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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 58

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Capítulo 58: Que pude hacer hecho

⚠️ Advertencia

Este capítulo contiene temas delicados y explícitos.

Se abordan experiencias de abuso infantil con el debido

respeto y cuidado.

No soy un experto en estos temas.

Si has vivido algo similar, te pido discreción al leer o,

si lo consideras mejor, que saltes este capítulo

para no incomodar tu experiencia. 🤍

📝 Nota de autor — resumen honesto de una semana y media 💻

Si tuviera que resumir estos días en una palabra, sería: caos.

Un maldito virus entró a mi computadora y lo arrasó todo 😓💥

No sé cómo llegó, no sé qué descargué, solo apareció y ya.

Tuve que formatear la máquina por completo 🧹⚙️

Perdí fotos, perdí archivos Word y varios capítulos guardados.

También la adaptación al cómic que ya estaba reavanzada 🎨📄

Sí, pude usar la nube, pero preferí confiar en mi computador.

Error mío. Todo lo avanzado… puff, desapareció ☁️❌

La historia estaba muy adelantada, pero toca empezar de cero.

No publiqué antes porque necesitaba enfrentar este capítulo 🔄📘

Aquí ocurre un punto de inflexión grande dentro de la trama.

Y, como he dicho antes, no soy experto en estos temas 🤍

Estudié mucho para hacerlo lo más limpio y respetuoso posible.

No pretendo ofender a nadie con lo que aquí se narra 🙏

Gracias, de corazón, por seguir leyendo y acompañarme 💙✨

_______________________________________________________________

El sonido chispeante de una fogata sencilla se escuchaba

desde la distancia. La leña se apilaba; el calor típico,

ese que es necesario para poder pasar la noche afuera.

Y sentado, podemos ver a un inmortal.

Miraba fijamente al ángel que lo acompañaba.

Cerca de él corría un río.

Allí habían pescado su cena.

Mientras este hombre come, lo primero que le dice

al ángel es lo siguiente:

—Dime la verdad…

El ángel no reaccionó de inmediato.

Galton no apartó la vista de él.

—Helena no es la única, ¿verdad?

—¿De qué estás hablando?

—preguntó el ángel.

Galton habló sin elevar el tono.

Como si no hiciera falta.

—Puede que esto sea solo una especulación mía…

pero algo me dice que Kamei-san ha salido

de Vermont. ¿Cierto?

El ángel sostuvo su mirada.

No negó. No afirmó.

Y el silencio, por primera vez,

se sintió como respuesta.

Galton bajó la vista hacia el suelo,

como si ya supiera lo que venía, y dijo:

—Entonces es cierto.

El ángel intentó rectificarse:

—Galton, escúchame, yo—

Pero Galton lo interrumpió,

sin dureza, sin enojo:

—No estoy aquí para cuestionar lo que Dios quiere.

No pienses mal.

Si te lo pregunto, es porque no sé

si con mis acciones estoy obstaculizando

Su propósito…

…o si le estoy ayudando a obtener

lo que Él necesita para esta profecía.

Levantó la mirada.

—Lo sé… bueno, lo supe desde que dejé a Helena.

No me parece coincidencia que estén ocurriendo

cosas tan extrañas en lo espiritual.

Y tampoco me parece lógico que Dios me deje

en este lugar sin intervención…

…y aun así me permita actuar solo,

ir tras los santos, tomar decisiones

sin decirme nada.

Hizo una pausa.

—Cuando suelo equivocarme… Kamei-san

siempre está fuera.

Es como si el hilo del destino,

que se tuerce por medio de mis decisiones,

lo involucrara a él para rectificarlo.

Para devolverlo al sendero que yo desvié

por querer solo un poco más de tiempo.

—Kamei-san ha estado desde antes de todo esto,

y yo he estado ahí desde antes que tuviera ese nombre,

cuando solo era un jovencito….

“Gao-lee, cuando nuestros caminos se crucen otra vez,

te pediré perdón de rodillas….

y oraré para que Dios te regrese a Vermont”

Guardó silencio unos segundos.

—Desembocando así el propósito de Dios.

¿Me equivoco?

El ángel finalmente habló, con voz baja:

—Entonces… ¿qué piensas hacer?

Galton no dudó.

—Kamei-san se está dirigiendo

hacia el santo de la tierra.

El ángel lo miró.

