Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 61

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español
  4. Capítulo 61 - Capítulo 61: No puedo volver a casa
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 61: No puedo volver a casa

⚠️ Advertencia ⚠️

⚠️📜 El siguiente contenido puede describir

acontecimientos ocurridos en la guerra

de Vietnam en el año 64 🇻🇳🪖.

📚 Las descripciones son históricamente

correctas, pero no deben tomarse como

una guía histórica precisa.

🏙️ También contiene descripciones sobre

temas delicados con respecto a la

sociedad de Massachusetts en la época

de los años 60 🕰️.

🚫 El autor no pretende hacer morbo

con esto.

✍️ Todo lo narrado aquí es ficción 🎭

y se recomienda la discreción del lector 🔎.

📝 Nota del autor 📝

😮‍💨 ¡Guau, Dios mío, qué difícil es

volver, eh!

⏳ Me he tardado bastante en esto

porque, bueno… ya ni siquiera voy a

poner por qué.

😅 O sea, aquí tienen, chicos, este…

como quien dice, el chiste.

🙏 Agradezcan a Dios que todavía me

preocupo por esto.

_____________________________________________

4 de julio de 1964

Base de Qui Nhon, Vietnam

El día apenas comenzaba, pero el taller llevaba horas en

movimiento. En realidad, llamarlo taller era generoso. Apenas

dos techos de lámina, mesas improvisadas y montones de piezas

cubiertas de polvo y aceite. Más que un lugar de reparación,

parecía un cementerio de metal.

Un convoy se preparaba a toda prisa. Soldados corrían con sus

fusiles hacia la parte trasera de los camiones; debían salir

hacia un tramo de la ruta donde otra unidad había sido

emboscada horas antes.

Dos vehículos permanecían abiertos, con los motores expuestos.

El aire vibraba con el trabajo: llaves golpeando acero, tapas

cayendo, piezas arrastradas por el suelo. El zumbido constante

de los generadores llenaba cada espacio donde antes habría

silencio.

Y por encima de todo, el calor.

El aire era espeso, pesado, cargado de diésel y aceite quemado.

El suelo oscuro y resbaloso brillaba por los derrames. Nadie

caminaba. Todos se movían de un lado a otro sin detenerse.

Otro camión había llegado remolcado.

Catorce hombres trabajaban sobre él, desarmándolo por

secciones. El motor estaba perdido; no intentaban repararlo.

Solo buscaban lo que aún pudiera servir: filtros, líneas,

bombas, cualquier pieza que mantuviera vivos a los otros

vehículos.

Cada minuto importaba.

Inclinado sobre el bloque de un motor, Collin trabajaba con

las manos negras hasta las muñecas. El metal quemaba incluso

bajo la sombra del techo.

Entonces alguien gritó.

—¡Jesucristo!… ¡Dios mío!…

El trabajo se detuvo por un segundo.

A pocos metros del taller, un UH-1 descendía, levantando una

nube de polvo y papeles. Tocó tierra con brusquedad, el rotor

golpeando el aire como un latigazo por cada rotar.

Dos médicos corrieron hacia la compuerta antes de que el

helicóptero se estabilizara.

Sacaron la primera camilla.

El hombre no se movía.

Luego la segunda.

Tampoco.

La tercera se movía.

El soldado sobre ella se retorcía contra las correas, tratando

de incorporarse. Gritaba algo una y otra vez, pero el rugido

del rotor devoraba las palabras.

Tenía el brazo derecho intacto.

El izquierdo desaparecía bajo un vendaje grueso, empapado y

oscuro. La pierna del mismo lado terminaba en un muñón

vendado, por encima de la rodilla.

Su boca se abría y se cerraba con desesperación, buscando aire,

buscando a alguien.

Entonces una palabra logró escapar.

—¡Perdón!… Dios, perdóname… Mamá… yo no quería…

El helicóptero se tragó sus lamentos

Nadie habló.

El rotor siguió girando.

Collin no se dio cuenta de que el motor ya no hacía ruido

bajo sus herramientas. Se quedó mirando un segundo más de lo

necesario.

Y recordó lo que el sargento Miller le había dicho unos

días antes de venir a ese lugar.

El despacho del sargento era funcional, con papeles

ordenados y restos de tabaco en los bordes de la ventana,

cuyo olor impregnaba el ambiente.

El sargento entró primero en su oficina. Cruzó hasta el

escritorio, tomó asiento y solo entonces levantó la vista.

—Siéntate, McKenzie.

Collin obedeció.

El sargento no habló de inmediato. Revisó dos hojas sobre el

escritorio y luego se dirigió al muchacho con cierta dureza.

—Tengo dos cosas para ti. Primero, una carta de tu madre.

Se la extendió.

Collin la tomó sin abrirla.

—Segundo —continuó el sargento— es una orden. Esta mañana

emboscaron a tres convoyes al norte. La base avanzada está

corta de personal. Necesitan mecánicos. Rápidos y hábiles.

Hizo una pausa.

—Me ordenaron enviar a nueve hombres. Estás en la lista,

McKenzie.

Collin asintió.

—Sí, señor.

El sargento lo observó unos segundos más de lo necesario.

—No seas una carga para los demás. Allá afuera está la guerra

que todos temen. Vas a necesitar coraje… con el calor, con el

cansancio, ya sea reparando o conduciendo un convoy.

Hizo una leve pausa.

—Y escucha bien: sigue las órdenes. Siempre. Aunque creas que

no es el momento… aunque no te parezca correcto. Tu trabajo es

obedecer.

Se apoyó en el escritorio.

—¿Alguna vez tu padre te habló de Corea, McKenzie?

—No, señor. No suele hablar del tema…

—Bien —respondió el sargento—. Entonces escucha.

Guardó silencio un momento y desvió la mirada.

—¿Recuerdas a Dennis? Mi hijo mayor. Cumple dieciséis este

seis de octubre.

Volvió a mirarlo. Por un instante, su expresión se tensó, como

si fuera a decir algo más.

—Haz tu trabajo… y podrás volver a casa.

Su voz bajó, pero se volvió más firme.

—No intentes ser valiente. No intentes ser un héroe. No quiero

tener que darle explicaciones a tu padre.

Se enderezó.

—Mantén los vehículos en movimiento. Si los camiones avanzan,

los hombres viven. Así de simple.

Collin asintió.

—Sí, señor.

—Bien. Lárgate de mi oficina.

Collin se levantó y caminó hacia la puerta.

—McKenzie.

Se detuvo.

El sargento no levantó la voz. Cuando habló, había algo de

cansancio en ella.

—Que Dios… te acompañe.

El recuerdo de la advertencia le hizo entender que no

debía detenerse: las órdenes se cumplen, aun cuando

no parezca el momento adecuado.

—¡McKenzie ya lo abrimos!

El helicóptero ya estaba descargando las últimas camillas.

Collin volvió al motor, metió la mano en el compartimiento

y probó el arranque de emergencia.

Nada.

Miró mejor. El bloque estaba agrietado. El sistema de

combustible había colapsado.

No había tiempo para salvarlo.

Se enderezó.

—¡Déjenlo! —gritó—. Este no va a arrancar.

Uno de los mecánicos negó con la cabeza.

—Podemos cambiar la línea. Aún podemos salvarlo.

—No. Ya perdimos demasiado tiempo.

Señaló los otros vehículos del convoy, alineados: algunos con

agujeros de metralla, otros cubiertos de polvo y sangre seca.

—Necesitamos al menos tres camiones operativos antes del

anochecer. Pasen al siguiente. Este queda para repuestos.

Hubo un segundo de duda.

Luego se movieron.

Herramientas levantadas. Cajas arrastradas. El grupo se

desplazó al siguiente vehículo sin discutir.

El ruido volvió a llenar el área.

Detrás de ellos, el helicóptero despegó.

El viento caliente levantó el polvo alrededor del camión

muerto.

Collin no lo miró.

Él solo miraba lo que estaba haciendo, concentrado en quitar

los tornillos de presión para revisar otras partes. Collin

estaba tan concentrado que no se daba cuenta de que seguían

llegando más camillas, con más jóvenes como él suplicando por

sus madres.

No era que no los escuchara; los escuchaba. Pero

mantenía la vista fija en el metal, obligándose a pensar solo

en el motor y en sus manos. Porque mientras el trabajo no se

detuviera, tampoco lo harían las preguntas.

…como si mirar más allá del motor fuera admitir por qué

estaba allí, por qué eligió los motores en lugar de los

rifles.

Mientras el sol salía en Vietnam, en Massachusetts la

noche del 3 de julio estaba por terminar. Dorothy y

María caminaban por las calles húmedas, alejándose de

la casa. El sonido de sus pasos se mezclaba con el agua

que aún caía desde los tejados.

Después de avanzar unos metros, Dorothy habló con

entusiasmo:

—¡Te lo dije! ¿Ves? Solo era cuestión de tiempo. Déjame

hablar con Eric, estoy segura de que puede ayudarte.

María la miró con incomodidad.

—Dorothy… perdona. Sé que te importo, de verdad.

Pero… ¿por qué tuviste que decir algo así? ¿Por qué

contaste eso?

Dorothy suspiró.

—Sé que fue un poco incómodo. Pero mira el lado bueno.

Podrías conseguir un trabajo mejor. Algo más tranquilo,

sin tener que esforzarte tanto ni aguantar a los clientes

todo el día.

—No es eso —respondió María en voz baja—. Tú sabes

que no es eso.

Dudó un momento.

—Si tan solo fuera un poco más blanca… tal vez pasaría

desapercibida.

Dorothy se detuvo de inmediato.

—Oye. Tu piel es hermosa. No vuelvas a decir eso de ti,

¿sí? Yo solo quiero ayudarte, María. A veces la gente

quiere ayudar… tienes que dejar que lo hagan.

María bajó la mirada.

—Está bien.

Dorothy miró alrededor.

—Será mejor tomar un taxi. Los chicos ya habían bebido

bastante. Tú no tomaste mucho, ¿verdad?

—No. Pero prefiero no caminar.

Tomaron un taxi en dirección a la casa donde María se

hospedaba.

Era una vivienda compartida: una casa antigua donde una

señora alquilaba habitaciones a trabajadores y

estudiantes. El lugar quedaba algo lejos del restaurante.

Cuando llegaron, subieron en silencio. María abrió la

puerta de su cuarto y ambas se sentaron en la cama.

Dorothy habló primero. Sus manos se movían inquietas sobre

sus rodillas.

—Oye… perdón por no haberte contado todo antes. Yo solo

pensé que… bueno, soy una estúpida.

María tardó en responder. Tenía la mirada fija en el suelo.

—No, no —la interrumpió al fin—. La malagradecida soy

yo. Tú solo quieres ayudarme.

Dorothy negó con una sonrisa tímida, aunque sus hombros

seguían tensos.

—No tienes que decir eso. Y tampoco tienes que fingir

que todo estuvo bien. Sé que fue incómodo… pero de

verdad, son buenas personas.

Hizo una pausa, buscando las palabras.

—Solo… no los juzgues tan duro. No lo hacen con mala

intención. Hay muchas cosas que la gente simplemente no

entiende.

María asintió apenas, como si la frase le llegara desde

muy lejos.

—De hecho… hay cosas que yo tampoco entiendo.

Se encogió de hombros sin levantar la mirada.

—Apenas llevamos un par de años aquí. Apenas estamos

aprendiendo cómo funcionan las cosas. A veces uno repite

lo que escuchó toda su vida sin pensarlo demasiado.

Dorothy la observó con atención. María parecía ausente,

como si no estuviera del todo allí.

Se inclinó un poco hacia ella.

—Te he notado triste estos días. Como… lejos.

¿Ocurre algo? ¿Quieres hablar?

María permaneció en silencio unos segundos, con las manos

entrelazadas y los dedos apretados.

—No quiero admitirlo… pero extraño a mi familia.

Dorothy frunció el ceño.

—¿Qué? Lo siento… tal vez te estoy empujando demasiado.

Su expresión cambió, endureciéndose un instante.

—Leroy debió mantener la boca cerrada. Nos hizo la vida

más difícil.

Exhaló con molestia, como si el recuerdo aún le pesara.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de María,

sin que ella intentara limpiarlas.

—No… no es eso.

Dorothy se acercó y le secó el rostro con cuidado.

—María, lo siento. A veces olvido que tú… me necesitas

más de lo que yo te necesito, y eso me duele el alma.

—Siento que yo te arruiné la vida. Solo quiero

ayudarte —dijo con la voz quebrada.

