Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 59
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- Capítulo 59 - Capítulo 59: Me has salvado corazón
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Capítulo 59: Me has salvado corazón
⚠️ ADVERTENCIA ⚠️
🩸 El siguiente capítulo puede contener imágenes
y descripciones demasiado gráficas y violentas.🔪
El autor no pretende ser morboso con nada📖
de esto. Todo lo narrado en esta historia es
ficción. Se recomienda la discreción del lector.🕯️
📝 NOTA DE AUTOR 📝
⏳ Pensaba subir este capítulo después de dos días
de haber publicado el anterior, pero tuve un par📅
de problemas. Ya está aquí.⚙️
💪 Vamos, sigo trabajando en el primer capítulo,
así que por favor ténganme paciencia.🙏
📌 Ya cuando esté el capítulo les avisaré en qué
capítulo está, y también les invitaré a ver la📚
✨ remasterización del capítulo uno, que es necesaria
para poder darle un par de ajustes con la historia🧩
que ya se va contando.📖
_____________________________________________________
¿Qué es el silencio para ti? No en su definición,
sino en su esencia. Para una persona normal es
la ausencia de sonidos, la falta de ecos. Para
otros, es el espacio donde la nada parece
respirar, donde uno percibe lo que no se dice,
lo que no se escucha.
Pero para aquellas calles, el silencio también
significaba una espera.
La espera de algo que estaba a punto de
despertar.
Y el silencio se escuchaba en las calles de
Baixa, en Lisboa, como una presencia extendida
entre los edificios antiguos, bajo la luz
inmóvil de las farolas.
Un policía hacía su ronda nocturna, avanzando
con la calma de quien cree conocer la ciudad.
No había nada fuera de lugar todavía. Nada que
justificara la inquietud que se acumulaba en
el aire.
Entonces el silencio recibió los pasos.
Estruendosos. Firmes.
A dos avenidas de distancia, el oficial alcanzó
a ver una figura correr. Una mujer joven,
apresurada, demasiado rápida para ser un
simple paseo nocturno. Pero no se alarmó de
inmediato. Lisboa estaba llena de gente extraña
a ciertas horas: borrachos, delincuentes
menores, urgencias que no eran asunto suyo.
Hasta que el silencio se quebró.
De pronto oyó un escándalo horrible en una
avenida cercana.
Un sonido brusco, fuera de lugar, que partió
la noche como un vidrio.
Aceleró el paso al escuchar los gritos de una
mujer aterrada.
Cuando alzó la vista, quedó paralizado por la
escena.
Una mujer enorme, afrodescendiente, escalaba las
ventanas. El oficial le ordenó bajar, pero ella no
obedeció.
Al principio creyó que era un espectáculo de
borrachera. Algo absurdo, una locura pasajera.
Pero entonces la mujer rompió una ventana con
sus manos. El policía quedó estupefacto ante aquella
fuerza brutal.
Volvió a gritarle que descendiera, pero fue inútil.
La joven entró al departamento como si nada la
detuviera.
El oficial corrió hacia el edificio con
desesperación. Ordenó a los vecinos del primer piso
cerrar sus puertas.
Pidió a los locales abiertos que cerraran de
inmediato, no sabía si era un crimen, una asesina… o algo
peor.
El oficial recorrió el primer piso con urgencia,
ordenando que cerraran puertas y ventanas.
A los del segundo les gritó que no salieran,
que no abrieran bajo ninguna circunstancia.
Evacuó a las primeras familias más cercanas al
departamento donde la joven había entrado,
como si unos metros pudieran significar la
diferencia entre vivir o no.
Vigiló atentamente la fachada, la ventana rota,
el silencio extraño que seguía allí arriba.
Lo primero que hizo fue llevarse la radio a la
mano para reportarlo a la comisaría.
Sin embargo, no tuvo ni siquiera tiempo de
teclear.
Entonces vio patrullas acercándose justo hacia
ese lugar.
Ni siquiera alcanzó a llevarse la radio a la
boca cuando las luces ya barrían la avenida.
Desde Alfama informaban una fuga violenta en
comisaría.
Una prisionera había agredido brutalmente a
cuatro agentes durante el traslado.
No tenía identificación, no tenía registro
claro, y en el reporte figuraba como sospechosa
de actividades terroristas.
Solicitaron ubicación urgente.
El policía la proporcionó sin dudar: había
subido al edificio.
Los refuerzos tardaron apenas minutos en
decidir cómo ingresar.
Pero debían actuar rápido antes de que fuera
demasiado tarde.
El informe era explícito: la fugitiva era
hostil, desmedida.
Nadie entendía cómo había logrado romper una
celda soldada a la pared.
El miedo creció cuando se autorizó disparar si
era necesario.
De pronto, el edificio entero comenzó a
temblar.
Los vecinos creyeron que se trataba de un
terremoto.
Otros pensaron en explosivos, en un atentado
improvisado, porque no tenía sentido:
era madrugada, las calles estaban en silencio,
y aun así el eco traía un retumbar profundo,
como si algo estuviera taladrando desde el
interior.
El estremecimiento no venía del suelo.
Venía de arriba.
Dentro, en la oscuridad, los vasos caían al
suelo.
Los muebles vibraban.
Un cuadro se torció en la pared antes de
desplomarse con un golpe seco.
Paso a paso, nos acercamos hacia las
habitaciones internas.
Primero la de Teodoro.
Luego la del tío Joaquín.
Teodoro observaba, cubierto apenas con las
sábanas.
No respiraba bien.
Miraba horrorizado, incapaz de comprender en
qué momento todo se había roto.
Quizá por lo que vio antes, algo se quebró en
su mente.
Y entonces la vimos.
Helena había perdido la razón.
Golpeaba a su tío sin control, con una furia
ciega, instintiva, como si ya no quedara
pensamiento, solo un desborde brutal.
Había entrado en un estado de euforia
inexplicable.
Sus rodillas lo inmovilizaban mientras apuntaba
a su cráneo.
Cada impacto era el origen del temblor.
El tío Joaquín había dejado de moverse hacía
ya varios golpes.
Y fue entonces cuando Helena gritó.
“¡Que le estás haciendo a Teodoro, maldito
hijo de puta!”
“¡Desgraciado! ¡Maldito enfermo!”
Era como un reflejo monstruoso de lo que ella criticó.
La imagen ya no parecía Helena, sino algo más antiguo.
Un eco salvaje de lo que alguna vez fue Galton.
Sus movimientos brutales recordaban al primer inmortal.
La ira desbordaba tanto que sus puños brillaban, dejando ver poder.
El suelo se agrietaba bajo cada golpe que descargaba.
El rostro del hombre se desfiguraba hasta volverse irreconocible.
Nariz y ojos desaparecían bajo la violencia desatada.
Y el temblor del edificio se hacía cada vez más intenso.
Las grietas crecían bajo el piso. La presencia de aquella
furia se sentía en sus chillidos, que acompañaban cada golpe.
De forma instintiva, los vecinos comenzaron a
salir de sus departamentos, presas del pánico.
Mientras tanto, la policía subía por las
escaleras traseras para evacuar a los
residentes.
Las órdenes cambiaron al evaluar mejor la
situación.
Ahora eran claras: disparar a matar.
El suelo seguía temblando, como si el edificio
estuviera a punto de partirse.
Sin embargo, ya fuera por la incompatibilidad
de sus pensamientos con sus dones, o por algo
más oscuro, Helena no sabía cómo explicarlo.
Afuera reinaba el caos: gritos, pasos, voces
quebradas por el terror.
Pero dentro… dentro solo había silencio.
Un silencio espeso, imposible.
Como si el mundo se hubiera detenido en el
centro de aquella habitación,
mientras todo lo demás ardía alrededor.
Helena se detuvo.
Su cuerpo estaba allí, pero su mente aún no
había regresado.
Todo cambió cuando escuchó a Teodoro gritar.
“Helena”.
Fue entonces cuando salió, por fin, de aquel
trance.
Por un instante no entendía lo que estaba haciendo.
Sabía que lo había hecho, la ira seguía ahí.
Pero no fue consciente del todo mientras ocurría.
Solo miró el cuerpo en el suelo.
El tío Joaquín no se movía desde el tercer golpe.
Su cuerpo era irreconocible.
Era como si hubiera sido instinto…
Helena no entendía de dónde salió el coraje para algo así.
Ni siquiera entendía cómo reaccionar ante el cadáver que tenía delante.
El silencio después era insoportable.
No había triunfo, no había alivio.
Se llevó una mano al rostro sin pensar.
La sangre quedó en su piel sin que lo notara.
Se preguntó en silencio: ¿qué he hecho?
Solo ese peso muerto que te derrumba al ver la realidad.
De lo que tú mismo hiciste. Tal vez minimizarlo con una mentira,
pero las mentiras solo sirven cuando el ego es más grande
que la vergüenza, y en este caso los dos estaban en conflicto.
Las manos de Helena estaban rojas, teñidas por su pecado.
Y como una respuesta del cuerpo, se desplomó,
bajo el peso de su angustia inicial.
Cuando se dio cuenta, vio que no era una ilusión:
el hombre no tenía rostro.
Tampoco tenia ojos, ni dientes, ni nariz, nada, ni siquiera
pudo conservar la forma de su cráneo, nadie lo reconocería.
Una arcada inmediata, llevándose una mano a la boca.
No pudo evitar vomitar.
Se dobló sobre sí misma, como si quisiera expulsar
lo que acababa de hacer.
No podía ponerse en pie.
El aire le faltaba, el pecho le dolía, y ahora el pánico
no la dejaba pensar en nada más que en condenarse.
Se cubrió la cara con las manos.
Todo estaba frente a ella, pero no lo veía.
Solo podía pensar en su madre.
Luego en su verdadero padre, el que nunca conoció.
Y entonces empezaron las voces.
No eran extrañas.
Eran suyas.
Pero sonaban como si vinieran de otro lugar.
Lo hiciste.
Lo hiciste de verdad.
Asesina.
Maldita.
Mataste a un hombre a golpes.
Era un violador. Merecía la muerte.
Tú mereces la muerte.
Asesina.
Maldita.
Helena apretó los ojos con fuerza, temblando.
Quiso negarlo, pero las palabras seguían, clavándose.
Míralo.
No apartes la vista.
¿Qué he hecho?
¡¿Qué fue lo que hice, por Dios?!
Helena, además de hiperventilar, comenzó a llorar.
Mientras tanto, alguien golpeaba la puerta con violencia.
—¡Policía! ¡Abran la puerta!
—¡PSP! ¡En nombre de la ley!
—¡Último aviso! ¡Vamos a derribarla!
Pero Helena estaba perdida en su mente.
Las preguntas se repetían una tras otra.
“¿Qué hice?”
“¿Qué estaba haciendo el señor Joaquín?”
“¿Lo maté?”
—No… yo no soy una asesina.
“Sí, lo eres. Lo hiciste.”
“Yo lo hice… con mis propias manos”
—Yo no lo hice…
Yo no lo hice…
Yo no lo hice…
Gritaba repitiéndose una mentira, no porque
la creyera, sino porque era lo único que
podía sostener antes de quebrarse.
El pánico le apretaba el pecho.
El aire no entraba bien.
Hiperventilaba mientras lloraba, como si su
cuerpo intentara huir aunque no pudiera moverse.
El estrés la devoraba por dentro.
La vista se le nublaba, no como un desmayo,
sino como si el mundo se apagara por exceso
de horror.
El ruido afuera seguía, pero sonaba lejano,
amortiguado, como si estuviera bajo el agua.
Sola, desamparada, Helena se sentía
abandonada.
Nunca lo dijo, nunca lo gritó, porque era una
vergüenza demasiado antigua, pero todo lo que
le pasó… desde niña siempre se sintió así:
abandonada.
No era solo estar sola en una habitación.
Era algo peor.
Era crecer sintiendo que no había nadie detrás
de ella.
Nadie que la sostuviera.
Nadie que le dijera: “yo me encargo”.
Las responsabilidades caían sobre sus hombros
como si fueran naturales, como si hubiera nacido
para resistirlas y no protestar por ellas.
Y su madre… su madre estaba, pero no estaba.
Presente en el cuerpo, ausente en todo lo demás.
Helena aprendió demasiado pronto que pedir
ayuda no servía.
Que llorar no cambiaba nada.
Que el mundo seguía avanzando, aunque ella se
rompiera.
Por que su dolor no importaba, ante nadie, ni
siquiera a su madre, tal vez esa frialdad que
querer resistir la llevo a ser autosuficiente.
Algo que enorgullecía y al mismo tiempo
recaía en la culpa de haber hecho algo mal.
Siempre tuvo que caminar sola, incluso cuando
era una niña, de despojo de su inocencia por sus
hermanos.
Siempre tuvo que tragarse el miedo.
Y ahora, en medio de aquella noche imposible,
con un cadáver frente a ella, esa misma soledad
regresaba.
Pero regresaba cargando con todo…
No había nadie.
Helena no tenia el coraje para ser valiente otra
vez, esta vez ella solo pedía un príncipe azul.
Alguien que la rescatara, alguien que le hiciera ver
un mundo más allá que el suyo, una ilusión, propia
de una niña que no se le permitió soñar.
Sin embargo, como si algo dentro de ella se negara
a hundirse del todo en esa oscuridad…
Y aun así, en medio de esa ceguera momentánea,
sintió algo distinto.
Calidez.
No del mundo.
No de afuera.
Algo que no pertenecía al miedo.
Sintió una mano en su mejilla.
Era un gesto parecido al de su madre cuando
era niña.
La segunda mano sostuvo su otra mejilla.
En ese instante, Helena recuperó la vista.
Las voces se callaron por un momento, como si
esperaran.
Frente a ella estaba Teodoro, iluminado por
la luna. Su rostro mostraba dolor, pero también alivio.
Sus labios temblaron antes de hablar.
—Helena… si viniste por mí…
Su voz era débil, a punto de quebrarse.
Ella lo miró con lágrimas acumulándose sin control.
—Lo siento… perdóname…
Pero Teodoro negó apenas con la cabeza.
—Estás aquí… me has salvado…
No pudo decir nada más.
Teodoro como una forma de aferrarse a la mujer mas
hermosa que conoce la abrazo, el ya no sentía
vergüenza, el solo quería tener algo en que aferrarse
Teodoro no tenía ninguna prenda encima.
Estaba desnudo, sin defensa, sin forma de ocultarse.
No solo su cuerpo: todo en él estaba expuesto.
Delante de Helena no podía mentir.
Había una conexión que iba más allá de la carne.
Algo que ahora quedaba manchado para siempre.
—Por favor… Helena…aun puedo tan siquiera aférrame a ti…
yo entenderé que no quieras…dime porque volviste…
Helena sintió un peso en el pecho.
Había querido hacer lo correcto, pero ya era tarde.
La intención no borraba lo que había hecho.
Bajó la mirada hacia sus manos otra vez.
No era una ilusión.
La sangre seguía ahí.
Supo que tendría que encontrar coraje otra vez.
Porque aguantar era su única costumbre.
Cuando el dolor se vuelve cotidiano,
uno entiende que el mundo exige todo de ti,
y aun así te deja vacío.
Todo de ti.
Y nada de lo demás.
Todo hombre sueña con ser servido por una mujer hermosa,
pero en la realidad es ella quien nunca vivió.
Solo resistió.
Porque aquí el dinero es lo único que mueve a la gente,
y el amor se volvió un lujo,
una prioridad enterrada
bajo la urgencia de seguir respirando.
Los golpes en la puerta volvieron a sacudir el aire.
La madera de caoba resistía, pero estaba cediendo.
Los policías ya habían esperado lo suficiente.
Entonces uno de ellos encajó una barra de hierro
junto a la cerradura, haciendo palanca con violencia.
La puerta crujió.
Otra embestida.
El marco comenzó a abrirse.
En ese momento, Helena no pensó demasiado.
Actuó antes de que el mundo se cerrara sobre ellos.
Tomó una sábana y envolvió a Teodoro con rapidez.
Lo cargó en brazos, pues en ellos estaba llevando su
si vida…
—Tengo que sacarte de aquí.
Teodoro la miró con dudas, pero también con fe.
No entendía qué era ella, pero confiaba.
—Te llevaré lejos…
La puerta crujía con más fuerza.
El cerrojo estaba a punto de romperse.
—Yo me haré responsable de lo que pasó hoy.
Entonces la puerta cedió.
Los soldados entraron y avanzaron cuarto por cuarto.
Hasta llegar al fondo del corredor, al cuarto de Joaquín.
Allí se detuvieron.
El suelo estaba agrietado.
El cadáver yacía irreconocible.
Y la ventana estaba abierta.
No había nadie más.
Solo la víctima.
Un soldado corrió hacia la ventana.
Al mirar hacia la avenida, la vio escapando.
Llevaba a un rehén en brazos.
Pero Helena corría demasiado rápido.
El suelo temblaba bajo sus pasos.
—Sujétate de mi cuello —le dijo a Teodoro.
Subió hacia un edificio y tomó la escalera de incendios.
Luego, desde los techos, comenzó a saltar sin detenerse.
Su dirección era clara: Odivelas.
Din embargo, mientras saltaba de techo en techo, Helena resbaló.
Su pie falló en una teja húmeda y cayó hacia la plaza.
Giró el cuerpo en el aire por puro instinto.
Usó su espalda para amortiguar el golpe de Teodoro.
El impacto la atravesó entera, pero no gritó.
No podía permitírselo.
La caída llamó la atención de todos en la Calle Real.
Varias personas se giraron.
Alguien señaló.
Fue entonces cuando Helena lo entendió.
Ya no había nadie que pudiera ayudarlos.
No quedaba refugio, ni excusas, ni retorno.
Todo estaba en sus manos.
La muerte no se borraba corriendo.
No desaparecía con distancia.
Iba con ella.
Apretó los dientes y siguió.
Ignoró el dolor de sus heridas.
Ignoró el temblor en sus brazos.
Ignoró todo, excepto el impulso de avanzar.
Corrió por avenidas enteras.
Los motores de la policía seguían detrás, insistentes.
Y dentro de su cabeza, las voces no se habían ido.
Solo esperaban el momento de volver.
“Lo hiciste”
“Galton”
“Lo mataste”
“Esa sangre ahora es tuya”
Helena tragó saliva, pero la culpa seguía ahí,
pero no podía detenerse, la vida del santo del hielo
esta en sus manos.
En ese mismo momento, muy lejos de allí,
en las orillas del puerto de Yancheng en Jiangsu,
Kamei-san y Jack conversaban.
La luna los acompañaba desde arriba.
Y comenzó a llover.
Se podía sentir que el santo de la luz
y el santo del hielo escapaban bajo esa noche.
Ambos estaban sin rumbo.
Sin hogar.
Sin familia.
No sabían nada de su destino.
Estaban a merced de un mundo que solo buscaba
obstaculizar su libertad.
Y las palabras de Jack y Kamei-san
armonizaban con las profecías que se avecinaban,
esas que debían cumplirse por orden divina.
Jack dijo:
—Kamei-san, estamos yendo por el santo de la tierra,
¿no es cierto?
—Pero al mismo tiempo, no lo entiendo bien.
—¿No se supone que también existe otro santo?
¿El santo del hielo y el santo de la luz?
Kamei-san respondió:
—No sé quiénes son, pero apuesto a que regresarán
desde el lugar de donde vinieron.
—O de seguro ya están en camino.
—Pero no entiendo… ¿Galton está con ellos?
¿O están yendo por su propia cuenta?
—¿Cómo es que Nuriel y Adelaida llegaron?
—Dijiste que Dánae vino contigo…¿verdad?
—¿Cómo hicieron ellas para venir hasta acá?
Hasta Vermont… solas, sin experiencia.
—Yo estoy yendo contigo, pero tengo que aceptarlo:
a veces estoy perdido en este mundo.
Kamei-san contestó:
—Todo aquel que se atreve a cruzar el mar,
o a cruzar entre país y país sin compañía,
va a sentirse perdido.
—Pero esa desorientación hará que tarde o temprano
encuentre el camino. A veces necesitas perderte para saber
donde estas y a dónde vas.
—Yo confío en que el santo del hielo
y el santo de la luz lleguen hasta allí.
Jack murmuró:
—Hay un santo más, ¿no es cierto?
Kamei-san asintió:
—Es cierto. Ya casi lo había olvidado.
—También está el santo del metal.
—Sé que llegarán a Vermont.
—Y cuando los conozcas, espero que los trates bien,
Jack.
Jack sonrió apenas:
—¿Tratarlos bien? Por favor.
—Ellos van a ser mi familia.
—No conozco a nadie más.
—He viajado por el mundo, he conocido personas…
pero ellos son santos.
—Eso quiere decir que son gente como yo.
—Debemos estar juntos, ¿no crees?
Kamei-san respondió:
—Piensas como un niño.
—Eso era lo que Cristo quería.
Mientras tanto, Helena seguía corriendo.
Teodoro iba cargado en sus brazos.
Se internó en el bosque, perdiéndose entre árboles.
Sus sombras dejaron de verse.
Hacía rato que habían perdido a los perseguidores.
El rastro se rompió por completo.
Pero no el peso.
Eso no se pierde.
A muchos kilómetros de allí, cruzando fronteras,
había una jovencita que no sabía nada de esto.
El mundo estaba en caos:
Vietnam.
China bajo dictadura.
Latinoamérica bajo golpes de Estado.
Portugal cerrándose sobre sí misma.
Y aun así, existía un lugar aparte,
uno al que solo se llegaba con imaginación.
Una jovencita hojeaba un libro viejo.
Narnia.
Un clásico venido de Inglaterra.
Mientras todo esto ocurría, los santos seguían moviéndose.
El Santo del Hielo y el Santo de la Luz escapaban hacia el norte.
Galton permanecía perdido en medio del Mediterráneo.
Kamei-san y Jack, junto con Yeon-shil, ya estaban cerca del puerto.
Dánae, Nuriel y Adelaida se internaban en los bosques de Vermont.
Y Frollam… su paradero era incierto.
El mundo se estaba reacomodando.
Las piezas avanzaban, una por una, hacia algo inevitable.
Pero entonces…
Como si un nombre pudiera atraer el peso del destino,
como si los caminos de Dios no fueran senderos sino cadenas,
algo más se estaba despertando.
Lejos de todo eso, en una habitación silenciosa,
una jovencita leía antes de dormir, sin saber nada.
No tenía idea de santos.
No tenía idea de huídas, de sangre, de profecías.
Solo pasaba una página más.
Y sin embargo…
era como si el destino ya la hubiese señalado.
Como si la historia estuviera reclamándola.
Su nombre era Mavis.
Y la verdadera pregunta no era dónde estaba…
Sino qué era.
¿Quién era ella?
¿Quién es Mavis?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com