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Pólemos Tôn Agíon: Vol.1_ kosmogenesis_Español - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 “La tragedia nos mostró la verdad”
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9: “La tragedia nos mostró la verdad” 9: “La tragedia nos mostró la verdad” 29 de marzo del año 1945.

Existe un continente llamado América.

En ese continente existe un país: los Estados Unidos.

En el país de los Estados Unidos, entre Nueva York y Nuevo Hampshire, se encuentra un territorio llamado Vermont.

En él existen bosques; uno de ellos se llama Green River Reservoir State Park.

Ahí se encuentra la entrada a otro bosque.

En una de las aberturas de un árbol se encuentra la entrada: esa es la puerta que te lleva a Vermot, el cual cuenta con aproximadamente 32 kilómetros cuadrados.

Es una dimensión que está en la Tierra, pero en un plano distinto.

En ese lugar hay animales: alces, pumas, jabalíes; existen riachuelos, ríos, una cascada y dos montañas en distintos lugares, además de una colina llena de árboles.

En esos árboles se encuentra una cabaña.

Ahí está el nuevo campamento que confinó Galton en el año 1803.

Adentrándonos en el hogar, Jack “el primer santo” está alimentando a las vacas y a las ovejas, que son fuente de alimento del lugar.

Luego se dirige a la cabaña para poder ordenar la librería, los cuartos con cerrojo y las habitaciones vacías, mientras limpiaba el laboratorio médico de Kamei-san, uno antiguo para el siglo XIX.

Jack hablaba para sí mismo: —¿Cuándo volverá Kamei-san?

Bueno, lo cierto es que…

en muchos de sus viajes tuve que esperar más de una década.

No me sorprendería que no regresara en este año.

—Pero…

bueno…

supongo que…

debo de acostumbrarme…

a estar solo.

Mientras no regrese el lunático de Galton, creo que estaré bien.

—Me da calma…

al menos tener libros de esta década, se lo pedí a Kamei para no aburrirme.

Pero…

no puedo evitar…

sentirme…

muy solo.

—Veo los días y las noches pasar…

y me pregunto…

¿tanto debe tardar una persona en llegar hasta ese lugar?

Yo no conozco lo que hay más allá, no sé nada del mundo exterior.

—He estado aquí desde que yo era un niño.

No sé ni siquiera de dónde vengo.

Lo único que sé es que, si fuera a salir de aquí y fuera a buscar el lugar donde nací, tal vez no podría identificarlo.

Según el libro de A Text-book of Geology de Philip, la tierra cambia con el tiempo.

Jack, sentado, mirando al cielo, con un libro llamado The Town of N (1935), de Leonid Dobychin, se preguntaba.

—¿Será que yo podría encontrar mi lugar en todo esto?

Aunque en estos libros repiten la palabra “escuela”, nombres que no sé pronunciar, e incluso lugares llamados Paris, London y Nueva York…

¿será que en uno de esos lugares estará Kamei-san?

_________________________________________________________________________ A cientos de kilómetros, nos estamos dirigiendo ahora en Alemania.

Galton esperó 8 horas para moverse, ya que el sangrado de la pierna le dolía.

De su mochila de provisiones, lo único que tenía era solamente la carne del conejo que había cazado la vez anterior.

Pero solo eso le pudo dar a Nuriel y a Adelaida.

Él no comió, pues priorizó a los santos por encima de sus heridas.

Pudieron moverse de Buchenwald a una zona rural llamada Harz.

Con las heridas que tenía, más las tropas rondando las zonas de tránsito, cargando a los niños tardaron dos días, hasta llegar a una carretera que conecta con un pueblo cercano.

Adelaida, sujetada de la mano, le decía a Galton lo siguiente: —Galton, podemos parar, por favor, me duele.

Por favor, detente.

—Niña, no tenemos tiempo.

—De verdad, por favor…

Se detienen un momento y Adelaida lo único que puede hacer es tratar de ponerse en cuclillas, pues el estómago le estaba doliendo.

