Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 55
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- Capítulo 55 - 55 Siento el suelo romperse
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55: Siento el suelo romperse 55: Siento el suelo romperse ⚠️ ADVERTENCIA ⚠️ El siguiente contenido puede describir situaciones relacionadas con fiscalías de custodia de menores 👶⚖️, conflictos legales empresariales 💼📄 y el contexto sociopolítico de Portugal durante la década de los años 60 🇵🇹🕰️.
Este contenido no pretende ser pretencioso ni generar morbo.
Todo lo aquí narrado es ficción 📖✨.
Se recomienda la discreción del lector 👁️🧠.
📝 NOTA DE AUTOR 📝 Sigo trabajando en esta historia, chicos ✍️🔥.
Gracias por la paciencia y el apoyo constante 🤍.
Ya estoy avanzando con la adaptación al cómic 🎨📚, y llegará antes de lo que imaginan ⏳⚡.
Se viene una parte fuerte de la historia ⚠️🩸.
No esperen abrazos ni besos….
Si desean apoyar el proyecto, pueden seguirme en Twitter 🐦📢.
@TholioMH El enlace está abajo.
Gracias de corazón 🙏❤️.
______________________________________________ El aire tibio de la mañana se cuela por las colinas.
Nos encontramos en Portugal, en los Odivelas, en la vieja casa de Teodoro, donde las paredes aún guardan olor a leña y aceite.
La Nona remueve la olla en silencio, mientras el vapor se mezcla con aroma a pan.
Afuera, Helena ordena el jardín, sacude las hojas y deja que el sol le pinte los brazos de un brillo dorado.
Desde la ventana, la voz de la Nona atraviesa el aire: —Helena, aplícale esos medicamentos a Teodoro, por favor.
Ya sabes lo que tienes que ponerle, ¿está bien?
—Sí, ya sé qué tengo que ponerle —responde Helena—.
Y por favor, échalo con cuidado, ¿sí?
Que las gotas son caras.
Mientras eso sucede, Teodoro despierta.
Es uno de esos días en que todo parece igual.
Siente la calidez del sol venir por la ventana.
“Puedo sentir que la luz está aquí, creo que hoy hará mucho calor.” Se incorpora despacio, hasta oír unos golpecitos en la puerta.
—Teodoro —se escucha—, adelante.
Helena entra despacio.
—Muy buenos días, Teodoro.
¿Cómo estás?
—dice Helena con entusiasmo.
—Buenos días —responde Teodoro—.
Ah, sí, estoy con sueño, ¿y tú cómo estás, Helena?
Ella sonríe un poco.
—Ya llegó la hora de ponerte las gotas.
Necesitas hidratarte los ojos para que ya no te ardan tanto.
—Por favor, no sé cómo ponérmelas yo —dice él.
—A ver, debes de estar relajado, ¿está bien?
Solo suéltate y piensa en cosas lindas —dice ella con delicadeza.
—Sí, está bien —responde él con vergüenza.
—Además, tienes que tomar los medicamentos que te recetó el doctor.
Son para que los ojos ya no te duelan y para que no tengas esos espasmos raros que has estado teniendo los últimos días.
—Sí —responde Teodoro.
Helena calma a Teodoro, acariciándole la cabeza y añade: —Bien, no te muevas, de todas formas yo no muerdo.
—Gracias, Helena —dice él con alegría.
Mientras Helena le pone las gotas, Teodoro se queda inmóvil tras recibir el alivio por la deshidratación provocada por las secuelas de la quemadura química.
Helena habla despacio, para tranquilizarlo.
—La Nona dijo que ya casi vamos a desayunar…
Disculpa, es que no estoy pensando bien.
Después de comer, ¿te parece si leemos algo?
—¿Leer?
—Sí, pero esta vez afuera, en el césped, bajo el sol, un ratito mientras leemos.
¿Qué te parece?
Podemos jalar una silla de la cocina y leer ahí.
—Me parece bien —responde Teodoro.
—Conozco un árbol muy cerca de aquí donde podríamos leer —añade—.
—¿Te parece?
—Tendríamos que preguntarle a la Nona.
—Sí —dice él.
Cuando ella termina de ponerle las gotas, él susurra: —Gracias, Helena.
Pero todo cambia.
El momento se quiebra tras escuchar la puerta ser golpeada con fuerza.
