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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Miedo al Presente
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8: Miedo al Presente 8: Miedo al Presente ⚠️Advertencia: Este capítulo contiene referencias históricas y diálogos relacionados con los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.

Recuerde que todo lo narrado es ficción y el autor no pretende ofender a ninguna víctima de esta tragedia; se recomienda discreción al lector.

___________________________________________________________________________ Lo único que siento es a veces el frío.

El otro día no he dejado de temblar.

Vi cómo uno de mis compañeros fue fusilado.

Me trasladaron a otro campo, me dijo el Dr.

Weill que no quería verme, por todo lo que pasó con Élodie, sinceramente, no quería dejar el bloque médico, ¿en dónde se supone…que yo tenía que hacer algo?

¿Solamente tenía que saturar?

No… no te desconcentres, o terminaras en el suelo.

¿Qué es lo que yo estaba pensando?

En ese mismo momento, un soldado de las SS le dice: —¡Reúnanse en filas!

Su cuerpo se movió solo.

Con las pocas fuerzas que le quedaban: —¡En marcha!

¡En fila!

¡Ordenados!

¡Corran!

Mientras su cuerpo se movía, tenía que poner las manos sobre la cabeza.

Sabían que le golpearían las piernas, pero aun así tenía que proteger su cabeza.

Porque la última vez que le pegaron, casi lo fusilan por el hecho de no pararse, creyendo que estaba enfermo, de no haber sido por un adulto que lo levantó, diciendo: —¡Levántate, niño!

¡Levántate!

Nuriel estaba perdido en sus pensamientos, su mundo interior era tal vez lo único que lo mantenía cuerdo, trasladado en el frío.

Sentía que lo único que podía darle calor eran solamente tres cosas: la orina, que bajaba por sus piernas mientras estaba en el hielo, su boca que era lo único que tal vez daría la sensación de calentar sus manos, y la madera cuando se recostaba en ella, para dar la sensación de una manta imaginaria.

Lo único que pensaba es que tal vez todo esto era demasiado para un joven.

En su mente solamente estaba lo siguiente: Dr.

Weill, Élodie.

Él intentaba contener las lágrimas bajo el suspiro interminable del frío que sentía.

Sin embargo, con el pico que sostenía entre sus brazos, solamente dejaba que el pico cayera por peso propio, así evitaba cansarse.

Estamos Buchenwald, 1945, 25 de marzo.

En aquel momento, muy cerca del campo, adentrándonos en el bosque que rodeaba, las instalaciones, se oía como si un hombre intentara gritar, pero no podía, pues el objeto que tenía atorado en su boca no le permitía gritar por ayuda, atado a un árbol, viendo que su pie tenía otro agujero, sentía terror por el hombre que sostenía la daga, su rostro, frio como si viera el reflejo del pasado, era Galton.

—¡Dime!, maldita escoria alemana.

Me vas a decir cómo entrar en ese lugar, o tu ojo vera colores, por sangre o por calor.

Sin embargo, aquel capo que solo patrullaba la parte externa del campo, lo único que hizo fue escupirlo, tras quitarse el trapo de la boca, en muestra de su desprecio por su etnia judía.

Al ver tal reacción, Galton lo sostuvo del cuello, colocando la daga en el rojo vivo, y dijo: —¿Sabes algo?

Me estás comenzando a cansar.

La única razón por la que yo no he ido hasta ese maldito campo para destruirlo es porque el estúpido Querubín me dice que si entro a la fuerza me matarán.

Porque no soy resistente a las balas.

Así que te voy a ponerlo muy sencillo y muy fácil.

¿Crees que yo no sé lo que le han estado haciendo a estas personas, no solo judíos eh?

Galton volvió a colocar el trapo con un madero en la boca del kapo y dijo: —Escúchame.

Creo que tú y yo tenemos muchas cosas en común.

Tú odias a mi pueblo, y yo odio al tuyo.

Así que, como una forma de demostrarte mi amor, mi daga besara tu ojo, no necesitaré nada de ti.

No te preocupes, Creo que con tu uniforme será más que suficiente para poder investigar por mi propia cuenta.

Seguido de esto, lo único que se escuchó fue el grito de un hombre, que estaba viendo con su ojo izquierdo cómo se le caía el ojo derecho por la carne roja viva del metal, el hombre termino desmallándose.

