Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 60
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Capítulo 60: Nadie me conoce realmente
⚠️ ADVERTENCIA ⚠️
📍 El siguiente capítulo puede contener descripciones y
comentarios un poco fuera de contexto
🏙️ La historia está ambientada en el Boston,
Massachusetts, de los años 60, con una investigación
exhaustiva.
📚 Recuerda que todo lo narrado aquí es ficción y está
hecho en bases históricas.
🕰️📖 Contexto histórico con fines narrativos.
👀 Se recomienda la discreción del lector.
📝 NOTA DE AUTOR 📝
😮💨 Qué difícil fue el capítulo 59.
💭 Debo de reconocer que estaba pensando en seguirlo
rápido, pero me di cuenta de que era demasiado pesado
y ustedes necesitan algo ligero para poder adentrarse
poco a poco de nuevo en la trama.
⏳ Así que modifiqué un poco la cronología.
🧩✔️ No hay problema, la cronología sigue funcionando
de la misma forma, solo que pensé que sería mejor
traer este personaje mucho antes y así, de esa forma,
poder darles un respiro.
👀 Y si lo ven escrito de esta forma… sí, es lo que
piensan, sí, es eso.
🤐🚫 Así que por favor, no quiero ningún tipo de
comentario medio extraño.
💥 Ya era hora de meter este tipo de personajes
🩷💜💙. Es uno de mis personajes favoritos, recuerdo
que aún tengo sus dibujos desde el 2015. ✏️📁
✨📖 Espero que disfruten el capítulo. 💫
___________________________________________________
Boston, Massachusetts, 3 de julio de 1964
El restaurante estaba cerrando. La dueña recogía sus cosas
para regresar a su dormitorio, como lo hacía todos los días.
Antes de irse, le dejó las llaves a María y le dio las
últimas indicaciones.
—María, por favor, verifica que los platos estén guardados.
Mañana quiero que ordenen bien estas ventanas y que las
limpien. Hoy no se pudo, lo entiendo, ha habido mucha
clientela. ¿Está bien? ¿Me escuchaste, niña?
—Sí, señora.
—María, ven un momento antes de que vuelvas al turno.
Esta no es la primera vez que escucho quejas sobre cómo
estás atendiendo a los clientes.
La gente viene aquí esperando un servicio claro y sin
complicaciones.
Y te lo voy a decir como es: muchos no te entienden cuando
hablas.
Tienes que mejorar tu inglés. Incluso mi nieto de seis años
se hace entender mejor que tú.
Cuando un cliente se vea confundido o incómodo, pásale la
mesa a Sara.
Ella sabe cómo tratar con el público que tenemos aquí.
Este es un negocio americano, y los clientes esperan
sentirse cómodos.
No quiero volver a escuchar más comentarios.
Si esto sigue pasando, voy a tener que pensar si este es el
lugar adecuado para ti.
¿Estamos claras?
María asintió en silencio.
—Yo te contraté teniendo en cuenta tu situación —continuó
la mujer—. Sé que necesitas el trabajo, y lo entiendo.
Pero también tengo que cuidar mi negocio. Así que te pido
que tengas más cuidado la próxima vez. A veces es mejor
ser condescendiente cuando es necesario.
Guardó su bolso y se dirigió a la puerta.
—Bueno, María, ya me voy. Cierra la tienda, por favor.
Y mañana ven con ánimo. Quiero verte con una cara más
alegre.
—Sí, señora.
—Bien. Hagamos lo posible para que esto funcione.
La mujer salió. María siguió cada indicación: ordenó
lo último que quedaba y cerró con cuidado.
Eran las nueve de la noche. El café era diurno, y a esa hora
la calle comenzaba a quedarse vacía. Aun así, María estaba
nerviosa. Lo que venía después le resultaba más difícil
que cualquier jornada de trabajo.
De pronto, empezó a llover. Era primavera, y las lluvias
no eran frecuentes. María se quedó bajo el techo de la
entrada para no empaparse. No había traído paraguas.
Mientras esperaba, su mente se llenó de recuerdos. Hubo
un tiempo en que todo era más sencillo, cuando siempre
había un hogar al que regresar.
