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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 13

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13: XIII 13: XIII Al día siguiente regresé a ese edificio abandonado y me metí a una de las habitaciones.

Abrí mi mochila, saqué las dos partes del libro de magia, todas las hojas y pedazos de hoja que había recogido y un Diurex que había agarrado de mi casa.

Puse todo en el suelo y me puse a juntar todos los pedazos de hoja que tenía.

Como había leído ese libro tantas veces, sabía cuáles pedazos eran de la misma hoja y me puse a acomodarlos como si fueran piezas de un rompecabezas.

Cuando armé una página completa, le puse un montón de Diurex para pegar todos los pedazos.

Aunque el Diurex era muy viejo y casi no pegaba nada.

Levanté la hoja, y los pedazos se despegaron y se cayeron al suelo.

Bueno, junté los pedazos en diferentes montoncitos y puse las páginas sueltas en orden.

Después, agarré los pedazos del libro, acomodé las páginas en su lugar y me gasté todo el Diurex para pegarlo.

Pero apenas abrí el libro, este se rompió otra vez y todas las hojas se esparcieron por el suelo.

Al ver las hojas así me acordé cómo los payasos habían roto el libro y grité y lloré y me puse a pegarle al piso una, otra, otra vez y cómo quise que estuvieran ahí para partirles la madre y la mano me dolía muchísimo pero yo seguí golpeando el piso una y otra y otra y otra vez pero las hojas ya no estaban ahí.

Estaban flotando en el aire.

Y en ese momento se cayeron.

En ese momento no sabía que había pasado, pero extendí mi mano y me concentré justo como decía el libro, justo como había hecho un putero de veces antes y no había logrado ni una chingada.

Pero esta vez las hojas se levantaron en el aire y se quedaron ahí.

Moví la mano a la derecha, y las hojas se movieron ahí.

Moví la mano a la izquierda, y las hojas se movieron ahí también.

La moví arriba y abajo; puse las dos manos juntas, y todas las hojas se juntaron en el aire; separé las manos, y las hojas se separaron; me puse a dar vueltas, y las hojas me rodearon y se pusieron a dar vueltas conmigo.

—Ay, qué bonito —dijo alguien muy cerca, y me encontré con un montón de payasos que me miraban.

Todas las hojas se cayeron—.

Pero no nos hagas caso.

Tú síguele a lo que estabas haciendo —dijo el más viejo de todos.

Él usaba un traje y una cadena de oro con una calavera.

También traía maquillaje de payaso.

En ese momento sentí muchísimo miedo, pero también sentí muchísima más ira al ver que habían regresado y que no me iban a dejar en paz, así que moví las manos hacia atrás, y las hojas flotaron hacia mí; abracé los pedazos de libro y me preparé para pelear.

—Tráelos —ese hombre le dijo a alguien, y algunos payasos trajeron a dos tipos con la cara y el cuerpo cubiertos de vendas.

—¿Fue él?

—les preguntó, y ellos dijeron que sí con la cabeza.

Los otros payasos se rieron.

Hasta ese momento entendí que ellos eran los que les había partido la madre.

El hombre se me acercó.

—¿Tú los dejaste así?

—me preguntó.

—¿Y qué?

—le pregunté con más miedo que ira, pero con la esperanza de que pudiera asustarlo como a esos dos payasos que se fueron corriendo cuando me vieron partiéndole la madre a los otros dos.

Varios payasos se rieron de mí.

El hombre se volteó a verlos, y todos se callaron.

Después me volteó a ver a mí y se sonrió.

—Eres cabrón, eres cabrón —me dijo y después fingió sorpresa—.

¿Apoco ellos rompieron tu libro?

Yo no le dije nada.

Él le dio un chingadazo a uno de ellos dos.

—Discúlpense, hijos de su puta madre.

Todos los payasos se sorprendieron al oír eso, y nadie dijo nada.

El hombre sacó una pistola dorada de su saco y se la puso en la cara a uno de los pendejos que le partí la madre.

—Que se disculpen, pendejos.

—Perdón, perdón —se disculparon.

El hombre agarró a uno de la cabeza y lo tiró al suelo.

—Arrodíllense.

Ellos se pusieron de rodillas.

—La cabeza en el suelo.

Ellos bajaron la cabeza hasta que tocó el suelo.

—Discúlpense.

—Perdón, perdón —dijo uno.

—Discúlpanos, por favor, Darius —dijo el otro.

El hombre entonces le disparó a uno de ellos en la nuca.

El otro alcanzó a levantar la cara, pero lo único que vio fue al hombre dispararle también.

Fue la primera vez que vi cómo mataban a alguien.

Todo ese odio y esa ira que había sentido desaparecieron y solo sentí miedo.

Me acordé de ese día cuando vimos al hermano de Paco, y él nos enseñó su pistola.

“Esta es mi magia”, nos había dicho.

También pensé en Juan, en cuánta razón había tenido cuando dijo que la magia era una pendejada.

¿De qué te sirve mover hojas con magia cuando alguien puede matar a otro nomás jalando un gatillo?

El hombre me miró.

Yo ni me podía mover.

—Si un niño les partió la madre a estos dos, entonces ellos me hacen ver mal a mí y a mi pandilla, ¿o no?

—él se acercó a mí, y cuando ya estaba muy cerca, se puso de cuclillas para acercarse todavía más a mí.

Yo sentía cómo mis manos temblaban y cómo las lágrimas me caían por toda la cara.

Él olía a alcohol y a perfume caro—.

Lo malo es que necesito quién los reemplace.

¿Tú no quieres ser un payaso?

Si partes madres así para mí —señaló a los dos pendejos que estaban muertos.

Había un pequeño charco de sangre debajo de sus cabezas—, yo te puedo pagar lo que les daba a ellos dos juntos —se volteó, y uno de los payasos sacó un fajo de billetes.

Aunque yo en ese momento lo único que podía ver era cómo ese charco de sangre se hacía más y más grande.

El hombre agarró el fajo y me lo ofreció.

—Ten, por las molestias.

Cómprate otro libro u otros cien.

Pero antes… —de repente el hombre me golpeó en la parte de arriba de la cabeza, y el golpe fue tan fuerte que me tiró al suelo.

El hombre me agarró del pelo y me levantó la cara.

Sentía sangre en toda la boca—.

Tú te puteaste a mis hombres —él me estrelló la cara contra el suelo y me volvió a levantar—.

Me insultaste a mí y a mi pandilla —me volvió a estrellar la cara contra el suelo y me volvió a levantar—.

Y si yo no te castigo por eso, mis hombres van a pensar que soy débil y se van a ir contra mí —me volvió a estrellar contra el suelo.

El charco de sangre que dejaba era más y más grande.

Sentía cómo varios de mis dientes se me caían de la boca y cómo otros se me habían encajado en los labios—.

Por eso también maté a esos dos pendejos, para que todos sepan quién manda.

Él me volvió a estrellar contra el suelo y me dejó ahí.

Yo no me podía ni mover.

Él me dejó el fajo de billetes justo en frente de mi cara.

—Hazte payaso y te va a ir muy bien.

Tengo a varios de mis hombres por el barranco.

Tú nomás ve con ellos y diles que Darius te está esperando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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