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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 10

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10: X 10: X Juan Gómez.

El último de la lista.

Nos paramos frente al mercado del pueblo.

Salí de la camioneta, y algunos de mis hombres me siguieron.

—Trabaja en un puesto de verduras, Patrón —me dijo uno de ellos, y sí, yo me acordaba que sus papás tenían uno.

Lo más seguro es que él siga ahí.

Pobre pendejo.

Entramos, y había mucha gente caminando de un puesto a otro.

Los vendedores trataban de atraer clientes: —Pásele, pásele —gritaban unos.

—Aquí tenemos de todo, damita.

Pregunte sin compromiso —gritaban otros.

Pero todos se callaban cuando nos veían.

También los clientes que caminaban por ahí nos miraban asustados y abrazaban a sus hijos, no para protegerlos, sino para que no se les ocurriera la pendejada de acercarse a nosotros.

Hicieron bien.

Caminamos por los pasillos, y eran justo como los recordaba: los primeros puestos alrededor eran pequeñas carnicerías donde había varios pedazos de animales colgando de la pared, y en frente tenían un aparador con varios cortes y vísceras de algo que ellos llamaban cerdo o res, pero lo más seguro es que eran de caballo o de algo peor; más adelante había fruterías donde sí, la fruta era fresca y barata, pero las básculas estaban tan pinches descalibradas que marcaban un kilo cuando solo eran 700 gramos, y los dueños lo sabían, pues eran ellos los hijos de la chingada que las descalibraban; al fondo se alcanzaban a ver esas putas zapaterías donde había montones de zapateros pendejos que venden zapatos todos culeros que nomás te chingan los pies.

Pero antes estaban las verdulerías.

—¿Juan Gómez?

—le pregunté a una señora que atendía en uno de esos puestos.

Ella señaló un puesto casi al final del pasillo.

Pero ese puesto estaba cerrado.

—Su puesto sí es ese, Patrón, pero no sé por qué no abrió —me dijo.

Fuimos a ese puesto.

—¿Este es el puesto de Juan Gómez?

—le pregunté al del puesto de al lado.

—Sí, Patrón, es ese —me dijo—, pero quién sabe por qué no abrió.

Ayer sí abrió normal y todo.

Pero si quiere ahorita le conseguimos su dirección y todo.

Estamos aquí a sus órdenes.

—Más te vale —le dije, y hasta eso sí nos dio una dirección—.

Pues ojalá y Juan sí esté ahí— dejé a dos de mis hombres con él para que le metieran la chinga de su vida si es que me había dado una dirección falsa, o para que le dieran un buen varo si la dirección era la de Juan.

Me gusta premiar la lealtad, y casi siempre es más fácil ganarte a la gente con unos putos billetes que a punta de balazos.

Lo que hace la gente por dinero.

En fin, yo y el resto de mis hombres salimos del mercado y fuimos a la dirección esa.

Era una casa tan jodida como todas las de alrededor: puerta de metal oxidado, paredes verde menta, un perro abandonado en la azotea.

Toqué la puerta con fuerza y esperé.

Nadie abrió.

—Abran o abro yo —alcé la voz.

Nadie abrió.

Bueno, consté que yo avisé.

Levanté mi mano, le lancé un hechizo a la puerta y la destrocé en menos de un segundo.

Entramos.

Había una pequeña sala con muebles viejos y gastados que de seguro heredaron de los abuelos, la cocina tenía montones de platos sucios y sartenes llenos de cochambre en la losa, y no había nadie.

Entramos a los únicos dos cuartos de la casa, y en los dos había ropa tirada por todas partes, la cama estaba destendida y los cajones estaban todos abiertos.

Yo en todos mis años de criminal me había metido a muchísimas casas ajenas, y encontrarlas así no era tan raro porque hay gente muy puerca, y casi siempre esa gente es pobre, aunque de seguro las casas de los ricos estarían igual si ellos no contrataran a gente para que las limpiara.

Aunque sí era bastante raro que casi todo el desorden de la casa estuviera en los cuartos.

Una casa desordenada está desordenada en todas partes.

En fin, caminé un poco por uno de esos cuartos, revisé un par de cajones y me encontré con una cartera.

La abrí.

Había tickets de compra, billetes de la lotería, uno que otro billete de verdad, demasiadas tarjetas de crédito y varias credenciales.

Saqué una de estas y lo primero que noté fue la foto de un hombre con cara de pendejo y ya medio pelón.

Leí el nombre a un lado de la foto, aunque yo sabía perfectamente quién era.

Juan Gómez Pérez.

No sabía que su segundo apellido era Pérez, pero esa cara de pendejo era inconfundible.

Me senté en la cama y miré la cartera de Juan.

Según yo él no era tan despistado para salir y olvidarse de algo tan importante como su cartera, así que había dos opciones: Él estaba escondido en alguna parte de esta casa, y Él tomó sus cosas y huyó lo más rápido que pudo.

Ahora, si él huyó, entonces sabía que yo lo estaba buscando.

A lo mejor uno de mis hombres le dijo o a lo mejor se dio cuenta de que estaba buscando a mis viejos amigos y supo que tarde o temprano lo buscaría a él.

No me sorprendería que la mamá o la hermana le Paco le hubieran dicho que fui a su casa.

Pero bueno, si había huido, solo teníamos que encontrarlo y ya, y de este pueblo culero solo se entraba y salía por una sola carretera.

En fin, salí de ese cuarto y me encontré a mis hombres en el otro; estaban desconectando la pantalla que había en la pared.

Bueno, si Juan no hubiera querido eso, al menos hubiera tenido los huevos de recibirme en su casa.

—Vámonos —les dije—.

Y díganles a los otros que esta sí es la casa de Juan, para que le paguen al señor que nos dio esta dirección.

Salí de la casa, y mis hombres me siguieron.

Ellos cargaban esa puta pantalla.

Caminé hacia la casa del vecino y toqué la puerta.

Nadie abrió.

—Abran o abro yo —alcé la voz.

—No, no, no.

No queremos problemas —dijo alguien dentro de la casa y abrió la puerta.

Era un señor como de 50 años, flaco y asustado.

—¿Dónde está Juan Gómez?

—No sé, Patrón.

Yo nomás vi que salieron hace rato, antes de que ustedes llegaran.

Entonces Juan sí había huido.

—Y ¿cómo se fue?

¿Se fue en coche, en moto?

—En coche, Patrón —también me dijo la marca y el color, pero la verdad no me acuerdo.

—Pues más te vale que ese sea su coche —le dije y quise pagarle por su lealtad.

Miré a mis hombres y se me ocurrió una idea—.

Denle la pantalla —les dije.

Ellos me miraron sorprendidos.

—No es necesario, Patrón —dijo el hombre.

—Sí es necesario —le dije al hombre, y miré a los otros—.

¿Le van a dar la pantalla o no?

—¿Y si nos mintió y ese no es el coche, Patrón?

—preguntó uno de ellos más que nada porque no quería darle a ese señor su pantalla recién robada.

—Entonces regresan y se la quitan —le dije.

—Se lo juro, Patrón —dijo el hombre muy asustado—.

Ese es su coche.

Siempre van y vienen en ese.

—Más te vale que sí —le dije y me subí a la camioneta.

Mis hombres terminaron dejándole la pantalla al hombre y se subieron a la camioneta también.

—¿A dónde vamos, Patrón?

—me preguntó el chofer.

—Pues a la carretera, pendejo, ¿a dónde más?

—le dije y arrancamos.

Mientras él le pisaba a fondo, yo saqué mi teléfono y le marqué a uno de mis contactos.

—Dígame, Patrón —él contestó en chinga.

—Buenas, comandante —le dije—.

Fíjese que tengo una bronca: ando buscando un coche —le dije la marca y el color— que ha de estar en la carretera.

—No se preocupe, Patrón —dijo el comandante de policía—.

Yo le digo a mis muchachos que hagan retenes en toda la carretera y paren cualquier coche con esas características.

—Ahí se lo encargo, comandante —le dije y colgué.

Salimos del pueblo y entramos a la carretera.

Más le valía al pinche comandante encontrar ese coche porque a mí me caga que se me escape la gente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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