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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Sin importar lo que hagamos fallaremos
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53: Sin importar lo que hagamos, fallaremos 53: Sin importar lo que hagamos, fallaremos ⚠️ Advertencia:El contenido de este capítulo aborda referencias a la situaciónsociopolítica y vulnerabilidad de pueblos al sur de Corea 🌏.No busca sensacionalismo; toda la historia es ficción 📖.Se recomienda discreción al lector 👀.

✍️ Nota del autor:Disculpen la ausencia de capítulos estos días ⏳.

Estoyahorrando para comprar mi tableta gráfica 🎨.

En dos o tresdías subiré 4 capítulos seguidos 🚀.

Todo esto es por ustedes 💛,cumpliendo la promesa que hice.

_________________________________________________________________________ El atardecer se desangraba entre los árboles del bosque oculto de Vermont.

Sus colores se filtraban entre las ramas, tiñendo el aire de una melancolía que expresaba solo sentimientos, deseos.

El viento se enredaba en las copas, dejando un silbido leve, como el murmullo de pequeñas flautas perdidas en la distancia.

Un sonido tenue, casi frágil, que parecía existir solo para acompañar a la joven sentada en una de las torres, esperando —sin prisa, sin certeza— que algo cruzara la entrada.

Dánae permanecía inmóvil.

Tenía los ojos clavados en el horizonte, vacíos, demasiado abiertos, como si en lugar de mirar esperara una respuesta.

El viento rozó su rostro, pero ella no reaccionó.

Sus labios se movieron apenas, dejando escapar un murmullo tan frágil como el silbido entre las ramas: —Tranquila… —se dijo—.

Van a venir.

Van a venir.

No sabía si esas palabras eran una promesa, una súplica… o solo un intento desesperado por no escuchar al bosque cuando guardaba silencio.

Mientras el silencio de la altura sellaba el final del día, Nuriel y Adelaida observaban a la distancia, sin apartar la vista de Dánae.

Fue Adelaida quien rompió la calma: —Extraña a Kamei-san… y a Jack.

Nuriel asintió.

—Todos los extrañamos.

Hizo una breve pausa antes de continuar: —Pero nunca la había visto así.

Ni juega, ni habla.

Solo espera… y eso es lo que da miedo.

El silencio volvió a cerrarse sobre ellos.

Dánae seguía mirando la entrada, como si el tiempo hubiera decidido detenerse en sus ojos.

El atardecer murió del todo, y el bosque quedó suspendido, convertido en un presagio mudo de un destino cruel.

Muy lejos de allí, en Jeolla del Sur, Corea del Sur, Jack se detuvo al ver a la niña llorando, sola, con los hombros encogidos.

Se agachó frente a ella.

—Dime, ¿por qué lloras?, ¿qué tienes?

La niña negó con la cabeza, respirando a trompicones.

Se frotó los ojos con la manga, sin lograr detener el llanto.

—Me… me pegaron —murmuró.

Jack esperó unos segundos antes de preguntar: —¿Quién?

La niña dudó.

Miró alrededor, como si aún temiera que alguien la estuviera observando.

—Los niños de aquí… —susurró—.

No querían que estuviera con ellos.

Me empujaron… Las palabras se le rompieron en la garganta.

Jack no insistió.

La levantó con cuidado y la llevó hasta la casa donde se encontraban la anciana y Kamei-san.

La anciana los recibió con el rostro ajado, seco de tanto llorar.

Habló en voz baja, casi como una disculpa: —No encontrarás muchos recursos aquí, Kamei-san.

Apenas tenemos para nuestros propios niños.

Un orfanato cristiano nos ayuda con los huérfanos del pueblo.

Sin ellos… pasarían hambre.

De pronto, un golpe fuerte sacudió la puerta.

—¡Kamei-san!

¡Kamei-san, abre!

Era Jack.

Kamei-san tardó un segundo en reconocer la voz, hasta que lo vio entrar con la niña en brazos.

—¿Estás hablando coreano?

—preguntó, sorprendido.

—Eso no importa ahora —respondió Jack—.

Mírala.

Está golpeada… y tiene hambre.

La anciana se acercó de inmediato, llevándose una mano al pecho.

