Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 56
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- Capítulo 56 - Capítulo 56: Solo me queda la fe para nadar en medio del mar
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Capítulo 56: Solo me queda la fe para nadar en medio del mar
⚠️ ADVERTENCIA ⚠️
El siguiente capítulo puede contener imágenes demasiado
explícitas y alusiones que pueden hablar sobre temas muy,
pero muy polémicos y complicados para la audiencia de
WebNovel 📚, para cualquier otra plataforma 🌐 y también
para cualquier tipo de red social 📱
El autor no pretende ser sensacionalista, ni pretencioso,
ni morboso 🚫👁️🗨️. No está aquí para el morbo.
Todo lo narrado aquí es ficción ✍️
Se recomienda la discreción del lector 🙏
📝✨ NOTA DE AUTOR ✨📝
Chicos, feliz año nuevo 🎉🎆
No pude subir capítulo antes porque estoy llegando
a una etapa muy difícil de escribir 😮💨✍️, sobre todo
para Polemos ton Agion ⚔️📖
Tengo varios capítulos reservados 📂, pero necesito
tratarlos con pinzas 🩹👐 para que, cuando haga la
reescritura, no me complique.
Además, he cambiado de opinión sobre hacer un
webcómic 🎨📱. Voy a hacer una novela gráfica 📘🖤
Es mucho más sencillo, pero quiero hacerlo lo
suficientemente detallado 🔍🖋️ para no arrepentirme
después 😔➡️🙂
Lo publicaré todavía en GlobalComix 🌍📚, y ya estoy
adaptando el capítulo 1 🛠️📄
Es difícil dibujar querubines 😵💫👼
Créanme que es una cosa que no le deseo a ningún
artista 🎨💀
Gracias por su paciencia, chicos 🙏❤️
Seguiré informándoles 📣✨
________________________________________________________
Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo;
ten misericordia de mí, y respóndeme.
No escondas tu rostro de mí;
no apartes con ira a tu siervo;
mi ayuda has sido.
No me dejes ni me desampares,
Dios de mi salvación.
Porque mi padre y mi madre me dejaron,
más Jehová me recogerá.
Hubiera yo desmayado,
si no creyera que veré la bondad de Jehová
en la tierra de los vivientes.
— Salmos 27:7-13
___________________________________________________
Nadie le explicó a Teodoro cómo debía sentirse ni qué pensar.
Solo le hicieron preguntas precisas,
todas cargadas de una intención evasiva.
Habían pasado varios días desde el final,
y aun así su mente seguía fija en la incertidumbre.
No por lo dicho en la sala,
sino por aquello que nunca llegó a comprenderse del todo.
El mundo real tiene una costumbre incómoda:
decide lejos de quienes cargarán con el daño.
A veces por ignorancia.
Otras, porque simplemente no hay corazón.
El aire del parque era tibio y calmo,
una calma ajena a lo que ambos callaban.
Helena y Teodoro estaban sentados bajo un viejo olivo,
hablando de un tema que apenas entendían.
Solo una verdad permanecía intacta:
el juicio se había perdido.
Y con esa sentencia,
el destino de Teodoro dejó de estar en sus manos.
—Teodoro, tranquilo —dijo Helena, con voz baja—.
Ya tengo una solución.
—¿Cuál solución? —respondió él, confundido.
—Solo espera un poco, ¿de acuerdo? Estoy contigo,
y tú sabes perfectamente que estaré a tu lado siempre.
Porque ese no solo es mi trabajo… es mi deseo.
No te voy a dejar.
—Está bien, Helena… —murmuró Teodoro, casi sin voz.
Aunque Helena proponía soluciones, en el fondo
ya conocía la única posible.
Aun así, prefería pensar en cualquier otra cosa.
Demasiadas ideas se le agolpaban en la mente,
y enfrentar situaciones tan delicadas
nunca había sido su fortaleza.
Incluso ella misma sentía que cualquier movimiento,
por mínimo que fuera, podía convertirse
en un error irreparable.
Hace varios días, Helena había recibido un mensaje.
El ángel le habló con autoridad:
—Dios desea que te lleves a Teodoro de aquí.
No dejes nota, no dejes rastro.
Hazlo lo más rápido posible, incluso hoy.
—Pero no puedo —respondió Helena, temblando—.
Debo esperar al proceso judicial.
No puedo arrebatarlo de su familia, así como si nada.
¿Qué tal si aún hay oportunidad?
¿Qué tal si puede ir con su tío?
El ángel la interrumpió:
—Dios ya ha dictado su sentencia.
Conoce a Teodoro mejor que tú.
Helena, obedece.
No cometas el error de Galton.
Fue en ese instante cuando el ángel desapareció.
Desde entonces, la presencia celestial se apartó.
Aun así, al recordar lo sucedido, no tenía idea de cómo
explicarle algo así a Teodoro.
Pese a ello, intentaba evaluar la situación
con el mayor cuidado posible.
Helena pensaba en silencio:
“¿Debería hacerle caso a lo que me dijo el ángel?
Si no me preparo bien, todo saldrá mal.
Aunque… podríamos escapar ahora mismo y nadie lo notaría.
Sería lo más verosímil. Pero ir hasta la frontera…
Francamente, solo me rozó una bala una vez,
y sé que no puedo enfrentar otra.
No soy tan rápida como Galton.”
“El problema es Teodoro. Es ciego”.
“Necesita sus medicamentos, descanso… y sus libros.
Todo eso es demasiado.
Demasiado para él.”
“Y quizá, incluso, demasiado para mí”
Helena sabía que debía decidir.
Y en su corazón, entendía que debían escapar.
Primero, estaban los documentos sellados:
confirmaban que la custodia de Teodoro
pasaría a su tío Joaquim, y no a extraños.
Con eso bastó.
Helena decidió actuar.
—Teodoro, escúchame bien —dijo, conteniendo la voz—.
Tengo que irme.
Él se quedó inmóvil.
—Solo por dos días —añadió enseguida—.
Necesito prepararme para lo que voy a hacer.
Espérame, ¿sí? Dos días. Vendré por ti.
El rostro de Teodoro se tensó al instante.
El miedo lo atravesó sin aviso.
Jamás había sentido algo así.
—Tranquilízate —le susurró Helena, acercándose—.
Voy a desaparecer un par de días…
pero volveré. Te sacaré de aquí.
—Está bien… —respondió Teodoro, con la voz quebrada—.
Pero cuando Helena soltó sus manos,
algo en su pecho se vino abajo.
Fue como intentar subir hacia la verdad
y descubrir, de pronto,
que quien siempre lo había sostenido
también podía soltarlo.
El miedo actuó antes que el pensamiento.
—¡No! —dijo de golpe—.
Helena, no te vayas, por favor.
No lo hagas.
Su respiración se volvió errática.
El aire no le alcanzaba.
Helena tomó su rostro con ambas manos
y lo besó con una suavidad urgente,
como si en ese gesto pudiera devolverle la calma.
—Espérame aquí, por favor —dijo—.
Ahí viene la Nona, ¿sí?
—Está bien… —murmuró Teodoro,
intentando calmarse.
La Nona no notó nada.
Se acercaba desde lejos, ajena a todo.
—¡Ya llego, ya llego!
Helena se levantó de inmediato.
—Señora, disculpe —dijo con respeto—.
Voy a tener que ausentarme unos dos días.
—¿Por qué? —preguntó la Nona, inquieta—.
Te necesito, por favor.
—Entiéndame, es algo necesario —respondió Helena—.
Solo le pido dos días. Nada más.
La Nona suspiró y asintió.
—Está bien. Veré con quién se queda Teodoro.
Muchas gracias por todo, Helena.
—No, gracias a usted, Nona.
Helena dio unos pasos para alejarse.
—Dios… ¿ahora qué hago? —susurró, casi sin voz.
La Nona se sentó junto a Teodoro,
lo rodeó con los brazos y murmuró con ternura:
—Quiero que sepas que estamos haciendo todo lo posible
para que tú seas feliz.
Intentaba ocultar la situación.
No sabía que Teodoro ya conocía la verdad.
Él permaneció en silencio.
No dijo nada.
Entonces, ocurrió.
El tío había llegado. Joaquim.
—Muy bien, joven Teodoro —dijo—.
Ya llegó la hora.
—¿Cómo que llegó la hora? —preguntó Helena, nerviosa.
—Él será tu tutor legal, ¿está bien?
—Por favor, deja que yo lo acompañe —rogó la Nona.
Joaquim sonrió apenas.
—Con gusto. Solo haz que venga.
