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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 14

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14: XIV 14: XIV Después de que Juan se fuera de la ciudad con tal de no verme —y yo hasta tuve que matar a varios de mis hombres para protegerlo—, volví a la ciudad de Santo Dinero, donde empezó esta historia.

Tenía que hacer nuevos amigos, y las únicas personas que conocía aparte de mis hombres y la gente del puto pueblo de donde nací eran con quienes hacía negocios, con las personas más importantes de la ciudad.

Así que debía ir a donde estaban ellos.

—Estaciónate aquí —le dije al chofer de la camioneta, y él se estacionó en un espacio libre a un lado de la banqueta.

La calle estaba muy oscura.

Abrí la puerta de la camioneta y luego luego me llegó un olor a miados y a basura.

No le hice mucho caso y caminé por la calle.

Mis hombres caminaron detrás de mí.

Ellos nunca me preguntaron nada por sus compañeros, los que maté, y eso era porque para nosotros era muy común que nuestros compañeros murieran.

Si yo me los había llevado a una misión, y ellos no habían vuelto, era obvio lo que les había pasado, y eso nos podía pasar a cualquiera de nosotros en cualquier momento.

Así es la vida de un criminal.

En fin, caminé por la calle oscura.

Había varios edificios abandonados y en ruinas, pandilleros que nos miraban desde callejones y se escondían cuando los volteábamos a ver, y muchísimos autos de lujo estacionados en la calle.

Llegamos a un edificio de ladrillo y lleno de grafitti.

En la entrada había un grande y con lentes oscuros, pero apenas nos vio se hizo a un lado y nos dejó pasar.

Entramos a un pasillo oscuro, y entre más avanzábamos la música se escuchaba más fuerte.

Al final había una habitación muy grande con muchas mesas y varias pistas en el centro donde varias viejas encueradas bailaban en tubos.

Meseras iban de mesa en mesa sirviendo botellas mientras que los viejos que las pagaban les ponían billetes en la tanga y las manoseaban.

Reconocí a varios de los que estaban ahí; había políticos, empresarios, actores, el obispo, y todos me saludaron porque en algún momento habíamos hecho negocios.

—¿Dark?

—preguntó alguien y yo me volteé.

Era una draga que estaba sentada en las piernas de un hombre.

Se paró, se me acercó y me rodeó con el brazo—.

¿Pues andas perdido o qué, corazón?

—ella era Juicyfer, traía una peluca negra, unos cuernos en la cabeza, toda la piel pintada de rojo y un vestido de látex bien pegado y con una falda tan pequeña que se le veía su culote.

—Vengo a buscar amigos —le dije.

—Pues aquí puedes conseguir una buena plática, una buena cogida, pero ¿un amigo?… La verdad no creo, corazón.

—¿En qué otro lado voy a buscar, pues?

Juicyfer se quedó pensando por un momento.

—No sé, pero si lo encuentras, vienes y me dices —ella me dio unas palmaditas en el hombro y se fue.

Caminó entre las mesas y acariciaba los brazos de los hombres que tenía cerca.

Ellos casi siempre le sonreían y se volteaban para mirarle el culote.

Algunos hasta se lo agarraban, pero ella les daba un manazo leve y se iba.

Algo curioso de ella es que en el día es un congresista del partido ultraconservador.

Ella se alejó más y más hasta que pasó por la mesa del rincón, donde había un hombre que se me quedó viendo.

—Justo a ti te quería ver —gritó.

Él era el exgobernador Dipshet, un viejo rodeado de putas aún más jóvenes que sus hijas.

Me acerco a él y le doy la mano—.

Tu gente me decía que andabas perdido y quién sabe qué.

—Y ¿para qué me quieres?

—le pregunté.

—Vente.

Vamos a mi oficina —él se paró de su mesa y se llevó a dos de sus putas.

Caminamos hacia un cuarto oscuro y con unos sillones.

Él se sentó ahí, y sus putas se pusieron una en cada lado.

Él las rodeó con los brazos y a cada una le agarró una teta con fuerza.

Yo me senté en el otro sillón.

—Mira —me dijo—: quiero que me mandes a los hombres más chingones que tengas para que sean mis guardaespaldas, unos así mamados, que se vean cabrones, como agentes del FBI.

No era raro que gente como él le pidiera esos servicios a gente como yo porque el crimen no es mi único negocio ni el que me deja más dinero.

También tengo burdeles, trata de personas, lavado de dinero, casas de apuestas, negocios de piratería (tanto de productos falsos como de asaltos a barcos) y de sicarios porque es bien común que políticos, empresarios y demás pendejos importantes me pidan chingarme a un periodista o a un ambientalista que la hace de pedo porque ellos están talando ilegalmente un bosque protegido, o también me piden amenazar ONGs, presionar a competidores para que cierren sus empresas, extorsionar a la gente de algún pueblo para que vendan sus tierras donde hay muchos recursos valiosísimos de los que ellos ni saben.

Y también tengo varios negocios legales, y lo que gano lo invierto en los ilegales, y lo que gano de esos lo invierto en más negocios legales.

Eso también hacen los empresarios y políticos; dinero es dinero, no importa de donde venga.

Lo importante es diversificarse.

—Y ¿cuántos hombres vas a querer?

—le pregunté.

—Unos 20, 30, que sean varias camionetas de esas negras, mamonas.

—Yo te las mando —le dije.

—Y ¿qué haces por acá, o qué?

—me preguntó—.

¿Ya le traías ganas a la Juicyfer?

—Vengo a hacer amigos —le dije.

Él pendejo se rio en mi cara.

—Y ¿esa pendejada para qué?

—me preguntó, y yo nomás me le quedé viendo.

Él luego luego se puso nervioso—.

Bueno, cada quien, no pasa nada.

Yo no juzgo—Ja.

Pinche puto—.

Oye, pues si quieres hacer amigos, justo yo ahorita ya me voy a mi isla privada que voy a hacer una de mis pedas ahí, hay lugar en mi avión por si quieres venir.

—Sí, está bien —le dije, y ambos nos fuimos directo al aeropuerto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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