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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 1

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1: I 1: I Estaba a punto de matar al héroe, como siempre.

Sangraba de todos lados, sus huesos estaban rotos, y no había forma de que me ganara.

Pero, como siempre, ese hijo de la chingada no entendió la indirecta y se levantó.

De seguro me dijo quién sabe qué cosas de proteger a sus amigos, detenerme, no permitir que haya una víctima más.

Y, como siempre, liberó el poder más grande que alguna vez había sentido.

Un aura dorada lo cubrió y también le curó todas sus heridas.

El poder de la amistad en todo su esplendor.

Pero por primera vez él estaba tan desesperado que me atacó primero.

Corrió hacia mí lo más rápido que pudo, y yo con un solo golpe le partí su reputísima madre y casi lo mato otra vez.

Tanto poder de la amistad y no le sirvió para nada.

Ja.

Pendejo.

¿Creíste que yo no podía tener un amigo?

¿Creíste que yo no podía usar el poder de la amistad?

Pero pasaron muchas otras cosas antes de eso, así que empecemos por el principio: Estaba a punto de matar al héroe, como siempre.

Sangraba de todos lados, sus huesos estaban rotos, y no había forma de que me ganara.

Pero, como siempre, el hijo de la chingada se levantó y dijo esa pendejada de proteger a sus amigos y lo que sea y liberó el poder de la amistad.

“¿Por qué no lo maté antes?”, te preguntas.

Bueno, yo en ese momento usaba la legendaria armadura XyzqvqzyX, y nunca había tenido tanto poder.

Casi matar al héroe fue muy fácil, y según las profecías nada en el universo era más poderoso que yo.

Pero al parecer eso era una puta mentira porque yo, como siempre, ataqué al héroe con todas mis fuerzas, le lancé mis hechizos más poderosos y traté de golpearlo todas las veces que pude, y lo único que él hizo fue crear varios escudos en forma de burbuja para protegerse.

Así desvió todos mis hechizos y detuvo todos mis golpes como si no fueran nada.

Yo le gritaba: —Pelea, pendejo.

O: —¿Te crees mejor que yo, hijo de tu puta madre?

Pero ese cabrón ni siquiera se dignaba en contestarme, como si yo no fuera nadie.

Y por eso junté todo mi poder para lanzarle un hechizo tan poderoso que pudiera destruir una ciudad entera, pero, cuando estaba a punto de lanzárselo, ese hijo de perra me encerró en una de sus burbujas.

El hechizo chocó con ella y explotó.

Cuando desperté, estaba en la parte de atrás de una patrulla con las manos esposadas y el collar de Bephelometh en el cuello.

Este collar es un dolor de huevos ya que no te deja usar magia, como si ya no tuvieras, como si fueras otro pendejo más que no sabe ni puede hacer hechizos.

Entonces grité, menté madres, lancé golpes y patadas a la reja que protegía a los policías en los asientos de adelante hasta que me cansé y me quedé sin voz.

Después me puse a pensar.

¿Por qué siempre era así?

Yo era más fuerte que ese pendejo del héroe, pero él siempre decía sus mamadas de la amistad y después me partía la madre.

Se suponía que, aunque las partes separadas de la armadura XyzqvqzyX no te daban mucho poder, juntas me harían la persona más poderosa de todas, pero ni así pude ganarle.

En este mundo la magia se alimenta de tus emociones.

Entre más intensas sean, más poderosa es la magia.

Entonces ese deseo de proteger a sus amigos debió ser más fuerte que la armadura.

¿O sea que el poder más grande que existe es el de la amistad?

En ese momento sonaba como una pendejada, pero si el héroe siempre podía ganarme con eso, entonces hacer amigos no parecía una mala idea.

La patrulla entonces se paró frente a la Prisión Estatal de Santo Dinero.

Me metieron a un cuarto donde había pistolas, metralletas, granadas, lanzamisiles y quién sabe cuántas cosas más acomodadas en el suelo.

Me pusieron en medio de todo, rodeado de militares y tomaron varias fotos.

Yo nunca había visto esas armas, pero las fotos así se ven muy bonitas en las portadas de los periódicos, aunque sean fabricadas, y con ellas el gobierno puede aparentar que sí hace algo por su gente y que no solo les roba el dinero.

Después, los policías me metieron a un cuarto con otros veinte tipos que habían arrestado en esos días.

Como siempre, nos llevaron a unas oficinas para tomarnos esas fotos con tu nombre y tu número (la mía decía 07156431 – Miguel Ramírez “Dark”).

Y luego los encueraron, les revisarnos hasta el culo y les echaron manguerazos de agua fría mientras se burlaban de ellos.

Protocolo.

Pero mientras manguereaban a uno, él me miró y les preguntó a los policías: —¿Por qué a él ni le hacen nada?

Sí, a mí no me habían encuerado ni revisado el culo ni nada de eso.

Ya no traía la armadura, pero no me quitaron mi ropa negra, mis guantes, mi parche en el ojo, mi collar de calavera.

Hasta me habían dado un whisky en las rocas, como siempre lo hacían.

Y es que yo les pagaba una cuota de $100,000 cada mes para que me dieran el trato VIP a mí y a todos mis hombres.

Los policías, después de darle unos putazos al preguntón ese por hablar sin permiso, le dijeron que a él le checaron hasta el culo porque podría tener un arma ahí.

—¿Y él no?

—preguntó este pendejo.

Los policías me miraron.

—¿Está armado, Patrón?

—me preguntó uno.

—No —le dije, y no mentí.

Él entonces sacó su pistola y me la dio.

—Tenga; allá dentro la gente es bien brava.

Miré la pistola, le quité el seguro.

Y le disparé en la puta cara al cabrón este que nomás hacía preguntas.

Ese pendejo se desplomó en el piso y por fin se calló la puta boca.

—Fue en defensa propia.

Todos lo vimos —dijo uno de los policías, y los demás se llevaron el cuerpo para tirarlo quién sabe dónde.

Le regresé entonces la pistola al policía.

Yo no necesito armas.

—Ya quítenme esta chingadera, ¿no?

—les dije mientras agarraba el collar de Bephelometh, y ellos me lo quitaron.

Pero bueno, a partir de ahí, les dieron a los demás la ropa esa culera de la cárcel, y nos llevaron a todos a nuestras celdas.

Obvio, la mía era la VIP, la más grande de todas.

De hecho, llamarla celda es mera formalidad porque no tenía barrotes ni nada que atentara contra mi privacidad, sino una puerta custodiada por policías.

Dentro había varias habitaciones, cocina, pista de baile, salón de juegos y hasta una armería equipada con todo lo que te puedas imaginar.

Cuando entré, unos treinta de mis hombres ya estaban ahí.

Casi no me acordaba de ninguno.

De seguro a la mayoría los acababan de reclutar.

Todos tenían tatuajes o collares de calaveras para representar a nuestra pandilla, Muerte.

Y también había comida, chupe, meseros, putas y una banda tocando en vivo.

Lo de siempre.

Cuando mis hombres me vieron se me acercaron.

Olían a pisto y sexo.

—Bienvenido, Patrón.

Pásele.

¿Le sirvo algo?

—me decían chingaderas así.

A nadie se le ocurría burlarse de mí con eso de que el héroe me había partido la madre otra vez.

Y me gustaría que alguno lo hubiera hecho, para que vieran qué le pasaba.

Pero bueno, ya que tenía cerca a mis hombres, les pregunté: —Son mis amigos, ¿verdad?

Y en ese momento todos se hicieron bien pendejos.

—Claro, Patrón.

Aquí estamos a la orden —dijo uno ya muy tarde.

—No sé qué le hayan dicho allá afuera, Patrón —dijo otro—.

Pero estamos con usted hasta la muerte.

¿Hasta la muerte?

¿Seguro?

—Bueno —les dije—.

Ustedes son mis amigos, y siempre dan la vida por mí, ¿no?

—Sí, Patrón.

Nosotros nomás le somos leales a usted —dijo alguien.

—Pues qué bien, porque quiero que ahorita se maten entre ustedes.

Por mí.

Quien gane será mi mano derecha —mi plan aquí era muy simple: el héroe liberaba el poder de la amistad cuando estaba a punto de morir.

Si alguno de mis hombres, que pelaban por mí, lo liberaba también, entonces eran mis amigos.

Necesitaba amigos para esa madre del poder de la amistad.

Y si no lo liberaban, me valía verga si se morían o no.

Como era de esperarse, ellos no supieron cómo reaccionar a lo que les dije, así que agarré del pelo al pendejo más cercano y le azoté la cabeza contra la pared una, dos, tres, diez veces hasta que solo se veía sangre y carne donde debería ir la cara.

Solté a ese cabrón y les dije a los demás: —O se matan entre ustedes o los mato yo.

¿Cómo ven?

Y en cuanto uno sacó su arma, se armó el desmadre.

Disparos y chingadazos por todas partes.

Uno ahorcaba a otro por aquí, uno le clavaba los pulgares en los ojos a otro por allá.

Los meseros, las putas y la banda se escondían detrás de paredes y muebles.

Un desmadre bueno y bonito, de esos que no puedes dejar de ver.

Más de una bala iba hacia mí, pero no me hizo falta más que crear un escudo para protegerme.

A lo mejor eran balas perdidas o a lo mejor alguien me quería matar.

Como fuera, ellos no me podían ni tocar aunque quisieran.

Pero lo más curioso de todo esto fue que nadie de afuera oyó nada.

La celda estaba justo encima de la bodega, donde se guardaban las cosas de todos los reos.

Siempre había policías ahí, pero nadie nunca vino a imponer orden o a ver qué pasaba.

Mis hombres se fueron muriendo uno tras otro, y ninguno liberó ni un poco de poder de la amistad.

Los dejé que se mataran otro rato más, y nada.

Qué puta decepción.

—¡Ya párenle!

—grité y liberé un poco de mi poder.

Los pocos que seguían vivos dejaron de matarse entre ellos y me miraron temblando de miedo.

De los treinta solo me quedaron unos ocho hombres, pero no era difícil reclutar más, y menos en una cárcel.

Sí, pude dejar que se mataran todos, pero no me convenía quedarme sin carne de cañón.

Aunque lo bueno es que de seguro se murió más de un traidor en esa pelea.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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