No fue una mirada común.

Fue una mirada densa, contenida.

Como si el cielo lo vigilara,

no solo a Galton, sino también a los ángeles

y a lo que elegían hacer.

No respondió.

Porque Dios se lo había prohibido.

Galton exhaló lentamente.

—Dios no quiere que yo lo sepa,

¿no es cierto?

¿Te ha pedido que me calles…

o te ha pedido a ti que te calles?

El ángel no dijo nada.

—Iré hacia el santo de la tierra —dijo Galton—.

Y cuando me dirija hacia él…

tomaré mi decisión.

No pienses que no quiero el bienestar

de los santos.

De hecho… ahora estoy preocupado

por Helena.

Después de que tú y yo vimos esa cosa,

y no me quisiste decir ni siquiera qué era…

…parecía como si un muerto se hubiese bañado

en brea y hubiese emergido del infierno.

Esa cosa respiraba.

Tenía un montón de ojos por todos lados.

Es la cosa más abominable

que he visto en toda mi vida.

Y lo peor de todo…

es que parece que esas cosas me están persiguiendo.

Y si me persiguen a mí,

eso quiere decir que también deben

estar persiguiendo a Helena.

Galton apretó los dientes.

—Hay algo que tú puedes hacer por mí.

Y entonces, con la voz quebrada,

pero firme, Galton dijo:

—Por favor, dile a Helena que escape

con el santo del hielo.

Que se largue a Vermont.

Ya no importa si capturan o no

al santo del metal.

La situación está peor

de lo que pensé.

Tienen que salir de Lisboa

y, sea como sea.

Fue un error haber dejado

al santo del hielo.

Pero ya es muy tarde para regresar.

Ahora… lo único con lo que cuento

es con la ayuda de ustedes.

Galton dijo lo siguiente:

—Perdóname, por favor,

sirvo de Dios, ayúdame a reparar mi error.

—Me equivoqué, me equivoqué en todo,

no haré nada con llorar,

para mí la única forma de reparar todo esto

es buscar al santo de la tierra

y que vaya a Vermont,

pero por favor lleva a Helena este mensaje

por favor dile que corra por su vida….

El ángel lo miró diciendo:

—Dios me ha dicho que debía estar

al servicio de un hombre desorientado,

pero que era la última antorcha

de la vieja Israel.

—Estoy a tu servicio, Thiago,

hijo de Enós.

—Y el amor de Dios es tan grande

como su justicia,

y por medio de ella

es que tú sigues con vida.

—El amor de Dios ha hecho

que Helena te escuche desde aquí

y su justicia hará que tú encuentres

el santo de la tierra.

—Y no te angusties,

Helena escapará….

—Solo debes tener fe…

Pero la sensación que tenía no era un arrepentimiento

entregado. Era como cuando sabes que te has equivocado

y tienes que hacer lo correcto, pero aun así,

sabiendo lo que tienes que hacer y lo haces,

tu corazón deja de sentir cosas

y te sientes culpable por no sentir nada.

Pues aquella pesadez también podía sentirla el ángel.

Por esa misma razón, trataba de consolarlo.

Como un ángel podría hacerlo.

Si el dolor no te obliga a quebrarte,

entonces solamente tienes que aguantar,

porque en un punto Dios tocará tu corazón

y será en ese momento cuando te sentirás

insignificante ante todo lo que Él representa.

Insignificante ante tus problemas,

insignificante ante lo que tú reconoces

como tu realidad.

Porque en cierto modo, lo que nosotros hacemos

y las historias que nosotros nos armamos

para poder sentirnos como un elegido

no son más que simples fábulas

que utilizamos nosotros para engañarnos.

Y es ahí donde duele de verdad:

cuando ya no puedes mentirte,

pero tampoco puedes sentir.

De la misma forma en como en Lisboa,

este hombre se engaña a sí mismo.

27 de junio, 1964, Lisboa Portugal.

El comedor era incómodo,

a pesar de las sillas de cuero.

Era difícil de explicarse

sin caer en la especulación redundante.

El hombre ebrio, impuesto en su miseria,

dejaba que el alcohol lo adormeciera

de su cinismo inicial

y que soltara la verdad,

pero solo la verdad vista por él.

—Teodoro, mi hermana…

no siempre fue una mujer sensata.

Vivía entre la realidad y sus fantasías.