Adelaida estaba atada afuera del escondite, sin saber qué rayos estaba pasando.

Vio que Galton portaba un uniforme alemán y le preguntó: —¿Qué?

¿ahora agarraste patriotismo por mi pueblo?

Si sabes que eres judío, ¿no?

Aunque quieras asemejarte a un alemán, no vas a asemejarte a un alemán.

—Cállate —contestó Galton—.

Lo único que importa ahora es sacar a ese niño de ahí.

No podemos perder más tiempo.

—¿Podemos?…Dirás tú—.

Porque, como dije de nuevo, esta no es una forma de tratar a una dama.

Me trajiste aquí.

Me sacaste de mi casa.

Y lo único que hiciste fue darme conejos.

—Escúchame, judío.

Tú…

—Niña, cállate.

No estoy ahora para tu estúpido patriotismo.

De hecho, ahora lo que tengo que hacer es investigar el lugar.

Y tú te quedarás aquí.

Así que voy a cazar solo un conejo para ti y espero que lo hagas durar.

Porque francamente no hay nada que pueda darte aparte de conejos.

No es como que pueda ir a un lugar mostrando mi cara en este país de mierda.

Sin embargo, estaban cerca de una granja.

Galton se percató de esto porque olía a estiércol.

Adelaida solo decía que no quería volver a comer conejos mientras lo insultaba.

Galton se dirigió a la granja más cercana, percatándose que estaba vacía, robó un cerdo pequeño llevándolo al escondite, Adelaida se horrorizó, ya que no tuvo ni siquiera el descaro de sacrificar al animal en la granja.

—Toma, niña, pon esta cosa en el carbón.

Solo es para tu hambre.

Tengo prisa.

Ese lugar es un campo.

Es un campo de concentración.

Si el santo del relámpago es solo un muchacho, podría morir en cualquiera de estos días.

No sé qué sería mejor.

¿Destruir el campo y sacar al niño?

¿O solamente sacar al niño y destruir el campo?

Francamente, en el fondo siento que esto no está bien.

Sin embargo, Adelaida, asqueada por la escena, tuvo ganas de vomitar.

—Tú no sabes tratar a una dama, ¿eh?

—Eso es todo lo que te voy a dar niña, tienes para 3 días, o 5 si lo haces durar, tengo que ir a ese lugar, y ver como entrar sin que me descubran.

—¿Qué cosa?

—El campo, “Allí está el santo del relámpago; por eso capturé al nazi.

Así que no vayas al árbol donde está atado el soldado.

No vayas, a menos que quieras ver a un hombre de treinta años desnudo.

Escúchame bien, niña: enciende la fogata por la noche, no de día.

No hace falta montar algo grande.

Cava un hoyo, coloca las piedras, mete el cerdo allí y cúbrelo con hojas y tierra para que no salga tanto humo ni llames la atención.

No atraigas a un soldado ni convoques a una tropa.

Este lugar se puede llenar —podría estar repleto de soldados en cualquier momento.” —¿Qué?

No te escuché.

Lo único que escuché es que solo voy a hacer humo y que me van a encontrar.

Creo que prefiero eso.

¿No te das cuenta que no quiero estar aquí?

Seguido de eso, Galton la noqueó con un solo golpe, diciendo: —Bueno, entonces eso va a ser un problema.

Prefiero que te quedes dormida mientras regreso.

“Galton se adentró en el campo.

Pese al uniforme, no daba la impresión de un soldado de las SS; su rostro lo delataba, y el saco, demasiado holgado para él, acentuaba aún más la impostura.” —Dios mío, ¿cómo los hombres se pueden mover con esto?

¿Y qué son estas cosas?

O sea, sé que son botas, pero son demasiado ajustadas.

Aún no sé ni siquiera cómo ponérmelas —pensó Galton.

“Después se acercó al perímetro izquierdo, en dirección a una de las torres de vigilancia.

Descubrió que en el campo había veintidós torres y que los guardias lo custodiaban tanto por dentro como por fuera.

Pasó todo el día inspeccionando la zona desde cada ángulo, e incluso intentó imitar a los soldados que patrullaban alrededor.” —Muy bien.

Tranquilo, Galton.

Ya has hecho esto antes; es simple.

