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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 57

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Capítulo 57: Todos los caminos conducen Vermont

⚠️ ADVERTENCIA DE CONTENIDO ⚠️

🕯️💔🧠

El siguiente capítulo contiene referencias a situaciones delicadas,

especialmente relacionadas con vulnerabilidad emocional.

No se busca el morbo ni la explotación de estos temas.

Todo lo narrado es ficción.

Se recomienda la discreción del lector.

📝 NOTA DEL AUTOR 📝

🤍📖🛠️

Perdón por la ausencia de estos días.

Tenía previsto subir este capítulo antes,

pero estuve delicado de salud y no pude hacerlo.

Además, he estado trabajando en la adaptación

del Capítulo 1 para Global Comics,

corrigiendo errores de escritura y mejorando la narración.

Era necesario hacerlo antes de continuar.

A partir de ahora, los capítulos que estén

completamente cerrados en narrativa

tendrán un checkpoint ✅ , lo que significa

que no volverán a modificarse.

Este capítulo es largo a propósito.

Existe la posibilidad de que el lanzamiento en Global Comics

y el próximo anuncio tarden entre 4 y 7 días.

Es mi primer proyecto en este formato

(y también mi primer Toon),

así que agradezco mucho su paciencia.

Gracias de corazón por leer y acompañar esta historia.

💙✨

___________________________________________________

En el otro lado del mundo, Kamei-san y Jack aún cruzaban

el mar de China en un viaje largo y agotador.

Junto a ellos iba Yeon-Shil, la última Hierofante,

en un viaje sin retorno.

La niña coreana, el hombre de origen incierto y el último

ancestro del Astro avanzaban tras enfrentar tormentas

violentas que habían retrasado su curso más de lo previsto.

El motor del pequeño bote rugía de manera irregular, y el

vaivén constante del mar se volvía cada vez más fatigante

con el paso lento y continuo de los días en alta mar.

Kamei-san observó el horizonte durante unos segundos antes

de hablar, con la mirada fija en la línea distante del mar.

—Francamente… había olvidado lo horrible que era cruzar

el mar de China de esta forma tan precaria y prolongada.

Hizo una pausa y respiró hondo, dejando escapar el cansancio

acumulado por los días inciertos sobre el agua.

—Tampoco recordaba cuántos días toma un viaje así. Y con

este botecito a motor… —negó con la cabeza— me agota no

saber cuándo llegaremos realmente a nuestro destino.

Jack, pálido y apoyado contra un costado de la embarcación,

respondió con la voz algo quebrada por el mareo persistente:

—No lo sé… pero ya llegaremos, no te preocupes demasiado.

Se llevó una mano al estómago y cerró los ojos un instante,

intentando mirar hacia el mar para intentar calmase.

—Aunque ahora mismo… —tragó saliva— tengo náuseas.

Creo que voy a vomitar. Dios…

El mar quedaba lejos, pero sus ecos parecían alcanzarlos igual.

Al otro lado del mundo, en Vermont, Nuriel, Adelaida y Dánae

transcurrían un día rutinario, aunque cargado de una atmósfera

incómoda.

Adelaida se mantenía distante, con los brazos cruzados.

Nuriel tampoco decía nada. Desde su última conversación,

ella no había vuelto a dirigirse a él, salvo para mencionar,

casi sin mirarlo, que Nuriel había tenido varias pesadillas

desde aquella noche.

Nuriel permanecía en el establo. Adelaida, por su parte,

solo intentaba despejarse sentada en una de las torres

que precedían aquella puerta.

Parecía que la convivencia amorosa de aquellos días

se había ido junto con Jack y Kamei-san.

Ambos sabían lo que realmente sentía el otro, y aun así

no encontraban la forma de ayudarse sin hacerse daño

por ignorancia. Sabían qué decir, pero también que las

palabras no serían suficientes para comprender lo que

el otro sentía, ni para calmar la angustia sin parecer

hipócritas o pretenciosos.

La joven Dánae observaba todo en silencio y solo pensaba:

“Pude escucharlos. No todo, pero lo suficiente.