Tu madre está lejos,

ella tal vez nos abandonó….

Soltó una risa sarcástica,

pero luego la cambió por una más genuina,

una expresión de ira.

—Es natural en ella huir ya lo hizo antes,

seguro para seguir viviendo su fantasía…

El tío Joaquim miró a Teodoro

con intensa rabia por un momento,

pero luego sonrió, diciendo:

No voy a mentirte

como la Nona lo hizo contigo.

Solo puedo decirte…

que mi hermana murió.

Su voz era lenta,

cargada de alcohol.

El hombre bebió otro sorbo

y sonrió torcido.

—¿Sabes algo?

—dijo arrastrando las palabras—.

Te pareces mucho a ella.

Teodoro agachó la cabeza,

incómodo.

—De hecho, heredaste muchas cosas.

Su cabello largo…

sus rizos… las pecas.

Mi madre siempre nos comparaba.

Y ahora que te veo…

sí, eres igualita a ella.

Teodoro estaba impactado por la respuesta,

pero también tenía miedo.

Su tío no estaba hablando

como un adulto.

Joaquim dejó la copa sobre la mesa.

—¿Sabes por qué te tengo aquí?

Porque quiero conservar algo de la familia.

Algo que se perdió

cuando mi hermana se casó con ese desgraciado.

—Tu padre nunca fue buena persona, Teodoro.

Me dejó la custodia a mí.

Se quitó el chaleco,

sudando.

—Me dejó una carta —siguió—.

Decía que su hijo debía quedarse conmigo…

aunque muchos digan cosas horribles de mí.

No sé si son ciertas.

Yo no lo creo.

¿Tú sí lo crees, Teodoro?

Se acercó despacio

y susurró al oído del muchacho.

Teodoro se quedó helado.

Su corazón latía rápido.

Como una forma de evadir a su tío,

dijo casi susurrando:

—Tengo sueño…

—dijo al fin, apenas audible.

Joaquim sonrió.

—¿Tienes sueño, Teodoro?

Tranquilo. Te ayudo a ir a tu cuarto.

El hombre le tomó la mano.

Su ropa olía a licor.

Y lo guió por el pasillo

en silencio.

Joaquim lo tomó de la mano.

Pero no se dirigía al cuarto de Teodoro.

El pasillo era largo,

el silencio, pesado.

—¿A dónde vamos?

—preguntó el chico, inquieto—.

Este no es mi cuarto.

—Tranquilo, Teodoro —respondió el hombre

con voz lenta—.

Este es un cuarto especial…

para ti.

Cerró la puerta

con un clic seco.

Teodoro se paralizó.

El miedo lo congeló por dentro.

El hombre comenzó

a desabrochar sus botones.

—Me sorprende que mi hermana se haya ido —dijo—.

Siempre fue una chica dulce, alegre,

sobre todo, cuando era una niña.

Nuestro lazo siempre fue algo especial.

Teodoro tragó saliva.

—¿Tío, mi mamá de verdad

me abandonó…?

El tío lo miró

con una mezcla de compasión y malicia en su rostro.

—Sí, Teodoro.

Tu madre escapó del país.

Nunca estuvo hospitalizada.

Bueno… sí lo estuvo,

pero salió tarde.

Después del accidente.

Creo que tú la visitabas, ¿no?

Te vi una vez saliendo de su habitación.

Se acercó más,

y susurrando en su oído, dijo:

—Pero digamos que tu madre…

era una persona muy descarada.

Teodoro temblaba.

Trataba de zafarse delicadamente de su tío,

pero él lo sostuvo

con más fuerza.

El hombre lo sujetó

por los hombros.

—Tu madre me abandonó.

Y también te abandonó a ti.

Sus dedos bajaban,

botón por botón.

Este hombre abominable

estaba dejando que su corazón torcido

diera un paso más

cerca del infierno.

Teodoro con sintió

como una mano lo sostenía fuertemente

en un lugar donde nadie debería tocar.

—Tío que haces

me duele…

Teodoro sintió

que el aire se le iba.

No podía hablar.

No podía moverse.

El asqueroso aberrante respondió.

—Shhh… tranquilo, Teodoro.

No voy a abandonarte.

Tienes mucho de ella…

su inocencia, hasta cómo hablas.

Eres igual a ella,

sus pecas, todo.

Su voz se quebró

entre el licor y la locura.

—Voy a recordarla…

esta noche…contigo—susurró.

Teodoro tembló.

No podía hablar.

No podía moverse.

Solo el silencio llenaba la casa.

…

Tan solo a un par de metros del lugar, alejándonos

de la oscura habitación de Joaquín, a varias calles,

nos encontramos con Helena.

Estaba ebria, tirada en el suelo, boca abajo,

obstaculizando el paso por la vía pública.

La comunidad que transitaba por la zona se quejó

al verla inmóvil, tendida sobre el pavimento.

Fue por eso que llamaron a la Polícia de Segurança Públic,

quienes acudieron y se la llevaron bajo custodia.

La procesaron médicamente para descartar daños graves.

No había signos preocupantes. Helena estaba bien.

Como no despertaba con nada, ni siquiera con agua fría,

la trasladaron a una comisaría del barrio de Alfama.

La encerraron en el calabozo junto a otras tres personas,

dejándola bajo jurisdicción policial.

Fue detenida indefinidamente, influyó su etnia, la falta de identificación,

y un autorretrato vinculado al incidente del Atlántico Sur clasificada como

terrorista.

Tras un tiempo, Helena comenzó a recuperar la conciencia.

Despertó en un cuarto completamente oscuro.

La única luz provenía del corredor.

Dentro de la celda no había nada.

La habitación era tan oscura que parecía un calabozo,

más que un espacio de retención temporal.

Ya habían pasado varias horas desde que despertó.

—¿Dónde estoy? ¿Dónde estoy?—se dijo.

El pánico subió de golpe. Estuvo a punto de gritar.

Entonces, una voz habló con debilidad desde la oscuridad.

—No tengas miedo.

Helena se sobresaltó. No sabía de dónde venía la voz.

—¿Quién eres?—preguntó, tensa.

—¿Quién soy? Por como hablas, se nota que no eres de aquí

—Me dijeron que estabas ebria en el suelo.

—No te preocupes. Aquí no pasa nada.

En unas horas te dejarán ir.

—Si eso fue lo único que hiciste, estarás bien.

Helena no pensó. No tuvo tiempo de hacerlo.

Se incorporó de golpe.

—No tengo tiempo que perder.

Tengo que salir de aquí.

Apretó los puños. Estuvo a nada de romper el barrote.

—No hagas eso—advirtió la mujer—.

—Si haces escándalo, te quedarás más días.

—¿Más días?—respondió Helena—.

No me pienso quedar ni un minuto.

Antes de que pudiera forzar la reja,

una luz apareció en medio de la celda.

Un destello cegador se manifestó en la habitación.

Las mujeres quedaron cegadas por un instante.

Dos dormían. La tercera cayó al suelo.

Lo que había aparecido era un ángel.

El ángel se presentó ante Helena y dijo:

—Helena, ¿qué estás haciendo aquí?

—¿Y por qué no estás con Teodoro?

—Eso es lo que intento—respondió Helena—.

Tengo que salir para ir por Teodoro.

—Todo está listo. Los recursos, la salida.

No tengo tiempo para excusas.

El ángel la interrumpió, firme:

—Helena, tienes que ir por Teodoro ahora.

—Sí—respondió ella—. Eso es lo que haré.

Helena sacudió la reja con violencia,

haciendo temblar el edificio.

—¿Qué está pasando? —preguntó un guardia.

—Es abajo, señor —respondió otro.

El ángel insistió, sin elevar la voz:

—Tienes que ir por Teodoro.

Helena, fuera de sí, respondió:

—Ya cállate.

—Ustedes siempre aparecen cuando ya no es un mensaje,

sino solo decisiones llenas de ambigüedad.

—Siempre hacen lo mismo. No me sirve que estés aquí.

Yo iré por Teodoro ahora.

—Helena —respondió el ángel—.

Su presencia hizo temblar la habitación;

en el ángel se manifestaba la autoridad de los cielos.

Ella se sobresaltó. Dio un paso atrás.

El ángel habló con poder.

—Helena, hija de Luzia.

Elohim ha decretado que lleves a Teodoro a Vermont.

El santo del hielo debe ser guiado

por el santo de la luz.

Helena quiso responder:

—Eso es lo que estoy haciendo. Ahora mismo.

No me…

Pero el ángel la interrumpió.

Impuso su poder frente a la celda con violencia contenida.

La presión la hizo caer al suelo.

—Helena, tienes que ir por Teodoro ahora.

De lo contrario, el rumbo del caudal se desviará otra vez,

y por errores humanos costará más sanar el pasado.

—Desobedeciste órdenes de Dios.

Y ahora Teodoro necesita de tu ayuda.

Al oír esto, Helena, casi por instinto,

alzó la voz, temblando.

—¿Qué le está pasando a Teodoro?

Ella gritó, desesperada:

—¡¿Qué es lo que le pasa a Teodoro?!

El ángel comenzó a levitar en la habitación.

Su voz no se alteró.

—Dios ya ha decidido, ahora solo falta que ustedes decidan.

—Dios hace que el caudal del destino

siempre termine donde inició.

—El fin es solo un principio que no se contó

para evitar errores pasados.

—Pero siempre quedan ruinas.

Aunque sea para ser recordadas.

—¡¿De qué hablas?! —gritó Helena—.

¡¿Qué estás diciendo?!

—¡¿Qué le pasa a Teodoro?!

La habitación quedó completamente a oscuras.

La presencia del ángel se había desvanecido.

Y un silencio impregnó el corazón de todas las mujeres

de esa celda, como una respuesta al estrés.

Helena entró en pánico.

Sus manos temblaban. Su respiración se rompía.

Había oído que Teodoro necesitaba ayuda,

pero el ángel no le dijo toda la verdad.

Guardó el aliento y avanzó hacia la reja.

Con toda su fuerza, intentó derribarla.

El edificio comenzó a temblar por la fuerza de Helena.

—¿Qué estás haciendo, mujer? —gritó un guardia.

—¡Sácame de aquí ahora! —respondió Helena—.

¡Devuélveme los orbes!

—¿Crees que no noté que no los tengo?

¡¿Dónde están?!

—¡Señorita, retroceda! —advirtió el hombre—.

¡No me obligue a repetirlo!

Helena tiró con más fuerza.

Una soldadura del barrote comenzó a ceder

en una esquina de la celda.

El guardia entró en pánico.

No solo por su fuerza desmedida.

También por su tamaño: era muy alta

para una mujer promedio de esta época.

Y como una respuesta típica de un hombre armado,

que justifica su protección con orden, el cartucho

de su arma disparó la primera bala

dirigida a su pierna, cayendo al suelo.

—¡Quédese ahí! —ordenó el hombre—.

—¡No intente nada más! ¡Ayuda! ¡Ayuda!

Helena sintió un mar de cosas al mismo tiempo;

el disparo solo la enfureció. Además del miedo que sentía

al ver su sangre, también sentía que la vida se le iba

de las manos, y volvía a sentir el desamparo

de que tu único soporte sea el suelo con piedras

que lastiman tus rodillas.

Sintió que sus decisiones no ayudaron a Teodoro.

Tal vez lo habían empeorado.

Como en las favelas, intentaba vivir.

Aunque peligroso era su único mundo,

pero ahora, con la inmensidad del mundo,

la jovencita callejera no podía sentirse grande,

a pesar de su altura; ella se sentía diminuta ante

este mundo que la oprimía por su pasado

y por su color de piel.

Todos subestimaban la actitud que tenía,

el haber sido una puta en las favelas.

Ya no le servía en este lugar, y el de una criada tampoco.

Entonces, ¿qué era Helena? ¿Una puta, una mujer?

¿Una criada o una elegida?

El corazón le comenzó a latir con tanta fuerza que

dolía respirar.

Y en su único lenguaje del amor que ella conoce,

ella intenta aferrase a algo para no ahogarse,

de todo por lo que se avergonzaba y por sentirse culpable

por todo, aunque las decisiones que tomaban y las consecuencias

estaban fuera de su control.

Luzia, su madre; su tía, su abuela, su hermano fallecido;

Marco el último hijo que le quedaba a Luzia, Galton y… Teodoro.

El miedo activó otro don además de la fuerza divina.

Sus ojos se iluminaron.

Un destello, similar al de los ángeles,

brotó frente a ella.

Sus manos comenzaron a brillar.

No era lava. No era fuego.

Era algo distinto.

Podían verse las venas, los nervios, los huesos.

Cuando sujetó los barrotes,

el metal comenzó a derretirse.

El guardia ya había traído a tres de sus compañeros,

todo solo para ver cómo esta mujer abría la celda.

Y, presos de sus prejuicios de lo divino, el miedo

no les permitió ni siquiera intentar detenerla.

Helena salió corriendo de allí.

Subió las escaleras de dos en dos,

esquivando a los hombres desprevenidos.

Intentaron detenerla, pero no pudieron.

La fuerza divina había aumentado; cada paso

que daba debilitaba el suelo.

Llegó hasta la oficina del jefe de la comisaría.

Entró sin anunciarse.

—¿Dónde están mis cosas? —preguntó, con calma—.

Necesito los orbes.

El hombre no tuvo miedo al principio.

Al percibir que la mujer arrestada venía con intenciones

hostiles, no dudó en sacar su arma y disparó.

Pero todo cobró sentido al denotar que la bala no la impactó.

Se deshizo antes de tocar su pecho.

Helena apenas se apoyó en la mesa.

Sin querer, la partió.

—Si quieres volver a ver a tus hijos —dijo—,

dígame dónde están mis cosas.

El hombre apenas podía verla a los ojos,

temblando y dejando ver lo anciano que era al

mojar el suelo; señaló, temblando, un cajón de las oficinas.

Se encontraron pertenencias e identificaciones.

Allí estaban el orbe del metal y del hielo.

Helena los tomó y los guardó en su bolsillo.

Luego saltó desde la ventana y comenzó a correr.

La gente se escandalizaba al verla pasar:

golpeada, sangrando, corriendo con furia.

Helena no pensaba en nadie a quien lastimaría mientras corría

sin control.

El orbe comenzó a guiarla.

A un par de cuadras de distancia.

Teodoro.

—Te voy a sacar de aquí —pensó—.

No voy a dejarte en este lugar.

—No sé qué te pasa, pero estoy llegando.

Solo espero no llegar tarde.

Frente a ella se alzó un edificio enorme

con muchas ventanas, mareantes a la vista.

—Carajo… Dios mío —murmuró.

Entonces, una voz dijo:

—Tercera ventana. Segundo piso.

Helena lo tomó como una señal del cielo.

Guardó el orbe y trepó el muro

como si fuera un animal.

Los vecinos gritaban.

La policía pedía que bajara.

Helena no escuchaba.

Su mano volvió a iluminarse.

Con un golpe, derribó la ventana.

Entró gritando:

—¡Teodoro! ¿Dónde estás?

Antes de avanzar, habló en voz alta:

—Perdóname por no ir por ti antes.

Estaba asustada.

—No sabía qué hacía.

Pero ahora estoy aquí.

—No me voy a ir sin ti.

Nunca.

—Eres todo lo que tengo.

—Nos iremos lejos. Yo cuidaré de ti.

Por favor, quédate a mi lado.

—Sin ti… no sé quién soy.

Las habitaciones estaban abiertas.

Todas, excepto una.

Al fondo del corredor.

—Teodoro —dijo—. No quiero sonar apresurada,

pero te amo.

—Solo dime qué sientes tú.

Eso es todo lo que quiero.

La puerta estaba cerrada con llave.

Desde dentro, una voz adulta preguntó:

—¿Quién está ahí?

Helena derribó la puerta.

Pero lo abrupto del gesto quebró el tiempo,

y su mente no alcanzó a comprender

lo que sus ojos intentaban negar.

La habitación estaba inundada de lágrimas,

de un silencio que gritaba un auxilio divino

que inocentes como el dijeron en la oscuridad.

El jovencito se doblaba sobre sí mismo,

como si el dolor tuviera peso

y lo empujara hacia el suelo.

Le ardía el corazón.

Le ardía el alma.

Nunca se había sentido tan miserable,

tan inútil frente al mundo.

Lo que vio no necesitaba luz para ser entendido.

Bastaba la sombra,

bastaba el temblor de un cuerpo herido,

bastaba ese sonido roto

con el que el dolor pide auxilio ahogado.

Era una escena arrancada

de una de las cosas más aberrantes de la humanidad:

la infancia quebrada por un deseo de un

narcisista digno de enfermo mental.

Y en ese instante lo supo:

Teodoro estaba roto para siempre….

Y Helena…

solo pudo quedarse ahí,

de pie entre las ruinas,

sintiendo cómo algo en ella

también se rompía para siempre.

Helena había llegado muy tarde….

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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