Igual que en las fortalezas subterráneas de Yunann —donde no entraba cualquiera—, finge que eres un soldado y patrulla el perímetro.

Dale tres vueltas para medir longitud, latitud y perímetro del campo; así identificarás patios y escondites.

Al segundo día entras para buscar puntos ciegos.

Eso es todo.

“Sin embargo, Galton estaba nervioso.

A pesar de ser inmortal, no poseía la invulnerabilidad divina.

La última vez que se enfrentó a un soldado de las SS, una bala le rozo la pierna.

Conocía bien el poder de esas armas y cómo, en apenas unos años, habían acabado con la vida de miles de civiles.” —¿Qué pasa con la humanidad?

¿Con el pasar de los años hicimos armas que nos han hecho más cobardes a la hora de matar?

—se habló a si mismo.

Al primer día de rodear el perímetro del campo, se percató de varias cosas.

Un soldado de la SS.

lo vio y dijo: —Tu cara es rara, hombre.

—Si no te agrada mi cara, entonces mira a otro lado —respondió Galton.

El soldado se río, pero no lo tomó en serio.

Aun así, no pudo evitar levantar una ceja al identificar los rasgos de aquel hombre, pues tenía barba.

Cuando iba a preguntar su nombre, el hombre ya había desaparecido.

No reportó nada porque creyó que tal vez había sido un malentendido, pero recapacitando sus rasgos, cayó en cuenta de que podía ser un espía, o algún soldado no alemán identificado.

Regresando al campamento, vio que la pierna de cerdo que había dejado se había cocinado mientras Adelaida dormía.

Por lo que se sentó y le dijo: —Mocosa, despiértate.

La niña despertó y dijo: —Me duele la cabeza y los hombros Esto se debe, porque Galton no tuvo ni siquiera la molestia de dejarla sentada.

—Ya es de noche?

—Sí, ya es de noche, niña Galton estaba frustrado, por que se dio cuenta de que, a pesar de que el lugar no parecía complicado de entrar, pero al verificar tan solo la entrada, se dio cuenta de su terrible error, el vio los campos de concentración a lo lejos, pero nunca entro a ninguno, Buchenwald era un área que estaba repleto de soldados, armados, y con un orden y precisión que lo asustaba, y había torres en casi todas las partes del campo.

No tenía idea de cómo llevarse a Nuriel sin ser detectado, ya que, si lo detectaba, podrían dispararle, o disparar al Santo matándolo antes de siquiera llegar a la puerta.

Además, ya levantó sospechas por sus rasgos judíos.

—No entiendo… O sea, sí, entiendo que quieras sacarlo de ahí.

Pero es un judío… Bueno, supongo que entre judíos se ayudan, ¿no?

¿Me estás diciendo que el Dios de la creación eligió justo a un judío, preso en un campo de concentración, para ser el santo del relámpago?

¿Eso es lo que intentas decirme?

Porque, desde que me sacaste de Berlín, no has repetido otra cosa.

—Niña, cállate, por favor.

Estoy tratando de pensar.

—Mm, creo que esta vez no te están funcionando las cosas.

Mira, no es que quiera ayudarte, pero creo que noquear al único soldado que tal vez podía ayudarte a entrar no haya sido la mejor idea —No entiendo nada de todo esto.

Sé de guerra, pero de la guerra de hace mil años.

No de la de ahora.

Estas cosas… lanzan una pequeña piedra de metal que hace agujeros en la carne.

Y sus tácticas son organizadas, aunque toscas.

Desde que llegué a este continente no paro de ver esos pájaros metálicos en el aire; parecen de otro mundo.

— Se llaman Aviones, tal vez hablas de los Messerschmitt Bf 109 —Y unas cajas de metal que se movían solas.

—Hablas de los Panther o tal vez los Tiger —Sin contar las miles de tropas que tenían.

—Hablas de un batallón?

O tal vez división de unidad —Esas cosas que llevan detrás que disparan piedras de metal… — Karabiner 98k o tal vez un MP40 —¡Niña ya cállate, di algo más inteligente!

—A mí no me importa.

Lo único que quiero es terminar mi pierna de cerdo y ver si puedo correr.

Aunque, pensándolo bien, con lo rápido que eres lo más probable es que me dé por vencida en el primer intento.