—Ay, no puede ser… ¿qué te pasó, Yeon-shil?

Jack frunció el ceño.

—De todas las niñas, fue la única a la que no pudieron llevarse.

Se escondió en la casa del hombre del fondo del valle mientras todos la buscábamos —respondió la anciana.

—Mocosa imprudente.

Debiste dejar que te llevaran.

No podemos mantenerte.

—Solo tenemos pescado… y eso no llena el estómago.

Aun así, le tendió un trozo de pan y un cuenco de arroz.

—Jack, espérame aquí —dijo Kamei-san—.

Iré al barco por mis utensilios médicos.

La anciana se inclinó frente a la niña, suavizando la voz: —Hijita… ¿qué te pasó?

La niña intentó hablar, pero el llanto le ganó primero.

—Chul-soo y sus amigos… de la señora Young-ja — logró decir—.

Me pegaron… —¿Por qué harían eso?

—Porque no las dejé entrar a mi casa —respondió, temblando.

Se llevó una mano a la pierna y sollozó: —Señora… me duele.

—¿Con qué te golpearon?

—Con… la tabla de mi cama.

Jack apartó la mirada.

Sintió un nudo cerrársele en la garganta.

Después de aquello, Kamei-san y Jack llevaron a Yeon-shil a la casa para atenderla.

Allí, la señora de la vivienda —visiblemente incómoda con la presencia de la niña— pidió con cortesía, aunque sin disimular el desagrado, que Kamei-san se encargara de ella en otro lugar.

Así pasaron la noche.

Intentando bajar la inflamación de los golpes y moretones, luchando también contra la fiebre que comenzaba a apoderarse del cuerpo de Yeon-shil.

El tiempo avanzó lento, fragmentado en pequeños intentos por aliviar el dolor.

Cuando finalmente amaneció, Yeon-shil dormía.

Por primera vez, sin sobresaltos.

Kamei-san examinó sus heridas con cuidado.

No había fracturas, pero la pierna seguía inflamada.

Tendría que permanecer inmóvil durante algunos días.

Cuando despertó, su voz fue apenas un susurro: —Tengo frío.

—Bueno, es porque esta mañana hay neblina — respondió Jack, acomodándole la manta.

—No podré trabajar así… —murmuró ella—.

No puedo moverme.

—¿Trabajar?

—Sí.

Ayudo al señor Deok-su —explicó—.

Si no lo hago… no como.

—¿Quién es él?

—El pescador del muelle.

Me deja comer un poco si lo ayudo.

Jack le sonrió, despacio, sin apuro.

—Tranquila.

Nosotros nos encargaremos de eso.

No te muevas, ¿sí?

No quiero que la herida empeore.

Mientras tanto, Kamei-san fue a ver a la señora Young-ja.

Reclamó a los niños que habían golpeado a la pequeña.

Tras la reprimenda, la mujer solo pudo ofrecer un cuenco de arroz.

No había más.

Jack observó la escena en silencio, con una idea creciendo en su mente.

Intrépida.

Quizá arriesgada.

Pero necesaria.

Kamei-san negó con la cabeza al volver.

—No podemos conseguir mucho aquí, Jack.

La gente apenas sobrevive.

No quiero quitarles su comida.

No hay opción… tenemos que irnos.

—Lo mejor sería cruzar hacia la frontera china — respondió Kamei-san—.

Al menos China no está en conflicto.

Dejemos a la niña aquí.

Despídete de ella.

Las palabras lo golpearon más fuerte de lo que esperaba.

Jack recordó a Dánae, abrazándolo hasta que dejó de llorar.

Miró a la niña y sintió un nudo cerrársele en el pecho.

—¿Cómo te llamas?

—preguntó.

—Yeon-shil —respondió ella.

Jack, en ese momento, reafirmó lo que estaba pensando.

Tal vez solo un anhelo infantil, o ¿podría tratarse de un giro del destino?

—Kamei-san… estoy pensando en llevarla con nosotros.

Kamei-san se quedó quieto por un momento, mostrando un rostro inexpresivo a la vista, pero que reflejaba su miedo al escuchar sus palabras.

—No —replicó de inmediato—.

Lo siento, Jack.

Ella debe quedarse.

—¿Por qué?

—insistió—.

