Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 7
- Inicio
- Todas las novelas
- Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español
- Capítulo 7 - 7 La misericordia de los cuervos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
7: La misericordia de los cuervos 7: La misericordia de los cuervos ⚠️ Advertencia: Este capítulo contiene imágenes gráficas, violencia y referencias a datos históricos.
El autor ha investigado libros históricos, registros documentados y bibliografías de sobrevivientes del Holocausto.
Recordando que todo esto es ficción, el autor no pretende ofender a ningún sobreviviente ni a las víctimas de esta tragedia.
Se recomienda discreción del lector.
__________________________________________________________________________________________________________ —Papá, quiero un dulce.
—Ya, mi Biscottini, te daré un dulce, pero en un momento, por favor.
Hay algo que estoy oyendo en la radio.
—(Anuncio de la Radio nacional polaca) “Atención, atención.
Hoy, 1 de septiembre de 1939, a las 5:40 de la mañana, las tropas alemanas han cruzado las fronteras de la República de Polonia.
Nuestra patria ha sido atacada por aire y tierra.
Estamos en guerra con Alemania.” —¿Qué es lo que yo estaba recordando?
¡Sí!
Recordaba lo hermosas que se veían mis hermanas cuando todavía estábamos en la casa.
Tenían sus vestidos acampanados con flores.
Mi mamá las sostenía en ambos brazos.
—Mi amor… ¿Tal…?
Mira, tal vez… no hay que preocuparnos, ¿sí?
Tal vez simplemente… todo se va a solucionar.
—¿Por qué mamá estaba preocupada?…
Ah… es verdad… nos invadieron los nazis.
Recuerdo que todo pasó tan rápido que ni siquiera entendí cómo.
Nos llevaron unos edificios confinados, creo… así se llamaba… Gueto… si esa es la palabra, Gueto…
Estuvimos ahí por casi dos años.
Luego papá consiguió un trabajo en una fábrica.
Solo fueron cuatro meses… y terminé aquí.
—¡He, mocoso!
¡Mocoso!
—Quiero volver a comer el kisiel que mamá preparaba para mí… Ese pensamiento era apenas un recuerdo al que Nuriel se aferraba, tratando de enfocar su mente en otra cosa, recuerdos de cuando aún podía disfrutar de aquellos placeres que ignoraba.
El kapo un prisionero judío de Auschwitz, lo golpeó en la cara con un bastón, de los típicos que usaban en el campo.
—Lo siento, señor… es que tengo hambre.
—Idiota, ¿quieres que te mate?
—No, señor.
—¿Quieres que te fusilen?
—No, señor.
—¡Entonces muévete!
Nuriel estaba removiendo escombros de una de las reparaciones que se hacían en el lugar, necesitaban mano de obra.
Para entender cómo el Santo del Relámpago llego a Auschwitz, había que retroceder en el tiempo.
Año 1939.Su padre, Marco Graziani, italiano de origen, estaba casado con Hanna Szymanski, una mujer hermosa, de rasgos muy atractivos para la época.
Nuriel era su primogénito, seguido de sus hermanas, sus nombres eran Bianca y Aniela, unas hermosas niñas de cabellos acanelados y ojos avellanados.
Marco trabajaba como contador del Banco de Polonia, el Bank Polski, y Hanna era bibliotecaria, en la biblioteca Municipal María Curie.
En septiembre, cuando los alemanes invadieron Polonia, la familia pudo ver la hostilidad que tenían los alemanes con los polacos.
Marco, por lógica, estaba planeando abandonar Polonia con su familia; sin embargo, no pensó que la situación escalaría a un escenario casi imposible de realizar, porque a finales de 1939 e inicios de 1940 comenzaron los traslados al gueto de Varsovia.
Aun con las influencias que tenía, las autoridades nazis al registrar a su esposa e hijos, el departamento de las SS, lo clasificaron como familia judía.
La primera impresión que tenía, era la misma duda que vio en el periódico, aglomerarían a todos los judíos en este lugar, mudándose a las casas de gran tamaño, abriendo la puerta pudo ver a 24 personas en una misma habitación —mujeres, hombres, niños, ancianos— supo que la situación escaló a un punto crítico.
—Dios mío, ¿Qué es esto?
¿Por qué nos traen aquí como si fuéramos animales?