—Si mi supervivencia depende de que tú captures, raptes o lo que sea a quien esté dentro, solo te diré esto: no sé mucho de los campos.

No era tema que me interesara cuando lo mencionaban en los periódicos o en la radio.

Me desagradaba, francamente.

—Y de lo poco que sé, puedo afirmar una cosa: sé muy poco.

Los judíos los explotan y los exterminan con castigos.

Dime: ¿cómo vas a encontrar a un judío entre tantos?

¿Cómo vas a saber quién es el santo, para empezar?

—Tengo una habilidad que me dieron los ángeles.

Sé quién es el santo.

Basta con mirar a distancia: los ojos que Dios me dio captan un leve destello que emana de la persona marcada.

Así te encontré.

¿Qué, crees que te estuve espiando días?

No.

Anduve por Berlín como un tonto hasta que vi un fulgor en una mujer y supe al instante que eras el santo del viento.

—Ah, claro, un destello.

¿Qué clase de explicación es esa?

—dijo ella—.

Sé que soy bonita, pero no estoy hecha de cristales.

Mientras debatían, el querubín apareció delante de ellos y preguntó: —Dime, Galton: ¿averiguaste cómo sacar al niño?

—No averigüé nada —respondió Galton—.

Solo descubrí que el campo está custodiado por centenares de guardias.

No sé cómo entrar sin ser detectado.

Antes eso no me preocupaba; la gente de antaño usaba flechas o espadas.

Pero estas armas modernas de mierda lo complican todo.

Es la primera vez que no tengo ni idea de cómo meterme.

—No sé si vas a intentar alguna táctica o si te vas a rendir —replicó el querubín.

—¿De qué hablas?

—preguntó Galton.

—El muchacho —dijo el querubín—, esta es su última noche en Buchenwald.

Mañana lo seleccionarán para trasladarlo a una fábrica de municiones llamada Mittelbau-Dora.

Si lo dejan ir allí, no podrás sacarlo hasta que termine la guerra.

Las probabilidades de que Nuriel sobreviva son muy bajas.

Está enfermo; caerá mañana, de mañana o de tarde, pero no pasará de ese día.

Al oír la predicción del ángel, Galton se dirigió de nuevo a Buchenwald con la esperanza de ingresar.

Se dio cuenta de que, incluso de noche, el campo estaba más vigilado que durante el día.

Pasó cuatro horas de noche helada observando hasta el amanecer, esperando entender cómo transportarían a los judíos hacia la fábrica Nuriel se despertó por la orden de los guardias: uno con una libreta, otro organizando filas y otro vigilando la puerta.

Fueron seleccionando quiénes irían a la fábrica.

Tal como dijo el ángel, Nuriel fue elegido.

Les ordenaron fila por fila hasta acoplar a los prisioneros para sacarlos de Buchenwald.

Por decisión de los administradores no usarían el ferrocarril: faltaban recursos.

En su lugar patrullarían a pie, alineando un guardia cada quince metros, con perros y caballos para vigilar cualquier intento de fuga.

Salieron marchando.

Fue entonces cuando Galton entendió, con amarga certeza, que incluso en esta época el arte de hacer desfilar prisioneros como excusa para matarlos era una tradición en todas las tiranías.

Empezó a analizar la situación en voz baja: —Soy rápido, pero no lo suficiente para esquivar balas —se dijo—.

Tengo que esperar a que Nuriel salga del bosque y abordarlo en la primera pradera.

Si intento sacarlo en la entrada del campo o en pleno bosque, cargar a dos personas —Adelaida y Nuriel— me dejaría vulnerable.

Si me hieren, los dos corren peligro.

Y no puedo transferir aún el don de la creación: ya se lo di a Adelaida, pero dárselo a Nuriel en el rapto no es viable; además está enfermo.

La inmortalidad podría no curar lo que padece; un bebé se adapta, un enfermo quizá conserve su enfermedad eternamente.

—Señor —preguntó alguien— ¿Alemania va a ser el juez de Israel?

¿O nos están juzgando a través de Alemania?

Nuriel caminaba entre las filas, mirando al frente.

Intentaba concentrarse, pero su cuerpo traicionaba su voluntad: estaba desnutrido, deshidratado y disociado.

Al salir del bosque, su mente, en un último esfuerzo por aferrarse al presente, proyectó recuerdos de Auschwitz y de los motivos que aún le daban ganas de seguir viviendo.

—Dime, Nuriel, ¿cuál era el libro que más te gustaba cuando estabas en Polonia?

—Me gustaba Pan Kleks, de Jan Brzechwa.

Mucho.

—No sé mucho de los polacos, pero creo que podrían caerme bien.

Eres un niño muy adorable, Nuriel.

Ayúdame a sostener al paciente, ¿sí?

—Sí, señorita Élodie.

Recordaba lo feliz que le hacía sentir la señorita Élodie.

Me gusta la señorita Élodie…

me da una razón para seguir…

seguir…

seguir…

De pronto Nuriel se desplomó por la debilidad.

El perro guardián de la SS lo olfateó.

Un soldado se acercó.

Los demás judíos intentaron animarlo, pero nadie ya veía motivo.

Al inspeccionarlo, el soldado decidió que no seguiría con vida: alzó la daga y la apoyó en su garganta, listo para cortarla.

Entonces una sombra intervino, apartando la daga.

El soldado, sorprendido por la fuerza del hombre, fue empujado; el perro recibió una patada.

El tipo cargó al niño y, con un salto desesperado, se lanzó hacia el bosque.

—Niño, tenías que desmayarte justo ahora.

Esto no salió como lo planeé.

Tres guardias vieron al hombre que huía con el judío.

Al comprobar lo rápido que era, soltaron a los perros y empezaron a disparar a distancia.

—Maldita sea…

¡Corre, corre!

Galton dejó al niño en el césped con cuidado y pensó en voz baja: estos perros están entrenados para torturar a los prisioneros.

Lo noté cuando salían de Buchenwald.

Son perros rastreros: si no los inmovilizo o mato, seguirán el rastro hasta Adelaida y hasta el soldado que extorsioné.

De los cinco perros que enviaron, cuatro lo alcanzaron.

Uno le mordió la pierna; un puñetazo lo dejó inmóvil.

Otro fue estrellado contra un árbol; a los dos últimos les dislocó las patas.

Los soldados corrieron hacia el lugar donde estaban los perros; el último seguía husmeando entre los cuerpos.

Galton sujetó a Nuriel, pero al levantarlo se dio cuenta de que tenia un agujero en el hombro, una de las balas lo alcanzó, sabiendo que le quedaba, poco tiempo regresó al campamento.

Las alarmas del campo sonaron: se habían dado cuenta de que un soldado llevaba desaparecido un día y medio.

Galton llegó al campamento herido, caminaba cojeando, pero aún podía moverse.

—Adelaida, tenemos que irnos ahora.

—¿Qué pasa?

¿Por qué estás tan nervioso?

Se oían voces de soldados: —¡Hay un fugitivo!

¡Hay que capturarlo!

—¡Niña, no preguntes!, Deja de preguntar.

Ya tengo al santo del relámpago.

Tenemos que irnos.

En ese instante, el soldado de la SS que habían dejado atado al árbol, con un solo ojo bueno, logró soltarse.

Vio que Galton había cometido un error: había dejado su pistola.

Galton, cuando salió a patrullar, solo llevaba el rifle.

El soldado, apuntando, dijo: —Tranquila, soy un Sturmmann de la SS.

Por tus rasgos pareces civil.

Quédate ahí.

Apuntando a Galton, que cargaba a Nuriel, Galton contestó: —No he sido muy cariñoso contigo, baja el arma..

O tendré que matarte.

Por impulso, soltó a Nuriel para evitar que el soldado le disparara.

Por reacción del soldado, Galton recibió una bala en la pierna y otra en la costilla, sin alcanzar el pulmón.

Por un segundo sintió la muerte rozarlo.

Con un empujón reaccionario, sometió al soldado: se puso de rodillas sobre sus hombros y lo golpeó con miedo, sin medir la fuerza.

Tres golpes bastaron para tirarlo, pero Galton siguió pegando, lanzando cada golpe con violencia por pánico.

—¡Maldito!!Hijo de perra!,!hijo de puta!

Al segundo golpe, el soldado ya había muerto; sin embargo, Galton siguió hasta no dejar nada del hombre.

Nuriel despertó; solo pudo ver cómo un hombre le rompía el cráneo a un soldado.