A lo que Galton se percató que su vestido estaba manchado: —Discúlpame, niña, no tengo una toalla.

—¡Escúchame!, Galton.

Tengo frío, mis manos están heladas.

Galton respondió: —Me sorprende…No cayó la nieve y ya tienes frío…Siendo sincero…ustedes me dan problemas.

Galton, No podía soportar el dolor de su pierna, lo único que hizo fue aplicarse un torniquete.

Él quería sacarse la bala.

Sin embargo, cuando intentó sacársela con su daga, solo abrió la herida sin alcanzarla.

Pudo sacarla de su hombro, pero temía que, si cortaba con su daga su pierna, no podría correr como lo estaba haciendo.

Los pensamientos de Galton decían: Tengo que ir al norte.

Tengo que ir al norte.

Debo sacarlos de aquí.

A lo que Galton se arrodilló en el suelo.

Cansado, dejó a Nuriel acostado en el suelo y dijo lo siguiente: —Niña si tú vas a descansar… entonces…me tomare…unos minutos.

Galton estaba mareado, Adelaida le respondió: —Nunca encontré, ni siquiera en los judíos de Mitte, a un hombre tan pesimista y muy desagradable como tú.

Lo cierto es que, para empezar, ¡soy una prisionera!, si soy un problema…entonces…¿Por qué no mejor me devuelves a Berlín y me dejas buscar a mi madre y a mis hermanas, que te lo vengo diciendo desde hace una semana?

Adelaida comenzó a llorar de la impotencia y gritándole a Galton le dijo: —¡Por qué no mejor te vas a la mierda!

¡Ayuda!

¡Auxilio!

A lo que Galton respondió: —Niña, cállate.

Nadie te va a escuchar.

Las tropas están a metros de aquí.

—¡No me importa!

—respondió ella— ¡A mí no me importa lo que suceda!

¡Me secuestraste, me robaste de mi hogar y me quitaste la única oportunidad que tenía para buscar a mi familia!, No sé qué es esa cosa que me diste, pero me doy cuenta de que hay algo que no está bien en mí.

Siento como si para mí todo avanzara muy lento.

Y dime, ¿por qué no se lo aplicaste a Nuriel?

¡Dime!, ¡¿por qué esa cosa brillante me la diste a mí y no se la diste a Nuriel?!

—¡Porque no puedo hacerlo!

¡Este niño está enfermo!, ahora, lo que tengo que hacer…es sacarlo…a la frontera y ver cómo rayos lo voy a curar…No sé nada de medicinas…No sé nada de vendajes, mucho menos de saber cómo se detectan síntomas de enfermedades.

Lo cierto es que…

No puedo creer que diga esto, pero…

cómo me hace falta Kamei-san.

—No me importa.

No sé quién es Kami….

¡No sé de quién hablas!…

¡No lo conozco!

y ¡ni siquiera te conozco!

—¡Niña!

¡Ya cállate!

—¡No me voy a callar!

¡Regrésame con mi mamá!

¡Regrésame con mis hermanas!

—¡Ellas ya están muertas!

Hubo un silencio que dejo oír el silbido de los árboles.

Galton respondió: —No sé por qué, pero este patrón siempre se repite.

Todos los que son santos, por alguna razón, pierden a sus hermanos y a sus padres, ya sea por una enfermedad o porque un evento los mata.

Si tú vuelves a Berlín, lo único que encontrarás será el cadáver de tus hermanas y de tu madre.

Adelaida le gritó diciéndole: —¡Mientes, eres un mentiroso!

Tú no lo sabes.

Tú no eres Dios.

No eres omnipotente ni omnipresente para saberlo.

Él respondió: —Niña…

A Galton se le empezaron a caer las lágrimas diciendo lo siguiente: —¡Tú no tienes ni idea de nada!

¡Mira mi rostro!

¡Mira mis ojos!

¡Yo no puedo con esto!

¡Yo ya estoy muy cansado!

He vivido casi dos mil años.

He perdido la cuenta.

¡Y de no ser porque la humanidad la contó, yo no sabría que tengo esta edad!

(su voz empieza a bajar, quebrándose, cansado) —Niña, no pienses que yo no te entiendo.

Te comprendo lo suficiente porque yo también lo he perdido todo.

He perdido a las personas que amaba.

Y en especial a una…

(se oyó de aquel hombre un llanto silencioso, apenas un susurro) —Zaziel.

.

Galton se dejó escuchar con un pequeño llanto.

Pero no lo suficientemente fuerte.

Trataba de controlar la ira que tenía, pero se le estaba desbordando por los ojos.

En ese momento, Nuriel rompió la tensión diciendo lo siguiente: —Yo sé lo que sientes.

Adelaida y Galton se quedaron en silencio.

Y escucharon lo que Nuriel tenía que decir: —Yo sé lo que sientes.

Sé lo que se siente perder a alguien que amas.

—Yo era un niño cuando los alemanes llegaron a mi nación…nos dijeron no éramos civiles éramos inútiles…Nos confinaron en un lugar, nos privaron de comida…Y mi padre, tenía un trabajo en el banco, pero lo….

Nuriel intentaba llorar, pero no pudo, solo su voz se quebraba.

—Lo único que sé es que…mi mamá tal vez murió…Por qué…ahora sé a dónde llevan a los enfermos…mis hermanas también…no las pude encontrar en los registros médicos de Auschwitz.

Así que supongo que ellas también murieron… A mi padre nunca lo encontré.

—El Dr.

Weill me dijo que me fuera, y Élodie…ella… — yo lo perdí todo.

—Y solo tengo 15 años.

—Creo que, incluso antes de conocerte, yo era como tú.

Nuriel se tomó una pausa, le costaba respirar —Hay una forma en la que tú puedes ayudarme —suspiró Nuriel, Solo tienes que irte al pueblo más cercano…y robar…ácido carbólico.

—Solo tienes que inyectármelo…y…podré…estar mejor.

—La voz de Nuriel se le estaba quebrando.

—Tengo que agradecértelo.

—Mi mente era un caos antes de conocerlos.

—Me alegra por fin poder mantener, aunque sea mi mente activa.

—Mi mente tiene que estar activa.

Adelaida preguntó: —¿Ácido carbólico?

¿Qué es eso?

A lo que Nuriel responde con debilidad: —Es medicina para judíos.

Adelaida no lo entiende, ni Galton tampoco.

(Trasportémonos ahora al final del rio de Bon, en la frontera del mar negro junto con Kamei-san y Dánae …) Escúchame, Dánae.

Vamos a cruzar el Mar Negro, ¿de acuerdo?

Puede que nos tardemos un par de días en cruzarlo.

Pero…

Quiero evitar las batallas lo más posible.

Me da miedo de que te caiga una bala.

Porque tengo habilidades médicas.

Pero…

Esas armas…

De verdad están hechas para matar.

—Bueno, siempre y cuando no me moje —contestó Dánae.

A lo que Kamei-san responde: —No te preocupes.

Hare una balsa improvisada.

Debe bastar lo suficiente como para poder cruzarlo.

Dánae dice lo siguiente: —Una pregunta.

¿A dónde nos estamos dirigiendo?

Para poder llegar a América… ¿no?

¿Está cerca de Kotovsk?

Kamei-san estaba pensando para sí mismo: “tengo que pensar bien en lo que estoy a punto de decidir”.

Kamei-san le responde a Dánae: —Es que, Dánae, yo…

Tal vez no me creas, pero tardé tres años en llegar de Vermot hasta aquí.

Y, francamente, no me gustaría esperar otros tres años…Estoy pensando en, tal vez, ir por un atajo.

—¿Cuál es ese atajo?

—responde Dánae.

Kamei-san pensó para sí mismo: No puedo ir a Polonia; está destruida.

Stalingrado… mis compañeros probablemente murieron.

Inglaterra y Francia tampoco sirven; me interrogarían y, al ver a Dánae, sospecharían por su origen ruso y su idioma.

No sé qué conflicto inició esta guerra, pero necesito proteger a Dánae de ser interrogada.

Contra uno o dos hombres puedo defenderme, pero no contra doce.

Solo quedan tres destinos posibles: Grecia, Italia o Islandia.

Alemania sería peligroso; si voy allí, me fusilarían.

—¿En qué estás pensando?

—le pregunta Dánae.

—No, no estoy pensando en nada.

Ya lo decidí.

Iremos a Italia y tomaremos el atajo desde ahí.

Vamos a visitar a un amigo mío.

Si es que aún vive.

—¿Cómo que “vive”?

—Verás, niña, este rostro tan guapo tiene dos mil años.

Dánae lo mira con incredulidad: —Que mentiroso __________________________________________________________________________________ Regresando con Galton.

Lo único que él ahora estaba pensando era en cómo resolvería esta situación crítica, pero el deprimente silencio se fue al escuchar el sonido de una mula, y un señor diciendo a la distancia: ¿Oigan están bien, porque están en el suelo?

Adelaida, con desesperación, corrió hacia el lugar y gritó al hombre.

Galton, al principio, creyó que la niña estaba huyendo.

Sin embargo, se calmó cuando ella dijo: —¡Por favor!

¡ayuda!

¡Tengo dos heridos!

En ese momento nos trasladamos dos horas a la casa del campesino, que dijo lo siguiente: —Dios mío… la guerra ha sido horrible…Primero los jóvenes, y ahora los refugiados.

Francamente, nunca estuve tan de acuerdo con los métodos antisemitas que tomaron.

Bueno, sí, no me caen bien, pero… llegar a tales extremos… El niño está enfermo…Desde acá puedo ver sus costillas.

Esto no está bien.

Y tú, señor… estás herido, puedo ver que la sangre se te está escapando por las piernas.

—No hay nadie que nos ayude ahora —dice Galton.

—Creo que tal vez hay alguien que los ayude —responde el campesino—.

Verán, todos los médicos se fueron, excepto uno.

Pero eso sí, van a tener que convencerlo para que los atienda.

Ese señor lleva jubilado hace casi 20 años, y francamente, no creo que quiera atenderlos.

Pero si lo intentan, tal vez los ayude, pero deben de tener cuidado, no sospecharon de la carreta…así que lo único que puedo hacer por ustedes es llevarlo hasta allá, Schierke será algo aislado, pero tiene soldados.

Galton y Nuriel están dentro de la carreta, llevados por el campesino en dirección a la casa del médico.

Adelaida solamente está atrás de la carreta.

No tiene pensado escapar.

Después de lo que gritó, ella misma analizó la situación: No sé qué voy a conseguir, si es que los ayudo o no.

Pero francamente, después de lo que dijo Nuriel, presiento de que no estaba hablando de medicina…esta es…la primera vez que siento…genuina lástima…por un judío…

Pero justo en el momento en el que ella se estaba diciendo esto a sí misma, Galton se desplomó en la entrada y dejó caer a Nuriel en el suelo.

Adelaida trató de levantarlos a los dos, y el anciano los vio, y dijo lo siguiente: —¡Niña!

¡no permito aquí a vagabundos!, ¡Salgan de aquí!

A lo que ella se disculpó y dijo lo siguiente: —Ellos están heridos.

Por favor, ayúdenlos.

Se los suplico, por favor.

A lo que el anciano dijo lo siguiente: —Ya les he dicho, a la solicitud de la SS… Se lo he dicho a este pueblo.

Estoy retirado.

No hay nada que pueda hacer.

Mis manos no dejan de temblar desde hace dos décadas, no puedo ni sostener una jeringa.

—Por favor, se lo suplico —dijo Adelaida—.

Es la primera vez que le pido algo así a mis mayores.

Se lo suplico, por favor… ayúdenlos.