A pesar de ello, encontró comodidad y hospitalidad en algunos compañeros de habitación, sobre todo a un administrador de gestión, aunque ya jubilado, sería un contacto importante para lo que planeaba hacer.
Tomó la decisión de adaptarse a las condiciones del gueto y relacionarse con la comunidad judía, ayudando en operaciones de contrabando de comida y papeles falsos; sin embargo, era necesario alguien, que le facilitara estos accesos, con cierta libertad que ayudaría a su familia a salir del gueto.
El hecho de hablar italiano y polaco, más lo carismático que era, le permitió hacerse amigo de un policía judío del gueto: Abram Lewkowicz.
Fue muy amistoso con la familia y fue de gran ayuda para la recomendación de los Graziani a una fábrica textil, por medio de sobornos de papas y recopilando contactos de judíos adinerados que poseía Marco, tardó aproximadamente 3 meses para que se pudieran realizar los documentos necesarios y el de otros judíos sin levantar sospechas.
Gracias a Abram, los Graziani pudieron darse un respiro, ya que su padre logró darles una noticia que alegraría a la familia.
—Hanna, niños, escuchen, perdónenme por no haber estado muy presente, pero esto…esto es nuestro pase para…
—Marco, mira yo… —Hanna, mi Biscottino, espera… quiero que sepas que yo te amo, y te elegiré a ti siempre, sí… mira, esto nos garantizará el salir de aquí, miren, conseguí un trabajo y para ti también, Biscottino,… hay una fábrica textil, la de Fabryka Tekstylna Warszawsk, allí iremos a trabajar…!No es fantastici!…
denme una sonrisa.
Marco consiguió estos papeles con sellos auténticos, no detectarían la falsificación.
La familia pudo tener un respiro del gueto siendo, en 15 de enero del 1942, movidos junto con otros judíos a la fábrica.
Pero la suerte duró poco.
A pesar de su entusiasmo para mantener su alegría, no cambiaría la opinión del régimen nazi.
Tras seis meses de adaptación en la fábrica, llegaron órdenes de deportación inmediata de la mano judía, reacomodada por órdenes sistemáticas; se les ordenó a todos los trabajadores de la planta formarse en la estación Umschlagplatz.
Nadie sabía lo que estaba pasando.
Marco creyó que sería movidos a otra fábrica, tal vez por necesidad armamentística; sin embargo, tenía una mirada unánime, porque a pesar de ser optimista, sus palabras parecían una contradicción hipócrita, como un patrón cínico por convencerse de sus propias mentiras.
—¿A dónde nos enviarán?
Tranquilo, Marco… muestra una sonrisa, tu esposa e hijos dependen de tu fuerza… tal vez… solo nos trasladarán a otra fábrica… ¿si eso debe ser… tal vez una armamentística… si eso debe ser… los alemanes están en guerra… no?
… necesitan… armas… no?
Mientras Marco intentaba recuperar su valentía, el sonido agudo como si 2 placas de metal se besaran violentamente, pues aquella maquina de metal, desmoronaría su optimismo.
Al ver cómo los vagones se detenían… oír cómo el sonido de un silbato, que daba la orden de abrir las puertas, sabiendo que dentro de ellas habría la respuesta que no quería aceptar, podía sentir el gran abismo que existía entre la zanja de la vereda y la madera del vagón, entendiendo que tal vez debería dejar de pensar… o si no… el eco de sus voces lo golpearían.
Solo bastó con un azote para saber que tenían que entrar en esa cosa.
Marco temió lo peor.
Hanna y las niñas estaban asustadas mientras otras personas pisaban sus pies.
La orden fue dictada: las ovejas debían entrar en esa caja de madera, personas ancianas caían por lo resbaloso del suelo y niños perdieron a sus padres por la distancia de la multitud.
Y aquello quedó claro cuando cerraron las puertas con fuerza, que su tierra, su país, sus sueños… solo era el color que teñiría las paredes de los hornos.
Tras pasar horas en el tren, con frío y sin tener espacio para moverse, Marco le dijo a Hanna: —Biscottin, apóyate, estaremos cerca de las paredes.
Sin embargo, Marco vio que por alguna razón había más espacio, y se dio cuenta de que la gente estaba cayendo.
