Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 17

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Por fin el villano descubre el poder de la amistad
  4. Capítulo 17 - 17 XVII
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

17: XVII 17: XVII Creo que tenía 13 años cuando me uní a los payasos.

Yo pensaba que me iban a pagar tanto como la primera vez, cuando Darius me dejó un fajo de billetes.

Pero la verdad es que estaba bien pendejo en esos días, y no sabía cómo se manejaban las cosas.

Empecé como halcón, al igual que todos.

Siempre me ponían junto con chavos de quince, dieciséis años.

No me acuerdo de sus caras.

A ellos le daban una pistola y una radio para reportar si pasaban personas o coches sospechosos.

Vigilábamos la calle Libertad, de eso sí me acuerdo.

Nos quedábamos todo el día o toda la noche ahí, viendo quien venía (obvio para este momento yo ya me había salido de la escuela, y pensé que mi mamá se iba a enojar cuando se lo dije, pero no, ella nomás se quejó de lo caras que eran las cosas, y yo acababa dándole casi todo el dinero que ganaba, que era una mierda, pero en ese pueblo culero no había otra cosa que pudiera hacer para ganar ese dinero.

Y me gustaba pensar que yo le daba a ella más de lo que le daba mi papá).

No era tan raro que pasara gente sospechosa, y muchas veces oíamos todo lo que pasaba en el pueblo por la radio.

Había bastantes balaceras en diferentes lados, y es que, aunque los payasos habíamos matado a los Reyes, había muchas otras pandillas que salían de la nada y nos la hacían de pedo, o había otras que venían de otro pueblo y querían expandirse.

Esas eran las más cabronas porque traían más gente y más armas y estaban bien organizados.

A veces también entraban policías o militares, y había que reportar cuántos eran y a dónde iban.

Aunque casi siempre era pura operación pantalla.

Te explico: cuando había muchos enfrentamientos entre pandillas, la gente se quejaba por la inseguridad; el gobierno entonces traía chingos de policías y militares con torretas y armas largas para que se anduvieran paseando por el pueblo, pero estos nomás atrapaban a dos, tres chalanes de alguna pandilla, pura carne de cañón, y los presentaban como comandantes o líderes regionales de pandillas para que pareciera que sí estaban haciendo su trabajo, para calmar al pueblo, pues.

Ya después de dos o tres semanas se iban y poco a poco todo volvía a ser como antes, las otras pandillas volvían a aparecer y otra vez empezaban los enfrentamientos.

Casi no me tocó ver enfrentamientos cuando era halcón; nomás oía los reportes por la radio.

El primero que vi no fue mucho después de que me hiciera payaso.

Llegué al punto en donde vigilábamos, y el chavo me preguntó: —La contraseña —tenía la pistola en la mano.

Todos los payasos sabíamos una contraseña, para que supiéramos quién era payaso y quién se quería hacer pasar como uno.

No me acuerdo cuál era en ese tiempo porque cambiaba a cada rato para que los contras nunca la supieran.

—Pinches payasos pendejos —digamos que esa era la contraseña en ese tiempo, y yo dije eso.

—Pásale —él guardó la pistola, y yo me acomodé ahí.

Mientras vigilábamos la calle, yo me la pasaba practicando magia y oyendo los reportes por la radio.

En esos días practicaba mis escudos mágicos.

Abría las manos y hacía burbujas pequeñas con magia, como del tamaño de mi cara, pero podía hacer otras más grandes, tan grandes que me cubrían todo el cuerpo y me protegían de todo.

—Hay un coche sospechoso por la calle Soberanía —dijo una voz en la radio—.

Va para la calle Libertad, para que se pongan vivos.

Yo miré la calle, y como no había nadie sospechoso seguí practicando mis escudos.

—Esa mamada ¿pa’ qué?

—me dijo el pendejo con el que vigilaba la calle.

Ni me acuerdo cómo se llamaba él.

Vamos a llamarle Pendejo.

—Esa mamada ¿pa’ qué?

—repitió Pendejo—.

¿A poco cuando vengan los contras te los vas a chingar con burbujitas?

Yo no le hice caso y seguí practicando mis escudos.

—Pinches chingaderas ni sirven pa’ nada —dijo y le dio un manotazo al escudo que estaba haciendo, pero no la tronó.

Él entonces se puso a pegarle más y más fuerte, y yo me concentraba para hacerla más y más resistente.

Al final él le pegó con todas sus fuerzas, y el escudo le explotó en la mano.

Pendejo gritó y se agarró la mano ensangrentada.

—¡Pinche pendejo!

—me gritaba.

Yo no me pude aguantar la risa y me reí.

Pero él sacó su pistola luego luego.

—Mucha pinche risa, ¿no, pendejo?

—me apuntó a la cara, y yo me dejé de reír.

Al ver la pistola me acordé de Darius y de cómo mató a esos dos en el edificio abandonado, me acordé de ruido de los disparos, de los charcos de sangre que se hacían cada vez más grandes—.

Ahora sí ríete, pendejo —me golpeó en la cara con la pistola, y yo me caí al piso—.

¡Ahora sí ríete, pendejo!

—me empezó a patear en todo el cuerpo.

—¿Ya pasó el coche por la calle libertad?

—preguntó alguien por la radio—.

Contesten: ya pasó el coche por ahí, ¿sí o no?

Pendejo me dejó de patear, agarró la radio y miró la calle.

—No, por aquí no ha pasado nadie —dijo.

—No mames, ya debieron haber pasado por ahí —dijo la voz—.

A ver, búsquenmelo porque tiene que estar en algún lado.

—Iba para la calle Libertad —dijo otra voz—.

Nosotros lo vimos pasar.

—No, por aquí no pasó nadie —insistió Pendejo.

—A lo mejor se pararon en algún lado —dijo una voz diferente.

—¡Pues búsquenmelo, pendejos!

—gritó la primera voz.

De repente se oyeron disparos a lo lejos.

—¡Nos atacan!

—gritó otra voz—.

Están en la calle Solidaridad.

Traigan refuerzos —la calle Solidaridad estaba después de Libertad, entonces sí había pasado el coche por nuestra calle.

—¡¿No que no habían pasado por Libertad, pendejo?!

—gritó la primera voz.

Lo más seguro es que pasó por ahí mientras Pendejo estaba muy ocupado pateándome y no se dio cuenta.

—No, por aquí no pasó nadie —Pendejo andaba de terco.

Entonces oímos el motor de un coche que aceleraba.

—¡Agárrenlos, agárrenlos!

—gritó una voz—.

¡Van para Libertad!

No pasaron ni dos segundos cuando vimos un coche entrar a la calle.

Apenas entró aceleró y se acercó a donde estábamos nosotros.

—¡Agárrenlos, agárrenlos!

—gritaba la voz.

En ese momento yo ni lo pensé, pero hice una bola de magia y se la aventé al coche justo cuando pasó frente a nosotros, y de puro milagro le atiné a la llanta de atrás, y el coche se fue para un lado, perdió el control y se estampó en un poste.

Tres contras como de 18 años salieron del coche; traían varias heridas, pero nada grave.

Mientras checaban si estaban bien, Pendejo sacó su pistola, les apuntó y les trató de disparar, pero tenía la mano muy lastimada por el escudo que le explotó y no pudo disparar y nomás gritó de dolor.

Los contras lo vieron con la pistola y nos apuntaron.

En ese momento cerré los ojos, me cubrí con las manos y sentí muchísimo miedo y muchísima magia que salía de mí.

Hice un escudo tan grande que me cubría todo el cuerpo, y los contras nos dispararon.

Yo nomás oía los balazos y sentía cómo el escudo vibraba y casi se rompía con cada bala, pero yo me concentraba lo más que podía para que no se rompiera.

Pero llegó un momento donde no pude aguantar más, y el escudo explotó.

Yo salí volando y choqué con una pared.

Abrí y los ojos y me paré.

Los contras estaban en el suelo y se estaban parando poco a poco.

—¡Están aquí en Libertad!

—Pendejo le gritaba a la radio.

Él estaba tirado en el piso y lleno de sangre.

Yo en ese momento me miré el cuerpo y vi que el escudo había parado todas las balas que me dispararon—.

¡Me dieron, me dieron!

¡Traigan refuerzos!

Los contras lo vieron y le apuntaron con la pistola.

—¡Están en Libertad!

¡Traigan refuerzos!

—gritó Pendejo y me miró.

Por un momento nos quedamos así, viéndonos, y de repente lo balearon.

Su cuerpo se movía cada vez que recibía una bala, y la sangre caía y volaba por todos lados.

Al final él cayó al suelo.

Ya era más un montón de carne y sangre que una persona.

Ellos entonces se fueron corriendo, pero yo reaccioné y empecé a aventarles bolas de energía.

A uno le di en la espalda, y se cayó el piso.

Los demás se escondieron detrás de un coche y empezaron a dispararme.

Yo hice otro escudo y me concentré para que no se rompiera como el otro.

El contra que tiré al piso se paró y se fue a esconder con los demás, y yo nomás aguantaba y aguantaba los disparos.

Yo ya estaba cansado, y luego luego vi cómo el escudo se estaba quebrando, pero yo usé todas mis fuerzas para mantenerlo así unido, que no se rompiera.

Y entonces llegaron dos camionetas que cerraron la calle.

En la caja, en la parte de atrás, había varios payasos con armas largas, y les empezaron a disparar a los contras.

Creo que ahí mataron a uno.

Los contras que quedaba se pusieron a dispararles, y a mí ya no me hicieron caso.

Yo entonces me les acerqué sin que me vieran, y cuando estaba justo detrás de ellos, les aventé varias bolas de magia, y ellos nomás gritaban de dolor y se retorcían, y yo los seguí atacando hasta que me cansé.

Ellos entonces me apuntaron, y yo hice otro escudo, pero con dos disparos ya casi se rompía.

Lo bueno es que los otros payasos se acercaron a los contras mientras ellos me disparaban y los acribillaron ahí.

Después me miraron.

—Pinches payasos pendejos —grité y levanté las manos.

Ellos rieron.

—No te apures, carnal —me dijo uno de ellos—, si sí vimos cómo te rifaste.

—¿Y tu compañero?

—me preguntó otro, y yo le señalé donde estaba Pendejo.

—Que va, hermanito.

Te rifaste —otro se me acercó y me dio unas palmadas en el hombro.

—Eres cabrón, eres cabrón —me dijo alguien más, y varios me dieron la mano en señal de respeto, y yo me sentí feliz porque eso nunca me había pasado.

Nunca antes me había felicitado tanta gente, nunca antes me había sentido así de importante.

Miré a los contras muertos con sus pistolas en las manos y pensé que las pistolas no eran tan peligrosas porque no me habían hecho nada.

Me sentí casi invencible.

Ya después la vida me haría tenerles miedo otra vez, pero no nos adelantemos.

También vi el cuerpo de Pendejo ahí tirado.

Por muchos años pensé que no fue mi culpa que se muriera porque yo me paralicé antes de que le dispararan; yo no sabía usar la magia tan bien para hacer un escudo tan grande y tan lejos de mí; no fue mi culpa que él no se haya puesto a cubierto para protegerse de las balas; si él no me hubiera chingado ese día hubiéramos visto el coche pasar, y todo hubiera sido muy diferente.

Pero ya no estoy tan seguro.

A lo mejor fue mi culpa que él se muriera.

A lo mejor él fue la primera persona que maté.

No es como que sienta culpa; he matado a tanta gente que apenas y ni siento nada por ellos.

Es pura curiosidad porque ni siquiera traté de ayudarlo cuando le iban a disparar; también yo andaba de terco con lo de practicar mis escudos en vez de vigilar la calle.

Si yo no me hubiera distraído con eso, hubiéramos visto el coche pasar y lo hubiéramos reportado en el momento.

¿Tú crees que a él también yo lo maté?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo