Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 XIX
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19: XIX 19: XIX Fui halcón por un año o dos.
Vigilaba la calle Libertad todos los días y, cuando había un enfrentamiento ahí, yo también me rifaba.
Se suponía que yo nomás tenía que vigilar, pero yo era cada vez más fuerte y tenía cada vez menos miedo, así que me peleaba contra cualquier contra que viera.
Eso pasó varias veces, hasta el punto de que los contras dejaron de aparecerse por mi calle.
En este tiempo varios payasos ya me reconocían y algunos hasta me temían.
Me decían “niño” o “brujito” porque no se sabían mi nombre, pero estos apodos me los decían a escondidas porque solo Darius podía ponerles apodos a sus payasos, y solo lo hacía con los mejores.
Los demás éramos como animales de granja: sin nombre porque la mayoría de nosotros iba a morir tarde o temprano.
Ponernos nombre sería un desperdicio.
Pero bueno, el caso es que yo estaba una noche vigilando mi calle, y nadie pasaba por ahí.
Era de madrugada, según yo, y practicaba mi magia para no quedarme dormido.
Tenía una almohada y, con un poco de magia, podía transformarla en una esfera llena de púas.
Las púas estaban tan filosas que sangraba cada vez que las tocaba con el dedo.
De repente, alguien se asomó por mi calle y se me acercó.
Yo concentré un poco de magia y lo vi acercarse.
Al principio nomás era una sombra, pero cuando ya estaba cerca vi que tenía maquillaje de payaso.
—La contraseña —le dije porque cualquiera se puede maquillar así para fingir ser parte de la pandilla.
—Estoy bien pendejo —digamos que esa era la contraseña en ese tiempo, y él la dijo—.
Darius quiere verte, te va a poner una prueba para ver si te mete ya a misiones de verdad.
—Ok —dije como si no me importara, pero había estado esperando esa prueba desde hace mucho porque era un desperdicio que me tuvieran nomás como un halcón cuando yo era mucho más fuerte que casi todos los payasos.
Yo debía estar en las misiones chingándome a los contras o a los policías o hasta a los militares.
Y también quería que me pagaran más porque mi papá llevaba mucho sin regresar, y mi mamá me pedía más y más dinero para todo.
Así que fui a la guarida de Darius.
—Vengo a mi prueba —le dije a los payasos que vigilaban la entrada.
—¿Ya te habló Darius?
Que va, brujito —me dijo uno de ellos y me dio unas palmadas en el hombro—.
Pásale.
Pero el otro payaso me paró ahí.
—La contraseña.
—Estás bien pendejo —digamos que en ese tiempo esa era la contraseña, y yo se la dije.
—Pásale, pues —me abrió la puerta.
—Y ¿cómo es la prueba o qué tengo que hacer?
—No te podemos decir, carnal —me dijo el primer payaso—, pero tú rífate como siempre.
Entré y luego luego llegué a un cuarto muy grande, que estaba lleno de payasos.
Muchos gritaban y celebraban.
—¡Ya llegó otro!
—gritó alguien, y todos se voltearon a verme.
Algunos gritaron y celebraron y otros se me acercaron y me llevaron al centro del cuarto; ahí estaba Darius, unos cuantos hombres hincados y con las cabezas tapadas, otros halcones como yo, y todos los payasos nos rodeaban en un círculo.
—Ya son todos, señor —un payaso le dijo a Darius, y este levantó la mano.
Todos los payasos que gritaban y celebraban se callaron en ese momento.
Darius entonces fue hacia los hombres que tenían una bolsa en la cabeza y se puso a caminar alrededor de ellos.
—Los payasos somos uno con la muerte —dijo Darius, y todos lo escuchamos—.
Policías, contras, traidores, cualquiera va a tratar de matarnos cuando menos lo esperemos.
Cada día que vivimos puede ser el último, lo sabemos bien.
”Nunca nos vamos a acostumbrar a vivir tan cerca de la muerte.
”Pero sí nos podemos acostumbrar a matar.
”Quien vaya a un enfrentamiento y no esté dispuesto a matar, está condenado a morir.
Ninguno de ellos te va a perdonar la vida porque están seguros de que tú no se las vas a perdonar a ellos.
Esto es matar o morir, así que, si ustedes quieren dejar de ser halcones para volverse payasos de verdad, tienen que acostumbrarse a matar.” Darius entonces dio media vuelta y fue con los otros payasos.
—Escojan a uno —nos dijo—, quítenle la bolsa y mátenlo.
—¡No, por favor!
¡Yo no hice nada!
—gritó uno de los que tenían una bolsa en la cabeza, y un payaso lo golpeó.
Se oía como algunos otros lloraban, y por sus voces sabías que la mayoría eran chavitos de mi edad o un poco más grandes.
También había unos cuantos señores con las cabezas tapadas, y había unos de ellos que apenas y se movían, como si no les importara si iban a morir o no.
Yo pensé por mucho tiempo que ellos fueron valientes y se enfrentaron a la muerte con orgullo y honor.
Qué pendejo estaba.
Ellos estaban tan cagados de miedo como cualquiera, pero habían estado tan cerca de la muerte tantas veces que sabían que llorar, gritar, suplicar, sobornar no les iba a servir de nada, y no iban a perder en eso el poco tiempo que les quedaba.
Ellos se veían tranquilos porque se preparaban para morir, perdonaban a los que odiaban, rezaban por sus seres queridos, y todo eso les servía también para olvidarse por un momento que estaban a punto de morir y no podían hacer nada.
Yo y los otros halcones miramos a los hombres de la bolsa, y uno a uno los fuimos escogiendo.
Cuando peleaba con los contras, me gustaba irme contra los adultos hasta que acabaran chillando y suplicándole por su vida a un niño como yo.
Se veían tan patéticos.
Y por eso escogí a un señor que estaba frente a mí y que se trataba de aguantar las lágrimas.
Se oía como un niño chiquito que lo acaban de regañar.
Ahora, hasta este punto nunca había matado a alguien, o al menos nunca lo había matado directamente porque los otros payasos siempre los remataban, pero a lo mejor si no lo hubieran hecho, yo hubiera matado a más de uno.
Así que me acerqué a ese señor y le quité la bolsa en la cabeza.
Él me miró asustado por unos segundos, y después de todo ese tiempo me reconoció ese hijo de su reputísima madre.
Yo estaba paralizado y no dejaba de verlo.
Él ahora tenía papada y varias canas en el pelo, también estaba más gordo y ya se le veían unas arrugas en la cara.
Pero sus ojos eran iguales a como los recordaba, y estos me miraban asustados.
—Hijo, ayúdame —me suplicó el mismo pendejo que tuvo los huevos de abandonarnos a mí y a mi mamá—.
Diles que yo no hice nada.
Hijo, soy yo, tu papá.
Él tenía las manos esposadas en la espalda.
Él empezó a caminar de rodillas hacia mí, y yo di un paso atrás.
Todas esas ganas que tenía de torturarlo y hacerlo suplicar desaparecieron.
Yo no quería matarlo ni hacerle nada, solo quería que nada de eso fuera real, que todo fuera un sueño.
—Hijo, por favor.
Si no me ayudas me van a matar.
Él se me acercaba más y más, y yo me fui para atrás y para atrás hasta que choqué con el círculo de payasos que nos rodeaba.
Ellos me aventaron hacia delante, y yo caí al piso.
—¡No seas puto!
—me gritó alguien—.
¡Mátalo!
—Hijo —tenía a mi papá justo en frente, y él me agarraba de la camisa y la jalaba—, diles que me le uno, que hago lo que quieran.
Hijo, hazme caso, por favor.
Yo no podía dejar de verlo, y en ese tiempo yo estaba bien pendejo porque quería llorar, quería decirle que volviera, que todo fuera como antes.
—Por favor, hijo —él nomás no se callaba—.
Hago lo que quieras.
Ya voy a estar más en la casa, contigo y con tus hermanos.
Y esa simple palabra lo cambió todo.
—¿Hermanos?
¿Cuáles hermanos?
—le pregunté.
—Contigo, voy a pasar más tiempo contigo, contigo y con tu madre.
Hijo, por favor, no dejes que me maten.
En ese momento lo entendí todo.
Yo no era su único hijo, y mi mamá no era su única mujer.
Por eso nos abandonaba tanto tiempo, por eso casi no nos daba dinero, aunque tenía la cartera llena, él tenía otra o a lo mejor otras familias.
Sentí un coraje muy grande, sí, con él, pero más conmigo.
Yo siempre pensé que era mi culpa que él se fuera; yo siempre quise que él me dijera que estaba orgulloso de mí, que yo era un buen hijo.
Pero ese pendejo nomás me veía como uno de quién sabe cuántos hijos, y a lo mejor ni se acordaba de mi nombre.
—¿Cómo me llamo?
—me paré y le pregunté.
Yo aún de pendejo esperaba que me contestara: “eres Miguel.
Yo sí me acuerdo de ti.
Me importas.
Yo los extraño a ti y a tu madre.
Ustedes siempre me han importado”.
Pero yo sabía que, como siempre, eso era mucho pedir.
—Eres mi hijo —respondió y le di un putazo que lo tiró al suelo.
—Di mi nombre —casi le estaba rogando—.
Di mi pinche nombre —Nomás tenía que decir “Miguel”, y yo lo hubiera liberado y hubiera tratado de sacarlo de ahí.
Lo más seguro es que nos hubieran matado a los dos ahí, y yo lo sabía en ese momento, pero no me importaba.
Solo quería que dijera mi nombre, que me mostrara que yo le importaba al menos un poquito.
Pero ni eso pudo hacer.
—Hijo, ayúdame —él se trató de parar, pero le temblaban las piernas.
Le salía un montón de sangre de la nariz—.
Por favor.
Yo te quiero mucho, hijo.
Lo jalé de la camisa y le di un chingadazo que lo tiró otra vez al suelo.
Cada segundo que pasaba me emputaba más y más con él porque ese cabrón había jugado conmigo toda mi vida, porque aún tenía los huevos de llamarme hijo cuando ni se sabía mi nombre, cuando me había dicho que era un malagradecido porque yo quería tener un padre más de cinco minutos, cuando me regañaba por cualquier pendeja mientras él se andaba cogiendo a medio mundo.
—Hijo, por favor —él se trató de parar otra vez.
Tenía la boca toda chueca y su cara estaba llena de sangre—.
No importa cómo te llames, tú eres mi hijo.
Al oírlo decir eso sentí una ira mucho más grande que la que sentí cuando esos payasos destruyeron mi libro de magia.
Un aura negra me cubrió todo.
Fue como si mi cuerpo se moviera solo porque lo hice sin siquiera pensarlo.
Con toda esa ira, con todo ese poder que salía de mi cuerpo lo golpeé una vez en la cara.
Eso fue todo.
Nomás aventé un golpe, y ni siquiera sentí cuando lo toqué, como si no hubiera pasado, como si no hubiera sido real, pero lo golpeé, y ese golpe fue tan fuerte que lo sacó volando unos metros en el aire y cayó del otro lado del círculo de payasos.
Pasaron los segundos, y él no se movió.
—Señores —Darius se me acercó y me levantó la mano como si yo hubiera ganado una pelea de box—, hay un nuevo payaso.
Los otros payasos coreaban y celebraban, y yo miraba lo que quedaba de mi padre.
Estaba bocarriba y la sangre se desparramaba por el suelo, pero a él ya no se le veían los ojos ni la nariz ni la boca, nomás un charco de sangre donde debía ir la cara, como si le hubiera hecho un agujero ahí.
Él ya no se movía ni respiraba.
Solo fue un golpe.
Pasaron los segundos y yo lo seguía viendo.
Esperaba que se levantara, que jadeara, que me pidiera otra vez que lo ayudara.
Pero él ya no se movió.
Unos payasos entonces lo agarraron de los brazos para sacarlos de ahí.
Han pasado más de diez años de eso, y aún me acuerdo de cómo la sangre que le cubría la cara le escurrió por todo el cuerpo cuando los payasos lo empezaron a arrastrar, de cómo en vez de cara tenía un montón de carne y sesos rojos, del rastro de sangre que dejó mientras se lo llevaban y de cómo fue desapareciendo detrás de una pared cuando los payasos se metieron en un pasillo.
No sé qué pasó con él después, pero lo más seguro es que lo enterraron donde nadie lo fuera a encontrar.
A lo mejor lo hicieron pedazos para que nadie pudiera reconocerlo, o a lo mejor hasta lo pozolearon, o sea que lo disolvieron en ácidos.
Pero lo que es seguro es que él murió, yo lo maté.
Nomás fue un golpe.
Y con un golpe lo maté.
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