Tras pasar solo un día, cayendo la luz del sol, se podía sentir con más intensidad el aire helado que enfriaba los brazos y los dedos.
Hanna temblaba, por lo que Marco le dio el saco que traía puesto y trató de pensar en algo, pero el olor del vagón lo mareaba, no le permitía pensar, sentía que se asfixiaba por el olor putrefacto, no dejando espacio para el viento de la ventana.
—Papá, quiero hacer pipí.
—Biscottin… está bien, ven, hazlo en esta esquina.
—Marco, temo lo peor, algo me dice que no estamos yendo a una fábrica.
—Hanna, no pienses en eso, por favor.
—Pero, y si…Marco la besó para calmar un poco su angustia.
—Hemos salido de esto, y lo haremos a donde sea que vayamos… está bien.
Hanna lloró, pues el miedo le comía el alma; pues el anciano que cayó era tan solo un afortunado de no haber entrado a las puertas del Hades.
Su marido lo único que podía hacer era solo abrazarla.
—Mamá, no… este triste.
—Bianca, no, hija, no… —Mamá, no llores, no llores.
Tanto Aniela como Bianca querían llorar en respuesta a la angustia de su madre.
Sin embargo, una reacción preocuparía a la familia.
—Hanna, ¿está bien?
—Sí, disculpa, solo me duele el estómago…estoy bien.
No era grave al principio, pero en las circunstancias en las que estaba… no le favorecerían.
Pasado el segundo día, dentro, Nuriel vio a otro hombre caer sin respuesta, su hijo intentado sostener a su anciano padre, solo se describe el rostro de la vejez en dirección al cielo, sus ojos no miraban a nadie más que solo hacia su nuca, sus manos temblaban como si de tocar un piano sin ritmo se tratara, mientras la angustia de su hijo gritando su nombre, solo hacía que aquel hombre deseara expresar con sus manos notas jamás escuchadas…notas sin sonido.
—Papá… ¿Qué le pasó al hombre?
—Hijo, no lo veas.
Mira a otro lado, por favor.
El padre temía que lo llevaran a un campo de concentración.
Pensó: —Todos los campos son un infierno, sin embargo, mientras no sea ese… Los pensamientos del padre gritaban desde sus tímpanos.
El tren estaba deteniéndose, teniendo la incertidumbre de qué lugar es este, ¿a dónde llegaron?, y cómo aquel canto del ángel que se escucha, tras abrir las puertas del cielo, con una trompeta, este lugar también tenía su trompeta de llegada.
—¡Auschwitz noooo, nooooo…Jesucristo… Auschwitz!
La familia se les heló la sangre al ver el destino al que habían llegado.
Nuriel dijo: —Papá, ¿qué es Ausch…?
Llegaron en la mañana a Auschwitz el 25 de julio del 1942.
Abriendo las puertas del destino a una tierra, cayeron en cuenta de que solo bastaba dar un paso para la bienvenida de aquellos afortunados, que conocerían la misericordia de los despiadados.
El silbato de un soldado los obligó a bajar en filas y se pudo ver a la distancia un soldado en medio del terreno, que hacía señales con su mano derecha.
Nadie entendía por qué aquel hombre hacía esas señas, y cómo como un golpe al corazón, ver a la persona que más amas siendo apartada de ti, no sabiendo el porqué.
A lo lejos, un hombre gritaba: —¡Ten más cuidado, es mi mujer!
¡Suéltala!
Un guardia respondió como respondería un demonio del infierno; las palabras se intercambiaban con el plomo, su mujer tenia una fuente salida de su frente.
Viendo cómo su amada se desvanecía en el abismo del cielo, en sus brazos, una historia que jamás tendría testigo, porque aquel hombre cayó, pues la pistola quería escupir un segundo perdigón.
Marco y Hanna se miraron con dolor, pues el hilo del amor se rompía, por que no esta hecho de hebras de paja.
En medio del caos, Hanna se reencontró con una amiga, que fue deportada del campo de Majdanek en el año 1941.
—Hanna… no sabes cuánto me alegra ver una cara conocida.
—Doroti… ¿a dónde nos llevan?
—No lo sé, a mí separaron también… Nuriel no entendía nada.
Solo veía a su madre frágil, a sus hermanas temblando de miedo, y con mucha hambre.
Los obligaron a dormir en lo que parecía ser un almacén, pero estaba lleno de personas, con rostros que se asemejaban a un conocido que se resiste de ir a la tumba.
—Mamá, ¿Qué es este sitio?
—Hijo… estamos en Auschwitz.
—No te preocupes, tu mamá está aquí.
Solo hazme caso: mira al suelo y obedece… todo lo que te digan.
¿De acuerdo?
Pero dos días pasaron y, como si se tratara de la llegada de la primavera, los cuervos cantan al ver semillas en los campos.
Estos cuervos le dijeron que se desvistieran: —¡Son de gran utilidad para el interés de nuestra patria, tomarán una ducha y los asignaremos a sus nuevos puestos de trabajo!
Separaron a las gemelas antes de ir a las duchas; con lágrimas en sus rostros, en sus mejillas rosadas brotaban las lágrimas de las niñas, …porque tenían miedo…
Su madre era su calma…que se les apartó por capricho, porque así lo querían los cuervos.
—¡Mamá!
¡Mamá!
Enviándolas a los bloques de experimentación, Hanna, incapaz de ocultar su enfermedad, fue apartada violentamente.
—No, por favor.
¡Mis hijas!
¡Mis hijas!
—Cállese, señora.
Sus hijas solo irán a una revisión médica, es el protocolo.
¡Desvístanse!
¡Tienen dos minutos!
A esta mujer se le despojaron de sus prendas, de sus cabellos y de sus hijas, no entendiendo el propósito, ni adivinándolo.
Ya desvestida, vio aquel pasillo, era como ver el Sheol; las ovejas, despojadas de sus lanas, entraron a un cuarto con cientos de ovejas.
Hanna no sabía qué hacía allí, ni por qué obedecía; solo sentía el calor asfixiante, más el roce y la piel de cada oveja, áspera, sucia.
Solo fue un momento, pudo tomar el aire que estaba por encima de la nuca de las ovejas, y pudo sentir que, sus manos eran pezuñas, y su rostro tenía lana.
Mirando hacia el techo, pudo ver cómo, en una brecha de luz, salió la respuesta a su duda.
Y las ovejas lloraban, les dolía respirar, y ella también lloró, porque le dolía respirar.
Las puertas de la habitación se golpearon como un esfuerzo para romperlas, pero sus pezuñas no eran para romper la distancia, sino para dejar la huella de que en esa habitación hubo ovejas.
Nuriel fue destinado a trabajos forzados, en la construcción de una torre de vigilancia.
Marco supo dónde estaba su hijo y, a través de contrabando, logró enviarle comida.
Para ello dependía de Friederike, una mujer prisionera que debía repartir lo que Marco mandaba.
Pero ella se quedaba con la mayor parte, dando a Nuriel solo lo que le apetecía darle.
—La señora Friederike me decía que mi padre me enviaba comida.
Pero creo que ella se lo quedaba.
Bueno, tal vez la señora tenía hambre… bueno, no sé… sus hijas molestan mucho… no me agradan… el otro día me quitaron mi pan… porque Olenka tenía hambre… y yo qué.
—Nunca entendí por qué guardaban cigarros si nadie fumaba.
Supongo que los cambiaban.
Yo recibía medio pan o media papa… mientras otros tenían más.
Con el tiempo, dejó de llorar para que los kapos del campo no lo golpearan más de lo que debían.
Nuriel era un muchacho fuerte, pero por las noches sentía dolores en el estómago; sentía como si su estómago lo comiera, al punto de no poder dormir, menos en los tablones duros, no sabía si dormir de costado o boca arriba, pues si era de costado le dolía el cuello y si era boca arriba le dolía la cadera.
Hasta que aprendió cómo estar en este cautiverio y obedecer, su corazón le empezaron a salir grietas, por no saber dónde estaba su madre ni sus hermanas.
Solo pudo llorar, pero un anciano muy carismático, llegado hace unos días, se hizo amigo del niño.
Este hombre enseñó a mantener la esperanza por medio de la poesía, pues aquel hombre, tal vez loco, era un visionario en el amor, ya que el estaba enamorado del mar, que lo describía como una mujer hermosa que le daba comida y sal, para sazonar sus platos.
Que Dios bendiga al mar, que de él salen las comidas más deliciosas de todas las tierras del mundo.
Nuriel aprendió a imitar a este hombre y adoptó su forma de ser.
Sin embargo, cuando él estaba pensando en una prosa para la luna, como ensayo o reto del anciano, pudo ver cómo una mujer fue arrastrada de las literas, gritando: —¡No, por… por favor!
¡Nooo!
Nuriel vio el panorama: era la señora Friederike, y vio a sus hijas lejos de su madre, angustiadas de lo que ya se había sentenciado.
—¡Escuchen bien, ratas judías!
¡Traigan a las niñas también!
—¡No, por favor, ellas no!
—¡Escuchen!
¡Quieren más comida, gánensela!
¡No la roben!
¡Porque esto les pasa a las ratas que roban!
¡Malditas judías!
El cuervo, en lugar de matar a la madre, mató a las niñas.
Solo se oía un grito que desgarraría la laringe de cualquiera; se rompía por la tensión de las fuerzas.
Los corderos murieron cayendo a un pozo, como si fueran trapos, no se movían, no sentían; les arrebataron el acto más puro de la creación: el vivir.
La madre lloró sin consuelo, y el soldado, en lugar de matarla, le rompió los brazos intentando colgarla en un madero como si fuera una percha.
La señora solo lloró, pues el dolor de ser colgada con la mirada al frente y brazos atrás.
frente a la zanja donde aquella oveja podía vera a sus corderos estaban hay durmiendo, sin mata.
Nuriel vio esto y, al ver el llanto de la señora, sintió una profunda tristeza.
Él dijo: —Si la señora… tenía tanta hambre… le habría dado mi pan.
La señora tardó 3 días en morir.
Pasado un tiempo, Nuriel vio cómo cada día morían personas con las que simpatizaba; el anciano que le hacía reír estaba al lado de él y solo pudo ver que ya no podía sostenerse.
—Señor, ¿está bien?
El señor, sí estaba bien, estaba mejor que cualquiera de ese campo.
—¡Oh mi reina… mi amada… mi razón para volver a casa… mi hogar… está allá… en tus brazos… te prometo que voy a salir de aquí… y besaré tus labios salinos… y te amaré como ningún… otro marino se levante sobre tus olas… adentrándome… en la familia que perdí… y tal vez volver a besarlo… cuando Elohim… me diga que puedo cruzar tus playas… y besar mis añoranzas, que te anhelan… amada mía… cuando me regresarás los besos que me hacen falta!
El anciano lo dijo con tanta intensidad que soltó un llanto y entendió que ya llegó su hora.
Un cuervo se irritó al ver tanta fuerza en un anciano, y sacó de su cinturón a su hermana, que, al ver al anciano, le escupió el plomo de su cartucho.
Nuriel solo pudo ver al suelo y no decir nada.
Nuriel estaba en su recámara decaído, pues sentía que todo lo que el apreciaba moría muy rápido, el pasar de los meses, fue para él una forma de asemejar la eternidad, como si de castigo divino se tratara.
Una orden se asignó, una revisión médica, y como si se tratara de una ofrenda del cielo, la vio y entendió al anciano; entendió el porqué de su locura, pues el anciano ama el mar, pero Nuriel se enamoró a primera vista, de otro tipo de mar, pues este mar tiene nombre y pechos, con una vestidura propia de un ángel, blanca como el cielo y hermosa como la primavera.
Para entonces habían pasado varios meses.
Estamos en octubre 24 del 1943.
—Escúchame, te haré una inspección… pero no te preocupes, te ayudaré a pasarla… ¿Cómo te llamas?
Aquel mar blanco le sonríe preguntando su nombre.
Sin saber qué responder, el chico se puso muy nervioso.
—¡Nuriel Alessandro Graziani Szymanski!
…perdón… es que usted es muy hermosa.
Pues este mar con vestido no pudo evitar reír; después de tanto tiempo, se pudo reír genuinamente, pero se tapó la boca para no tener problemas con los cuervos.
—Perdóname, si yo también creo que eres muy bonito.
—¿Cómo… se… llama usted?
—Tranquilo, soy todavía una señorita, mi nombre es Élodie Montclair… pero para un chico tan guapo te daré el privilegio de llamarme Élodie.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com