María respiró hondo, pero su mirada seguía perdida, fija

en un punto vacío.

—Tal vez me sacaron de la casa. Tal vez mi padre me

golpeó. Tal vez me dijo que ya no era su hija… pero aun

así no puedo creer que haya dicho cosas tan horribles

de mí.

Su voz se quebró.

—Y a pesar de todo… los extraño. A mis hermanos. A mi

mamá. A mi papá. Aunque también los odio.

Parpadeó varias veces, como si tratara de volver al

presente.

—Dime, Dory… ¿tú crees que sería mejor irme a Texas

otra vez?

Dorothy la abrazó con fuerza.

María continuó, casi en un susurro, con el cuerpo rígido

entre sus brazos.

—Llegué hasta aquí gracias a ti. Pero… quisiera sentir

que me gano las cosas por mí misma. Quisiera sentir que

lo logré sola. Que el trabajo es mío… que lo merezco.

Bajó la mirada.

—Porque ahora mismo… me siento muy inútil.

Su voz se volvió apenas audible.

—No te lo digo, pero me quiero ir de este mundo…

quisiera dejar de llorar, quisiera, no sentirme así…

Sin embargo, Dorothy, como si quisiera detener ese

espiral de pensamientos, le tomó las manos y la hizo

recostarse en la cama. Sus dedos se cerraron con

firmeza sobre los de María, como si temiera que

volviera a perderse en sus propias dudas. Se inclinó

apenas, lo suficiente para que María sintiera su

calor y su respiración cerca.

—Vuelve a decirlo —susurró—. ¿Cómo te sientes?

María dudó.

—Me siento sola.

Dorothy apretó sus manos.

—Yo estoy aquí.

—Me siento inútil.

Dorothy sostuvo su mirada.

—¿Eres una mujer de admirar?

María tragó saliva.

—Me siento como una idiota.

La lluvia volvió a escucharse contra la ventana. El

cuarto quedó envuelto en ese sonido constante, como

si el mundo se hubiera quedado afuera. Dorothy

giró apenas la cabeza hacia la puerta cerrada, casi

por reflejo, y luego volvió a mirarla.

María acercó su rostro con lentitud. Su respiración

tembló. Dorothy no se apartó.

Sus labios se encontraron.

Fue un beso contenido, cuidadoso, como si ambas

midieran el peso del gesto. El roce de sus cuerpos fue

suave. María miró a Dorothy y, con miedo, comenzó

a desabrochar los botones de su blusa, suspirando con

un deseo contenido. El calor se extendió despacio desde

el pecho hasta las manos que aún seguían entrelazadas.

Cuando se separaron apenas, Dorothy habló en voz

baja.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, María?

Que siempre dices la verdad… incluso cuando duele.

Hizo una pausa, buscando las palabras.

—Pero no ves todo lo que eres. Eres hermosa, María.

Eres trabajadora. Y todo lo que tienes lo hiciste tú

sola. Yo no trabajé por ti… solo fuiste tú.

Sus pulgares rozaron las mejillas de María.

—Esas tres cosas que dijiste no son lo que eres. Son

cosas que te hicieron creer.

—Dory… —murmuró María.

Dorothy volvió a besarla, esta vez sin tanta duda.

María dejó escapar el aire que había estado

conteniendo y apoyó las manos en su espalda,

no podía mentirse, su cuerpo la deseaba.

No había prisa. Solo una necesidad de ir despacio,

como si el roce de sus cuerpos buscara algo más

profundo que la piel.

Dorothy apoyó la frente contra la suya.

—Me voy a quedar aquí contigo un rato —murmuró—. Y

quiero que entiendas algo. No me importa lo que piense

la gente. Yo siempre estaré ahí… porque ahora eres

más que una amiga para mí.

Sus ojos se humedecieron.

—Si mi familia supiera lo que siento por ti…

probablemente también me cerrarían la puerta.

Las gotas de lluvia impactaban con fuerza la ventana.

—Por ahora, lo único que tenemos es esto. Nosotras.

No lo que piensen ellos.

Bajó la voz todavía más.

—Mírame, María… me cuesta decirlo.

Respiró hondo.

—No puedo decirlo cuando te veo…

—No puedo decirlo ni siquiera en secreto…

Sus dedos temblaron levemente al apartar un mechón

del rostro de María.