Mira este lugar.

Está vacío, agotado.

Apenas tienen con qué comer.

¿De verdad crees que este pueblo podrá cuidarla?

Respiró hondo antes de continuar, con una firmeza nueva en la voz: —¿Y si esta niña fuera yo?

¿Y si me estuvieras dejando atrás, como siempre lo haces?

—Ya basta, por favor —dijo Kamei-san.

—No —respondió Jack—.

Me dijiste que no deseabas cometer los errores del pasado, que esta vez sería diferente.

Primero abandonas a la gente… y luego te culpas cuando ya no puedes hacer nada.

Este es el momento de actuar.

—Los demás niños ya fueron llevados al orfanato — replicó—.

Ella es la última.

—No podemos llevarla, Jack.

Si quieres ayudarla, podemos quedarnos unos días y luego llevarla al orfanato… —No —lo interrumpió—.

Quiero llevarla con nosotros.

Encontraremos al Santo de la Tierra y después la llevaremos a Vermont.

Kamei-san lo miró, incrédulo.

—¿Estás loco?

Llevar a una niña a un conflicto armado es la peor decisión posible.

—¿Y dejarla aquí no lo es?

—respondió Jack—.

¿Si va al orfanato, no sería como deshacernos de ella?

—Claro que no —dijo Kamei-san con tristeza—.

Un orfanato se encarga de cuidar y preservar la inocencia y bienestar de los niños.

—¿Estás seguro de eso?

Kamei-san dudó por un momento de su respuesta: —No puede venir con nosotros.

—Piensa bien las cosas, por algo vinimos aquí.

La vez no fue por comida, si no por alguien — dijo Jack, casi suplicando—.

Por favor, Kamei-san… —¿No te das cuenta de que por esto mismo siempre te cuestionas?

Por esto tomas decisiones que te persiguen después.

—Jack, basta.

—No —replicó—.

Basta tú.

Se agachó frente a Yeon-shil.

—Una vez, una niña llamada Dánae me abrazó cuando más lo necesitaba.

Esta vez no voy a mirar hacia otro lado.

No voy a dejar que esta niña se quede sin ese abrazo.

Se puso de pie.

—La mejor forma de protegerla es llevándola con nosotros.

Este pueblo apenas puede mantenerla.

Nosotros sí podemos.

Kamei-san guardó silencio un momento.

—¿Por qué harías algo así?

Jack lo miró con calma, ya decidido.

—Tal vez por eso Dios me hizo venir a esta tierra y a las próximas que visitaremos, tal vez por tiene que existir algo en nosotros que nos impulse a proteger a personas como Yeon-shil, personas como yo.

—Yo sé lo que se siente dormir solo, Kamei-san.

Sé lo que se siente esperar a tus padres y ver que ellos no volverán, y no quiero que Yeon-shil pase por esa oscuridad sola.

—Yo seré su antorcha… Kamei-san lo miró, desconcertado.

No supo decir por qué, pero el cuarto pareció volverse ligeramente más cálido en ese instante.

Jack reafirmó su postura frente a él, no con violencia, sino con una convicción nueva.

Él no sabía lo que decía, pero sí sabía qué es lo que quería hacer.

Yeon-shil lo percibió también.

Más allá del cambio en el aire, entendió algo esencial: Aquel hombre estaba dispuesto a llevarla consigo con tal de sacarla de ese lugar.

En ese momento, un hombre entró a la casa: —Yeon-shil, vamos a trabajar.

Hoy pensé en ir a mar abierto… Te voy a enseñar el día de hoy cómo hacer los anzuelos.

Se detuvo al notar la discusión.

—¿Ustedes quiénes son?

—preguntó con cautela.

Era el señor Deok-su.

Vio a la niña en cama: —Hijita, ¿qué te pasó?

—Chul-soo y sus amigos me golpearon — respondió ella.

El anciano salió con Kamei-san y Jack a discutir afuera.

Sin embargo, cuando el anciano miró de reojo a Kamei-san, pudo reconocerlo a pesar de la edad.

—Me doy cuenta de que no has cambiado nada, señor Kamei-san.

Kamei-san mantenía una mirada seria.

El reconocimiento del pequeño Deok-su, tras tantos años, lo había tomado por sorpresa, pero era el tema de Yeon-shil lo que de verdad lo tenía inquieto.

Antes de que él o Jack pudieran explicarse, el anciano habló primero.

—Díganme, ¿por qué vinieron aquí…?

Jack estaba impaciente por contestar.

—Yo… bueno… estamos… Deok-su le pregunté al inmortal, no a su hijo… replicó al anciano.

Kamei-san miró a Jack y, con una seña con los ojos, le pidió que se retirara.

Jack, sin decir nada, solo se fue al barco, sin decir nada, molesto por la situación.

—Ahora que se fue, dígame, señor Kamei-san, ¿cómo está Yeon-shil?

—Está bien, pero tiene moretones e inflamación por los golpes de estos niños.

—Ah… ahora lo entiendo —murmuró el anciano—.

Esos niños… se burlan de ella porque espera a su padre.

Yeon-shil no respondió.

Bajó la mirada.

—No está bien burlarse de algo tan delicado, la falta de un padre es algo que a una persona le perseguirá por toda la vida… Hizo una pausa breve, como si hubiera dicho más de la cuenta.

—Lo sé… porque sé muy bien qué es vivir solo, perderlo todo.

Kamei-san lo observó con cautela.

—Lamento lo de… tu padre, Deok-su.

De verdad lo siento.

El anciano negó con la cabeza.

—Ya no importa.

Estoy demasiado viejo para extrañar a un muerto… —pero todavía demasiado joven para pedir algo —añadió, mirándolo—.

Por favor.

—¿Recuerdas que mi padre fue quien te dio el mapa marítimo y la daga, para tu viaje?

—Sí, lo recuerdo… —Mi padre dio mucho por alguien que no conocía, más que a su propio hijo, pero cuando él murió y me dejó aquí, no pude ir a ningún lugar… —La idea de la guerra me daba miedo… —Cuando pasó el tiempo, y vi cómo los jóvenes regresaban por sus familias, me pregunté dónde estaba la mía.

—Yeon-shil se escondió en mi casa cuando la comenzaron a buscar.

Yo la escondí debajo de mi escalera, para que no la vieran.

—Ella es una niña adorable, pero siento que, si se queda conmigo, sufrirá, como yo… —No le pido la adopte, ni que tampoco la lleven a ese orfanato.

—No, por favor, solo le pido que el saque de este pueblo… —Si pudiera devolverme el favor de mi padre, sería que pudiera sacar a Yeon-shil, muy lejos de aquí.

—Algo me dice que, si la obligo a irse a un par de pueblos, ella querría regresar, y creo que terminaría perdida, en otro pueblo extraño.

—La conozco lo suficiente para saber que ella sería capaz de escapar del orfanato.

—Por favor, le pido que la saque de aquí.

Ella no será feliz a menos que alguien la haga feliz, y ese alguien no soy yo… —No puedo llevármela.

—Iremos a Vietnam, a una guerra.

Si la llevo hacia allá, la matarán… —Además, no puedo hacerme cargo de una niña, no puedo cumplir tu petición… El anciano respondió… —Bueno, supongo que la vida de su hijo valía más que la de mi padre… —Dígame, señor Kamei-san, ¿tiene alguna idea de cuánta gente le pidió ayuda, y dígame cuántas veces pudo devolverles ese favor a todos los que le ayudaron de este pueblo y de otros…?

—Disculpa, Deok-su, yo… —No, perdóname a mí, ¿estoy siendo muy desagradable, verdad?, así soy yo.

Desde pequeño fui así… —Está bien, señor Kamei-san, le perdonaré por rechazar mi petición.

No lo culparé por lo de mi padre.

Ya puede irse, yo me encargaré de Yeon-shil.

—Usted ya no tiene nada que hacer aquí, puede irse en paz… —Escúchame, Deok-su… —Basta, vete a otra tierra, lárgate, Yeon-shil no irá con ustedes… Tú no puedes, ya lo dejaste claro… Kamei-san lo miró sin decir ni una palabra y solo se retiró lentamente… Kamei-san caminó hacia el barco con paso lento.

No era cansancio; era ese peso antiguo que no se va nunca, solo cambia de nombre.

Pensaba sin orden, como quien revuelve recuerdos para no tocar el correcto.

La culpa estaba ahí, pero no quería mirarla de frente.

Al llegar, desempacó provisiones: un poco de arroz, papas, cosas simples.

Mover las manos le ayudaba a no pensar.

A veces, fingir rutina era lo más parecido a la paz.

—Kamei-san, Kamei-san —dijo Jack—.

Está bien… lo siento.

Tal vez tienes razón.

Tal vez no debemos interferir.

Pero Kamei-san ya no estaba del todo allí.

Las palabras de Jack le llegaban como el ruido del agua contra el casco: presentes, insistentes, irrelevantes.

Su mente vagaba entre ideas dispersas, conceptos que no terminaban de cerrarse, verdades que ya conocía… y que aun así dolían cada vez.

—¿Sabes algo, Jack?

—dijo al fin—.

Yo no soy una mala persona, Dios lo sabe… Se detuvo un segundo.

Incluso para él, esa frase sonó hueca.

—Pero eso es… ¿porque lo digo yo?

¿O porque realmente no lo soy?

Miró sus propias manos.

Eran las mismas desde hacía siglos.

—No soy un Dios.

Solo un hombre.

—Y por más años que viva, sé que no he hecho las cosas bien.

Había vivido demasiado como para mentirse con comodidad.

—Y cuando intento hacer lo correcto… termino empeorándolo todo.

Para todos.

O para mí.

—Tengo demasiadas vidas vividas… y aun así no encuentro un equilibrio entre la bondad y la justicia.

Respiró hondo, como si el aire le pesara.

—Yo no pedí esto.

No pedí tener un padre tan cruel.

—No pedí estos dones… que son más una carga que una bendición.

Su voz no temblaba.

Eso era lo más inquietante.

—¿Dónde está mi libertad… si estoy atado a la humanidad de mi era?

—Tengo que cambiar con los siglos… y lo que creí que era bueno, ya no lo es.

El mundo avanzaba; él solo continuaba.

—¿Mi error fue seguir viviendo… o fue querer vivir cómodamente?

Una pregunta vieja.

Nunca respondida.

—Las vidas, para mí, son como fichas… intercambiables… mientras no las muestre.

Calló.

Eso era lo más cercano a una confesión que se permitía.

—Yo no quería aceptar esa realidad… pero la muerte de mis familias la confirma.

Apretó la mandíbula.

—Es difícil creer en un Dios que permite estas cosas… Jack lo miró en silencio, completamente perdido.

“¿De qué demonios está hablando ahora?” —Jack… tengo miedo.

Esa palabra sí pesó.

—No importa lo que haga, cómo lo haga, ni con qué propósito… Su voz se volvió más baja.

—Siempre termino aquí.

En el mismo punto.

Con la misma pregunta.

—En la dualidad de querer cambiar… sin cambiar.

—En la ambivalencia entre el amor y la venganza.

—En la díada de la muerte y la guerra.

—En el binarismo de mi inmortalidad… y la mortalidad de mis esposas e hijos.

—En la antinomia de la libertad y la responsabilidad de tu existencia y actos… El silencio que siguió fue espeso.

—Soy cruel por existir… —soy malo por ser inmortal… No era una acusación.

Era un diagnóstico.

Jack lo miró sin poder decir ni una palabra.

—Si rodeamos el país y la dejamos en una aldea, podríamos llevárnosla… no sé por qué hago esto.

¿Será porque no puedo resistirme a tus peticiones?

Kamei-san dijo: —Mira, Jack, te voy a decir algo.

La única razón para llevármela es no tener otra carga más en mi conciencia.

Pero llevármela es un acto de crueldad, aquí yo cargaré con este pecado.

—Para que tú seas feliz y ella también, o al menos tengo esa esperanza.

Jack solo se sentó, como si el cuerpo le pesara… y dijo: —Lo siento, Kamei-san, yo… —No te disculpes… tenías razón… Yo te necesito en mi viaje, necesito a alguien que no esté corrupto de la maldad de este mundo.

Dios hizo bien en darme a ti como compañía… —Kamei-san, yo… —No digas nada… solo trae a Yeon-shil… —Si Dios te dio el poder de hablar este idioma es por algo….

—Tráela…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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