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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 XVIII
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18: XVIII 18: XVIII Pero volviendo a la fiesta del exgobernador Dipshet, Kakya y yo nos salimos de ahí y fuimos a otra isla que estaba por ahí.

—¿Y por qué andabas con esos esos viejos?

—me preguntó Katya mientras volábamos en su avión privado—.

Si sigues con ellos se te va a pegar lo mañoso, o de seguro ya eres mañoso, ¿verdad?

Eres mañoso —me agarró del brazo y lo empezó a jalar a modo de juego.

Yo no sabía si se estaba burlando de mí o no, pero era me seguía diciendo mañoso.

Yo me quité su brazo.

—Mucha pinche risa, ¿no?

—le dije, y en este punto casi todo el mundo se caga de miedo y me deja en paz.

Pero ella no.

—MuChA pInChE rIsA, ¿nO?

—me arremedó y me volvió a agarrar del brazo—.

No te enojes, es puro chiste.

No aguantas nada.

Le iba a decir que ya se callara a la verga o me iba a conocer, pero ahí estaban sus guardaespaldas vigilándome, y sí, me los podía chingar en dos segundos, pero lo tendría que hacer sin tirar el avión en el que íbamos, y eso haría alguien que no aguanta nada, y yo sí aguanto, yo no ando chillando por nada.

Además, ¿por qué me iba a enojar de lo que dijera esa pendeja?

Así que le sonreí para mostrarle que sus pinches chistitos culeros no me hacían nada.

—Pinche niña chiquiada —le dije y le empujé un poquito el hombro para que me soltara.

Apenas lo hice, los guardaespaldas se metieron la mano al saco (de seguro agarraron su pistola).

Yo junté un poco de magia en las manos para chingármelos apenas me apuntaran.

—Ah, ¿quieres bronca, eh?

¿Quieres bronca?

—Katya se puso los puños frente a la cara como si fuera a boxear conmigo.

Me fingió aventarme uno que otro golpe.

La verdad ver a alguien tan flaquito y frágil como ella esquivando y haciendo fintas como boxeador me dio mucha risa.

Los guardaespaldas soltaron sus pistolas y se sacaron la mano del saco.

Katya me siguió diciendo mañoso, y yo le seguí diciendo pinche niña chiquiada.

Como sea, luego luego llegamos a donde ella me llevaba.

Había montones de clubes y pendejadas así.

Entramos a uno y nos llevaron a una sala VIP, donde había un montón de hijitos de papi, ya sabes, casi todos blancos o bronceados, con ropa y relojes caros.

La verdad me enojé al verlos porque estaba seguro de que apenas me vieran, me iban a barrer con la mirada o me iban a despreciar, pero no.

—¿Pues tú dónde andabas?

—le preguntó uno de ellos a Katya.

Él ya estaba pedísimo.

—Fui por mi amigo Dark —dijo Katya, y ni creas que me ilusioné porque me dijo “amigo”, pero sí pensé que, si ella ya me veía como su amigo, entonces pronto acabaría aprendiendo esa madre del poder de la amistad.

—¿Te llamas Dark?

—me preguntó otro de los que estaban ahí, igual de pedo que el anterior.

Sonreía como todo un pendejo.

—¿Algún pedo?

—le pregunté, y el pendejo no dejó de sonreír.

—Qué cool, bro.

Yo soy Santi —me dijo y agarró su copa—.

Mesero, tráete otro champú —así es como los ricos le dicen a la champaña, no me preguntes por qué.

—Mira, Dark —Katya me jaló del brazo y me llevó por todo ese cuarto—: ese es Chad, ella es Cindy, él es Travis.

Nomás no andes de mañoso con ellos.

Es bien mañoso él —les dijo a ellos.

—¿Cuál mañoso?

—le reclamé.

Una cosa era que dijera sus pendejadas en el avión, y otra que las dijera frente a estos pendejos.

A lo mejor y le creían.

—Puro mañoso anda con Dipshet.

—Yo nomás iba a hacer amigos —le dije, y yo nomás iba a eso.

—Sí, sí, sí.

Ya sé cómo hacen amigos ahí.

Hasta hacen sus intercambios —ella se me quedó viendo—.

Ay, ya te enojaste, ¿verdad?

—me dijo y la hija de la chingada me dijo que “no” con la cabeza como su estuviera decepcionada de mí—.

Ay no.

Nadie te puede decir nada porque luego luego te enojas.

—¡Que no me enojo!

—le dije tranquilo.

—¡QuE nO mE eNoJo!

—me arremedó ella.

En ese momento llegó el mesero con otra botella de champaña.

—Sírvele a mi amigo Dark —le dijo Santi, y el mesero me sirvió una copa—.

Salud, bro —me dijo y se acabó su copa.

Yo también tomé.

Él me rodeó con el brazo y me dio unos golpecitos en el pecho.

—¡Ya somos bros, bro!

Y seguimos tomando.

Se nos unieron otros del grupo, y algunos hasta acabaron pidiendo más botellas de champó y tomándoselas con un zapato.

Los que estaban más pedos se iban al baño y regresaban como nuevos.

—¡¿Qué te pasa, pendejo?!

—uno de ellos, que ya estaba pedísimo, le gritó a alguien, aunque este no le hizo nada.

—¡Pues ¿qué te pasa a ti, pinche estúpido!

—le gritó el otro.

—¡Yo sí te parto la madre, cabrón!

—¡Yo te la parto a ti, pendejo!

Y se siguieron gritando de cosas, pero llegó seguridad y los sacó.

Ya afuera se siguieron mentando la madre.

—¡Junior, pártesela!

—uno de ellos le dijo a su guardaespaldas, y este se acercó.

—¡Pártesela, Popeye!

—el otro le dijo a su guardaespaldas, y este también se acercó.

Al final fueron los guardaespaldas los únicos que se partieron la madre.

Aunque lo más raro de todo fue que los amigos de Katya siempre me trataron como si fuera uno de ellos, como si yo también hubiera nacido en su puto privilegio.

Y por eso yo los odiaba.

Entre más tiempo pasaba con ellos más los odiaba.

Y es que solo verlos gastarse tanto dinero sin que se lo merecieran me emputaba muchísimo.

Ellos de seguro nunca se habían ganado un peso en su puta vida y aun así tenían para tirarlo en sus pendejadas.

¿Por qué la vida había premiado tanto a esos pendejos?

¿Y por qué la vida nos chingaba tanto a todos los demás?

No sabes a cuánta gente tuve que matar y torturar, a cuánta gente tuve que traicionar, cuántos enfrentamientos contra medio mundo tuve que sobrevivir para estar en el mismo lugar que ellos se ganaron con solo nacer.

Ojalá me hubieran dicho “pinche muerto de hambre” o “come cuando hay” y me hubieran tratado de sacar de ahí porque de verdad me envergaba que me trataran como su igual, como si hubiéramos venido del mismo lado y tenido las mismas oportunidades, como si hubiera sido mi culpa nacer en una familia jodida, como si hubiera sido nuestra culpa ser una familia jodida.

Claro, porque como si teníamos hambre era porque queríamos, era porque no trabajábamos como ellos, no porque el sistema no es justo y no podíamos hacer nada.

El pobre es pobre porque quiere, ¿verdad, pendejos?

Chinguen a su puta madre, chinguen a su reputísima madre, y cómo me gustaría haberlos matado a todos en ese puto momento.

—¿Apoco sigues enojado?

—Katya se me acercó y me agarró del brazo.

Estaba pedísima—.

Oye —se me acercó al oído—.

Vámonos de viaje, y ¿por qué tienes la oreja tan hinchada?

Lo dijo por mis orejas de coliflor.

—Pues vámonos —le dije más porque ya no quería ver a esos pinches hijos de papi, pero también quería ver si sí era cierto lo del viaje ese.

Nos metimos a su avión privado, y este despegó luego luego.

Pero también aterrizó luego luego.

—¿A poco ya llegamos?

—le pregunté.

—No, pero nos vamos a ir en otro avión —me dijo—.

Pásame tu teléfono —se lo pasé, y ella me mandó un código QR—.

Este es el boleto.

Tú súbete, y ahorita yo te alcanzo.

Entonces me bajé del avión de Katya y me metí al aeropuerto.

Los guardaespaldas de Katya nomás me vieron salir y ya me dejaron de vigilar.

En el aeropuerto hice todas las filas y siempre que me lo pedían, les enseñaba el QR y un pasaporte que un gobernador me había hecho, por lo que nadie debía darse cuenta de a que era falso.

Aunque por el parche en el ojo no es fácil que pase desapercibido, pero ninguno de los policías de ahí se dio cuenta de quién era yo, o si lo hicieron, se hicieron bien pendejos.

Al final llegué al andén, y ya estaban subiendo a la gente.

Yo me metí con ellos y me puse a buscar mi asiento.

—Disculpe, caballero —me dijo la azafata—.

Su boleto es de primera clase.

Pase conmigo, por favor.

Ella me llevó a donde estaban unos sillonsotes enormes.

Yo nunca había estado en primera clase, en especial porque casi siempre viajaba en avionetas que no salían de ningún aeropuerto y que siempre volaban bajo para que ningún radar los detectara.

Las pocas veces que iba a un aeropuerto, era porque algún político o empresario me llevaba en su avión privado.

Me senté ahí y esperé a Katya, aunque luego luego me di cuenta de que ella no iba a venir.

¿Por qué vendría?

Ella tenía un avión privado.

¿Por qué no nos fuimos en ese?

Ella de seguro se había inventado todo eso del viaje para mandarme a la verga.

O a lo mejor eso es lo que le hacían ella y sus amigos a la gente como yo, los mandaban hasta el otro lado del puto mundo.

¿Por qué harían eso?

No sé, son ricos.

Ellos pueden hacer lo que quieran.

De seguro ella ya se había regresado al antro donde estábamos antes, donde estaban esos pinches hijos de papi, y todos se estaban burlando de mí.

Sonará raro, pero la verdad esa idea me hizo sentir bien; si ellos se burlaban de mí era porque yo no era parte de su grupo.

Ese mundo no era el mío y nunca lo sería.

Tuve que matar y torturar a muchísimas personas para tener el mismo dinero que ellos y estar en las mismas fiestas.

Pero eso no nos hacía iguales.

Yo era la peor puta mierda de la sociedad, y ellos eran la “gente bonita”, lo mejor de lo mejor, los que brindan empleos y sostienen la economía.

Casi siempre ellos son hasta peores que yo, pero así es esto: para la sociedad, para el mundo los ricos son siempre los buenos, los empresarios, los filántropos, y los pobres siempre son los adictos, los criminales, los flojos.

Bueno, como sea, luego tendría que volver a matar a todos esos pinches hijos de papi porque nadie se burla de mí.

Voy a tener muchos pedos con sus papás, pero también los puedo matar a ellos.

La bronca es que también tengo que matar a Katya.

Qué lástima; yo pensé que ya era mi amiga.

—Oye, ¿tú siempre andas enojado o así es tu cara?

—era ella, estaba parada en frente de mí y luego se sentó en el sillonsote de al lado.

—¿Qué haces aquí?

—le pregunté.

—Pues si no quieres que esté aquí, me voy.

—¿Por qué no nos fuimos en tu avión?

—Los guardaespaldas de mi papá nos iban a seguir a todos lados, y por eso me les escapé —ella entonces le pidió a la azafata dos copas de champaña—.

Y dime: ¿sabes esquiar?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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