Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 54
- Inicio
- Todas las novelas
- Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español
- Capítulo 54 - 54 Si suelto lo que amo ¿Qué quedara de mí
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
54: Si suelto lo que amo, ¿Qué quedara de mí?
54: Si suelto lo que amo, ¿Qué quedara de mí?
⚠️ ADVERTENCIA ⚠️ El siguiente contenido retrata situaciones de vulnerabilidad en Corea del Sur durante la década de 1960 🇰🇷 El autor no busca generar morbo ni sensacionalismo.
Todo lo narrado es ficción 📖 Se recomienda discreción al lector.
📝 NOTA DEL AUTOR Y ANUNCIO IMPORTANTE 📝 Antes que nada, les deseo una tardía Feliz Navidad 🎄 y un próspero Año Nuevo ✨ No he publicado estos días porque estuve trabajando para conseguir mi primera tableta gráfica 🖊️💻 Llegó la semana pasada y decidí tomarme un tiempo para practicar y adaptarme a este nuevo medio.
Nunca había trabajado con arte digital.
Siempre fui más del dibujo tradicional 🎨 Han sido días intensos de prueba, error y aprendizaje, pero quise publicar solo cuando me sintiera listo.
Espero que les guste el nuevo póster 🙏 Lo estaré compartiendo también en mi Twitter 🐦 A partir de ahora, los capítulos serán más seguidos.
Ya me siento más cómodo con la tableta (y aunque la teoría del color aún me rompa la cabeza 🤯).
Y sí, está confirmado: se viene la adaptación al cómic de Polemos Tón Agion 📚🔥 Llegará a Globalcomix para evitarme problemas de censura como Webtoon y otras muy familyfriends No sé cuándo… pero llegará.
Disfruten el capítulo 🤍 ______________________________________________________ Las gotas caían del techo de aquel lugar.
Llamarlo hogar es solo una costumbre del día.
Las paredes estaban abiertas, dejando que el agua entrara, como si ya no tuviera sentido proteger nada.
No era una casa.
Era solo un recuerdo de lo que fue.
Entre todas las viviendas del lugar, esa era la más expuesta.
La que nadie reparaba.
La que nadie miraba.
Dentro vivía una niña.
No vivía del todo.
Solo intentaba recomponerse de una gripe que la tenía postrada en cama, de los moretones en sus brazos y piernas.
Los recuerdos regresaban como si la casa entendiera a la niña las paredes se humedecían, como sus recuerdos lejanos de sí misma, como si fuera otra vida.
Tal vez la casa escuchaba.
O tal vez la niña era en su un hogar, o tal vez ambos.
En ese espacio roto se acumulaban deseos y recuerdos, ecos inútiles de algo que ya no existía.
Esperar se volvió su castigo.
Esperar a un padre se volvió una forma de resistencia con aflicción, aunque el corazón insistiera en fingir lo contrario.
Sostener la esperanza no era valentía.
Era miedo a quedarse vacía.
Porque soltarla, significaría no tener recuerdos a los que aferrarse, ni seguridad de tus pasos.
Ese hilo frágil era lo único que la mantenía en pie, anclada a una realidad que apenas podía soportar.
Tal vez no era más que eso: un fragmento roto, atrapado en la mente de una niña que hacía todo lo posible por retrasar el día inevitable.
Su padre no la abandonó.
Pero al querer salvarla, al creer que lejos de él estaría mejor, la dejó sola.
No por falta de amor.
Sino por falta de convicción.
Y entonces, aquel sonido nacido del silencio despertó a la pequeña niña.
Era como el zumbido en los oídos cuando no hay nada, cuando sabes que no existe ruidos, y aun así algo insiste en sonar.
Un estruendo horrible, parecido a las corrientes del mar antes de alzarse contra la tormenta.
Yeon-shil abrió los ojos.
La casa seguía goteando.
Varias gotas cayeron sobre su rostro.
No tenía motivos para moverse.
Tampoco para estar feliz.
Se incorporó solo para evitar la molestia.
El cuarto permanecía inmóvil.
apagado, como si la neblina, lograra entrar en la casa volviéndola gris.
Entonces, la voz habló.
—Ha llegado tu día, Yeon-shil.
—¿Mi día?
¿De qué hablas?
—preguntó la niña.
—Ha llegado el día para el que nuestro creador te ha estado preparando.
La habitación pareció encogerse.
—Los tiempos de Dios marcaron esta ruta, este horizonte, —El hierofante del Este.