El sonido llega desde la sala, desde la puerta principal de la casa.
Teodoro se queda inmóvil.
No puede mover su cuerpo.
Está tan tenso que por un instante olvida que sigue en su cama.
El corazón le martilla el pecho, y el aire se vuelve espeso, irrespirable.
Siente que el día que no esperaba que llegaría… ha llegado.
“Otra vez no…” piensa, pero sus pensamientos se desordenan, ruidos, imágenes y recuerdos lo aplastan al mismo tiempo.
No puede ver bien, tampoco puede oír con claridad; la ansiedad lo encierra en su propia mente, le impide distinguir si lo que oye es real o solo el eco del miedo que lleva dentro.
Empieza a hiperventilar.
—Helena, por favor, tráeme un gorro.
La joven lo mira confundida.
—¿Qué?
¿De qué hablas?
—Tráeme un gorro, por favor.
Sí, y ponme un…
—balbucea él, mientras su respiración se acelera, como si el aire no le alcanzara.
—Por favor, tráeme un gorro, tráeme un gorro, tráeme un gorro…
—repite entre jadeos.
Ella no lo piensa mucho.
Corre hacia el armario, toma uno y regresa.
—¿Qué hago ahora?
¿Por qué estás tan asustado?
—pregunta, sin poder ocultar el temblor en su voz.
—Solo átame el cabello, por favor.
—dice Teodoro, con la mirada perdida, casi sin aliento.
—Está bien, no te preocupes —responde la señorita, acercándose con cuidado.
Toma su cabello suavemente, lo ata en un moño y lo oculta por completo.
Luego le coloca el gorro, uno de esos gruesos de invierno.
Quizá intenta evitar la ira de aquel que está a punto de entrar.
Desde lo lejos, la voz de la Nona corta el silencio: —¡Helena, Teodoro, vengan a comer!
Habla con alguien más.
El tono de su voz se mezcla con pasos ajenos.
Teodoro se queda inmóvil.
“Bueno, ya paso un mes, el ya llego…” murmura, mientras el miedo lo paraliza de nuevo.
Cuando intenta levantarse de la cama, Helena se acerca y pregunta con voz baja: —Teodoro, ¿quieres que te sostenga la mano?
Él responde, con un hilo de voz, recordando la primera vez que hablaron.
—No…
yo ya soy un hombre…
soy un hombre, soy un hombre.
Se pone los zapatos con torpeza y se alista.
Ella intenta ayudarlo, pero no entiende qué sucede realmente.
Él no dice nada.
Ambos salen del cuarto.
Teodoro tiembla, pero su paso es firme.
Tal vez, esta vez, está dispuesto a enfrentar lo que sea.
Pero todo cambió cuando escuchó la voz, y se dio cuenta de que no era su padre.
La Nona dijo lo siguiente: —Helena, ¿puedes por favor sacar a Teodoro de aquí?
Si quieren, pueden llevarse uno de los libros, pero vayan afuera, por favor.
—Está bien —responde la joven, un poco nerviosa.
Ella toma el libro de Narnia: El león, la bruja y el ropero, y ambos salen de la casa.
Teodoro con disimulo, le hace un gesto con los dedos a Helena y dice susurrando.
—Helena, por favor, déjame cerca de la puerta para escuchar —dice él con voz temblorosa.
Ella nota algo extraño.
No es solo un hombre.
Hay dos.
Uno parece agente de policía, el otro, un hombre de traje, probablemente un abogado.
Y el tercero… Teodoro reconoció su voz.
Solo la ha escuchado tres veces, pero cree saber quién es.
Cuando cierran la puerta, los dos hombres y aquel señor ya han entrado.
—Es mi tío —susurra Teodoro.
—¿Qué?
¿Cómo que tu tío?
—pregunta Helena.
—Algo está pasando.
Mi tío nunca viene aquí.
¿Por qué vino con dos hombres?
Pude escuchar sus respiraciones al salir… —A ver, quédate quieto un momento —dice ella.
Helena trataba de escuchar lo que se decía, pero apenas se oían las voces detrás de la puerta.
También sentía la curiosidad arderle por dentro.
No obedecería a la señora, no esta vez.
Con cuidado, tomó del brazo a Teodoro y susurró, apenas dejando escapar el aire: —Vamos… El silencio que siguió pareció más ruidoso que cualquier palabra.
“Si alguien nos oye… estamos perdidos.” pensó Helena, sintiendo su pulso acelerarse.
Rodean la casa despacio, hasta llegar a una ventana cercana a la sala.
Desde allí hay un punto ciego: no pueden verlos desde dentro.
—¿Qué haces?
—pregunta él.
—¡Cállate!
Así es como te espiaba.
—¿O sea que tú sí lo hacías?
—Ya te lo dije… te espiaba incluso antes de conocerte.
…shh…Pero cállate…Eso no viene al caso ahora.
Helena y Teodoro guardan silencio.
Los hombres se han sentado.
Uno es un oficial, otro un abogado, y el tercero, el tío: Hélder.
Habla con voz firme, dirigiéndose a la Nona.
—Señora Beatriz, escuche.
Esto va a ser algo muy difícil de explicar, pero…
bien, aquí voy.
He decidido que esta casa fue vendida aún amigo mío y que el 18 de junio de este año será desalojada todas las cosas.
Y en cuanto a usted… solo podré pagarle hasta el día 15 junto con la chica nueva.
La Nona queda en shock.
—¿Cómo que vendieron la casa?
No entiendo ¿qué sucede?
Teodoro, aunque no puede ver, abre los ojos con sorpresa al oírlo.
—¿Qué está pasando?
—murmura la anciana.
—Escuche, por favor —dice Hélder—.
—Esto va a ser muy difícil de explicar, sobre todo a usted, porque mi hermano la involucro a usted también.
—Al menos lo que tengo entendido es que mi hermano le ordenó, por medio de los registros a firmar los documentos de la casona en Ramada, la casa de nuestros padres.
—Mi hermano ha estado metido en cosas que no debía.
Parece que huyó con dinero, y su familia no se encuentra en la capital.
—No está en Lisboa ni en ningún otro sitio, no aparece en ningún lado.
—Este es el último lugar donde podría estar, o al menos obtener información.
La Nona se lleva la mano a la boca.
—Oh, Dios mío… Hélder continúa: —Sí.
Mi hermano me ha metido en un terrible problema y necesitamos encontrar su paradero.
—No sabemos a dónde huyó.
—No hay pistas.
Los vecinos no vieron nada.
Todo fue tan cauteloso… que parece que se esfumó.
—Pero sí hay algo —agrega el abogado—.
Ha dejado a su nombre 4 de sus cartas.
—Y también dejo una carta para usted.
—¿para mí?
—pregunta la Nona.
—Sí, esta carta es para usted —responde Hélder—.
Las hemos leído con cuidado.
Y también encontramos en su departamento cartas quemadas, pero otras que sobrevivieron.
unas 7 cartas.
Son de Lourdes, mi cuñada.
Y todas…
vienen sobre el mismo asunto.
Hace una pausa.
—Mire, yo nunca estuve de acuerdo con que Lourdes se casara con mi hermano, pero eso ya no importa.
Tal vez ella sepa dónde está él.
—¿Pero ¿cómo va a saberlo?
—dice la Nona.
—Ni siquiera conocemos su paradero.
Es más, esas cartas llegan de un hostal falso, ni siquiera de su casa.
El oficial interviene: —¿Falso?
—Sí —responde Hélder—.
El hostal es una taberna.
Dicen que solo le estaban haciendo un favor a esa mujer.
Intentaron localizarla y tampoco pudieron.
Suspira, cansado.
—Voy a ser franco.
De la familia de Lourdes vendrá su hermano.
Inspeccionará la casa.
—Mire, Nona, seré franco con usted.
Ya no podrá seguir trabajando aquí, al menos no por mucho tiempo.
Mi hermano… se ha metido en algo serio, demasiado serio.
Al parecer manipuló las cuentas de la empresa familiar, y desvió fondos del suministro de cacao destinado al Estado.
Todo a través de un contrato con el Ministerio de Fomento.
Según los informes, falsificó balances contables y usó facturas inexistentes para cubrir los movimientos.
Con eso logró huir con una suma importante de dinero.
—Dios mío… —susurró ella.
—El caso está en manos del juez António Salazar Neto, y la PIDE ya tomó declaración a varios empleados.
Incluso los proveedores de Lisboa están siendo citados.
Las deudas que dejó la empresa son enormes, y ahora, además, enfrenta una demanda civil del Estado.
Créame, Nona, no hay manera de limpiar esto.
—Y ahora quieren cargarme las deudas de las empresas, Nona, porque yo figuro como línea directa de la familia.
En pocas palabras, tengo mi firma en varios documentos que usó mi hermano para fundar Aliança Alimentar e Indústrias Unidas, y ahora resulta que soy codirector, al menos en papel.
—¿Cómo?
—preguntó la Nona, sorprendida.
—Sí… y el problema es que me quieren hacer responsable de todo.
Puedo terminar arruinado, incluso en prisión.
Esto no tiene nada que ver conmigo.
Sí, lo ayudé al inicio, pero solo firmé algunos papeles, nada más.
Después no volví a involucrarme.
Hélder apretó los puños, respirando con frustración.
—Esto es desesperante, ¿de acuerdo?
Yo solo quería una vida tranquila, y ahora pongo en riesgo a mis hijos y a mi esposa.
Puedo ir a la cárcel por algo que ni siquiera hice.
Mi hermano desapareció sin dejarme ni una carta, ni una explicación.
Solo huyó.
—¿Sabe a dónde fue?
—preguntó con voz tensa.
—Por favor, Nona, si sabe algo, dígamelo.
Ella negó lentamente.
—No lo sé, de verdad.
Solo vino una tarde, buscó unos papeles y se marchó sin decir palabra.
Hélder la miró fijamente.
—¿Unos papeles?
¿De qué clase?
¿No me diga que eran los documentos de Aliança?
¿Que los tuvo aquí, escondidos?
—No lo sé —respondió ella—.
Solo sé que los tomó de su escritorio, los dobló y se fue.
No volvió más.
El silencio llenó la casa.
Desde la ventana, Teodoro y Helena escuchaban, conteniendo la respiración.
—Hay algo más —continuó Hélder, apoyando las manos sobre la mesa—.
La custodia de Teodoro va a pasar al hermano de Lourdes.
Todo fue planificado en secreto.
Ni siquiera yo lo sabía.
—¿Qué?
—exclamó la Nona, incrédula.
—Sí.
Mi hermano confía más en esa familia que en la nuestra.
No entiendo por qué no me dejó la custodia.
Yo quería cuidarlo… pero no puedo hacer nada mientras esté acusado.
Hélder suspiró con cansancio.
—Lo único que puedo pedirle, Nona, es que deje todo en orden.
Empaque las cosas, limpie la casa.
Veré qué puedo hacer, pero no prometo nada.
No confío en Joaquim, ese idiota, ni en nadie más de ese lado.
La Nona lo observó en silencio.
Afuera, Helena murmuró apenas audible: —“¿Qué va a pasar ahora…?” Teodoro no respondió.
Solo sintió cómo el aire en su pecho se hacía cada vez más pesado.
No tienen palabras para explicar lo que pasa.
Por un lado, Helena apenas entiende la situación.
Pero Teodoro capta cosas entre líneas, quizá más.
Aun así, no entiende del todo.
No mencionan a Lourdes, su madre.
¿Saben que ella sigue en el hospital?
¿O no lo saben?
No tienen noción clara de nada.
—Helena —susurra Teodoro—, ¿qué va a pasar conmigo?
—No te preocupes, Teodoro —responde ella con firmeza—.
Donde sea que te lleven, yo voy contigo.
Tengo que ir contigo, sí o sí.
Soy tu familia y te voy a cuidarte, esa es mi misión.
Dentro, la Nona trata de respirar hondo, y ensayar una comprensión que no llega.
—Muy bien —dice el hombre con voz tensa—.
No vengo solo a informarle, Nona.
Tengo prisa.
Tengo que ir con mi mujer; van a interrogarla.
A mi hijo Marcus también.
No puedo permitirlo.
Necesito que firme esto, por favor.
Solo firme.
Saca un papel y lo empuja hacia la mesa.
—Es un documento que acredita que usted estará a cargo de Teodoro durante estos días, ¿de acuerdo?
—¿Qué?
—murmura la Nona, temblando—.
—Técnicamente la tutela pasó a manos de Joaquim —dice él—.
Yo no lo entiendo, Nona; esto no debería ser así.
Nuestra familia somos nosotros, no ellos.
—Pero firme, por favor, necesito su ayuda ahora.
—insiste él.
La Nona firma, con la mano que tiembla.
Mientras escribe, ve claro que esto irá a tribunales.
Sabe que esto ya es asunto de la ley.
—Tome —dice él, entregándole una tarjeta—.
Este es mi nuevo teléfono.
He tenido que cambiarlo.
Si mi mujer o mis hijos llaman, diga que es Beatriz.
Necesitamos identificar a quien llama, ¿entiende?
—Sí, está bien —responde la Nona, en un hilo.
—¿Y las cartas?
—pregunta el hombre—.
¿Son de Lourdes?
Hace una pausa para recomponerse y sigue, grave: —No se van a meter con mi esposa.
Escúcheme, Nona.
Haré todo lo posible para traer a Teodoro a casa.
No permitiré que se lo lleven esa gente.
¿Me oye?
—No he visto a Teodoro en años —confiesa él—.
Era apenas un niño cuando lo conocí.
—Mi hermano… debió defenderlo más.
Si él no lo hace, lo haré yo.
Abandonar a un niño no es algo que pueda aceptar, ni el padre ni la familia.
Además, Teodoro es ciego; quiero evitar que pise un orfanato.
Suspira, con rabia contenida.
—En un par de días, Joaquim vendrá, con oficiales y abogados, para custodiar a Teodoro.
La Nona queda helada, sin palabras.
Helena y Teodoro escuchan desde la ventana, mientras el peso de cada frase les cae encima.
“¿Qué harán con nosotros?” piensa Helena, sin voz.
Teodoro no responde; siente el mundo hacerse pequeño.
No podré darle una escuela de primera, pero al menos impediré que vaya a un orfanato.
Porque prefiero mil meses que Teodoro esté en un orfanato a que esté con ese demente.
—Y lo malo es que no vas a poder hacer nada —dijo Hélder, con un tono de cansancio seco—.
Porque tú no tienes ni siquiera familiaridad política con nosotros.
Solo la tienes por parte de Joaquim.
Pero eso no sirve cuando se trata de Teodoro.
—Está bien —respondió la Nona, conteniendo el aire—.
¿Pero ¿qué puedo hacer?
—No puedo encargarme ahora de Teodoro.
Primero tengo que encargarme de mis hijos y también de la empresa.
Así que te voy a pedir que no digas nada de esto.
No le digas nada a Teodoro.
Es muy pequeño para saber que su padre tal vez escapó del país.
—¿Cómo voy a decirle eso a Teodoro?
—dijo la Nona, casi temblando—.
No puedo ni siquiera decirle lo de su madre.
Teodoro abrió los ojos al escuchar las voces.
Su respiración se cortó un instante.
—Volvamos a la puerta, Helena —susurró.
Helena lo tomó del brazo.
Podía sentir cómo algo dentro de Teodoro se había roto, tal vez una mentira, o una verdad detrás una mentira.
“No sé qué es lo que está pasando.” Caminó hacia él, tratando de sonreír.
A la distancia, los ángeles observaban la escena.
Uno asintió con la cabeza, y el otro dijo: —Tenemos que hacer algo ahora, osera demasiado tarde.
—Dios ya lo sabe —respondió el primero—.
Pero nuestro deber es recordarle la gravedad de este presente.
—¿Y qué haremos con Teodoro?
Si Helena no actúa, él no podrá salir de aquí.
Subieron al portal celestial, desapareciendo entre las nubes.
Mientras tanto, Helena trataba de consolar a Teodoro, frotándole las manos.
—Todo va a estar bien.
No necesitas preocuparte tanto.
La puerta se abrió.
El tío Hélder, el abogado y el policía salían con prisa.
—Por favor, Nona —dijo Hélder—, te voy a pedir algo más: no dejes ingresar a ese infeliz… No terminó la frase.
Todos se giraron al ver cómo un hombre elegante, de piel blanca y paso firme, entraba al terreno.
Cada pisada sonaba como un golpe en la vereda.
Venía acompañado por un abogado.
Su voz se adelantó antes que su sombra.
—¿Cómo estás, Hélder?
—dijo con tono falso—.
Hace años que no te veo.
Hélder enmudeció.
A pesar de que lo odiaba con todo su corazón, no podía mostrarlo.
Tenía que mantener la compostura.
El hombre sonrió.
—Este es el jovencito, Teodoro.
¿Qué tal?
Yo soy tu tío.
¿Me recuerdas?
Soy hermano de tu madre.
El hombre tomó las manos del niño.
Estaban heladas por el miedo.
Helena golpeó suavemente las manos del hombre.
—Disculpe, es solo un reflejo —dijo con calma—.
El joven Teodoro debe tomar sus medicamentos.
Vamos, Teodoro.
Lo llevó a la habitación.
La Nona los siguió con la mirada.
Sintió algo extraño, pero también confianza en Helena.
Después del silencio, Joaquim habló: —Es un niño pequeño.
¿Qué edad tiene?
¿Diez años?
—No cambies el tema —replicó Hélder, con firmeza—.
Escúchame bien, Joaquim.
No sé qué te habrán dicho, ni cómo te lo pintaron, pero si tocas a Teodoro…
—Lo lamento —interrumpió Joaquim, sonriendo—, no te escuché desde el principio.
¿Podrías repetirlo?
Hélder apretó los puños.
Joaquim continuó, implacable: —Yo creo que lo que hago es correcto.
Estoy aquí para cuidar y hacerme responsable de mi sobrino, y tapar los errores de mi hermana.
¿No crees tú que deberías cuidar tus palabras?
Podrían volverse en tu contra en los tribunales.
Se inclinó un poco hacia él.
—Se inteligente, no desvíes tu atención en hijos ajenos cuando tus propios hijos y tu mujer necesitan de tu atención.
Si esto no funciona… tú serás quien no pueda ayudarlo.
Hizo una pausa.
—Recuerda esto, Hélder.
También te estoy ayudando con lo de las empresas.
El silencio se extendió, pesado, como un muro invisible entre los dos.
Solo se escuchaba el tic-tac del reloj y el eco de lo que no se atrevieron a decir.
—Pero el hecho de que no confíes en mí para cuidar del joven Teodoro, eso…
eso también me ofende —dijo Joaquim, dejando escapar una sonrisa amarga—.
Te estoy ayudando, Hélder.
Y aun así, dudas de mí.
Hélder lo miró con desprecio, apenas conteniéndose.
—Lo lamento, Hélder —continuó Joaquim—, pero esta vez dejarás que yo me encargue de todo.
A menos que quieras explorar las posibles deudas que te dejará tu hermano.
—Recuerda que sin mí no podrás salir de esto, no muerdas a quien te da de comer.
Hizo una pausa.
—No sé quién es peor… ¿mi hermana o tu hermano?
Quizás deberíamos apoyarnos mutuamente.
Se paseó por la sala, observando los muebles.
—Bonita casa.
Qué pena que tenga que venderse.
Aquí mi hermana decidió irse de luna de miel con ese hombre…
Y después, bueno…
pasó lo que pasó.
Su voz se endureció.
—Mi hermana está muerta para mí.
Y creo que, en el fondo, tú y yo sentimos lo mismo.
Se enderezó el abrigo y agregó: —Está bien, me retiro.
Veo que he venido en un mal momento.
Caminó hacia la puerta.
—Pero mañana voy a volver.
Se volvió ligeramente hacia la Nona.
—Y a ti, Nona, te agradezco enormemente que cuides de Teodoro.
No te preocupes el hijo de Lourdes esta en buenas manos.
Desde ahora, yo me haré cargo de su educación y de todo lo demás.
Hizo una leve inclinación con la cabeza.
—Por ahora, me retiro, caballeros.
El sonido de la puerta cerrándose dejó un vacío.
El aire quedó espeso, inmóvil.
Hélder se pasó una mano por la cara.
—Tenemos que hacer algo, Nona.
Ella lo miró con los ojos húmedos.
—Sí…
definitivamente tenemos que hacer algo.
Y debemos actuar rápido.
Si no lo hacemos, una desgracia podría ocurrir.
Mientras tanto, en la habitación, Helena seguía al lado de Teodoro.
El niño temblaba, sin poder controlar la voz.
—O sea que… papá también se fue —murmuró.
“Entonces ya no queda nadie…” pensó, sintiendo cómo el silencio se volvía una sombra sobre su pecho.
Helena lo abrazó con fuerza, intentando detener el temblor de sus manos.
Afuera, el viento golpeaba las ventanas, como si también quisiera entrar.
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