Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 12

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Por fin el villano descubre el poder de la amistad
  4. Capítulo 12 - 12 XII
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

12: XII 12: XII Juan también dejó de ir a la escuela.

A él lo volví a ver una que otra vez ayudándole a sus papás en su puesto de verduras.

Yo siempre trataba de no pasar por ahí, y cuando iba con mi mamá me escondía detrás de ella o me ponía a ver los puestos del otro lado y pasaba bien rápido para que él no me viera.

Siempre tenía miedo de que se me acercara o me dijera algo, pero nunca me dijo nada.

De seguro sí me vio más de una vez, pero se hacía bien pendejo.

Yo y Jorge seguíamos yendo a practicar magia después de clase.

Ya nomás éramos nosotros dos, pero así estaba más a gusto porque no había pendejos como Juan que nos anduvieran chingando con eso de “la magia es una pendejada”.

Aunque la verdad sí me enojaba un poco al ver que a Jorge sí le salían los hechizos que practicaba y a mí no.

Yo practicaba y practicaba con la misma hoja de siempre, pero nunca la podía mover, y Jorge aprendía un hechizo y luego otro y luego otro.

Yo lo veía mucha atención para ver cómo le hacía, pero él nomás abría la mano, ponía su cara de pendejo y salía el hechizo.

Nunca le dije nada ni le eché la culpa de nada.

Pero no pasó mucho tiempo para que Jorge también dejara de ir a la escuela.

Al principio pensé que se había enfermado y ya, que iba a regresar, y ya después de varias semanas acepté que a él tampoco lo iba a volver a ver.

Así que terminé yendo solo a practicar magia después de clase.

Sí me sentía mal por Jorge, pero al menos yo podía llevarme el libro de magia diario, porque siempre nos lo turnábamos entre todos.

También en esos días trataba de animarme diciendo que a lo mejor me costaba hacer los hechizos porque siempre me distraía viendo a los demás, y ahora no había nada que me distrajera.

Aun así, pasaron días y semanas y yo no podía hacer ni un puto hechizo.

Me acuerdo de un día en el que me quedé practicando hasta la noche.

Estaba sentado justo debajo de una ventana porque nomás por ahí entraba la luz.

Leía y releía la página donde venía el hechizo de telequinesis ese, hacía todo exactamente como venía escrito, y la puta hoja nomás no se movía.

—Por favor, por favor, muévete —le decía, pero nada.

Seguía tratando, pero nada.

—Muévete, muévete, ¡muévete!

Pero nada.

Me llevé las manos a la cara y traté de no gritar, de no romper la hoja, romper el libro, romperlo todo porque nomás no podía mover esa puta hoja, y yo trataba y trataba y trataba y nomás nada me salía bien.

En ese momento sentí lágrimas mojándome las manos.

—¿Ya vas a andar de chillón otra vez?

—me pegué en el pecho varias veces—.

No chilles.

No chilles.

Y me seguí pegando hasta que se me quitaron las ganas de llorar.

—Pero sí le dije a ese hijo de su puta madre: “A ver, cabrón… —de repente oí la voz de alguien dentro del edificio.

Me paré, guardé el libro de magia en mi mochila y caminé muy despacio para que nadie me oyera.

Me bajé por las escaleras.

Todo estaba oscuro, así que me agaché en un rincón y me quedé ahí.

La voz se oía cada vez más cerca, pero aun así no alcanzaba a ver a nadie.

Por la voz debía ser un chavo de entre 15 y 20 años, y si alguien como él andaba tan noche en un edificio abandonado a otro presumiendo cómo le había partido la madre a algún pendejo, lo más seguro es que era parte de la pandilla de los payasos, la que dominaba el pueblo en esos días.

En el fondo apareció una luz y se fue acercando poco a poco.

La voz también se oía más y más fuerte.

Yo me quedé donde estaba y traté de no moverme para que no me vieran.

La luz seguía acercándose.

No pasó mucho tiempo para que la luz pasara a mi lado y viera a dos pendejos pintados de payaso en frente de mí.

Yo me agaché lo más que pude y hasta me aguanté la respiración.

Ellos movían una linterna de un lado a otro para ver mejor lo que tenían en frente.

En un momento apuntaron la linterna justo arriba de mí.

Yo cerré los ojos y me hice bolita con la esperanza de que me confundieran con una piedra o algo.

—Ya vámonos, pendejo —uno le dijo al otro, y siguieron caminando.

Yo me esperé hasta que la voz de uno de ellos se oía bastante lejos.

Me paré y caminé muy despacio hacia la puerta principal.

Cuando la vi, salí corriendo lo más rápido que pude, pero de repente algo me jaló de la mochila y me tiró al piso.

Frente a mí había otros dos pendejos pintados de payaso.

—Mira, cabrón —le dijo uno al otro—.

Este ha de ser un halcón de los contras.

—¿Tú que hacías ahí dentro, cabrón?

—me preguntó el otro, y yo tenía tanto miedo que nomás dije que “no” con la cabeza—.

¿Qué traes ahí?