—¿Por qué sigues llamándome así?
—preguntó, incrédula.
—Porque ya no queda nada que puedas hacer aquí.
Yeon-shil apretó los dedos.
—¿Papá va a volver?
— dijo jadeando entre lágrimas.
Ella ya había preguntado esto mas de una vez y siempre le respondían lo mismo, pero esta vez no respondería de la misma manera.
El aire cambió.
El silencio comenzó a tomar forma.
Algo se sentó a su lado.
Para ella, era un hombre desconocido.
Alto.
Demasiado alto.
La rodeó con los brazos, y ella cerro los ojos entrando en una especie de trance, una calma como si las plumas y el olor de plumas la abrigaran.
—Tu padre te amaba, Yeon-shil.
—Te amaba con todo su corazón.
Pensaba solo en ti.
—En cuándo volvería por ti.
—En cuándo podría regresar al pueblo donde nació tu madre para recuperarte.
—A veces los padres desean lo mejor.
—A veces no entienden que traer a un hijo al mundo significa proteger su alma y cuidar su corazón de cortarse con todo.
—Y muchas veces no comprenden que irse, cuando un niño carece de todo, puede ser la peor decisión.
Yeon-shil lo abrazó con fuerza.
Para sus ojos, abrazaba a un hombre inmóvil.
Pero, para nosotros, Yeon-shil estaba abrazando la nada absoluta.
La niña intentó secarse las lágrimas sin soltar al hombre.
Su voz salió rota: —No entiendo… ¿por qué eres tan cruel conmigo?
—No me cuidaste.
No hiciste nada cuando esos niños me golpearon.
—No hiciste nada cuando la señora me dejó y se fue a otro pueblo.
—No hiciste nada… —Si eres bueno entonces, devuélveme…a…mi….
Yeon-shil apretó más fuerte.
—Ni siquiera sé sus nombres… Te los he preguntado muchas veces.
—Y aun así no sé cómo te llamas tú.
El hombre guardó silencio.
Luego preguntó: —¿Por qué sigues buscando mi nombre?
—¿Qué es un nombre para ustedes?
—¿Algo que eliges o algo que te dan al nacer?
—Un nombre está atado a su mente.
Sujeta a su corazón, esa forma de pensar siempre lleva a la guerra y luego a la esclavitud.
—Nosotros no tenemos nombres.
Tenemos títulos.
El hombre inclinó el rostro.
—El joven que viste… ¿lo recuerdas, Yeon-shil?
—¿El que tenía algo extraño en el pecho?
—Sí.
—Con él debes irte.
—Él vendrá por ti.
—Era su destino llegar hasta aquí.
Y el tuyo, esperarlo.
La niña negó con la cabeza.
—No quiero irme.
Los ojos del hombre comenzaron a brillar.
Le acarició el cabello suavemente.
—No podemos tocar la libertad de nadie.
—No podemos obligarte a hacer lo que no deseas.
—Pero esta vez, Yeon-shil, el destino del mundo pende de un hilo.
—Muchas vidas dependen de que vayas con él…o…de que no lo hagas.
—Sé que no quieres dejar tu hogar.
—Pero Dios tampoco quiere que te quedes aquí.
El silencio pesó.
—La decisión la tomaras tu.
—Y lo que elijas quedará grabado en la historia.
El hombre respiró hondo.
—Lo que muchos reyes desearon ver con tus ojos… —Lo que videntes, brujos y espiritistas buscaron durante siglos… —Solo ocurre una vez cada 7 jubileos.
—Y han pasado tres siglos desde el último hierofante.
El hombre la miró.
—La siguiente eres tú.
—Naciste en el tiempo correcto.
En la tierra correcta.
—Las condiciones para alguien como tú son tan raras como los metales más extraños del mundo.
—No alteramos el tiempo.
—Pero lo que decidas lo cambiará todo.
Sin embargo, la calma de momento se vio interrumpida por el sonido en la puerta.
El anciano entró con torpeza, agitado.
—¡Yeon-shil!
Te traje sopa de pescado.
Esto te hará bien… espera un momento, ¿sí?
Ella alzó la mano, casi temblando.
—Señor Deok-su… ¿usted puede verlo?
El anciano miró alrededor.
Nada.
Solo la casa húmeda y vacía.
—¿Ver qué cosa?
—preguntó despacio.
Yeon-shil sintió el pecho cerrarse.
Recordó otras veces.
