Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 XI
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11: XI 11: XI Nos paramos a mitad de la carretera.
En frente había un montón de patrullas y un coche viejo y jodido.
Salí de la camioneta y fui con los policías; mis hombres me siguieron.
—Buenas, Patrón —me dijo uno de los policías—.
Estos ha de ser los que busca —y señaló a una familia que estaba sentada en el piso.
El hijo se distraía con la tierra y las piedras que había ahí, la mamá lloraba en silencio y Juan me miraba cagado de miedo.
Me le acerqué.
—¿No somos amigos?
—le pregunté a Juan.
—No quiero problemas —dijo él.
—Pues los hubieras tenido si te me hubieras escapado, cabrón —le dije y miré su auto.
Desde afuera se veían todas las bolsas y maletas que llevaban—.
¿Tan mal te caigo?
—Te damos el coche, lo que quieras, pero, por favor, no queremos problemas —él estaba llorando.
Le lancé un hechizo muy débil en el pecho, pero aun así lo acabé tirando al piso.
—No me ofrezcas tus chingaderas, pendejo —le dije—.
¿Crees que necesito tu puta basura?
Yo te puedo comprar hasta la risa, cabrón.
Yo en un día gano más de lo que tú vas a ganar en toda tu puta vida, pendejo muerto de hambre.
Su esposa lo abrazó y se puso a berrear.
—No te apures —le dije a ella—: él y yo somos amigos desde chiquitos.
Él me conocía cuando yo aún tenía mis dos ojos.
Él se agarraba el pecho y se levantaba poco a poco.
—¿Apoco te dolió?
—le pregunté fingiendo sorpresa—.
¿Qué no la magia era una pendejada, según tú?
—¡Por favor, no le haga nada!
—la pinche esposa no dejaba de llorar.
Y yo ya estaba hasta la chingada de sus pinches berridos.
—Tú y tu hijo se pueden ir.
Juan se queda —le dije.
—¡No se lo lleve, por favor!
—la pinche esposa no se callaba.
—Dile que se vaya —le dije a Juan—.
¿O quieres que les diga a mis hombres que se la lleven a ella y a tu hijo?
—Vete —le dijo Juan a su esposa.
Le temblaba la voz y lloraba—.
Llévate al niño.
—Nomás voy a platicar con mi amigo —yo le dije a ella—.
Al rato te lo regreso.
Pero ella nomás no soltaba a Juan.
—Dale las llaves de tu coche y que ya se largue —le dije a él—.
O si no a todos se los carga la chingada.
Ella por fin entendió que estorbaba y se levantó, cargó al niño y lo subió al coche.
Después se metió ella, arrancó y se fue.
Ninguno de nosotros la seguimos ni nada.
Disfruté un ratito del silencio, aunque Juan se estaba aguantando las ganas de rogarme por su vida.
—Yo nunca le dije a nadie de ti.
Por favor no nos hagas nada.
—¿Quién te dijo que te estaba buscando?
—No, nomás vamos a casa de una tía —él mintió, y yo le lancé un hechizo en el hombro que le quemó la ropa y la piel.
Juan gritó del dolor.
—Los amigos no se mienten —le dije—.
¿No eres mi amigo?
Juan seguía gritando.
—Tú siempre has sido una puta mierda —le dije y le di una patada en el suelo—.
Una pinche puta mierda.
Siempre me cagaste la madre, y he matado a chingos de gente por mucho menos.
Me agaché para acercarme más a él.
Lo agarré del pelo y lo jalé hacia arriba para que su cara quedara a un lado de la mía.
Él tenía los ojos cerrados y apretaba los dientes por el dolor.
—Pero yo puedo perdonar a mis amigos.
Tu familia te esta esperando, pero si quieres les digo a mis hombres que vayan por ellos.
Nomás dime quién te dijo que yo te estaba buscando.
—La hermana de Paco —él me dijo, y yo lo solté.
—Ándale.
¿Era tan pinche difícil?
Me senté junto a él.
—Entonces, eres mi amigo ¿verdad?
—Sí, lo que sea.
No quiero problemas.
Por favor —Juan seguía en el suelo y se agarraba la herida en el hombro.
No dejaba de llorar el pendejo.
—Los amigos no se mienten —le repito.
—No, no, no, sí lo soy.
Sí soy tu amigo, y tú tenías razón.
Siempre tuviste razón.
La magia es muy chingona, es lo más chingón del mundo, y yo siempre he sido una puta mierda.
Perdóname por haberte dicho todo lo que te dije, pero es que yo tenía que ayudar a mis papás con la tienda, y ya no tenía tiempo para practicar magia.
Pero yo soy tu amigo, soy tu amigo.
Le puse la mano sobre el otro hombro.
—¡Soy tu amigo, soy tu amigo, soy tu amigo!
—él temblaba y lloraba.
—¿Cómo va a ser mi amigo alguien que salió del pueblo con tal de no verme?
—le pregunté.
—Por favor, no me mates.
Lo agarré del pelo y jalé hacia arriba otra vez.
—Te voy a decir algo: tú vives el puto sueño.
Tienes a tu familia y vives sin pedos.
Sí, no tienes para comer y tienes chingos de deudas, pero esos no son pedos de verdad.
¿Sabes cómo lo sé?
Porque duermes, y no sabes la puta suerte que tienes de poder hacer eso.
”¿Sabes cuántas personas me quieren matar a mí?
¿Sabes cuántas personas me han tratado de matar en la puta madrugada?
Chingos.
Y me hubieran matado si hubiera estado dormido.
Si te duermes, te mueres, y si no duermes te chingas esto —me di unos golpecitos en la frente con dos dedos—.
Y no solo no duermo: tengo que estar siempre cuidándome porque cualquier día a cualquier hora alguien puede tratar de chingarme, ya sean los contras, la policía, estos pendejos —señalé a los pendejos de mis hombres—.
No me puedo distraer ni un puto segundo o me ve a cargar la chingada.
Y estar tan alerta siempre también te chinga esto —los golpecitos que me daba eran cada vez más fuertes.
Juan seguía llorando.
Se veía todo pendejo tirado en el piso.
—Levántate, pendejo —me daba rabia verlo así, tan pinche patético, llorando como si su vida fuera una mierda, como si estuviera tan jodido como Jorge.
Pero Juan mínimo tenía una familia, una vida.
Jorge ya estaba prácticamente muerto cuando lo encontré, y por eso lo acabé matando.
Él ya ni tenía una vida por vivir, él estaba en el hoyo, pero Juan no, Juan tenía un chingo que perder.
Me levanté.
—Vámonos —les dije a mis hombres.
Ellos levantaron a Juan y lo iban a meter en la camioneta—.
No, él se queda.
Ellos se cagaron de miedo.
—¿Seguro, Patrón?
—me preguntó uno—.
Los contras lo pueden encontrar y usted sabe lo que le van a hacer.
—O lo pueden agarran los policías —me dijo otro—, y usted sabe cómo torturan esos hijos de la chingada.
—¿Tartamudeé, pendejos?
—les dije—.
Si digo que él se queda, él se queda.
Y ellos terminaron soltando a Juan.
Él también se veía confundido.
—¿Qué?
¿Te quieres subir con nosotros?
—le pregunté.
—No.
Así estoy bien.
—Dale un teléfono —le dije a uno de mis hombres, y él sacó de la camioneta uno de los teléfonos desechables que tenemos, de esos que solo usamos una vez y tiramos para que no nos rastreen, y se lo dio a Juan.
—Háblale a tu esposa para que pase por ti —le dije y le di un abrazo—.
Tíralo después de usarlo, y no vuelvas al pueblo o algún cabrón te va a matar a ti y a tu familia.
Lo solté, y él estaba cagadísimo de miedo.
Me subí a la camioneta, y nos fuimos.
Juan se veía cada vez más chiquito por el retrovisor.
Avanzamos por la carretera un rato y llegamos a un tramo donde no había nada alrededor.
Yo bajé mi ventana para que entrara el aire.
Afuera nomás había desierto.
—Párate aquí —le dije al conductor, y este se paró.
Mis hombres eran tres: uno estaba en el asiento del conductor, otro en el del copiloto y otro a un lado de mí.
Podía sentir su miedo.
Podía sentir que todos habían agarrado su arma y que me iban a tratar de matar antes de que yo los matara.
¿Crees que esto es raro?
Deja te los explico: Juan los había visto y podía delatarlos con los contras, decirles quienes eran, cómo eran y así, y los contras los buscarían y cuando los encontraran, los torturarían para sacarles toda la información que pudieran sobre mí y mi pandilla y los terminarían matando porque eso es lo que hacen las pandillas.
Si mis hombres dejaban a Juan vivo, se arriesgaban a eso, y en el mundo del crimen, donde todos los días te juegas la puta vida, los que se arriesgan así son los primeros que se mueren.
En mis años en este pinche negocio, he sabido de muchísimos casos donde pasa exactamente eso.
Pero ¿tú qué tienes que ver en eso?, me preguntas.
Bueno, se suponía que Juan era mi amigo, y si yo quería protegerlo, tenía que matar a mis hombres porque ellos iban a tratar de matarlo a él.
Ahora, la verdad es que a mí me valía madre si mataban a Juan o no, pero eso no importaba porque ellos no se iban a arriesgar a dejarme vivo sabiendo que había la posibilidad de que yo los matara.
En el mundo del crimen no puedes dejar cabos sueltos porque tarde o temprano estos te van a acabar matando.
Y yo ya te lo había dicho: para nosotros en algún momento los contras nos van a encontrar y nuestros aliados nos van a traicionar.
Eso lo sabíamos muy bien.
—Cuando quieran —les dije, y ellos dudaron, así que yo empecé dándole un chingadazo en la cara al que tenía al lado.
Él tenía la mano escondida dentro de su chamarra, así que metí la mano ahí, le quité la pistola que traía agarrada y la tiré por la ventana.
Los otros dos se dieron la vuelta y me apuntaron con sus pistolas, así que en chinga tomé al copiloto del brazo y lo jalé hacía mí con todas mis fuerzas.
El conductor disparó varias veces, pero yo ya tenía al copiloto como escudo, y a ese pendejo le cayeron todas las balas.
Supe que se murió porque oí cómo se le cayó la pistola en el suelo.
Pero el tercer cabrón, el que yo tenía a un lado, me abrazó y me jaló hacia él.
Yo acabé soltando mi escudo.
—Dispárale, cabrón, dispárale —le gritó al conductor, y este me apuntó, pero yo alcancé a patearle el brazo antes de que me disparara y por eso falló.
Después agarré los brazos del pendejo que me abrazaba y me impulsé para un lado y hacia otro para que él terminara pegándose varias veces en la nuca contra el vidrio del auto.
El conductor me trató de disparar más veces, pero yo lo pateaba en la cara o en las piernas para que no me pudiera apuntar.
Al final lo pateé en la cara tan fuerte que lo desorienté un momento.
De repente el que me abrazaba me quitó un brazo de encima, y yo aproveché para quitarme el otro y alejarme de él.
Él ya traía un cuchillo en la mano que me había quitado, pero yo lo agarré de la cabeza y lo estrellé contra el vidrio tan fuerte que este se rompió.
Le quité el cuchillo y lo aventé por la ventana rota.
El piloto me volvió a apuntar con la pistola, y yo traté de quitársela con las dos manos.
Forcejeamos un poco, y el que estaba a un lado de mí me agarró del hombro y me empezó a golpear en la cabeza, pero yo jalé al piloto con todas mis fuerzas y este quedó en medio de los dos.
Le quité la pistola y la aventé por la ventana.
El piloto entonces me abrazó con todas sus fuerzas para que no me pudiera mover, y el que estaba a mi lado me agarró de la cabeza y me golpeó una y otra vez.
La sangre fluía por toda mi cara.
Yo subí los brazos y alcancé a agarrarle la cabeza al conductor.
Le jalé una oreja con tantas fuerzas que terminé arrancándosela.
Él me soltó y gritó.
Yo lo agarré de la cara y le metí los pulgares en los ojos, pero el que estaba a un lado de mí me golpeó en la cara tan fuerte que me desconcentró un momento, y él se me abalanzó y me siguió golpeando una y otra vez.
En ese momento lo único que yo sentía era la sangre que corría por mi cuello.
Entonces lo golpeé en la cara con tantas fuerzas que lo tiro.
—¿No que me ibas a matar, cabrón?
—le pregunté y saboreé la sangre que tenía en la boca—.
Órale —me le acerqué para golpearlo, pero él agarró del suelo la pistola del copiloto y me apuntó, pero yo lo agarré del brazo y lo hice a un lado.
El pendejo empezó a disparar una y otra vez, y yo traté de golpearlo con el otro brazo, pero forcejamos, y él seguía disparando, y yo terminé agarrándole la cara con las dos manos y metiéndole los pulgares en los ojos.
Él me puso la pistola en la cabeza y el pendejo jaló el gatillo muchas veces, pero no pasó nada porque ya se le habían acabado.
Yo lo sabía porque las había contado.
Entonces él me dio un cachazo en la cabeza, y yo le metí los pulgares aún más y empecé a darle cabezazos con todas mis fuerzas, pero él me puso las manos en la cara para detenerme y me arañaba y trataba de hundirme los dedos en los ojos.
Yo entonces vi los pedazos de vidrio roto que quedaban en la ventana, y lo jalé hacia donde estaban y lo empujé hacia abajo.
Sentí cómo se le clavaban poco a poco en la nuca.
Él me arañaba, me agarraba, me jalaba con más y más fuerzas, y de repente se le cayeron los brazos, y él se dejó de mover.
Me tomé un momento para tomar un poco de aire, pero en ese momento oí cómo se abría la puerta de mi asiento.
El piloto, el pendejo al que le había arrancado una oreja, la había abierto y se arrastraba fuera de la camioneta.
Cuando salió se paró y se puso a correr.
Yo también salí de la camioneta.
Él ya se veía bastante lejos, pero yo levanté dos dedos, le apunté y disparé varios hechizos.
Ya estaba tan lejos que fallé los primeros dos, pero le di el tercero.
Él cayó en el suelo.
Caminé hacia donde estaba y tardé un poco en alcanzarlo porque ya estaba bien lejos.
Él seguía vivo y se estaba arrastrando en el suelo.
En una de sus piernas tenía un agujero grande y un montón de carne quemada.
La sangre dejaba un rastro por todo el suelo.
Lo agarré del hombro y lo volteé para que quedara boca arriba.
—Por favor, por favor —me suplicaba el pendejo.
—¿No que me querías matar, cabrón?
—le pregunté y me agaché para acercarme a él—.
Órale, aquí estoy.
Mátame… ¡Mátame!
—Por favor, tengo dos hijos —me seguía suplicando el pendejo, y yo me puse encima de él y lo golpeé en la cara una y otra vez.
Gritaba y lloraba el cabrón, pero apenas y metía las manos para defenderse.
Yo seguí golpeando y veía cómo su cara se desfiguraba y se volvía un charco rojo.
Sus gritos se oían ahogados por toda la sangre que tenía en la boca.
Y yo seguí golpeando.
Sentía cómo su cráneo se quebraba poco a poco y su cara se volvía una masa suave y sin forma.
Y yo seguí golpeando.
El pronto dejó de gritar; ya nomás se oía la carne, los huesos, el chapoteo de la sangre y sesos.
Y yo nomás no podía dejar de pensar en ese hijo de su reputísima madre de Juan, y me encabronaba más y más, y seguí golpeando con más y más fuerzas.
Lo que quedaba de su cabeza se esparcía por todo el suelo.
Y ¿por qué le cagaba tanto la madre a Juan?
Desde niño no me bajaba de pendejo, y ahorita se escapa de la ciudad nomás para no verme.
¿Yo qué te hice, cabrón?
Era un niño, y nunca te dije nada.
Nomás te dejé vivir porque tu vida es bien pinche miserable, y porque yo soy mucho mejor que tú, cabrón.
Tú no eres nadie y nunca lo serás.
Ojalá tú y Jorge hubieran cambiado de lugares porque él no merecía acabar como acabó, y tú no mereces nada de lo que tienes, hijo de la chingada.
Cuando me di cuenta, la cabeza que golpeaba estaba tan destrozada que yo prácticamente estaba golpeando el suelo.
Dejé de golpear.
Me ardía respirar y tenía los nudillos todos abiertos y llenos de sangre; también tenía pedazos de cráneo y piedritas clavados en las manos.
Me acosté en el suelo para tomar un poco de aire.
Respiraba por la boca y hacía mucho ruido porque de verdad me faltaba aire.
No solo me ardían las manos, sino los brazos y hasta la espalda también.
Mis manos estaban hinchadas y sin forma.
Lo bueno era que podía usar un poco de magia para curarme.
En fin, no sé cuánto tiempo estuve ahí tirado, pero no creo que haya sido mucho.
En fin, me paré y vi el cuerpo y toda la sangre que había por todos lados.
Podía dejarlo ahí, pero lo mejor sería borrar la evidencia de que todo esto pasó, así que levanté la mano y lancé un hechizo tan poderoso que lo desintegró a él y al rastro de sangre que había dejado.
Lo único que quedó fue un hoyo bastante grande en la tierra.
Caminé de regreso a la camioneta.
Había dos pistolas y un cuchillo afuera en el suelo, y dentro había cuerpos, sangre, marcas de bala, pedazos de vidrio, pistolas tiradas en el suelo.
Levanté la mano y lancé otro hechizo.
La camioneta explotó y aventó pedazos de carne y metal a todos lados.
Me senté en el suelo y vi cómo se quemaban los últimos pedazos de camioneta y cuerpos que quedaban.
Después de todo lo que había pasado, nomás había una cosa que podía hacer: —Tengo que hacer nuevos amigos.
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