Entre los dos me quitaron la mochila, la abrieron, la voltearon y la agitaron para que se cayera todo lo que había.

Libros y cuadernos de la escuela, lápices, colores y el libro de magia terminaron en el piso.

—Nel, no es de los contras —le dijo uno al otro—.

Pero ¿qué es esta mamada?

—él agarró el libro de magia y lo empezó a hojear.

—Tú, niño —me dijo el otro—.

¿Quieres ser un payaso?

Tenía tanto miedo que no supe qué decirle.

—Siempre nos hacen falta payasos —él siguió hablando—.

O ¿qué?

¿Te crees mucho para juntarte con nosotros, pendejo?

—me preguntó y me dio una patada en la cara.

Yo nomás me retorcí del dolor.

—Uy no, mira cómo se deshoja esta chingadera —el culero que tenía el libro de magia lo empezó a agitar con fuerza, y como ya estaba muy gastado, las hojas se le empezaron a caer—.

Ya hay que tirarlo mejor.

Yo quería decirles que no, pero nomás me quedé ahí como pendejo viendo cómo las hojas seguían cayendo.

En ellas veía tablas, ilustraciones, ejercicios que yo ya me había aprendido de memoria.

“Si lo tiran, nunca voy a hacer magia,” pensaba, pero no me atrevía a decir nada.

—A ver, préstamelo —el otro se acercó a ver el libro.

—Ni pises las hojas, puñetas —le dijo el que tenía el libro, aunque el otro las había pisado adrede.

—¿Cuáles hojas?

—el otro fingía no verlas, pero arrastraba mucho los pies y así rompía las hojas que estaba pisando.

—No lo rompan —dije muy bajito, pero ellos me escucharon y se me acercaron.

—¿Qué dijiste, carnal?

—uno de ellos se agachó y me jaló de la camisa—.

No te oí —me puso su oreja en frente.

Yo veía las hojas tiradas y destrozadas en el piso.

—Me hago payaso, pero por favor no lo rompan —me agarré los huevos y les dije.

Ellos me sonrieron.

—Pero si ni les estamos haciendo nada —el que traía el libro agarró una hoja y soltó el libro.

Por el peso la hoja se despegó del libro, y este se cayó al suelo— Solito se rompe.

—Ya déjenlo —les dije, y sentía cómo las lágrimas me caían por toda la cara.

El que traía el libro lo tiró al suelo, levantó las manos y me miró como diciéndome: “ya lo solté”.

Golpeó el suelo, y varias hojas se despegaron.

—No lo tires —le dijo el otro, y fue hacia donde estaba el libro.

Abrió la mano para fingir que se iba a agachar a agarrarlo, pero cuando lo tenía muy cerca lo acabó pateando.

Varias hojas se desprendieron del libro, y una de ellas era la del hechizo básico de telekinesis.

La hoja terminó en el suelo junto con todas las demás.

—¡Ya déjenlo!

—les grité.

Uno de ellos levantó el libro, y este ya casi no tenía hojas.

Lo dejó abierto y se acercó a mí.

—Muy bien.

Ten —me ofreció el libro abierto, pero justo cuando lo iba a agarrar el otro hijo de su reputísima madre lo golpeó justo en el centro, de donde se pegan las hojas, y al libro, aunque era de pasta dura, se partió en dos.

Ellos se rieron, y yo sentí tanta ira, tristeza, desesperación, odio que ya no me pude reprimir.

Grité y lloré con todas mis fuerzas y, sin pensarlo, golpeé a uno de ellos con tanta fuerza que lo tiré al suelo, aunque él era más grande que yo.

El otro trató de golpearme, pero por alguna razón se movía muy lento, como en cámara lenta o algo así, y yo lo esquivé y le metí un tremendo chingadazo que lo tiró a más de un metro de mí.

Todo fue tan fácil.

En ese momento yo sentía un poder que nunca antes había sentido, como si estuviera soñando o drogado.

Los payasos estaban tirados en el suelo y con las bocas llenas de sangre, y mi puño estaba manchado con la sangre de esos pendejos.

Yo los había dejado así, yo me había puteado a esos dos.

Y había sido tan fácil.

¿Te acuerdas de que te había dicho que la magia se alimenta de las emociones?

Pues yo lo aprendí en ese momento.

Entonces corrí hacia ellos más rápido que nunca y los empecé a patear y les empecé a gritar.

Ellos solo se cubrían la cara con las manos, y yo los pateaba en el estómago, en la espalda, y ellos solo gritaban del dolor y sangraban.

Los payasos que me encontré dentro del edificio salieron y me vieron a mí dándoles la verguiza de su vida a sus compañeros.

Yo los vi y levanté el puño, pero los muy putos se fueron corriendo.

Tanto miedo que les había tenido antes y tan fácil que era espantarlos.

Uno de los que había puteado trataba de pararse, así que me senté sobre de él y lo empecé a golpear en la cara una y otra vez.

Él solo se cubría con las manos y gritaba.

Y yo lo seguía golpeando.

Mis manos pronto se llenaron de sangre.

Y yo lo seguía golpeando.

Y yo lo seguía golpeando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo