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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 La esperanza nos a mentido
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6: La esperanza nos a mentido 6: La esperanza nos a mentido ⚠️Advertencia: Este contenido contiene información histórica sobre la Segunda Guerra Mundial respecto a la destrucción de Berlín y Alemania.

El autor no pretende ofender a ninguna de las víctimas ni a los civiles que fueron bombardeados entre 1944-1945.

Recuerden que todo esto es ficción y se recomienda la discreción del lector.

____________________________________________________________________________________ 18 de marzo del año 1945.

El ambiente era hogareño…

pero maltratado.Se escuchaba el sonido de un hervor proveniente de una tetera y de una olla de agua.Se podía visualizar a una señora de unos 45 años, hermosa, preparando el desayuno.

No obstante, en su rostro no estaba la expresión de un día a día, sino la expresión de una gran angustia.Llamaba a sus hijas, que estaban durmiendo en sus habitaciones.

—¡Constanz!—¡Christa!—¡Vengan a comer ahora!

Ellas, a regañadientes, fueron al comedor.Tuvieron que limpiar los escombros y la tierra que siempre caían en la mesa.Esta vez la colocaron cerca de la ventana para comer tranquilas.

Su madre, en cada plato —más uno faltante—, les dio a sus hijas dos papas cada una y un pan con té,viendo esto como el único alimento que comerían hoy.

Las niñas estaban desanimadas y frustradas.Constanz, de 12 años, intentaba ver esto sin encolerizarse.Christa, de 15, solo se resignó a comer.

La hermana mayor aún no regresaba a la casa.

Aun con todo esto, la madre trataba de alegrarles el día.

—Hijas mías, ánimo…Verán que todo esto se va a solucionar…Cuando regrese su padre…Cuando termine la guerra, nos mudaremos a otra ciudad que no haya sido tan bombardeada y podremos comer pan con jamón todos los días.

—Sé que el positivismo es lo tuyo, mamá, pero, francamente, no veo nada positivo en todo esto.La casa es un desastre, el techo está agrietado.Francamente, no sé qué pensar.

Lo único que me alegraría el día es recibir otra carta de papá.

—Vamos, Constanz, come tu papá y mejor deja de hablar.

—No pretendas que todo está bien, mamá.¿Has visto cómo está afuera?Es un caos, no se puede ni respirar afuera.

—Constanz, ya cállate, y muestra algo de madurez…Lo único que necesitamos en este momento es que papá regrese.

Y cuando papá regrese, primero lo primero: hacer lo que toda niña hace, pedirle un caramelo.Y después de eso, decirle que nos saque de aquí.

—Porque este lugar ya no va a sostenerse por más tiempo.Si cae un bombardeo más, la casa nos enterrará.

—No me quiero ir de aquí, ¿qué pasa si papá vuelve y no nos encuentra?

No seas estúpida, Christa, pero debo reconocer que, cuando me acuesto, veo el techo y me digo:¿qué pasaría si el techo nos cae encima?

Pensarlo me hiela la sangre.

—Creo que tienes que ser más inteligente y…

—Ya basta, las dos, ¿sí?En este momento vamos a comer mientras esperamos a su hermana.Ella solamente fue a ver si puede conseguirnos boletos para irnos a Baviera.

Estaba pensando en que debemos irnos a casa de mi hermana.A pesar de que ya le envié una carta, Otto…

solo…

espero que lo haya recibido.

—Tu padre tiene un trabajo muy duro;siento que eso de enlistarse en las SS no fue tan buena idea…Hijas, entiendo por qué están así, pero tenemos que mostrar una sonrisa.

—Recuerden que su padre no puede trabajar sin que ustedes muestren esa sonrisa que las caracteriza.Quiero que entiendan una cosa: los padres hacemos cualquier cosa por nuestros hijos.Nuestros hijos necesitan mostrar un poco más de agradecimiento al esfuerzo que no ven de nosotros.¿Entienden?

—Mamá, sabes, me cansé de comer esto todos los días;además, me doy cuenta de que solo tienes un pan.¿Sabes qué?

No lo quiero…

puedes comértelo.

—Constanz…

mejor cállate; harás que mamá se moleste.

—No molestes, trato de ser buena…

—¡Come tu papá!¡Porque hoy no te daré más…

entiende, hija…

no hay más comida!

Esta discusión fue interrumpida por la alegre presencia de Adelaida, la hermana mayor, que acaba de llegar a la casa.

—¡Ya!, ¡ya llegué!¿De qué estaban conversando?No me digan que volvieron a pelear.Ay, Dios mío…

tranquilas.¿Están bien?No alteren a mamá, recuerden que está delicada.Ya traje…

los pases, mamá.En unos días saldremos de aquí.

—Además, pasé por la oficina de correos y, ¿qué creen?Papá nos envió una carta.¿Quieren leerla?La última carta fue hace cuatro meses.No tengo ni idea de cómo estén las cosas.Se oyó un poco triste, pero creo que las cosas han cambiado.Hay que verlo de una forma más positiva.

Abrió la carta, y todas estaban con expectativas de lo que diría.

Su padre, cuando escribió esta carta, ya estaba desmoralizado,sabía que Alemania no ganaría esta guerra y que sería necesario entregarse para poder extender su vida y tener una posibilidad de regresar a casa…o desertar de la formación y esperar que lo fusilaran.

Sin embargo, para recibir el alta era necesario estar fuera de combate,pero sabía que las autoflagelaciones eran castigadas.

Ya había estado en el frente de Stalingrado,y lo único que solo quería era volver a besar apasionadamente a Marta, su esposa,y a sus tres princesas.

Sabía que ellas tendrían que irse de Berlín,porque escuchó conversaciones de sus superioresque especularon que bombardearían la capital como una forma de desmoralizar a Alemania, escribiendo con cuidado para evitar las censuras del gobierno alemán: ________________________________________________________________________ —Marta, mujer de mi alma, siento que cada día aquí pesa como un año.

El aire es denso y la tierra misma parece cansada de sostenernos.

No sé cuánto más podremos seguir resistiendo de esta forma;a veces me pregunto si la fuerza se nos va a terminar antes que el invierno.

He visto amigos desaparecer de un día para otro,y me pregunto cuántos regresaremos a casa al final.

No quiero que te asustes por mis palabras,pero si algo puedo pedirte es que no permanezcan en Berlín por mucho tiempo.

Busca un sitio donde las niñas puedan dormir sin temblar con cada ruido,aunque sea lejos.

Yo pienso en ustedes a cada instante,y en ese pensamiento encuentro la única chispa que me mantiene de pie.

Si llegara a volver, Marta,lo único que quiero es abrazarte hasta que recupere el calor que me hace falta.

Ese es el sueño que me acompaña en las noches más largas.

Con Amor,Otto Shimidtweber Escrita el 14 de noviembre del 1944.

_________________________________________________________________________ El ambiente se tornó deprimente;a pesar de sonar ligeramente esperanzador, podían leer entre líneas lo que podría estar pasando en el frente.

Adelaida trató de suavizar la situación.—Escuchen… Yo… —Hija, ya basta.

Mejor no digas nada.Tenemos que ir a la casa de mi hermana.

No podemos quedarnos aquí.

—Mamá, ¿tú crees que yendo a la casa de tu hermana estaremos mejor que aquí?Lo pregunto porque, si papá no está con nosotras, ¿qué caso tiene ir para allá?

—Mira, cállense.

Por favor, cállense.

—Iremos a casa de mi hermana.

—Esta casa no resistirá otro bombardeo.

Tenemos que irnos ya.Los vecinos de arriba ya evacuaron.

—La única razón por la que nosotros no lo hicimos fue porque aún no habían retirado los fondos de tu padre.

—Vas a dejar de quejarte y vas a obedecerme, ¿de acuerdo?No quiero quejas tuyas.

En ese momento, las chicas, muertas de miedo, empacaron sus cosas y salieron de la casa.

Sin embargo… cuando ya estaban cerca de la estación, sonaron las sirenas.Sucedió lo que la madre más temía.

El 18 de marzo del año 1945, a las 10 a.

m., ocurrió el bombardeo que enterraría a Berlín.

—Mamá, mamá.—Tú solo sigue avanzando.—Mamá… Las bombas estaban cayendo desde el aire.Vieron cómo una casa, que apenas estaba sostenida en pie, se desplomó, obstruyendo completamente una carretera.

El auto que estaba cerca y las personas que iban en él quedaron aplastadas por los escombros.La madre, intentando protegerse, buscó la estructura más cercana para resguardar ahí a sus hijas.

Sin embargo, debido a la tensión que sentían las niñas, Adelaida, sin querer, soltó la mano de Constanz mientras trataba de volver a sostenerla.

Fue en ese momento cuando otra estructura cercana cayó por el impacto de una bomba, incendiando la casa y haciendo que parte de la construcción atrapara a Constanz.Las personas que estaban allí solo podían correr.

Adelaida, al ver esto, se empalideció.No supo si ir hacia la izquierda o la derecha.Solo podía oír el pitido agudo que le provocó una sordera momentánea por el estallido de las bombas.

Y fue en ese momento cuando, regresando para el otro lado, su madre y sus dos hermanas no estaban.No sabía lo que estaba pasando.

Adelaida sintió miedo, así que fue hacia la estructura más cercana para resguardarse.Solo sentía miedo de ver cómo dos estructuras habían caído.Sentía el terror de pensar:¿y si es la estructura en la que estoy también se desploma y me mata con ella?

Como un gesto de dolor, abrió la boca y se tapó los oídos para poder evitar el estallido de una de las casas explotando, por la presión que ejercía el fuego que estaba cerca de ella.

Todo esto sucedió hasta que, por momentos, se detuvo.Vieron que los bombardeos se pausaron.Miraron al cielo para poder verificar que no existieran aviones.

Cuando Adelaida veía los aviones, lo que veía eran pájaros de metal, arrojando desgracia.

Adelaida fue y buscó a su madre, a Constanz y a Christa.—Constanz, Christa, mamá… Pero no las encontró.

En la plaza central, vio cómo un gran pelotón de soldados, más un escuadrón de primeros auxilios, estaba tratando de sacar a las personas de los escombros, buscando desaparecidos, atendiendo enfermos y heridos.

Fue ahí cuando ella, pidiéndole por favor a los soldados que la ayudaran a encontrar a su madre y a sus hermanas, recibió respuesta de uno de ellos: —No es seguro estar aquí, niña,porque lo único que estamos haciendo ahora es solamente sacar a las pocas personas que hay aquí y hacer que se refugien,porque habrá otro bombardeo.

Se bloquearon las radios y las telecomunicaciones.Estoy seguro de que habrá otro bombardeo.No es posible que ellos solamente se queden con esto.

Entonces, fue así como Adelaida, resguardada por aquel soldado, pudo sobrevivir al segundo bombardeo.

No se supo a dónde fue su madre ni sus hermanas.

Cuando se detuvieron, eran las seis de la noche.

Berlín estaba ardiendo en llamas.

En uno de los refugios comunitarios en los que ella se encontraba, estaba asustada.

Ya había venido aquí antes, pero era la primera vez que venía sin su madre y sin sus hermanas.

Fue en ese momento cuando pensó lo peor.

El amable soldado no podía seguir ayudándola; él tenía que seguir buscando también a los que sobrevivieron a los bombardeos.

Adelaida regresó a su casa solamente para ver que la casa en la que alguna vez llamó hogar ya se había caído.

No podía entrar, pues vivía en el segundo piso y la puerta estaba bloqueada.

No había tampoco escalera para subir.

Fue a buscar cerca de donde se suponía que su madre y sus hermanas estaban, pero tampoco encontró nada.

No encontró sus cuerpos, no encontró nada.

Simplemente no estaban.

Seguía diciendo por las calles:—¡Mamá!

¡Constanz!

¡Christa!

Pero no había respuesta.

Lo único que se oía eran las sirenas y las personas que aún gritaban:—¡Sáquenme de aquí, por favor!

Adelaida no podía ayudarlas.

Solo pudo alertar al escuadrón para que las sacara.

Durmiendo de esa forma, así pasó un día más en el refugio, llorando y diciendo:—Papá, ¿no se supone que tú ganarías la guerra?

¿No se supone que nosotros tendríamos una mejor vida?

¿No?

En el refugio pasó frío.

No le dieron suficiente comida, pues no había.

Lo único que comió ese día fue un pan.

Buscó en la otra calle, detrás de su casa, a su madre y a su hermana.

Sin embargo, pudo ver a Christa.

Parecía que había salido de los escombros y dijo:—¡Adelaida!

¡Christa!

Se vieron y corrieron.

Pero había algo que no cuadraba.

Eran las cinco de la tarde.

Y… Christa gritó:—¡Adelaida!

¡Adelaida!

Pero gritó con miedo, pues vio a alguien detrás de Adelaida.

Fue en ese momento cuando Adelaida sintió una mano gruesa detrás de su cintura, envolviendo su estómago.

Era un hombre.

La sostuvo de la cintura y, con un tirón, la cargó, llevándola de casa a otra.

—¡Suéltame!

¿Quién eres?

—dijo Adelaida, con miedo y terror, pues nunca había estado en los brazos de un hombre ni a esa altura.

El hombre era Galton.

Al ver que la niña hacía demasiado ruido, aterrizó en una de las casas con tanta fuerza que la vivienda se movió por lo inestable que era.

—Niña, ¿estás bien?

¿No tienes ninguna herida?

—dijo Galton.

—¿Herida?

¿De qué hablas?

¿Quién eres?

—respondió Adelaida.

—Ay, menos mal.

Si te he llevado herida, francamente no sé a quién pedirle que te cure.

Si te me enfermara, sería una gran molestia —dijo Galton.

—Espera, ¿quién eres?

¿Qué es lo que quieres hacer?

—preguntó ella.

Galton, con a medio hablar, la bofeteó al punto de noquearla y dijo:—Hija, callada eres, menos fastidiosa.

La cargó, bajando por las escaleras para evitar seguir por los techos.

Vio a un soldado, que lo reconoció por sus expresiones judías.

Intentó disparar, pero Galton utilizó el muro de la casa para resguardarse, subió hasta el techo dejando a Adelaida en un cuarto y mató al soldado que patrullaba, torciéndole el cuello.

Lo desnudó y se apropió de su uniforme y credenciales.

Con eso, pudo salir con Adelaida sin levantar sospechas.

Ya en el anochecer, Adelaida despertó en medio de una fogata, lejos de Berlín.

Estaban de rumbo a Dresde.

Cuando se despertó, se dio cuenta de que estaba atada y con un bozal.

Galton había encontrado dos conejos de la pradera y los estaba cocinando.

—Me doy cuenta por tu cara que no has comido.

Así que ten.

No puedo permitir que el Santo del Viento muera —dijo Galton.

Adelaida sintió miedo, pero Galton solo se acercó para quitarle el bozal y darle el conejo.

Nunca en su vida había comido conejo, pero fue como si hubiera comido algo exquisito y completamente diferente.

—No tienes ni idea de lo que me costaste niña.

Tuve que irme desde el otro lado del continente, viajando por un mar de mierda, solamente para venir hasta aquí.

Me sorprende lo rápido que soy.

Francamente, cualquiera en mi lugar, habría perdido el tiempo en buscarte Adelaida respondió: —Mira, no sé quién eres.

Eres un tipo guapo, muy hermoso, pero ya estoy comprometida.

Así que, por favor, ¿podrías regresarme de nuevo con mi hermana?

No sé por qué estoy aquí.

No sé ni siquiera quién eres.

Galton respondió:—No sé de qué hablas, niña.

Nunca me gustó este lugar.

Al que le gustaba este lugar era Kamei-san.

Este y la frontera de Stalingrado, cerca de Rusia.

También visitó los países del Mediterráneo.

A mí nunca me interesó, ciertamente, este lugar de privilegiados.

Siempre creí que este lugar era un basural… y no estaba equivocado.

Sin embargo, ambos no entendían nada de lo que decían, hasta que el querubín se apareció delante de ellos.

Adelaida quedó aterrorizada, pues nunca había visto tal criatura.

El querubín les tocó la frente a ambos para que pudieran entender sus propios idiomas.

Ahora, Adelaida sabía hebreo antiguo, arameo y mongol.

También comprendía griego, latín, chino antiguo y, al mismo tiempo, inglés primitivo.

Del mismo modo, Galton ahora entendía alemán.

Galton preguntó:—¿Qué es lo que estás haciendo?

El querubín respondió:—Creo que es mucho mejor que se puedan entender.

Algo me dice que estás tan abrumado que necesitas conversar con alguien, ¿no, Galton?

Tómalo como un regalo.

Galton no estaba del todo contento con esto.

Sin embargo, lo aceptó.

Ahora, Adelaida podía entenderlo de la misma forma en la que él podía entenderla.

Ambos se quedaron sorprendidos, porque, a pesar de que Galton ya lo había experimentado anteriormente, “El intercambio de lenguas por medio de los ángeles es una experiencia muy alucinante.

Es al punto de que puedes ser capaz de recibir una gran cantidad de información con tan solo un destello de ‘cómo saberlo y por qué saberlo’.” Fue en ese momento cuando Adelaida dijo: —Tengo que regresar.

—¿Regresar a dónde?

¿A ese basural?

—Cállate, ese basural es mi hogar.

—¿Tu hogar?

Mira, niña, no sé a cuántos hombres he matado para llegar hasta aquí, y francamente, no he venido hasta aquí para llevarme el paquete y que ahora me digas que tengo que regresarlo.

Seguido de esto, Galton abofeteó a la niña, golpeándola en el suelo, diciéndole lo siguiente: —¡Escúchame bien, niña!

¡Te estoy salvando la vida, pero no pienses que me agradas!

¡Me resultas repugnante, y la única razón por la que te estoy salvando, y por la que tal vez tengo algo de consideración contigo, es porque eres el Santo del Viento!…

No hay otra razón.

Porque si fuera por mí… te mataría.

—No me agradan los estúpidos hombres jímaca; ¡se autoproclamaron como la mejor raza!

¡Qué mierda significa eso!

Tú vienes de una raza que mató a los hijos de mis ancestros y de mis hermanos.

Lo único que siento por ti es asco.

Galton no solo estaba abrumado, sino cansado.

Estaba agotado mentalmente y terminó su oración diciendo lo siguiente: —Así que, por favor, ya cállate.

Si tienes familia en ese lugar, será mejor que los olvides.

Olvídalos.

Es lo mejor.

Créeme.

—Yo también tuve una vez a alguien que amé, y tal vez olvidarlo es lo más saludable que puedes hacer, porque de esa forma te evitas sufrir el doble de lo que estás sufriendo.

Ella dijo: —Bueno, pues, no sé tú, pero yo no me voy a quedar aquí.

Se puso de pie y dijo:—Voy a ir.

No sé a qué dirección ir.

En ese momento Galton iba a romperle las piernas para que no escapara, pero el querubín detuvo su mano diciendo: —Creo que la bofetada es todo lo que puedes darle.

Esta vez, Galton, vas a tener que sufrir más las consecuencias por el mero hecho de lastimar e instigar a alguien.

—Niña, tu nombre es Adelaida.

Escúchame bien, lamento mucho decirte esto, pero tu país ya no tiene salvación.

Están rodeados.

Solo bastará un par de meses para que Alemania se rinda.

—A mí eso no me importa.

Ya lo sabíamos.

Mi padre nos dijo todo con esa carta; desde que Berlín se convirtió en el centro de la desgracia, sabíamos que esto no se ganaría.

Lo único que estoy ahora esperando es solamente que mi madre y mis hermanas estén bien.

Pero fue en ese momento que Galton, para evitar cualquier otro tropiezo, la sostuvo del brazo y le dijo: —Escúchame bien, niña.

Si tú te vas de aquí, no me interesará lo que me diga el estúpido querubín, pero voy a romperte las piernas y no podrás salir de aquí.

No te irás, sobre mi cadáver.

Antes de hacer tal cosa, aparecieron soldados patrullando.

No sabían si eran alemanes, franceses o estadounidenses, pero Galton prefirió evitarlos.

Al oír el primer disparo, sostuvo a la niña, le puso un pedazo de carne del conejo en la boca con fuerza, y salieron corriendo con la niña cargada en brazos.

Escapando del lugar, yendo a una estructura cercana, el ángel les comunicó:—Galton, ya tienes al Santo del Viento.

Ahora tienes que ir por el Santo del Relámpago.

El nombre de este santo era Nuriel Szymański.

Remontándonos a esa misma hora en Stalingrado: Nos encontramos en Rostov del Don, cerca de Stalingrado, donde Dánae y Kamei-san estaban hablando.

Ambos estaban comiendo un cerdo que encontraron vagando por una zona rural, por lo que tenían comida para tres días.

La niña comía con mucho entusiasmo:—Vaya, se ve que tienes apetito, Dime una cosa, niña.

¿Cuál me dijiste que era tu nombre, es que es muy raro?

Dánae respondió:  —Mi nombre es Dánae Valciev.

Kamei-san Preguntó:—¿Sabes?

Siento en el fondo que tú sabes lo que está pasando, ¿no es cierto?

—Sí…Estamos…en guerra…Papá y mamá fueron por comida…Un día simplemente los perdí…Y luego te encontré.

—No es cierto.

Yo te encontré a ti.

Tú lo que hiciste fue dormirte.

Me alegra que tengas mucho entusiasmo, niña, a pesar de la situación.

—Sabes…En este momento no quiero conversar…Tengo hambre.

Kamei-san se río, a pesar de todo, la niña tenía un gran sentido del humor.

Dánae le preguntó:—Discúlpame… Agradezco todo lo que has hecho por mí.

De verdad, no sé cómo hiciste para hacer que me bajara la fiebre.

Aún tengo frío, pero creo que estoy bien.

Kamei-san respondió:—Lo sé… Quieres que encontremos a tus padres.

—No sé qué es lo que hago aquí.

Te dije que teníamos que seguir buscando en Stalingrado.

Te dije que teníamos que seguir buscando a mis padres.

La niña estaba a punto de llorar de nuevo, sin embargo, Kamei-san le dijo: —Niña, lamento decírtelo, pero la probabilidad de que tus padres estén con vida es casi nula.

¿Cuándo te encontré?

Te encontré en un estado deplorable.

Estabas en el suelo, dentro de una casa, sin una persona cuidándote.

No había rastro de que habría gente allí, solo estabas tú.

Así que nos quedamos en Stalingrado, pero quedarme allí era peligroso.

Ella exclamó:—¿Por qué era peligroso?

¿Es malo buscar a mis padres?

—No, no lo es, pero no es conveniente que los soldados me vean.

Es mucho mejor para ambos que sea así.

—Sabes, por momentos quiero confiar en ti.

Pero no me das esa oportunidad por… esa aura que emanas.

Además, ¿qué es lo que tienes detrás de las orejas?

Parecen dos colas de rata.

¿Y ese cabello tan largo?

O sea, te agradezco y todo, pero pareces una escoba.

Kamei-san se ríe y dice:—¡Jajajaja!

¡Dios mío!, hace tiempo que me hacía falta el humor, discúlpame niña, no había tenido una conversación tan chistosa en años.

—Bueno, creo que las niñas somos graciosas.

Dime cómo te llamas.

—Mi nombre es Kamei-san.

Regresando al escenario donde Galton está con Adelaida: Galton estaba furioso, no solo porque no iba a regresar a Vermont todavía, sino porque el muchacho al que tenía que rescatar, Nuriel Alessandro Graziani Szymański, estaba en un campo de concentración.

Y no cualquier campo de concentración: estaba en Buchenwald.

Adentrándonos dentro del campo, se puede ver a Nuriel, estaba trabajando en sector industrial con otros judíos, pensando lo siguiente —solo agáchate…o te dispararan…solo mira hacia abajo…solo abajo…y no pienses

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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