Y cuando vio el estado deplorable en la que ellos estaban, dijo lo siguiente: —Niña, ayúdame a llevarlos a la casa.

La casa era desoladora, pero acogedora.

Entre sus objetos antiguos destacaba una caja musical Imperial del año 1873 y un montón de retratos de un joven y una señorita, testigos mudos de otra época.

Adelaida se quedaba algo fascinada, incluso comentó lo siguiente: —Esta casa me recuerda a la casa de mi abuela.

El anciano respondió: —Eso es lo que pasa cuando un hombre vive mucho tiempo.

Parte del pasado se queda en las cosas, y esas cosas las colgamos en las paredes o las guardamos en los cajones, para recordar que alguna vez estuvimos en esos lugares o tuvimos esas experiencias.

Niña, ayúdame con el hombre.

La niña, torpe pero obediente, siguió las indicaciones del anciano.

Con movimientos típicos de un principiante, logró quitar las balas y los casquillos atorados tanto en la pierna como en el estómago de Galton.

Mientras tanto, Nuriel fue sometido a varios exámenes, ya que, a pesar de estar retirado, el anciano aún contaba con sus suministros médicos y materiales, incluyendo jeringas y bisturíes.

—Señor, usted sabe mucho de esto, ¿verdad?

Disculpe… lo deduzco… ¿por qué?

Escuché, por parte del caballero que nos llevó a usted, que fue un gran médico.

El anciano respondió: —Sí, niña, yo fui un médico antes de mi accidente.

Hay una anomalía que sucede en mi sistema nervioso que no me permite tener las manos quietas.

Me pasó después de la gran guerra.

Sin embargo, no era tan complicado, no era tan violento como ahora.

Adelaida respondió: —¿Tiene cura?

A lo que el anciano responde: —No sé ni siquiera si es una enfermedad o una condición —dijo—.

Escúchame bien.

Ten cuidado al inyectarlo; está demasiado flaco, así que debes ser delicada con la vena.

El secreto está en poner tu pulgar a esta altura: inclinas la jeringa y lo único que haces es insertarla mientras presionas el pulgar para que la vena no se mueva.

No lo hagas a dos milímetros de tu pulgar; hazlo a uno, así no se escapará al momento de inyectarla.

—¿Usted explica como un profesor, señor?

—dijo Adelaida.

El anciano respondió: —Claro que sí, porque yo alguna vez fui maestro y estudiante.

—¿Dónde estudió usted?

—preguntó Adelaida.

Él respondió: —¡No te distraigas!… estudié en la Universidad de Heidelberg.

—Eso es impresionante.

—No te distraigas.

Después de suministrarle Suero glucosado (dextrosa) a Nuriel, Sedaron a Galton con morfina, para que pueda dormir en la cama de invitados.

Después de limpiarse las manos, el señor se sienta y dice: —Los dos están graves.

El niño presenta desnutrición, también síntomas de tuberculosis, aunque aún no estoy seguro si es tuberculosis o algo más, sin mencionar que, por la delgadez de su cuerpo, posiblemente haya contraído anemia.

Lo noto por el color de la piel.

—Y el hombre… bueno, del hombre no hay mucho que decir.

Perdió mucha sangre, y tiene tres agujeros en el cuerpo: uno en el hombro, otro debajo del abdomen y otro en la pierna, cada uno con perforaciones de aproximadamente dos pulgadas y media.

Debió ser muy doloroso cargar a un niño judío hasta aquí.

Adelaida pregunta: —Señor, tengo dudas.

¿El suero que tiene es suyo?

Si dejó de ejercer la medicina, ¿por qué lo tiene?

—Ese suero lo necesito.

—Pero sus manos… ¿cómo se lo inyecta?

—Hay un joven que viene dos veces a la semana.

Hijo de una amiga cercana y está interesado en la medicina.

Adelaida tenía otra duda: —¿Usted no tiene prejuicios con los judíos?