Y así fue.
A Joaquim le habían otorgado la tutela total.
El padre había dejado una carta firmada,
cediendo la custodia legal antes de marcharse del país.
Ante aquel documento, el juez declaró
que Joaquim era apto para cuidar al muchacho:
tenía casa, buen empleo
y vivía en una zona segura de Lisboa.
Además, su carisma y forma de hablar
convencieron con facilidad al tribunal.
Teodoro no tuvo opción.
Cuando la Nona entró a la casa de ese hombre,
vio cosas refinadas… y otras no tanto.
Teodoro se sintió incómodo, fuera de lugar.
“Mi papá no me agradaba…
pero ahora que lo pienso,
prefiero estar con él que con mi tío
pero hay algo en su voz que inquieta”
“No sé por qué dicen que es mala persona,
pero esto…”
En la mesa había varios adultos:
Joaquim, la Nona, abogados
y trabajadores sociales.
Discutían sobre la situación.
Esta no sería la última reunión.
La antigua casa de los Odivelas ya había sido vendida.
Con ella, también se había cerrado cualquier refugio posible.
Teodoro entendía que todo estaba cambiando,
y que no tenía a quién acudir.
Ni siquiera Hélder.
No porque no quisiera,
sino porque los papeles decían otra cosa.
El juez solo reconoció a Joaquim.
Y a Joaquim,
cualquier mención de Hélder
le provocaba un silencio incómodo.
Tras largas horas, uno por uno,
los abogados y economistas
se retiraron de la casa.
Las voces se apagaron.
El lugar quedó extraño, demasiado grande.
La última en irse fue la Nona.
Se acercó a Teodoro despacio,
como si cada paso pesara más que el anterior.
Lo miró con ternura, con esa mirada
que solo aparece cuando ya no queda nada por hacer.
—Joven Teodoro, quiero que sepa
que lo quiero con todo mi corazón.
El muchacho la abrazó con fuerza,
aferrándose al único cariño que le quedaba.
—Mamá… por favor, no me dejes.
La palabra lo rompió todo.
La Nona se quebró.
Él no la llamó nona, sino mamá.
—Teodoro, lo siento, pero tengo que irme, ¿sí?
No llores, por favor.
Voy a venir mañana, ¿de acuerdo?
Desde lejos, Joaquim observaba la escena en silencio.
La Nona permaneció abrazándolo unos minutos más,
como si quisiera memorizar ese instante.
Pero cuando finalmente lo soltó,
Teodoro sintió un vacío inmenso.
Todo había ocurrido tan rápido
que ni siquiera podía procesarlo.
Entonces oyó unos pasos acercándose.
Joaquim se detuvo frente a él.
—Realmente pareces una niña —dijo,
mirándolo de arriba abajo con aire burlón—.
Mi hermana no se equivocaba.
—Muy bien, Teodoro. Te quedarás aquí.
Te mostraré tu cuarto, tengo tus medicinas
y también otras cosas más.
—Vendrá un tutor para enseñarte lo necesario.
Deberías agradecerme.
Me preocupo tanto por ti que quise traer un tutor
para que tengas una buena educación.
Teodoro permaneció callado.
No confiaba en él. Su cuerpo temblaba,
no solo por lo que ese hombre representaba,
sino también por lo que no lograba entender.
Por su mente cruzaban imágenes confusas:
su madre, su padre, las empresas que nunca
les mencionaron, su tío, la Nona,
la advertencia de Hélder y, sobre todo, Helena.
Ella había dicho que escaparía con él.
“Dijo que iríamos a la casa de Odivelas,
pero ya la vendieron.”
Mientras tanto, la Nona se dirigía a casa de una amiga,
cerca de Olaias.
Llevaba consigo solo lo indispensable,
lo justo para no levantar preguntas.
No miró atrás.
En otro punto de la ciudad, Helena se movía entre estanterías.
La biblioteca estaba casi vacía.
Entró por una de las ventanas altas,
con cuidado, sin hacer ruido.
Eligió los libros uno por uno.
No más de doce.
Los que sabía que Teodoro querría escuchar.
Nada más.
Los guardó en un solo saco.
Con la fuerza divina de su lado,
nadie notó su presencia.
Nadie la vio irse.
Simplemente desapareció entre las sombras.
Ya había anochecido.
En la casa de Joaquim, otra ama de llaves servía la cena.
Era una muchacha de no más de diecisiete años.
—Tenga aquí, jovencito —dijo,
dejando un plato de pasta frente a Teodoro.
Él agradeció con un leve gesto
y comenzó a comer en silencio.
Joaquim pasó por detrás de ella.
Demasiado cerca.
Su mano se posó en la cadera de la muchacha
como si le perteneciera.
—Después de esto, pasarás por mi cuarto un rato —dijo,
con una sonrisa que no pedía permiso—.
¿Está bien, mi amor?
La chica se estremeció.
Sus manos temblaron.
La bandeja estuvo a punto de caer.
Desde el pasillo, Joaquim alzó la voz:
—Teodoro, puedes irte a tu cuarto.
Guíalo tú misma.
Y luego vienes al mío, ¿te quedó claro?
Ella asintió sin mirarlo.
Obedeció.
Tenía miedo.
Mucho miedo.
Sabía perfectamente de qué era capaz ese hombre.
Había estado casado alguna vez.
Después vino el divorcio.
Nadie sabía si tuvo hijos.
Al menos, nadie hablaba de eso.
La sirvienta condujo a Teodoro hasta su habitación.
Por orden de Joaquim, cerró la puerta con llave.
—Para tu seguridad —dijo,
aunque ni ella misma lo creyó.
El cuarto tenía baño.
No habría necesidad de salir.
Teodoro se sentó en la cama.
Observó las paredes,
intentando reconocer los límites
de su nuevo encierro.
Esta vez, la soledad era distinta.
Más pesada.
Más definitiva.
Pasó la mano por uno de los muebles.
Entonces escuchó algo
al otro lado de la pared.
Teodoro se sentó en la cama, mirando alrededor.
—Bueno… —murmuró para sí—.
No sé si es igual que en la otra casa, pero… es extraño.
El cuarto era limpio, ordenado.
Demasiado.
—No me gusta —continuó en voz baja—.
Me siento como en una prisión.
Pensó en su antigua casa.
El jardín.
La leña apilada.
Los patos caminando sin rumbo.
El olor a tierra húmeda, pero viva.
Aquí no había nada de eso.
—Esto es un departamento… —susurró—.
Huele a humedad.
Se arropó despacio, como si acomodarse pudiera hacerlo sentir menos fuera de lugar.
Miró el cielo por la ventana, buscando algo familiar.
Entonces lo oyó.
Al principio fue apenas un ruido.
Un sonido irregular, entrecortado.
Venía de la otra habitación.
Teodoro frunció el ceño.
Reconoció la voz.
Era la chica que le había cerrado con llave.
Eran sollozos.
Pero no del todo.
Había algo más.
Un intento desesperado por no hacer ruido.
Un gemido ahogado.
Un grito que no llegaba a ser grito.
El crujido de una cama.
El oído de Teodoro se tensó sin que él lo decidiera.
Algo no estaba bien.
El miedo lo atravesó, seco, inmóvil.
No entendía exactamente qué pasaba…
pero su cuerpo sí.
Escuchó cómo ella intentaba callarse.
Cómo el silencio se volvía pesado, denso, casi violento.
Había un sonido en particular.
Uno que le resultaba inquietantemente familiar.
No quiso pensar por qué.
Teodoro no se levantó.
Se quedó sentado.
Luego se recostó.
Se tapó hasta el cuello, como si eso pudiera protegerlo.
Cerró los ojos y fingió dormir.
En su mente solo quedó un pensamiento:
“Helena, no sé si vas a encontrarme aquí.
Pero creo que tú también me dejaste.
Todos suelen hacerlo.
Mi mamá. Mi papá. La nona.
Dicen que no quieren, pero igual se van.
Tal vez no estoy hecho para el amor.”
Suspiró.
Se pasó la mano por el cabello y murmuró:
—Al menos mi tío no me lo cortó.
No sé si eso sea algo bueno… o malo.
Mientras tanto, Helena tomó un tren rumbo a Odivelas.
No sabía que la casa ya había sido vendida.
Habían pasado tres días desde que dejó Lisboa,
y aun así sentía que algo la llamaba de vuelta.
“Tengo que ir a esa casa.
Recuperar mis cartas.
La ropa de Teodoro, sus libros,
sus medicamentos…
y no puedo olvidarme de sus flautas.”
Helena estaba tan preocupada
por todos esos detalles casi sin importancia,
que recordó lo que el ángel le había dicho:
“Es tu decisión, si te tardas lo que tengas que tardarte.”
—No —susurró ella—. Tengo que hacerlo rápido.
Había tomado casi el último tren.
Ya estaba anocheciendo cuando llegó.
Al entrar a la casa se dio cuenta de algo:
estaba vacía… pero las cosas aún seguían allí.
Entró con cuidado por la ventana de la cocina.
El silencio la recibió primero.
Luego, la ausencia.
Varios muebles ya no estaban.
Helena avanzó un paso más y el corazón le dio un vuelco.
—…Esto no estaba así —murmuró—.
No.
Miró alrededor, incrédula.
—No puede ser… —susurró—.
Vendieron la casa.
El aire se le quedó atrapado en el pecho.
“Espera… se llevaron cosas.”
No todo.
No todo.
“¡Los orbes!”
El pensamiento la atravesó como un golpe.
—Mierda…
Echó a correr hacia su habitación,
sin encender luces, sin pensar.
El piso crujía bajo sus pasos,
la casa parecía observarla.
Se arrodilló junto al rincón, levantó la tabla floja.
Allí estaban.
Los orbes.
El alivio le aflojó las piernas.
—Gracias a Dios… —susurró, llevándose una mano al pecho—.
Helena, la próxima vez guárdalos en tu bolsillo…
no seas idiota.
Rió apenas, nerviosa.
—Creí que…
No terminó la frase.
Aunque ya no había peligro,
un escalofrío le recorrió la espalda.
La casa se sentía distinta.
parece que todo simplemente perdió
su brillo.
Como si este hogar ya no le perteneciera.
Y algo en ella le decía
que ya no le quedaba mucho tiempo.
Así que lo primero que hizo fue buscar
la mochila de Teodoro,
la que llevaba al colegio,
y comenzó a alistar toda la ropa
que pudiera caber allí.
Empacó con prisa, sin mirar atrás.
Camisas, pantalones. Solo llevó los dos zapatos más
presentables.
Helena también alistó los vestidos
que los ángeles le habían obsequiado.
Había guardado todo en una bolsa,
como si estuviera robando.
Pero entonces se dio cuenta de algo.
Mientras revisaba tantas cosas, notó
que la puerta donde dormía la nona
estaba abierta… y también la otra puerta,
esa en la que nunca debían entrar.
La curiosidad pudo más, y Helena lo supo de inmediato.
—Bueno… voy a hacer algo razonable —murmuró en voz baja—.
Iré al cuarto de la Nona. Tal vez tenga cosas de Teodoro
allí, y también quiero ver la otra puerta que nunca abrí.
Si van a vender esta casa, vale la pena saber qué hay dentro.
Entró con cuidado, como si el lugar pudiera oírla respirar.
El cuarto estaba intacto. Demasiado ordenado para estar vacío.
Rebuscó entre cajones, papeles viejos y recuerdos sin nombre,
hasta que sus dedos tocaron una caja olvidada en el fondo.
Dentro había cartas. Muchas. Todas venían de Francia.
El estómago se le cerró de golpe.
Entonces recordó una conversación de hacía dos días, cuando
Teodoro se bañaba y la Nona hablaba sin cuidado: la madre
de Teodoro escribía desde una taberna en Francia, un lugar
que solo servía para enviar cartas, nada más. Nunca pudieron
encontrarla. Nunca hubo una dirección real.
Helena frunció el ceño, sintiendo que algo no encajaba.
“¿No se suponía que la mamá de Teodoro estaba hospitalizada?”
Eso fue lo que dijo la Nona, sin dudarlo jamás.
“Entonces… ¿por qué Francia? ¿Por qué una taberna?”
Nada tenía sentido.
“Tal vez escuché mal…” Quiso creerlo, aunque algo dentro
se resistía.
Pero la curiosidad ya no la soltó.
Tomó las cartas. Las leyó. Una. Luego otra. Y otra más.
Pasó casi toda la noche en vela, leyéndolas una por una, sin
poder detenerse, hasta quedarse sin palabras y sin excusas.
Cuando terminó, caminaba de un lado a otro del cuarto, tratando
de calmarse, de ordenar lo que había descubierto. No pudo.
La indignación le quemaba el pecho.
