

“No entendí nada —pensó—, pero por su voz… algo aquí se rompió”.

Miró la lluvia que volvía a caer lentamente.

“No sé —susurró—, tal vez en cualquier país pasa lo mismo.

Siempre hay guerra.

Siempre alguien pierde”.

Bajó la cabeza.

—¿Qué es realmente la guerra?

—murmuró—.

Nunca la entendí, hasta que salí de aquí.

Había una guerra en Vietnam.

Hubo una guerra en Japón.

También guerras en China y en Corea.

Jack no conocía ninguno de esos lugares; solo los había visto dibujados en mapas antiguos.

Nuriel venía de una guerra.

Dijo que escapó de la que hubo entre Alemania y Polonia, donde esclavizaron a los judíos y los trataron como animales.

Adelaida también venía de una guerra: la de casi toda Europa.

Bombardearon su ciudad hasta dejarla vacía.

Dánae, del mismo modo, había vivido una guerra.

También con Alemania.

Allí lo perdieron todo.

Las personas caminaban de un sitio a otro, solo buscando algo que comer.

Jack no entendía ese concepto.

No sabía qué era la guerra ni cómo funcionaba.

Solo pensaba en ello mientras notaba que sus pasos lo llevaban a una choza vieja.

Entró con cautela.

La casa tenía apenas dos cuartos y parecía abandonada desde hacía mucho tiempo.

El aire era denso y el piso crujía con cada paso.

En el cuarto del fondo, detrás de una puerta medio rota, escuchó un llanto.

Al abrir, vio a una niña de seis o siete años, acurrucada en un rincón, temblando.

—¿Estás bien?

—preguntó Jack.

La niña se sobresaltó.

Su voz nerviosa respondió: —¿Quién eres?

¿Qué haces aquí?

¡Vete!

Jack se arrodilló despacio.

—No voy a lastimarte.

Solo dime qué te pasa.

Ella no respondió.

Lloraba en silencio.

Entonces, el ambiente cambió.

Una luz intensa atravesó el techo, iluminando la habitación.

El aire se volvió cálido, casi pesado.

De esa luz descendió una figura brillante, serena y silenciosa.

Era un ángel.

Su presencia no era humana, pero tampoco extraña.

La niña dejó de llorar.

Jack observó sin moverse.

El ángel extendió las manos, tocó la frente de ambos y habló con voz tranquila y firme: —Vas a quedarte aquí unos días, Jack.

Úsalos sabiamente.

Dios quiere saber qué harás con este don.

El resplandor se desvaneció poco a poco.

La niña, aún temblando, murmuró: —¿Es… una clase de Dios?

Jack la miró con calma.

—Puedo entenderte.

Ella alzó la vista.

—¿Quién eres?

Jack respondió suavemente: —La pregunta no es quién soy, sino por qué estás llorando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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