Su tranquilidad se interrumpió al ver, a lo lejos, una
figura que corría bajo la lluvia.
—¡Mari! ¡Mari!
Era Dorothy.
Se acercaba levantando la mano, el paraguas en alto,
con el entusiasmo de siempre. María la observó venir
y, como cada vez, la misma idea regresó.
“¿Por qué su presencia siempre me hace sentir mal?”
“¿Por qué me hace sentir culpable?”
“Se ve tan hermosa…”
“Pasa siempre.”
“Nuestra amistad siempre ha sido complicado.”
—¡Dios mío! —dijo Dorothy al llegar—. Qué bueno que
no te fuiste a la estación. Está lloviendo fuerte.
¿Ves? Sirvió esperar. Si salías antes, te empapabas.
Toma.
Le entregó un paraguas. Sabía que María solía
olvidarlo. Sin esperar respuesta, se colocó a su lado
y comenzaron a caminar hacia la estación.
—No te preocupes —continuó, acomodándose el cabello—.
No es nada formal. Son amigos del campus.
Algunos ya están trabajando, otros haciendo prácticas.
Es solo una reunión para vernos antes del semestre.
María escuchaba, aunque apenas lograba seguir el
ritmo de sus palabras y el sonido de la lluvia.
—Quiero presentarte a varios —añadió Dorothy—.
Uno de los chicos vive en la casa donde iremos.
La idea es conocernos mejor antes de graduarnos.
Estamos a nada de terminar… ¿no te parece increíble?
Hizo una breve pausa y la miró con seriedad.
—Pero necesito que no estés tan tensa, ¿sí?
Conocer gente podría ayudarte. No lo digo por ellos.
Lo digo por ti. Quiero que tengas más oportunidades.
No quiero que te quedes sirviendo mesas toda la vida,
Mari.
María apenas escuchaba. La idea de entrar en una casa
llena de estudiantes de derecho la tenía inquieta.
—Ah… lo siento —murmuró—. Sí te escuché. Bueno…
no del todo. Estoy un poco nerviosa. Es mi primera vez.
Tú siempre estás estudiando y casi no tenemos tiempo
para estar juntas. Y cuando no vienes…
Su voz se apagó.
Dorothy la observó con atención. Miró alrededor.
La calle estaba casi vacía. La lluvia caía suave.
A lo lejos, el tren comenzaba a acercarse.
Sin decir nada, ajustó el paraguas con una mano.
Con la otra, tomó el rostro de María con cuidado.
Aprovechó el momento. Para acercar sus labios y
chocar con los suyos, mientras el viento calmaba las
dudas, fue breve, pero para María duro toda una vida…
Por un instante, las preocupaciones desaparecieron.
Sintió que, a veces, pensar demasiado solo hacía
las cosas más difíciles.
Dorothy la miró a los ojos.
—Escucha —dijo Dorothy con suavidad—. No tienes que
estar nerviosa, ¿de acuerdo?
Hizo una pausa antes de continuar.
—Un profesor mío solía decir que la vida no está hecha
para que la controlemos. Está hecha para que aprendamos
a movernos en ella, con juicio y sin miedo.
La miró con una calma firme.
—No siempre podemos saber qué va a pasar. Pero sí
podemos decidir cómo enfrentarlo.
Su voz se volvió más suave.
—Así que… ¿te parece si dejas que alguien que te quiere
de verdad te acompañe a obtener una oportunidad única?
María no lo pensó demasiado.
—Está bien.
Dorothy alzó la mano con naturalidad y detuvo un taxi
para que las llevara a la casa de su amigo Javier.
Durante el trayecto, María volvió a pensar en algo
que había entendido hacía tiempo: la distancia entre
las vidas de ambas.
Dorothy estudiaba Derecho en la Universidad de Boston.
Había conseguido una beca completa gracias a sus notas,
muy por encima del promedio.
En Texas, había crecido en un barrio sencillo, lejos
de las escuelas privadas y de los privilegios.
Estudiaba de noche, trabajaba cuando podía, y aun así
siempre destacaba entre sus compañeros.
Las casas de María y Dorothy estaban en calles
cercanas. Se conocían desde la primaria.
Habían crecido juntas, entre los mismos caminos
y las mismas tardes de calor.
Tal vez por eso Dorothy nunca la miraba con distancia.
Sabía lo difícil que era avanzar cuando todo alrededor
parecía empujarte hacia el mismo lugar.
Y aun así, ahora sus mundos eran distintos.
En la llamada tierra de las oportunidades, María había
aprendido algo que pocos decían en voz alta:
las oportunidades existían… pero no eran iguales
para todos.
Al final, este seguía siendo un país de blancos.
—Mira, ya llegamos —dijo Dorothy, sacándola de sus
pensamientos.
María miró por la ventana.
—¿Tan rápido? No puede ser…
Antes de salir del auto, Dorothy dijo:
—María, solo diviértete lo más que puedas… y cómete
todos los brownies que quieras, boba. Pero las galletas
son mías.
María bajó junto a Dorothy, inquieta. Llevaba casi
un año y medio en Boston y nunca había visitado una casa
ajena, mucho menos por cortesía.
La casa era tranquila y acogedora. Entrar en ella era
como entrar en una típica casa de Massachusetts: madera
clara, muebles bien cuidados, platos de porcelana y una
caja llena de discos de vinilo.
Desde la sala, uno de los muchachos levantó la voz:
—¡Eh, escuchen esto! Me lo compré con lo que gané la
semana pasada. Y cuídenlo, ¿sí? Después me lo devuelven.
Esto es mío.
Sacó un álbum grande y lo mostró con orgullo.
The Beatles’ Second Album.
—¿En serio lo compraste? —dijo otro—. ¿Cuánto te costó?
—¿Trae algo especial? ¿Alguna firma o algo así?
El joven dudó un momento. Su entusiasmo bajó un poco.
—Bueno… en realidad no es para mí.
—¿Cómo que no?
Se encogió de hombros.
—En mi casa no tenemos tocadiscos ahora.
El que teníamos se rompió… mi hermanito lo tiró sin
querer. Tenía tres años.
También rompió una figura de porcelana de mi abuela.
Mi mamá casi se desmaya.
Algunos rieron.
—Así que lo traje para escucharlo aquí —añadió—.
Pero en serio, cuídenlo.
Un momento después, la aguja tocó el vinilo.
El sonido llenó la habitación.
I Want To Hold Your Hand .
Cuando Dorothy y María entraron, el ambiente ya había
cambiado. María sintió que no estaba llegando a un
lugar desconocido, sino a una casa común, algo cotidiano
para ellos. Aun así, le costaba acostumbrarse.
—¡Dorothy! No puedo creerlo. Te ves increíble.
—Hola, Eric —respondió ella con una sonrisa—. Mira,
te presento a una amiga de la infancia. Ella es María.
Eric volvió la mirada hacia ella por primera vez.
—¿María? —repitió—. ¿Eres extranjera?
—Ah… sí. Y lo siento por no venir más arreglada.
Eric negó con la cabeza, con despreocupación.
—No te preocupes, estamos entre compañeros. Aquí nadie
viene a impresionar a nadie.
Luego volvió a girarse hacia Dorothy, con una media
sonrisa.
—Aunque, claro… tú no necesitas arreglarte. Siempre has
sido la chica más guapa del campus.
—No es para tanto —dijo Dorothy.
—Lo sabes tan bien como yo —respondió él con seguridad.
—Yo creo que sí —añadió María en voz baja.
Eric sonrió.
Roll Over Beethoven comenzó a sonar con fuerza
en el tocadiscos.
Al principio, nadie hizo mucho caso. Algunos
seguían conversando, otros permanecían sentados
en los sillones o apoyados contra las paredes.
Pero poco a poco, el ritmo empezó a imponerse.
Alguien apartó una mesa baja. Otro movió una
silla con el pie.
En una sala pensada para el descanso y no para
bailar, el espacio quedó justo, pero suficiente.
Entre risas tímidas y comentarios improvisados,
algunos comenzaron a moverse al ritmo. No era
un baile formal; apenas pasos sencillos,
balanceos, giros torpes y cercanos.
Otros prefirieron quedarse observando, sonriendo
desde los sillones, con vasos en la mano y la
música llenando el ambiente.
No era exactamente una fiesta.
Después de días de clases, lecturas
interminables y presión constante, aquello se
sentía más bien como un respiro: una forma
sencilla de soltar el cuerpo, bajar la tensión
y olvidar, aunque fuera por unos minutos, lo
exigente que podía ser su rutina.
Eric las hizo pasar con un gesto amplio.
—Bueno, siéntanse como en casa. Tomen lo que quieran,
de verdad. Vamos a animar un poco esto. La idea es
conversar, relajarnos… y olvidarnos un rato del campus.
Unos minutos después, levantó una copa de vino para
llamar la atención.
—¿Ya estamos todos? Bien.
Golpeó suavemente el borde de la copa con una cucharilla.
—Gracias por venir. En serio. Me alegra verlos aquí.
Solo falta Jonathan; está en Inglaterra y no pudo
escaparse esta vez. Pero aun así… es bueno que
podamos reunirnos.
Miró alrededor, reconociendo los rostros.
—Algunos ya están empezando a trabajar —como James—,
y eso ya es un gran paso. Supongo que todos lo sentimos:
estamos entrando en otra etapa.
Hizo una pausa breve.
—Y sí… el mundo allá afuera está un poco agitado.
Vietnam, las noticias, todo eso. Pero creo que, si
somos honestos con lo que hacemos… si trabajamos duro
y tratamos de hacer las cosas bien… nos puede ir bien.
Se encogió de hombros, con una media sonrisa.
—No sé si vamos a cambiar el mundo. Pero al menos
podemos construir algo digno. Algo que haga sentir
orgullosas a nuestras familias… y, con suerte, hacer
algo bueno por alguien más.
Levantó la copa.
—Por lo que viene. Y por esta noche.
—¡Salud! —respondieron todos.
Los aplausos llenaron la sala. María también aplaudió,
aunque todavía con cierta timidez. Dorothy le dedicó
una mirada tranquila, como asegurándole que todo
estaba bien.
Eric continuó:
—Ah, por cierto. Tenemos una invitada. Dorothy me
escribió hace unas semanas; quería traer a una amiga
de la infancia. Así que… bueno, todos, ella es
María.
Algunos sonrieron; otros aplaudieron con curiosidad,
con esa amabilidad un poco distante de los recién
presentados.
Eric le indicó un asiento.
—Y cuéntanos, María… ¿tu familia es de fuera?
Tu nombre suena… latino.
María se acomodó las manos.
—Ah… sí. Soy mexicana.
Hubo un breve silencio. Varias miradas se cruzaron,
más curiosas que incómodas.
—¿De México? —preguntó una chica—. ¿De Cancún?
Dicen que es precioso.
—No —respondió María con una pequeña sonrisa—.
Soy de Monterrey.
—¿Monterrey? —repitió Eric—. No estoy seguro de
ubicarlo. La verdad, de México solo conozco lo que
uno ve en vacaciones.
Algunos rieron con suavidad.
—Está al norte —explicó María—, cerca de la
frontera con Texas. Mi familia se mudó allí cuando
yo era niña. Buscábamos una vida mejor.
—Debió de ser un cambio grande —comentó otra chica,
con tono comprensivo—. Qué valiente.
—¿Y cómo terminaste en Boston? —preguntó Eric.
María dudó. Buscó las palabras, pero el silencio
empezó a alargarse.
Antes de que se volviera incómodo, Dorothy intervino:
—Ahora está mucho mejor aquí que en Texas.
—Oh… claro —dijo Eric, asintiendo enseguida—.
Bueno, me alegra que estés aquí. Boston puede ser
duro al principio, pero es un buen lugar para salir
adelante.
—Gracias —respondió María—. Es una historia un
poco larga. Preferiría no entrar en detalles.
—Por supuesto, por supuesto. No tienes que explicar
nada.
Eric sonrió y dio una palmada suave, como si
quisiera aligerar el ambiente.
—Bueno, cambiando un poco de tema… ahora que varios de
nosotros estamos empezando a movernos hacia el mundo
profesional, estaba pensando en proponer algo.
Hizo un gesto amplio, mirando a los presentes.
—Algunos ya están en prácticas, otros están enviando
solicitudes, y varios estamos tratando de entrar a la
Law Review o de trabajar en investigación con algún
profesor. Pensé que quizá podríamos organizarnos y
apoyarnos entre nosotros.
Se encogió de hombros.
—Compartir información, recomendaciones, contactos…
incluso trabajar juntos en algún proyecto de investigación
o en un artículo. Todo eso cuenta, y puede abrir puertas
más adelante.
Levantó ligeramente la copa.
—Así que me gustaría saber quiénes estarían interesados.
Nunca está de más ayudarnos entre compañeros.
Mientras Eric continuaba hablando, la conversación en
la sala empezó a dividirse en varios grupos.
Algunos comentaban sobre la guerra de Vietnam. Otros
hablaban de las oportunidades laborales que estaban por
venir. En un grupo cercano, dos estudiantes discutían con
entusiasmo sobre la aplicación real de la Ley de Derechos
Civiles.
—Una cosa es que la ley exista —decía uno—, pero otra muy
distinta es que los afroamericanos puedan alquilar una
casa donde quieran.
—Exacto —respondió otro—. Legalmente ya no hay
segregación, pero en la práctica los bancos y las
inmobiliarias siguen rechazándolos. La ley no los
protege de verdad.
En otros rincones se hablaba de contactos familiares,
de despachos legales, de prácticas profesionales y de
cartas de recomendación.
María observaba todo en silencio. Poco a poco, los
comentarios se mezclaban con el murmullo de la sala,
y el tiempo empezó a diluirse. Cada voz, cada gesto,
parecía perder importancia mientras su mente se apagaba,
como si flotara fuera de ese mundo.
De pronto, el lugar se había convertido en un territorio
desconocido. Eran jóvenes, sí. Pero también eran
estudiantes de la Universidad de Boston, personas que
hablaban con seguridad sobre un mundo que ella apenas
comprendía.
Sostenía su copa sin saber qué decir.
“Dios mío… qué incómodo”
“¿Qué debería decir? Ni siquiera entiendo la mitad de lo
que están hablando”
“Esta gente sabe de política, de leyes, de todo… Yo aquí
solo parezco una tonta”
Tranquila. No pienses así. Solo respira…
—María… María.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—Una pregunta —dijo Eric—. ¿Tú trabajas?
—Ah… sí. Sí trabajo. ¿Por qué lo preguntas?
Eric la miró con una leve sonrisa.
—¿No estabas escuchando?
María bajó un poco la vista.
—Lo siento… estoy un poco distraída. Tal vez es el alcohol.
—No te preocupes —respondió Eric con naturalidad—.
Perdón, no quería ponerte incómoda.
Eric tomó aire, como si ordenara sus ideas antes de continuar.
—En realidad —dijo Eric—, Dorothy me comentó algo.
María lo miró sin entender.
—Me dijo que, aunque no hayas terminado la secundaria,
existen otras maneras de conseguir un mejor trabajo…
con un poco de orientación. Y pensé que tal vez yo podría
ayudarte con eso.
Varias miradas se dirigieron hacia ella.
María se puso rígida.
—¿Qué? No… Dorothy… ¿qué te dije que no dijeras?
—Lo siento —dijo Eric enseguida—. No lo tomes a mal.
Tal vez no me estoy explicando bien.
—Si estás pensando que aquí tenemos algún prejuicio
contra los mexicanos… estás equivocada.
—¿Qué? —preguntó ella, confundida.
—Mira, lo que quiero decir es que sería bueno que
te relacionaras con gente que ya ha tenido algunas
oportunidades… que sabe cómo moverse.
—No quiero que te sientas mal, en serio. Pero aquí
todos hemos tenido cierta ventaja. Nosotros sabemos
cómo funcionan estas cosas.
—Dorothy viene de Texas, James de Iowa… y otros
tienen familias europeas. La mayoría tampoco nació
en Boston. No es que eso importe, pero… bueno,
a veces ayuda conocer a quien ya sabe moverse.
—Por eso pensé que quizá podría ayudarte un poco.
Mi madre tiene una librería de derecho. Tal vez
podrías trabajar allí, algo sencillo, recepcionista…
serías cercana a la universidad, a Dorothy,
y podrías empezar a construir algo mejor.
—Solo si quieres, claro. Solo intento ayudarte.
—Es que… yo no sé nada de libros. Ni de derecho, ni
de nada de eso—dijo María con nerviosismo.
—No te preocupes —dijo Eric—. Dorothy ya me había hablado de ti
en sus cartas. Ella se preocupa mucho por ti. Y yo respeto eso.
Además… ayudar a una persona es más fácil que intentar ayudar a
cientos o miles, ¿no crees? Algunos de los presentes rieron suavemente.
María sonrió por compromiso, aunque por dentro se sentía incómoda.
La oferta le caía del cielo, pero también la hacía sentirse expuesta.
Eric miró a Dorothy.
—Dorothy es una mujer extraordinaria. Y, si me permites decirlo,
más de uno en el campus la admira. Tú lo sabes.
Había entre ellos una cercanía que no era del todo oficial, pero tampoco
un secreto. Eric sentía algo por Dorothy, y parte de esa razón
explicaba por qué estaba tan dispuesto a ayudar a María.
Eric sacó un papel y lo extendió hacia María.
—Toma. Este es mi número. Mi madre es una mujer increíble.
Estoy seguro de que podría entrenarte. El trabajo no es complicado.
Solo aprender los códigos de los libros, organizar pedidos… cosas así.
María tomó el papel con cuidado.
—Sería un trabajo más tranquilo —añadió él—. Y tendrías tiempo
para otras cosas.
Horas después, tras conversaciones, música y varias copas, María
se acercó nuevamente.
—Disculpen… yo… tengo que irme. Mañana debo levantarme temprano.
Tengo que abrir la tienda.
—Claro —dijo Eric—. Lo entiendo.
Dorothy se levantó de inmediato.
—Yo la acompaño a su departamento. Luego regreso.
—Está bien —respondieron varios—. No te preocupes.
En cuanto Dorothy salió por la puerta junto a María, todavía
con algo de prisa, Eric se quedó observando cómo ambas se alejaban.
Apenas desaparecieron, comenzaron los murmullos en la sala.
—¿La viste? Es muy bonita.
—Sí… aunque venga de México.
—Bueno, es que la mayoría de la gente que yo he visto de allá,
sobre todo en California, suelen ser más… gorditos, cachetones.
—Y que se haya atrevido a venir hasta aquí… pobrecita. Seguro que
ni tiene hogar estable.
—Lo que me sorprende es otra cosa —añadió alguien—. María
vino desde Texas hasta Massachusetts. ¿Cómo habrá hecho? ¿De verdad sola?
—Habrá sido Dorothy la que la ayudó, seguro. Digo, no me imagino
que alguien así llegue sola hasta aquí.
—Y, además, ¿dónde estarán sus padres? —dijo otro—. Seguro ni sabían
que había venido… o quizá no tienen familia que pueda cuidar de ella.
—Sí —añadió alguien más—. Gente como ella… uno se imagina que llegó
hasta aquí porque nadie más podía.
Eric intervino, encogiéndose de hombros, sonriendo un poco incómodo.
—Sí, supongo… La verdad es que no sabemos mucho de su situación.
Dorothy me pidió que no hiciéramos demasiadas preguntas.
Hizo una pequeña pausa, mirando alrededor.
—Son amigas desde hace años. Mejor no meterse demasiado.
La conversación cambió de tema, pero la curiosidad, el desconocimiento
y la torpeza de todos quedaron flotando en el ambiente, dejando a
María todavía más expuesta y pequeña ante ellos.
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