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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 16

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16: XVI 16: XVI Después de una hora o dos, llegamos a la isla privada del exgobernador Dipshet.

Apenas nos bajamos el avión nos encontramos con empresarios, políticos y hasta jefes de otras pandillas, como Alpha, de ceniza; Killroy, de Machete, y Lucy, de Diablo.

—¿Qué haces aquí, hijo de perra?

—me preguntó Alpha mientras se me acercaba.

—Pue que te valga verga, ¿no, pendejo?

—le respondí mientras yo me acercaba a él.

Quedamos uno frente al otro.

—¿Apoco sí muy verga?

—me preguntó.

La boca le olía a Whisky.

—Pues más que tú, ¿cómo vez?

—le dije.

Él se me quedó viendo envergado.

Yo hice lo mismo.

Así nos quedamos por unos segundos.

Después sonreímos y nos dimos un abrazo.

—Qué milagro que andas por acá —me dijo él.

—Pues es que vengo a hacer amigos —le dije, y él se me quedó viendo confundido.

—¿Estás pendejo o quieres que te maten?

—me preguntó.

Me encogí de hombros.

—Todos me la pelan —dije, y todos nos reímos.

—Bueno, pues te veo adentro —me dijo Alpha y se fue.

¿Te parece raro que me llevara tan bien con los jefes de los contras?

Verás: para pandillas pequeñas como los Reyes o los Payasos, matarse entre ellas está bien; es la forma que tienen para crecer, expandirse y chingarse a la competencia.

Pero nosotros teníamos las pandillas más grandes de todas.

Si de verdad nos peleáramos entre todos acabaríamos haciendo una guerra que destruiría el país, y eso obviamente no nos convenía.

Sí, a veces nos peleábamos, pero la verdad era puro teatro: nos peleábamos en un pueblo para hacer quedar mal al gobierno de ahí, o nos peleábamos y dejábamos que el gobierno fingiera calmar la situación para hacerlos quedar bien.

Todo estaba planeado, y sí, en esas peleas se nos moría mucha gente o acababan en la cárcel, pero ellos eran carne de cañón.

Ahora, aunque me llevara bien con los líderes de las pandillas más grandes, ellos me tratarían de chingar apenas vieran la oportunidad.

Y yo haría lo mismo con ellos.

Pero bueno, regresé con Dipshet, y ambos salimos del aeropuerto.

Nos subimos a una de sus camionetas y no tardamos en llegar a una mansión enorme en el centro de la isla.

Entramos a un salón enorme con muchísimas mesas, meseros, música en vivo y montones de putas buscando quién quería pasar el rato con ellas.

En una de las mesas vi a Alpha y los otros jefes de pandillas hablando de negocios con policías y políticos, banqueros y abogados, empresarios y contadores.

—¿Tú qué andas haciendo aquí?

—me preguntó alguien detrás de mí.

Era el procurador de Justicia, el general Tantrum, y no lo supe por la voz, sino por esa aura tan poderosa que había sentido desde antes de llegar a la isla.

Él había sido el héroe de joven, y por eso era tan poderoso.

Yo le podía partir la madre sin pedos, pero estaba seguro de que él, aunque ya estuviera viejo, era aún más fuerte que el héroe en esos días, el pendejo de Herobert, si este no usara el poder de la amistad.

—Vengo a hacer amigos —me volteé y le dije.

Él me sonrió y me dio unas palmaditas en el hombro.

—Nomás avísame si vas a hacer un desmadre en mi ciudad —me dijo y se fue.

Caminé por esa sala y vi que había cámaras por todos lados grabándolo todo, así todos se vuelven cómplices de lo que pasa ahí y nadie se va a atrever a exponerlo a la luz pública porque él también caería junto con todos los demás.

—Vente, Dark —me dijo Dipshet, que ya estaba sentado en una mesa donde estaban otros empresarios, como Vince Rogers, el dueño del periódico VOX POPULI.

Me senté ahí y los oí hablar por un rato, pero nomás tomaban, se drogaban y hablaban de golf, de las secretarias que se cogían, de las familias que tenían regadas por todo el país, de proyectos donde invertir, de cómo convencían a la gente para que les vendieran terrenos donde pronto iba a haber carreteras, centros comerciales y demás cosas.

Una plática de hueva, pero lo único que me entretenía era cómo Dipshet siempre trataba de superar a los otros: si alguien decía que se había comprado un yate, Disphet decía que el suyo era más grande, o que él tenía más amantes o que él conocía a gente más importante.

Pobre pendejo.

—¿Y tú dónde vas?

—Dipshet agarró del brazo de su hija, una chavita que iba con sus amigos y que pasó detrás de él—.

Saluda primero.

¿Me quieres humillar o qué?

Ella entonces saludó de uno en uno a todos los que estábamos ahí.

—Olivia —me dijo y se me acercó para fingir darme un beso en el cachete.

—Ándele.

Ya váyase —Dipshet le dijo a su hija cuando esta acabó de saludar a todos, y ella se fue con sus amigos—.

Miren —él sacó su teléfono y nos enseñó las fotos de una mansión—.

Me acabo de comprar esta en la isla de Dolores.

—Yo una vez fui ahí —dijo un millonario que estaba ahí—.

Pero me dio una congestión al comerme unos camarones.

Estuve dos semanas en el hospital.

—Eso no es nada —dijo Dipshet para que le hicieran caso—.

Yo una vez me intoxiqué con un pollo y me quedé dos meses en el hospital.

Casi me muero.

—Oigan —dijo otro—.

¿Ya hacemos el intercambio?—en ese momento llegaron varias personas de todos los géneros y razas, todos vestidos nomás con un moño y listón, y se pararon al lado de algún millonario.

—Bueno —dijo alguien—.

Yo le quiero dar mi regalo al… gobernador Diddlecrook.

—Y ¿sí es nuevo?

—dijo el gobernador cuando le dieron su regalo, un joven flaquito—.

¿O me vas a regalar algo ya usado?

—Tú estrénalo, jaja.

Y el gobernador se llevó su regalo.

Los demás siguieron con su intercambio y fui al baño antes de que alguien me regalara algo a mí.

Mientras caminaba por el pasillo vi cómo muchos políticos y empresarios se metían con sus regalos a un mismo cuarto para hacer sus pequeñas orgías.

Pronto llegué al baño, me encerré en uno de los cubículos, cagué, y mientras lo hacía me pregunté si ese era un buen lugar para hacer amigos.

O ¿en dónde más podría hacerlos?

Me quedé pensando así un buen rato, cuando de repente oí que dos personas entraron al cubículo del baño.

Vi por el espacio que había debajo de las paredes que uno estaba gateando y parecía estar encuerado.

—¿Te gusta eso, piche pedazo de mierda?

—el que gateaba se puso frente al baño, y por el sonido del agua chapoteando, me imaginé que andaba metiendo la cabeza al baño.

Por la curiosidad me limpié el culo, me subí los pantalones y salí.

Justo como esperaba, la puerta del cubículo de al lado estaba abierta, y en ella había una mujer con un vestido de látex pegado y una correa con la que jalaba del cuello a un señor gordo y peludo que metía la cabeza una y otra vez al baño.

—Yo estaba en el baño de al lado y no le jalé, por si gustan —les dije, y la mujer me sonrió.

—Dale las gracias, hijo de tu reputísima madre —ella jaló la correa, y el señor sacó la cabeza del baño y se volteó a verme.

Era nada más y nada menos que el exgobernador Dipshet.

Agua amarilla le caía de la boca.

—Gracias —me dijo, y yo sonreí y me fui.

No sé por qué a los ricos y poderosos les mama tanto que los humillen así, pero bueno… Regresé a la mesa, y ahí ya no había nadie.

Me senté en mi lugar y vi que Dipshet había dejado su teléfono en su lugar.

Pensé en tirarlo a la basura solo para hacerlo enojar, pero me acordé de todas las cámaras que había ahí, y no valía la pena pelearme con ese pendejo.

Agarré lo que fuera que estaba tomando (la verdad no me acuerdo) y le di un trago.

Estaba seguro de que no encontraría algún amigo ahí y quizá no lo encontraría en ningún lado.

¿Quién quisiera hacerse amigo de alguien que ya ni se acuerda de cuánta gente ha matado y torturado?

A lo mejor por eso el poder de la amistad es tan grande: es extremadamente difícil de conseguir.

O a lo mejor tienes que estar muy pero muy pendejo para confiar tanto en la gente.

Pero justo en ese momento, sin que yo lo esperara, ella llegó.

Ella se acercó a mí y se sentó en la silla que había a mi lado.

Ella, me acuerdo perfectamente bien, era güera y tenía el pelo largo y lacio, y este se movía como si fuera una ola dorada; era blanca, blanca y muy flaquita, de esas que podrían usar hasta ropa de niños.

Olía a una loción que de seguro era carísima, como todo lo que ella tenía.

Estaba seguro de que ella tenía tanto dinero que nunca había visto paredes verde menta, nunca había agarrado un camión para ir a algún lado, nunca le había puesto agua al shampoo para que rindiera más, nunca había comido mollejas.

Y aún con todo ese dinero ella agarró el teléfono de Dipshet y se lo guardó en el bolso.

Después me miró con esos ojos verdes que tenía y sonrió con su boca chiquita y con malicia.

—¿A poco estás esperando a los viejos esos?

—me preguntó—.

Ya no van a volver.

Mejor vente con nosotros —se paró y me agarró de la mano.

Yo me paré y me fui con ella.

—Ah, sí.

Yo soy Katya y tú eres Dark, ¿verdad?

Yo no le dije nada y nomás la seguí.

Nunca había conocido una hija de papi que se anduviera robando teléfonos.

En ese momento ella se me hizo interesante, y hasta pensé que podría acabar siendo mi amiga.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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