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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 2

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2: II 2: II —Si secuestras a alguien, mátalo desde el principio para que no lo tengas que cuidar.

Ya cuando la familia te pague, tú nomás agarra el dinero y vete —esta valiosa lección me la dio Kyle Summers, un exmilitar con 2 cadenas perpetuas.

Estábamos en el comedor de la cárcel, sentados en un círculo con muchos otros criminales, y todos nos compartíamos valiosos consejos.

—Si necesitas que alguien haga el trabajo sucio, contrata a menores de edad; no pueden ser juzgados como adultos, al menos en este país, y solo les pueden dar cinco años de cárcel máximo —dijo Jorge Rivera, un abogado.

Quién diría que en la cárcel puedes aprender tantas cosas.

—Cuando tortures a alguien —ahora me tocaba a mí dar un consejo—, hazlo en un lugar escondido, como un sótano, donde no se oigan los gritos, y siempre pon música bien fuerte, lo más fuerte que se pueda, para que ellos no puedan dormir y siempre estén estresados.

También la música tapa los gritos.

Varios de los presos que hay ahí anotaron mi consejo.

—Oiga, don Dark —me preguntó un chavillo que debía tener apenas unos 18 años—.

Pero si ponen la música tan fuerte, ¿no les afecta también a ustedes?

Buena pregunta.

—Pues sí, pendejo —le respondí—.

También tenemos oídos, pero hasta eso te ayuda porque tú tampoco duermes.

Ahí te va otro consejo: en una pandilla, si te duermes, te mueres.

Siempre tienes que estar alerta, tanto de aliados como de enemigos.

Tus enemigos te van a encontrar y tus aliados te van a traicionar.

Cualquier error te puede costar la vida y la de toda tu familia y seres queridos.

Pero bueno, ¿vas a trabajar para mí?

A lo mejor y hasta nos hacemos amigos.

El niño me miraba nervioso porque no se atrevía a decirme que no.

—Te puedo pagar hasta $10,000 por semana —le dije.

A todos les decía lo mismo para reclutarlos, pero ni de pedo les pagaba tanto.

—Sí, Patrón.

Nomás dígame qué hago —me respondió mi nueva carne de cañón.

—¿Y ustedes?

—les pregunté a los dos pendejos que estaban sentados a mi lado.

Uno era contador y el otro era inocente, según él—.

¿Van a trabajar para mí?

—Para eso estoy aquí —dijo el contador.

—Yo no quiero problemas —dijo el imbécil del inocente—.

Yo tengo familia, y no, no, no.

Yo mejor me quedo aquí tranquilo.

Le di una bofetada que lo tiró al piso.

—Te doy otro consejo: nunca, NUNCA, le digas a nadie tu debilidad porque la van a usar contra ti.

Tu familia, tus seres queridos son una debilidad.

Por eso necesitas alianzas fuertes.

Si trabajas para mí, yo puedo proteger a tu familia —la verdad no iba a hacer esto último, pero bueno… —No quiero problemas —insistía el pendejo.

—Entonces trabaja para mí, o si no vamos a tener un problema tú y yo.

¿Cómo ves?

El inocente nomás asintió con la cabeza.

Yo lo rodeé con el brazo para que no se me escapara.

—Vénganse a mi celda; ahí mis hombres les van a dar armas y les van a decir qué hacer.

Me llevé al niño, al contador y al inocente, pero mi celda estaba toda oscura.

Se suponía que alguien debía estar ahí en todo momento.

Bueno, luego les enseñaría a mis hombres qué les pasaba a los que no me obedecían, pero primero lo primero.

Prendí la luz, y había mucha gente ahí apuntándonos con sus armas.

Eran varios de mis hombres y algunos contras, o sea miembros de alguna otra pandilla.

Al ver que nos apuntaban, los pendejos del niño, el contador y el inocente levantaron las manos y se rindieron.

—¡Bajen las manos, cabrones!

—les grité—.

¡¿Creen que no puedo con estos pendejos?!

Alguien atrás de nosotros cerró la puerta.

Y un pendejo me golpeó en la cara con su pistola.

—Bájale de huevos, pinche Dark —me dijo—.

Tú nos dices si te matamos por las buenas o por las… Usé un poco de magia para atravesarle el pecho a este pendejo tan rápido que nadie reaccionó a tiempo.

Apenas se dieron cuenta de lo que había pasado, a eso pendejos que nos rodeaban se les borró la sonrisa y se cagaron de miedo.

Algunos comenzaron a dispararme, pero creé un simple escudo que rebotó todas las balas.

—Les voy a dar un consejo, que ando de buen humor —les hablé a todos esos hijos de su puta madre—.

Si me iban a traicionar, primero tenían que estar seguros de que me podían matar.

Quité el escudo y comencé a matar a esos traidores uno a uno.

Le lancé un hechizo a uno que le destrozó el estómago, le deformé la cara a golpes a otro, le empujé la mano a alguien que me estaba disparando hasta que terminó apuntándose a la cabeza y jalé el gatillo, tiré a alguien más al suelo y le di varios pisotones en el cuello.

Los pocos que quedaban vivos se rindieron bastante rápido.

Aunque uno que otro seguía de terco.

—¡Si te mueves, Dark, lo mato!

—gritó un traidor que había tomado como rehén al inocente.

—No puedo morir; yo tengo familia.

Por favor, por favor, ¡¡POR FAVOR!!

—en ese momento y por alguna razón el inocente liberó un poquito de aura dorada, la suficiente para empujar al que lo tenía como rehén.

Este cayó al suelo, y yo lo maté lanzándole un hechizo.

El inocente seguía llorando.

Aún y con ese poder era muy débil, pero según yo él no podía usar magia.

Bueno, a lo mejor ese deseo de no dejar sola a su familia le hizo liberar un poquito de poder de la amistad, y si alguien tan débil como él pudo usar ese poder, entonces que yo lo dominara iba a ser muy fácil.

—Amarren a esos pinches traidores —les dije al contador y al inocente y les señalé una puerta.

Ellos la abrieron, y de ahí sacaron varias sillas de metal y un rollo de cinta de aislar.

Después, sentaron a uno de los traidores en una silla, acomodaron su mano sobre el descansabrazo y comenzaron a envolvérsela con la cinta.

—No, amárrenle los brazos al respaldo de la silla; si no se va a liberar bien fácil —les digo y arranco la cinta de golpe.

El traidor que estaba en la silla gritó—.

Mejor le hablo a alguien que sí sepa cómo.

Fui hacia la puerta y salí; ahí afuera había un montón de policías vigilando que nadie entrara.

Ellos me vieron y se sorprendieron mucho, como si estuvieran seguros de que yo ya estaba muerto.

—Patrón, está vivo… Apenas nos enteramos de lo que le querían hacer, Patrón, y pues nosotros pues este luego luego vinimos a ayudarle y todo, ¿verdad?

No vaya a creer otra cosa; nosotros nunca lo traicionaríamos, Patrón.

Nomás le somos leales a usted, Patrón, pero lo bueno es que usted ya se encargó de todo, pero aquí estamos, Patrón, para lo que ocupe, porque le somos muy leales solo a usted.

—Qué bueno —los dejé pasar and sabía que me estaban mintiendo—, porque los que me traicionan acaban así —los policías vieron toda la sangre que había en el suelo y en las paredes, todos los cuerpos destrozados, todos los brazos y piernas arrancados, todas las cabezas aplastadas y todos los traidores que lloraban y suplicaban en silencio que los dejara vivir—.

Pero ustedes son leales, ¿verdad?

Los policías estaban tan cagados de miedo que ni se atrevieron a responder.

—Bueno, amárrenme a esos cabrones a las sillas, y ya después limpian todo este desmadre —les dije, y ellos luego luego pusieron a todos en sillas y los empezaron a amarrar con la cinta.

Se notaba que tenían muchísima experiencia amarrando rehenes para torturarlos después.

Quizá hasta más que yo.

Pero bueno, mientras tanto yo fui a la cocina, prendí la estufa, agarré un cuchillo y lo puse sobre el fuego para que se calentara un poco.

Cuando se puso rojo apagué la estufa y regresé con los traidores.

Ya estaban bien amarrados y listos para la tortura.

Los policías ahora estaban sacando los cuerpos que había.

Los tomaban de los brazos, piernas o de donde pudieran y los iban sacando uno a uno.

Sacaron a varios hombres y a… ese niño que yo había reclutado ese día.

No me fijé cuándo lo mataron.

O a lo mejor lo acabé matando yo y ni me di cuenta.

Bueno, esas cosas pasan.

Cuando me divierto así, a veces no me fijo ni de quién está frente a mí.

Como sea, me acerqué a los traidores.

—Por favor no me mates —me suplicó uno.

—Tengo esposa e hijos —me suplicó otro.

—A mí me obligaron.

Yo no quería hacerlo —y me mintió este otro.

Yo negué con la cabeza.

—Miren: aunque no los quisiera matar a todos, soy el líder de Muerte, y este es el territorio de Muerte, y por eso nos tenemos que hacer respetar.

Si no los torturo y los mato, los demás van a pensar que somos débiles, y no queremos eso.

Me acerco a uno de ellos, al único que no se estaba cagando de miedo como los demás.

Él tenía los ojos cerrados y respiraba muy lento, como si ya se hubiera hecho a la idea de que iba a morir ese día.

Creo que él era una de mis manos derechas, pero la verdad no me acuerdo.

—A ver tú.

¿A quién se le ocurrió todo esto?

¿Por qué me traicionaron?

El muy cínico me miró y sonrió.

—Pues es que tú, cabrón… ¿Qué es esa mamada de buscar amigos?

Nos haces quedar como unos pendejos.

Y aparte ¿quién querría tener a alguien como tú de jefe, a alguien tan blando y débi…?

La razón por la que él se calló de repente es porque lo golpeé en la cara una y otra vez.

—¡¿Me crees débil, pendejo?¡ ¡¿Me crees débil?!

¡¿Qué no viste cómo les partí la madre a todos yo solo?!

¡Los débiles son ustedes que no me pudieron ni tocar, y yo ¿para qué quiero pendejos así en mi pandilla?!

—Lo agarré del pelo, lo jalé la cara con fuerza hacia atrás y vi que ya estaba muerto.

Bueno, lo solté y puse a un lado de otro.

Este lloraba y me suplicaba que no lo matara.

—No te apures —le dije con mejor humor—:voy a empezar leve contigo.

Así que le jalé la cara hacia atrás, le puse el cuchillo al rojo vivo sobre un ojo y sobre el otro.

—Escoge: ¿derecho o izquierdo?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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