Quedó aterrorizado al ver esto; se sintió helado al pensar que aquel hombre que lo sacó del campo tal vez no era su salvador.

Se escucharon tropas diciendo: —¡Hay alguien aquí!

Galton, con mucho miedo, sostuvo a la niña y a Nuriel.

Herido, aún podía correr, pero las heridas de la bala lo frenaban.

Con un impulso corrió, ya que su vida dependía de ello.

Mientras esto pasaba, Kamei-san había decidido alejarse de Volgogrado para garantizar la seguridad de Dánae.

Se encontraba cerca del río Don, en una zona tranquila, donde el agua fluía serenamente.

La corriente era suave, ideal para avanzar sin llamar la atención de las tropas enemigas —Muy bien, niña.

Sé que tienes mucho frío, pero esto lo vale.

No te has bañado en mucho tiempo, y discúlpame mucho.

A mí no me gusta cargar niñas sucias.

— Kamei-san estaba analizando la situación: El lago Eltón, es un extenso lago salado en el óblast de Volgogrado,el lago es poco profundo, su extensión y aislamiento lo hacen un estratégico, ¿No sé si rodearlo o atravesarlo en una valsa improvisada?.

—¿En serio tengo que bañarme?

Lo cierto es que estoy bien así.

—No, niña.

Tengo aquí tu cambio de ropa.

No voy a permitir que sigas con esos trapos sucios.

Te vas a comportar como una señorita, ¿entendiste?

—Está bien, pero a cambio de esto quiero un chocolate… Sin embargo, un ángel se les apareció: —Kami-san, tienes que ir rápido, al este.

Galton ya tiene al santo del viento y al santo del relámpago.

No te preocupes por Galton.

Él ya tiene a los dos santos y debe dirigirse ahora a Vermot.

Pero, a diferencia de ti, él va por el norte y tú te diriges por el sur, hacia el este.

Ambos tendrán que cruzar el mar.

Ten cuidado y apresúrate; hay tropas viniendo de ambas direcciones, y una niña cargada en brazos es peligroso.

—Muchas gracias.

Dánae, nos vamos.

—Sí, por fin me vas a secar, hace frío… ¿aun puedo reclamar mi chocolate, no?

Al otro lado de Alemania, Galton pudo llevar a los muchachos a un lugar seguro.

Estaban debajo de una estructura, una casa colapsada por los bombardeos.

Se escondieron al ver cómo una de las ciudades cercanas estaba siendo bombardeada.

Galton dijo por fin: —De verdad he capturado santos antes, he estado en guerras y campos de batalla, pero nunca vi algo así.

Esto de verdad es el infierno.

Ahora entiendo por qué Dios quiere que vivamos solo cien años.

Francamente, no puedo soportar seguir sabiendo que tengo dos mil años.

Nuriel lo miró con duda, pero no dijo nada.

A pesar de ser rescatado, estaba demasiado asustado para hablar.

—No entiendo nada.

Francamente, este lugar es mojado, frío y, encima de eso, duro.

Porque no hay nada en que dormir.

—Niña, lo único que haces es quejarte.

¡Puedes dejar de quejarte!

—No dejaré de quejarme, yo no pedí nada de esto; no me quejaría si fuera mi culpa.

—Yo tampoco pedí nada de esto.

No te seleccioné a ti.

A mí no me parece que ustedes sean los santos que Dios ha elegido, pero simplemente no tengo opción.

Esta vez voy a ver qué tan cierto sea, el que Dios escoja a los santos.

—Pero eso es lo que tú has decidido.

Además, no sabemos ni siquiera dónde nos llevas.

Parece que tú tampoco sabes.

—Claro que lo sé, niña.

Tengo que llevarlos al otro continente; tú lo conoces como América.

—¿América?

—Sí.

Dentro de sus bosques está confinado un sub-bosque, un plano que yo he restringido; nadie puede entrar ni salir a menos que tenga conocimiento espiritual, perfecto para esconderte de las guerras.

—¿De todos los lugares que podías esconder algo así, tenía que ser América?

—Sí, hace 300 años ese lugar no le pertenecía a nadie; solo había comunidades, pero nunca imaginé que se convertiría en un continente sobrepoblado.

Sí, niña.

Tenemos que ir a Vermot; vamos a América.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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