Otras preguntas.
Otras miradas que no creían.
Decir la verdad siempre la dejaba sola.
—No… nada.
Olvídelo.
Deok-su frunció el ceño.
No entendía, pero algo le inquietó.
Esa pregunta no sonaba a juego.
Se sentó junto a la cama floja, incómodo, sin saber qué decir.
—Yeon-shil… ¿te duele algo?
—No me duele nada señor Deok-su… El anciano guardó silencio.
Pensó en el arroz que dejo en la olla.
En que podía quemarse.
En que hacer algo concreto era más fácil que enfrentar lo incomprensible.
—Voy por el arroz —murmuró—.
No quiero que se arruine.
Ahora vuelvo.
Se levantó con esfuerzo y salió, preocupado… pero aliviado de irse.
Yeon-shil no se movió.
Su mente está en un estado de Entumecimiento emocional.
Ella no es capaz de ser nada más que una sola emoción, la desesperanza.
Como una respuesta de su falta de sentido, mordió la esquina de la manta.
Por hambre.
Por ansiedad.
Por sentir algo, aunque sea asco.
Nada.
Se encogió sobre sí misma, protegiendo sus piernas adoloridas, aferrándose a recuerdos borrosos de cuando aún la buscaban.
Lo que sus ojos veían no existía para otros.
Al cerrar los ojos, evitaba caer en la locura.
En su casa estaba a salvo; fuera de ella, las voces — ajenas a quienes la cuidaban— no dejaban de atormentarla.
El don de Yeon-shil no era un regalo, sino una forma de existir: una duda constante que persistía incluso cuando ya tenía respuesta.
Entonces, la voz habló por última vez.
—Estás protegida.
—Así fue ordenado.
—Hasta que llegue el día, no dejaremos de cuidarte.
—Prepárate, Yeon-shil.
—Tenemos fe en que responderás correctamente cuando el joven Jack Fürtz pronuncie tu nombre.
Era Jack Fürtz.
Tocaba la puerta con evidente preocupación.
—¿Yeon-shil?
¿Puedo pasar?
Ella lo oyó desde su habitación.
No se levantó de la cama.
Se secó las lágrimas como pudo y le dijo que entrara.
Vio la sopa apenas Jack pasó.
El hambre apareció sin pedir permiso y comenzó a beberla despacio.
Jack entró, saludó primero y pidió permiso antes de sentarse.
—Yeon-shil, no tenemos mucho tiempo.
—El barco está por partir.
Jack respiró hondo.
—He reevaluado la situación.
—Kamei-san también.
—Hemos decidido llevarte con nosotros.
—Queremos que vengas en el viaje.
Pero Yeon-shil apenas lo escuchaba.
Su atención estaba fija en la lengua de fuego que ardía sobre la cabeza de Jack.
—¿Por qué tienes fuego en la cabeza?
Jack lo miró, desconcertado.
Se tocó el cabello.
No había vela.
Nada visible.
Lo que Yeon-shil veía pertenecía a otro plano.
—Escúchame —dijo Jack—.
—No sé qué sientes en este lugar, pero quiero llevarte conmigo.
—No nos conocemos.
—Soy un extraño para ti.
—Tiene sentido que tengas miedo.
—Dánae siempre dice que no tengo tacto para las palabras, pero intentaré hacerlo bien.
—Ven con nosotros, Yeon-shil.
—Quiero llevarte a una tierra donde el tiempo no avanza.
—A un lugar donde hay gente como nosotros.
—Si dices que sí, te cargaré y te llevaré al barco.
—Si dices que no, me iré y te dejaré aquí.
La niña, dudosa, preguntó: —¿Tú puedes verlos?
—¿Ver a quién?
—A los que te dieron esa lengua de fuego.
Jack guardó silencio.
—Sí —respondió—.
—No siempre, pero puedo verlos.
—Tal vez son la razón por la que estoy aquí, pidiéndote que vengas.
—Si te llevara por la fuerza, haría lo mismo que alguien a quien detesto profundamente.
—Por eso quiero pedirte que vengas por tu voluntad.
Yeon-shil se encogió.
—Tengo miedo.
—No quiero irme.
—Quiero esperar a mi papá.
—¿Es por eso que te quedaste aquí todo este tiempo?
Ella asintió.
—Lo entiendo —dijo Jack—.
—Es algo que yo habría hecho a tu edad.
—Si no quieres venir, está bien.
—Al principio me emocioné cuando Kamei-san cambió de opinión, pero no pensé en la tuya.
—Si esperarlo aquí es lo que te sostiene, no seré yo quien te lo quite.
—Me habría gustado tener tu valentía entonces.
Yeon-shil lo miró de reojo.
Era la primera vez que alguien no se burlaba de su esperanza.
—Fue un placer conocerte, Yeon-shil.
Jack se levantó y con cuidado salió de la habitación.
Apenas llegó a la entrada, vio al anciano acercándose con el cuenco de arroz a la casa de Yeon-shil.
Al verlo, le preguntó con intriga y algo de cólera: —¿Qué estás haciendo aquí?
Jack respondió: —Nada… creí que estaba haciendo un bien.
Jack no podía expresar con claridad lo que sentía, pero, si tuviera que compararlo con algo, sería culpa y tristeza.
Después de eso, se retiró en silencio.
El anciano apenas podía entender lo que pasaba, pero intuía que tal vez solo había una posibilidad.
Cerró la puerta de la entrada, se dirigió al cuarto de Yeon-shil y dejó el cuenco de arroz a un costado.
Se sentó y, con los años que llevaba encima, pensó para sí mismo una sola idea.
Tal vez… solo tal vez.
El anciano habló con cuidado.
—Si vas con ellos, tal vez encuentres algo más grande que las montañas y más extenso que los mares.
Guardó silencio.
Sus dedos temblaron apenas sobre la sábana.
Por un instante, su mirada se perdió, como si hubiera recordado algo antiguo.
Algo que nunca había dicho en voz alta.
—Sabes que el hombre con el que hablé es un inmortal.
Yeon-shil frunció el ceño.
—¿Un inmortal?
El anciano respiró hondo.
Pensó en los años que habían pasado sin dejar huella en aquel rostro.
—Lo conozco desde niño —dijo él—.
—No ha cambiado en nada.
Levantó la vista, decidido.
—Y apuesto que el joven que camina a su lado también es otro inmortal.
Yeon-shil pensó un momento.
—¿Y si voy con ellos?
—¿Qué pasa si me llevan?
—Serás libre de este lugar —respondió Deok-su.
Ella miró hacia un rincón del cuarto.
Pero su atención no estaba en el anciano.
Yeon-shil no miraba la habitación.
Miraba a una figura femenina, muy parecida a ella, que le sonreía con ternura.
Era familiar, como si la conociera desde siempre.
La voz, casi un susurro, solo audible para los oídos sensibles de Yeon-shil, dijo: Ve… ve, mi pequeña mugunghwa.
Algo se encendió en su pecho.
No era valor, era cansancio de quedarse.
Yeon-shil pensó en la puerta, en el mundo más allá del umbral, en un lugar donde su nombre no pesara tanto.
—Quiero ir con ellos —dijo la niña—, —pero no puedo.
Apretó los dedos contra la manta.
—No puedo caminar.
—Me duelen las piernas.
En el otro extremo del muelle, Kamei-san permanecía en silencio, atrapado entre lo que había dicho y lo que había decidido no decir.
Pensaba en Jack.
En sus palabras.
En esa manía suya de implicarse cuando el mundo pedía distancia.
No alcanzó a ordenar sus ideas cuando lo vio regresar por la vereda.
Jack caminaba lento.
Demasiado lento para alguien como él.
La cabeza baja, los hombros tensos, como si cargara una respuesta que dolía.
Subió al barco sin decir nada.
—Vámonos —murmuró.
Kamei-san frunció el ceño.
—¿Y Yeon-shil?
—¿No vendrá?
Jack no respondió de inmediato.
—No —dijo al fin—.
—No vendrá.
—¿Por qué no la trajiste?
—insistió—.
—¿No era esa nuestra intención?
Jack apretó los puños.
—No la llevaré en contra de su voluntad.
—Si quiere quedarse aquí, esperando a su padre, no seré yo quien se lo arrebate.
Kamei-san lo miró largo rato.
Luego suspiró.
—A veces siento, Jack, que te complicas la existencia.
—Me hiciste detener el viaje porque creíste que vendría con nosotros, y al final fue la misma niña quien te convenció de no hacerlo.
Guardó silencio un segundo.
Luego suavizó la voz.
—Te involucras demasiado con personas que apenas conoces.
—Hay razones por las que esa niña no fue llevada a un orfanato.
Pero entonces lo miró con algo distinto.
No reproche.
Respeto.
—Aun así… —me alegra que tengas ese corazón.
—Me alegra que hayas querido ayudarla.
Jack alzó la vista.
—Dime algo —preguntó—.
—¿Habríamos podido llevarla a Vermont?
Kamei-san pensó.
—Poder, sí.
—Vermont no le cierra la puerta a cualquiera.
Hizo una pausa.
Miró el bosque a lo lejos.
—Aunque… —el bosque solo permite entrar a los elegidos.
—No estoy seguro de que Yeon-shil hubiera podido cruzar sin consecuencias.
—Pero ya no importa —concluyó—.
—Ella no vendrá.
—Y la pregunta quedará sin respuesta.
El motor comenzó a rugir.
Kamei-san miró hacia el muelle.
Vio al anciano.
Vio a la niña.
Aceleró.
—Jack —dijo con firmeza— ¡¿Qué estas haciendo?!, ¡frena el barco!
Kamei-san con la firmeza de un capitán respondió: —¡No tenemos tiempo!
—¡Si piensas ir por ella, tendrás que saltar ahora!, !traerla tú mismo al barco!.
—¡Si no lo haces, no me la llevaré!
Jack sonrió.
No una sonrisa tranquila.
Una sonrisa viva.
—¡¿Me estás retando?!
—¡Apresúrate!
—respondió Kamei-san—, ¡santo del fuego!
Y entonces ocurrió.
Jack se impulsó desde la popa con una fuerza que no pertenecía a este mundo.
El aire explotó a su alrededor.
Pequeñas llamas brotaron bajo sus pies, breves, vivas, como estrellas encendidas que lo empujaban hacia el cielo.
No saltó.
Ascendió.
Desde el muelle, Deok-su y Yeon-shil alzaron la mirada sin aliento.
El joven se elevó más alto que los techos, más alto que los árboles, más alto de lo que cualquier ser humano habría osado imaginar.
El mundo pareció detenerse.
El corazón de la niña se estremeció.
No por miedo.
Por maravilla.
Nunca había visto algo así.
Nunca nadie había volado impulsado por fuego y voluntad.
Y supo, en ese instante, que estaba presenciando algo que no volvería a repetirse jamás.
Desde el aire, sin miedo, Yeon-shil gritó: —¡Oye!
—¡Me olvidé de preguntarte tu nombre!
Jack cayó con un impacto seco.
El suelo crujió, como si protestara.
Se irguió entre el polvo, con una sonrisa abierta, viva, de esas que no piden permiso.
La miró de frente.
Y entonces habló, no como una presentación, sino como un decreto: —Me llamo Jack Fürtz.
El nombre cayó con peso.
Como si al decirlo el mundo tuviera que aceptarlo.
La tomó con cuidado, con una delicadeza casi sagrada, y comenzó a correr.
Cada paso marcaba el muelle con huellas negras, ardientes, ceniza viva que el suelo no podía contener.
El aire empezó a vibrar.
Con un último impulso, Jack se lanzó al vacío.
El mundo se abrió bajo ellos.
Yeon-shil gritó.
El miedo le arrancó la voz cuando el muelle desapareció y el cielo se volvió todo.
El barco se meció al recibirlos, las tablas gemían, el agua golpeó los costados, como si también quisiera mirar.
En el aire, mientras caían, Jack rió.
—Yeon-shil —dijo, con emoción pura—.
—Ahora vendrás con nosotros.
Las llamas brotaron de nuevo, pequeñas, danzantes, empujándolos hacia adelante.
—Te llevaré a los confines de este mundo.
—Al bosque del que provengo.
El viento rugía.
El corazón de la niña latía desbocado.
Seguía gritando… pero algo cambió.
Las palabras de Jack rompieron el miedo.
Sintió el aire como alas.
Sintió el cuerpo liviano.
Sintió vida.
Salir de su hogar no fue caer.
Fue volar.
Ya a bordo, Yeon-shil miró hacia atrás.
Vio al anciano, cada vez más pequeño.
Las lágrimas cayeron solas.
—Gracias, señor Deok-su —susurró.
Desde el muelle, él gritó con la voz quebrada: —¡Cuídate, Yeon-shil!
—¡Come pescado!
—¡Y un cuenco de arroz todos los días!
—¡Y no te olvides de mí!
Ella no respondió.
Solo se aferró a Jack.
Porque no solo viajaba con personas extraordinarias.
También estaba dejando atrás algo que le dolía más de lo que esperaba.
Su hogar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com