—Ahora todo tiene sentido… —susurró Helena, temblando—.
La puta madre.
Alzó la voz, incapaz de contenerse por más tiempo.
—¿Todo este tiempo han estado mintiéndole a Teodoro?
¡No… no, no!
¡Ay, Dios mío! ¿Qué es esto?
¿Qué le pasa a esta familia?
¡Es una mierda! ¿Cómo se les ocurre?
Esto no puede ser verdad.
Horas después, seguía examinando.
Había muchas cartas dirigidas
a la nona y al padre de Teodoro,
pero encontró algo más:
otras cinco cartas selladas,
nunca abiertas, dirigidas a Teodoro,
de parte de su madre.
—Teodoro no puede saber la verdad —dijo—.
Teodoro no puede saberlo.
Las miró una vez más y las tomó.
Guardó la caja con cuidado,
como si nunca la hubiera abierto.
Dejó el cuarto ordenado,
para que nadie sospechara nada.
Luego empacó todo:
los sacos, la mochila y las cartas.
Las colocó dentro con cuidado,
para que no se arrugaran.
Salió lejos de allí.
Enterró las bolsas con las cosas,
dejando solo las puntas visibles,
para recordar el lugar.
Aun era de madrugada.
Helena estaba completamente afectada.
“Mi madre habrá tenido sus errores,
pero la madre de Teodoro.”
“No… comparar los errores de mi madre
con los de esta esta señora es de migrante…
Teodoro no merece esto”
“¿qué voy hacer?”
“Dios… ¿qué debería hacer?”
Helena no podía pensar con claridad,
por lo que solo mirando al cielo prenso
en lo siguiente:
“¿Me pediste que sacara a Teodoro de aquí,
verdad?”
“Si ese es el caso, entonces… sacaré a Teodoro de
aquí, y lo llevaré a Vermont…”
“Pero, Dios, ¿puedo preguntarte algo…”
“Dime por qué me siento abandonada”
“Extraño a mi madre, sé lo que siente Teodoro…
Galton me dijo que mi madre murió…
y ahora la madre de Teodoro también se fue…”
Ella habló en voz alta en medio de la oscuridad,
mirando la luz de las estrellas.
—Dime, Dios, ¿por qué tenemos que pasar por esto?,
qué culpa tenía mi madre, qué culpa tiene Teodoro…
¿Por qué nos elegiste?, solo soy una estúpida, ¡idiota!
¡No sé nada de nada!, me molesta no saber nada….
—Esto es demasiado….
—Solo quiero volver a casa….
—Solo quiero ver a mi mamá de nuevo…
—Dios, ¿qué hice yo…
—¡Qué hizo Teodoro!
—¡Por qué!
—¿Por qué me siento así…
—¿Por qué me haces llorar
—¿Por qué me trajiste a Lisboa
—Ya pasaron casi meses desde que intento
vivir sin pensar en lo que perdí…
Yo no puedo…
No puedo… Tengo miedo…
Helena se arrodilló tras haber dicho esto,
quebrándose en el suelo. Sentía una profunda tristeza
al enfrentar la verdad: Teodoro vivió engañado por 4 años.
No podía decirlo, y además se sentía culpable
por su destino…
También estaba dolida por su luto.
Ella no sabía nada. No sabe ni
por qué está aquí realmente.
Solo tiene dieciocho años.
No tiene padre ni madre, ni hermanos.
En un país extranjero, sin dinero.
Sola.
Esperando apenas algún consuelo.
No sabe cómo expresar lo que siente,
mucho menos pedirlo.
Pero el camino se iluminó
como una señal del destino.
Helena levantó la vista
y vio que parecía que Dios la había iluminado
por medio del brillo de la luna,
mientras las nubes daban sombra
a un camino perfecto.
Y una voz familiar dijo:
—Helena, ve por Teodoro.
Helena se levantó, se secó las lágrimas,
miró al cielo y en silencio dijo:
—Teodoro, tú eres un muchacho maravilloso…
Te voy a sacar de este infierno
y te llevaré conmigo…
solo tenme paciencia
si soy medio estúpida…
No…
Lo cierto es que solo soy estúpida contigo…
Helena corrió,
con gran impulso,
en dirección a Lisboa mientras que el brillo de la luna
se disipaba, para abrirle paso al brillo del amanecer.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com