Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 XV
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15: XV 15: XV Mi papá nomás me golpeó una vez.
Todo empezó después de que Darius y sus hombres me hicieron montón y me dejaron casi muerto en el piso.
Todo el cuerpo me dolía tanto que apenas y me podía mover.
Los dos muertos seguían ahí, frente a mí.
Me acordaba de cómo los mataron una y otra vez.
Me dolía todo el cuerpo.
Veía la sangre y los dientes que había dejado en el piso, sentía como más sangre salía de mi boca.
Estaba seguro de que me iba a morir.
Lloraba y llamaba a mi papá, a Dios, a quien fuera para que me viniera y me ayudara, pero también me acordaba de esos pinches payasos culeros, de cómo se habían reído mientras me partían la madre, de cómo me habían atacado entre todos, aunque yo solo era un niño, y yo ¿qué les había hecho?
El pedo era entre los otros dos cabrones y yo.
Ellos no tenían nada que ver, y si tenían un pedo conmigo, que me lo dijeran de uno por uno.
Hasta para putearse a un pinche niño tienen que hacer montón.
Valen verga esos hijos de su puta madre.
Dicen tener muchos huevos, pero hasta a un niño le tienen miedo.
Ni pueden salir a la calle sin sus armas y sin andar en grupos.
Por esos siempre están escondidos los pinches putos.
Ojalá me los encontrara para darles la putiza de su vida, para que aprendan de una buena vez que no son nadie y que nunca lo serán, que lo mejor que les puede pasar en su pinche miserable vida es morirse, y con todo esto en mente me levante y caminé poco a poco hacia la salida.
Sentía toda esa ira (y toda esa magia) fluir por mi cuerpo.
Estaba tan emputado que se me había olvidado el dolor.
Salí del edificio y seguí caminando.
Solo pensaba en cuánto me gustaría partirles toda su puta madre a todos ellos.
Caminé y caminé sin pensar a dónde iba, pero después de un rato llegué a mi casa.
Apenas entré me vio mi mamá y se me acercó.
—Ay, mijo.
¿Por qué me asustas así?
—fue lo primero que me dijo cuando me vio llegar todo lleno de sangre—.
Pues ¿qué andabas haciendo?
Y ahorita que no está tu papá.
Yo ¿de dónde voy a sacar para el hospital?
—Tengo dinero —le dije, agarré mi mochila y saqué unos cuantos billetes de los que me había dejado Darius.
Mi mamá agarró los billetes y solo me dijo: —No le digas nada a tu papá.
Fuimos al hospital, y mi mamá me llevó a urgencias.
—¡Mi hijo se está muriendo!
Las enfermeras la vieron a ella, me vieron a mí todo lleno de sangre y volvieron a verla a ella.
—Llene estas formas, y en un momento los atienden.
—¡¿Qué no ven que se va a morir?!
—gritó mi mamá, y al parecer ellas no lo veían así porque solo le señalaron una puerta y le dijeron: —Pueden ir a la sala de espera si quieren.
Fuimos a esa sala, y apenas entramos vimos que estaba llena de gente, y la mayoría eran varios niños y jóvenes golpeados, acuchillados o hasta con más de un agujero de bala en el cuerpo.
Eran tantos que tuvimos que esperar parados por un buen rato.
Pasaron las horas y llegaba cada vez más gente.
Solo había un doctor, así que atendía de uno por uno a los que habían llegado antes de mí.
En ese tiempo el dolor volvió poco a poco, y al final era tan grande que ya no me podía mover y hasta gritaba y lloraba porque no lo aguantaba.
Pero a las enfermeras les valió verga y ni un paracetamol me dieron.
Cuando por fin me atendió el doctor, me tuvieron que llevar en una camilla a su consultorio, donde me llenó de vendas, ungüentos y hasta me puso un yeso en el brazo.
—Es que se cayó de la bicicleta —dijo mi mamá sin que nadie le preguntara.
Salimos del hospital, y tuve que usar todo eso por varios meses.
Lo que más me dolía era el pecho porque también me habían roto varias costillas, pero a esas no se les puede poner yeso.
El caso es en ese tiempo mi papá regresó.
Llevaba perdido creo que más de un año.
—Y tu ¿qué?
—me dijo al verme aún con las vendas—.
A ti como te encanta hacerme gastar dinero, ¿verdad, cabrón?
Pero a ver cómo le hacen para pagar eso, ¿eh?
Porque yo no tengo dinero.
—No.
Tú no te apures —le dijo mi mamá—.
Ya está pagado.
Y tú dirás: “bueno, pues de seguro tu papá se puso bien contento al saber que no tenía que pagar nada”.
Pero no, se le quedó viendo a mi mamá y se le acercó.
—¡Bueno, tú me crees pendejo, ¿verdad?!
—le gritó.
—No, mi amor.
¿Por qué?
—le preguntó mi mamá.
—¡No te hagas pendeja!
¡Hay otro cabrón, ¿verdad?!
—él la agarró del hombro tan fuerte que ella se retorció por el dolor.
Estaba tan emputado que hasta le temblaban las manos.
—No, mi amor.
Te lo juro que no.
Él la empujó, y ella se cayó al piso.
—¡Pues si vas a andar de puta, mejor dile a tu padrote que te mantenga él!
—él le dijo y caminó hacia la puerta.
Ella se levantó y fue con él.
—¡No te vayas!
¡Yo nomás te tengo a ti, te lo juro!
—ella gritó.
—¡Ya cállate, pendeja!
—le gritó él y abrió la puerta.
—¡Me lo dio el niño!
—ella abrazó a mi papá con todas sus fuerzas para que no se fuera—.
¡Él me dio el dinero!
—¡Suéltame, pendeja!
—él le gritó mi papá y la empujó tan fuerte que otra vez la tiró al piso—.
¡Y no me vengas con mamadas; ¿de dónde va a sacar dinero este pendejo?!
—Creo que se metió en una pandilla —ella le dijo, y él cerró la puerta.
Caminó hacia mí.
Se agachó para que su cara quedara en frente de la mía.
Y me golpeó justo en el pecho.
Yo caí al piso y grité lo más fuerte que pude porque aún no se me habían curado las costillas.
—¡¿Apoco no tienes dónde dormir, cabrón?!
—me preguntó y me empezó a patear en el suelo—.
¡¿Apoco no tienes qué comer, pendejo?!
¡Sí lo tienes, ¿verdad, hijo de tu reputísima madre?!
—me dio un patadón tan fuerte que acabé rodando en el piso—.
¡Entonces ¿por qué andas buscando dinero en otros lados?!
¡Yo les doy más que suficiente a los dos, y si ustedes no se dan cuenta es porque lo gastan en pura pendejada!
¡Tu ¿quién chingados te crees?!
¡Aquí el padre soy yo!
¡Aquí el que provee soy yo!
Él me seguía pateando, y yo me acordé de esos pinches payasos que me partieron la madre, y me emputé.
Sentí toda esa ira (y toda esa magia) fluir otra vez.
Las patadas ya no me dolían.
Y cuando me dio la siguiente patada, yo le agarré el pie con todas sus fuerzas.
—¡Suéltame, pendejo!
—me dijo él y movía la pierna para que se la soltara.
Pero entonces yo la jalé con tanta fuerza que él se terminó cayendo al piso.
Y yo me levanté.
—¡Ya déjalo, ya déjalo!
—la perra de mi mamá se me puso en frente para proteger al pendejo de mi papá.
Este último se levantó y gritó: —¡Quítate, pendeja, que ahorita le voy a partir su puta madre!
—¡Ya déjalo, ya déjalo!
—mi mamá me seguía gritando, y yo de verdad quería partirle la madre a ese pendejo.
Pero no hice nada.
Y ese pendejo tampoco.
—Pinche niño pendejo, ni has de ser mío.
Pero si te crees tan cabrón, entonces tú ya mantenla a ella —dijo y se fue.
Mi mamá corrió hacia él, pero él le cerró la puerta en la cara.
Se subió a su coche y arrancó.
Nunca volvió a la casa.
Mi mamá entonces se me acercó y me dio una cachetada.
—¿Qué hiciste?
A lo mejor ya no regresa —me reclamó la pendeja.
Y yo no tuve los huevos para decirle algo.
Nomás me fui a mi cuarto, azoté la puerta y me puse a pegarle a la pared.
Grité y lloré con todas mis fuerzas y seguí pegándole a la pared hasta que me cansé.
Mis manos estaban llenas de sangre.
Pero las paredes quedaron todas agrietadas.
Se alcanza a ver un aura negra que salía de mis manos.
Me concentré, y esa aura se convirtió en una bola pequeña.
Lancé esa bola a la pared, y esta estalló y dejó un agujero.
Los escombros cayeron en el suelo y en el montón de libros de magia que tenía ahí.
Agarré el de arriba y le sacudí los escombros.
Todos esos libros estaban nuevos y con todas sus hojas.
Me los había comprado con el dinero que me había dejado Darius.
Abrí el libro justo donde había dejado un pedazo de papel como separador.
El título de la página decía: Esfera de energía — creación y manipulación Sonreí; al parecer ya había dominado ese hechizo también.
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