Creo que puedo entender a Nuriel, aunque no del todo”

“Quería proponer que comiéramos juntos, pero cuando

vine a verlos, vi a Nuriel quebrarse y hablar de cuánto

le dolía no soportar lo que sentía”

“Tal vez sea egoísta pensarlo así… no sé por lo que pasó,

pero no es el único que viene de una guerra”

Pero ella era diferente. En lugar de intentar imponer una idea

moralista, hizo algo mejor: acompañarla y esperar.

Desde el suelo subió con cuidado hasta la torre donde estaba

Adelaida. Le costó llegar, y cuando lo logró, Adelaida no dijo

nada; permanecía en silencio.

Aun así, Dánae intentó conversar, tal vez solo para comprender

algo tan complicado para ella. No era que no lo sintiera, sino

que, cuando se tiene a alguien que no juzga —como Jack— y no

se conoce del todo la sociedad humana, esos conceptos casi

no existen.

—¿Puedo preguntarte algo, Adelaida?

Ella tardó un segundo en responder.

—¿Qué cosa?

Dánae dudó antes de continuar.

—He estado pensando en algo.

Jack solía mencionar un término llamado… sufrimiento.

¿De verdad eso puede cambiar a una persona?

Adelaida no respondió de inmediato.

Miró hacia otro lado, como si buscara las palabras.

—Sí —dijo al fin—. Todos cargamos con algo de eso.

Pero no todos lo enfrentamos igual.

Algunos lo usan para buscar algo mejor.

Otros… se vuelven más duros.

Dánae guardó silencio, mirando hacia las escaleras.

—¿Tú crees que Nuriel estará bien?

Adelaida bajó la mirada.

—Ya no lo sé —admitió en voz baja—.

Creo que ahora soy yo la que no logra entenderlo del todo.

Respiró hondo.

—A veces me pregunto qué piensa mi hermano de mí.

Luego esbozó una sonrisa débil, casi defensiva.

—Olvídalo. No importa.

Estoy diciendo tonterías.

Se giró un poco y señaló lo que tenía enfrente.

—Lo siento, Dánae. La verdad es que no sé cómo

responder a esa pregunta. Siento que, si lo hiciera,

estaría siendo una… olvídalo. Estoy diciendo tonterías.

—¿Tonterías? —preguntó Dánae.

—Sí, Dánae. Tonterías. De mi boca solo salen

tonterías… —dijo Adelaida, intentando no demostrar

que, más que no saber responder, en realidad no

sabía cómo sentir sin lastimarse.

El viento soplaba entre el bosque y resonaba contra la entrada,

oscuro y pesado, como si el lugar comprendiera el peso de

estar fuera del mundo. Antes de llegar a Vermont, cada uno

había tenido una vida distinta, y algunos cargaban con ecos

que no se apagaban. Helena era una de ellas, aunque aún no

comprendiera del todo lo que significaba abrazar su abismo.

En Lisboa, donde ahora nos ubicamos, esos ecos tomaban

otra forma.

Helena estaba soñando. O eso parecía, aunque nada era claro.

Se encontraba en medio del mar, flotando sobre aguas negras

y densas.

El cielo, completamente apagado, no tenía luna

ni sol, solo una oscuridad uniforme que lo cubría todo.

Apenas sentía su propio cuerpo, como si no le perteneciera.

El desgaste emocional de haber corrido desde Odivelas hasta

Lisboa era tal que ni siquiera en el sueño lograba pensar

con claridad. Todo se sentía lento, distante, casi ajeno.

Entonces, en medio del mar oscuro, apareció una mujer con

un bebé en brazos. Helena tardó en reconocerlos.

Era su madre. Y el niño era su hermano, muerto hacía años.

Al verlos, pensó de inmediato:

Solo hay dos opciones.

O la muerte viene por mí.

O simplemente ya me volví loca.

La mujer se acercó flotando, hasta quedar frente a ella.

Se inclinó, casi arrodillándose, y acercó su rostro al suyo.

—Tienes que ir por Teodoro, corazón.

Después de eso, Helena despertó sobresaltada.

Había dormido demasiado.

La luz del mediodía le golpeó los ojos

y tardó unos segundos en entender dónde estaba.

El cuerpo le pesaba como si no hubiera descansado

en absoluto. Entonces notó que no estaba sola.

Un hombre la observaba con cautela.

—¿Señorita, se encuentra bien?

—Sí… disculpe… —respondió, incorporándose

de golpe—. Ah, sí.

La desorientación no se disipó. Había corrido

toda la noche,

No pensaba con claridad.

Corría, avanzaba, cumplía…

pero no sentía que estuviera yendo

a ningún hogar.

Algo en ella comenzaba a apagarse.

Tal vez porque, sin darse cuenta,

estaba abrazando su propio abismo.

Metió la mano en el bolsillo y sacó

los orbes de la creación. Los sostuvo

un momento, observándolos en silencio,

con una melancolía pesada. Sabía lo que

tenía que hacer. Tenía en sus manos

aquello que debía hacer.

Y aun así, su mente seguía lejos.

En las favelas.

En lo que pudo hacer antes de todo esto.

Después de leer la carta de Teodoro y la que había escrito su madre,

Helena no pudo dejar de pensar en lo peor. Más allá de las palabras,

lo que la mujer había hecho de forma inconsciente lo relacionaba,

en su mente, con su padre biológico y, tal vez —solo tal vez—,

con ella misma, por haber dejado a Teodoro en manos de otros.

La determinación que había reunido con tanto esfuerzo comenzó

a desmoronarse. No era alguien que tomara decisiones abruptas

sin detenerse a enfrentar lo que sentía, pero esta vez el peso

era distinto.

En su mente, como ecos persistentes, se repetía:

“Debí llevarme a Teodoro. Creí que dejarlo con alguien más

sería lo más prudente… pero ahora, con esto, pensará que

lo abandoné. Y, al pensarlo mejor, creo que eso fue

exactamente lo que hice”

“Creo que hice lo mismo que su madre….”

Helena miraba el suelo con pesadumbre. En cierto punto

de la vida, las personas suelen juzgar con facilidad

cuando se trata de decisiones: amor, trabajo o la vida.

Lo que a menudo olvidan es que no todos piensan al sentir.

Personas como Helena sienten más de lo que piensan,

y cuando intentan pensar, ya están desbordadas por dentro.

En ese momento, Helena no estaba procesando la situación.

Procesar no era entender, sino decidir a partir de ello,

y eso era lo que no podía hacer en ese instante preciso.

No porque fuera incapaz, sino porque nunca fue alguien

que se protegiera de lo que sentía cuando algo dolía.

Helena no era especialmente inteligente en lo práctico.

No calculaba consecuencias: las cargaba sin cuestionarlas.

Por eso estaba allí, en el suelo, culpándose sin razón.

Se reprochaba no haber entendido antes ni haber ayudado

a Teodoro cuando debía. En su mente, sus decisiones

parecían haber contribuido al daño que otros causaron.

Era un pensamiento injusto, pero demasiado familiar para ella.

Ese patrón la acompañaba desde las favelas, cuando sostuvo

a su madre y a su hermano con lo poco que tenía entonces.

Siempre había sido así: sentía primero y pensaba después.

Y cuando pensaba, solo veía lo que tenía justo enfrente.

Delante de ella había un bar.

En momentos de estrés, Helena sabía algo con certeza:

el alcohol silenciaba mejor que cualquier razonamiento.

Revisó sus bolsillos casi por instinto y recordó el dinero

del cuarto de la nona, guardado por si faltaba comida.

Lo sostuvo un momento más de lo necesario entre los dedos.

—Bueno… —murmuró—. Un trago no me hará mal para despertar.

Entró a la taberna. Aún no habían abierto; solo limpiaban

para recibir a los clientes cuando llegara la mañana.

Al abrir la puerta, una voz grave la detuvo de inmediato.

—Jovencita, es muy temprano. Todavía no abrimos.

—Por favor… ayúdeme —dijo Helena, con voz temblorosa—.

Solo quiero vino… no, mejor coñac. Necesito beber algo.

El hombre la observó con recelo, evaluando su estado.

—¿Estás bien?

—No —respondió ella, dejando caer los hombros—.

No estoy bien… para nada.

Dejó todo su dinero sobre la barra sin decir más.

—Por favor… dame la botella. Todo lo que tengas.

Solo quiero olvidar por un momento lo que debo hacer…

El tabernero suspiró. Había visto esa mirada antes.

Sin decir nada, dejó la botella de coñac frente a ella.

Helena miró el vaso con los ojos completamente vacíos.

Bebió.

Bebió otra vez.

Y siguió bebiendo.

Cambiando de escenario, nos ubicamos en la misma Lisboa,

en Avenidas Novas, dentro del departamento de Joaquim.

Él había terminado de desayunar y se retiró de la casa.

El sonido de la puerta al cerrarse quedó suspendido unos

segundos antes de que el silencio se asentara por completo.

La sirvienta permaneció de pie un momento más, ordenando

la mesa y recogiendo los platos con movimientos lentos.

El sol de la mañana entraba por la ventana, tibio y sin apuro.

Cuando terminó, se permitió sentarse. Apenas apoyó el cuerpo

en la silla, una voz rompió la quietud del lugar.

—Te sentaste —dijo Teodoro, con un tono sereno.

Ella se sobresaltó.

—Ah… lo siento. No debería haberlo hecho.

—No —respondió él enseguida—. No era un reclamo.

Solo… lo escuché.

Ella dudó, mirando alrededor, como si Joaquim pudiera

aparecer en cualquier momento desde alguna habitación.

—Es que esta es la casa del señor Joaquim.

No está bien que me siente así.

—Pero ahora no está aquí —dijo Teodoro,

con una leve sonrisa que se notaba en la voz—.

Además, no haces ruido cuando te sientas. Eso es raro.

Ella dejó escapar una exhalación corta, casi como una risa.

—Está bien… solo un momento.

Se acomodó con cuidado. La casa volvió a quedar en silencio,

interrumpido apenas por el canto lejano de algún pájaro.

—No te preocupes —dijo ella al cabo de un rato—.

Tú vas a estar bien aquí. Mi mamá también va a venir

más tarde. Oyó que eras de la familia del señor Joaquim

y quería traerte unas galletas.

—Gracias —respondió Teodoro—.

Eso suena… amable.

El tiempo siguió avanzando sin prisa alguna dentro del lugar.

La luz cambió apenas de ángulo, y el calor comenzó

a sentirse más denso en el interior de la casa.

—Oye… —dijo Teodoro, tras un largo silencio—.

¿Sabes leer?

—Más o menos —respondió ella—. No muy bien.

—Está bien —dijo él—. Yo tampoco leo como antes.

Ella lo miró, confundida por la respuesta.

—¿Y entonces por qué me preguntas eso…

si tú eres ciego?

Teodoro sonrió.

—Porque antes alguien me leía.

Helena. Me leía libros, cuentos… cualquier cosa.

No importaba qué fuera en realidad.

Su voz se volvió más baja, casi cuidadosa.

—Era muy buena conmigo.

El silencio que siguió fue distinto, más pesado que antes.

La sirvienta no supo qué decir ante esas palabras.

—Ella va a venir por mí —añadió Teodoro,

con una seguridad que no pedía explicación—.

Aunque no sepa dónde estoy.

—¿Cómo va a encontrarte —preguntó ella—

si no sabe dónde estás?

Teodoro inclinó un poco la cabeza.

—No lo sé —susurró—.dijo con una sonrisa pícara

pero al mismo tiempo con miedo al no saber si eso

se cumplirá en realidad.

Las horas pasaron sin que nadie las contara con cuidado.

El sol comenzó a retirarse lentamente, y la casa se llenó

de sombras largas cuando Joaquim regresó al anochecer.

La tarde terminó de apagarse sin que nadie lo notara.

Cuando Joaquim volvió a la casa, la luz ya era baja

y el aire olía a comida recién hecha en la cocina.

La sirvienta le sirvió la cena en silencio, sin mirarlo.

Él tomó el primer sorbo de café, mezclado con whisky,

y recién entonces decidió hablar con calma.

—Gracias, jovencita —dijo—. Mañana es tu descanso,

¿recuerdas? Mañana también será el mío.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Déjame a solas con el joven Teodoro.

Hay cosas de las que tenemos que conversar.

—Está bien, señor —respondió ella—.

Y… dejo la botella aquí.

—Perfecto.

La joven se preparó para irse. No vivía en aquella casa

y, antes de cruzar la puerta, se detuvo un instante.

—Buenas noches, Teodoro.

—Buenas noches —respondió el muchacho.

La puerta se cerró.

El sonido seco resonó más de lo esperado en la casa.

Durante unos segundos, nadie habló.

—Tío Joaquim… —dijo Teodoro al fin—

¿por qué me trajiste aquí?

Dudó, como si la pregunta no fuera suficiente.

—Tío… ¿puedo preguntarte algo más?

Joaquim levantó la vista.

—¿Qué pasa?

—Ella… —Teodoro tragó saliva—

¿no va a dormir aquí esta noche?

—No, Teodoro. Ella tiene su propia casa.

—Ah… —murmuró—. Está bien.

Joaquim sonrió con una ironía apenas disimulada.

—¿Qué? ¿Pensaste que eras como tu Nona?

Esa mujer sí vivía en tu casa, ¿no?

—Sí… —respondió Teodoro, nervioso—.

Vivía en mi casa.

El silencio cayó entre ambos, espeso, incómodo.

Teodoro respiró hondo antes de volver a hablar.

—Tío… ¿puedo hacerte otra pregunta?

—Dime.

—¿Tú sabes dónde está mi mamá? —preguntó—.

¿Dónde está mi mamá…?

La pregunta inquietó a Joaquim.

Aunque pudiera parecer algo que Teodoro debía saber,

lo cierto es que el tema de su madre no se había tocado antes,

no después de tantos meses de silencio.

Y, a diferencia de otros miembros de la familia,

Joaquim no tenía tacto con las palabras.

No respondió de inmediato.

Se limitó a mirarlo con una expresión dura, penetrante.

Y aunque Teodoro era ciego,

pudo sentir ese peso sobre sí:

una mirada cargada de algo más que silencio,

tal vez de molestia,

tal vez de ira contenida.

Por otro lado, Helena seguía en el bar.

No podía pensar.

Lloraba, bebía, reía sin saber bien por qué.

Su ánimo se desarmaba con cada trago que tomaba.

A ratos se levantaba y bailaba torpemente con hombres,

como si el cuerpo se moviera solo, sin voluntad.

A ratos regresaba a la mesa y se doblaba sobre sí misma,

apoyando la frente en los brazos, exhausta.

Uno de los hombres que la había invitado a bailar

la condujo hacia los baños junto a la cantina.

Mientras él se aferraba a su cuerpo y le susurraba

palabras vacías, Helena comenzó a ceder.

La ebriedad la había vuelto torpe, ajena a sí misma.

Pero cuando él intentó besarla, algo se quebró.

Los recuerdos llegaron sin aviso, nítidos y crueles.

Pensó en por qué, teniendo todo para irse,

no había ido en busca de Teodoro.

Y entonces solo una imagen se impuso sobre todas.

Teodoro la estaba esperando.

Helena reaccionó como pudo, intentando mantenerse consciente

en medio de la ebriedad que le nublaba los sentidos.

—Déjame… ya suéltame —murmuró primero, con la voz rota

por el alcohol y una desesperación mal contenida.

El hombre no la soltó, ni siquiera cuando ella volvió a pedirlo.

—Por favor… ya suéltame… ahora no —insistió—,

no… no, no… papacito, por favor… ahora no.

Pero esta vez no fue como antes, algo en ella se quebró.

Helena apretó el puño con la poca lucidez que le quedaba

y lo golpeó con fuerza directa en la cabeza.

El impacto fue seco, brutal; el hombre cayó al suelo

sin reaccionar, como un peso muerto.

—Te dije que no, mierda —escupió ella, respirando agitada

mientras el temblor le recorría el cuerpo.

El cuerpo quedó inmóvil, y el silencio se volvió espeso.

Aún mareada, Helena lo miró un segundo desde el suelo

y murmuró con desprecio apenas audible.

—Borracho imbécil.

Salió del baño tambaleándose y regresó a la barra

como si el cuerpo se moviera solo.

Se dejó caer en el taburete junto al cantinero, exhausta.

—Otra botella… por favor —pidió con la voz áspera,

raspada por el llanto y el alcohol.

El hombre negó despacio, sin alzar la voz.

—No, niña. Ya tomaste demasiado.

Has estado aquí todo el día.

—Ni siquiera habíamos abierto —continuó—

y ya estabas bebiendo sin parar.

—Solo un poquito más… —suplicó Helena,

con los ojos brillosos y vidriosos.

—Por favor… solo un poquito…

El cantinero la observó con calma, sin dureza ni juicio.

—¿Y por qué estás así, eh?

Todo el día bebiendo…

—Cuéntame. Capaz te calma un poco,

aunque capaz te dan más ganas de beber.

—Eso sí… bebes como marinero.

Todavía no entiendo cómo sigues de pie.

Helena sonrió de lado, cansada hasta los huesos.

—Porque no puedo caerme —murmuró—,

si me caigo… no me levanta nadie.

Bebió otro trago, esta vez más lento, casi con cuidado.

—Estoy cansada… —continuó en voz baja—,

de ser fuerte todo el tiempo.

—De fingir que no duele.

Se miró las manos y las giró despacio,

como si ya no le pertenecieran del todo.

—A veces me olvido de que todavía soy una chica —dijo,

con un pudor cansado que apenas pudo ocultar—.

—Aquí nadie te deja serlo.

Golpeó la barra sin fuerza,

más por torpeza que por rabia contenida.

La madera crujió bajo el impacto

y unas astillas se le clavaron en la piel.

—Ay… —susurró, retirando la mano enseguida—.

Mira qué tonta soy…

El cantinero frunció el ceño, atento.

—Oye, cuidado.

—Perdón… —respondió Helena rápido—.

No quise.

Soltó una risa nerviosa,

limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—No sirvo para estar quieta —añadió—.

Si me quedo quieta… pienso.

La risa se apagó de golpe.

—Los extraño… —dijo en voz baja—.

A mi mamá.

A mis hermanos.

—No pude decirles adiós.

Se abrazó a sí misma, encogida,

como si el cuerpo buscara protegerse solo.

—Yo pensaba volver…

Siempre pensé que iba a volver.

Las lágrimas cayeron sin ruido alguno.

—¿Sabes qué es lo peor?

Que no hice nada malo…

—Y aun así lo perdí todo.

Bebió en silencio, sin levantar la mirada.

—Lo único que me queda es Teodoro…

El nombre le aflojó el pecho de inmediato.

—Es raro… —sonrió apenas—.

Cuando lo digo…

—Suena a te adoro.

Rió bajito, avergonzada.

—Te adoro, Teodoro.

Qué cursi… —negó con la cabeza—.

—Pero suena bonito.

El cantinero la miró de reojo, curioso.

—¿Quién es?

¿Tu novio?

Helena negó despacio, sin levantar la mirada del vaso.

—No… —respondió al fin—.

Ojalá fuera tan simple.

Miró el líquido oscuro, como si buscara algo en él.

—Es… distinto.

No me mira como los otros.

Apretó los labios antes de continuar.

—Con él no tengo que fingir nada.

Se encogió de hombros,

como una niña sorprendida en falta.

—Y eso… asusta un poco.

Tomó otro trago y sonrió entre lágrimas contenidas.

—He conocido hombres altos, fuertes…

de esos que entran a un lugar y todo se calla.

Hizo un gesto vago con la mano.

—Imponentes, ¿sabes?

Pero él… él no.

Frunció el ceño, buscando las palabras correctas.

—Él es… puro.

Y ya. No hay razón.

Respiró hondo.

—No debería quererlo…

y lo quiero.

Negó con una risa breve, quebrada.

—Yo no soy así.

Esto no me pasa.

Se llevó una mano a la sien.

—Creí que controlaba la situación,

que estaba siendo buena…

—Que todo estaba bien.

La voz se le apagó.

—Y ni siquiera estoy pensando.

—Nada está bien.

¿Y si le hago daño?

—¿Por quedarme…

o por irme?

Cerró los ojos.

—¿Y si solo existo

para arruinarle la vida a Teodoro?

De pronto Helena soltó una carcajada exagerada y rota.

—¡Ajajajaja! Bueno… —se limpió la nariz—.

Pero tengo que admitir algo.

Apoyó el codo en la barra, hablando sin filtro.

—Es bonito. Me gustan los hombres pecosos,

ojos claros, labios rojitos, cabello rizado…

Hizo un gesto amplio, casi teatral.

—Como salido de un cuento de hadas.

Ridículo, ¿no?

—Vaya —dijo el cantinero—.

Entonces sí estás enamorada.

—…

—¿Y por qué no estás con él?

Helena suspiró largo, como si pesara años.

—Bueno… no creo que sea por la edad.

Tengo dieciocho… y él catorce.

Se encogió de hombros.

—Da igual, ¿no?

El cantinero escupió el whisky.

—¿¡Qué!? ¿Es menor que tú?

—Bueno… al menos creo que le gusto un poquito

—rió ella—. ¿Y cómo no?

Se señaló a sí misma, medio en broma.

—Mírame… soy un postre de chocolate.

Se detuvo de golpe.

—No… eso decía Cintia… una amiga.

La voz se le suavizó.

—La extraño. Ojalá no le esté yendo mal.

Bebíamos juntas después del trabajo…

Miró el vaso, ida.

—Los hombres nos trataban bien

porque íbamos juntas…

—Cintia… —repitió—,

y la voz se le quebró.

Lloró otra vez. Esta vez sin sonrisa.

—No sé dónde está… —murmuró—.

Soy una idiota.

Apretó los labios.

—La dejé sentada. Me fui un momento…

solo un momento… y desapareció.

Alzó la vista de golpe.

—¿Cómo voy a encontrar a Teodoro?

El cantinero la miró sin saber qué decir.

Helena se agarró la cabeza con fuerza.

—Soy tan estúpida…

De pronto abrió los ojos.

—Espera… ¡soy una idiota!

Golpeó la barra, entusiasmada.

—Tengo el Orbe de la Creación.

¿Cómo no voy a encontrarlo?

—Niña, escucha… creo que deberías ir a casa

—intentó decir él.

—Ya no tengo casa —respondió firme—.

Pero si te soy sincera…

Sonrió torcida, peligrosa.

—No sé si es el alcohol o qué,

pero tengo la tanga bien puesta.

Se enderezó, tambaleante.

—Esta vez voy a arriesgarme.

Como siempre.

Respiró hondo.

—El amor no era para mí.

Pero con él… lo cambia todo.

—Volví a sentirme una niña otra vez…

algo que había olvidado.

—Tal vez sea la única persona

que no me va a juzgar.

Sonrió, incrédula.

—Tal vez sea el único…

y el nuevo hogar al que quiero ir.

Se rió bajito, sin saber si creerlo.

—Si me dieran dos opciones… regresar a lo que fui o quedarme

con Teodoro… —negó con la cabeza—. Elegiría a Teodoro

sin pensarlo.

El ruido del bar chocaba con el silencio dentro de su mente,

dos fuerzas opuestas coexistiendo sin tocarse del todo.

Helena permanecía callada, sentada, mirando su vaso.

Dentro de ella, una guerra intentaba obligarla a levantarse

o a aceptar aquello que llevaba tiempo escondiendo.

“Soy una puta. No conozco nada más”, pensó sin rodeos.

“Estos meses fui feliz porque mi sueño era simple:

vivir en un lugar que no oliera a humedad”

Apretó el pecho con la mano.

“Y cuando por fin lo tuve, antes de esta tragedia,

también me lo quitaron”

Respiró hondo.

“Pero aun así… ya no me siento como una puta.

Y aunque solo fueron meses, siento que fue una vida”

Las imágenes regresaron sin permiso.

“Me arrancaron de mi hogar. Me castigaron por desear.

Crucé el océano. Casi me matan tres veces”

Levantó la barbilla.

“No conozco a nadie más dura que yo.

¡Y sigo aquí!”

Los dedos temblaron.

“¿Y ahora me voy a acobardar? ¡No!”

—¡No! —dijo Helena, poniéndose de pie de golpe,

como si dictara una sentencia.

En su mente luchaban la culpa y la evasión,

pero una tercera voz se alzó: el deber.

“Antes era una niña. Solo queríamos algo mejor.

Y ustedes, borrachos de mierda, juzgando a mi madre

y a mí todo el tiempo”

La rabia subió.

“¿Quiénes eran para juzgar?

¡Los hombres como ustedes nos arruinaron la vida!”.

Golpeó la barra.

“Nos decían que no éramos mujeres,

y luego nos usaban para hablar mal de nosotras”

La voz se le quebró, pero no cedió.

—Es hora de hacerme responsable de lo que soy.

Y sí, soy estúpida, bruta, imbécil. ¿Y qué?

Alzó la voz, ebria y firme.

—¡Y sí, me gusta Teodoro! ¿Y qué?

¿Me van a juzgar?

Los ojos le ardían.

—Yo lo amo. Lo amo.

Y porque amo… lo voy a sacar de aquí.

Respiró con dificultad.

—Le voy a enseñar qué es el amor.

Su voz tembló.

—El amor no es lo que tengo entre las piernas… es lo que me enseñó

mi madre. Mi tía. Cintia. Mis hermanos. —Se señaló—.

Y ahora voy por el último amor que me queda.

Ustedes tienen una vida… yo no.

Gente como nosotros no se queja.

Porque si nos quejamos se burlarán de nosotras.

Alzó el mentón.

—Yo abrazo lo que soy. Mi nombre es Helena Carvalho.

Y el Dios que está en los cielos me nombro.

con un título digno de una novela el Santo de la Luz.

Dejó unos billetes sobre la barra. Lo último que tenía.

—Toma. Me llevo la botella. Voy a buscar a Teodoro.

Voy a decirle cuánto lo amo… porque sí, lo amo. Y qué.

Esta vez no hay excusas. Ya no tengo miedo —dijo,

riendo entre lágrimas.

—Voy por ti mi amor—dijo mientras reía por el sabor del vino

El cantinero solo pensó, mirando la puerta abierta:

“Esa mujer tiene más de un problema” “bueno al menos pago”

Helena salió tambaleándose del bar, arrastrando los pies.

El aire frío la golpeó, pero no logró despejarla.

Buscó en sus bolsillos sin cuidado, torpe, desordenada,

más guiada por la ansiedad que por la memoria.

—A ver… a ver… tranquila… —murmuró—.

No puede ser que me falten los orbes…

Se sentó en el suelo y bebió otro trago sin pensar.

—Piensa… recuerda… mierda.

Lanzó la botella lejos, frustrada.

—¡Esta mierda no ayuda!

El alcohol no me deja pensar.

Entonces una idea la atravesó, confusa y mal armada.

Los orbes.

La mochila de Teodoro.

Las cartas.

—Los enterré… —susurró—.

En Odivelas… ¿o no?

No estaba segura.

La ebriedad mezclaba recuerdos con suposiciones.

—Dios… ¿por qué los enterré?

¡Qué estúpida soy!

Se puso de pie con dificultad.

—No… no puedo permitirme esto.

Voy a luchar por mi macho…

Rió, borracha, sin notar lo quebrada que sonaba.

—Voy por ti, corazón.

Espérame… amor.

Rió sola.

Dio un paso más, como si fuera a seguir caminando,

pero el cuerpo ya no respondió.

Las fuerzas la abandonaron de golpe

y cayó al suelo, indefensa.

Allí quedó, respirando lento, vencida,

con el nombre de Teodoro aún en los labios,

hasta que el sueño la atrapó.

Mientras tanto, Teodoro seguía frente a su tío.

Joaquim sostenía la copa, sin beber,

la mirada fija en un punto inexistente.

—Teodoro… hablar de mi hermana

sería como hablar de Judas…

El silencio se volvió espeso.

—Pero hay cosas que ya no se pueden ocultar.

Levantó la vista, por fin.

—Y si vas a quedarte aquí,

mereces saber la verdad.

Teodoro contuvo el aliento.

El pasado estaba a punto de abrirse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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