Se supone que son nuestros enemigos, los enemigos de Alemania.

A pesar de decir esto, Adelaida no lo creía totalmente.

Solo quería entender por qué un anciano como él ayudaría a unos extraños.

Esperaba su respuesta.

El anciano respondió: —He vivido mucho tiempo, lo suficiente para ver muchas cosas.

Niña, te diré una cosa: si algún día abro mis ojos y nazco como judío o como otra etnia, ¿los del otro lado serían mis enemigos?

¿O los de otros países?

Nuestro Señor Jesucristo fue judío.

No sé si querrás creerme, pero te diré algo: solo los estúpidos buscan enemigos.

No sé por qué necesitan un enemigo para sentirse importantes.

Tal vez soy alemán, pero algún día podría parecer un loco de Inglaterra, París o cualquier país que diga que nosotros no somos personas.

—Si ayudo a este niño es porque me cansé de ver sufrir a la gente.

Por eso no quise ir a la guerra.

Por eso tampoco quiero ser personal médico en su carnicería.

Lo malo de ser médico es que, cuando salvas vidas humanas, las regresan al campo de batalla a morir.

Solo extendí un poco su sufrimiento.

Ayudando en la Gran Guerra me di cuenta de la hipocresía de este país y decidí abstenerme otra vez.

—Además, niña, ¿por qué dices que son tus enemigos?

Si lo fueran tanto, ¿por qué los ayudaste?

Ella respondió: —Tal vez por la misma razón que usted, o por una que no entiendo todavía.

Si soy sincera, no sé qué responder.

El señor dijo: —No saberlo es interesante, porque te permite buscar tu propia conclusión.

Eso es lo bueno de ser joven.

El anciano se levanta: —Ven, ayúdame a cocinar.

Tenemos que preparar comida para los pacientes.

—Sí —responde Adelaida.

Ya en el anochecer, Galton se despierta.

Y despierta sedado, apenas visible.

El anciano se sienta y habla con él: —Dime, hombre.

¿Qué haces en este lugar?

Adelaida ya estaba durmiendo en el otro cuarto, pues aquel anciano encaró al hombre, diciendo lo siguiente: —Un hombre como tu no parece de esta tierra, tienes prendas, como si fueras de hace siglos.

¿Tal vez un pueblo remoto?

Galton se queda estupefacto, pero por el sedante no puede hablar.

A lo que el anciano responde: —No tienes que decirme nada.

He vivido muchos años, pero cuando murió mi mujer, mis manos me temblaban tanto que no pude enterrarla solo…Pero…apareció un hombre, con trenzas detrás de las orejas y un cabello muy largo, fue muy amable conmigo…me ayudó a enterrarla junto con los vecinos.

No pude tener hijos, y la gran mayoría de mis amigos murieron en la Gran Guerra.

—Aquel joven se quedó conmigo por cinco meses.

Pero… ese hombre era tan fuerte que podía literalmente levantar a una vaca sobre sus hombros con una sola mano.

El me enseñó a aferrarme al amor, y a volver a creer.

Creo mucho en Jesucristo.

No recuerdo su nombre, pero tampoco parecía de esta tierra, hablaba mucho de Dios…Y de un hombre.

En cualquiera de estos días, Dios podría llevarme en su infinita gloria.

Junto con la Virgen María.

—Así que escúchame bien, hombre judío.

Si es que yo llego a morir antes de que te recuperes, dejaré las notas de lo que tienes que hacer, para que un amigo pueda atenderlos.

El anciano se levanta y dice: —Una cosa más: si esas heridas te las hiciste por imprudente, te sugiero que te quedes aquí todo el tiempo posible hasta que acabe la guerra.

Créeme, no es necesario exponerte a tanto peligro solo porque tienes prisa.

Galton solo lo miró y el anciano se retiró, diciendo lo siguiente antes de cerrar la puerta: —Que Dios te bendiga, joven.

Galton solo se quedó ahí, en el silencio pensando: —Así que…el pasó por aquí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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