—María… te amo.

No lo dijo fuerte. Fue casi un hilo de voz, solo para María.

El “te amo” salió, pero salió con una herida detrás.

—Me muero por ti… y todo es tan difícil…

Cerró los ojos un instante antes de continuar.

—Dime algo. Olvida la universidad, tu familia, el

trabajo… todo. ¿Qué es lo que quieres?

María no lo pensó.

—Quiero, que…te quedes conmigo.

Dorothy sonrió apenas.

—Entonces eso haré. Esta noche no tienes que pensar

en nada más.

Entre besos lentos y caricias que buscaban un

consuelo mudo, se refugiaron una en la otra.

Bajo la manta, encontraron una posición cercana,

como si el simple contacto bastara para sostener lo

que afuera no podía decirse con palabras

El cuarto quedó en silencio, interrumpido solo por la

lluvia y el murmullo de sus respiraciones que poco a

poco se acompasaron.

Esa noche las dos solo eran eso, dos mujeres

que se deseaban con toda su fuerza.

Y en algún punto, entre el sueño y la oscuridad, una

sensación extraña cruzó la mente de María. Como una

voz lejana, apenas un murmullo:

El tiempo se acerca.

Los caminos se están cruzando.

El río trae plata entre sus piedras,

y la luz del sol descongela la nieve

que arrastra los susurros del mañana.

Y como si fuera un presagio, como si algo invisible

hubiera rasgado el sueño, una tormenta de imágenes la

atravesó.

Calles que no reconocía.

Rostros desconocidos.

Puertas cerrándose con violencia.

Personas corriendo sin mirar atrás.

Voces superpuestas, gritos ahogados por el viento.

Y un hombre con una espada…

Los golpes de las visiones despertaron a María

Por un momento no supo dónde estaba. Luego recordó el

cuarto, la lluvia, y ese momento tan delicado.

Dorothy ya no estaba.

Sobre la mesa había una carta.

En ella, Dorothy le explicaba que había tenido que

regresar al trabajo de forma urgente, pero que volvería

por ella. También le recordaba el número y la dirección

de Eric.

Al final, en una posdata, decía:

“Espérame un poco más, María. Déjame ayudarte primero

como tu amiga… y después veremos todo lo demás”

María sostuvo la carta unos segundos. Se sintió un

poco más tranquila.

Después de leerla, miró el reloj: las siete y media.

Le quedaba apenas media hora.

Se alistó deprisa. Se maquilló con cuidado, pero sin

detenerse demasiado. Esta vez no llevaba encima la

tristeza del día anterior. Algo dentro de ella se

sentía más ligero. Tal vez la conversación con

Dorothy. Tal vez la idea de no estar completamente

sola.

Eso le dio fuerzas para resistir, al menos, unas

semanas más.

Cuando llegó al restaurante, la jefa ya estaba allí.

La saludó con un gesto breve, pero la observó con

atención mientras se ponía el delantal.

—María.

La joven se volvió.

—Cuando te digo que sonrías, no me refiero a que

vengas como si te hubieras ganado la lotería. ¿Qué

traes hoy?

María negó con una sonrisa.

—Nada, señora. Solo estoy de buen humor.

La jefa la miró unos segundos más, evaluándola.

—¿Buen humor? —repitió—. Bueno, eso me gusta.

Ponte a trabajar ahora.

María respondió con entusiasmo.

—Sí, señora.

—Claro que sí. Ayer andabas con cara larga y hoy

vienes hasta contenta. Eso no pasa porque sí.

María guardó silencio, todavía con una sonrisa leve.

Pensando en el futuro.

Cuando tenga suficiente, tal vez pueda comprar un libro

de derecho. Solo para conversar un poco. Lo suficiente

para reírnos de algo que los estudiantes entienden.

Tal vez comer juntas en otro restaurante.

Comprar ropa nueva.

Imaginar algo distinto.

Y entonces se detuvo.

La sonrisa se deshizo apenas.

Aunque no pareciera algo malo, lo cierto es que las

dudas sobre sí misma la obligaban a detenerse.

Después de todo, era solo un sueño. Nada más.

Y, sin embargo, algo en su interior insistía

en que era importante.

No sabía por qué.

Solo lo sentía.

“¿Por qué soñé con una iglesia en cenizas?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo